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Personajes

Personajes

Hasta siempre Hulk Hogan

by Clara Belmonte 24/07/2025
written by Clara Belmonte

El mundo de la lucha libre profesional —y con él, una parte esencial de la cultura popular del siglo XX— acaba de perder a uno de sus pilares más icónicos. Hulk Hogan ha fallecido, y con él se apaga no solo una carrera legendaria, sino también el aura de una era dorada en la que los límites entre deporte, espectáculo y mito eran casi indistinguibles. Su nombre, inseparable de la palabra wrestling, se convirtió durante décadas en sinónimo de fuerza, heroísmo y también de exceso. 

Nacido como Terry Gene Bollea en 1953, Hogan irrumpió en la escena de la lucha libre en los años setenta, pero no fue hasta la década de los ochenta, bajo el paraguas de la WWF (actual WWE), cuando se transformó en un fenómeno global. Con su físico descomunal, su bigote rubio, sus bandanas y sus lemas de boy scout musculado —“Say your prayers and eat your vitamins”— se convirtió en el prototipo del héroe americano de su época: invencible, moralista y profundamente mediático. La Hulkamania fue un fenómeno social que desbordó los límites del ring: llenaba estadios, lideraba audiencias televisivas millonarias y vendía merchandising como ninguna otra estrella del entretenimiento deportivo.

Pero Hogan no se limitó al cuadrilátero. Su rostro se volvió omnipresente en películas, programas de televisión, videojuegos, cómics y anuncios. Participó en películas como Rocky III y protagonizó cintas propias que explotaban su carisma rudo y amable. A mediados de los noventa, cuando su estrella parecía desvanecerse, supo reinventarse como villano bajo el nombre de “Hollywood Hogan” en la WCW, liderando el infame grupo nWo y demostrando que su magnetismo funcionaba tanto como héroe como antagonista. Pocos supieron leer tan bien los códigos de su tiempo. Fiel a su estilo, se convirtió en espectáculo puro, en narrativa ambulante, en símbolo de lo que era capaz de producir el entretenimiento estadounidense.

Hulk Hogan at arrivals for U.S. Premiere of WAR OF THE WORLDS, The Ziegfeld Theatre, New York, NY, June 23, 2005. Photo by: Gregorio Binuya/Everett Collection

Como todo mito elevado demasiado alto, también conoció su caída. Problemas personales, demandas, escándalos públicos y filtraciones privadas empañaron su imagen, especialmente tras la publicación de comentarios racistas que lo alejaron momentáneamente de la WWE y de la opinión pública. Pero incluso entonces, Hulk Hogan encontró la forma de volver. Pidió disculpas, regresó al Salón de la Fama y recuperó parte del afecto de sus seguidores, como si su historia necesitara, inevitablemente, una última redención.

Hulk Hogan importa no solo por sus títulos y combates, sino porque representó algo más grande: un modo de ver el mundo, una forma exagerada y profundamente emocional de entender el bien, el mal y la gloria. Su figura sintetizó las aspiraciones y contradicciones de un país entero: el culto al cuerpo, la necesidad de héroes, la capacidad de reinventarse, el precio de la fama y la inevitable sombra que persigue a quienes alcanzan la cima. Murió el hombre, pero no el símbolo. Porque pocos, como él, supieron encarnar de forma tan eficaz ese tipo de grandeza que solo puede sostenerse en el exceso. Hulk Hogan fue una fábula, una ficción que se creyó real, y por eso, tal vez, nunca dejará de existir del todo.

24/07/2025 0 comments
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MúsicaPersonajes

Muere Ozzy Osbourne a los 76 años

by Uve Magazine 23/07/2025
written by Uve Magazine

Ozzy Osbourne, cantante británico y una de las figuras centrales en la historia del heavy metal, falleció el martes 22 de julio a los 76 años, según confirmó su familia en un comunicado. No se han dado más detalles sobre la causa de la muerte. Llevaba más de dos décadas con problemas de salud, entre ellos un diagnóstico de Parkinson hecho público en 2020.

La noticia llega apenas dos semanas después de lo que terminó siendo su última aparición pública: Back to the Beginning, un concierto benéfico celebrado el 5 de julio en Villa Park, Birmingham, junto a los miembros originales de Black Sabbath. Osbourne permaneció sentado durante toda la actuación debido a su estado físico, pero participó en varios temas junto a Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward. El evento recaudó 140 millones de libras y fue seguido por unas 45.000 personas en directo.

Nacido en Aston, Birmingham, en 1949, John Michael Osbourne inició su carrera musical a finales de los años sesenta. Fue el vocalista de Black Sabbath desde su fundación en 1968 hasta su expulsión en 1979, aunque regresó en varias etapas posteriores. Durante su primera etapa, la banda publicó discos como Paranoid, Master of Reality y Vol. 4, considerados fundamentales en la definición del heavy metal como género musical.

Tras su salida del grupo, Osbourne inició una carrera en solitario con el álbum Blizzard of Ozz (1980), al que siguieron otros títulos como Diary of a Madman, Bark at the Moon o No More Tears. Su discografía se mantuvo activa durante cuatro décadas, y acumuló más de 100 millones de discos vendidos entre su etapa con Black Sabbath y su carrera en solitario.

Ozzy Osbourne in the press room at Spike TV's "Scream Awards 2006". Pantages Theatre, Hollywood, CA. 10-07-06

Además de su trayectoria musical, fue conocido por su comportamiento excéntrico dentro y fuera del escenario. Algunas de sus actuaciones más comentadas incluyeron incidentes como morder la cabeza de un murciélago durante un concierto en 1982. En los años 2000 ganó visibilidad entre nuevas generaciones al protagonizar el reality familiar The Osbournes, emitido por MTV entre 2002 y 2005.

Durante los últimos años, Osbourne padeció múltiples problemas de salud. En 2019 sufrió una caída que agravó lesiones previas en la columna. En 2020 hizo público su diagnóstico de Parkinson, aunque continuó con proyectos musicales y apariciones puntuales. En entrevistas recientes describió su estado físico como “muy limitado” y había cancelado varias giras por razones médicas.

Tras la noticia de su fallecimiento, músicos como Gene Simmons, Elton John y Rod Stewart publicaron mensajes breves de despedida. Coldplay le dedicó una versión de “Changes” durante su concierto en Nashville. La familia Osbourne ha solicitado respeto a su privacidad y no ha anunciado por ahora ningún acto público. La muerte de Osbourne marca el final de una carrera extensa, iniciada hace más de cincuenta años, en la que combinó actividad discográfica, giras internacionales, apariciones televisivas y múltiples colaboraciones. Fue incluido en el Salón de la Fama del Rock and Roll como parte de Black Sabbath en 2006, y recibió varios premios a lo largo de su vida, incluido un Grammy a la carrera artística.

Se espera que en los próximos días se publiquen más detalles sobre las circunstancias de su fallecimiento. Por el momento, no hay confirmación sobre posibles homenajes o actos conmemorativos organizados por la familia o sus antiguos compañeros de banda.

