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Category:

Literatura

LiteraturaPensamiento

¿Quién es Sibyl Vane?

by Verónica García-Peña 10/03/2026
written by Verónica García-Peña

La mujer que delató al monstruo

El polvo flota bajo la luz ambarina de las lámparas de gas en el teatro Holborn, un edificio que huele a ginebra barata y humedad en un barrio de clase baja del entorno del East End londinense, desprovisto de belleza estética. «Un lugar miserable y anodino», diría en su momento Dorian Gray. Y allí, entre las tablas astilladas del escenario, una muchacha de diecisiete años arrastra pesados vestidos de terciopelo marchito para dar vida a Julieta y a muchas otras heroínas shakespearianas, como Ofelia, Desdémona o Cordelia. Sus mejillas están pintadas de rojo carmín, el sudor le corre por el cuello, pero su voz logra silenciar a un patio de butacas ruidoso y al que poco le importan esas trágicas protagonistas que nunca se salvan. Se llama Sibyl Vane y, sin ella, el rostro más célebre que Oscar Wilde una vez imaginó jamás habría comenzado a pudrirse.

Resulta cuanto menos curioso cómo la mayoría de aquellos que se asoman a la historia literaria en la que Sibyl habita, la olvidan con frecuencia. Al evocar El retrato de Dorian Gray (1891), la mente dibuja de inmediato la opulencia de los salones de Mayfair, el humo de los cigarrillos turcos y el cinismo afilado de Lord Henry Wotton. El cuadro envejeciendo en la buhardilla acapara el terror y la fascinación lectora a partes iguales, pero todos se olvidan de ella. Sibyl queda relegada a una mancha en la biografía de la vanidad masculina. Una joven actriz cuya vida y cuya muerte constituye el punto de fractura exacto de la novela. ¿Cómo es posible?

Lo cierto es que Dorian, que tanto frecuentaba su camerino y le regalaba promesas eternas de cariño, nunca la amó. Su devoción jamás rozó a la adolescente de carne y hueso que cosía sus propios vestidos entre corrientes de aire. Su devoción le pertenecía en exclusiva a las heroínas de Shakespeare que ella encarnaba bajo los focos; soñaba con Julieta o con Ofelia, nunca con la muchacha pobre y vulnerable. Sibyl, por el contrario, se enamoró del hombre, al margen de la riqueza y la fachada del joven apuesto. Por eso, convencida de que el afecto sincero bastaba, decidió despojarse del artificio de su profesión y salir a escena sin máscaras, pero aquella noche su actuación resultó torpe, carente de magia, porque ya no interpretaba a nadie; porque por primera vez en su vida era solo Sibyl. Le entregó a Dorian su verdadero yo, y recibió a cambio desprecio. Al dejar caer el velo de la ficción, la actriz perdió todo valor a los ojos del esteta.

Se cumplió de esta suerte el peor de los presagios y, al igual que las mujeres trágicas a las que daba vida, Sibyl Vane terminó muriendo por culpa de un hombre. Se suicidó. Un acto de desesperación luctuosamente común en las crónicas de sucesos del Londres victoriano, donde las coristas y actrices de los bajos fondos a menudo terminaban sus días engullidas por la miseria o el abandono. En la trama de Wilde, este hecho cumple un cargo fundacional, pues es el inicio de la maldición del retrato. La primera alteración que sufre el óleo que Basil Hallward le había pintado y regalado a Dorian fue una sutil mueca de crueldad que deforma los labios, y aparece justo la misma noche en la que Sibyl perece. Su muerte es el cincel que esculpe la verdadera naturaleza del protagonista. Su muerte delata al monstruo.

¿Y cómo es posible que una mujer cuyo final desencadena realmente la historia, se olvide con tanta facilidad? El proceso de borrado lo inicia el propio texto. Lord Henry interviene de madrugada, tras lo sucedido, para anestesiar la culpa de su protegido Dorian y convierte el cadáver aún caliente de Sibyl en una bella metáfora. Le insta a reservar sus lágrimas para la Ofelia literaria, lo que suprime de inmediato el duelo por la joven actriz. Al estetizar su muerte, es innegable, le arrebata la humanidad y la convierte en los propios personajes que la joven interpretaba. Después, generaciones de lectores, seducidos por la brillantez dialéctica de Wotton, han caído en la misma trampa que Dorian, y han olvidado la dureza de una vida obrera truncada por el capricho de un aristócrata.

