Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • 0
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Copyright 2022 - All Right Reserved
Tag:

Historia del cine

CinePersonajes

Claudia Cardinale: la musa de las nostalgias

by Beatriz Menédez Alonso 03/10/2025
written by Beatriz Menédez Alonso

He pensado mucho en cómo comenzar este homenaje: con un recuerdo, un gesto, una imagen fija que nos devuelva no solo lo que fue, sino lo que sigue siendo. Y ha aparecido ella, de pronto, en el gran salón dorado de El gatopardo. Ese momento del vals en que el príncipe don Fabrizio Salina (Burt Lancaster) baila con Angélica Sedara (Claudia Cardinale): la mirada, el vestido, la luz, el silencio. Ese instante concentra lo que Claudia Cardinale fue: la encarnación de la belleza enfrentada a la Historia; la joven que desborda la corteza del pasado; el resplandor justo antes del declive.

Porque no fue una simple actriz. Fue presencia: al mismo tiempo fugitiva y permanente. Nacida en Túnez, hija de sicilianos, con el acento dividido entre la brisa del Mediterráneo y los ecos de Sicilia, vivía en un umbral identitario. Esa doble pertenencia le otorgó la capacidad de no ser del todo una ni otra, sino puente entre mundos.

A sus 87 años, su figura se aleja, pero deja tras de sí un rastro luminoso: el de una voz que hablaba con la mirada, que conjuraba deseos en susurros de luz, que encarnó la tensión sorda entre lo viejo que resiste y lo nuevo que empuja.

El gatopardo: de la página al celuloide

El gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, no es solo un relato histórico: es una elegía, un acto de memoria, un duelo lento. Publicada póstumamente en 1958, narra la decadencia de la aristocracia siciliana ante el ascenso de la burguesía durante el Risorgimento. Príncipes y nobles observan impotentes cómo sus palacios ya no resuenan con esperanzas; su mundo se descompone bajo nuevas ambiciones.

En la prosa de Lampedusa hay una temblorosa belleza: el polvo, la dignidad a punto de quebrarse, los gestos que ya no tienen fuerza.

Luchino Visconti dirigió en 1963 una adaptación monumental de El gatopardo. Él mismo, aristócrata comunista y cinéfilo esteta, comprendió el texto con una profundidad casi autobiográfica. Novela y director se reflejan mutuamente: dos príncipes, uno literario, otro cinematográfico, conscientes de que el relato profundo no está en la trama, sino en lo que desaparece.

Y entonces entra ella.

Poderosa y delicada, nueva y vieja al mismo tiempo. Angélica Sedara no es aristocrática por nacimiento: es hija de un burgués, de otro tiempo. Pero en ella confluyen lo antiguo y lo emergente.

En su piel, Cardinale lleva esa tensión con una naturalidad que deslumbra: se convierte en el nexo entre la nobleza que declina y la burguesía que asciende, con su músculo, su impudicia, su hambre de luz.

La Angélica de Cardinale es pura vitalidad: risa, piel, vestidos relucientes. Pero también es sombra: intuye que su juventud es horizonte, que el brillo no será eterno. Al unirse a Tancredi, al bailar con el príncipe, al cruzar los salones, no solo protagoniza una historia de amor: encarna un rito de transición. Su presencia proclama la victoria de lo nuevo, pero también la lenta agonía de un mundo que se extingue.

Visconti lo sabía, y lo filmó con reverencia. En cada gesto suyo, cada silencio, cada mirada, hay algo de sagrado. La cámara la ama y la teme a la vez. Porque Angélica no es solo belleza: es fuerza que irrumpe, que transforma. Y para eso, hace falta sacrificio.

La escena del baile, que ocupa casi una hora de la película, es uno de los logros más ambiciosos del cine italiano y fue para la actriz, en sus propias palabras, extenuante. El vestido pesaba tanto que apenas podía moverse, ni comer, ni levantarse. «Si me sentaba, no podía volver a incorporarme», confesó, y esa frase resume el ocaso de una aristocracia que, aunque aún brillaba, había perdido toda su vitalidad. El esplendor que muestra es artificial, agónico, casi un ritual vacío que busca ocultar la decadencia. Los salones, aunque suntuosos, «crujen»; los bordados, lejos de adornar, oprimen; la música, en lugar de celebrar, suena a despedida.

