Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • 0
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • 0
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Copyright 2022 - All Right Reserved
Author

Verónica García-Peña

Verónica García-Peña

Verónica García-Peña (Oquendo, 1979) es escritora, socióloga y periodista con una sólida carrera en el ámbito literario y periodístico. Actualmente reside en Gijón (Asturias). Ha sido seleccionada en dos ocasiones entre los finalistas del Premio Planeta y en 2023 quedó prefinalista del Premio Ateneo de novela de Sevilla.

Amores extraños

Un rey de cuento de hadas, castillos de fantasía y un amor imposible

by Verónica García-Peña 31/08/2025
written by Verónica García-Peña

En las tierras bávaras parece todavía flotar la leyenda de Luis II, aquel monarca que buscó en los cisnes la compañía que no hallaba en los hombres y que prefirió el rumor de la música a las intrigas de palacio. Levantó castillos destinados más al ensueño que al gobierno y la historia lo recuerda con múltiples nombres. Lo llamaron el rey loco o el rey cisne, pero quizá sea el rey de los cuentos de hadas el que mejor capture su esencia, porque su vida entera se convirtió en una ficción en la que los sueños sustituyeron la realidad.

Ludwig II

Hijo de Maximiliano II y de María de Prusia, subió al trono en 1864, con apenas dieciocho años, y desde entonces su existencia fue un pulso constante entre el deber de gobernar y el deseo de habitar un mundo de belleza, arte y fantasía. La corte esperaba de él un matrimonio ventajoso, pero Ludwig Otto Frederik Wilhelm —como en realidad se llamaba— parecía huir de cualquier compromiso. Solo se prometió una vez, en 1867, con Sofía de Baviera, hermana de la emperatriz Isabel de Austria, la célebre Sissi. El enlace nunca llegó a oficiarse porque el propio Luis rompió el compromiso antes incluso de fijar la fecha de boda. A partir de entonces, los rumores sobre su homosexualidad se extendieron, aunque nunca se reconocieron de manera abierta en un tiempo demasiado rígido para aceptar cariños distintos a lo establecido.

El gran amor de su vida fue la música y, quizá, la propia idea del amor, y entregó su corazón por completo a las creaciones de Richard Wagner después de haber quedado, en 1861, fascinado por su ópera Lohengrin. Lo conoció en 1864 y desde entonces se convirtió en su protector. Lo colmó de regalos y honores, financió sus proyectos más ambiciosos —cuando Wagner estaba al borde de la ruina— y quiso hacerlo partícipe de su vida diaria, por lo que lo instaló en Múnich. Para Wagner, amante entonces de Cosima Liszt —esposa de su amigo el director de orquesta de la ópera de Múnich, Hans von Bülow—, aquella devoción del rey fue un refugio y una fuente de recursos.

Por amor y deseo o por admiración y devoción, Wagner recibió el sustento financiero que necesitaba para sus óperas y para construir un teatro en Bayreuth. Los historiadores dicen que el compositor no se aprovechó del afecto del rey más allá de lo profesional, pero en su correspondencia mantuvo una calculada ambigüedad. Halagaba al monarca, le mostraba gratitud y cercanía, aunque sin cruzar nunca la frontera del deseo confesado. Una relación intensa y platónica, aseguran, aunque resulta difícil no preguntarse qué pensaríamos de aquellas cartas si no supiéramos de quién procedían ni a quién iban dirigidas.

Cuando Wagner fue desterrado por intrigas políticas y presiones de la corte en 1865, Luis se quedó solo, atrapado en un país agitado por las guerras y las deudas, y un amor que se desvanecía como lo hacen los fantasmas cuando ya no se cree en ellos. Entonces buscó refugio en los símbolos de su ópera predilecta y llenó palacios de heraldos alados mientras se escribía con fervor con el compositor. Se veía reflejado en Lohengrin, el caballero que llega en una barca tirada por un cisne, y convirtió aquel mito en un espejo de sí mismo. Volcó su pasión en levantar castillos que parecían escenarios de las leyendas medievales que tanto le fascinaban. Linderhof, Herrenchiemsee (inspirado en Versalles) y, sobre todo, Neuschwanstein (que significa ‘nuevo cisne de piedra’).

