¿Qué leía la clase trabajadora del siglo XIX?

by Valeria Cruz

 Durante el siglo XIX los textos circulaban de manera irregular y casi siempre en formatos económicos: periódicos, cuadernillos, hojas sueltas o novelas publicadas por partes. La lectura se producía cuando había tiempo y cuando el material estaba disponible, sin planificación ni acumulación. Los textos pasaban de mano en mano, se retomaban tras días o semanas sin que eso supusiera una pérdida de sentido.

El folletín se ajustaba bien a esta forma de lectura. Permitía seguir una historia sin necesidad de comprar un libro completo ni de dedicarle largos periodos de atención continuada. El relato avanzaba poco a poco y se integraba en la rutina, de manera que los personajes y los conflictos se volvían familiares por repetición más que por intensidad. La continuidad no dependía del recuerdo exacto, sino del reconocimiento.

Los contenidos solían girar en torno a situaciones sociales concretas: trabajo, deudas, jerarquías, conflictos familiares, movilidad limitada. No se trataba de temas elegidos por su valor simbólico, sino de escenarios muy habituales y que resultaban comprensibles para quienes leían. La ficción ordenaba esos elementos en una secuencia narrativa, con un desarrollo y un desenlace que la experiencia cotidiana no siempre ofrecía.

Además de la ficción por entregas, una parte importante de la lectura obrera estuvo formada por textos breves y de uso inmediato. Los periódicos baratos ofrecían noticias locales, sucesos, avisos y comentarios que no requerían continuidad, y que podían leerse de manera aislada sin perder información relevante. Este tipo de lectura tenía un valor práctico evidente: permitía estar al tanto de cambios en el entorno, de conflictos laborales, de decisiones administrativas o de hechos extraordinarios que alteraban la vida cotidiana. La lectura informativa no sustituía a la ficción, sino que convivía con ella en los mismos soportes.

Las lecturas que circulaban entre la clase trabajadora no exigían una interpretación compleja ni una atención especial al estilo. El interés estaba en la acción, en el desarrollo de los acontecimientos, pero sobre todo en la repetición de esquemas reconocibles. Personajes sometidos a decisiones externas, problemas de dinero que no se resuelven, relaciones familiares marcadas por la presión cotidiana, personajes que apenas se mueven del lugar asignado y finales que restablecían cierto orden, aparecían con frecuencia porque respondían a una expectativa clara del lector. La historia debía avanzar y ofrecer una resolución, aunque fuera provisional, que permitiera cerrar la narración.

En muchos casos, la lectura no era una actividad silenciosa ni individual. Los textos se compartían, se leían en voz alta y se comentaban después, de modo que la experiencia no dependía exclusivamente del acto de leer, sino también de la escucha y de la conversación. Esto ampliaba el alcance de los escritos y permitía que personas con distintos niveles de alfabetización participaran en el mismo espacio cultural. La lectura funcionaba así como un elemento de cohesión más que como una práctica privada.

La novela realista fue incorporándose de manera gradual a estos hábitos, sobre todo cuando abordaba escenarios urbanos y conflictos sociales reconocibles. No se leía con la intención de extraer una tesis ni de analizar el estilo, sino como una prolongación de otras lecturas ya existentes. La frontera entre literatura “popular” y literatura “prestigiosa” no estaba claramente definida para estos lectores, que se movían entre distintos tipos de historias sin jerarquizarlos de forma explícita.

Las mujeres trabajadoras tuvieron un acceso particular a la lectura, condicionado por el tiempo disponible y por los espacios en los que podían leer. Los relatos sentimentales y las novelas centradas en relaciones familiares, en los vínculos de pareja, en la maternidad, en los conflictos entre generaciones… circularon con facilidad por la proximidad de los temas que trataban. Estos textos no ofrecían ejemplos a seguir, sino que ayudaban a entender situaciones conocidas.

En las últimas décadas del siglo, comenzaron a circular con mayor intensidad escritos vinculados a organizaciones obreras, asociaciones y sindicatos. Panfletos, periódicos ideológicos y escritos de divulgación política se incorporaron a los hábitos de lectura existentes, sin sustituirlos. La lectura política no desplazó a la ficción ni a la prensa general, sino que se añadió a un repertorio ya amplio, aportando vocabulario y conceptos que permitían interpretar la experiencia laboral de forma más articulada.

Ilustración de un artículo sobre Boffin’s Bower, Frank Leslie’s Illustrated Newspaper, 26 de junio de 1875.

Entre los autores y autoras más leídos por la clase trabajadora del siglo XIX se encontraban quienes publicaban de forma seriada y abordaban conflictos sociales reconocibles, ya que sus textos circulaban con facilidad y se adaptaban bien a los formatos disponibles. En Inglaterra, Charles Dickens alcanzó una difusión amplia gracias a novelas publicadas por entregas que seguían el ritmo de la vida urbana y del trabajo industrial. En Francia, Eugène Sue tuvo un impacto notable entre lectores populares al situar sus historias en barrios y entornos identificables, mientras que, unas décadas después, Émile Zola fue leído por su tratamiento directo del trabajo, la miseria y las condiciones materiales de la vida obrera. En España, autores como Benito Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán circularon más allá de los círculos burgueses cuando sus novelas abordaban la ciudad, el empleo, la familia o las tensiones sociales sin idealización, integrándose en un ecosistema de lecturas donde el interés no residía en el prestigio del nombre, sino en la capacidad del texto para sostener la atención y ofrecer una narración comprensible y continuada.

Lo que caracteriza la lectura de la clase trabajadora en el siglo XIX no es un corpus cerrado de obras, sino una forma de uso del texto. Se leía por partes y, en muchos casos, en compañía. Los materiales circulaban y se perdían, pero lo leído permanecía en la forma de expresarse y de interpretar situaciones concretas. La atención no se fijaba en el autor ni en la obra completa, sino en pasajes o ideas que se recordaban y reaparecían más adelante en otros momentos.

Este modo de leer influyó directamente en la forma que adoptaron muchas narraciones del periodo.

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