En medio de esa atmósfera cargada de belleza y muerte, de lujo y clausura, Angélica —y con ella, Claudia— sostiene la escena. Su juventud, su belleza, no son solo atributos estéticos: están cargados de sentido. Ella representa el relevo generacional, pero también la imposibilidad de una verdadera continuidad. No hay futuro en esa juventud porque el sistema que la rodea está colapsando.

Musa de Visconti, icono inevitable

Ser musa no es un destino fácil. Es ser símbolo, memoria, proyección. Claudia Cardinale lo fue para varios directores, pero su relación con Visconti fue singularmente íntima. Él —aristócrata milanés con mentalidad marxista, obsesionado por la decadencia, por la forma, por el detalle— encontró en ella algo que no se puede fingir: autenticidad. Claudia tenía cuerpo, voz, latido. Y una inteligencia emocional capaz de contener gestos mínimos y emociones vastas.

Visconti —aristócrata milanés de cuna, marxista de convicción, esteta hasta el último gesto— encontró en Claudia algo que él buscaba desesperadamente en sus películas: una belleza que no necesitaba explicarse. Ella tenía cuerpo, sí, pero también voz, temple, misterio. Su presencia en pantalla no era la de una actriz que interpreta, sino la de una figura que encarna. En ella había verdad y eso, para Visconti, era el mayor de los lujos. La autenticidad no se actúa: se es o no se es.

Era, en muchos sentidos, un hombre del siglo XIX atrapado en el XX. Su cine era un teatro de pasiones grandiosas contenidas en encuadres milimétricamente controlados. Cada plano suyo era una composición pictórica y, al mismo tiempo, una elegía. Le obsesionaban los gestos sutiles que delataban un mundo en descomposición: el temblor en una mano aristocrática, el suspiro reprimido, el desgaste de un vestido caro. Ella fue para el director más que una actriz: fue una presencia. Un espejo donde mirar sus obsesiones, un cuerpo donde proyectar sus visiones. Fue, en cierto modo, su testigo más callada.

Pero Claudia Cardinale no fue solo uno de los rostros más bellos del cine europeo del siglo XX: fue también una figura que negoció con inteligencia su lugar en una industria que exigía sumisión, exhibicionismo y docilidad femenina. Su historia personal estuvo atravesada por elecciones difíciles, silencios estratégicos y resistencias persistentes que le dieron a su belleza un carácter inusual: se resistió al rol de «diva decorativa».

A diferencia de muchas actrices de su generación, no aceptó explotar su cuerpo como moneda de cambio. No hizo desnudos, incluso cuando los contratos lo insinuaban como inevitable. Su negativa fue firme, incluso cuando eso significaba perder papeles o enfrentar presiones.

Aunque trabajó con los nombres más grandes del cine —Fellini, Visconti, Leone, Blake Edwards, Herzog— nunca se dejó devorar por el star system. Vivió dentro de él, sí, pero sin entregarse a sus reglas. No cultivó el escándalo, no se construyó un personaje de femme fatale vacía, ni jugó a ser la musa pasiva.

En Hollywood la quisieron convertir en una «nueva Sophia Loren», pero ella prefirió seguir trabajando en Europa, en papeles que la desafiaban intelectualmente o emocionalmente.

En sus entrevistas siempre se mostró reservada, pero firme. No necesitó exponer su vida privada para mantenerse vigente. Esa capacidad de conservar una parte inaccesible de sí misma fue, sin duda, una forma de poder.

Quien haya visto El gatopardo recordará, inevitablemente, la liturgia triste del final: el príncipe frente al espejo, su juventud disuelta, el lujo convertido en eco. Y recordará a Angélica, joven, radiante, cargando sobre sus hombros la primavera de los otros.