Hacer justicia a Sibyl Vane exige apartar la vista del lienzo maldito, de la estética y el amor por lo sublime, y dirigirla hacia los callejones del distrito de Tower Hamlets. Implica sentir la aspereza de las tablas del escenario, el calor de los focos y el olor a sudor y ginebra de quienes te miran sin saber que Ofelia y Julieta fueron la misma, y que Sibyl era todas ellas. Exige reconocer que el mito de la eterna juventud cobró vida por primera vez gracias al cuerpo de una adolescente enamorada (y muerta).

Hoy, el polvo vuelve a asentarse bajo las luces de gas apagadas de algún teatro, cubriendo los restos de algún vestido de terciopelo marchito. Hoy, mientras el mundo sigue fascinado por el pigmento que se pudre en el desván, su nombre permanece en los márgenes. Es una deuda pendiente. ¿Quién es Sibyl Vane? La mujer que delató al monstruo.

 

10/03/2026 0 comments
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Literatura

Los cementerios literarios más famosos del mundo

by Uve Magazine 05/03/2026
written by Uve Magazine

Los cementerios son espacios de duelo y memoria familiar pero en muchas ciudades europeas se han convertido también en lugares de peregrinación cultural, donde lectores de todo el mundo acuden para visitar las tumbas de escritores que marcaron la historia de la literatura. En esos lugares la biografía de los autores, la arquitectura funeraria y la memoria colectiva se entrelazan de una manera muy particular. Pasear por ellos implica recorrer un mapa de la historia literaria.

Uno de los cementerios más conocidos en este sentido es el Père-Lachaise Cemetery, situado en París. Inaugurado a comienzos del siglo XIX, se convirtió con el tiempo en uno de los camposantos más visitados del mundo. Entre sus tumbas se encuentran figuras esenciales de la literatura europea. Allí descansa Oscar Wilde, cuya tumba se ha transformado en un pequeño santuario literario cubierto durante años de marcas de pintalabios dejadas por admiradores. También se encuentra enterrado Marcel Proust, autor de En busca del tiempo perdido, una de las obras fundamentales de la narrativa del siglo XX. A lo largo de sus avenidas arboladas, el visitante puede encontrarse con tumbas de músicos, pintores y escritores que forman parte de la historia cultural europea.

En Londres, otro lugar que atrae a lectores y curiosos es el Highgate Cemetery. Este cementerio victoriano, inaugurado en 1839, posee una arquitectura funeraria monumental y una atmósfera que ha alimentado durante décadas la imaginación literaria y cinematográfica. Entre las figuras más conocidas enterradas allí se encuentra George Eliot, autora de novelas como Middlemarch, considerada una de las grandes obras de la literatura inglesa. Aunque Eliot fue una de las escritoras más influyentes de su tiempo, no pudo ser enterrada en la Abadía de Westminster debido a sus posiciones personales y religiosas, lo que refleja también las tensiones culturales de la Inglaterra victoriana.

París alberga otro cementerio estrechamente ligado al mundo literario: el Montparnasse Cemetery. Situado en uno de los barrios más vinculados a la vida intelectual del siglo XX, este lugar reúne las tumbas de numerosos escritores, filósofos y artistas. Entre ellos se encuentra Samuel Beckett, autor de Esperando a Godot y premio Nobel de Literatura. También descansan allí pensadores y escritores que formaron parte de la vida cultural parisina durante décadas. El cementerio se ha convertido en una especie de archivo silencioso de la modernidad literaria europea.

En Estados Unidos, uno de los cementerios literarios más visitados es el Green-Wood Cemetery, situado en Nueva York. Inaugurado en el siglo XIX, este lugar combina un paisaje natural muy cuidado con una importante colección de monumentos funerarios. Entre sus tumbas se encuentra la de Herman Melville, autor de Moby-Dick. Durante muchos años Melville fue un escritor casi olvidado, y solo décadas después de su muerte su obra comenzó a recibir el reconocimiento que hoy posee. Su tumba recuerda cómo la fama literaria puede cambiar con el paso del tiempo.

