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Author

Emain Juliana

Emain Juliana

Autora de Simbología de las flores. Arte, cine y literatura y Fuerzas ocultas. Edita, diseña y escribe algún artículo que otro.

Pensamiento

Sobre lo de Santos Cerdán

by Emain Juliana 14/06/2025
written by Emain Juliana

Recuerdo conversaciones con familiares y con buenos amigos, especialmente esos debates espontáneos que surgen después de las comidas, durante la sobremesa, en los que mencionar la política se convierte en una especie de cataclismo. De pronto el ambiente se vuelve incómodo y tenso, las posiciones se encienden, las palabras se afilan como cuchillos y ya no queda mucho espacio para escuchar o entender, solo importa defender el color propio frente al ajeno. Esta dinámica refleja muy bien lo que el psicólogo Leon Festinger llamó «disonancia cognitiva»: la cuál consiste en «una sensación de malestar interno que experimentamos cuando nos enfrentamos a una información que desafía o contradice nuestras creencias y convicciones». Para reducir ese malestar, solemos rechazar automáticamente las evidencias contrarias o justificar rápidamente los errores de nuestro partido, por flagrantes que sean.

Así, sin darnos cuenta, adoptamos la posición del hincha en las gradas, celebrando las victorias superficiales y protestando por las derrotas injustas. La comparación social —otra teoría central de Festinger— refuerza aún más esta dinámica: al interactuar principalmente con quienes piensan de una manera muy parecida a nosotros, fortalecemos nuestras posiciones iniciales y perdemos la capacidad crítica, creyendo que el otro siempre está completamente equivocado o que tiene malas intenciones. Todo se reduce entonces a una batalla en la que el enemigo siempre es el otro, el culpable de todos los males, mientras el nuestro es siempre quien lucha por el bien común.

Y mientras tanto, casi sin darnos cuenta, la calidad democrática se erosiona lentamente; las instituciones que deberían estar al servicio de todos se convierten en trofeos temporales del partido ganador, utilizadas más como plataformas para perpetuarse en el poder que como herramientas para solucionar problemas reales. De hecho, en los últimos días, los titulares han sido claros: casos de corrupción, líderes cuestionados internamente, mociones de censura, crisis en el PSOE y rumores de adelanto electoral. Sin embargo, lo curioso es que esta tormenta apenas parece afectar a las bases de apoyo electoral, pues la mayoría de los ciudadanos permanece en su trinchera ideológica, inmunizada ante los escándalos que afectan a su partido favorito, justificando, tolerando o simplemente mirando hacia otro lado. Se perpetúa así la ilusión del votante que cree defender valores limpios y claros, aunque en realidad esté defendiendo una construcción basada en propaganda cuidadosamente gestionada. Esta situación no es casual, ya que la política moderna está cada vez más personalizada en figuras concretas. Constantemente hablamos de Sánchez o Feijóo como si fueran actores principales de una serie de Netflix, por lo que el debate político se reduce al carisma o al rechazo que generan estas figuras mediáticas, olvidando que detrás de ellas hay decisiones, leyes y medidas concretas que afectan directamente la vida diaria. Como resultado, los votantes acaban apoyando o rechazando no ideas o proyectos, sino líderes cuya imagen se construye desde un relato muy emocional y cuidadosamente elaborado. Y lo más preocupante es que, mientras esta teatralización política avanza, las instituciones pierden eficacia y se vuelven débiles a las presiones partidistas, a las luchas internas por el poder y a la corrupción, que se tolera con demasiada frecuencia como una parte inevitable del juego. Esta erosión institucional no sucede de golpe, sino lentamente, como pequeñas gotas de agua que, con el tiempo, acaban destruyendo la roca por completo.

Esto no es exclusivo de España, por supuesto, pero se ha vuelto más notorio aquí debido a cuánto nos aferramos a nuestras identidades políticas, como si votar fuera proteger una parte de nuestra identidad personal y cuestionarlo significara perder alguna parte fundamental de uno mismo. De ahí que resulte tan difícil romper este círculo vicioso, pues nos aferramos al partido como quien se aferra a una identidad cultural, incapaces de aceptar que las personas a las que hemos votado también cometen errores, traicionan sus principios y sucumben a sus propios intereses. No obstante, la solución no es abandonar nuestras convicciones políticas, sino en asumirlas desde una perspectiva crítica, preguntándonos si realmente esas personas representan los ideales que dicen defender o si estamos atrapados en una ilusión muy cómoda y reconfortante, incapaces de admitir que las promesas y los discursos que nos sedujeron en un principio ya no se corresponden con la realidad.

Quizás, por tanto, sea el momento de despolitizarnos un poco, de dar un paso atrás y observar desde fuera con algo más de serenidad. Para lograrlo, necesitamos ser ciudadanos críticos que exijan resultados reales a los políticos, que no permitan que las instituciones sean rehenes de intereses partidistas y que sean capaces de apoyar o rechazar propuestas independientemente de quién las haga. En definitiva, necesitamos ser menos fanáticos políticos y más ciudadanos comprometidos con la democracia y la verdad. Al fin y al cabo, la verdadera política nunca debería ser una batalla de colores, sino un ejercicio constante de reflexión y responsabilidad colectiva; recuperar este principio básico es la tarea más urgente que debemos llevar a cabo como sociedad. Por tanto, dejar atrás la lógica del estadio, abandonar el fanatismo que nos ciega y volver a dialogar desde la razón y desde la honestidad, no será sencillo, porque los hábitos se arraigan profundamente, pero al menos podemos empezar a intentarlo. Nuestras instituciones merecen más que simples colores partidistas: merecen ciudadanos despiertos, atentos y exigentes.

14/06/2025 0 comments
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Literatura

La persistencia de lo gótico. Del castillo al trauma

by Emain Juliana 03/06/2025
written by Emain Juliana

Durante más de dos siglos, la literatura gótica ha servido como un oscuro espejo en el que la humanidad ha proyectado sus miedos más profundos. Lo que en sus inicios fueron ruinosos castillos, pálidas y lánguidas damas perseguidas y pasadizos secretos, se ha transformado en laberintos mentales, cuerpos heridos y casas modernas llenas de silencios. El gótico no solo ha sobrevivido por su estética —tan reconocible como fácilmente parodiable—, sino por su capacidad de encarnar lo que no sabemos nombrar. Nació como un género literario en el siglo XVIII con El castillo de Otranto de Horace Walpole, y lo hizo bajo el signo del exceso: exceso de emoción, de oscuridad, de pasado. Desde el inicio, fue un espacio narrativo para lo marginal, lo reprimido y lo disonante. Ann Radcliffe, combinaba superstición y razón, y Matthew Lewis, narraba con una audacia escandalosa, un ejemplo de ello es El monje. Estos autores confirmaron que el gótico era algo más que una moda literaria: era una forma de canalizar las tensiones morales y sociales de su tiempo. Las protagonistas lánguidas y encerradas, los escenarios en los que se desarrollaban los textos parecían devorar a los personajes, las figuras del doble, del espectro, del monstruo: todo estaba dispuesto para hablar, de forma velada o explícita, de lo que no se podía decir de otro modo. El miedo como lenguaje y el deseo como amenaza fueron sus claves desde el comienzo.

