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memoria

Los fantasmas olvidados

Donde los muertos no siempre se van: El fantasma del cementerio

by Verónica García-Peña 24/01/2026
written by Verónica García-Peña

Aunque los fantasmas parecen siempre estar vinculados a estos lugares, lo cierto es que nadie se adentra en un cementerio con la idea de encontrarse con uno. Se hace para dejar flores, recordar y, a veces, contar secretos a quienes ya no pueden responder. Los camposantos son terrenos de orden con calles rectas, nombres alineados y fechas que parecen reglar el tiempo como si así se pudiera domesticar. No obstante, basta cruzar la verja para notar cómo la atención se afina y el gesto se ensombrece. Se baja la voz de forma refleja y, entre murmullos, se camina por el terreno con la sensación de que ahí, donde los muertos reposan, hay en realidad cientos de fantasmas que nos acompañan.

Se trata de una presencia discreta, pero también obstinada. Este fantasma se niega a desaparecer por mucho que de él, en ocasiones, ya no se sepa nada. Lápidas sin nombre, fecha o recuerdo. Espíritus y aparecidos, sombras y espectros son algunas de las denominaciones más comunes que esta especial ánima recibe cuando se habla o se escribe sobre ella; cuando se la imagina, pues es su terreno una de las más prolíficas atmósferas creativas del mundo. Universal como los páramos de las Brontë, el desolado fosal de Dickens en los pantanos o los terrenos de Stephen King donde la tierra se niega a guardar a sus muertos; y es que no hay cementerios, reales o imaginarios, sin historias.

En España, los camposantos comenzaron a construirse fuera de los núcleos urbanos a finales del siglo XVIII, tras la Real Cédula de Carlos III de 1787, que prohibía los enterramientos dentro de iglesias por razones sanitarias. Antes, se inhumaba a la gente en atrios y criptas. Aquella decisión, en apariencia solo práctica, tuvo como consecuencia el desplazamiento del vínculo cotidiano con la muerte, pues los muertos fueron apartados, organizados y alineados, pero lejos. En ese tránsito, algo quedó suspendido y tal vez por eso las leyendas de aparecidos que anhelaban regresar a casa, de espíritus que se sentían abandonados o de muertos que salían de su tumba cada noche crecieron.

Los archivos parroquiales y municipales, así como la memoria oral de nuestra geografía, atesoran informes y leyendas cuanto menos inquietantes sobre estos fantasmas. En el cementerio de San José, por ejemplo —edificado sobre los restos del antiguo palacio nazarí de los Alixares e integrado en el conjunto histórico de la Alhambra, en Granada—, se dice que, desde los años setenta, los vigilantes del lugar ven luminarias que recorren los nichos y escuchan pasos en las galerías vacías. En el norte, por su parte, en el fosal de Derio, en Vizcaya, la prensa local ha recogido durante décadas testimonios de trabajadores que evitan las zonas de panteones familiares clausurados tras la Guerra Civil. Allí, donde el silencio casi se puede tocar, se habla de golpes rítmicos desde el interior de las criptas. Relatos que el tiempo no ha borrado y que los propios sepultureros transmiten, pues en Derio el pasado nunca termina de callarse.

Panteones del patio primero del Cementerio de San José en Granada (España). El panteón de la familia Herrera

Durante el siglo XIX y buena parte del XX, muchos enterramientos fueron hechos sin nombre, lápida y sin un registro. Epidemias, fusilamientos, suicidios que se ocultaban por vergüenza familiar, niños muertos sin bautizar… Vidas que entraron en la tierra sin una despedida y sin un relato. Quizá por eso, pienso, este espectro nunca se marcha. A mí, que me encanta visitar camposantos de todo tipo y pasear por sus calles sin prisa, también me gusta imaginar las vidas de aquellos que habitan estos lugares; de los muertos que ya no quieren saber nada de los vivos e igualmente de los otros, de los que, sospecho, por qué no, pueden aún vagar por el lugar confundiéndose con nosotros.