Con Claudia Cardinale se nos va un capítulo esencial de ese cine, pero no se apaga la llama que encendió. Queda su imagen: una que no envejece, porque nunca fue solo apariencia. Queda su voz: como poseía una voz profunda y hablaba italiano con un marcado acento francés, fue doblada en sus primeras películas. En El gatopardo, por ejemplo, su diálogo fue sustituido por la voz de Solvejg D’Assunta. Sin embargo, hay momentos en los que su verdadera voz logra filtrarse. En una escena memorable, cuando ella y Alain Delon corren por la casa vacía, se escucha su risa: grave, cálida, inconfundible. Queda su andar entre los salones: esa mezcla de poder y de peligro.

Y así como la novela de Lampedusa pide ser leída y releída, como Visconti exige ser revisitado, Claudia Cardinale merece ser mirada de nuevo. Que cada vez que veamos El gatopardo, cada vez que escuchemos su risa grave, sintamos ese soplo: de melancolía, de belleza, de un mundo que se va, pero deja su huella indeleble.

03/10/2025 0 comments
5 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
ArteCine

Nosferatu y el origen del terror visual

by Uve Magazine 27/12/2024
written by Uve Magazine

Desde sus inicios, el cine ha sido un medio capaz de explorar los rincones más oscuros de la imaginación humana, y pocas obras encarnan este potencial como Nosferatu: Una sinfonía del horror (1922) dirigida por F. W. Murnau. .

Esta película no solo transformó el género del terror, sino que también se convirtió en un emblema del cine mudo, destacando por su audaz mezcla de innovación, polémica y un estilo visual inolvidable.

Su génesis parte del deseo del productor Albin Grau de plasmar un relato de vampiros en la gran pantalla. Grau, un ocultista apasionado por lo sobrenatural, se inspiró en anécdotas sobre vampiros que escuchó de un campesino serbio durante la Primera Guerra Mundial. Aunque la idea inicial era adaptar la novela Drácula de Bram Stoker, los problemas legales con los derechos de autor llevaron al guionista Henrik Galeen a transformar la narrativa, creando así a Graf Orlok, un vampiro que redefiniría el terror visual y emocional.

La producción fue asumida por Prana Film, una compañía que, destinada a explorar temáticas esotéricas, apenas sobreviviría a los problemas legales que vendrían después. La elección de F. W. Murnau como director fue clave para dar vida a esta visión sombría.

Murnau, es uno de los nombres más emblemáticos del cine expresionista alemán. Nacido el 28 de diciembre de 1888 en Bielefeld, Alemania, se convirtió en una figura clave en la evolución del cine durante las primeras décadas del siglo XX. Su capacidad para conjugar innovación técnica, narrativa y visual lo estableció como uno de los directores más influyentes de la historia del séptimo arte.

Antes de adentrarse en el mundo del cine, Murnau estudió literatura alemana, historia del arte y teatro en la Universidad de Heidelberg, lo que marcó profundamente su estilo cinematográfico. Durante este período, descubrió las obras de escritores como Goethe y Schopenhauer, cuyas ideas filosóficas y literarias encontrarían eco en sus películas. Tras servir en la Primera Guerra Mundial como piloto, regresó a Alemania y comenzó a trabajar en teatro bajo la tutela de Max Reinhardt, un destacado director teatral. Este contacto con el teatro expresionista, conocido por su enfoque visual en la iluminación y la escenografía, sentó las bases de su posterior trabajo en el cine.

Murnau debutó como director en 1919 con la película Der Knabe in Blau. Sin embargo, fue su trabajo en Der letzte Mann (1924) el que lo consolidó como un innovador. En esta obra, utilizó la llamada “cámara desencadenada”, que permitía movimientos fluidos y expresivos, una revolución para la época. Además, Der letzte Mann destacó por su narrativa visual, evitando el uso de intertítulos y confiando exclusivamente en las imágenes para contar su historia. Sin embargo, su obra más icónica ha sido Nosferatu: Una sinfonía del horror .

