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Tag:

memoria cultural

Literatura

La desaparición de las bibliotecas

by Uve Magazine 01/01/2026
written by Uve Magazine

Las bibliotecas rara vez desaparecen de golpe, suele suceder a través de una acumulación de daños, decisiones erróneas, abandonos y violencias que, con el tiempo, las vacían de contenido o las hacen desaparecer. Cuando una biblioteca se pierde, no solo se esfuman los libros que contenía, ni siquiera un fondo valioso de manuscritos o ediciones singulares: se pierde una manera concreta de organizar el saber y la relación entre textos, lenguas, épocas y lectores, algo que no puede reconstruirse una vez roto.

A lo largo de la historia, las bibliotecas han sido tratadas tanto como tesoros a proteger como amenazas a neutralizar. Allí donde el saber ha sido percibido como una herramienta de poder, de pensamiento crítico o de continuidad cultural, también ha sido visto como algo peligroso. Por eso, las grandes pérdidas bibliográficas no responden únicamente a accidentes o catástrofes naturales, sino que suelen estar vinculadas a conflictos políticos, religiosos o ideológicos, así como a procesos más lentos y silenciosos de negligencia, saqueo o desmantelamiento.

El caso de la Biblioteca de Alejandría sigue siendo un símbolo precisamente porque encarna una pérdida imposible de medir. Fue un proyecto cultural sostenido durante siglos, cuyo objetivo era reunir, traducir y conservar el conocimiento del mundo conocido. Su desaparición no se produjo en un solo incendio ni puede atribuirse a un único culpable, sino al resultado de guerras, cambios de poder, abandono institucional y destrucciones parciales que, acumuladas, hicieron inviable su continuidad. Lo verdaderamente inquietante no es solo lo que se perdió, sino que nunca sabremos exactamente qué contenía, qué ideas quedaron truncadas ni qué líneas de pensamiento desaparecieron sin dejar rastro.

Mucho menos presente en el imaginario occidental, pero igualmente devastadora, fue la destrucción de la biblioteca de Nalanda, uno de los mayores centros de conocimiento del mundo antiguo, situado en la actual India. Durante siglos, Nalanda albergó miles de manuscritos dedicados a disciplinas como la medicina, la astronomía, las matemáticas, la lógica o la filosofía, y funcionó como un espacio de intercambio intelectual internacional. Fue incendiada en el siglo XII durante una invasión, las fuentes hablan de un fuego que ardió durante meses, alimentado por la enorme cantidad de manuscritos acumulados. No se trató de una pérdida colateral, sino de una acción deliberada, basada en la convicción de que ese saber debía desaparecer porque representaba una visión incompatible con el nuevo poder.

Algo similar ocurrió en Bagdad con la Casa de la Sabiduría, un centro intelectual que durante siglos había sido clave para la traducción, conservación y desarrollo del pensamiento científico y filosófico. Allí se tradujeron textos griegos, persas e indios, que produjeron avances fundamentales en campos como la medicina o las matemáticas. La invasión mongola de 1258 destruyó la ciudad y arrasó con ese archivo acumulado durante generaciones. La imagen, repetida hasta el exceso, de los libros arrojados al río Tigris hasta teñir sus aguas de negro por la tinta, sigue siendo un recordatorio de que el progreso intelectual no garantiza protección cuando el poder político cambia de manos.

La caída de Constantinopla en 1453 supuso otro tipo de pérdida, menos concentrada pero igualmente profunda. Durante siglos, la ciudad había acumulado manuscritos bizantinos que conectaban directamente con la tradición clásica. Tras su caída, parte de ese material se dispersó por Europa, influyendo en el Renacimiento, pero otra parte se perdió, se destruyó o quedó abandonada. En este caso, la desaparición no se produjo solo por la violencia inmediata, sino por la fragmentación: bibliotecas enteras fueron saqueadas, vendidas o desmembradas, y al perder su unidad también perdieron su sentido cultural original.

En tiempos más recientes, la destrucción de la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina, en Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes, mostró hasta qué punto las bibliotecas siguen siendo objetivos simbólicos. El edificio ardió durante días tras ser bombardeado, y las imágenes de personas intentando salvar libros entre las llamas recorrieron el mundo. No se trataba de un archivo antiguo y polvoriento, sino de una institución viva, que contenía manuscritos, periódicos y documentos que daban cuenta de la historia multicultural del país. Su destrucción no fue accidental: borrar la memoria compartida era parte del conflicto.