En Linderhof mandó construir la Gruta de Venus, una cueva artificial inspirada en la opera Tannhäuser, de Wagner, donde la tecnología más avanzada de su tiempo le permitió recrear lagos subterráneos, cascadas y juegos de luces eléctricas de colores nunca hasta entonces vistos. Allí se produjo por primera vez un intenso azul oscuro, el índigo, que después patentaría la BASF. Todos los erigió como monumentos a su mundo interior. Palacios más cercanos al ensueño que a la vida práctica, habitados por los fantasmas del deseo, la música y el amor.

La distancia con su pueblo creció y muchos en la corte lo consideraban un monarca malogrado, obsesionado con fantasías que costaban fortunas al erario y que no ayudaban al país a prosperar. En 1886, tras varios informes médicos que lo declaraban incapaz de reinar, fue depuesto y confinado en el castillo de Berg. Tan solo dos días después, al atardecer, apareció muerto en el lago de Starnberg junto al cadáver de su médico, el doctor Gudden. Nunca se esclareció qué ocurrió. La muerte generó sospechas de todo tipo. Algunos hablaron de suicidio, otros de asesinato político o accidente. ¿Qué pasó en realidad? Aún hoy es un misterio. El desenlace mágico y triste de una ópera  que provenía de la luz, pero murió en la oscuridad.

Su legado, sin embargo, no se desvaneció. Los castillos que levantó atraen hoy a millones de visitantes. Walt Disney se inspiró en Neuschwanstein para diseñar el castillo de La Bella Durmiente. ¿Cómo no asociar entonces el rostro melancólico de aquel monarca que soñaba con cisnes con la silueta chispeante de las hadas? Y el cine se ha encargado de fijar su imagen en películas como Ludwig, de Visconti (1973), o en El rey loco, de Helmut Käutner (1955). El mito de Luis II oscila entre la locura y la fantasía, entre la condena de un amor imposible y la ensoñación de un reino hecho de piedra, cisnes y música.

Amó con pasión y remordimientos, con ardor y culpa. Sus amores fueron imposibles y tal vez por eso, cuando se contempla la silueta de Neuschwanstein erguida sobre los Alpes bávaros, se puede volver a creer en el amor verdadero, como el de los cuentos, como el de la fantasía. Quizá por eso Neuschwanstein parece todavía hoy la morada de un rey que pasea de noche, iluminado por velas, mientras los ecos de Wagner resuenan en los salones.

31/08/2025 0 comments
4 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Amores extraños

Una bolsa roja, una cabeza embalsamada y un amor que venció a la muerte

by Verónica García-Peña 17/08/2025
written by Verónica García-Peña

En un rincón de Inglaterra, una bolsa de terciopelo rojo guardó durante casi tres décadas un secreto: la cabeza embalsamada de Sir Walter Raleigh. Elizabeth ‘Bess’ Throckmorton, su esposa, la conservó desde el día de la ejecución de este en 1618 hasta que ella murió, como símbolo de un amor que no se podía matar.

Sir Walter Raleigh fue explorador, corsario, capitán de expediciones navales contra la España imperial y poeta, además de un hábil espía y tan leal a su país que incluso participó en la matanza de Smerwick (1580), lo que no deja de ser, en cierto modo, paradójico, pues, según el folclore de la zona, muchos de los cautivos fueron decapitados en un terreno conocido como Gort a’ Ghearráin (Campo de corte). También dicen que pudo ser, en realidad, el verdadero autor de algunas de las obras de Shakespeare, aunque esto último es más bien una hipótesis muy minoritaria y rechazada por la mayoría de especialistas.