A medida que avanzaba el siglo XIX , el género se fue refinando y diversificando. Con Mary Shelley, el monstruo dejó de ser una criatura fantástica para convertirse en resultado de la ambición humana, y en su Frankenstein el horror no está en el cadáver animado, sino en la responsabilidad moral del creador. Con Edgar Allan Poe, el miedo se volvió psicológico, clínico incluso, habitando en el deterioro de la mente, en la percepción alterada, en la pulsión de muerte que asoma bajo la belleza. Y con Bram Stoker, el género alcanzó su dimensión más simbólica: el vampiro como metáfora del contagio, del deseo, del colonialismo y de la degeneración. Cada uno de estos autores transformó el castillo gótico en otra cosa: laboratorio, cripta, ciudad, mansión, celda mental. Las historias dejaron de hablar de un mal externo para mostrar que el verdadero monstruo podía vivir bajo la piel, en la conciencia o en la herencia. Ya no bastaba con huir: lo verdaderamente inquietante era no poder escapar de uno mismo.

En el siglo XX, los textos experimentaron una mutación mucho más íntima. La casa embrujada, por ejemplo, dejó de ser una reliquia del pasado para convertirse en símbolo del trauma moderno. La maldición de Hill House de Shirley Jackson es el mejor ejemplo, en la novela, su protagonista no huye de un espectro, sino de su propia historia personal, y encuentra en la arquitectura de la mansión un amplificador emocional. La casa no está poseída por un espíritu, sino por una tensión acumulada. El espacio, como en muchas obras góticas posteriores, se convierte en una extensión del cuerpo, también del dolor psíquico y de un conflicto no resuelto. Esta tendencia no ha hecho mas que consolidarse en las últimas décadas, especialmente de la mano de autoras que han hecho del gótico un género profundamente femenino y político. Mariana Enríquez, por ejemplo, nos traslada a las calles de Buenos Aires, donde lo monstruoso no es un vampiro, sino la pobreza, la represión, la violencia policial o los fantasmas de la dictadura. Carmen María Machado, por su parte, convierte la estructura misma del relato en una trampa mental: en En la casa de los sueños, narra una relación abusiva utilizando la lógica del cuento gótico —cuartos cerrados, ruidos inexplicables, una amenaza invisible—, pero lo que se destruye no es una casa, sino la identidad emocional de la narradora.

La narrativa gótica ha sido, a lo largo del tiempo, uno de los territorios más fértiles para las autoras. Desde las hermanas Brontë hasta Angela Carter, pasando por Daphne du Maurier o Shirley Jackson, se ha convertido en un espacio donde abordar lo que otros registros no permitían: la locura, la sexualidad, la maternidad, la opresión doméstica, los cuerpos que sangran, que se transforman, que se rebelan. Es, y continúa siendo, una forma de escritura sobre el encierro: físico, psíquico, social. Hoy esa tradición sigue con fuerza, pero ha mudado de piel. Ya no hacen falta castillos ni velas ni cementerios: basta una casa con demasiados pasillos, un cuerpo marcado por el dolor o una memoria que se resiste al olvido. La arquitectura del miedo ha cambiado, pero su función sigue intacta.

En una época como la nuestra, donde abundan las narrativas de autoayuda, superación, optimismo fabricado, estas historias sombrías se atreven a decir lo que nadie quiere oír: que hay cosas que no se curan, dolores que no desaparecen, espectros que no se exorcizan. No consuelan: incomodan. No ofrecen luz al final del túnel, sino la certeza de que, en ocasiones, puede no haber túnel, ni final, ni luz. Y sin embargo, ese mismo gesto es el que las vuelve necesarias. Porque en tiempos de ansiedad colectiva, de crisis ecológica, de precariedad emocional, estas ficciones oscuras se convierten en un lenguaje de supervivencia. Nos recuerdan que el miedo no es debilidad, sino una forma de conocimiento. Que mirar la oscuridad no nos destruye, sino que nos devuelve la capacidad de sentir. Y que lo verdaderamente monstruoso no es lo ajeno, sino aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos.

03/06/2025 0 comments
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CineLiteratura

La advertencia incómoda de Margaret Atwood

by Emain Juliana 08/05/2025
written by Emain Juliana

Recuerdo la primera vez que me adentré en El cuento de la criada de Margaret Atwood: una sensación de malestar crecía página tras página, como si la propia historia se apoderara del espacio a mi alrededor y no hubiera escapatoria. No es un libro para leer a la ligera, ni para despachar con frases como “distopía feminista” o “crítica al patriarcado”. Es mucho más incómodo que eso, más pegajoso. Hay algo en la forma en que Atwood te sumerge en la República de Gilead —ese régimen donde la teocracia, la represión y la infertilidad han trazado un destino atroz para las mujeres— que resulta casi físico. No hay respiros. La narradora, Defred, cuenta su historia desde un lugar de sumisión absoluta, donde hasta su nombre ha dejado de ser suyo y se ha convertido en una etiqueta de propiedad, “De Fred”, perteneciente a su comandante. Lo que más desarma no es la violencia visible, sino la sutil: esa lógica siniestra en la que todo está perfectamente engranado para que la opresión se perciba como una especie de orden natural. Atwood no necesita mostrar sangre o torturas explícitas todo el tiempo; le basta con colocar al lector en la piel de una mujer a la que han despojado de su humanidad y, lo que es más doloroso, de su capacidad para imaginar un futuro diferente.

La eficacia de la novela está en ese mundo construido a partir de piezas reales. Lo que Atwood inventa no es tanto la situación concreta como la combinación de elementos que, por separado, han existido o existen aún. La infertilidad masiva provocada por el desastre ambiental, el uso político de la religión para justificar el control social, la segregación extrema de funciones entre las mujeres, el despojo total de derechos… Ninguno de estos horrores es nuevo, y esa es precisamente la advertencia que sobrevuela cada página. Leemos la historia de Defred sabiendo que las semillas de Gilead están plantadas en nuestro propio suelo, aunque a veces nos resulte más cómodo pensar que se trata de ciencia ficción o de un futuro remoto y ajeno.

Lo que más me impresionó durante la lectura fue cómo la novela retrata la descomposición de lo cotidiano. El terror no llega de golpe, sino que se infiltra poco a poco, como una enfermedad que uno no detecta hasta que es demasiado tarde. En los recuerdos fragmentarios de Defred, vemos cómo la vida antes del régimen se iba deteriorando de manera casi imperceptible: primero prohíben a las mujeres manejar dinero, luego les quitan sus trabajos, después empiezan las redadas. El proceso no es repentino, sino gradual, lo que provoca en la lectora un desasosiego permanente. Y es imposible no hacerse la pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo tardaríamos nosotras en darnos cuenta de que algo parecido está ocurriendo? ¿Con qué rapidez nos acostumbramos a lo intolerable cuando sucede en pequeñas dosis?