23/07/2025 0 comments
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LiteraturaPersonajes

Emily Dickinson, la poeta que fue enterrada dos veces

by Emain Juliana 22/07/2025
written by Emain Juliana

Emily Dickinson no solo fue una de las poetas más originales del siglo XIX, sino también una mujer rodeada de enigmas. Discreta, introspectiva y tremendamente lúcida, vivió prácticamente encerrada en su casa de Amherst, Massachusetts, escribiendo a solas cientos de poemas que apenas compartió en vida. Pero lo que pocos saben es que, años después de su muerte, fue… enterrada dos veces.

Sí, literal. No es metáfora, ni leyenda urbana, ni licencia poética: los restos de Dickinson fueron exhumados y trasladados dentro del mismo cementerio donde había sido sepultada originalmente. Y aunque el hecho apenas se menciona en las biografías, dice mucho sobre la forma en que seguimos tratando a nuestros muertos ilustres.

Vamos por partes.

Emily Dickinson murió en 1886, a los 55 años. Su funeral fue tan sobrio como su vida. Sin grandes gestos, sin multitudes, ni homenajes públicos. Fue enterrada en el West Cemetery de su pueblo, en una parcela familiar, bajo una lápida que, como sus versos, encierra mundos en pocas palabras: Called Back («Llamada de vuelta»).

Emily Dickinson

Con el paso del tiempo, sus poemas comenzaron a editarse y circular y el mundo descubría por fin a la poeta que había permanecido en las sombras. Ahí comenzó también la mitificación. Su casa se convirtió en lugar de peregrinaje, sus cartas fueron publicadas y sus objetos personales se preservaron como si fueran reliquias… la tumba donde fue enterrada empezó a recibir flores, lápices, libretas, mensajes manuscritos.

Pero en algún momento, en medio de ese proceso de reconstrucción y admiración, alguien decidió moverla. Los detalles son difusos. Algunos aseguran que fue una decisión familiar para reagrupar los restos en la zona más «visible» del cementerio, otros apuntan a una reorganización interna de las parcelas por parte de la administración del lugar. No se sabe con certeza quién tomó la decisión, pero lo que está claro es que Emily Dickinson fue exhumada y vuelta a enterrar, discretamente, sin ceremonia pública ni explicaciones.

¿Es relevante? ¿Cambia algo? Tal vez sí.

Para una autora que pasó su vida entera escribiendo en secreto y que hablaba de la muerte como si ya la conociera, este doble entierro tiene un aire poético involuntario. Como si incluso después de muerta, el mundo no supiera bien qué hacer con ella. Como si su lugar definitivo, tanto como su reconocimiento, hubiera llegado tarde.

En uno de sus poemas más célebres escribió:

«Porque no pude detenerme por la Muerte —
Él, amablemente, se detuvo por mí —
El carruaje no llevaba a nadie más
sino a nosotros… y la Inmortalidad».

La muerte, para Dickinson, era un paseo, una transición, no un final. Así que quizás ese segundo entierro no sea un error, sino una continuación. Un nuevo comienzo, como los que nunca tuvo en vida, cuando apenas publicó unos pocos poemas y nadie sabía el tesoro que guardaba en sus cajones.

Hoy, quienes visitan su tumba siguen dejando flores, mensajes y pequeños homenajes, quizá sin saber que los restos de Emily Dickinson no están exactamente donde los pusieron en 1886. Están a unos metros de allí. Como si la tierra, al igual que nosotros, necesitara tiempo para entenderla.

22/07/2025 0 comments
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Amores extrañosPersonajes

Una reina, un cortejo fúnebre y doce cruces de amor

by Verónica García-Peña 20/07/2025
written by Verónica García-Peña

En el invierno de 1290, un cortejo fúnebre emprendió un lento caminar hacia Londres. Portaban el cuerpo de Leonor de Castilla, reina consorte de Inglaterra y esposa de Eduardo I. Acababa de morir en Harby, Nottinghamshire, a los cuarenta y nueve años, y su cuerpo era llevado a la abadía de Westminster, lugar escogido por su marido para el reposo eterno de esa mujer que le había acompañado durante treinta y seis años. Así, abrigado de lluvia y niebla, el rey la escoltó más de trescientos kilómetros y, en cada punto donde el cortejo se detuvo a pasar la noche, ordenó levantar una cruz de piedra en honor a su amada, The Eleanor Crosses. Doce cruces que dibujaron una peregrinación de dolor y ausencia, como si aquel hombre, rey y viudo, quisiera marcar con piedra, para la historia, el mapa de su pérdida.

Leonor y Eduardo se casaron en 1254 en la abadía de Santa María la Real de Las Huelgas (Burgos) siendo unos niños. Él tenía quince años y ella, según algunas crónicas de la época, trece. El matrimonio respondía, como tantos otros de aquellos tiempos, a una estrategia política. Leonor era hija de Fernando III de Castilla y Juana de Danmartín, y al matrimoniar con Eduardo, entonces todavía príncipe, sellaba la paz entre Castilla e Inglaterra por la disputa de la gobernación de Gascuña, entre otros asuntos.

La alianza les convenía a ambas familias; si bien, al parecer, lo que empezó como un pacto dinástico, fue transformándose en algo más, pues Leonor no se conformó con el papel de reina consorte, madre de reyes y garante del linaje castellano en la corte anglosajona. Ella decidió viajar con su marido a las cruzadas, en campañas militares, y se mantuvo siempre cerca de los centros de poder. Compartieron cama, decisiones y pérdidas, ya que tuvieron al menos dieciséis hijos, aunque solo seis alcanzaron la edad adulta.

En noviembre de 1290, durante uno de sus desplazamientos oficiales, Leonor enfermó de forma repentina y murió. La causa exacta no se conoce —se ha hablado de fiebre o de complicaciones tras su último parto—, pero su muerte supuso un duro golpe para el soberano inglés, lo que dio lugar a las doce cruces de Leonor. Doce cruces originalmente de madera, luego de piedra, ricamente adornadas, que marcaban puntos de duelo, un alto en el camino, un lugar donde Leonor descansó por unas horas mientras su esposo permanecía a su lado; mientras su esposo la rezaba y, quizá a sabiendas o quizá no, convertía su amor en leyenda. Eran monumentos de oración, pero también, pienso, de amor. Últimos reposos nocturnos compartidos.

Cruz de Leonor en Northampton

Una vía de luto, pero también de memoria, que recorre Geddington, Grantham, Stamford, Hardingstone, Northampton, Stony Stratford, Woburn, Dunstable, St. Albans, Waltham, Cheapside y Charing —donde hoy se alza Charing Cross—.

De estos monumentos góticos, levantados entre 1291 y 1295, al presente solo se conservan tres, los de Geddington, Hardingstone (cerca de Northampton) y Waltham Cross. Las demás cruces han sido demolidas, saqueadas o sustituidas por réplicas. Sin embargo, la senda permanece como si fuera el mapa de un rey enamorado o, al menos, profundamente unido a su reina. Altares al aire libre que susurraban una historia de amor, tal vez auténtica —¿por qué no?— al pragmático viento medieval.

