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Category:

Pensamiento

PensamientoPersonajes

La ciencia de la ternura: homenaje a Jane Goodall

by Beatriz Menédez Alonso 23/10/2025
written by Beatriz Menédez Alonso

En la historia de la ciencia moderna, pocas figuras han irradiado tanta humanidad como Jane Goodall, quien ha fallecido recientemente a los 91 años. Su nombre no solo está ligado al estudio de los chimpancés, sino también a una forma de mirar el mundo que devolvió a la ciencia su pulso más elemental: el del respeto. Cuando llegó a las selvas de Gombe, en Tanzania, con apenas una libreta y unos prismáticos, el planeta era otro. Las mujeres no encabezaban expediciones científicas. Y, sin embargo, fue precisamente esa mirada femenina, libre de arrogancia y de jerarquías, la que transformó para siempre nuestra comprensión del reino animal.

Goodall no tenía una formación académica tradicional cuando comenzó su investigación. Era una joven británica que había soñado, desde la infancia, con África. Criada en Bournemouth, en una familia de clase media, creció con la curiosidad de quien observa con detenimiento lo minúsculo: las lombrices, los insectos, las aves que visitaban su jardín. Fue su madre, Vanne, quien alentó esa fascinación temprana, en un tiempo en que a las niñas se les pedía más recato que preguntas. «Si quieres algo con suficiente intensidad, trabaja duro y nunca te rindas», le dijo. Aquella frase se convertiría en su brújula moral.

Su vida cambió radicalmente cuando conoció al paleontólogo Louis Leakey, quien reconoció de inmediato en ella una inteligencia intuitiva, una mezcla de sensibilidad y perseverancia poco común. Leakey la eligió para iniciar una investigación sin precedentes en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania, donde observaría el comportamiento de los chimpancés en libertad. Tenía apenas 26 años y ninguna formación académica en etología, lo que provocó escepticismo entre sus colegas. Sin embargo, su metodología —basada en la paciencia, la observación directa y la empatía— transformó la disciplina para siempre.

Leakey no tardó en expandir su visión, enviando a otras dos mujeres a distintos rincones del planeta: Dian Fossey, a Ruanda, para estudiar gorilas, y Biruté Galdikas, a Borneo, para convivir con orangutanes. El trío sería conocido como los ángeles de Leakey. Tres mujeres distintas, unidas por una misma misión: comprender la inteligencia, la emoción y la estructura social de los grandes simios.

Entre ellas nació una amistad compleja, tejida por la admiración mutua y las diferencias de carácter. Goodall, más diplomática y tranquila, hallaba desde el diálogo y la educación como una vía de cambio; Fossey, apasionada y combativa, eligió el enfrentamiento directo contra los cazadores furtivos; y Galdikas, silenciosa y metódica, se internó en los pantanos de Borneo con la paciencia de quien se disuelve en la selva. Jane mantuvo con ambas una correspondencia constante. Se admiraban, se aconsejaban, se sostenían desde la distancia.

Su relación con Biruté Galdikas, en particular, fue duradera y profundamente respetuosa. Ambas compartían una comprensión íntima del vínculo entre la observación científica y el compromiso ético. Jane la consideraba «una hermana espiritual de la selva», y Galdikas, en más de una entrevista, ha dicho que Goodall fue su guía, la persona que le mostró cómo la compasión podía ser también una herramienta científica. Las unía el mismo credo: que para conocer de verdad a los animales había que compartir su mundo, su ritmo, su silencio. Cuando se reencontraban en congresos o foros ambientales, hablaban menos de teoría que de memoria: de cómo los chimpancés o los orangutanes las habían transformado, volviéndolas más humanas.

Ilustración de Federico Granell

En Gombe, Goodall fue recibida con escepticismo por la comunidad científica. Era mujer, joven, sin doctorado, y se atrevía a afirmar que los chimpancés no eran solo sujetos de estudio, sino individuos con emociones, relaciones y una cultura propia. En 1960, cuando observó por primera vez a un chimpancé llamado David Greybeard fabricar y utilizar herramientas, la frontera entre lo humano y lo animal se desplomó. El hallazgo fue un terremoto intelectual: hasta entonces se creía que la capacidad de crear herramientas definía la humanidad. Jane demostró que no. Pero más allá del impacto científico, su método era revolucionario porque introducía un componente moral. No numeraba a los chimpancés: los nombraba. Les hablaba, los escuchaba, los comprendía.

En esos años, Goodall mantuvo correspondencia constante con Dian Fossey, la zoóloga que estudiaba los gorilas de montaña en Ruanda. Aunque trabajaban a miles de kilómetros de distancia y sus animales eran distintos, compartían algo esencial: la convicción de que la observación debía partir del respeto. Se admiraban mutuamente, aunque sus temperamentos fueran opuestos. Fossey era vehemente, combativa, a veces colérica; Goodall, en cambio, irradiaba una calma inquebrantable. Donde Fossey veía una lucha abierta contra los cazadores furtivos, Jane proponía educación, diplomacia y empatía. Sin embargo, entre ambas hubo una correspondencia intensa, casi fraternal. Cuando Fossey fue asesinada en 1985, Jane lo sintió como una herida personal. «Dian fue más valiente de lo que muchos podrían soportar ser», declaró entonces. Su muerte reforzó en Jane la certeza de que proteger la naturaleza no era una tarea romántica, sino un riesgo real.

Años más tarde, el cine inmortalizaría esa otra parte de la historia en Gorilas en la niebla, la película protagonizada por Sigourney Weaver, que rindió homenaje a Fossey y, de alguna manera, a toda una generación de mujeres que desafiaron el orden establecido. Jane asistió al estreno con discreción, sin ocupar el centro del foco, pero su presencia simbolizaba algo más grande: el triunfo de la compasión sobre el prejuicio.

Mientras tanto, su propia vida continuaba ligada a los bosques y a la defensa de los animales. En 1977 fundó el Instituto Jane Goodall, desde el cual impulsó proyectos de conservación y educación en más de cien países. De allí surgió Roots & Shoots («Raíces y brotes»), su programa más querido, destinado a que los jóvenes aprendieran a cuidar su entorno con pequeñas acciones cotidianas. La idea era sencilla y revolucionaria: el cambio empieza desde abajo, desde las raíces. «Cada persona importa, cada acción cuenta», repetía en sus charlas, convertida ya en una figura global.

Pese a su creciente fama, Goodall conservó una humildad que desconcertaba a los periodistas. En cada entrevista insistía en hablar de los chimpancés antes que de sí misma. Su tono nunca fue dogmático. Podía hablar de ética, de biología o de espiritualidad sin perder la serenidad ni el sentido del humor. Su forma de comunicarse —clara, suave, pero cargada de convicción— la convirtió en una oradora magnética. Incluso en sus últimos años, cuando la fragilidad física comenzaba a notarse, su voz seguía siendo firme, llena de un tipo de autoridad que no nace del poder, sino de la coherencia.