Atwood también introduce un matiz bastante preocupante: la complicidad de algunas mujeres dentro del sistema. Las Tías, encargadas de adoctrinar a las criadas, representan ese poder delegado que reproduce y refuerza la opresión desde dentro. No son víctimas pasivas, sino ejecutoras entusiastas de las normas de Gilead. Y ahí la autora da un golpe maestro al recordarnos que la opresión, a veces, se perpetúa a través de quienes están en la misma situación, porque llegan a aceptarla como si fuera su única salida.

Lo notable es que El cuento de la criada no tira de heroicidades ni de finales exagerados. Defred no es una líder revolucionaria, ni busca convertirse en símbolo de nada. Su resistencia es mínima, casi invisible: recordar su nombre verdadero, susurrar en la oscuridad, escribir una frase a escondidas. Y, sin embargo, en esa minúscula rebelión se encuentra la fuerza más devastadora del libro. Porque lo que Atwood pone sobre la mesa es que, en situaciones extremas, la memoria y la dignidad son actos de insubordinación. La posibilidad de narrar la propia historia, aun cuando la voz esté rota, es un hilo que conecta al ser humano con su libertad más profunda.

Otro aspecto que es muy importante en este libro es el modo en que se analiza el lenguaje. La prohibición de leer y escribir para las mujeres no es solo una medida práctica para controlar la información: es un arma más eficaz que cualquier muro o cualquier guardia. Privarlas del lenguaje significa privarlas de la capacidad de pensar con claridad, de articular una visión crítica, de concebir otras realidades posibles. El poder no solo se ejerce sobre los cuerpos, sino también sobre las palabras. En Gilead, incluso las bendiciones y las despedidas están codificadas por el Estado, y hasta los carteles públicos son sustituidos por imágenes para evitar que las criadas —las más vigiladas— accedan al conocimiento escrito. La deshumanización se consolida así de manera casi perfecta.

No se puede negar el impacto que ha tenido la novela, sobre todo desde que se estrenó la serie en 2017.  Las imágenes de las mujeres vestidas con túnicas rojas y cofias blancas se han convertido en símbolo de protesta en las calles, en un recordatorio visual de hasta qué punto la ficción de Atwood ha pasado de ser solo una novela a formar parte del debate público sobre derechos y libertades. Esta apropiación del símbolo no es trivial: demuestra que El cuento de la criada ha sabido poner palabras —y ahora también imágenes— a temores y amenazas que parecían difusas.

¿Es entonces un libro pesimista? Creo que esa pregunta es demasiado simple. Atwood no ofrece consuelo fácil, pero tampoco cae en el nihilismo. Lo que hace es plantear un espejo incómodo en el que mirarse, y a partir de ahí la reacción queda en manos del lector. La advertencia está hecha, las claves están ahí. En ese sentido, el libro es más que literatura: es una forma de vigilancia, una alarma que se oye mientras creemos estar a salvo.

Cada vez que termino de leerlo —ya van varias— siento lo mismo: un nudo en la garganta y una urgencia silenciosa por proteger todo aquello que damos por garantizado. Porque El cuento de la criada no nos habla del futuro; nos habla, sobre todo, del presente que todavía es moldeable, si no nos dormimos mientras la historia se pliega sobre sí misma.

08/05/2025 0 comments
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ArteLiteratura

Cuando la enfermedad dictaba la belleza

by Emain Juliana 26/04/2025
written by Emain Juliana

En la era victoriana, la tuberculosis moldeó un ideal de belleza frágil y espectral que dejó su impronta en la moda, el arte y la literatura.

En la Inglaterra victoriana, la belleza y la enfermedad compartieron un particular vínculo. De todas las enfermedades del siglo XIX, ninguna fue tan popular como la tuberculosis, también conocida como la tisis. Hoy la recordamos como una enfermedad devastadora y mortal, pero durante el siglo XIX estuvo rodeada por una fascinación mórbida que, de alguna manera retorcida, la hacía estéticamente atractiva. Lejos de representar únicamente decadencia o muerte, la tuberculosis encarnó durante décadas el símbolo de la sensibilidad, refinamiento y una suerte de espiritualidad melancólica que marcó con fuerza la moda, el arte y la literatura del periodo. Era la enfermedad de los poetas, el mal de los amantes trágicos y el murmullo de la muerte traducido en un hermoso suspiro. Esta estética mórbida —intensamente idealizada— puede contarnos mucho sobre la cultura de una época en la que lo etéreo, lo marchito y lo vulnerable fueron elevados a un estatus de culto, la moda de lo sublime.

La tuberculosis no solo mataba a millares de personas cada año en las ciudades industriales y en los campos europeos; también modelaba los rostros que las clases altas consideraban bellos. Extremos de delgadez, piel como porcelana blanca, mejillas ruborizadas con fiebre, labios rojizos, ojos brillantes y hundidos, una mirada que se disolvía en algún punto invisible en el horizonte entre la vida y la muerte. Era una belleza proveniente del espíritu incluso más que del cuerpo. Muchas mujeres, en un intento por acercarse a este canon, se mataban de hambre, se maquillaban pálidamente y se apretaban los corsés lo más ajustados posibles, con la esperanza de lograr un pequeño cuerpo, débil y frágil que se asemejara a alguien afligido por la enfermedad, sin padecerla realmente. La moda siguió el ejemplo con vestidos diáfanos, tejidos transparentes, pronunciados escotes abiertos que dejaban bien a vista las prominentes clavículas y largos faldones que fomentaban una postura encorvada que favorecía la imagen de una fragilidad constante, como si el cuerpo estuviera al borde de disolverse en un suspiro.

El mórbido ideal no surgió de la nada. La era victoriana estaba fuertemente influenciada por el Romanticismo, el movimiento artístico y filosófico que celebraba la emoción sobre la razón y veía en el sufrimiento una ruta hacia lo trascendente. Luego, la enfermedad se convirtió en un lenguaje simbólico: la persona que se enfermaba de tuberculosis no era meramente desafortunada víctima del azar biológico, sino alguien cuya sensibilidad lo volvía incapaz de soportar el peso brutal del mundo tal como era. En el fondo, era una historia de pureza: las almas más finas, más exquisitas, eran igualmente las más frágiles, y por eso morían jóvenes, como flores marchitándose en primavera. La muerte no se interpretaba solo como una tragedia, sino como una especie de redención estética. La debilidad del físico se identificó con la exaltación de lo espiritual.

D.G.Rossetti, Lady Lilith

No es casual que tantos artistas del período fueran retratados o recordados en asociación con la enfermedad. El poeta John Keats murió joven de tuberculosis, a los veinticinco años, y se convirtió en la imagen misma del artista típico: joven, hermoso, torturado y tan exquisitamente sensible que fue apresurado a su tumba. En la literatura, la tuberculosis comenzó a servir como un signo de intensidad romántica. Alexandre Dumas hijo la inmortalizó en La Dama de las Camelias, Thomas Mann la hizo una metáfora para un tiempo dejado estar en La montaña mágica y muchos otros escritores la usaron como un recurso literario para representar la diferencia entre lo bajo y lo alto, lo vulgar y lo poético, el cuerpo y el ideal. Pero quizás en ninguna parte encontraremos esta fetichización de la belleza consumida en una expresión más extrema que en la pintura. Los prerrafaelitas, como Dante Gabriel Rossetti o John Everett Millais, presentaron su arte con una visión casi mística de la feminidad: pelo largo y suelto; miradas lejanas; piel translúcida; cuerpos inclinados en morbidez graciosa, evocando mártires y heroínas en la literatura a quienes su propia sensibilidad traicionó. Estas figuras, con frecuencia modeladas sobre actrices reales o modelos, eran claramente producto de la imagen compartida de belleza victoriana: una belleza que nunca exigía, sino que empezaba a desvanecerse; que nunca hablaba, sino que suspiraba. Y en ese susurro, tan lleno de contención y deseo reprimido, había un elemento erótico innegable.