Como era costumbre entre la realeza, tras su muerte, el cuerpo de Leonor fue dividido. Su corazón, símbolo del alma y el amor, reposó en Blackfriars; sus entrañas fueron depositadas en la catedral de Lincoln y el cuerpo fue sepultado en la abadía de Westminster. Tres lugares distintos para una sola reina. Hoy, solo la tumba en Westminster, en la capilla de San Eduardo el Confesor, permanece. Es obra de Richard Crundale, y cuenta con una efigie de bronce dorado fundida por el orfebre William Torel en 1291. La losa de la tumba y las almohadas bajo su cabeza están cubiertas con los emblemas de Castilla y León. La inscripción en francés normando alrededor del cofre de la tumba dice: «Aquí yace Leonor, quien fuera reina de Inglaterra, esposa del rey Eduardo, hijo del rey Enrique, e hija del rey de España y condesa de Ponthieu, de cuya alma Dios, en su compasión, tenga misericordia. Amén».

El rey también ordenó que se mantuvieran dos cirios encendidos junto a su tumba, tanto de día como de noche. Orden que se cumplió durante más de dos siglos, hasta que la Reforma protestante los apagó. Las leyendas dicen que el corazón del propio Eduardo fue enterrado con ella, pero la historia —esa que suele ser más sobria y plúmbea— indica que tras morir en 1307, a los sesenta y ocho años, fue sepultado, entero, en la Capilla de San Eduardo de Westminster junto a su esposa.

Este tipo de amores, extraños, dramáticos, tienen algo de perturbador, he de reconocer, pero son igualmente hipnóticos. Amores que parecen nadar entre el fervor y la necesidad de transcendencia, y cuyas historias, más o menos acicaladas por el pincel del tiempo —experto en embellecer tanto las más sombrías como las más bellas narraciones de amor—, sobreviven. Incluso alimentan la pluma de la ficción para dar lugar a novelas como la escrita en 1979 por Decca Warrington sobre esta misma historia, titulada The Eleanor Crosses.

Y no sé si Eduardo amó a Leonor como los poetas dicen que se ama, pero la acompañó en la muerte y la convirtió en inmortal en una época en la que muchas reinas desaparecían del relato oficial en cuanto cumplían su función dinástica. No le escribió versos —que sepamos—, pero talló en piedra su ausencia, como si no quisiera permitir que el tiempo la borrara. Un amor que recuerda a otros que la literatura ha sabido recoger a su personal manera como el que Poe sentía por su Annabel Lee. Un amor que le llevaba a dormir junto al sepulcro de su amada, junto al rumor del mar, convencido de que ni los ángeles pueden separar a quienes han amado de verdad.

20/07/2025 0 comments
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AgendaEventosLiteraturaPersonajes

La leyenda que florece en libros

by Uve Magazine 23/04/2025
written by Uve Magazine

Cuenta la leyenda que, en una tierra lejana y asolada por el miedo, un dragón terrible mantenía en vilo a toda una ciudad. Su aliento era venenoso, su rugido estremecía las piedras y su sombra bastaba para que los campos se secaran. Este monstruo no sólo destruía todo a su paso, sino que, para mantenerse calmado, exigía sacrificios humanos. Primero fueron animales, luego personas elegidas por sorteo, hasta que un día, el nombre que salió fue el de la hija del rey. La princesa, según las distintas versiones, no suplicó clemencia ni se escondió. Aceptó su destino con dignidad, se vistió con sus mejores galas y salió al encuentro del dragón. Justo cuando la criatura abría sus fauces para devorarla, apareció un caballero montado en un corcel blanco: Jorge, o Jordi, según la lengua. Con lanza en mano, enfrentó al dragón y lo atravesó en el corazón. De la sangre derramada brotó un rosal de flores rojas, y de entre las espinas emergió una rosa que el caballero ofreció a la princesa. Desde entonces, cada 23 de abril, en Cataluña y otras regiones, se conmemora esta hazaña legendaria con libros y rosas: una celebración del amor, la cultura y la palabra.

Esta historia, de claras resonancias medievales, combina elementos del mito, la hagiografía y la construcción simbólica de la caballería cristiana. San Jorge es, de hecho, un santo venerado en múltiples lugares del mundo, patrón de países como Inglaterra, Georgia o Etiopía, y protector de ciudades como Moscú o Beirut. En la versión catalana, la leyenda de Sant Jordi adopta un carácter propio que ha evolucionado con el tiempo hasta convertirse en una de las fiestas culturales más singulares del mundo. En vez de limitarse al martirio del santo —como ocurre en la tradición litúrgica—, la versión popular catalana transforma la historia en un relato de valentía, amor y redención que ha trascendido los templos para tomar las calles.

La fecha no es casual. El 23 de abril se conmemora el día de la muerte de dos de las figuras más importantes de la literatura universal: William Shakespeare y Miguel de Cervantes, fallecidos en 1616. Aunque no murieron exactamente el mismo día por las diferencias entre el calendario gregoriano y el juliano, la coincidencia simbólica impulsó a la UNESCO a declarar esta fecha como el Día Internacional del Libro. En Cataluña, esta efeméride se entrelazó con la celebración tradicional de Sant Jordi, generando una fusión cultural única: hombres y mujeres intercambian libros y rosas como símbolo de amor y conocimiento. Lo que antiguamente era una feria de flores y una veneración al patrón, se ha convertido en una jornada de exaltación de la lectura, en la que librerías, editoriales y autores salen a la calle, los balcones se engalanan con senyeras, y las ciudades se llenan de poesía, música y encuentros literarios. No es menor el valor simbólico de los dos objetos que se regalan. La rosa, de raíz medieval, puede rastrearse hasta los torneos de caballería y los gestos cortesanos del amor idealizado. Representa la belleza efímera, el deseo, el sacrificio, pero también la sangre derramada por una causa justa. En la historia de Sant Jordi, la rosa nace de la herida del dragón, como si el mal vencido pudiera transformarse en algo bello. Por su parte, el libro es una conquista más reciente, del siglo XX, cuando el escritor valenciano Vicent Clavel propuso en 1926 establecer un día en honor al libro. El éxito fue tal que en 1930 se fijó definitivamente el 23 de abril como la fecha de celebración. Desde entonces, regalar un libro el día de Sant Jordi ha pasado de ser un gesto entre enamorados a convertirse en una expresión de afecto, admiración o amistad, sin necesidad de vínculos románticos.

Lo más fascinante de esta tradición es que ha logrado combinar elementos dispares —el mito cristiano, la literatura moderna, el amor caballeresco, el activismo cultural— en una jornada que moviliza a miles de personas. Durante Sant Jordi, las calles de Barcelona se transforman: las avenidas se llenan de puestos de libros, las editoriales lanzan sus novedades más esperadas, los autores firman ejemplares y conversan con sus lectores, y cada conversación parece teñida de una alegría contagiosa. No es raro ver a personas que apenas leen el resto del año dejarse llevar por el impulso de la jornada y comprar libros para todos sus seres queridos. Y eso, en un mundo dominado por la prisa y lo digital, tiene algo de milagro.

