Una historia de teatro y resistencia, la autobiografía de Cristina Rota que Grijalbo publica el 7 de mayo de 2026, no sigue las convenciones del género. Sus 304 páginas, prologadas por sus hijos Nur Levi, María Botto y Juan Diego Botto, no recorren su carrera de principio a fin ni encadenan anécdotas teatrales. Es el relato de una mujer que cuenta lo que ha vivido sin adornos.

Nació en La Plata. Su padre, huérfano a los catorce años, amante del violín y de la pintura italiana, fue inducido al juego por un tío y acabó perdiendo la casa familiar dos veces. Cristina, todavía niña, vio a los representantes del banco entrar en el jardín con un atril y un martillo para subastar su casa delante de la gente. “No recuerdo haber sentido nunca simpatía por la gente optimista”, escribe. Su pesimismo, dice, nació en parte de la curiosidad y en parte de no tener motivos para ver la vida color de rosa.
El teatro llegó pronto. A los catorce años se presentó a una prueba universitaria con un monólogo de la Electra de Sófocles, subida a un cubo, pidiendo a gritos que Orestes la defendiera. Allí encontró, dice, la razón de su vida. Una gira por la Patagonia, que empezó como una salida breve y se alargó meses por una huelga, la llevó a actuar en pueblos donde nadie había visto nunca teatro. De aquel viaje volvió convencida de que el arte no podía vivir al margen de la injusticia.
En Buenos Aires, en las clases de Carlos Gandolfo Alezzo, conoció a Diego Fernando Botto. Lo describe así: “Demasiado guapo, demasiado refinado”. Compartieron escenario, militancia, casa e hijos: María primero, Juan Diego en 1975. La maternidad no frenó el compromiso, lo hizo más concreto. Pero Argentina se rompía. Diego dejó la actuación para entregarse a la política; Cristina, intuyendo lo que venía, pedía replegarse. “Acordate siempre, Rota”, le dijo él en algún momento, “lo más revolucionario es vivir y que no nos saquen la sonrisa”.
Después vino la desaparición. Y con ella lo que Rota describe como lo más terrible de esa figura: que delega en los familiares la tarea de aceptar la muerte. Una tiene que pedirle a la esperanza, escribe, que baje los brazos. Recuerda el día en que abrió los armarios para preparar la huida y tocar la ropa de Diego fue como caer al vacío. Olerla, dice, era seguir esperando a alguien que aún podía volver. Salió del país embarazada de siete meses, con un vestido cosido por su madre para que nadie lo notara. Aterrizó en Madrid y lo primero que escuchó, en el coche desde el aeropuerto, fue que allí no había trabajo “ni para los de aquí”.
Y, sin embargo, desde esa precariedad empezó todo lo demás. En 1979 abrió una escuela de teatro con clases improvisadas. Años después, invirtiendo todos sus ahorros, levantó la Sala Mirador en Lavapiés. Por sus aulas pasaron Penélope Cruz, Ernesto Alterio, Antonio de la Torre, Marta Etura, Fernando Tejero y sus propios hijos, entre muchos otros. No quería solo formar actores; quería formar personas capaces de pensar, de gestionar sus propios proyectos y de crear comunidad.
En 2010 recibió la Medalla de Oro de las Bellas Artes, pero el libro no se cierra con premios. Se cierra recordando que esta historia la han vivido un millón de mujeres antes y la siguen viviendo ahora. La palabra, dice, es la herramienta de quienes no están dispuestos a sellar sus labios ante la verdad o el olvido.