En una sociedad tan puritana y represiva como la victoriana, donde la sexualidad femenina debía ocultarse bajo capas de pudor y silencio, la consunción ofrecía un modo aceptable de sensualidad. El cuerpo enfermo, que sobrevivía a duras penas entre suspiros, piel ardiente y labios entreabiertos, prestaba una visión velada pero muy sensual. La imagen de la mujer postrada en una cama, delicadamente apoyada sobre almohadones de encaje, tosiendo sangre con gracia contenida, activaba una respuesta emocional y erótica que la moral victoriana no podía permitir de forma abierta, pero sí a través del filtro del padecimiento. El sufrimiento embellecía el deseo, lo elevaba, le daba respetabilidad a una cultura que no sabía cómo soportar su propio reflejo sin sentirse culpable

J. E. Millais, Ophelia 1852

Mientras tanto, la medicina hacía progresos. En 1882, el Dr. Robert Koch descubrió el bacilo considerado responsable de la tuberculosis, y muchas de las nociones románticas sobre su origen fueron desacreditadas. La enfermedad, antes considerada una cuestión de temperamento melancólico o una predisposición hereditaria, sería reconocida como una preocupación infecciosa, y por tanto evitable. Siguieron cruzadas de higiene, carteles informativos y hospitales designados. Gradualmente, la tisis perdió su estatus como un destino trágico y poético, y se convirtió en una verdadera amenaza para la salud pública. La perspectiva cambió: ya no era una enfermedad de artistas sino un flagelo de las clases trabajadoras. La enfermedad perdió su aura estética y empezó a ser combatida con métodos racionales, clínicos, higienistas, y ahora podía combatirse con razón.

Mientras este cambio de actitud se endurecía en las primeras décadas del siglo XX, al finalizar el siglo muchas de las antiguas actitudes aún persistían bajo la superficie. La imagen de la mujer delicada y casi transparente todavía sobrevivía en algunos campos de la moda, el cine y la pintura. Pero había signos crecientes de cambio. Con la modernidad vino un nuevo canon de la mujer activa: una que era más saludable, con cuerpos activos, dinámicos y saludables, en definitiva; lo mórbido fue gradualmente reemplazado por la salud.

Hoy, esto podría ser impactante. ¿Cómo podría una enfermedad dolorosa, debilitante y contagiosa ser un símbolo de belleza, de todas las cosas, y mucho menos de virtud? Pero la explicación es su relación con la época. Lo que impulsó el ideal victoriano fue una tensión dinámica entre el deseo de reprimir y el deseo de ser expresado.  La tuberculosis, con su ambigua estética de lo marchito y lo sublime, ofrecía un espacio para que ese deseo contenido tomara forma sin escándalo. Era una belleza que no gritaba, que no reclamaba, pero que hablaba con la elocuencia de los cuerpos que se apagan lentamente. Una belleza, en suma, que no estaba hecha para durar.

26/04/2025 0 comments
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Literatura

Luces, máscaras y simbolismo en El gran Gatsby

by Emain Juliana 11/04/2025
written by Emain Juliana

Una sociedad hipócrita, maquillada de civilización

El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, no es solo una novela sobre el amor idealizado o la búsqueda de riqueza: es un retrato implacable de la alta sociedad estadounidense de los años veinte, una radiografía de un mundo deslumbrante por fuera y vacío por dentro. A través de una narración cuidadosamente construida, Fitzgerald expone las máscaras emocionales de sus personajes, los códigos secretos del lujo, y una simbología del color que revela las fracturas de un sistema social basado en la apariencia, el poder y la hipocresía.

El protagonista de esta novela, Jay Gatsby, no es simplemente un excéntrico millonario que da fiestas fastuosas en su enorme mansión de West Egg. Es un hombre profundamente herido que ha caído en una fantasía demencial y compulsiva.

Su vida entera ha sido una construcción ficticia dirigida a recuperar a su querida Daisy, la mujer que encarna para él la promesa de un futuro perfecto y la posibilidad de ser amado. Pero ese amor es fruto de una idea concebida en su cabeza, un símbolo que ha idealizado hasta convertirlo en obsesión. Los rasgos de Gatsby recuerdan claramente a un trastorno límite de la personalidad: identidad difusa (su verdadero nombre es James Gatz), vínculos intensos y desestabilizadores, miedo al abandono, idealización extrema de una figura amorosa y tendencia a la autodestrucción. Gatsby no ama a Daisy: ama lo que ella representa, lo que cree que puede recuperar a través de ella. Su necesidad de control emocional lo lleva a recrear escenarios enteros, manipular el tiempo y desafiar el presente. Y en el momento en que su fantasía se rompe, se cae.

Daisy Buchanan, por su parte, aparece siempre rodeada de blanco, vestida con elegancia y encanto. Su voz —esa voz que “suena a dinero”— actúa como un hechizo en quienes la escuchan. Pero bajo ese barniz de ligereza hay una mujer rota, sometida, encerrada en un matrimonio muy violento. Daisy es una mujer maltratada que ha aprendido a sobrevivir sin enfrentarse directamente a su agresor. La relación con Tom está marcada por la humillación y la amenaza, y Daisy se refugia en la pasividad, en la belleza, en el juego de las apariencias. Su famosa frase acerca de su hija —“espero que sea una hermosa tontita”— esconde una amarga lucidez: entiende que la inteligencia no garantiza nada en un mundo en el que la mujer solo tiene valor si es ornamental. Su frivolidad no es superficialidad: es defensa. Incluso cuando mata accidentalmente a Myrtle y Gatsby se ofrece a cargar con la culpa, Daisy se limita a callar. Sabe que el silencio la protege, incluso si implica sacrificar a quien la ha amado incondicionalmente. En cambio, Tom Buchanan, es la encarnación más cruda de la violencia patriarcal. Racista, posesivo, cruel y arrogante, es el tipo de hombre que ejerce su poder con total impunidad. No solo maltrata emocionalmente a Daisy, sino que abusa física y psicológicamente de su amante, Myrtle, a quien llega a golpear brutalmente. Tom representa al old money, a los herederos de la riqueza tradicional que consideran que el mundo les pertenece por derecho natural. No necesita justificar su poder, ni sus actos: simplemente los ejerce. Fitzgerald no suaviza este retrato. Tom no es un villano exagerado, es un hombre cotidiano en una sociedad que lo legitima. Su discurso pseudocientífico sobre la “raza nórdica” y su constante desprecio hacia los demás revelan una mentalidad profundamente clasista y supremacista. Cuando se ve amenazado, reacciona con violencia y manipulación. Y cuando todo termina, él y Daisy simplemente se marchan, intactos, indemnes, sin mirar atrás.