Conocido por su dominio del lenguaje visual y su inclinación por el expresionismo, Murnau creó una estética envolvente que marcaría un estándar en el cine. El rodaje, realizado en paisajes naturales de Alemania y Eslovaquia, capturó la atmósfera escalofriante que requería la historia. El Castillo de Orava, con sus corredores sombríos y torres góticas, se convirtió en un personaje más de la película, reforzando el entorno ominoso.

Nosferatu, 1922

El papel del Conde Orlok, el vampiro de apariencia cadavérica y movimientos antinaturales, fue interpretado por Max Schreck, un actor cuya presencia en pantalla resultó muy inquietante. Nacido el 6 de septiembre de 1879 en Berlín, Alemania, Schreck se formó en artes dramáticas y desarrolló gran parte de su carrera en el teatro antes de incursionar en el cine. Aunque actuó en varias películas, su interpretación en Nosferatu eclipsó el resto de su carrera. Su habilidad para encarnar al Conde Orlok, con una transformación física impresionante, lo consolidó como una figura imprescindible del cine de terror.

Gustav von Wangenheim, nacido el 18 de febrero de 1895 en Wiesbaden, Alemania, interpretó a Thomas Hutter, el joven agente inmobiliario que viaja al castillo del Conde Orlok y desata los eventos principales de la historia. Von Wangenheim provenía de una familia de actores y tenía experiencia tanto en teatro como en cine. Además de su carrera actoral, fue director y escritor, destacándose por su compromiso con las ideas progresistas de la época. Aunque su papel en Nosferatu es recordado principalmente por su ingenuidad y valentía, su vida posterior estuvo marcada por su afiliación al partido comunista y su exilio durante el nazismo. Por su parte, Greta Schröder, nacida el 27 de junio de 1891 en Düsseldorf, Alemania, dio vida a Ellen Hutter, la esposa de Thomas, cuya pureza e inocencia se convierten en un elemento central de la trama. Ellen es el objetivo del Conde Orlok y también la clave de su destrucción. Schröder era una actriz destacada del cine mudo y participó en varias producciones alemanas durante la década de 1920. Sin embargo, su legado cinematográfico está irremediablemente ligado a Nosferatu, donde su actuación transmite una mezcla de vulnerabilidad y fortaleza que cautiva a los espectadores.

Alexander Granach interpretó a Knock, el jefe de Hutter, un personaje excéntrico y perturbador que actúa como sirviente humano del Conde Orlok. Granach, nacido el 18 de abril de 1890 en el Imperio Austrohúngaro (actual Ucrania), tuvo una infancia humilde antes de dedicarse al teatro. Su carácter expresivo y su talento natural lo llevaron al éxito en el escenario y el cine. Después de Nosferatu, continuó su carrera en Alemania hasta que el ascenso del nazismo lo obligó a emigrar a los Estados Unidos, donde trabajó en producciones de Hollywood. Su interpretación de Knock, con su locura y gestos exagerados, sigue siendo uno de los elementos más memorables de la película.

Georg H. Schnell interpretó a Herr Harding, amigo cercano de los Hutter, mientras que Ruth Landshoff dio vida a Annie, su esposa. Aunque sus roles son secundarios, ambos actores aportaron una dimensión realista y emocional a la historia. Schnell fue un actor con una carrera prolífica en el cine mudo, mientras que Landshoff también se destacó como escritora y periodista, especialmente tras emigrar a los Estados Unidos debido a su origen judío.

