El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y la Fundación TBA21 presentan del 3 de marzo al 21 de junio de 2026 la exposición Pedagogías de guerra, primera muestra individual en España del dúo ucraniano Roman Khimei y Yarema Malashchuk, comisariada por Chus Martínez. La propuesta reúne cuatro videoinstalaciones producidas en los últimos años, en el contexto de la invasión rusa a gran escala, y plantea una pregunta incómoda: qué tipo de conocimiento puede generar el arte cuando la guerra deja de ser un acontecimiento excepcional y pasa a convertirse en una condición persistente que reorganiza la vida cotidiana.
Lejos de abordar el conflicto como un episodio histórico aislado o como una sucesión de imágenes impactantes destinadas al consumo mediático, Khimei y Malashchuk trabajan sobre la idea de que la guerra opera como un sistema de aprendizaje que moldea los cuerpos, altera la percepción y redefine los hábitos más básicos. La exposición se apoya en la distinción formulada por Bertolt Brecht entre Erlebnis —la experiencia inmediata— y Erfahrung —la experiencia elaborada y transformada en conocimiento— para sugerir que el arte no reproduce la vivencia directa, sino que la convierte en una forma de comprensión. En ese desplazamiento se sitúa el núcleo del proyecto.
La primera instalación, The Wanderer (2022), producida poco después del inicio de la invasión y perteneciente a la Colección TBA21, parte de una operación visual que dialoga con la tradición romántica europea. Los artistas escenifican con sus propios cuerpos las posturas de soldados rusos muertos que se confunden con el paisaje de los Cárpatos, evocando de forma crítica la figura del caminante de Caspar David Friedrich. La referencia no es ornamental: al confrontar la estética del paisaje sublime con la realidad de los cadáveres, la obra cuestiona la herencia cultural desde la que Europa ha construido determinadas imágenes de la muerte y del territorio. Al mismo tiempo, establece un vínculo con la tradición de intervención crítica del arte ucraniano contemporáneo, especialmente con acciones satíricas desarrolladas en los años noventa

En Open World (2025), presentada en la 36ª Bienal de Artes Gráficas de Liubliana, el lenguaje del videojuego se entrecruza con recursos del documental para acompañar a un joven desplazado que dirige a distancia un perro robótico de uso militar por las calles de su infancia. El dispositivo, concebido originalmente para la vigilancia y la destrucción, se transforma en herramienta de vínculo con el pasado. La pieza no busca ilustrar la devastación, sino examinar cómo la tecnología, incluso cuando nace para fines bélicos, puede ser resignificada como instrumento de memoria y pertenencia en un entorno atravesado por la pérdida.
La tercera instalación, You Shouldn’t Have to See This (2024), premiada en OFFSCREEN París, adopta una estrategia distinta. A través de seis canales de vídeo, muestra a niños ucranianos mientras duermen, algunos de ellos pertenecientes a los miles de casos documentados de traslados forzosos a territorio ruso desde 2014. El silencio domina la escena y obliga al espectador a enfrentarse a una imagen que oscila entre la ternura y la intrusión. Al situarse en esa frontera entre cuidado e intromisión, la obra plantea una cuestión incómoda sobre la mirada contemporánea: qué significa ser testigo cuando la guerra llega mediada por pantallas y cuando el sufrimiento ajeno corre el riesgo de convertirse en un flujo más de información.
La exposición culmina con We Didn’t Start This War (2026), un nuevo encargo de TBA21 para el museo. El título recoge una frase repetida por la sociedad civil ucraniana tras la invasión, y la instalación propone un tríptico audiovisual centrado en escenas de una vida cotidiana que intenta sostenerse pese al contexto bélico. No hay imágenes explícitas de violencia; lo que aparece es la atención sostenida a gestos ordinarios que, en un entorno de amenaza constante, adquieren una dimensión política. La pieza abre una conversación sobre cómo representar un país en guerra sin reducirlo a la lógica del espectáculo.
Más allá de las obras concretas, Pedagogías de guerra se inscribe en una línea de trabajo continuada del Museo Thyssen y TBA21 en apoyo a artistas que operan en situaciones de conflicto. Desde iniciativas destinadas a proteger el patrimonio ucraniano hasta exposiciones previas dedicadas a su vanguardia histórica, la institución ha articulado una posición que entiende la cultura no como un espacio neutral, sino como un ámbito de responsabilidad ética. En ese marco, la muestra de Khimei y Malashchuk no pretende ofrecer respuestas cerradas, sino habilitar un espacio donde la experiencia estética permita pensar de otra manera aquello que, en el circuito informativo habitual, suele consumirse con rapidez y olvido.

En un momento en que la violencia corre el riesgo de normalizarse, la exposición propone ralentizar la mirada y asumir que el arte, cuando no se limita a ilustrar el conflicto, puede convertirse en una forma de aprendizaje colectivo.