La simbología del color en la novela es uno de los lenguajes más poderosos y sutiles que emplea Fitzgerald para articular sus críticas. Los colores no solo decoran, sino que codifican el estatus, las emociones y las intenciones ocultas. El dorado y el plateado, por ejemplo, están íntimamente ligados al old money, a esa aristocracia económica que heredó su lugar en el mundo. Las mansiones de East Egg brillan en estos tonos, Daisy parece bañada en luz blanca y oro. Son colores nobles, sobrios, que evocan una riqueza serena, legítima, aunque en realidad solo sirvan para disimular el vacío y la indiferencia. En cambio, el amarillo chillón, los colores vivos de los trajes y los coches de Gatsby, representan el new money, la riqueza reciente, ostentosa, sin el respaldo de un apellido ni una educación “adecuada”. Gatsby intenta copiar el lenguaje del poder, pero su brillo resulta siempre un poco excesivo, demasiado evidente. Sus fiestas, sus ropas, incluso su coche amarillo, muestran esa tensión entre el deseo de pertenecer y la imposibilidad real de ser aceptado por la élite.

Otro símbolo cromático central es el verde. La luz verde del muelle de Daisy, que Gatsby observa noche tras noche, resume la novela entera: es el faro de la esperanza, del deseo, pero también el reflejo de una obsesión destructiva. Es la promesa de algo que nunca llega, como el propio sueño americano, que Fitzgerald presenta aquí como una trampa, un espejismo. También el gris tiene un papel fundamental: es el color del Valle de las Cenizas, el espacio donde habitan los olvidados. Allí viven los Wilson, allí se consumen los que trabajan sin glamour, sin nombre. Es un paisaje muerto, sin futuro, coronado por los ojos gigantes del doctor Eckleburg, que todo lo ven pero no juzgan. Son los ojos de una moral vacía, de una espiritualidad hueca, como la sociedad que Fitzgerald retrata.

F. Scott Fitzgerald y Zelda Fitzgerald

La novela entera es una crítica feroz a la hipocresía de la alta sociedad. Los que nacen con dinero no tienen por qué demostrar nada. Son impunes. Cuando Tom y Daisy destruyen vidas a su paso, simplemente se refugian en su dinero, en su apellido, en su falta de responsabilidad. Gatsby, que lo ha dado todo por pertenecer a ese mundo, es el único que muere. Myrtle, que aspiraba a escapar de su pobreza, también fallece. Wilson, víctima del engaño y del dolor, se quiebra. Solo los culpables sobreviven. Como escribe Nick al final, “eran gente descuidada… destruían cosas y personas, y luego se refugiaban en su dinero, o en su vasta indiferencia, o en lo que fuera que los mantenía unidos”. El gran Gatsby no es, por tanto, la historia romántica de un amor imposible, sino la historia de una sociedad enferma, construida sobre la desigualdad, la violencia y la mentira. Un cuento de hadas donde el castillo se derrumba, y los príncipes son en realidad verdugos.

11/04/2025 0 comments
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Música

IGORRR. El caos como forma de arte

by Emain Juliana 05/04/2025
written by Emain Juliana

Veinte años después de su debut, IGORRR regresa con Amen, un álbum tan oscuro como impredecible que consolida su lugar como una de las propuestas más radicales de la música contemporánea.

Dos décadas después de comenzar su aventura sonora bajo el nombre IGORRR, el francés Gautier Serre sigue reinventando el ruido con cada nuevo lanzamiento. El próximo 19 de septiembre, y bajo el sello Metal Blade Records, verá la luz Amen, su quinto álbum de estudio: una obra que, lejos de ofrecer respuestas, lanza nuevas preguntas, más oscuras, densas y desconcertantes que nunca.

Desde sus inicios en 2005, IGORRR ha sido el vehículo de una visión musical tan ecléctica como radical. ¿Black metal? ¿Breakcore? ¿Música barroca? ¿Trip hop? ¿Todo a la vez y al mismo tiempo? Con influencias que van de Johann Sebastian Bach y Domenico Scarlatti a Cannibal Corpse, Meshuggah, Aphex Twin o el grupo de música balcánica Taraf de Haïdouks, Serre ha creado un lenguaje propio donde lo sublime y lo grotesco conviven sin pedir permiso.

Amen llega como una evolución natural pero también como una anomalía dentro de una discografía ya de por sí inclasificable. “Este álbum es definitivamente más oscuro que sus predecesores; tiene un tono solemne que no había alcanzado antes”, afirma el propio Serre. Grabado en parte con un coro real en una iglesia y tras un largo proceso de experimentación con instrumentación y diseño sonoro, el disco se presenta como un nuevo punto de inflexión en el universo IGORRR.

Pero Amen no es solo una letanía gótica. En su interior encontramos temas como “Blastbeat Falafel” o “ADHD”, pequeñas cápsulas de energía frenética que, en palabras de Serre, “funcionan como un trago de limoncello entre platos”, necesarias para no perderse en el peso del conjunto.

“ADHD” es además el primer adelanto del álbum, acompañado por un videoclip tan perturbador como hipnótico, realizado junto al dúo creativo Meat Dept. Mezclando animación 3D con inteligencia artificial, el vídeo se convierte en una “terapia experimental” donde lo visual se retuerce en clave de humor negro y estética delirante, con ecos del universo de Fantômas y cierto aire de parodia Bond sesentera. “La música es 100% casera”, asegura Serre, aunque el vídeo se permitió jugar con las tecnologías más recientes, “empujando el dial del desasosiego estético hasta convertirlo en algo adictivo”.

Lo que empezó como un proyecto de estudio en solitario ha evolucionado hacia una formación completa capaz de trasladar a los escenarios el complejo entramado sonoro de IGORRR. A día de hoy, el grupo lo completan Jb Le Bail y Marthe Alexandre en las voces, Remi Serafino a la batería y Martyn Clément en la guitarra, mientras Serre continúa al mando de las máquinas y de la visión global del proyecto.

La trayectoria discográfica de IGORRR incluye joyas como Nostril (2010), Hallelujah (2012), el aclamado Savage Sinusoid (2017) —su primer disco sin uso de samples— y Spirituality and Distortion (2020), que incluso alcanzó el número doce en las listas alemanas. En todos ellos se advierte una constante: la voluntad de incomodar, de romper moldes, de llevar al oyente a lugares donde nunca ha estado… y no siempre querrá quedarse.

Gautier Serre ha afirmado en varias ocasiones que su cerebro “compone música incluso mientras duerme”. El verdadero reto, confiesa, está en filtrar esas ideas y quedarse con las que realmente ama, “con mayúscula”. No en vano, también ha desarrollado otros proyectos paralelos como Whourkr o Corpo-Mente, donde explora distintas ramas de su imaginación musical.