Uno de los aspectos más impactantes de Nosferatu fue la interpretación de Max Schreck como el Conde Orlok, cuya transformación física, con orejas puntiagudas, ojos hundidos y una cadavérica apariencia, creó una de las figuras más icónicas del cine de terror. Su inquietante presencia en pantalla generó mitos sobre su identidad, incluyendo la idea de que era un vampiro real, una ficción explorada en Shadow of the Vampire (2000). Aunque estas leyendas son solo parte del folclore cinematográfico, su actuación sigue siendo objeto de fascinación. El lenguaje visual de Murnau, marcado por el uso innovador de la luz y la sombra, elevó la película a un nivel artístico excepcional, con técnicas como la aceleración, la inversión de negativos y el stop-motion que aportaron un aura sobrenatural al film. Escenas memorables, como la del Conde Orlok emergiendo rígidamente de su ataúd o proyectando su sombra alargada en una escalera, simbolizan el dominio visual de Murnau y su capacidad para capturar la esencia del terror. Sin embargo, la película no estuvo exenta de controversias, ya que Florence Stoker, viuda de Bram Stoker, demandó a Prana Film por violación de derechos de autor, logrando que se ordenara la destrucción de todas las copias de la película. Afortunadamente, algunas versiones sobrevivieron gracias a distribuciones internacionales y copias clandestinas, lo que aseguró que Nosferatu alcanzara el estatus de clásico. Con el tiempo, la obra ha sido restaurada y revalorizada, consolidándose como una fuente de inspiración para cineastas, artistas y escritores.

27/12/2024 0 comments
0 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp

Apúntate a nuestra newsletter

Recibe las novedades de cada semana en tu email

Artículos populares

  • 1

    Luis XIV. El esplendor y la sombra del Rey Sol

    15/05/2024
  • 2

    ¿De quién son las ideas?

    20/12/2023
  • 3

    Donde habita el olvido: El Fantasma del sanatorio

    10/01/2026
  • 4

    Yoshitomo Nara. Un universo de emociones

    20/05/2024
  • 5

    Antoni Gaudí y su legado inmortal

    10/06/2024
  • 6

    Cuando la creación se sale de la órbita

    02/12/2025

Categorias

  • Agenda
  • Amores extraños
  • Arte
  • Cine
  • En corto
  • Entrevistas
  • Eventos
  • Historias del occidente
  • Literatura
  • Los fantasmas olvidados
  • Música
  • Noticias
  • Pensamiento
  • Personajes
  • Reseñas
  • Sin categoría

Selección de los editores

El Thyssen revisita Express de Robert Rauschenberg
by Uve Magazine 13/01/2026
España, país invitado en los Ithra Cultural Days 2026
by Uve Magazine 12/01/2026
Donde habita el olvido: El Fantasma del sanatorio
by Verónica García-Peña 10/01/2026

Artículos aleatorios

Vidas mínimas en el nuevo realismo sucio
by Valeria Cruz 02/07/2025
La leyenda que florece en libros
by Uve Magazine 23/04/2025
Wilhelm Rönthem y los rayos X
by Uve Magazine 27/03/2023

Categorías populares

  • Arte (89)
  • Literatura (88)
  • Eventos (67)
  • Agenda (44)
  • Música (41)
  • Personajes (37)
  • Noticias (25)
  • Pensamiento (23)
  • Sin categoría (22)
  • Cine (17)

Uve Magazine es un espacio para quienes disfrutan pensando la cultura sin prisas.
Hablamos de literatura, arte, música e historia desde una mirada feminista, crítica y sensible. Publicamos cada semana artículos, relatos, poesía, entrevistas, efemérides… y también proponemos encuentros, charlas y eventos culturales dentro y fuera de la pantalla.

¿Quieres proponer una colaboración, un texto o una idea para un evento?
Puedes escribirnos a través del formulario de contacto. Leemos todo.

 

Las opiniones, juicios y afirmaciones expresadas en los artículos publicados en este sitio web corresponden únicamente a sus autores y no reflejan necesariamente la postura de este medio. El portal no asume responsabilidad alguna, directa o indirecta, por los contenidos, consecuencias o posibles reclamaciones derivadas de dichos textos, que son de exclusiva responsabilidad de quienes los firman.

Facebook Instagram

@2025 – Uve Magazine. All Right Reserved.

  • Política de privacidad
  • Política de cookies
  • Contacto
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
@2022 – Uve Magazine. All Right Reserved.

Carrito

Cerrar

No hay productos en el carrito.

Cerrar