Cementerio Municipal de Paterna

En el cementerio de Paterna, en Valencia, conocido trágicamente como ‘El Paredón de España’, más de dos mil doscientas personas fueron fusiladas y arrojadas a fosas comunes, la inmensa mayoría durante la represión de la posguerra, entre 1939 y 1956. Hoy, mientras los forenses trabajan para devolverles sus nombres y con ellos sus historias, tanto los vecinos como los que cuidan el lugar han descrito figuras que deambulan al amanecer junto al muro, en el que aún pueden verse las marcas de las balas. No piden nada a quienes los ven, dicen. Solo marchan de un lado al otro de la tapia, a la espera probablemente de recuperar su nombre y salir del olvido de la tierra.

Algo similar ocurre en el cementerio de Comillas, en Cantabria, bajo la sombra del imponente Ángel Exterminador —obra de Joseph Llimona—. Allí, desde finales del siglo XIX, se habla de una figura femenina que aparece junto a las tumbas más antiguas, aquellas que ya no reciben flores ni visitas. ¿Qué quiere? Nadie lo sabe con exactitud. ¿Y qué busca? Tampoco hay respuesta. Sí hay, claro, muchas hipótesis, pues buena es la imaginación para dejar tranquila una leyenda como esta. Los libros de defunciones de la parroquia mencionan que varias mujeres murieron solas en el pueblo, enterradas sin familia conocida. Sirvientas o acompañantes que llegaron de lejos y nunca regresaron a sus casas. Quizá la tradición oral las fundió en una única presencia; esa mujer que deambula por la necrópolis y cuida de los olvidados. Una conciencia hecha de restos. Una presencia coral en uno de los escenarios más bellos y melancólicos del modernismo español.

Quien ha pasado tiempo en un cementerio sabe que el aire allí se percibe diferente y no es porque en verdad lo sea. Con seguridad, he de admitir, es más sugestión que otra cosa; si bien, de esta forma se siente porque cada duelo deja un poso y cada visita incompleta o conversación interrumpida, cada promesa que no se cumplió, un lastre.

Cemeterio de Montijuïc

En el cementerio de Montjuïc, en Barcelona, los sistemas de seguridad han registrado, desde los años noventa, anomalías en las zonas de beneficencia. Son avisos recurrentes de sensores que se activan en zonas cerradas donde no hay nadie, o no debería haberlo. Siempre en los mismos puntos y siempre sin causa aparente. Los vigilantes hablan de un hombre que camina por los pasillos de los no reclamados. Es una presencia que no parece pertenecer a un solo muerto. Como ocurre en Comillas, es el peso acumulado de tantos óbitos sin un adiós.

Los cementerios guardan cuerpos, sí, pero también custodian finales y silencios que no descansan. Por eso, al salir de ellos, si se mira atrás, no es miedo lo que se siente. Es la sensación de que, entre lápidas y cipreses, entre mausoleos ornamentados y cruces sin nombre, alguien espera a que su historia sea contada o, tal vez, escrita.

24/01/2026 0 comments
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Literatura

Utopías y distopías

by Emain Juliana 17/06/2025
written by Emain Juliana

Desde que Thomas More acuñara la palabra Utopía en el siglo XVI, la literatura no ha dejado de imaginar mundos posibles, y algunas veces, esos mundos eran proyecciones esperanzadas de una sociedad mejor; otras, advertencias oscuras sobre lo que podría ocurrir si nuestras obsesiones —el control, la técnica, la desigualdad— crecieran sin freno. En ambos casos, estos relatos han funcionado como espejos deformantes: no reflejan lo que somos, sino lo que podríamos llegar a ser si no se modifican ciertas estructuras. Lo utópico y lo distópico son, en el fondo, mecanismos de pensamiento que no nos hablan del futuro, sino del presente. Por eso se repiten una y otra vez, por eso vuelven y nos incomodan. En cada época de inestabilidad, resurgen con fuerza. Hoy, más que nunca, el mundo parece necesitar esas ficciones: no para evadir la realidad, sino para comprenderla con claridad.