Raleigh era, aparte de lo dicho, uno de los cortesanos favoritos de la reina virgen, como llamaban a Isabel I, que lo colmaba de privilegios y encargos. Fue nombrado caballero en 1585. Sin embargo, este vínculo se resquebrajó cuando, en un acto de pasión e indudable temeridad, contrajo matrimonio en secreto con Elizabeth ‘Bess’ Throckmorton, dama de compañía de la reina.

Sir Walter Raleigh

Esta unión, celebrada hacia 1591, en cualquier otra circunstancia habría sido solo un asunto privado, pero en la corte isabelina las voluntades personales estaban sometidas al capricho de la monarca. Ella tenía el control absoluto sobre la vida de sus cortesanos y exigía explícitamente que ninguna dama contrajera matrimonio sin su permiso. Raleigh y Bess lo hicieron, lo que marcó para siempre sus destinos.

Cuando la noticia llegó a oídos de la soberana, el matrimonio fue arrestado y conducido a la Torre de Londres. ¿Estaba la reina enamorada de Raleigh? ¿Era aquel matrimonio una desobediencia o una traición amorosa? Quién sabe, pero en la torre pasaron meses, humillados y privados de toda influencia, mientras la corte murmuraba y sus enemigos crecían. Y aunque la pareja recuperó la libertad gracias a la mediación de algunos aliados, Raleigh nunca volvió a tener el favor de su majestad ni la certeza de haber sido perdonado.

Tras la muerte de Isabel I y la subida al trono de Jacobo I, Raleigh intentó restituir su crédito, pero los vientos habían cambiado. Jacobo I, que nunca había confiado en él, lo acusó en 1603 de participar en un complot para derrocarlo y lo sentenció a muerte. Por fortuna, la ejecución se aplazó y Raleigh pasó trece años prisionero en la Torre de Londres, hasta 1617, año en el que se le permitió organizar un viaje a Guayana en busca de oro bajo la promesa de no enfrentarse a los españoles. No obstante, la empresa fracasó y el hombre regresó a Inglaterra sin el preciado metal y con una enemistad renovada con España. En consecuencia, la sentencia de muerte se reactivó.

El 29 de octubre de 1618, Raleigh fue conducido al cadalso en el Old Palace Yard de Westminster. Vestía con dignidad, dicen, y ante la multitud examinó el hacha que lo mataría y se permitió incluso bromear sobre su destino. Justo después, el verdugo cumplió su cometido.

Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de St. Margaret, junto a la abadía de Westminster, y su cabeza, cuidadosamente embalsamada, fue entregada a su amada Bess. La leyenda —respaldada por algunos inventarios familiares— asegura que, durante el resto de su vida, la viuda conservó aquel triste recuerdo envuelto en una bolsa roja, llevándolo siempre consigo, manteniéndolo cerca, como si de esta suerte pudiera burlar a la muerte.

¿Acaso le susurraba versos que solo ella podía escuchar? Quizá le recitó El amor del océano por Cynthia o le desveló el final de Historia del mundo, una obra que Raleigh escribía y que quedó incompleta tras su muerte. Sea como fuere, con la cabeza de su adorado esposo viajó de residencia en residencia, desde Londres hasta West Horsley Place, la casa de campo donde pasaría sus últimos años.

Bess murió en 1647 y fue enterrada junto a su familia en St. Mary the Virgin, Beddington, Surrey, donde reposan los Throckmorton. La cabeza de Raleigh, según se cree, fue entonces llevada junto al resto de su cuerpo para que descansara en paz. Y aún hoy, en West Horsley Place, se conserva una antigua bolsa roja que podría coincidir con aquella que guardó la cabeza. Un objeto silente tejido de amor, secretos y venganza. También, quizá, de locura.

La historia de Raleigh y Bess, como sucede con tantos amores extraños, ha inspirado leyendas, pero también obras como la tragedia Sir Walter Raleigh (1719), de George Sewell, o la novela Lady in Waiting (1956, sin edición en español), de Rosemary Sutcliff. En el cine, Clive Owen interpretó al famoso explorador en Elizabeth: la edad de oro (2007), una película de Shekhar Kapur en la que la reina fue encarnada por Cate Blanchett. Antes, en el filme The Virgin Queen (1955) —El favorito de la reina en España—, Elizabeth Throckmorton fue interpretada por Joan Collins y la reina Isabel por Bette Davis.