Su vida personal fue tan discreta como apasionante. En 1964 se casó con el fotógrafo holandés Hugo van Lawick, quien trabajaba para National Geographic documentando su trabajo en Gombe. De su unión nació su único hijo, Hugo Eric Louis, conocido cariñosamente como Grub. La pareja se separó en 1974, pero mantuvo una relación amistosa hasta la muerte de él, en 2002. Jane volvió a casarse brevemente con Derek Bryceson, político tanzano y director de parques nacionales, quien falleció poco después, víctima de cáncer. A pesar de las pérdidas, Jane nunca abandonó su vocación. Su vida, marcada por la soledad y la entrega, fue una cadena de renuncias personales en nombre de un compromiso mayor.

A lo largo de su carrera, Goodall recibió innumerables reconocimientos: el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales (hoy Princesa de Asturias), el título de Dama del Imperio Británico y la Medalla Presidencial de la Libertad, entre muchos otros. Sin embargo, ella nunca permitió que las distinciones opacaran la causa. Cuando recibió el premio en Oviedo, en 2021, dedicó su discurso «a los chimpancés que me enseñaron la humildad y el valor de escuchar». La ovación fue larga, pero Jane sonrió apenas, como si toda la gloria del mundo fuera menor que el sonido del bosque al amanecer.

En sus últimos años, su rostro se volvió familiar en documentales, conferencias y entrevistas. Su figura —delgada, de cabello blanco recogido, mirada luminosa— se convirtió en símbolo de una sabiduría serena, de una espiritualidad laica que unía ciencia y compasión. Le gustaba recordar que el ser humano no está por encima del resto de los seres vivos, sino dentro de un tejido común. «No somos los amos del planeta —decía—, somos sus guardianes temporales». Esa frase, sencilla y profunda, resume una ética que hoy resulta más urgente que nunca.

Jane Goodall no fue una científica en el sentido convencional. Fue, más bien, una mediadora entre mundos: el de la selva y el de la civilización, el del instinto y el de la razón, el de lo humano y lo animal. En un siglo marcado por la explotación del planeta, su ejemplo encarna una forma distinta de conocimiento: la que nace de la observación, del respeto y del silencio.

Hoy, cuando los bosques se reducen y las especies desaparecen a un ritmo vertiginoso, su legado se agiganta. No solo nos enseñó a comprender a los chimpancés, sino a comprendernos a nosotros mismos. Su historia es, en el fondo, una parábola sobre la posibilidad de reconciliación: entre la ciencia y la emoción, entre la humanidad y la naturaleza, entre la curiosidad y la ternura.

En una de sus últimas entrevistas, le preguntaron qué consejo daría a quienes quisieran seguir su camino. Respondió sin vacilar:
«Empiecen por mirar a su alrededor. El cambio comienza cuando uno decide cuidar lo que tiene cerca».

23/10/2025 0 comments
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EventosPensamiento

Cuando arde la memoria

by Emain Juliana 18/08/2025
written by Emain Juliana

Hoy, cada incendio que arrasa hectáreas de Castilla y León, Galicia, Extremadura o Asturias no es un accidente aislado, sino un síntoma. Es la expresión de una fractura entre lo urbano y lo rural, es la expresión de una fractura social y ambiental que nace del abandono del territorio y de una gestión forestal insuficiente, agravada por el impacto del cambio climático, pero también hay que decir que en torno al noventa y seis por ciento de los incendios son provocados. No hablamos solo de negligencias, descuidos o accidentes, sino también de acciones totalmente deliberadas, de intereses económicos ocultos y de una violencia ejercida contra la tierra que se traduce en humo y devastación. El fuego, en su mayor parte, no es fruto del azar ni de la naturaleza indómita, lo que lo convierte en un espejo aún más duro de nuestra responsabilidad colectiva.

No es casualidad que los lugares más afectados sean a menudo los mismos que cargan con décadas de abandono y despoblación: aldeas donde apenas queda una veintena de vecinos, pueblos que vieron marchar a sus jóvenes hacia las ciudades, campos convertidos en maleza porque ya no hay manos que los limpien. El fuego encuentra allí su camino, y al avanzar no solo destruye paisajes, sino también la débil red de vínculos que todavía mantenía en pie la vida comunitaria.

Desde un punto de vista social, los incendios también exponen la desigualdad territorial. Allí donde hay pueblos pequeños y recursos escasos, la defensa contra el fuego depende en gran medida de la ayuda estatal o de la solidaridad improvisada de los vecinos. En cambio, en zonas turísticas o próximas a áreas urbanas, la respuesta es más rápida, más contundente. Esto genera una herida de fondo: la sensación de que hay vidas que valen menos, territorios que pueden arder sin que al conjunto de la sociedad le importe demasiado. Ese sentimiento alimenta el desencanto y el resentimiento de la España rural, que percibe cómo sus tragedias solo se hacen visibles cuando adquieren la magnitud suficiente para convertirse en espectáculo mediático.

Las cifras oficiales hablan de hectáreas quemadas, número de efectivos desplegados, de millones de euros en pérdidas, carreteras y líneas de tren cortadas pero lo que rara vez reflejan son las vidas rotas tras cada incendio. Las víctimas no son una abstracción: son familias que ven cómo las llamas devoran sus casas en cuestión de minutos, pequeños negocios que desaparecen sin posibilidad de una reconstrucción inmediata, agricultores y ganaderos que pierden la base de su sustento, ancianos que deben abandonar de golpe el lugar donde han vivido siempre. Los desalojados cargan con la incertidumbre de no saber si podrán regresar, y quienes logran salvar la vida llevan consigo una herida invisible, hecha de miedo y desarraigo. En cada incendio hay nombres y rostros concretos que el fuego convierte en exiliados de su propia tierra, y ese impacto humano es la parte más dolorosa y menos reparable de la tragedia.

No quisiera cerrar estas líneas como si la cuestión estuviera concluida, porque no lo está. Cerrar sería una forma de dar por terminada una historia que en realidad permanece abierta, y tal vez la única honestidad posible sea dejar estas palabras así, incompletas. Y no lo cierro tampoco porque sé que volverá a suceder, siempre sucede, porque no se invierte en prevención, las personas no se hacen responsables de sus actos y ahora mismo todo se siente como si el incendio formara ya parte inevitable de nuestra manera de vivir y de recordar.

18/08/2025 0 comments
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LiteraturaPensamientoPersonajes

La doble vida de Dorian Gray

by Emain Juliana 07/08/2025
written by Emain Juliana

Durante más de un siglo, Dorian Gray ha sido algo más que un personaje literario: se ha convertido en una figura espectral que transita entre épocas, una silueta siempre joven que nos devuelve la mirada desde un lienzo que ya no es solo el retrato de un hombre, sino el reflejo de una cultura entera obsesionada con no envejecer. Oscar Wilde lo creó como un experimento estético, como una sátira envenenada de los valores de su tiempo, pero el experimento se le escapó de las manos. Dorian no solo representa al esteta victoriano; es también el antecedente de una forma de habitar el cuerpo y la imagen que hoy reconocemos con una familiaridad inquietante. Su belleza no es solo un don, es una condena. Y su historia, una advertencia que nadie parece querer escuchar.