Próxima gira: España incluida

Para celebrar el lanzamiento de Amen, IGORRR arrancará una extensa gira europea acompañado por Master Boot Record e Imperial Triumphant. Entre las fechas más esperadas están las tres paradas en España:

  • 3 de octubre – Bilbao (Santana 27)

  • 4 de octubre – Barcelona (Apollo 1)

  • 5 de octubre – Madrid (La Riviera)

Una ocasión perfecta para presenciar, en carne y hueso, lo que significa vivir el caos con precisión quirúrgica.

IGORRR no hace música para todos los oídos. Y ahí reside su fuerza. En tiempos de fórmulas seguras y producción en masa, Serre sigue apostando por la locura, el riesgo y la belleza de lo inclasificable. Con Amen, parece que el apocalipsis tiene, por fin, banda sonora.

https://igorrr.com

https://www.metalblade.com/us/

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Literatura

El boom de los libros juveniles

by Emain Juliana 02/04/2025
written by Emain Juliana

Por qué enganchan tanto (y por qué nos dejan con dudas)

En los últimos años, los libros juveniles y Young Adult (YA) han estado por todas partes. Librerías, redes sociales, recomendaciones boca a boca. Da igual la edad: mucha gente se ha dejado atrapar por estas historias rápidas, intensas, muchas veces emocionales. Algunos los adoran; otros, en cambio, miran con cierto recelo ese éxito tan masivo. Y no es raro: el tema tiene miga. Son libros que se leen solos, sí, pero también que nos dejan pensando si ese viaje exprés por sus páginas vale realmente la pena.

Una buena parte de quienes los leen ya dejaron el instituto hace tiempo. Puede que se acerquen a ellos por nostalgia, por desconexión o simplemente porque son fáciles de leer. Entran bien, a veces, demasiado bien. Están diseñados para que no los sueltes: capítulos cortos, tramas con ritmo, emociones en primer plano. Y eso, en principio, no suena mal. Lo preocupante llega cuando descubres que muchas historias parecen cortadas por la misma tijera. Mismo esquema, mismos giros, mismas frases incluso. ¿Estoy leyendo una historia nueva o una variación de lo de siempre?

No hay que escarbar mucho para encontrar patrones. Ella es distinta (aunque no lo sepa), él es enigmático, hay un secreto, una amenaza, una relación imposible que lo cambia todo. El final puede ser feliz o dramático, pero el camino ya lo conocemos. Y lo reconocemos con tanta claridad que a veces nos sentimos un poco estafados. Hay libros dentro del YA que se arriesgan, claro que sí. Algunos se cuelan en tu memoria por una frase, una escena, una manera distinta de mirar el mundo o porque sucede alguna trama inesperada, pero hay otros que parecen escritos con el piloto automático. Libros pensados para funcionar, no para decir nada nuevo.

Y en medio de todo esto, TikTok. O mejor dicho, BookTok, esa especie de altavoz viral que ha conseguido que miles de personas vuelvan a leer… o al menos a comprar libros. Allí, si un libro te hace llorar, es buena señal. Se premia la intensidad, el drama, las emociones fuertes. Eso puede ser catártico, incluso bonito, pero también refuerza una forma de leer que se parece mucho a ver series en bucle: necesitas que te conmuevan, pero no te apetece complicarte demasiado. ¿Y qué pasa con los libros que no quieren hacerte llorar, sino pensar? ¿Qué lugar les queda? En paralelo, hemos visto cómo el YA se convertía en un espacio de representación. Aparecen más protagonistas queer, racializados, con problemas de salud mental, que viven en contextos sociales reales y duros. Esto ha sido un paso adelante necesario. Pero a veces da la sensación de que esa diversidad se queda en la superficie, como si formara parte de una lista de requisitos para agradar. Y eso, lejos de ayudar, banaliza. Representar no es solo poner a un personaje con determinada identidad, es hacerlo creíble, complejo, humano. Si no, se convierte en decorado. Quizá lo que más ruido hace en todo este fenómeno es la sospecha de que muchos libros YA han sido pensados como productos, no como historias que alguien necesitaba contar, sino como algo que encaje en el molde. Portadas “bonitas”, títulos que suenan igual, promesas emocionales recicladas. Y aunque leer por placer está bien, incluso necesario, también lo está preguntarse de vez en cuando qué tipo de placer estamos buscando. ¿Queremos emocionarnos o simplemente evadirnos un rato? ¿Queremos sentir algo o que nos digan exactamente qué sentir?

No todo es blanco o negro. El YA ha traído cosas buenas. Ha hecho que mucha gente se acerque a la lectura por primera vez, ha abierto puertas a autoras que antes no tenían hueco, ha generado comunidad y entusiasmo. Todo eso merece celebrarse, pero también es importante señalar sus puntos flacos: la repetición, la falta de riesgo, la superficialidad de algunas propuestas.

Quizá lo que toca ahora es mirar con ojos un poco menos entusiastas y más críticos. Darse cuenta de que no todo lo que emociona merece ser canonizado y que no pasa nada por exigirle a la literatura algo más que facilidad y rapidez.

Porque leer también es una forma de detenerse, observar con más atención y decidir con qué historias queremos quedarnos.

02/04/2025 0 comments
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ArteEventos

Yoshitomo Nara. Un universo de emociones

by Emain Juliana 20/05/2024
written by Emain Juliana

La Fundación BBVA  patrocina una monumental exposición dedicada a Yoshitomo Nara que presenta en el Museo Guggenheim Bilbao. Esta exhibición ofrece una oportunidad única para explorar cuatro décadas de la prolífica carrera de este destacado artista japonés. Del 28 de junio al 3 de noviembre de 2024, los visitantes podrán sumergirse en el fascinante mundo de Nara, guiados por la curadora Lucía Agirre. Nara, nacido en 1959 en Hirosaki, Japón, ha recibido tanto el respaldo de la crítica internacional como el reconocimiento del público. Sus imágenes de niños con grandes cabezas y ojos expresivos, que pueden parecer amenazantes y vulnerables a la vez, son inconfundibles y evocan una mezcla de emociones complejas. Estas figuras, que a menudo parecen al borde de un estallido emocional, reflejan la propia infancia y experiencias de Nara, así como su profundo conocimiento de la música, el arte y la sociedad.

La música, especialmente el rock y el punk, ha sido una constante fuente de inspiración para Nara. Desde sus inicios, la música ha acompañado sus momentos de creación, infundiendo en sus obras una energía y un espíritu de rebeldía. Las letras de las canciones que escuchaba, aunque no siempre comprendidas literalmente, resonaban en él a nivel emocional, lo que se refleja en la intensidad de sus obras. La exposición en el Guggenheim Bilbao destaca esta conexión, mostrando cómo Nara ha integrado estas influencias musicales en su arte. La obra de Nara está llena de símbolos y temas recurrentes que reflejan su continuidad de pensamiento a lo largo de los años. Elementos como la casa de tejado rojo, los brotes de hierba, el fuego y el cuchillo aparecen frecuentemente, creando una iconografía personal que invita a los espectadores a reflexionar sobre su propia existencia. Estos motivos no solo representan aspectos de su vida, sino que también resuenan con las experiencias y emociones de su audiencia, haciendo que sus obras sean profundamente universales y accesibles.