Sin embargo, no todas las bibliotecas desaparecen entre llamas visibles. Muchas se pierden de forma silenciosa, a través de procesos de saqueo sistemático que acompañaron a la expansión colonial europea. Manuscritos africanos, americanos y asiáticos fueron extraídos de sus contextos originales y trasladados a archivos extranjeros, donde sobrevivieron como piezas aisladas, separadas de las comunidades que los habían producido. En estos casos, los libros no desaparecen físicamente, pero la biblioteca, entendida como unidad cultural, sí lo hace. Se conserva el objeto, pero se pierde el sistema de conocimiento al que pertenecía.

A esta forma de pérdida se suma otra, aún más difícil de señalar: la negligencia. Bibliotecas enteras se han deteriorado por falta de recursos, por edificios inadecuados, por humedad, insectos o incendios evitables. La idea de que el conocimiento es algo estable, siempre disponible, ha provocado que durante siglos se subestime la necesidad de cuidarlo. Los libros, como cualquier otro objeto material, necesitan mantenimiento, inversión y atención constante. Sin ello, incluso las colecciones más valiosas se desmoronan sin dejar huella y no solo se pierden textos, se pierden anotaciones marginales, traducciones únicas, versiones no canónicas, errores que permitían comprender cómo se pensaba en otra época. Se pierde la relación entre los libros, el modo en que dialogaban entre sí, el contexto que daba sentido a su convivencia en un mismo espacio. Cada biblioteca es, en el fondo, un mapa mental colectivo, y cuando ese mapa se destruye, el campo de lo pensable se reduce.

01/01/2026 0 comments
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MúsicaNoticias

Jorge Martínez Ilegal: Memoria de un hombre eléctrico

by Beatriz Menédez Alonso 10/12/2025
written by Beatriz Menédez Alonso

En Asturias se ha apagado una luz que parecía destinada a no oscurecerse nunca. Los trenes continúan pasando, las gaviotas siguen disputándose las esquinas del puerto, las fábricas ya oxidadas derraman silenciosamente su memoria, pero algo esencial ha cambiado: ya no está Jorge Martínez, el hombre que convirtió la furia en oficio, el sarcasmo en arma, el ruido en revelación.

Su muerte no es solo la retirada involuntaria de un músico: es la caída de un pilar secreto. Un temblor en la arquitectura del tiempo. Algo en el paisaje —visible únicamente para quienes sintieron en el pecho el impacto de sus canciones— ha perdido su equilibrio.

«La vida es un deporte de riesgo», decía él, con la placidez insolente de quien ya ha vivido demasiado. En otros sería pose; en él, diagnóstico. O quizá, sentencia.

Infancia: El descubrimiento del engaño

Nació el 1 de mayo de 1955 en Avilés, donde el humo de las fábricas se mezclaba con un legado burgués que parecía ajeno al porvenir. Creció bajo la vigilancia severa de un padre secretario judicial, en un hogar donde la disciplina pesaba lo mismo que los libros bien ordenados.

Desde niño buscó rendijas, grietas por las que fisurar la realidad. Una tarde, con apenas tres años, tocó una de las ranas de la fuente del Campo San Francisco, en Oviedo. Aquellas ranas que él creía vivas eran de metal.

«Ahí supe que el mundo estaba lleno de impostores».

Ese instante fue un bautismo: la sospecha como brújula, la ironía como herramienta, la desobediencia como método.

Nada en su adolescencia fue lineal. Internados para «niños problema», mudanzas continuas siguiendo a un padre que cambiaba de destino, un servicio militar obligatorio que endureció la carne y avivó la rabia silenciosa que más tarde sería ritmo y compás.

Aquellos años fueron una sucesión de pasillos largos, dormitorios compartidos, conversaciones clandestinas y silencios densos. Pero también fueron el terreno fértil donde germinó la pulsión musical. Escuchó por primera vez a Elvis, luego a The Beatles, después a Los Bravos, y algo en su interior hizo clic, como si una corriente eléctrica le atravesara de costado.

En alguna entrevista, alguna noche, alguna conversación perdida en bares y camerinos, Jorge dejó caer el nombre de grupos como The Blue Code, The Police, Talking Heads, The Romantics.