Este carácter festivo, urbano y participativo diferencia a Sant Jordi de otras celebraciones literarias. Mientras que en muchos países el Día del Libro pasa casi desapercibido, en Cataluña adquiere la dimensión de una gran fiesta popular. Es, en cierto modo, una manera de reivindicar el poder de la cultura frente a los embates del olvido. El dragón de nuestros días ya no escupe fuego ni exige sacrificios humanos, pero adopta otras formas: el desinterés, la banalidad, la sobreinformación, la pérdida del pensamiento crítico. Y cada libro regalado, cada lector que se detiene a hablar con un autor o una autora, cada rosa ofrecida, es una pequeña victoria sobre ese dragón moderno.

Cabe destacar también que esta fiesta ha evolucionado en sus códigos de género. Si bien tradicionalmente los hombres regalaban rosas a las mujeres, y estas devolvían el gesto con libros, hoy ese intercambio es mucho más libre y simétrico. Las mujeres regalan libros y rosas; los hombres también. Se regalan entre amigos, colegas, familiares. La rosa ya no es sólo símbolo del amor romántico, sino también del reconocimiento, del cariño y de la celebración mutua. Lo mismo ocurre con el libro, que en su diversidad de géneros, estilos y temáticas, representa el universo de posibilidades que cada lector puede explorar.

Más allá de la leyenda fundacional, Sant Jordi ha conseguido convertirse en un símbolo de identidad colectiva. Es una fiesta que permite abrazar la diversidad literaria del mundo. En los puestos de las librerías pueden encontrarse autores de todos los países, desde clásicos hasta contemporáneos, desde la poesía al ensayo político, desde la novela gráfica hasta el cuento infantil. No hay jerarquías ni exclusiones. Todo cabe en el día del libro y la rosa, porque lo que se celebra no es sólo la letra impresa, sino la capacidad de las palabras para crear vínculos, transformar realidades y sostener la memoria de los pueblos. Quizás por eso, Sant Jordi es también una jornada de resistencia cultural. En tiempos de crisis —económicas, sanitarias o políticas—, la continuidad de esta tradición ha funcionado como una afirmación colectiva de que lo esencial sigue vivo. Durante la pandemia, aunque las calles se vaciaron, muchos mantuvieron la costumbre regalando libros y rosas a distancia, compartiendo poemas por mensajes o leyendo juntos desde la distancia. La leyenda del caballero que vence al dragón cobró entonces una nueva dimensión: la de quienes enfrentan la adversidad con palabras, con arte, con gestos de afecto.

23/04/2025 0 comments
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EventosPersonajes

El peso del manto blanco

by Uve Magazine 21/04/2025
written by Uve Magazine

La historia del papado es, en muchos sentidos, un espejo de la historia de Europa. Desde sus orígenes en la clandestinidad cristiana hasta su consolidación como una de las instituciones más longevas y simbólicas de Occidente, el papado ha atravesado imperios, guerras, reformas y revoluciones, resistiendo el paso del tiempo con una capacidad de adaptación sorprendente. Su legado, a menudo envuelto en solemnidad litúrgica, está hecho también de episodios profundamente humanos, con todo lo que ello implica: convicciones y dudas, luces y sombras, grandeza y decadencia. La figura del Papa ha sido mártir, teólogo, estadista, reformador, diplomático, objeto de veneración y, en algunos casos, también de polémica. No hay otra institución que haya concentrado durante tanto tiempo tanto poder simbólico y, a la vez, tantas tensiones con el mundo que pretendía guiar.

Cristo entrega a Pedro las llaves del reino de los cielos (Fresco de la Capilla Sixtina, 1480-1482), Pietro Perugino

El recorrido comienza con San Pedro, considerado el primer Papa, figura apostólica y mártir bajo la persecución de Nerón. En los siglos posteriores, los obispos de Roma fueron líderes espirituales de comunidades perseguidas, sin autoridad formal ni poder político. Aquel cristianismo primitivo era una red frágil de creyentes dispersos, un movimiento más que una estructura, y sus líderes eran, ante todo, testigos de la fe. Fue a partir del siglo IV, tras la legalización del cristianismo por parte del emperador Constantino, cuando la Iglesia se transformó en una institución reconocida y su jerarquía comenzó a cobrar peso dentro del entramado imperial. Con la caída de Roma en el año 476, el obispo de la ciudad —el Papa— pasó a ocupar un lugar central en el vacío de poder que dejó la desaparición de las estructuras civiles. La figura papal, entonces, comenzó a desempeñar un papel que no se limitaba al ámbito espiritual: asumió responsabilidades diplomáticas, jurídicas e incluso administrativas. Uno de los primeros hitos en esta evolución fue el célebre encuentro del Papa León I con Atila en el año 452, cuando el pontífice logró disuadir al líder huno de invadir Roma. Más allá del relato legendario, aquel episodio simboliza el paso del Papa de líder religioso a figura política de alcance continental.

Durante la Edad Media, esa autoridad se expandió notablemente. Los Papas no sólo encabezaban la Iglesia: también ejercían poder sobre territorios concretos —los Estados Pontificios— y sobre reyes, nobles y emperadores. Su palabra podía resolver disputas, validar coronaciones, iniciar guerras o establecer treguas. Fue en este periodo cuando la institución papal adquirió su configuración ceremonial, doctrinal y simbólica, desarrollando un aparato litúrgico, jurídico y visual que reforzaba su centralidad. Papas como Gregorio VII, en el siglo XI, encarnaron el ideal de una supremacía espiritual sobre los poderes temporales. Su enfrentamiento con el emperador Enrique IV, en la llamada Querella de las Investiduras, ilustra el grado de autoridad que el papado reclamaba: no sólo para regir la vida eclesial, sino para interferir en las decisiones de los soberanos europeos. Del mismo modo, Inocencio III, en el siglo XIII, llevó el poder papal a su punto más alto, afirmando que el Papa era menor que Dios, pero superior a cualquier otra autoridad terrenal.

Retrato de León X de Rafael, c. 1519

Sin embargo, esa misma centralidad atrajo también los males del poder. El papado medieval no fue ajeno a las luchas de influencia, el nepotismo y las rivalidades políticas. En determinados periodos, especialmente en el siglo X, el trono de San Pedro se convirtió en moneda de cambio entre familias aristocráticas, dando lugar a una sucesión de pontífices breves, muchos de ellos carentes de formación o carisma, nombrados por conveniencia más que por virtud. Este periodo, a menudo llamado el “siglo de hierro” del papado, dejó una huella profunda en la percepción pública de la institución, que comenzaba a oscilar entre el respeto sagrado y la sospecha de corrupción. La situación se agravó con el llamado Cisma de Occidente en el siglo XIV. Tras un largo periodo en que los Papas residieron en Aviñón, bajo la influencia de la corona francesa, surgieron simultáneamente varios reclamantes al papado: uno en Roma, otro en Aviñón y, finalmente, un tercero en Pisa. La división fue tal que diferentes países y diócesis se alinearon con distintos pontífices. Durante décadas, la cristiandad occidental vivió un desconcierto doctrinal e institucional que socavó de manera profunda la autoridad papal. Fue en este contexto de desgaste cuando estalló la Reforma protestante, uno de los mayores desafíos a la unidad de la Iglesia y, por tanto, al papado. Las críticas de Martín Lutero a la venta de indulgencias y a la corrupción de la curia romana encontraron eco en numerosos sectores descontentos con la deriva institucional. El Papa León X, más preocupado por las obras del Vaticano que por el descontento doctrinal, subestimó el alcance de aquellas denuncias. La ruptura con Roma supuso no sólo una fragmentación del cristianismo europeo, sino también una redefinición del papel del Papa: de líder universal pasó a ser, en muchos territorios, una figura cuestionada e incluso rechazada. La respuesta de la Iglesia fue el Concilio de Trento, que reafirmó el dogma, reformó parte de la disciplina interna y fortaleció el centralismo papal como forma de resistir el avance protestante. A partir de entonces, la figura del Papa se asoció cada vez más a la defensa de la ortodoxia, la vigilancia doctrinal y el control sobre los obispos. La fundación de la Compañía de Jesús y la acción del Santo Oficio fueron dos pilares de esta Contrarreforma, en la que Roma recuperó parte de su influencia pero al precio de una rigidez que limitaría su capacidad de adaptación futura.