Las utopías clásicas, como la de More o la de Campanella en La ciudad del Sol, partían de una intención filosófica. Eran ensayos encubiertos, escritos como narraciones, que proponían modelos ideales de convivencia, su arquitectura social estaba basada en la razón, la justicia, el orden. Eran textos profundamente normativos, pero ya entonces se percibía cierta ambigüedad: ¿es deseable una sociedad que lo controla todo, incluso el pensamiento? ¿Qué precio tiene la armonía si exige la renuncia al individuo? Esa tensión es la que más tarde explotarán las distopías modernas, que no nacen como negación de la utopía, sino como una consecuencia lógica de la propia utopía. Si el ideal se lleva al extremo, se convierte en tiranía.

El siglo XX hizo de la distopía una herramienta crítica de primer orden. Obras como 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury plantearon futuros marcados por la censura, hedonismo controlado, vigilancia constante o la eliminación sistemática del pensamiento. No eran simples ejercicios de imaginación: eran respuestas a los totalitarismos, al miedo hacia la energía nuclear y a la manipulación mediática. Su fuerza residía en que no hablaban de sociedades alienígenas, sino de nosotros mismos empujados al límite. Lo aterrador de esos mundos no era lo exótico, sino lo reconocible. El trabajo sin sentido, la imposición del consumo, la prohibición del lenguaje libre y el aislamiento disfrazado de confort. Cada uno de esos relatos apuntaba, con distinta intensidad, a lo mismo: el precio de vivir sin conflicto es la pérdida de la conciencia.

En los últimos años, la distopía ha cambiado de piel, ahora ya a no se limita a regímenes políticos opresores o tecnologías descontroladas, aunque ambos temas sigan presentes, en la actualidad el miedo viene también del agotamiento emocional, del colapso ambiental,  y sobre todo del deterioro de los vínculos entre las personas. Autoras como Margaret Atwood, en El cuento de la criada y Oryx y Crake, cruzan la crítica feminista con la ciencia especulativa. El futuro que presentan no es lejano: está a la vuelta de la esquina, construido con materiales del presente. Samanta Schweblin, con su novela Distancia de rescate, desdibuja los bordes entre lo real y lo onírico para narrar un veneno que se extiende por los cuerpos y los campos, pero que también envenena las relaciones entre madres e hijos. En ambos casos, la distopía no es un decorado futurista, sino un modo de mirar el mundo con una lente deforme, que revela lo que preferiríamos no ver. De forma paralela, también han aparecido obras que huyen de los códigos tradicionales del género, para plantear narrativas donde el desastre ya ha ocurrido, donde no hay una amenaza inminente, sino un derrumbe asumido. Ray Loriga, en Rendición, imagina un mundo sin memoria, donde todo lo incómodo es borrado por un sistema demasiado blando y eficaz. Lo inquietante aquí no es la violencia explícita, sino la suavidad con la que todo se apaga. El ciudadano perfecto ya no es el que obedece, sino el que no recuerda. Estas historias no buscan épica ni rebelión: muestran el desgaste lento y la erosión de la conciencia. 

En el fondo, tanto las utopías como las distopías son ejercicios de imaginación ética que nos obligan a preguntarnos qué valores consideramos esenciales, qué estamos dispuestos a sacrificar y qué riesgos acarrea el progreso cuando se separa del cuidado. Lo que antes era una advertencia sobre regímenes totalitarios hoy puede ser una reflexión sobre nuestra relación con la tecnología o la naturaleza. Porque la amenaza ya no viene solo del poder: puede venir también del exceso de comodidad, de la hiperconectividad, del aislamiento voluntario o de como elegimos pasar nuestro tiempo en el mundo. Es decir, de nuestras elecciones diarias.

Pero ¿Qué mundo estamos construyendo? ¿Qué parte de nosotros mismos estamos dejando atrás para sostener este orden? ¿Cuánto futuro estamos dispuestos a perder por mantener un presente funcional? Tal vez la literatura especulativa no sirva para evitar el desastre, pero al menos nos obliga a imaginarlo con claridad. Y a veces, eso basta para empezar a cambiar.