Yoshitomo Nara

Esta exposición es la primera gran retrospectiva individual de Nara en España y en un destacado museo europeo. Tras su estancia en Bilbao, la muestra viajará a Baden-Baden y Londres, adaptándose a cada espacio y proporcionando una experiencia única en cada ubicación. La colaboración con el Museum Frieder Burda y la Hayward Gallery subraya la importancia y el alcance internacional de esta exposición. Las experiencias personales de Nara, desde su infancia aislada hasta sus viajes y estancias en Europa, han sido cruciales en la formación de su visión artística. Su primer viaje a Europa en 1980 le permitió contemplar de cerca las grandes obras maestras del arte medieval y renacentista, lo que supuso un despertar emocional y una revelación artística para él. Estas influencias se combinan en su obra con la estética del Neoexpresionismo alemán, aprendido durante su formación en la Kunstakademie de Düsseldorf bajo la tutela de A. R. Penck.

Los eventos traumáticos, como el gran terremoto de Japón oriental en 2011, también han dejado una huella profunda en la obra de Nara. La devastación y el sufrimiento que presenció lo llevaron a reflexionar sobre su papel como artista y a dirigir su atención a proyectos comunitarios en la región de Tohoku. Este cambio en su cosmovisión se refleja en sus obras más recientes, donde la temática de la protección y la comunidad se vuelve central. Además de la exposición, el Museo Guggenheim Bilbao ha diseñado una serie de espacios educativos y contenidos digitales bajo la iniciativa Didaktika. Esta plataforma, patrocinada por la Fundación EDP, ofrece al público herramientas y recursos para una apreciación más profunda de la obra de Nara, incluyendo una biografía detallada del artista y una exploración de la música que ha inspirado su vida.

Yoshitomo Nara

Con su rica iconografía y su profundo sentido de humanidad, Nara nos recuerda la importancia de la empatía y la conexión en el arte y en la vida.

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ArteLiteraturaPensamientoSin categoría

¿De quién son las ideas?

by Emain Juliana 20/12/2023
written by Emain Juliana

Recientemente, una buena amiga compartió conmigo un caso flagrante de robo de ideas, una experiencia que, lamentablemente, no es ajena para muchos de nosotros. En ocasiones, hemos visto cómo personas de confianza se apropian de nuestras ideas o proyectos de una manera tan detallada que reconocemos nuestra visión y creatividad reflejadas en ellos. Esta situación no solo despierta sentimientos de indignación y tristeza, sino que también plantea cuestiones profundas sobre la propiedad intelectual y la ética en el mundo actual.

Este es un tema complejo que trasciende las esferas personales. Muchas veces, al plantear la pregunta ¿De quién son las ideas? nos encontramos con una respuesta sorprendente y, en ocasiones, preocupante: Las ideas no son de nadie. Esta afirmación, aparentemente simple, esconde una serie de matices y debates éticos que vale la pena explorar.

En un mundo cada vez más interconectado y orientado hacia la innovación, las ideas son el motor del progreso. Desde avances tecnológicos hasta creaciones artísticas y proyectos empresariales, las ideas impulsan el cambio y la evolución. Sin embargo, la falta de reconocimiento y protección de la propiedad intelectual puede tener efectos negativos tanto a nivel individual como en la sociedad en su conjunto.

Uno de los aspectos más problemáticos es que a menudo ocurre entre personas de confianza. Cuando confiamos en alguien para compartir nuestras visiones y proyectos, esperamos que esa confianza se respete. El hecho de que alguien cercano pueda apropiarse de nuestras ideas plantea interrogantes sobre la integridad y la ética en las relaciones interpersonales y sobre nosotros mismos, pero también debemos preguntarnos si la falta de un reconocimiento adecuado de la autoría puede inhibir la creatividad y la innovación. Si las personas sienten que sus ideas pueden ser tomadas sin permiso o crédito, pueden volverse mas reticentes a compartir sus pensamientos e inquietudes. Esto limita el potencial de la sociedad para generar soluciones innovadoras a los desafíos que enfrentamos.

Pero ¿Cuál es el perfil del ladrón de ideas? No existe, solo comparten la característica de apropiarse indebidamente de las creaciones de otros. Esto incluye a oportunistas sin ética que buscan beneficio personal, competidores desleales que intentan ganar ventaja en el mercado, imitadores sin creatividad, personas desesperadas por avanzar en sus carreras o proyectos, individuos con falta de conciencia ética, aquellos con acceso privilegiado que abusan de su posición, y personas con baja autoestima que buscan demostrar su valía a través del trabajo ajeno. 

Vamos a retrotraernos al pasado, donde la propiedad intelectual y la atribución eran conceptos menos definidos y regulados que en la actualidad. Esto dio lugar a situaciones en las que las contribuciones individuales eran minimizadas o directamente robadas sin consecuencias significativas.

Aquí tenemos algunos de los robos mas conocidos de la historia.

Hipatia de Alejandría, una matemática y filósofa del siglo IV, es un ejemplo destacado. A pesar de sus contribuciones significativas a la astronomía y las matemáticas, sus ideas fueron eclipsadas por sus contemporáneos masculinos. Su caso no es único; a lo largo de los siglos, muchas mujeres científicas, literarias y artísticas enfrentaron desafíos similares.

Thomas Edison vs. Nikola Tesla: Esta es una de las rivalidades más famosas en la historia de la ciencia y la tecnología. Edison, conocido por su trabajo de la invención de la bombilla eléctrica, se ha visto acusado de robar ideas y conceptos de Nikola Tesla, un inventor e ingeniero eléctrico que contribuyó significativamente al desarrollo de sistemas de corriente alterna y otras tecnologías eléctricas.

Alexander Graham Bell vs. Elisha Gray: La invención del teléfono fue objeto de una disputa entre Alexander Graham Bell y Elisha Gray. Ambos presentaron patentes para el teléfono el mismo día en 1876, lo que llevó a un prolongado conflicto legal. Bell finalmente recibió la patente, pero la contribución de Gray en el desarrollo del teléfono es ampliamente reconocida.

James Macpherson: El poeta escocés fue acusado de plagiar obras del poeta épico galés Ossian, afirmando haber traducido los poemas del gaélico escocés. Sin embargo, se ha debatido la autenticidad de estas traducciones y se ha sugerido que los había inventado él mismo.

Émilie du Châtelet: Científica y matemática francesa del siglo XVIII, realizó importantes contribuciones al campo de la física, incluyendo una traducción y comentario de las obras de Isaac Newton. A pesar de sus logros, su trabajo fue eclipsado por el renombre de Newton.

Pero en la actualidad seguimos teniendo casos de apropiación, robo de ideas o plagio.

Ruth Wakefield: Creadora de las famosas galletas con chispas de chocolate. Sin embargo, durante años, la receta de estas galletas fue utilizada por la empresa Nestlé sin darle crédito, lo que llevó a un acuerdo legal en el que finalmente se reconoció su autoría.

Quentin Rowan, bajo el seudónimo de “Q.R. Markham”, publicó la novela Assassin of Secrets, que resultó ser un plagio masivo de varias novelas de espías, copiando párrafos enteros de autores como Robert Ludlum y Charles McCarry.