Lo fascinante del personaje no es que conserve su juventud, sino lo que está dispuesto a hacer para no perderla, en lugar de encarnar un deseo común —vivir más, sentirse joven, aferrarse al placer—, Dorian representa la perversión de ese deseo, se transforma en un rechazo absoluto de la decadencia y del paso del tiempo. No envejece, pero tampoco madura. Todo lo que se pudre en su interior queda oculto, no por la negación consciente, sino por un pacto casi demoníaco con la apariencia. Mientras los demás ven su piel intacta, su mirada limpia, su sonrisa perfecta, en lo profundo del retrato se va acumulando la verdad: traiciones, crímenes y la pérdida de su propia alma.

Ese pacto, sin embargo, no se establece de forma explícita. No hay invocaciones, ni espíritus, ni demonios, ni contratos con firmas de sangre. Hay algo mucho más perverso: el deseo dicho en voz alta, la posibilidad formulada como un juego. Lord Henry, con su ironía elegante y su cinismo brillante, no es un villano clásico, sino un corruptor muy sofisticado, alguien que en lugar de obligar, sugiere y seduce sibilinamente. Dorian no vende su alma: se la regala a una idea. La idea de que todo lo que es valioso en la vida reside en la experiencia estética, de que el placer justifica cualquier tipo de conducta, y que el cuerpo solo existe para ser adorado. Y una vez que acepta esa premisa, ya no hay vuelta atrás.

Porque el cuerpo que no cambia se convierte en un campo de impunidad. Dorian atraviesa los años como un espectro inverso, manteniéndose muy joven, siempre visible allá donde va, e intacto. Pero su alma, la que está atrapada en el lienzo, se convierte en el receptáculo de todo aquello que no quiere sentir. El retrato no envejece como lo haría un rostro común, sino como lo haría una conciencia deformada y oscurecida, cosa que le vuelve repulsivo. Lo que Wilde nos muestra no es una simple inversión entre cuerpo y representación, sino una fractura: el yo dividido, la escisión entre lo que mostramos y lo que somos. Dorian se convierte, así, en un emblema anticipado de lo que hoy llamaríamos disociación estética. El horror no está en el cuadro, sino en el hecho de que él puede admirarlo sin reconocerse. O peor, sabiendo que sí es él, pero tampoco le importa.

Oscar Wilde, 1882

Ese desdoblamiento es lo que convierte a la novela en una obra gótica en su sentido más profundo. No necesita castillos ruinosos o apariciones espectrales. Dorian no necesita ser perseguido, ni maldecido por nadie o encerrado. Lo que lo condena no es un espectro, sino su propia falta de remordimiento. Incluso cuando asesina a Basil Hallward —el pintor y amigo, el único que aún cree que en él hay algo rescatable—, Dorian actúa con la frialdad de quien sabe que ya no puede redimirse. No porque lo haya decidido, sino porque ha cruzado demasiadas veces la línea entre el deseo y el daño, y en ese punto, el crimen ya no es un acto transgresor, sino la consecuencia natural de una vida sostenida sobre la negación del otro. La juventud eterna se convierte, irónicamente, en una forma de muerte.

Pero hay algo más en esta historia, algo que ha hecho que el personaje sobreviva al paso del tiempo o a las modas literarias. Dorian Gray no solo es símbolo de la belleza que corrompe; es también un espejo roto del deseo masculino. Wilde no lo oculta: la relación entre Basil y Dorian está cargada de una tensión emocional y estética que desborda la amistad. La fascinación de Basil no es solo artística, es amorosa y en cierta medida devocional, y la respuesta de Dorian es la de quien sabe que es amado, pero elige no corresponder. El retrato, en ese sentido, no es solo una obra de arte: es una declaración de amor que será traicionada. Y lo que Dorian destruye al final no es solo el símbolo de su corrupción, sino la única prueba de que alguna vez fue amado de una forma sincera.

Esta dimensión ambigua, moralmente inquietante ha sido lo que ha permitido que la figura de Dorian se infiltre en la cultura contemporánea. Desde las múltiples adaptaciones en el teatro y en el cine, hasta su recuperación en los discursos sobre el culto al cuerpo, la cirugía estética, el narcisismo digital o la construcción de identidades fluidas, Dorian ha pasado de personaje a emblema. En una época en la que la imagen se ha vuelto una forma de poder, él representa tanto el ideal como su tragedia. No necesita filtros, ni retoques: su rostro perfecto es su cárcel y condena. 

La figura del influencer —esa presencia permanente, radiante, intocable— no es tan distinta de la que Wilde dibujó con precisión milimétrica. La diferencia es que hoy el retrato no está en un desván oculto, sino en la galería de Instagram. Y lo que se degrada, lentamente, no es un lienzo, sino el vínculo con la realidad. Dorian, en ese sentido, no ha muerto. Ha mutado. Vive en cada intento de borrar la arruga, de editar un rostro, de construir una versión idealizada de uno mismo que no admite ninguna grieta. La cultura de la perfección, encuentra en él a su primer mártir: hermoso, carismático, egocéntrico, insensible, vacío.

Y sin embargo, lo que vuelve inolvidable al personaje no es su belleza, tampoco su carisma o su frialdad, ni siquiera su capacidad de destrucción. Es el momento final, cuando ya no puede sostener más la mentira, y decide enfrentarse al retrato, cosa que no hace por arrepentimiento, sino por desesperación. Porque entiende, demasiado tarde, que vivir sin alma no es vivir. Cuando clava el puñal en el lienzo, lo hace con la furia de quien quiere aniquilar al testigo. Pero el arte, como la verdad, no puede ser asesinado sin consecuencias. Al romper el pacto, el cuerpo de Dorian se transforma: envejece de golpe, se llena de profundas arrugas, aparecen manchas en su piel y muere. El rostro que todos admiraban desaparece. Y en el suelo queda solo un cuerpo ajado, irreconocible, mientras el retrato recupera su forma original. No es un castigo sobrenatural, sino una restauración simbólica: la verdad, por fin, ha salido a la luz.

Oscar Wilde pagó caro por haber escrito esta novela. Fue acusado de inmoral y de indecente. Pero lo que su libro revelaba no era una defensa del vicio, sino una exposición del precio de la negación. En un mundo obsesionado con la moral aparente, Dorian Gray fue el espejo roto de una sociedad que se refugiaba en la indiferencia. Y puede que ahí resida la razón de su vigencia incómoda. Porque no hay nada más aterrador que reconocer que, en el fondo, todos tenemos un retrato escondido en algún lugar.

07/08/2025 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Un paseo estival por la literatura y la evasión

by Beatriz Menédez Alonso 06/08/2025
written by Beatriz Menédez Alonso

Hay estaciones que son más propicias para el olvido, otras para la memoria, y otras, como el verano, para la invención. En verano se recuerda con mayor intensidad, pero también se sueña con más soltura. Es como si el tiempo —dócil, cálido, extendido— cediera por un instante a los caprichos del alma, permitiéndole vagar sin destino. La luz lo baña todo con una claridad sospechosa: no hay rincón donde esconderse. Y, sin embargo, ¿no es en ese estado de indefensión, de lentitud, de aparente insignificancia, donde nace precisamente la literatura más inquietante?

