En 1857 una novela fue llevada ante los tribunales franceses acusada de atentar contra la moral pública, no porque describiera actos especialmente escandalosos ni porque buscara provocar desde el exceso, sino porque se permitía algo mucho más incómodo para su tiempo: conceder centralidad narrativa al malestar de una mujer casada sin convertirlo en advertencia ni en ejemplo correctivo. Madame Bovary, escrita por Gustave Flaubert, se enfrentó a la justicia porque no ofrecía al lector una lectura guiada, porque no señalaba con claridad dónde debía situarse el juicio moral, y porque al hacerlo trasladaba una responsabilidad que entonces resultaba peligrosa, la de pensar sin tutela.
La acusación no se sostenía tanto en lo que la novela contaba como en la forma en que lo hacía, mediante una prosa que observaba con precisión y una distancia calculada que evitaba cualquier gesto de absolución o condena explícita, dejando al personaje existir en su contradicción sin someterlo a un castigo narrativo que calmara conciencias. En una sociedad donde la literatura seguía cumpliendo una función pedagógica, esa negativa a ordenar el sentido era interpretada como una amenaza, ya que permitía que el lector se aproximara a la experiencia de Emma Bovary sin un marco moral que neutralizara su incomodidad.
Resulta revelador que el escándalo no procediera de la transgresión en sí misma, sino del modo en que esta era presentada, porque el deseo femenino había sido representado antes, aunque casi siempre bajo formas que lo reducían a desvío, patología o falta corregible. Flaubert no hacía ninguna de esas cosas, y al negarse a justificar o a explicar en exceso lo que ocurría en la mente de su protagonista, abría un espacio de ambigüedad que ponía en cuestión el reparto habitual de roles, tanto en la ficción como fuera de ella.
Ese mismo malestar volvería a manifestarse años después en la recepción de El retrato de Dorian Gray, cuando Oscar Wilde fue acusado de promover una sensibilidad peligrosa, no tanto por lo que la novela mostraba de forma explícita como por lo que dejaba deliberadamente sin cerrar, al sugerir que el placer, la belleza o la corrupción podían existir sin una sanción inmediata que restableciera el orden moral. En ambos casos, lo que se cuestionaba no era la moral dominante en sí misma, sino el derecho de la literatura a no reafirmarla de manera directa.
Leídas hoy, estas obras parecen haber perdido su capacidad de escándalo, en parte porque el contexto ha cambiado y en parte porque han sido absorbidas por una categoría que las protege, la de los clásicos, donde el texto se vuelve respetable y, en cierto modo, inofensivo. La familiaridad, la repetición académica y la lectura obligatoria han contribuido a suavizar su impacto, convirtiendo lo que fue una perturbación en un objeto cultural estable, al que rara vez se accede desde la experiencia personal.
Sin embargo, esa pérdida de incomodidad no implica que los conflictos que planteaban hayan desaparecido, sino que hemos aprendido a leerlos con una distancia que reduce su alcance. La censura ya no adopta la forma de un proceso judicial, pero sigue operando de maneras más difusas, a través de la saturación de discursos, de la aceleración constante y de una economía de la atención que penaliza cualquier texto que no se deje consumir con rapidez o que exija una implicación sostenida.
Volver a Madame Bovary sin la reverencia automática que suele acompañarla permite recuperar algo de su filo original, no porque la novela contenga una provocación explícita, sino porque insiste en mostrar una experiencia real sin domesticarla, sin ofrecer consuelo ni redención clara. Quizá por eso sigue resultando más incómoda de lo que estamos dispuestos a admitir, no tanto por lo que cuenta como por la forma en que obliga a leer, sin apoyos, sin atajos y sin una moral prefabricada que nos libere de la responsabilidad de entender.