Podríamos decir, pues, que esta es la historia de un amor que nació en secreto, desafió a una reina, la sobrevivió, aunque no pudo con la traición política y que, sin embargo —el mito así lo narra—, de algún modo, venció a la propia muerte.

17/08/2025 0 comments
6 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Amores extraños

Una reina muerta, una coronación póstuma y una mano helada

by Verónica García-Peña 03/08/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que nadie en la corte pudo escapar a aquella escena; que cuando Inés de Castro fue desenterrada, vestida con ropas reales y sentada en el trono, la corte entera tuvo que desfilar ante ella para rendirle homenaje; que el rey Pedro I obligó a todos a besar la mano helada de la reina muerta sin vacilar ni apartar la mirada, a pesar del horror de aquel acto. Estamos en Portugal, en 1360, y esta es una historia real de amor, muerte y poder.

Pedro, heredero al trono, estaba casado con Constanza de Castilla desde 1336, e Inés, dama de compañía de su esposa, era su amante. La relación comenzó hacia 1340-41 y con la muerte de Constanza, en 1345, se intensificó. Inés dio al príncipe al menos tres hijos y, así, su presencia en la corte —más aún por sus vínculos con la nobleza castellana— se volvió peligrosa.

Por eso, en enero de 1355, el rey Alfonso IV el Bravo, padre de Pedro, ordenó a tres de sus consejeros —Pedro Coelho, Álvaro Gonçalves y Diogo Lopes Pacheco— que la mataran. Inés fue decapitada en la Quinta das Lágrimas, en presencia de sus hijos, acusada de ambición y de alterar los equilibrios de la corona. Tenía unos treinta años.

Pedro enloqueció de dolor y desató una guerra civil contra su padre que se prolongó hasta la muerte este en 1357. Entonces, llegó la venganza. Pedro hizo capturar a dos de los asesinos —el tercero huyó a Castilla y escapó— y los ejecutó públicamente, arrancándoles el corazón con sus propias manos como declaración simbólica de que su revancha no era militar ni diplomática. Era personal y, además, no terminaba ahí.

The Coronation of Inês de Castro in 1361 (c. 1849) by Pierre-Charles Comte

Después, Pedro quiso devolverle a Inés lo que el poder le había negado y, según la leyenda, ordenó exhumar su cuerpo, vestirla de reina, sentarla en el trono y, en una ceremonia celebrada en la catedral de Coímbra, obligó a todos los nobles a besar su mano cadavérica en señal de fidelidad. Algunos historiadores dudan del episodio, ya que no se recoge en crónicas medievales, y no aparece hasta mucho tiempo después en cancioneros y obras teatrales. También explican que, de ocurrir, es probable que fuera una efigie de cera o una representación lo que subió al trono, y no el cuerpo real de Inés en estado de descomposición avanzada.

Sea como fuere, tras la coronación, Pedro organizó un cortejo fúnebre para trasladar a Inés al monasterio de Alcobaça, y mandó construir dos tumbas de mármol blanco, con sus efigies enfrentadas, con la intención de que, al llegar el Juicio Final, sus cuerpos despertaran uno frente al otro. Pedro I murió en 1367 en Estremoz y fue enterrado junto a Inés. Allí permanecen hoy juntos los dos, con una inscripción que dice: «Até o fim do mundo —Hasta el fin del mundo».

La historia de Pedro e Inés ha sido contada y recontada durante siglos. Convertida en mito nacional portugués, fue recogida por Fernão Lopes en el siglo XV y consagrada poéticamente en Os Lusíadas, de Camões. También inspiró a Almeida Garrett, Antoine Houdar de La Motte, Victor Hugo y a novelistas, músicos y cineastas contemporáneos.