La literatura no florece en la prisa. Exige otro ritmo, uno más cercano al murmullo que al grito. Por eso no sorprende que tantos escritores hayan escrito —o al menos imaginado escribir— durante los veranos. El verano no es solo una estación climática; es una estación del espíritu. Thoreau se retiró a Walden buscando una comunión con la naturaleza que solo el ritmo solar podía ofrecerle. Vivió dos veranos escribiendo lo que sería Walden; or, Life in the Woods. Cada línea de su libro parece respirar con la humedad del bosque y la lentitud de los días largos. Y Thomas Mann, en su villa de verano en Lübeck, encontraba en el bochorno del mediodía la cadencia ideal para sumergirse en la decadencia de los Buddenbrook.

Vacaciones, decimos, y pensamos en evasión. Pero la literatura que verdaderamente se adentra en el verano lo hace con otra intención: no la de huir del mundo, sino la de escucharlo con más precisión. Lucia Berlin, por ejemplo, no necesitó grandes veranos en villas costeras para extraer oro literario del calor, del polvo, de lo que no se dice. Su prosa —seca, brillante como una botella rota al sol— transforma lo cotidiano en algo ferozmente vivo. Una lavandería bajo la canícula, una cocina desordenada donde el hielo se acaba demasiado pronto, el olor de una camisa empapada en sudor barato: sus veranos no son sublimes ni nostálgicos, son reales. Y por eso importan.

En los relatos de Lucía Berlin, como en Manual para mujeres de la limpieza, el calor nunca es solo meteorológico. Es moral. El calor aprieta y hace visible lo que en invierno se disimula: la pobreza, la adicción, la desesperación íntima. Sus personajes sudan, respiran con dificultad, improvisan ventiladores con cartones. Allí no hay contemplación bucólica sino resistencia. Y sin embargo, también hay belleza: una ternura que se cuela entre el ruido de las cigarras y los ventiladores rotos. La literatura, como el verano de Berlin, no embellece: ilumina.

Es curioso: en la literatura, el verano suele ser el escenario de las grandes transformaciones. Piénsese en Muerte en Venecia. No hay relato más inquietantemente estival. Bajo la luminosidad abrasadora de la laguna, Gustav von Aschenbach se consume, no solo de deseo, sino de revelación. El verano lo expone, lo vuelve frágil, y esa fragilidad es literaria. En El Gran Gatsby, de F.Scott  Fitzgerald, la historia no podría ocurrir en otra estación: el sudor, las fiestas, los trajes blancos, el anhelo de algo que nunca llega… todo está al borde del exceso, como si el calor hubiese diluido los límites morales. La decadencia, como el hielo en un vaso de ginebra, se derrite sin remedio. El calor se vuelve premonición de tragedia: “Y así vamos adelante, botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado”.

Y sin embargo, seguimos pensando en las vacaciones como algo ligero, superficial, incluso banal. Una pausa para “descansar”, como si la mente pudiera desconectarse como se apaga una lámpara.

Pero los grandes escritores han intuido —como Rilke en sus cartas desde Worpswede, o Natalia Ginzburg en sus veranos italianos— que en esa aparente ociosidad se gestan los pensamientos más persistentes. El ocio no es vacío, sino laboratorio. Allí donde el reloj pierde autoridad, se cuela la voz propia. Y en esa voz, la literatura encuentra su terreno fértil.

Los libros que se leen en verano, además, nos delatan. No hay elección más íntima que la lectura vacacional. En invierno uno lee por deber, por rutina, por necesidad intelectual. En verano, en cambio, se lee por deseo. Por puro gozo o por pura melancolía. Uno se lleva a la playa Cumbres Borrascosas y termina sintiendo el viento de los páramos en pleno Mediterráneo. O se adentra en Lolita, como quien juega con fuego, y comprende que el calor puede ser también moral. Incluso los libros “ligeros” que llevamos para no pensar —novelas románticas, thrillers de aeropuerto— nos hablan, aunque no siempre queramos escucharlos. La elección de lectura estival es una forma de confesión.

Los poetas, por su parte, han hecho del verano un motivo obsesivo. Emily Dickinson, desde su encierro, escribía sobre los insectos de julio como si fueran heraldos de una verdad invisible. Sylvia Plath temía el calor porque lo asociaba con el colapso. En  La Campana de Cristal, publicada en inglés como The Bell Jar, sitúa su narración bajo un verano sofocante, asfixiante. El calor aquí no es luz, sino encierro; no es inspiración, sino prueba. Pero incluso en ese peso hay una claridad brutal. La conciencia de Esther Greenwood se agrieta bajo el sol, y a través de esa fractura escribe. Pero otros, como Cesare Pavese, veían en las vacaciones un espejo peligroso: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribió, como si el ocio estival desnudara finalmente lo que todo el año hemos evitado mirar.

El verano, por tanto, no es un simple decorado. Es un agente literario. Exige lentitud, exige atención, y exige una cierta valentía para enfrentarse a lo que emerge cuando el mundo baja la voz. En los trenes que van hacia la costa, en los cafés donde el hielo se derrite, en los cuerpos que se exponen al sol, hay materia narrativa esperando ser recogida. Y quizás por eso tantos escritores necesitan huir para escribir: no por el lugar al que van, sino por el silencio que encuentran en el trayecto.

Lo que ocurre con las vacaciones —y con el verano mismo— es que, al igual que la literatura, son esencialmente inútiles en el mejor sentido del término. No producen nada tangible, no mejoran el mundo de forma inmediata, no cotizan en bolsa. Pero nos salvan. Nos devuelven a un estado más poroso, más permeable, más sensible.

El verano pasa, como todo lo vivo. Las vacaciones se disuelven, como la espuma en la arena. Pero lo que permanece —si uno ha estado verdaderamente atento— es esa transformación sutil, casi invisible, que la literatura opera cuando se la deja entrar sin apremio. Bajo el sol, entre las páginas, en medio de las tardes interminables, ocurre lo más improbable: pensamos sin querer, recordamos sin planearlo, sentimos sin protección.

Y eso, después de todo, es la esencia misma de leer. O de vivir.

06/08/2025 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Tsunami, la ola que arrasa el tiempo

by Emain Juliana 30/07/2025
written by Emain Juliana

El tsunami, esa ola inmensa que lo traga todo, ha estado presente en el imaginario literario mucho antes de que la ciencia le pusiera un nombre. Desde los mitos más antiguos hasta los relatos modernos han descrito una fuerza descomunal que se traga la tierra, a veces se presenta como castigo, otras como limpieza o ruptura, pero siempre como algo que tras la devastación obliga a comenzar de nuevo. 