Y uno entiende, entonces, que su música contenía pequeños destellos de ese universo: la elegancia sintética, el pulso nocturno, las guitarras angulosas y cortantes, la estética urbana y fría; en definitiva, la melancolía rítmica que definía a la new wave. No porque él quisiera imitar nada —Jorge jamás siguió un camino que no fuera el suyo—, sino porque su antena estaba siempre afinada hacia los ruidos secretos del mundo.

Intentó estudiar Derecho. Era el camino lógico. Pero lo lógico nunca fue suficiente para él. Lo inevitable era otra cosa.

Con un «carné de circo y variedades» obtenido en los bajos del Teatro Filarmónica, Jorge se adentró en el mundo de las orquestas de la mano de Manolo Carrizo. Fue su chitlin circuit español: una sucesión de salas donde la música no era un capricho artístico, sino una batalla diaria contra el cansancio, contra el ruido de fondo, contra la indiferencia.

En esas noches itinerantes, entre humo y cables, aprendió a tocar para públicos que no siempre pedían música, pero siempre exigían verdad. Ese aprendizaje brutal, esa escuela sin afecto, fue la fragua donde se templó su carácter.

Allí, Jorge comprendió algo esencial: el escenario no es un altar, es un campo de batalla. Y él, un combatiente dispuesto.

A finales de los setenta llegó a un Gijón convulso, mezcla de crisis industrial y ebullición creativa. Bares donde la madrugada se convertía en filosofía basura, y locales de ensayo donde se horneaban pequeñas revoluciones de barrio.

Gijón lo adoptó con cautela, como se adopta a un forastero peligroso.

Y allí, en 1982, nacieron Ilegales.

No eran solo una banda: eran una declaración de guerra, un terremoto en traje de guitarras.

«Somos peligrosos y estamos armados».

«¡Tiempos nuevos, tiempos salvajes!».

Las letras eran cuchillos; las guitarras, sierras eléctricas. Y él, al frente, era un torbellino de insolencia, lucidez y precisión quirúrgica. Siempre dispuesto al combate.

Ilustración de Federico Granell

Jorge no componía canciones: esculpía artefactos explosivos. Su discografía es un mapa emocional y político de la España áspera, violenta y a veces ridícula que le tocó recorrer.

Discos emblemáticos:

• Ilegales (1982)
Su primera bandera negra. Un debut que no pidió permiso para existir: lo impuso.
«Europa ha muerto», «Problema sexual», «Heil Hitler» o «Istambul» golpearon como piedras lanzadas desde un callejón oscuro. El disco abrió una brecha: allí donde el rock español aún buscaba definiciones, Ilegales llegó para tirar la mesa entera.
No era punk, no era rock and roll antiguo, no era new wave —y era todo eso a la vez—.
Un manifiesto: crudo, incómodo, necesario.

• Agotados de esperar el fin (1984)
Más oscuro, más afilado. «¡Tiempos nuevos, tiempos salvajes!» dejó de ser solo una canción para convertirse en un eslogan generacional en un país que despertaba sin saber aún de qué.
La producción, más fría y más geométrica, deja entrever la influencia del espíritu new wave: guitarras cortantes, bajos tensos, una ciudad nocturna respirando detrás de cada nota.
Un disco que anticipa el colapso con feroz lucidez.

• Todos están muertos (1985)
Brutal, distópico, hiriente. Una radiografía del nihilismo urbano de los ochenta: callejones mojados, violencia sorda, personajes que sobreviven por pura inercia. Aquí Ilegales se vuelve más cinematográfico, más venenoso —y Jorge escribe como quien afila un bisturí—.
El disco no consuela: escupe verdad.

• Chicos pálidos para la máquina (1990)
Una obra de madurez violenta. «Regreso al sexo químicamente puro» es uno de los grandes himnos del rock español. La producción es más dura, más fría, más industrial. Hay algo mecánico, casi futurista, en la manera en que cada instrumento encaja en las canciones.

• Regreso al sexo químicamente puro (1991)
Continuación de la etapa más corrosiva del grupo. Irreverente y filosóficamente incorrecto.

• Si la muerte me mira de frente me pongo de lao (2015)
Tras años de mutaciones y resistencias, Jorge regresa con un título que ya es un testamento de actitud.
El disco destila experiencia, rabia renovada y una lucidez que solo se consigue después de sobrevivir a varias vidas dentro de una sola.