17/06/2025 0 comments
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Literatura

La persistencia de lo gótico. Del castillo al trauma

by Emain Juliana 03/06/2025
written by Emain Juliana

Durante más de dos siglos, la literatura gótica ha servido como un oscuro espejo en el que la humanidad ha proyectado sus miedos más profundos. Lo que en sus inicios fueron ruinosos castillos, pálidas y lánguidas damas perseguidas y pasadizos secretos, se ha transformado en laberintos mentales, cuerpos heridos y casas modernas llenas de silencios. El gótico no solo ha sobrevivido por su estética —tan reconocible como fácilmente parodiable—, sino por su capacidad de encarnar lo que no sabemos nombrar. Nació como un género literario en el siglo XVIII con El castillo de Otranto de Horace Walpole, y lo hizo bajo el signo del exceso: exceso de emoción, de oscuridad, de pasado. Desde el inicio, fue un espacio narrativo para lo marginal, lo reprimido y lo disonante. Ann Radcliffe, combinaba superstición y razón, y Matthew Lewis, narraba con una audacia escandalosa, un ejemplo de ello es El monje. Estos autores confirmaron que el gótico era algo más que una moda literaria: era una forma de canalizar las tensiones morales y sociales de su tiempo. Las protagonistas lánguidas y encerradas, los escenarios en los que se desarrollaban los textos parecían devorar a los personajes, las figuras del doble, del espectro, del monstruo: todo estaba dispuesto para hablar, de forma velada o explícita, de lo que no se podía decir de otro modo. El miedo como lenguaje y el deseo como amenaza fueron sus claves desde el comienzo.

A medida que avanzaba el siglo XIX , el género se fue refinando y diversificando. Con Mary Shelley, el monstruo dejó de ser una criatura fantástica para convertirse en resultado de la ambición humana, y en su Frankenstein el horror no está en el cadáver animado, sino en la responsabilidad moral del creador. Con Edgar Allan Poe, el miedo se volvió psicológico, clínico incluso, habitando en el deterioro de la mente, en la percepción alterada, en la pulsión de muerte que asoma bajo la belleza. Y con Bram Stoker, el género alcanzó su dimensión más simbólica: el vampiro como metáfora del contagio, del deseo, del colonialismo y de la degeneración. Cada uno de estos autores transformó el castillo gótico en otra cosa: laboratorio, cripta, ciudad, mansión, celda mental. Las historias dejaron de hablar de un mal externo para mostrar que el verdadero monstruo podía vivir bajo la piel, en la conciencia o en la herencia. Ya no bastaba con huir: lo verdaderamente inquietante era no poder escapar de uno mismo.

En el siglo XX, los textos experimentaron una mutación mucho más íntima. La casa embrujada, por ejemplo, dejó de ser una reliquia del pasado para convertirse en símbolo del trauma moderno. La maldición de Hill House de Shirley Jackson es el mejor ejemplo, en la novela, su protagonista no huye de un espectro, sino de su propia historia personal, y encuentra en la arquitectura de la mansión un amplificador emocional. La casa no está poseída por un espíritu, sino por una tensión acumulada. El espacio, como en muchas obras góticas posteriores, se convierte en una extensión del cuerpo, también del dolor psíquico y de un conflicto no resuelto. Esta tendencia no ha hecho mas que consolidarse en las últimas décadas, especialmente de la mano de autoras que han hecho del gótico un género profundamente femenino y político. Mariana Enríquez, por ejemplo, nos traslada a las calles de Buenos Aires, donde lo monstruoso no es un vampiro, sino la pobreza, la represión, la violencia policial o los fantasmas de la dictadura. Carmen María Machado, por su parte, convierte la estructura misma del relato en una trampa mental: en En la casa de los sueños, narra una relación abusiva utilizando la lógica del cuento gótico —cuartos cerrados, ruidos inexplicables, una amenaza invisible—, pero lo que se destruye no es una casa, sino la identidad emocional de la narradora.

La narrativa gótica ha sido, a lo largo del tiempo, uno de los territorios más fértiles para las autoras. Desde las hermanas Brontë hasta Angela Carter, pasando por Daphne du Maurier o Shirley Jackson, se ha convertido en un espacio donde abordar lo que otros registros no permitían: la locura, la sexualidad, la maternidad, la opresión doméstica, los cuerpos que sangran, que se transforman, que se rebelan. Es, y continúa siendo, una forma de escritura sobre el encierro: físico, psíquico, social. Hoy esa tradición sigue con fuerza, pero ha mudado de piel. Ya no hacen falta castillos ni velas ni cementerios: basta una casa con demasiados pasillos, un cuerpo marcado por el dolor o una memoria que se resiste al olvido. La arquitectura del miedo ha cambiado, pero su función sigue intacta.