Pío XI, Fotografiado por Nicola Perscheid, 1922

En los siglos siguientes, la Iglesia se mantuvo como una gran potencia espiritual, pero el mundo a su alrededor cambió de manera radical. Con la Ilustración, la Revolución francesa y el surgimiento del liberalismo, el poder político del papado se redujo drásticamente. A mediados del siglo XIX, los Estados Pontificios eran ya una anomalía en un continente que caminaba hacia la secularización y la unidad nacional. La unificación italiana, impulsada por Garibaldi y otros líderes, culminó en 1870 con la incorporación de Roma al nuevo Estado italiano. Ese mismo año, el Concilio Vaticano I proclamó el dogma de la infalibilidad papal en materia de fe y moral, una afirmación de autoridad que contrastaba con la pérdida territorial del Papa, convertido a partir de entonces en “prisionero del Vaticano”. Durante casi sesenta años, los Papas se negaron a reconocer la soberanía italiana sobre Roma. La situación cambió en 1929, cuando los Pactos de Letrán, firmados entre Pío XI y Benito Mussolini, reconocieron al Vaticano como Estado independiente. Nacía así una nueva etapa para el papado: sin ejércitos ni tierras, pero con un enorme peso simbólico y una proyección internacional cada vez mayor.

El siglo XX marcó una transformación notable en el modo en que el Papa se relacionaba con el mundo. Con el Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII en 1959, la Iglesia se abrió al diálogo con la modernidad: se reformó la liturgia, se reconoció la libertad religiosa, se impulsó una visión más pastoral y menos condenatoria del cristianismo. Pablo VI continuó esta línea, convirtiéndose en el primer Papa en viajar por el mundo de forma regular. Pero fue Juan Pablo II quien encarnó con más fuerza este nuevo papado global. Primer pontífice no italiano en siglos, su carisma, su papel en la caída del comunismo y su capacidad comunicativa lo convirtieron en una figura de alcance mundial. Sus numerosos viajes, discursos ante organismos internacionales y relación con los medios de comunicación redefinieron la imagen del Papa como líder espiritual de una humanidad interconectada. Sin embargo, su pontificado también fue objeto de críticas por su enfoque doctrinal rígido en temas como la sexualidad, el papel de la mujer en la Iglesia o la respuesta a los abusos cometidos por miembros del clero.

Su sucesor, Benedicto XVI, teólogo de gran profundidad, adoptó un tono más reservado. Su renuncia en 2013 fue un hecho histórico: no se recordaba una dimisión papal desde hacía siglos. Este gesto abrió la puerta a un nuevo tipo de pontificado. Francisco, primer Papa latinoamericano, jesuita, ha imprimido un estilo pastoral, cercano y preocupado por los márgenes sociales. Ha centrado su discurso en la justicia, la ecología, la pobreza y el diálogo interreligioso. Su pontificado ha generado entusiasmo y también tensiones, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Representa, en muchos sentidos, la complejidad del siglo XXI: un mundo fragmentado, necesitado de referencias morales pero cada vez más escéptico ante las autoridades tradicionales.

La muerte del Papa Francisco, ocurrida hoy en el Vaticano, marca el fin de una etapa particularmente significativa de ese largo diálogo.  Su figura será recordada no sólo por sus gestos de cercanía, sus discursos en defensa de la dignidad humana o su compromiso con la justicia social y la ecología, sino también por haber mantenido viva la tensión entre tradición y renovación que ha definido al papado desde sus orígenes. Con su fallecimiento, se cierra un capítulo esencial en la historia de una institución que, desde hace dos mil años, se reinventa sin cesar en el corazón del tiempo.

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El curioso origen del Conejo de Pascua

by Clara Belmonte 09/04/2025
written by Clara Belmonte

Del mito primaveral al chocolate: la historia del Conejo de Pascua.

Con la llegada de la primavera y sus primeros brotes, reaparece también un personaje inesperado rodeado de cestas, huevos pintados y chocolates vuelve el Conejito de Pascua. Lo encontramos en forma de chocolate, en ilustraciones infantiles, en juegos de búsqueda de huevos e incluso como motivo decorativo en escaparates y mesas. Sin embargo, por más familiar que resulte su imagen, pocos conocen el origen de este curioso personaje que, con canasta en mano y una energía incansable, esconde huevos y dulces en una celebración que, detrás de su apariencia inocente, guarda siglos de historia

Aunque hoy lo asociamos sobre todo con lo infantil, lo comercial o incluso lo decorativo, el Conejo de Pascua tiene raíces antiguas y sorprendentes. Su historia es, como muchas costumbres populares, una mezcla de creencias precristianas, adaptaciones religiosas, migraciones culturales y mucha inventiva.

Para entender su origen, conviene viajar a las antiguas celebraciones paganas de la primavera, mucho antes de que existiera la festividad cristiana de la Pascua. En las culturas del norte de Europa, la llegada de esta estación era motivo de fiesta. Tras el invierno, los días comenzaban a alargarse, la tierra se volvía fértil de nuevo y aparecían los primeros brotes verdes. No es extraño que la fertilidad fuese uno de los temas centrales de estos festejos. Una de las divinidades asociadas a la primavera era la diosa Ostara (o Eostre), figura de la mitología germánica. Su nombre está relacionado etimológicamente con la palabra inglesa Easter, que designa la Pascua. Ostara estaba vinculada con el renacimiento de la naturaleza, la luz y la fertilidad, y entre sus símbolos animales se encontraba la liebre, un animal muy activo en época de reproducción y, por tanto, símbolo de fecundidad. Según la leyenda, Ostara convirtió un ave herida en liebre para salvarla del frío. Como agradecimiento, la liebre comenzó a poner huevos decorados como ofrenda a la diosa. Aunque no se trata de una historia documentada en fuentes antiguas, su difusión moderna ha contribuido a reforzar la conexión entre el conejo y los huevos, que ya estaba presente de forma dispersa en diversas tradiciones europeas.