• Rebelión (2018)
La prueba de que Jorge seguía siendo dinamita pura.

• La lucha por la vida (2022)
Un álbum de revisión elegante y poderosa, cargado de colaboraciones. Aquí la banda no está sola: es un ejército de voces, guitarras y sensibilidades que se cruzan en un territorio común: el rock en español. Loquillo, Luz Casal, Iván Ferreiro, El Niño de Elche, Coque Malla, Bunbury, Evaristo Páramos, Josele Santiago, etc.

• Joven y arrogante (2024)
A los 70 años volvió con más fuerza que muchos veinteañeros. Una bofetada sonora a la complacencia y a la idea absurda de que el rock debe suavizarse con la edad.
Aquí Jorge se ríe de la vejez, de las expectativas, del mercado, del mundo entero.

La imagen de Jorge —la ceja desafiante, el cuero negro, la mueca irónica— podía llevar a engaño. Tras esa máscara había un lector voraz, un observador minucioso, un hombre capaz de unir reflexiones filosóficas con frases demoledoras tipo:
«Yo hago rock and roll para no matar a nadie».

Y aquella sentencia inmortal pronunciada en televisión, arma de doble filo que lo convirtió en mito instantáneo:
«Señora, si no le gusta mi careto… ¡cambie de canal!».

Su relación con la televisión fue un choque permanente entre su lengua afilada y el deseo de domesticarlo. Apareció en programas musicales, debates y espacios de entrevistas donde su presencia generaba un pequeño estado de excepción.

Participó en espacios culturales, actuaciones en Aplauso, colaboraciones esporádicas en debates musicales de RTVE, entrevistas en La 2 y apariciones memorables en programas de crítica social donde dejó frases que todavía circulan en cámaras de eco digitales.

Nunca se adaptó al medio: lo saboteaba suavemente, como un anarquista invitado a un baile de gala. Su sola presencia alteraba el guion, y los presentadores aprendieron que con él no había entrevista, sino duelo.

En 2017, el documental Mi vida entre las hormigas lo retrató sin filtros: Jorge aparecía filmado en su palacio de Bolgues, en Las Regueras, esa vasta y misteriosa propiedad que había heredado y transformado a su imagen y semejanza.

Entre muros antiguos y corredores interminables, caminaba como un espectro, un Nosferatu de Murnau, cuyos pasos resonaban en la madera gastada y los ventanales altos. La cámara lo seguía mientras se movía entre salas polvorientas llenas de recuerdos fragmentados: libros con páginas amarillentas, retratos enmarcados de antepasados, y extraños objetos que parecían custodiar secretos que solo él comprendía.

Su figura esbelta y silenciosa se recortaba contra la luz que se filtraba por los ventanales, creando un juego de sombras que lo hacía parecer más vampiro que hombre. A cada gesto, a cada mirada, se percibía la tensión de alguien que había vencido a su propio caos interno, que había sobrevivido a tormentas invisibles y ahora caminaba con la serenidad inquietante de quien conoce los abismos.

«No he envejecido: me he destilado».

Mientras otros músicos de su generación se diluían en la nostalgia, él persistía con una presencia indomable.

En septiembre de 2025, en plena gira, un frenazo brusco en una vida que solo conoció la velocidad.

La enfermedad lo obligó a detenerse, pero no a rendirse.

Se marchó el último titán.
El último guitarrista de su generación que seguía en activo.
El último que todavía parecía capaz de incendiar el escenario con un solo acorde.

Jorge Martínez nunca pretendió ser un santo. Tampoco un ejemplo. Caminó por la vida con la franqueza de quien sabe que cada paso puede cortar, pero aun así lo da. Había en él una mezcla rara de determinación y herida; un modo de avanzar como si el mundo fuera un suelo de cristal que, sin embargo, no lograba quebrarlo del todo.

Asturiano de raíz y tempestad, Jorge fue un creador hecho de electricidad y fiebre.
Un artesano de la oscuridad.

Su amplificador se ha apagado.
Pero la vibración permanece.

Y mientras en algún local de ensayo un adolescente pulse un acorde torcido, Jorge seguirá allí:
afilado, insurgente, brillante, eterno.

10/12/2025 0 comments
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