En una época como la nuestra, donde abundan las narrativas de autoayuda, superación, optimismo fabricado, estas historias sombrías se atreven a decir lo que nadie quiere oír: que hay cosas que no se curan, dolores que no desaparecen, espectros que no se exorcizan. No consuelan: incomodan. No ofrecen luz al final del túnel, sino la certeza de que, en ocasiones, puede no haber túnel, ni final, ni luz. Y sin embargo, ese mismo gesto es el que las vuelve necesarias. Porque en tiempos de ansiedad colectiva, de crisis ecológica, de precariedad emocional, estas ficciones oscuras se convierten en un lenguaje de supervivencia. Nos recuerdan que el miedo no es debilidad, sino una forma de conocimiento. Que mirar la oscuridad no nos destruye, sino que nos devuelve la capacidad de sentir. Y que lo verdaderamente monstruoso no es lo ajeno, sino aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos.

03/06/2025 0 comments
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EventosLiteratura

Orvallo, el murmullo de la lluvia

by Uve Magazine 28/03/2025
written by Uve Magazine

La primera presentación de Orvallo tendrá lugar el viernes 28 de marzo a las 19:00 horas en la Librería Cervantes de Oviedo, con la participación de la autora y de la periodista y socióloga Verónica García-Peña. Será la primera de varias presentaciones que también llevarán el libro a Copenhague (25 de abril) y a la Feria del Libro en Español en Malmö (14 de junio).

Hay lluvias que no hacen ruido. No golpean con fuerza ni despiertan sobresaltos. Simplemente caen, como si acariciaran el suelo, empapando todo lo que encuentran a su paso. A esa llovizna sutil, persistente y casi invisible se la llama orvallo en Asturias. Y con esa misma delicadeza es como Marta Pastur Rubio construye su segundo libro, una colección de relatos breves que, sin levantar la voz, cala hondo.

Publicado por Uve Books y con una edición cuidada —rústica con solapas, 12 x 17 cm, 80 páginas— Orvallo es mucho más que una suma de historias. Es un viaje entre la memoria y la realidad, entre la mirada de la infancia y los ecos de la adultez. Es también un homenaje a los recuerdos, al poder de lo vivido y a las pequeñas cosas que, aunque fugaces, nos transforman.

Una autora entre dos mundos

Marta Pastur nació en Asturias, pero desde 2018 reside en Copenhague. Pedagoga de formación y máster en Neuropsicología Educativa por la Universidad de Alcalá de Henares, ha hecho de su pasión por la enseñanza un modo de vida. Tras trabajar como docente en Dinamarca, fundó su propia academia de español para niños, llamada Pollitos, donde conjuga su amor por el idioma con su vocación pedagógica.

Esa doble vida entre el norte de España y el norte de Europa ha impregnado su literatura. Si con Victoria sin cuerno, su primer libro, exploró el ámbito de la narrativa infantil ilustrada, ahora, con Orvallo, da un paso firme hacia la literatura para adultos, sin perder de vista la mirada inocente y perpleja de la niñez, aunque no es solo un libro de recuerdos ni una simple evocación nostálgica. Es también una cartografía emocional que conecta el pasado con el presente, la voz de la niña con la conciencia de la mujer, el yo autobiográfico con las vidas de muchos otros niños y niñas que Pastur ha conocido a lo largo de su vida profesional.

Desde su primer relato, despliega una sensibilidad aguda hacia lo cotidiano. Juegos infantiles, viajes en coche, charlas en el aula, el silencio de un hospital o la curiosidad ante lo desconocido se convierten en materia narrativa. A través de escenas breves, la autora teje una red de significados que giran en torno a la identidad, la fragilidad y la resistencia de la infancia.