Pedro e Inés —como tantas figuras trágicas reales— ya no pertenecen del todo a la Historia. Habitan ese espacio incierto que es la imaginación colectiva. Su leyenda es un cuento gótico, una escena en la que lo macabro se tiñe de romanticismo y la belleza convive con el espanto. Un amor que desafía el poder, la ley e incluso la muerte. Es, en definitiva, la historia de una reina muerta, una coronación póstuma y una mano helada.

03/08/2025 0 comments
5 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Amores extrañosPersonajes

Una reina, un cortejo fúnebre y doce cruces de amor

by Verónica García-Peña 20/07/2025
written by Verónica García-Peña

En el invierno de 1290, un cortejo fúnebre emprendió un lento caminar hacia Londres. Portaban el cuerpo de Leonor de Castilla, reina consorte de Inglaterra y esposa de Eduardo I. Acababa de morir en Harby, Nottinghamshire, a los cuarenta y nueve años, y su cuerpo era llevado a la abadía de Westminster, lugar escogido por su marido para el reposo eterno de esa mujer que le había acompañado durante treinta y seis años. Así, abrigado de lluvia y niebla, el rey la escoltó más de trescientos kilómetros y, en cada punto donde el cortejo se detuvo a pasar la noche, ordenó levantar una cruz de piedra en honor a su amada, The Eleanor Crosses. Doce cruces que dibujaron una peregrinación de dolor y ausencia, como si aquel hombre, rey y viudo, quisiera marcar con piedra, para la historia, el mapa de su pérdida.

Leonor y Eduardo se casaron en 1254 en la abadía de Santa María la Real de Las Huelgas (Burgos) siendo unos niños. Él tenía quince años y ella, según algunas crónicas de la época, trece. El matrimonio respondía, como tantos otros de aquellos tiempos, a una estrategia política. Leonor era hija de Fernando III de Castilla y Juana de Danmartín, y al matrimoniar con Eduardo, entonces todavía príncipe, sellaba la paz entre Castilla e Inglaterra por la disputa de la gobernación de Gascuña, entre otros asuntos.

La alianza les convenía a ambas familias; si bien, al parecer, lo que empezó como un pacto dinástico, fue transformándose en algo más, pues Leonor no se conformó con el papel de reina consorte, madre de reyes y garante del linaje castellano en la corte anglosajona. Ella decidió viajar con su marido a las cruzadas, en campañas militares, y se mantuvo siempre cerca de los centros de poder. Compartieron cama, decisiones y pérdidas, ya que tuvieron al menos dieciséis hijos, aunque solo seis alcanzaron la edad adulta.

En noviembre de 1290, durante uno de sus desplazamientos oficiales, Leonor enfermó de forma repentina y murió. La causa exacta no se conoce —se ha hablado de fiebre o de complicaciones tras su último parto—, pero su muerte supuso un duro golpe para el soberano inglés, lo que dio lugar a las doce cruces de Leonor. Doce cruces originalmente de madera, luego de piedra, ricamente adornadas, que marcaban puntos de duelo, un alto en el camino, un lugar donde Leonor descansó por unas horas mientras su esposo permanecía a su lado; mientras su esposo la rezaba y, quizá a sabiendas o quizá no, convertía su amor en leyenda. Eran monumentos de oración, pero también, pienso, de amor. Últimos reposos nocturnos compartidos.

Cruz de Leonor en Northampton

Una vía de luto, pero también de memoria, que recorre Geddington, Grantham, Stamford, Hardingstone, Northampton, Stony Stratford, Woburn, Dunstable, St. Albans, Waltham, Cheapside y Charing —donde hoy se alza Charing Cross—.

De estos monumentos góticos, levantados entre 1291 y 1295, al presente solo se conservan tres, los de Geddington, Hardingstone (cerca de Northampton) y Waltham Cross. Las demás cruces han sido demolidas, saqueadas o sustituidas por réplicas. Sin embargo, la senda permanece como si fuera el mapa de un rey enamorado o, al menos, profundamente unido a su reina. Altares al aire libre que susurraban una historia de amor, tal vez auténtica —¿por qué no?— al pragmático viento medieval.