La transformación del símbolo en una costumbre reconocible se produjo en Alemania durante el siglo XVII. Allí se hablaba del Osterhase o liebre de Pascua, una criatura que, según el folclore, ponía huevos de colores y los escondía en los jardines para que los niños los encontraran. Pero no todos podían recibir ese regalo: solo los pequeños que se habían portado bien durante el año eran dignos de la visita del Osterhase. De este modo, el conejo pasaba también a desempeñar un papel moralizador, no muy distinto del que tendría más tarde Santa Claus.

Aunque pueda parecer extraño que un conejo reparta huevos —cuando ni siquiera los pone—, la relación entre ambos elementos tiene sentido si se piensa en lo que representan. El huevo ha sido desde tiempos antiguos un símbolo poderoso de la vida en potencia, de la renovación constante. Para muchas culturas, romper el cascarón equivalía a romper con el ciclo anterior y dar paso a algo nuevo. El cristianismo retomó esta imagen como símbolo de la resurrección de Cristo: del sepulcro cerrado al milagro de la vida restaurada. Durante la Edad Media, era habitual guardar huevos durante la Cuaresma —periodo en que su consumo estaba prohibido— y luego cocerlos, decorarlos y ofrecerlos como parte de la celebración pascual.

Esta coincidencia de significados permitió que la tradición se integrara sin demasiado conflicto. La Pascua cristiana y las festividades paganas primaverales compartían una misma intuición: la necesidad de celebrar el regreso de la vida. El conejo, como animal fértil, veloz y simbólico, y el huevo, como contenedor de promesas, se unieron en una costumbre que fue ganando complejidad con el tiempo. Ya en la época victoriana, los huevos de chocolate comenzaron a fabricarse industrialmente en Europa, y la imagen del Conejito de Pascua empezó a difundirse también como producto decorativo y comercial.

Con la llegada del siglo XX y la expansión de la cultura visual, el Conejo de Pascua se consolidó como una figura internacional. Las marcas de chocolate lo convirtieron en uno de sus personajes estrella, apareciendo en anuncios, empaques y campañas cada vez más elaboradas. En algunos países, como Estados Unidos, Canadá o Australia, se organizan grandes eventos para buscar huevos escondidos en jardines o parques, mientras que en otros la costumbre se ha limitado a lo doméstico o lo escolar. En lugares de tradición ortodoxa, la Pascua mantiene un carácter más solemne, aunque los huevos decorados siguen estando muy presentes.

El Conejito de Pascua, tal como lo conocemos hoy, es entonces una criatura mestiza, nacida del cruce entre mitos antiguos, adaptaciones religiosas, prácticas migratorias y creatividad comercial. Su figura puede parecer ingenua, pero funciona como un recordatorio alegre de que las culturas son procesos vivos, que evolucionan, se transforman y encuentran nuevas formas de expresarse. No es solo un símbolo infantil ni un reclamo comercial. Es también, a su manera, una herencia compartida. Un pequeño animalito que, en plena explosión primaveral, sigue trayendo consigo —aunque sea escondido entre papeles de colores— un mensaje antiguo: la vida se renueva, la tierra despierta, y siempre hay algo por descubrir.

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ArteCinePersonajes

«Blancanieves y los siete enanitos»

by Uve Magazine 06/04/2025
written by Uve Magazine

El primer sueño animado del cine

En diciembre de 1937, una película animada protagonizada por una joven de piel blanca como la nieve, un espejo parlante y siete pequeños mineros cambió para siempre la historia del cine. Blancanieves y los siete enanitos, el primer largometraje animado producido por Walt Disney, no solo rompió todas las expectativas técnicas y narrativas del momento, sino que dio lugar a un nuevo lenguaje cinematográfico que transformó la animación en un arte mayor. Basada en el cuento popular recogido por los hermanos Grimm, la película no tardó en conquistar al público y en convertirse en un hito cultural que, a día de hoy, sigue generando lecturas simbólicas, sociales y críticas desde múltiples disciplinas.

La producción del filme fue, en sí misma, un acto de fe. En una época en la que la animación era considerada un entretenimiento breve y menor, Walt Disney se atrevió a soñar en grande. Su idea de realizar una película animada de más de una hora de duración fue recibida con escepticismo por su entorno, hasta el punto de que el proyecto fue apodado internamente como “la locura de Disney”. Sin embargo, la convicción de Disney era inquebrantable. Inició la producción en 1934 y, durante tres años, dirigió los esfuerzos de un equipo de más de 750 artistas, animadores y técnicos que trabajaron con una dedicación casi artesanal. El presupuesto inicial de 250.000 dólares pronto se vio desbordado y superó el millón y medio, una cifra descomunal para la época, en plena Gran Depresión. Disney llegó incluso a hipotecar su casa para poder concluir la película.

Ese esfuerzo titánico se tradujo en una obra de una calidad visual y emocional sin precedentes. Técnicamente innovadora, Blancanieves fue la primera película en utilizar la cámara multiplano, un dispositivo que otorgaba profundidad a las escenas mediante capas superpuestas. Los fondos eran auténticas pinturas al óleo, cuidadosamente elaboradas para dar una atmósfera envolvente, mientras que los personajes presentaban un diseño estilizado que buscaba un equilibrio entre realismo y caricatura. Inspirados por la ilustración europea del siglo XIX, los artistas de Disney buscaron dotar de densidad narrativa a cada escena. No era solo una historia: era una experiencia.

Una noche para la historia

El estreno, el 21 de diciembre de 1937 en el Carthay Circle Theatre de Los Ángeles, fue un acontecimiento sin precedentes. Asistieron celebridades como Marlene Dietrich y Charlie Chaplin, y la ovación del público fue unánime. Blancanieves no solo fue un éxito artístico, sino también económico: recaudó más de ocho millones de dólares, convirtiéndose en la película más taquillera hasta ese momento. En 1939, Disney fue galardonado con un Oscar honorífico acompañado de siete pequeñas estatuillas, una por cada enanito, en un gesto que selló su lugar en la historia del cine.

Más allá de su éxito inmediato,  el filme pasó de ser un éxito cinematográfico a un referente cultural y cambió la percepción social de los cuentos de hadas. Blancanieves consolidó la animación como una forma legítima de arte cinematográfico, demostrando que era posible construir relatos complejos y emocionalmente resonantes a través del dibujo. A la vez, reflejó los valores morales y estéticos de su época. La protagonista encarna el ideal de feminidad de los años treinta: dócil, trabajadora, pura y maternal. Es cuidada por figuras masculinas (los enanitos, el cazador, el príncipe), pero carece de agencia real: no toma decisiones, no se enfrenta directamente a su antagonista, y su salvación depende de un beso ajeno. Frente a ella, la madrastra representa un poder femenino peligroso: es vanidosa, inteligente, ambiciosa, y por ello debe ser destruida. Esta dicotomía entre la mujer buena y la mujer mala es uno de los aspectos más revisados por la crítica contemporánea.

