Como bien saben los lectores de esta revista, el amor más extraño no reside en el delirio, acaso en la fatalidad, y con los fantasmas ocurre lo mismo. Dicen que existen porque alguien los recuerda, pero también porque alguien, un día, los olvidó. Quizá ni siquiera reparó en que ya no estaban. En los páramos de nuestra geografía, vastos como el silencio antiguo, habita una estirpe de espectros cuyo poder no responde al ruido de cadenas ni a la sombra que sus sábanas proyectan, si las llevan. Su poder nace, en verdad, del olvido.
Tierra reseca, sin árboles, abierta al cielo como una herida. Un purgatorio laico que avanza en llanura sin un solo refugio. Son los páramos un territorio en el que el olvido se condensa hasta adquirir forma. Un lugar barrido por un viento que recita. ¿Qué declama? Nombres que ya no figuran en ninguna parte.
En las comarcas de Campos de Salamanca y Tierra del Pan, según registran los anuarios estadísticos del siglo XIX, los censos parroquiales y los archivos diocesanos de Zamora, existen cerca de una treintena de aldeas que desaparecieron entre 1850 y 1920. Pueblos arrasados por la emigración, la miseria o la simple imposibilidad de seguir viviendo allí. Chaguaceda, Argusino, Salce, Salto de Castro, etc. Lugares que conservan solo los muros, las iglesias vacías y los caminos por los que ya nadie transita. Acaso algún despistado y acaso, dicen, algún alma perdida. También dicen que, en ocasiones, se escucha el toque de muerto, a deshoras, en la lejanía. Un repique que nadie tañe, pero que todos oyen. Y allí, en esos caminos y en esos hablares, nace y vive El Solitario del Páramo.
No sabemos su nombre real, pero algunos cuadernos parroquiales de finales del XIX, en los que aparece una nota marginal del tipo «desaparecido durante la siega. Nunca hallado», lo llaman Lucas Gil. No es un nombre extraordinario, cierto, si bien es una presencia que condensa muchas otras. Representa a todos los que desaparecieron del mundo sin hacer apenas ruido. Jornaleros sin lápida, pastores sin rebaño, mujeres que nunca regresaron de la fuente y hombres que salieron a por leña y se volvieron niebla.
La tradición oral de Villalpando, Manganeses de la Lampreana y Castrogonzalo, recogida en los años 20 del siglo pasado por cualesquiera maestros rurales —algunos de esos librillos todavía se conservan en la Biblioteca Pública del Estado en Zamora o en archivos provinciales—, menciona a «un hombre alto, de abrigo oscuro, que anda de espaldas cuando cae la noche». De espaldas, como si el propio páramo le negara el descanso.
Quienes lo han visto, pastores, caminantes o carreteros que cruzaban la estepa antes de que hubiera carreteras asfaltadas, coinciden en tres cosas: frío repentino, sensación de compañía, como si el aire respirara con uno, y la visión de una silueta. Alta, flaca, desdibujada, siempre mirando hacia otro tiempo.
Las crónicas locales de El Adelanto de Salamanca y La Opinión de Zamora (especialmente las publicadas entre 1893 y 1908 sobre desaparecidos rurales) hablan de vidas borradas antes de tiempo, de cuerpos que no aparecían hasta meses después o no aparecían nunca y de disputas sobre tierras que abruptamente terminaban porque nadie había ya con quien pelearlas. Acababan convertidos en silencios suspendidos entre un siglo y el siguiente. Ese vacío, esa falta de cierre, alimentó durante décadas la idea de un espectro que camina para reclamar un trozo del páramo y de la historia; para reclamar un lugar. La extensa documentación recopilada en el trabajo de investigación de Jairo Prieto sobre despoblación y patrimonio rural en la provincia, o estudios etnográficos de la Diputación de Salamanca reflejan este fenómeno social y cultural.
El Solitario del Páramo se manifiesta donde antes hubo un hogar y ya no queda más que piedra; donde hubo un nombre y ya no lo recoge ningún papel; donde una vida quedó suspendida entre la niebla y el olvido. Su presencia permanece fría y persistente, como la escarcha que cae sobre la meseta incluso en primavera.
Hoy, cuando el páramo sigue despoblándose, cuando pueblos enteros se quedan sin niños, sin médico, sin luz, sin voces, su figura vuelve a percibirse. Camina despacio, siempre al anochecer, con la misma luz gris que ha acompañado a los que jamás tuvieron tumba ni responso No avanza hacia los vivos ni hacia los muertos, sino hacia ese lugar intermedio donde habitan quienes esperan ser recordados.