A lo largo del tiempo, las olas gigantes no se han visto solo como un fenómeno natural, sino como algo que escapa a cualquier intento de control. En Japón, por ejemplo, forman parte de la memoria colectiva, de una experiencia vivida y repetida con cierta asiduidad. En Europa, en cambio, han representado más bien el miedo a lo desconocido, la sensación de que por muy avanzada que sea una sociedad, la naturaleza siempre puede imponerse. En los libros, el tsunami ha servido para hablar de eso que irrumpe y lo destruye todo, sin previo aviso.

En los textos antiguos, lo que hoy llamaríamos un tsunami aparece muchas veces disfrazado de diluvio. No como un fenómeno aislado, sino como una especie de reset cósmico. En La epopeya de Gilgamesh, uno de los primeros relatos escritos de la humanidad, los dioses deciden exterminar a los hombres con una gran inundación, pero solo Utnapishtim, advertido a tiempo, logra construir una embarcación y sobrevivir. La historia es muy parecida a la del Génesis bíblico, donde Noé también se salva del castigo divino construyendo un arca. En la mitología griega, Deucalión y Pirra escapan de la gran ola enviada por Zeus, y en la tradición hindú, el sabio Manú recibe el aviso de un pez que resulta ser una deidad. En todos los casos, el agua aparece como lo que borra lo anterior y deja espacio para algo nuevo. El mar no solo castiga, también limpia, y lo que llegará después será distinto, aunque no necesariamente mejor.

En Japón, donde los tsunamis forman parte de la historia nacional, la relación con el mar es distinta. No es una figura mitológica ni una metáfora lejana, es una realidad que se repite de manera bastante cotidiana. Desde el siglo VIII, los registros dan cuenta de terremotos y olas gigantes, durante el periodo Edo, se documentaron con detalle en crónicas, mapas y grabados, pero también en canciones populares y en la poesía. La literatura japonesa, especialmente el haiku, ha sabido expresar ese miedo con una sobriedad conmovedora. No hace falta nombrar la ola para que se sienta su peso, a veces está en el silencio previo al desastre, en la arena que se ensancha, en el grito que se apaga. El tsunami, en estos versos tan breves, no es una catástrofe ruidosa, sino una ausencia de sonido. Un momento suspendido en el tiempo que se vuelve irreversible.

En Europa, no se tomó conciencia del tsunami como un fenómeno real hasta el siglo XVIII, con el terremoto de Lisboa en 1755. Aquel día, la ciudad fue sacudida por un seísmo brutal, arrasada por un maremoto y devorada por el fuego, fallecieron decenas de miles de personas. El desastre fue tan inmenso que no cabía en los esquemas mentales de la época, y para colmo sucedió en el Día de Todos los Santos, con las iglesias llenas. Muchos se preguntaron por qué una ciudad tan religiosa era castigada así. ¿Dónde estaba Dios? ¿Qué lógica podía tener aquello? Voltaire, en Cándido, se burla de quienes decían que todo sucede para bien. El terremoto y el tsunami hicieron añicos la idea de que el mundo era un lugar ordenado y justo, y desde entonces la naturaleza empezó a verse no solo como algo hermoso o admirable, sino también como una fuerza capaz de arrasar sin un motivo, simplemente porque sí.

El Romanticismo abrazó esa visión. El mar se convirtió en el escenario de tormentas interiores, de pérdidas, de luchas imposibles. Lord Byron escribió sobre mares embravecidos donde «el alma se disuelve». Víctor Hugo, en Los trabajadores del mar, convirtió al océano en un personaje: un adversario poderoso e indiferente. El mar ya no era solo un decorado de fondo, sino algo que tomaba protagonismo, como un personaje más, capaz de reflejar lo insignificante que puede llegar a ser el ser humano.

En el siglo XX, los tsunamis dejaron de ser un mito para convertirse en hechos documentados y analizados por sismógrafos, observados por científicos y periodistas. En Japón, el gran tsunami de Sanriku en 1933 provocó más de tres mil muertes, y aunque las narraciones que surgieron de aquel desastre no alcanzaron gran difusión internacional, marcaron un cambio en el tono, empezó a ser contado como herida y trauma, como un acontecimiento que transforma para siempre la relación de una comunidad con su territorio. La literatura reflejó ese giro, no siempre a través de novelas, pero sí mediante memorias, poemas, canciones populares o diarios personales que luego circularon como parte de lo vivido.

En Occidente, mientras tanto, encontró un nuevo espacio en la literatura especulativa; en novelas como The Drowned World de J. G. Ballard (1962), el mundo ya no es arrasado por una ola puntual, sino que queda sumergido por completo: las ciudades reposan bajo el agua, el paisaje es una ruina líquida y ya no hay castigo, ni juicio, ni drama moral, sino transformación. En estas narraciones, la ola no representa un final, sino una mutación, y lo que surge después no es lo que había antes, sino otra cosa: otro mundo, otro cuerpo  y otro orden.

En el siglo XXI, se convirtió en una realidad inmediata, vivida en directo a través de las televisiones, porque la tragedia del océano Índico en 2004, seguida por el desastre de Fukushima en 2011, transformó para siempre la forma en que se perciben estos fenómenos. Ya no se trataba de imaginar la destrucción, sino de verla avanzar en tiempo real mientras arrasaba ciudades, y esa visibilidad cambió también su lugar en la literatura, que comenzó a responder no solo desde la ficción sino también desde la necesidad de dar testimonio. Obras como Wave de Sonali Deraniyagala, donde la autora relata la pérdida de toda su familia en Sri Lanka, o antologías como March Was Made of Yarn, que recogen testimonios tras Fukushima, no buscan explicar lo ocurrido sino sostener lo que queda, hablar sobre el duelo y el miedo persistente, la reconstrucción lenta y los silencios que apenas se pueden nombrar.

Desde entonces, la escritura ha convertido estas catástrofes en una presencia real, en memoria colectiva. Ya no se representa como un giro dramático o un evento distante, sino como una vida partida en dos, con un antes y un después que es imposible de borrar. En este nuevo ciclo, las olas recuperan su protagonismo no como escenario romántico ni como fondo simbólico, sino como una fuerza que es tangible y su impacto influye no solo por lo que destruyen, sino por todo lo que obligan a reconstruir: el lenguaje, los vínculos, la memoria, el paisaje y las certezas. De este modo, lo verdaderamente devastador no siempre es el agua en movimiento, sino el vacío que deja cuando todo ya ha quedado en silencio.

30/07/2025 0 comments
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Pensamiento

Sobre lo de Santos Cerdán

by Emain Juliana 14/06/2025
written by Emain Juliana

Recuerdo conversaciones con familiares y con buenos amigos, especialmente esos debates espontáneos que surgen después de las comidas, durante la sobremesa, en los que mencionar la política se convierte en una especie de cataclismo. De pronto el ambiente se vuelve incómodo y tenso, las posiciones se encienden, las palabras se afilan como cuchillos y ya no queda mucho espacio para escuchar o entender, solo importa defender el color propio frente al ajeno. Esta dinámica refleja muy bien lo que el psicólogo Leon Festinger llamó «disonancia cognitiva»: la cuál consiste en «una sensación de malestar interno que experimentamos cuando nos enfrentamos a una información que desafía o contradice nuestras creencias y convicciones». Para reducir ese malestar, solemos rechazar automáticamente las evidencias contrarias o justificar rápidamente los errores de nuestro partido, por flagrantes que sean.