Como era costumbre entre la realeza, tras su muerte, el cuerpo de Leonor fue dividido. Su corazón, símbolo del alma y el amor, reposó en Blackfriars; sus entrañas fueron depositadas en la catedral de Lincoln y el cuerpo fue sepultado en la abadía de Westminster. Tres lugares distintos para una sola reina. Hoy, solo la tumba en Westminster, en la capilla de San Eduardo el Confesor, permanece. Es obra de Richard Crundale, y cuenta con una efigie de bronce dorado fundida por el orfebre William Torel en 1291. La losa de la tumba y las almohadas bajo su cabeza están cubiertas con los emblemas de Castilla y León. La inscripción en francés normando alrededor del cofre de la tumba dice: «Aquí yace Leonor, quien fuera reina de Inglaterra, esposa del rey Eduardo, hijo del rey Enrique, e hija del rey de España y condesa de Ponthieu, de cuya alma Dios, en su compasión, tenga misericordia. Amén».

El rey también ordenó que se mantuvieran dos cirios encendidos junto a su tumba, tanto de día como de noche. Orden que se cumplió durante más de dos siglos, hasta que la Reforma protestante los apagó. Las leyendas dicen que el corazón del propio Eduardo fue enterrado con ella, pero la historia —esa que suele ser más sobria y plúmbea— indica que tras morir en 1307, a los sesenta y ocho años, fue sepultado, entero, en la Capilla de San Eduardo de Westminster junto a su esposa.

Este tipo de amores, extraños, dramáticos, tienen algo de perturbador, he de reconocer, pero son igualmente hipnóticos. Amores que parecen nadar entre el fervor y la necesidad de transcendencia, y cuyas historias, más o menos acicaladas por el pincel del tiempo —experto en embellecer tanto las más sombrías como las más bellas narraciones de amor—, sobreviven. Incluso alimentan la pluma de la ficción para dar lugar a novelas como la escrita en 1979 por Decca Warrington sobre esta misma historia, titulada The Eleanor Crosses.

Y no sé si Eduardo amó a Leonor como los poetas dicen que se ama, pero la acompañó en la muerte y la convirtió en inmortal en una época en la que muchas reinas desaparecían del relato oficial en cuanto cumplían su función dinástica. No le escribió versos —que sepamos—, pero talló en piedra su ausencia, como si no quisiera permitir que el tiempo la borrara. Un amor que recuerda a otros que la literatura ha sabido recoger a su personal manera como el que Poe sentía por su Annabel Lee. Un amor que le llevaba a dormir junto al sepulcro de su amada, junto al rumor del mar, convencido de que ni los ángeles pueden separar a quienes han amado de verdad.

20/07/2025 0 comments
10 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Amores extraños

Una mujer, un corazón y una caja de marfil

by Verónica García-Peña 06/07/2025
written by Verónica García-Peña

Hay historias que parecen leyendas nacidas al calor de la imaginación desbordante de algún literato al que las narraciones de amores extraños y extravagantes no le dejan descansar el ingenio. Mas no es este el caso porque esta historia —desconcertante y literaria, hay que admitir— sucedió de verdad. Es la historia de una mujer que decidió conservar el corazón embalsamado de su marido en una caja de marfil y llevarlo consigo durante años. De hecho, hasta su muerte. Ocurrió en Escocia, en el siglo XIII, en una época en la que el matrimonio era casi siempre una cuestión de alianzas y territorios, y su protagonista se llamaba Devorgilla de Galloway.

Hija de Alan de Galloway, príncipe señor de aquellas tierras, y Margaret de Huntingdon, fue una noble instruida, generosa y con poder. Casada con John de Balliol, un noble anglonormando vinculado a la corte de Enrique III, su matrimonio forjó una alianza estratégica entre Escocia e Inglaterra. Devorgilla fue una figura muy influyente en su tiempo. Madre de un futuro rey de Escocia —Juan de Balliol, también conocido como Juan I de Escocia—, fundó colegios, financió monasterios, gestionó territorios y actuó como mecenas; si bien, por lo que es recordada no es por su generosidad. Lo es por su manera de amar y, más concretamente, por su forma de hacer visible ese amor. Algo que convirtió su vida en leyenda.

