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arte moderno

Arte

El simbolismo en el arte y lo invisible

by Uve Magazine 29/12/2025
written by Uve Magazine

El simbolismo no surgió como una forma de describir el mundo visible ni para tranquilizar al espectador con escenas amables y reconocibles, sino como una respuesta deliberada a una época que confiaba de forma casi absoluta en la razón, la ciencia y el progreso técnico, y que había relegado a un segundo plano todo aquello que no podía medirse, explicarse o demostrarse. Frente a esa fe en lo tangible, los artistas simbolistas comenzaron a trabajar con imágenes cargadas de ambigüedad, referencias míticas, estados emocionales y obsesiones íntimas, convencidos de que el arte no debía limitarse a reproducir la realidad externa, sino a explorar aquello que ocurre en zonas más profundas y menos visibles de la experiencia humana. Quizá por eso, más de un siglo después, el simbolismo no solo no resulta ajeno, sino que continúa interpelándonos con una fuerza que otros movimientos, más ligados a su contexto histórico, han ido perdiendo con el tiempo.

El simbolismo, desarrollado principalmente entre finales del siglo XIX y los primeros años del XX, no fue un estilo cerrado ni una escuela homogénea, sino una actitud compartida ante la creación artística, que se manifestó tanto en la pintura como en la literatura y la música, y que partía de una premisa clara: la realidad visible no agota el sentido de las cosas. Para los simbolistas, lo importante no era el objeto representado, sino la carga de ideas, sensaciones y asociaciones que ese objeto podía activar en quien lo contemplaba, de modo que la obra se convertía en un espacio abierto a la interpretación, más cercano a la experiencia del sueño que a la descripción racional. En lugar de escenas cotidianas o narrativas claras, aparecieron figuras enigmáticas, paisajes irreales, cuerpos suspendidos en estados ambiguos, imágenes que no se ofrecían como respuestas, sino como preguntas.

La aparición (1874-1876), de Gustave Moreau, Museo Gustave Moreau, París

El símbolo como rechazo de la razón dominante

El contexto histórico resulta fundamental para entender esta deriva hacia lo simbólico, ya que surge en un momento en el que Europa se encontraba profundamente marcada por el avance industrial, la confianza en el progreso científico y una concepción del mundo cada vez más mecanizada, en la que todo parecía tener una explicación lógica o una utilidad práctica. Muchos artistas percibieron ese clima como una forma de empobrecimiento espiritual, en la medida en que dejaba fuera aspectos esenciales de la vida interior, como el deseo, el miedo, la culpa, la fascinación por la muerte o la necesidad de trascendencia. Frente a la claridad racional, el simbolismo eligió la sugerencia; frente a la explicación, el misterio; frente a la objetividad, la subjetividad radical.

De ahí que los temas que atraviesan este estilo resulten tan persistentes y reconocibles, incluso para un espectador contemporáneo. La muerte aparece no como un acontecimiento heroico o solemne, sino como una presencia constante, casi cotidiana, que se manifiesta en figuras espectrales, islas solitarias, cuerpos inmóviles que parecen debatirse entre el sueño y la desaparición. El mundo onírico ocupa también un lugar central, no como evasión, sino como espacio en el que se suspenden las reglas de la lógica y afloran imágenes que condensan deseos y temores difíciles de articular de otro modo. El erotismo, a menudo atravesado por una tensión inquietante entre atracción y amenaza, se convierte en un territorio simbólico donde se mezclan placer, culpa y poder, mientras que la espiritualidad se presenta desligada de la religión institucional, más cercana a una búsqueda individual y ambigua de sentido.

Artistas como Odilon Redon, con sus figuras flotantes y sus criaturas imposibles, o Arnold Böcklin, cuya Isla de los muertos condensa como pocas imágenes la sensación de tránsito y soledad, entendieron el arte como una forma de visualización de lo invisible, un medio para dar forma a aquello que no puede decirse con palabras. Gustave Moreau recurrió a la mitología y a los relatos bíblicos no para ilustrarlos, sino para convertirlos en escenarios mentales densos y cargados de significado, mientras que figuras como Fernand Khnopff exploraron la introspección, el aislamiento y la distancia emocional a través de composiciones silenciosas y perturbadoras. Incluso Gustav Klimt, frecuentemente asociado a otros movimientos, participó de esta sensibilidad simbolista al convertir el cuerpo, el oro y la ornamentación en vehículos de reflexión sobre la vida, la muerte y el deseo.