Así, sin darnos cuenta, adoptamos la posición del hincha en las gradas, celebrando las victorias superficiales y protestando por las derrotas injustas. La comparación social —otra teoría central de Festinger— refuerza aún más esta dinámica: al interactuar principalmente con quienes piensan de una manera muy parecida a nosotros, fortalecemos nuestras posiciones iniciales y perdemos la capacidad crítica, creyendo que el otro siempre está completamente equivocado o que tiene malas intenciones. Todo se reduce entonces a una batalla en la que el enemigo siempre es el otro, el culpable de todos los males, mientras el nuestro es siempre quien lucha por el bien común.

Y mientras tanto, casi sin darnos cuenta, la calidad democrática se erosiona lentamente; las instituciones que deberían estar al servicio de todos se convierten en trofeos temporales del partido ganador, utilizadas más como plataformas para perpetuarse en el poder que como herramientas para solucionar problemas reales. De hecho, en los últimos días, los titulares han sido claros: casos de corrupción, líderes cuestionados internamente, mociones de censura, crisis en el PSOE y rumores de adelanto electoral. Sin embargo, lo curioso es que esta tormenta apenas parece afectar a las bases de apoyo electoral, pues la mayoría de los ciudadanos permanece en su trinchera ideológica, inmunizada ante los escándalos que afectan a su partido favorito, justificando, tolerando o simplemente mirando hacia otro lado. Se perpetúa así la ilusión del votante que cree defender valores limpios y claros, aunque en realidad esté defendiendo una construcción basada en propaganda cuidadosamente gestionada. Esta situación no es casual, ya que la política moderna está cada vez más personalizada en figuras concretas. Constantemente hablamos de Sánchez o Feijóo como si fueran actores principales de una serie de Netflix, por lo que el debate político se reduce al carisma o al rechazo que generan estas figuras mediáticas, olvidando que detrás de ellas hay decisiones, leyes y medidas concretas que afectan directamente la vida diaria. Como resultado, los votantes acaban apoyando o rechazando no ideas o proyectos, sino líderes cuya imagen se construye desde un relato muy emocional y cuidadosamente elaborado. Y lo más preocupante es que, mientras esta teatralización política avanza, las instituciones pierden eficacia y se vuelven débiles a las presiones partidistas, a las luchas internas por el poder y a la corrupción, que se tolera con demasiada frecuencia como una parte inevitable del juego. Esta erosión institucional no sucede de golpe, sino lentamente, como pequeñas gotas de agua que, con el tiempo, acaban destruyendo la roca por completo.

Esto no es exclusivo de España, por supuesto, pero se ha vuelto más notorio aquí debido a cuánto nos aferramos a nuestras identidades políticas, como si votar fuera proteger una parte de nuestra identidad personal y cuestionarlo significara perder alguna parte fundamental de uno mismo. De ahí que resulte tan difícil romper este círculo vicioso, pues nos aferramos al partido como quien se aferra a una identidad cultural, incapaces de aceptar que las personas a las que hemos votado también cometen errores, traicionan sus principios y sucumben a sus propios intereses. No obstante, la solución no es abandonar nuestras convicciones políticas, sino en asumirlas desde una perspectiva crítica, preguntándonos si realmente esas personas representan los ideales que dicen defender o si estamos atrapados en una ilusión muy cómoda y reconfortante, incapaces de admitir que las promesas y los discursos que nos sedujeron en un principio ya no se corresponden con la realidad.

Quizás, por tanto, sea el momento de despolitizarnos un poco, de dar un paso atrás y observar desde fuera con algo más de serenidad. Para lograrlo, necesitamos ser ciudadanos críticos que exijan resultados reales a los políticos, que no permitan que las instituciones sean rehenes de intereses partidistas y que sean capaces de apoyar o rechazar propuestas independientemente de quién las haga. En definitiva, necesitamos ser menos fanáticos políticos y más ciudadanos comprometidos con la democracia y la verdad. Al fin y al cabo, la verdadera política nunca debería ser una batalla de colores, sino un ejercicio constante de reflexión y responsabilidad colectiva; recuperar este principio básico es la tarea más urgente que debemos llevar a cabo como sociedad. Por tanto, dejar atrás la lógica del estadio, abandonar el fanatismo que nos ciega y volver a dialogar desde la razón y desde la honestidad, no será sencillo, porque los hábitos se arraigan profundamente, pero al menos podemos empezar a intentarlo. Nuestras instituciones merecen más que simples colores partidistas: merecen ciudadanos despiertos, atentos y exigentes.

14/06/2025 0 comments
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ArtePensamiento

Volver a conectar con lo bello

by Valeria Cruz 12/05/2025
written by Valeria Cruz

La palabra "belleza" proviene del latín bellus, que significa "bello, agradable, hermoso", aunque su raíz es aún más compleja: algunos filólogos la vinculan con benulus, diminutivo de bonus —bueno—, lo que sugiere que, en su origen, lo bello no solo remitía a lo placentero, sino también a lo valioso, a aquello que participa de un orden deseable, armonioso, incluso vital. En la tradición griega, esta idea se refuerza: para Platón, lo bello (kalón) era el reflejo visible de una verdad más profunda. La belleza no era adorno, sino señal; no superficialidad, sino manifestación de lo esencial.

Durante siglos, esta concepción sustentó una parte importante de la creación artística, del pensamiento filosófico y de la experiencia como seres humanos. La belleza era comprendida como una forma de conocimiento. A través de ella, se desarrollaban la atención, el juicio, la sensibilidad ética y la memoria. Reconocer lo bello no era un acto frívolo, sino un ejercicio intelectual y moral. La contemplación estética ofrecía una vía legítima para comprender el mundo. Este marco, sin embargo, comenzó a erosionarse en el siglo XX, en parte como respuesta a los grandes traumas históricos. El pensamiento crítico desplazó la belleza para dar prioridad a lo útil, funcional y urgente. Se temía que lo bello actuara como una cortina que encubría la violencia o el conflicto. Desde entonces, hablar de belleza se volvió sospechoso, casi incómodo, como si su sola mención implicara un alejamiento de la realidad. El arte, la teoría y la cultura han tendido a privilegiar la disrupción, la ironía, lo conceptual. En este contexto, lo bello se fue marginando, reducido a una experiencia secundaria o meramente decorativa.

En el presente, esa marginación se acentúa. Vivimos en un entorno saturado de estímulos, marcado por la velocidad, la visibilidad y la productividad. Todo compite por captar la atención en el menor tiempo posible. Lo bello, que requiere pausa, disposición y sensibilidad, no encaja fácilmente en ese sistema. No genera rendimiento. No se impone. Solo se revela cuando alguien se detiene lo suficiente para percibirlo. En un tiempo que valora lo medible por encima de lo significativo, esa forma de experiencia se vuelve rara.