Cada relato funciona como una pequeña estampa, una imagen que se fija en la memoria con la intensidad de un olor, una palabra o un gesto. En Efecto Proust, por ejemplo, se explora el poder de los recuerdos olfativos. En otros, como Pas de chat o Apego, se abordan el miedo a la ausencia, la pérdida y la transformación interior que implica crecer, pero lo que verdaderamente distingue a Orvallo es su capacidad para mostrar la infancia como un territorio complejo, donde conviven la ternura y el desconcierto, el juego y el trauma, la inocencia y la lucidez. Marta Pastur no idealiza el mundo infantil, sino que lo presenta como un espacio de construcción, resistencia y asombro.

La infancia como metáfora

“Con este libro de relatos he querido tender un puente entre la niñez y la vida adulta”, afirma la autora. Y ese puente se construye no solo a partir de sus vivencias personales, sino también de las historias reales de muchos niños y niñas con los que ha trabajado en Dinamarca. Algunos relatos están inspirados en situaciones conmovedoras, como la de Anisa, una niña que deseaba tener la piel blanca porque en su país el tono oscuro era sinónimo de marginación. O la de Mark y Thomas, que descubren muy pronto la vulnerabilidad de ser inmigrantes en un país ajeno.

A través de estas historias, la autora consigue ampliar el foco y trascender lo autobiográfico. Aunque Orvallo parte de lo íntimo, de lo local, se proyecta hacia lo universal. Sus temas —el apego, el miedo, la pérdida, el aprendizaje, la ternura, la nostalgia— son compartidos por lectores de cualquier edad o procedencia.

Pedagogía y literatura: un vínculo natural

El oficio de Marta Pastur como pedagoga atraviesa toda la obra. No en el sentido de una literatura didáctica, sino en el uso de la observación como herramienta narrativa. “Este proyecto nace de mi obsesión por observar”, confiesa. Y esa mirada atenta, empática, generosa, recorre cada una de las páginas del libro.

En cuentos como Hipotonía, Codo a codo o Laboratorio, la autora explora el vínculo con los niños desde la experiencia docente. Las preguntas inesperadas de los pequeños, su forma única de interpretar el mundo, su necesidad de conexión y de refugio, se convierten en claves para reflexionar también sobre la adultez y sus carencias. Estos  relatos sugieren que muchas veces somos los adultos quienes más tenemos que aprender. Y que hay una sabiduría silenciosa en los niños que solo se revela si nos detenemos, si escuchamos, si nos dejamos mojar por ese orvallo invisible que es la infancia.

Nostalgia sin almíbar

Otro de los hilos conductores del libro es la nostalgia. No como simple melancolía, sino como una forma de recuperar y resignificar lo vivido. La autora ha confesado que el libro fue también una suerte de catarsis, una forma de volver al origen desde la distancia. Desde Copenhague, este libro le ha permitido reencontrarse con su Asturias natal, con los paisajes, las personas y las emociones que la vieron crecer.

En este sentido, los relatos tienen un aire de retorno. Hay en ellos un deseo de detener el tiempo, de conservar lo perdido, de dar forma a lo inasible. Y sin embargo, no cae en la trampa del sentimentalismo. Su tono es contenido, su lirismo medido, su sensibilidad, madura. Cada texto está escrito con una prosa limpia y lírica, que sabe cuándo callar, cuándo insinuar, cuándo dejar que el lector complete el sentido. Es una escritura que no subraya, que confía en el poder de los detalles, en los gestos mínimos, en lo que queda flotando entre líneas.

Un libro que interpela

Orvallo no es un libro para devorar de una sentada. Es más bien una obra para saborear con lentitud, como quien mira llover por la ventana. Su lectura invita a detenerse, a recordar, a mirar con otros ojos lo cotidiano.

Al final, lo que Marta Pastur logra con este libro es algo muy difícil: hablarnos de cosas pequeñas que, en realidad, no lo son. Porque detrás de cada escena hay un mundo emocional que todos reconocemos. Porque todos fuimos niños alguna vez. Y todos seguimos arrastrando a ese niño interior, aunque a veces lo olvidemos.

28/03/2025 0 comments
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