Cuando su esposo, John de Balliol, murió en 1268 o 1269 (la fecha no está clara), Devorgilla mandó extraer su corazón, lo hizo embalsamar y lo guardó en una arqueta de marfil decorada con plata que llevó consigo durante las dos décadas que le sobrevivió. No se sabe si dormía con el corazón o solo lo dejaba cerca cada noche, pero sí se repite —en crónicas y leyendas— que no se separaba nunca de aquella caja que parecía, dicen algunos, un ataúd en miniatura en cuyo interior latía algo que ya no debía latir.

Cinco años después de la muerte de su marido, fundó una abadía cisterciense en su memoria. Está en el sur de Escocia, en el condado histórico de Kirkcudbrightshire en Dumfries y Galloway, y aún hoy puede visitarse, aunque el lugar se encuentra en ruinas. El pueblo que se levanta junto a los restos del monasterio se conoce como New Abbey. Cuando ella murió en 1290, fue allí enterrada junto a ese corazón que había guardado y llevado consigo a todas partes como el suyo propio y, desde entonces, la abadía se conoce como Sweetheart Abbey o Dulce Cor (del latín «dulce corazón»).

Puede todo esto parecer una leyenda, pero, como digo, no lo es. Está documentado, ocurrió de verdad y, si bien con el paso del tiempo y las estaciones los detalles se han embellecido o adornado, el hecho central permanece intacto. Un corazón en una caja, una mujer que lo guarda y una iglesia que lo alberga. Un amor extraño que llevó a Devorgilla a acompañarse de un latir que, tal vez, solo escuchara ella. El palpitar de un sentimiento reservado solo para una viva y un muerto; para un muerto y una viva que no quería dejar marchar ni al amor ni al hombre.

Esta historia no ha generado, que yo sepa o haya encontrado, una novela o cuento directo —aunque todo es empezar, porque la semilla, desde luego, es fértil y podría dar un buen fruto—, pero sí podemos ver su sombra en algunas de las ficciones más obsesivas de la tradición occidental. Encontrar el fantasma de Devorgilla en mujeres de la literatura que se aferran a una ausencia hasta convertirla en materia.

¿Acaso no hay señal de ese amor perturbador en Catherine y Heathcliff, en Cumbres borrascosas, incapaces de separarse ni siquiera después de la muerte? Lo vemos en la señora Rochester, en Jane Eyre; incluso en Lucy de La novia de Lammermoor, nacida de la pluma de Walter Scott que, por cierto, escribió parte de su obra en esas mismas tierras. Todas ellas cargan, de alguna forma, con un corazón que ya no late pero que tampoco se va. La diferencia es que Devorgilla lo hizo de verdad. ¿Mas no palpita el mismo impulso de fijar el amor a toda costa, de conservar lo que ya no vive, en las figuras del romanticismo gótico?

Hay también quienes comparan su historia con la de Romeo y Julieta, como si Escocia tuviera su propia tragedia romántica. Yo no creo que lo suyo fuera exactamente eso. Lo de Devorgilla no respondía a un impulso juvenil ni a un drama de familias enfrentadas. Quizá se tratara más bien de un duelo sin renuncia, de no querer aceptar que el amor tuviera que desaparecer con la muerte. Un gesto extremo, incluso turbador, porque habita en una zona intermedia entre la devoción, la obsesión y la ternura más feroz; porque no es habitual —ni siquiera entonces— que alguien convierta el corazón del otro en reliquia. Y esa rareza hace que, lo que podía haber sido una nota a pie de página en un libro de historia, se convierta en una imagen poderosa. Tenemos una mujer caminando con un corazón ajeno entre sus manos. Un corazón real, conservado, enterrado junto a ella siglos antes de que algunos de los más famosos poetas románticos hicieran del exceso su bandera.