Pero rara no significa irrelevante. Todo lo contrario. Recuperar la belleza como una experiencia válida es, hoy, más necesario que nunca. No se trata de idealizar una estética concreta ni de volver a cánones pasados. Se trata de defender una manera de relacionarse con el mundo que no esté gobernada por la utilidad inmediata. Lo bello no responde a un fin práctico. No sirve para otra cosa que para provocar una forma distinta de presencia, nos sitúa en un estado de atención expandida, nos saca del automatismo y hace que vivamos el instante con más conciencia. Y eso, en un entorno de fragmentación y exceso, es profundamente transformador. Porque lo que está en juego no es simplemente una categoría estética, sino una forma de percepción. Cuando dejamos de valorar lo bello, también perdemos una parte de nuestra capacidad de sentir de manera plena y pasamos por encima de las cosas. La belleza, en cambio, nos obliga a prestar una verdadera atención.

Lo más difícil, quizá, no es reconocer la belleza, sino disponer del tiempo necesario para acogerla, porque lo bello no irrumpe como un mensaje, no se impone como una consigna. Aparece con discreción: en un gesto mínimo, en una forma inesperada, en un momento que no estaba previsto.  Su potencia radica precisamente en eso: en su capacidad de afectarnos sin violencia, de tocarnos sin invadirnos, de quedarse sin ruido.

Por eso, reivindicar la belleza hoy no es una forma de evasión, sino un acto de resistencia. Una manera de afirmar que no todo tiene que traducirse en rendimiento o utilidad. Que hay experiencias valiosas por sí mismas. Que la sensibilidad también es pensamiento. Y que permitirnos ser atravesados por lo bello —sin defensas, sin escepticismo— es una forma legítima de comprender y de habitar el mundo.

No necesitamos que la belleza nos devuelva una armonía imposible ni que endulce lo que duele. Lo que necesitamos es recordarla como parte de la vida. Como una presencia activa, capaz de afinar nuestra percepción y de recordarnos que lo importante no siempre es lo que brilla más fuerte, sino lo que permanece cuando todo se ha apagado.

12/05/2025 0 comments
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LiteraturaPensamiento

¿Quién teme (leer) a Virginia Woolf?

by Nerea Aguado Alonso 29/04/2025
written by Nerea Aguado Alonso

Puede que Virginia Woolf sea una de las autoras más citadas, recomendadas e influyentes en la literatura del siglo XX. Su técnica del flujo de conciencia, la narrativa no lineal o fracturada y su búsqueda constante de una nueva voz literaria están plenamente asentadas en la narrativa del siglo actual. A nadie extraña ya una novela escrita totalmente como un monólogo interior de varios personajes ni la hibridación de géneros. Sus novelas y textos narrativos se caracterizan por su densidad, complejidad y capacidad de evocación de mundos interiores. Son un desafío y como tal me gusta llevar sus libros a la programación de los clubes de lectura. Si la vamos a citar y admirar, qué menos que leerla atentamente. Sin embargo, cuando las participantes se enfrentan a un texto de la escritora británica suelen empezar preguntando cómo hacerlo, pues les impone la fama de la autora. Empezar a leer a Woolf por su narrativa es introducirse en su amplio, multicolor y experimental estilo. Hay que atreverse, que hay que entrar en esa corriente y dejarse revolcar por sus olas una y otra vez, viajando de un sentimiento a otro. Leer su narrativa como quien lee poesía, sintiéndola primero, dejando que el ritmo, la estructura, las certeras palabras y las emociones nos bañen y volver después, con la humedad aún en la piel a mirar ese agua que ya conocemos y se aquieta para que veamos el lecho pedregoso, verde y lleno de vida. Ella misma escribió en su diario: “La manera en que creo hermosas cavernas detrás de mis personajes. Creo que esto da por resultado exactamente lo que deseaba. Humanidad, humor, profundidad. El proyecto es que las cavernas estén en comunicación entre sí, y que todas queden bajo la luz del día en el mismo instante.”[1]

Para quien no esté en disposición de una zambullida de este calibre, lo mejor será comenzar por sus ensayos breves y las transcripciones de sus charlas: “Sobre la enfermedad”, “¿Soy una esnob?”, “La torre inclinada” o la famosísima “Una habitación propia” se abren como puertas accesibles hacia su universo. La autora elige un tono casi conversacional y una estructura más directa, lo que facilita una lectura inmediata sin renunciar a la profundidad de sus reflexiones. Sobre “Una habitación propia” una perfeccionista y autocrítica Virginia escribió: “ Creo que este libro tiene cierta especie de inquieta vida; se ve a un ser en trance de arquear la espalda y galpar, aun cuando, como de costumbre, buena parte del libro es aguada, delgada y está expresada en voz excesivamente alta.”[2] Dos características de la divulgación de su pensamiento la han hecho perdurable en el tiempo: los temas arriesgados, críticos e inteligentemente estructurados y un estilo directo, más ligero pero no superficial, que corre rápido como su mente pero se posa lo suficiente para ser digerido.

Leer a Virginia Woolf es una experiencia excitante, desconcertante en ocasiones y que libera lugares de nuestra mente y nuestra imaginación de manera inesperada. Empecemos por el río que cabriolea de su narrativa o por la plácida y clara orilla de sus ensayos, una vez lo hagamos nuestra manera de leer cualquier texto habrá cambiado.

[1]Virginia Woolf, Diario de una escritora, trad. Laura Pujol (Barcelona: Lumen, 1981),91.

[2] Ibid.,199

29/04/2025 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Woolf y Plath. Dos jardines, dos miradas

by Uve Magazine 18/03/2025
written by Uve Magazine

Para aquellos que trabajan con la palabra, la imagen o la música, un jardín no es solo un espacio físico, sino una metáfora de la mente y la memoria. En él, los pensamientos germinan, maduran o se marchitan, y las ideas encuentran su propio ritmo de crecimiento. Quizá por eso, tantos escritores han encontrado en los jardines su mejor espacio de creación, entre ellos Virginia Woolf y Sylvia Plath, dos autoras que miraron la naturaleza con ojos distintos, pero que vieron en ella un reflejo de su propio mundo interior.

Virginia Woolf tenía una relación simbólica y estética con el jardín, que se refleja tanto en su vida como en su obra. Su casa en Monk’s House, en Sussex, contaba con un exuberante jardín que ella y su esposo, Leonard Woolf, cuidaban con esmero. Ese espacio no solo era un refugio físico, sino también un universo simbólico en el que la escritora exploraba la conexión entre la naturaleza, la memoria y la identidad.

El jardín de Woolf era un lugar de contemplación y de escritura. Desde su estudio, una cabaña separada de la casa principal, tenía vistas a la vegetación y a los juegos de luz en las hojas y flores. En sus diarios, menciona con frecuencia el proceso de cultivar plantas y el placer de observar los cambios de las estaciones. Esa atención a la naturaleza se filtra en sus novelas, donde los espacios verdes funcionan como metáforas de la vida interior de los personajes.