Significado histórico y social

Numerosas interpretaciones se han propuesto desde entonces para descifrar los símbolos que habitan la historia. Desde una perspectiva psicoanalítica, Blancanieves puede leerse como un relato de iniciación: la joven, al huir de casa y adentrarse en el bosque, atraviesa un proceso simbólico de muerte y renacimiento. La manzana, fruto del conocimiento prohibido, puede entenderse como un despertar sexual o emocional; el sueño dentro del ataúd de cristal representa una etapa de latencia, de espera, hasta que el beso del príncipe —acto que, por cierto, ha sido cuestionado en lecturas feministas contemporáneas— la devuelve a la vida. Bruno Bettelheim, en Psicoanálisis de los cuentos de hadas, interpreta los personajes como fragmentos de la psique: los enanitos serían aspectos protectores del yo, mientras que la reina reflejaría los conflictos internos no resueltos, como la envidia o la represión materna.

Desde la óptica feminista, la película ha sido objeto de fuertes críticas por la construcción de la protagonista como figura pasiva y por la glorificación de la belleza como valor supremo. La relación con el príncipe es prácticamente inexistente: no se conocen, no hablan, y sin embargo él es quien tiene el poder de “despertarla”. Esta pasividad ha sido contrastada con la acción decidida de la madrastra, cuyo castigo es, en última instancia, una lección moral: la ambición y el deseo femenino fuera del hogar deben ser reprimidos.

En clave sociológica, Blancanieves también ha sido interpretada como un vehículo de los valores conservadores del New Deal: la exaltación del trabajo, la comunidad doméstica, la obediencia y la humildad. La cabaña de los enanitos es un refugio del orden frente al caos del exterior, una pequeña sociedad masculina autosuficiente donde Blancanieves ocupa el papel de cuidadora. El mensaje implícito: el mundo funciona mejor cuando cada uno cumple su función.

Sin embargo, lo más fascinante de esta película es que, a pesar de su clara inscripción histórica, sigue siendo un texto abierto a la interpretación. El relato de Blancanieves se ha reinventado en múltiples ocasiones, en versiones oscuras, revisionistas, satíricas y subversivas. Desde Blancanieves y la leyenda del cazador hasta Shrek, pasando por parodias, homenajes y experimentos artísticos, su figura ha sido reescrita, cuestionada y adaptada a los nuevos tiempos. Incluso la propia Disney ha abordado revisiones de su legado con una mirada más crítica y contemporánea y casi un siglo después, Blancanieves y los siete enanitos sigue siendo un punto de referencia en la historia del cine. Su influencia no se limita a la animación: es un modelo de narrativa visual, una lección de técnica y un espejo en el que se han proyectado, generación tras generación, los valores, miedos y deseos de la cultura occidental. Al igual que el espejo mágico de la reina, esta película nos devuelve una imagen de lo que fuimos y de lo que seguimos siendo.

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ArteLiteraturaPersonajes

El diseño como juego y como acto de resistencia

by Clara Belmonte 31/03/2025
written by Clara Belmonte

Si hay una figura que encarna como pocas el cruce entre arte, diseño, juego y pensamiento, esa es Bruno Munari (Milán, 1907–1998). Y, sin embargo, reducir su legado a etiquetas sería una traición a su espíritu: Munari fue un creador inclasificable, un provocador sereno que cultivó la imaginación como quien riega una planta. Fue diseñador, artista, inventor de libros imposibles, pedagogo y poeta visual. También fue un niño que nunca quiso dejar de jugar. Nacido en una familia humilde del norte de Italia, desde joven mostró una inclinación por el arte, pero no tardaría en comprender que el arte no era un fin en sí mismo, sino un lenguaje, una forma de comunicación que podía extenderse al diseño gráfico, al diseño industrial, a la educación infantil, a la poesía visual y al juego. En los años treinta se vinculó con el futurismo —movimiento vanguardista que buscaba romper con la tradición—, pero pronto encontró su propio camino: uno más lúdico, más accesible, más poético, más conectado con la experiencia cotidiana.

En una época dominada por los manifiestos y la solemnidad de las vanguardias, Munari comenzó a preguntarse por qué el diseño no podía ser también un juego. ¿Por qué no hacer un libro sin palabras? ¿O un libro sin páginas? ¿O un libro que sólo pudieran entender los niños? ¿Por qué no enseñar a mirar las cosas desde otro ángulo? Estas preguntas no eran simples provocaciones: eran la base de un pensamiento creativo profundamente estructurado. Para Munari, el libro era un objeto expandible, un universo en sí mismo. Lo reimaginó desde la materialidad: libros con agujeros, libros de telas, libros sin texto, libros táctiles para bebés antes de que la industria infantil supiera lo que eso significaba. Su célebre Libro Illeggibile (Libro ilegible), publicado en 1949, no contenía palabras, sino formas, colores, cortes y transparencias que convertían el acto de leer en una experiencia visual y táctil. Más que leerlo, había que explorarlo. El libro dejaba de ser un soporte para convertirse en un juego visual, una escultura que se podía hojear, una puerta abierta al pensamiento abstracto. En su universo, un niño podía entender perfectamente una composición de manchas de color o un juego de transparencias superpuestas, sin necesidad de que alguien le explicara qué significaba. Porque Munari confiaba radicalmente en la inteligencia del receptor.

Su labor como pedagogo es inseparable de su trabajo como artista. En los años setenta, comenzó a colaborar con escuelas y museos para desarrollar talleres infantiles que hoy son considerados revolucionarios. No se trataba de imponer un conocimiento, sino de provocar la curiosidad. Creó los “Laboratori per bambini”, en los que los niños exploraban formas, estructuras, texturas y colores mediante el juego libre. Con barro, cartón, papeles, alambres o espejos, los participantes construían formas sin utilidad aparente, guiados sólo por el placer de descubrir y experimentar. Era una pedagogía sin castigos ni evaluaciones, donde el error era bienvenido como parte del proceso. En su libro Fantasia (1977), Munari desarrolla una idea crucial: la fantasía, la invención y la creatividad no son dones místicos, sino habilidades que pueden estimularse, cultivarse y aprenderse. Y en ese sentido, su trabajo conecta directamente con las ideas más avanzadas sobre educación activa, diseño centrado en la experiencia y pensamiento visual.

Su interés por el diseño como sistema de signos, por la iconografía cotidiana, por los pictogramas, los gestos, los mapas, lo vincula con la semiótica mucho antes de que ésta se convirtiera en una moda académica. Supo leer el lenguaje visual de las señales de tráfico y de los objetos cotidianos con la misma atención que un poeta observa una flor. Inventó máquinas inútiles —estructuras móviles y ligeras que se movían con el aire—, creó esculturas para ver la sombra que proyectaban más que su forma, diseñó lámparas, objetos domésticos, cubiertas de libros, logotipos. Todo con un espíritu lúdico pero metódico, casi científico. Porque detrás de cada juego había una estructura. Y detrás de cada estructura, una invitación a pensar. Su aproximación al diseño estaba lejos del formalismo. Creía en la función, pero también en la emoción, en la sorpresa, en la belleza inesperada. Y sobre todo, en la claridad. “Complicar es fácil. Simplificar es difícil”, solía decir. Esta búsqueda de lo esencial lo conecta con otras grandes figuras del diseño moderno como Dieter Rams o Buckminster Fuller, pero también con poetas visuales como Joan Brossa o con artistas del movimiento Fluxus.