Floresta sagrada (1882), de Arnold Böcklin, Kunstmuseum, Basilea

Por qué el simbolismo sigue siendo actual

Que el simbolismo continúe funcionando hoy no es una cuestión de nostalgia, sino de afinidad con un presente que, pese a su aparente transparencia informativa, sigue atravesado por incertidumbres profundas y contradicciones no resueltas. En un entorno saturado de imágenes inmediatas y mensajes explícitos, el simbolismo propone una experiencia opuesta, que exige tiempo, atención y una disposición a aceptar lo ambiguo, lo incompleto y lo inquietante. Su influencia se percibe con claridad en el cine contemporáneo, especialmente en aquellas obras que renuncian a explicaciones cerradas, así como en la música, la fotografía o el arte actual, donde el uso de símbolos sigue siendo una herramienta fundamental para abordar cuestiones relacionadas con la identidad, el trauma, la memoria o el deseo.

Acercarse a una obra simbolista no implica descifrar un código oculto ni encontrar un significado único, sino aceptar que el sentido se construye en la relación entre la imagen y quien la observa, y que esa relación puede cambiar con el tiempo, también supone dejarse afectar por ella, permitir que genere preguntas más que respuestas, y reconocer que hay experiencias que no pueden reducirse a una interpretación cerrada. En ese gesto, que va a contracorriente de la necesidad constante de claridad y rapidez, reside buena parte de su vigencia.

En última instancia, puede entenderse como una forma de resistencia silenciosa frente a un mundo que exige explicaciones inmediatas y resultados medibles, y que deja poco espacio para lo incierto, lo contradictorio o lo profundo. Al reivindicar la sugerencia, la pausa y el misterio, el simbolismo no solo habla de su tiempo, sino también del nuestro, recordándonos que no todo lo valioso es transparente ni fácil de nombrar, y que quizá ahí, en esa zona oscura y ambigua, sigue estando una de las funciones esenciales del arte.

El carro de Apolo (1905-1914), de Odilon Redon, Museo de Orsay, París
29/12/2025 0 comments
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Picasso y Klee en el Thyssen

by Uve Magazine 01/10/2025
written by Uve Magazine

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza prepara para el otoño una de las exposiciones más sugerentes de los últimos años. Del 28 de octubre de 2025 al 1 de febrero de 2026 se mostrará en Madrid Picasso y Klee en la colección de Heinz Berggruen, un recorrido de medio centenar de obras que permitirá asistir a un diálogo artístico de enorme intensidad entre dos creadores fundamentales del siglo XX y, al mismo tiempo, recuperar la figura de uno de los coleccionistas más influyentes del pasado siglo: Heinz Berggruen.

El proyecto nace de la colaboración con el Museum Berggruen de Berlín, institución que custodia el legado reunido por el marchante alemán y que, durante la remodelación de su sede, ha impulsado desde 2022 una serie de itinerancias internacionales en Japón, China, Australia y varias ciudades europeas. Madrid se suma ahora a esa lista, acogiendo un conjunto de piezas que permiten mirar de nuevo a Picasso y Klee desde la perspectiva de un coleccionista que los consideraba no solo esenciales en la historia del arte moderno, sino también complementarios en sus búsquedas creativas.

La muestra, comisariada por Paloma Alarcó y Gabriel Montua, se articula en torno a cuatro grandes núcleos temáticos: retratos y máscaras, paisajes, objetos y arlequines y desnudos. En cada sección se ponen en paralelo obras de ambos artistas que, pese a sus diferencias de temperamento, revelan afinidades profundas. Picasso aparece como un creador terrenal, excesivo, sensual, con una energía meridional que lo lleva a deformar la realidad con una audacia desbordante. Klee, en cambio, se nos presenta como un artista introspectivo, espiritual, cargado de un lirismo intelectual que transforma cada motivo en metáfora. Y, sin embargo, ambos comparten un mismo espíritu de experimentación, un interés por lo grotesco y lo satírico, por la distorsión del cuerpo humano, por la caricatura como herramienta para desvelar verdades ocultas.

Los retratos y máscaras ocupan un lugar central en este diálogo. En el caso de Picasso, las deformaciones que aplica a las figuras femeninas, como en sus representaciones de Dora Maar, muestran hasta qué punto concibió el retrato no como reproducción fiel de la apariencia, sino como un campo de metamorfosis en el que lo grotesco se convierte en revelación. La influencia de las máscaras africanas y oceánicas se advierte en obras como los estudios para Las señoritas de Aviñón, donde el artista hallaba un potencial mágico y transformador. Klee, por su parte, llevó su fascinación por los rostros enmascarados hacia una investigación de lo invisible. Inspirado por el museo etnográfico de Múnich y los teatros de marionetas, buscaba reflejar aquello que permanece oculto tras la superficie, a menudo mediante un grafismo de apariencia ingenua que sin embargo revela una carga inquietante, como en Dama con lacre o La señora R. viajando por el sur.