En Al faro, por ejemplo, la naturaleza aparece en su dimensión cíclica, reflejando el paso del tiempo y la inevitabilidad del cambio. La maleza que crece en la casa vacía simboliza la huella del tiempo y la forma en que la ausencia transforma los espacios. En La señora Dalloway, el parque de Regent’s Park y los jardines urbanos sirven como puntos de conexión entre los personajes, un espacio donde los pensamientos fluyen libremente y donde las barreras sociales parecen difuminarse por un momento.

Por otro lado, en la obra de Sylvia Plath, la naturaleza adquiere un carácter inquietante y simbólico, alejado de la contemplación serena que ofrece el jardín de Virginia Woolf. Mientras que Woolf encontraba en el paisaje un espacio de fluidez y reflexión sobre la identidad y el tiempo, Plath transforma la naturaleza en una imagen de tensión emocional, de lucha y conflicto interno. En sus poemas, las flores y los paisajes vegetales no son simples adornos o fuentes de belleza, sino metáforas de la transformación, la opresión y la muerte. En Ariel, los caballos desbocados al amanecer encarnan una energía salvaje e incontrolable, los tulipanes aparecen como presencias demasiado vivas, casi agresivas en su color, y la colmena se convierte en un símbolo ambivalente de feminidad y poder, a la vez productivo y amenazante. A diferencia de Woolf, cuyo jardín servía como reflejo del transcurrir del tiempo y la conexión con el mundo exterior, en Plath la naturaleza es más visceral, más afilada, reflejando la batalla interna con la identidad y la enfermedad mental. En La campana de cristal, la protagonista, Esther Greenwood, percibe la naturaleza con una mezcla de fascinación y repulsión, en una búsqueda desesperada por encontrar su lugar en un mundo que le resulta extraño y ajeno. Así, mientras Woolf cultivaba su jardín como un espacio de introspección y armonía con lo efímero, Plath lo convertía en un espejo de sus propias inquietudes, donde la belleza se entrelazaba con la amenaza y lo natural se tornaba en una presencia inquietante, casi opresiva.

Jardines de papel, la simbología del paisaje en la literatura

En definitiva, los jardines han sido desde siempre espacios de inspiración, refugio y contemplación. En su quietud, ofrecen un ritmo distinto al del mundo exterior, uno marcado por el crecimiento lento de las plantas, la transformación de las estaciones y la presencia constante de la naturaleza en sus ciclos de muerte y renacimiento. Un jardín florecido invita a la expansión de los sentidos, con colores, perfumes y la sensación de vida en su máximo esplendor. Es un escenario para la creatividad, donde la luz y las sombras juegan en las hojas, y la imaginación puede divagar con la misma libertad con la que se entrelazan las ramas.

Ambas escritoras, a su manera, utilizaron la naturaleza como un espejo de su mundo interior, construyendo solidos paisajes literarios que rememoramos fielmente en sus textos.

18/03/2025 0 comments
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LiteraturaPensamientoPersonajes

Ante la ley, relato de Franz Kafka

by Uve Magazine 07/02/2025
written by Uve Magazine

Ante la ley de Franz Kafka (1915) es una breve parábola que encapsula la angustia existencial y la burocracia impenetrable, temas recurrentes en la obra del autor.

Este cuento, incluido en El proceso, ilustra la impotencia del individuo frente a sistemas inescrutables y sugiere la inutilidad de la espera pasiva ante las barreras impuestas por el poder. Su ambigüedad ha dado pie a múltiples interpretaciones, desde una lectura existencialista hasta una alegoría sobre la inaccesibilidad de la verdad o la justicia.

Ante la ley se alza un guardián. Llega un hombre del campo y solicita entrar en la ley. Pero el guardián le dice que, por ahora, no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se le permitirá entrar.

—Es posible —dice el guardián—, pero no ahora.

Puesto que la puerta de la ley está abierta, como siempre, y el guardián se aparta a un lado, el hombre se inclina para mirar a través de la puerta, hacia el interior. Al notar esto, el guardián suelta una carcajada y dice:

—Si tanto te tienta, prueba a entrar a pesar de mi prohibición.

—Pero advierte: soy poderoso. Y no soy más que el primer guardián. Entre las salas hay otros guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ni siquiera yo puedo soportar la mirada del tercero.

El hombre del campo no esperaba tales dificultades; la ley debería estar siempre accesible para todos, piensa. Pero al observar más detenidamente al guardián, su abrigo de piel, su gran nariz puntiaguda, su larga y fina barba negra tártara, decide aguardar hasta obtener el permiso para entrar.

El guardián le entrega un taburete y le permite sentarse a un lado de la puerta.

Allí se sienta durante días y años. Hace innumerables intentos por ser admitido y fatiga al guardián con sus súplicas. Este, de vez en cuando, le somete a pequeños interrogatorios, le pregunta por su tierra natal y por muchas otras cosas, pero tales cuestiones son indiferentes, como las que formulan los grandes señores, y al final siempre le repite que aún no puede dejarle entrar.

El hombre, que ha emprendido su viaje bien provisto, emplea cuanto posee, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este lo acepta todo, pero dice:

—Solo lo tomo para que no pienses que has dejado de hacer algo.

A lo largo de los años, el hombre ha observado casi sin descanso al guardián. Poco a poco, olvida a los otros guardianes, y este primero le parece el único obstáculo para entrar en la ley.

Maldice la desdichada coincidencia, al principio con impaciencia y a grandes voces; más tarde, cuando envejece, solo gruñe para sí mismo. Se vuelve infantil, y como en sus años de observación del guardián ha llegado incluso a distinguir las pulgas en el cuello de piel de su abrigo, les ruega también a ellas que le ayuden y logren ablandar el corazón del guardián.

Con el tiempo, su vista se debilita, y ya no sabe si la oscuridad a su alrededor es real o si sus ojos le engañan. Pero ahora, en medio de las tinieblas, distingue un resplandor que se filtra inexorablemente a través de la puerta de la ley.

No le queda ya mucho tiempo de vida.

Antes de su muerte, todas las experiencias de aquellos años se condensan en su mente en una única pregunta que hasta entonces no había formulado al guardián. Le hace una seña, pues ya no puede enderezar su cuerpo entumecido. El guardián tiene que inclinarse profundamente hacia él, pues con los años la diferencia de tamaño ha cambiado en gran perjuicio del hombre.

—¿Qué más quieres saber ahora? —pregunta el guardián—. Eres insaciable.

—Todos aspiran a entrar en la ley —dice el hombre—, ¿cómo es posible, entonces, que en todos estos años nadie, salvo yo, haya solicitado entrar?

El guardián, viendo que el hombre se halla en su último aliento, le grita al oído:

—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta puerta estaba destinada solo para ti. Ahora voy a cerrarla.

Marino Costa

07/02/2025 0 comments
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