Para Munari, la cultura no era un templo, sino una caja de herramientas. Y en esa caja cabían un alga seca recogida en la playa, una sombra proyectada en la pared, un papel de embalar, una caja de cerillas. Su arte no aspiraba a lo sublime, sino a lo sencillo: a reencantar lo que nos rodea. Por eso su legado es hoy más vigente que nunca. En una época saturada de imágenes, Munari sigue invitándonos a mirar con atención. A ver el potencial creativo de una hoja caída, a entender que el diseño puede ser una forma de ternura, que el arte no tiene por qué ser grandilocuente. Su idea de que todos somos capaces de crear —si se nos da el entorno, el tiempo y el permiso para hacerlo— resuena con fuerza en nuestros días. Munari no sólo diseñó objetos: diseñó maneras de mirar. Y en eso fue profundamente político, aunque no lo pareciera. En tiempos de producción en masa y consumo acrítico, su defensa de lo artesanal, del juego, de la atención al detalle, del error como hallazgo, son una forma de resistencia.

Su huella se percibe en múltiples disciplinas. En el diseño gráfico contemporáneo, donde su uso de la tipografía, el color y la estructura siguen siendo referentes. En la ilustración infantil, donde su influencia es visible en autores como Hervé Tullet o Katsumi Komagata. En la pedagogía alternativa, donde sus talleres han inspirado programas educativos en todo el mundo. Y también en los makers, los artistas del reciclaje, los diseñadores sociales, los ludicistas. Quizá por eso resulta tan difícil clasificarlo. Fue vanguardista y clásico. Didáctico y subversivo. Visual y conceptual. Poético y riguroso. Como si hubiera intuido que el mundo que venía necesitaría menos dogmas y más herramientas para pensar. En un momento en que el diseño tiende a lo espectacular, Munari sigue recordándonos que lo pequeño importa. Que el diseño también es una forma de cuidado. Que no hay innovación sin curiosidad, ni creatividad sin juego.

En uno de sus textos más citados, Disegnare un albero, Munari enseña cómo dibujar un árbol. Pero no se trata de una receta, sino de una forma de observar la estructura interna de las cosas. ¿Cómo crecen las ramas? ¿Cómo se bifurcan? ¿Qué lógica sigue su forma? Y entonces lo entendemos: no se trata de copiar un árbol, sino de comprenderlo. De aprender a mirar. Porque eso fue, quizá, lo que hizo Munari toda su vida: enseñarnos a mirar. No con los ojos del experto, sino con la curiosidad del principiante. A veces con humor, a veces con poesía, pero siempre con el respeto profundo de quien sabe que lo cotidiano también puede ser extraordinario. Munari no buscaba respuestas, sino preguntas mejores. Y ese, al final, es el mayor legado que puede dejar un artista, un diseñador, un pedagogo o un ser humano: el deseo de seguir explorando.

 

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LiteraturaPersonajes

Memorias de África, un hogar inesperado

by Valeria Cruz 14/03/2025
written by Valeria Cruz

Karen Blixen, conocida también como Isak Dinesen, es una de esas figuras literarias que parecen sacadas de una novela. Su vida fue de todo menos apacible, marcada por el conflicto entre el deber y el deseo de independencia. Todo esto quedó plasmado en Memorias de África, su obra más célebre, donde narra su experiencia en Kenia con una mirada nostálgica.

Décadas después, su historia se convirtió en un mito cinematográfico con Out of Africa, la película protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford. Pero para entenderla realmente, hay que mirar más allá de la pantalla y del libro, a la Dinamarca que dejó atrás, a la mujer que fue y a la África que amó.

Nació en 1885 en Rungstedlund, una finca al norte de Copenhague, dentro de una familia aristocrática. Creció sometida a las normas rígidas de la alta sociedad danesa, pero también con la influencia de su padre, Wilhelm Dinesen, un hombre aventurero que había combatido en la guerra franco-prusiana y vivido con tribus nativas en Norteamérica. De él heredó el gusto por lo inusual y la curiosidad por lo desconocido, aunque su suicidio cuando ella tenía diez años la dejó marcada de por vida. Dinamarca en aquella época era una sociedad estructurada, como el resto de las sociedades europeas, donde el destino de una mujer como Karen solía estar ya escrito: un matrimonio conveniente y una vida dedicada a la familia y las apariencias. Sin embargo, su personalidad inquieta la llevó por otro camino.

Karen Blixen, imagen del fotógrafo Sophus Juncker Jensen

En 1914, se casó con su primo, el barón sueco Bror Blixen, y juntos partieron hacia Kenia para dirigir una plantación de café. Lo que parecía una aventura prometedora pronto se convirtió en un desafío constante. Su matrimonio fue un desastre: Bror le fue infiel y le contagió la sífilis, enfermedad que la afectó toda su vida. La plantación tuvo problemas financieros y el clima africano no era amable con los cultivos. Pero, a pesar de todo, Blixen encontró en África una forma de vida diferente, más libre y menos constreñida por las expectativas de su entorno. Vivió rodeada de paisajes imponentes, estableció vínculos con la comunidad kikuyu y tuvo una relación intensa con el cazador británico Denys Finch Hatton, quien se convirtió en su gran amor. Su muerte en un accidente aéreo en 1931 terminó de quebrarla. Poco después, sin dinero y enferma, se vio obligada a regresar a Dinamarca. Unos años mas tarde, ya instalada de nuevo en Rungstedlund, escribió Memorias de África, un libro donde revive los años que pasó en Kenia con una mezcla de añoranza y aceptación. No es una autobiografía al uso, sino una obra que combina observación y melancolía, donde el continente africano se convierte en un escenario cargado de simbolismo. A diferencia de otros relatos coloniales de la época, ella no se presenta como conquistadora ni dominadora, sino como alguien que, aunque extranjera, encontró un hogar inesperado en aquellas tierras lejanas. Su relación con la población local, su lucha por mantener la plantación y su amor por la naturaleza convierten el libro en un retrato histórico. Más allá de su propia historia personal, lo que destila es la sensación de pérdida, la añoranza por una vida que ya no podrá recuperar.

Karen Blixen en la década de 1920 con su hermano Thomas.

Décadas después, Hollywood tomó esta historia y la convirtió en Out of Africa (1985), una película que, aunque visualmente hermosa, idealiza muchos aspectos de su vida. La relación con Denys Finch Hatton se convierte en el eje central del relato, cuando en realidad Blixen siempre destacó más su vínculo con la tierra y la comunidad africana. La película suaviza los momentos más duros, pero logra transmitir la belleza de los paisajes y la tristeza de la despedida. Su éxito consolidó la imagen de Blixen como un icono romántico, aunque su vida fue mucho más compleja y dura, llena de matices de lo que el cine mostró.

De regreso en Dinamarca, vivió entre dolores constantes y muchos problemas de salud, pero nunca dejó de escribir. Bajo el seudónimo de Isak Dinesen, publicó cuentos que reflejan su fascinación por lo desconocido y lo enigmático. En su país, tardaron en reconocer su talento, ya que su estilo se consideraba demasiado cosmopolita para el gusto danés de la época. Aun así, con el tiempo, se convirtió en una de las autoras más importantes de su país. Cuando murió en 1962, dejó tras de sí una historia de vida que sigue fascinando a quienes se acercan a ella.

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