El paisaje constituye otro de los territorios de encuentro. Para Picasso fue un campo de experimentación decisivo en la gestación del cubismo, con ejemplos célebres como las panorámicas de Horta del Ebro. Aunque no cultivó el género con la misma constancia, algunas piezas incluidas en la exposición, como Naturaleza muerta delante de una ventana, Saint-Raphaël o Vista de Saint-Malo, muestran su capacidad para reinventar la tradición. En el caso de Klee, el viaje a Túnez en 1914 marcó un punto de inflexión. Allí encontró la clave para un lenguaje que ya no buscaba imitar la naturaleza, sino dialogar con ella en un plano más profundo. Obras como Ciudad de ensueño o Casa giratoria revelan cómo integró influencias cubistas en un mundo visual propio, hecho de geometrías flotantes y arquitecturas oníricas.

El terreno de la naturaleza muerta, o de las cosas, se presenta como otro espacio de afinidad. Si en el siglo XVII este género remitía a la fugacidad de la vida, en el siglo XX Picasso y Klee lo convirtieron en un laboratorio formal. Picasso, influido por Cézanne, fragmentó la materia y el espacio, e introdujo objetos reales en sus composiciones para fundir lo representado con lo tangible. Su Naturaleza muerta con racimo de uvas de 1914, con periódicos y serrín incorporados a la tela, marca el nacimiento del cubismo sintético. Klee, en cambio, buscó la esencia de los objetos en su estructura interna, defendiendo que su verdadero ser iba más allá de lo visible. Obras como Porcelana china o Flor y fruta revelan esa voluntad de captar un dinamismo orgánico en elementos aparentemente inanimados.

La sección final reúne arlequines y desnudos, dos universos que Picasso abordó de manera obsesiva a lo largo de su vida. Desde los Dos bañistas de 1921 hasta Silenos con danzantes de 1933, pasando por sus múltiples arlequines —entre ellos el célebre Arlequín sentado de 1905—, se despliega un repertorio de cuerpos fragmentados, sensuales, teatrales. El circo y el desnudo aparecen como escenarios donde la vitalidad y la vulnerabilidad se entrelazan. Klee se acercó al mundo circense desde una óptica distinta, en la que la figura humana se funde con la arquitectura y el color, como en Arlequín en el puente o Despertar, donde la silueta reclinada parece integrarse con el fondo en un todo armónico.

La exposición no es solo una oportunidad de contemplar obras maestras, sino también de entender el papel decisivo de Heinz Berggruen. Nacido en Berlín en 1914 y exiliado durante el nazismo, trabajó en el San Francisco Museum of Art y colaboró con Diego Rivera antes de regresar a Europa tras la guerra. En París abrió en 1948 su primera galería y, más tarde, la célebre Galerie Berggruen & Cie. Durante décadas fue una figura clave en el mercado internacional, rescatando obras de colecciones privadas y acercándolas a mecenas contemporáneos. A partir de los años ochenta se volcó en el coleccionismo personal, con una clara preferencia por Picasso y Klee. Su colección fue adquirida en el año 2000 por el gobierno alemán, dando lugar al Museum Berggruen, parte de la Nationalgalerie. El paralelismo con Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, cuya colección también acabó en manos de un Estado, es evidente: ambos entendieron el coleccionismo no solo como acumulación de bienes, sino como una forma de transmisión cultural al servicio del público.

Que hoy Madrid acoja esta selección significa recuperar no solo la huella de dos de los artistas más influyentes de la modernidad, sino también el gesto generoso de un coleccionista que supo ver en ellos los pilares de una época. En sus memorias, Berggruen los definió como “los dos creadores fundamentales de la primera mitad de nuestro siglo”. La exposición confirma esa convicción, mostrando cómo dos lenguajes distintos podían coincidir en la misma voluntad de transformación: alterar las formas para revelar lo invisible, deformar lo humano para acercarse a lo esencial, convertir lo trivial en un campo de descubrimiento.

Los visitantes encontrarán en el Thyssen no solo cuadros célebres como Dora Maar con uñas verdes, Mujer con lacre o Arlequín sentado, sino también la oportunidad de comprender cómo la pintura del siglo XX fue capaz de reinventar el modo de mirar. El humor corrosivo de Picasso y la delicadeza metafórica de Klee se dan la mano en una muestra que es, más que una confrontación, una conversación sin tiempo.

01/10/2025 0 comments
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