La abadía que ella mandó levantar también se ha convertido en una leyenda viva. La Abadía del Dulce Corazón, con sus muros rojizos consumido por la caída incesante de las hojas de los calendarios —han pasado 752 años desde que se construyó—, es hoy un lugar abierto al cielo. La vegetación se cuela por los arcos, pero el nombre se mantiene, y allí, bajo su tierra y su piedra, están Devorgilla y el corazón de su amado John.

La historia de Devorgilla puede hacernos imaginar, crear y escribir nuestras propias ficciones; sin embargo, ella no escribió ninguna. No dejó cartas, diarios ni confesiones al respecto. Lo que tenemos es una mujer, un corazón y una caja de marfil.

06/07/2025 0 comments
9 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Newer Posts
Older Posts

Apúntate a nuestra newsletter

Recibe las novedades de cada semana en tu email

Artículos populares

  • 1

    Luis XIV. El esplendor y la sombra del Rey Sol

    15/05/2024
  • 2

    Bull presenta en Cangas del Narcea el documental I Took the Road Less Traveled

    02/02/2026
  • 3

    10 libros ligeros y variados para leer este verano

    09/07/2025
  • 4

    Donde el agua guarda nombres: El Fantasma del Pantano

    14/12/2025
  • 5

    Los conciertos y festivales más esperados de 2026

    07/01/2026
  • 6

    ¿Qué leía la clase trabajadora del siglo XIX?

    25/01/2026

Categorias

  • Agenda
  • Amores extraños
  • Arte
  • Cine
  • En corto
  • Entrevistas
  • Eventos
  • Historias del occidente
  • Literatura
  • Los fantasmas olvidados
  • Música
  • Noticias
  • Pensamiento
  • Personajes
  • Reseñas
  • Sin categoría

Selección de los editores

Donde el silencio reclama su casa: Los fantasmas de los pueblos abandonados
by Verónica García-Peña 27/02/2026
La Tribuna y la promesa de la revolución
by Emain Juliana 27/02/2026
Exposición Desenfocado en CaixaForum Madrid, fechas y actividades
by Valeria Cruz 26/02/2026

Artículos aleatorios

Ponferrada ruge con Tim “Ripper” Owens y Black Bomber
by Emain Juliana 12/10/2025
Irma Álvarez-Laviada en el Thyssen
by Uve Magazine 29/01/2026
Robert Redford. El último eco del cine clásico
by Beatriz Menéndez Alonso 17/09/2025

Categorías populares

  • Literatura (96)
  • Arte (93)
  • Eventos (70)
  • Música (49)
  • Agenda (48)
  • Personajes (39)
  • Noticias (37)
  • Pensamiento (26)
  • Sin categoría (22)
  • Cine (20)

Uve Magazine es un espacio para quienes disfrutan pensando la cultura sin prisas.
Hablamos de literatura, arte, música e historia desde una mirada feminista, crítica y sensible. Publicamos cada semana artículos, relatos, poesía, entrevistas, efemérides… y también proponemos encuentros, charlas y eventos culturales dentro y fuera de la pantalla.

¿Quieres proponer una colaboración, un texto o una idea para un evento?
Puedes escribirnos a través del formulario de contacto. Leemos todo.

 

Las opiniones, juicios y afirmaciones expresadas en los artículos publicados en este sitio web corresponden únicamente a sus autores y no reflejan necesariamente la postura de este medio. El portal no asume responsabilidad alguna, directa o indirecta, por los contenidos, consecuencias o posibles reclamaciones derivadas de dichos textos, que son de exclusiva responsabilidad de quienes los firman.

Facebook Instagram

@2025 – Uve Magazine. All Right Reserved.

  • Política de privacidad
  • Política de cookies
  • Contacto
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
@2026 – Uve Magazine. All Right Reserved.

Carrito

Cerrar

No hay productos en el carrito.

Cerrar