Steve Jobs y Apple vs. Xerox: A finales de la década de 1970, Xerox desarrolló una interfaz gráfica de usuario (GUI) que fue un precursor importante de la computación moderna. Steve Jobs y Apple se inspiraron en esta tecnología para crear la Macintosh, pero algunos argumentan que esto se hizo sin el debido reconocimiento a Xerox.

Bueno, querido lector, espero que si te has visto en esta situación recuerdes que es importante intentar aprender de la experiencia y toma medidas para proteger tus futuras ideas y proyectos. Esto puede incluir acuerdos de confidencialidad, contratos sólidos y un mayor cuidado al compartir tus conceptos, y ante todo, no permitas que te impida seguir siendo creativo y persiguiendo nuevas oportunidades. A veces, las mejores ideas surgen como respuesta a este tipo de desafíos.

20/12/2023 0 comments
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Arte

La fotografía espiritual. Capturando lo invisible

by Emain Juliana 17/10/2023
written by Emain Juliana

La historia de la fotografía espiritual abarca más de un siglo y ha supuesto una profunda influencia en el ámbito de la creencia en lo paranormal. Desde sus orígenes en el siglo XIX, se ha vinculado estrechamente con la noción de que las cámaras poseen la capacidad de capturar no solamente la apariencia física de las personas, sino también la esencia de sus almas y la presencia de los fallecidos.

.La idea de que una imagen pudiera capturar no solo la apariencia física de una persona, sino también su alma, era poderosa. Esto llevó al surgimiento de la fotografía post-mortem, una práctica que implicaba tomar retratos de personas fallecidas. Estos retratos eran a menudo la última imagen de un ser querido antes de partir y se creía que preservaban el alma del difunto.

Además de los retratos post-mortem, la fotografía espiritual también estuvo influenciada por el movimiento espiritista que ganó popularidad en ese momento.

El espiritismo, afirmaba que los seres humanos podían comunicarse con los espíritus de los difuntos a través de las médiums durante las sesiones espiritistas. La fotografía espiritual se convirtió en una herramienta importante para respaldar y validar estas creencias. Durante las sesiones, médiums y fotógrafos colaboraron para intentar capturar imágenes de espíritus. Estas imágenes se consideraron pruebas de contacto con el más allá.

Uno de los pioneros de la fotografía espiritual fue William H. Mumler, quien afirmaba poder capturar imágenes de espíritus en sus fotografías. Su notoriedad creció cuando él mismo apareció en una de sus propias imágenes junto a lo que afirmaba ser el espíritu de una prima fallecida. A pesar de ser acusado de fraude, Mumler fue absuelto, pero su trabajo sigue siendo objeto de controversia.

Fotografía espiritual fue William H. Mumler, Mary Todd Lincoln con el fantasma de su marido, Abraham Lincoln

La era de la Fotografía Espiritual en el siglo XX

A medida que avanzaba el siglo XX, la fotografía espiritual continuó evolucionando. Surgieron nuevas técnicas y enfoques para capturar lo espiritual en una imagen. La fotografía de auras se volvió popular, Semyon Kirlian afirmaba poder capturar la energía espiritual que rodea a las personas sin cámaras ni película fotográfica mediante una placa de descargas, un campo eléctrico y una fuente de alto voltaje. Aunque estos conceptos eran ampliamente debatidos ya menudo se consideraban pseudociencia, demostraron la continua fascinación de la sociedad por la conexión entre la fotografía y la espiritualidad.

En la misma línea, la fotografía de fantasmas y fenómenos paranormales se volvió cada vez más popular. Las imágenes de supuestos fantasmas y actividad paranormal se difundieron ampliamente, y algunos afirmaron que estas imágenes proporcionaron pruebas sólidas de la existencia de lo sobrenatural. Sin embargo, muchas de estas imágenes también fueron objeto de escrutinio y escepticismo.

Acusaciones de fraude y controversia

En el transcurso de la historia de la fotografía espiritual, ha habido numerosas acusaciones de fraude. Muchas de las imágenes de espíritus y fenómenos paranormales se han revelado como trucos fotográficos o manipulaciones. Los fotógrafos espirituales y los médiums han sido objeto de escrutinio y escepticismo por parte de investigadores y críticos que cuestionan la autenticidad de sus afirmaciones.

William Hope (1863-1933) se convirtió en una figura prominente en el mundo de la fotografía espiritista en la primera mitad del siglo XX y fundó el Crewe Circle, un grupo de personas interesadas en la comunicación con los espíritus a través de la fotografía.

William Hope tomó numerosas fotografías que, según él, mostraban evidencia de la existencia de espíritus. Estas imágenes incluían retratos de personas vivas junto a lo que afirmaba ser la aparición de seres queridos fallecidos. Hope argumentaba que sus fotografías eran pruebas concretas de la comunicación con el más allá y que no podían explicarse mediante trucos fotográficos o manipulaciones.

Sin embargo, las actividades de William Hope y su trabajo fueron objeto de controversia y escepticismo desde el principio. Muchos críticos y expertos en fotografía argumentaron que las imágenes de Hope eran el resultado de técnicas de doble exposición y manipulación de negativos. En particular, se creía que Hope utilizaba negativos preparados previamente con imágenes de espíritus y luego los combinaba con retratos de las personas vivas para crear la ilusión de una aparición espiritual en la fotografía.

Poco a poco crecía la sospecha sobre la autenticidad de su trabajo y en 1922, la Sociedad de Investigación Psíquica llevó a cabo una investigación en la que concluyó que las fotografías de William Hope eran el resultado de fraudes deliberados.

Eva Carrière fue una famosa médium francesa que se asoció con el investigador y fotógrafo espiritual Albert von Schrenck-Notzing. Juntos realizaron sesiones fotográficas en las que afirmaban capturar de espíritus en forma de ectoplasma. Estas imágenes han sido ampliamente criticadas y consideradas fraudulentas, ya que se cree que se trataba de trucos y engaños.

Ted Serios (1918-2006): Aunque no era un fotógrafo en el sentido tradicional, Ted Serios afirmaba tener la capacidad de proyectar imágenes desde su mente a través de una cámara, un fenómeno conocido como “fotografía mental”. Sus supuestas habilidades fueron objeto de investigaciones científicas, pero también suscitó controversias y escepticismo.

Fotografía espiritual de William Hope

A lo largo de la historia, la fotografía espiritual ha sido una fascinación constante y una forma de explorar la conexión entre lo físico y lo espiritual. Si bien muchas de las prácticas y técnicas asociadas con esta forma de fotografía han sido objeto de escepticismo y debate, su impacto en la cultura y la espiritualidad no puede negarse. La persistente fascinación por la conexión entre la fotografía y la espiritualidad nos recuerda la profunda influencia que esta forma de arte tiene en nuestras vidas.

A medida que avanzamos en la era digital, la fotografía continúa siendo una herramienta poderosa para capturar no solo la apariencia exterior de las personas, sino también su alma interior, explorando preguntas eternas sobre la esencia humana y nuestra relación con lo desconocido.

17/10/2023 0 comments
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