Otro cementerio estadounidense asociado a la literatura es el Mount Auburn Cemetery, en Massachusetts. Este lugar, inaugurado en 1831, fue uno de los primeros cementerios-jardín del mundo y refleja una concepción romántica del paisaje funerario. Allí se encuentran enterrados escritores vinculados a la tradición literaria norteamericana del siglo XIX, entre ellos Henry Wadsworth Longfellow, una figura clave de la poesía estadounidense de su época.

En España, uno de los lugares que conserva la memoria literaria es el Cementerio de San Justo. Este cementerio madrileño reúne las tumbas de numerosas figuras de la cultura española. Entre ellas se encuentra Benito Pérez Galdós, autor fundamental del realismo literario español y creador de una obra que retrató con detalle la sociedad de su tiempo.

Estos cementerios no son simples lugares de descanso final para escritores famosos. Con el paso de los años se han convertido en espacios donde los lectores mantienen una relación simbólica con la literatura. Muchos visitantes dejan flores, libros o pequeñas notas en las tumbas de los autores que admiran. Otros recorren sus avenidas como si se tratara de un museo al aire libre dedicado a la historia cultural.

La presencia de estos lugares dentro de las ciudades revela también algo sobre la relación entre literatura y memoria colectiva. Los escritores, que en vida trabajaron con palabras y páginas impresas, terminan formando parte del paisaje urbano a través de estos espacios. Sus tumbas se convierten en puntos de referencia donde la historia literaria deja de ser una abstracción para adquirir una dimensión física y visible.

05/03/2026 0 comments
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CineLiteratura

Cumbres borrascosas o cómo perder a Emily Brontë por el camino

by Emain Juliana 04/03/2026
written by Emain Juliana

El fin de semana pasado he visto la nueva adaptación de Cumbres borrascosas y puedo resumir la experiencia como única, pero no de una manera positiva; más bien he salido de la sala con una sensación de horror y desconcierto a partes iguales. Sí que es cierto que en ningún momento he podido dejar de fijar mi atención en la pantalla; eso sí que hay que reconocerlo.

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero es inevitable, todas las adaptaciones que he visto hasta la fecha son bastante más fidedignas y captan el espíritu de la novela de una manera mucho más eficaz.

Pero, antes de nada, ¿de qué va Cumbres borrascosas?

La novela de Emily Brontë cuenta la historia de Heathcliff, un niño encontrado en la calle y recogido por el señor Earnshaw que se lleva a su casa en Cumbres Borrascosas. Le da el nombre de Heathcliff y lo cría como a uno más de sus hijos. Earnshaw le muestra un afecto evidente, lo protege y lo educa, lo que provoca los celos de su hijo Hindley.

Mientras Hindley lo desprecia y lo maltrata, Catherine Earnshaw establece con Heathcliff un vínculo muy estrecho.

Cuando el señor Earnshaw muere, Hindley hereda la casa y rebaja a Heathcliff a la condición de sirviente. Aun así, el vínculo entre Heathcliff y Catherine continúa siendo el centro de la historia, aunque ella decide casarse con Edgar Linton, un hombre de posición social mucho más estable. Esa decisión hiere profundamente a Heathcliff, que abandona la casa durante un tiempo y regresa más tarde convertido en un hombre decidido a vengarse de quienes considera responsables de su sufrimiento.

A partir de ese momento su carácter (orgulloso, obstinado y profundamente rencoroso) marca el destino de todos los que lo rodean. Heathcliff arrastra a Catherine, Edgar, Hindley, Isabella Linton y a la siguiente generación de la familia en una cadena de resentimientos y dependencias que se extiende durante años, hasta que la historia encuentra cierta resolución en los hijos de ambos linajes. Todo el relato llega al lector a través de la narración de Ellen Dean, que reconstruye estos acontecimientos para el señor Lockwood, visitante y testigo indirecto de lo ocurrido en Cumbres Borrascosas.

No quiero destripar la película por si a alguna persona le apetece asistir a tal martirio, pero si voy a comentar algunas cuestiones.

Vamos por partes. El montaje y el ritmo hacen que la historia se cuente a trompicones y, además, aparece tremendamente sexualizada en momentos que poco aportan a lo que se está narrando. A esto se suma la ausencia de personajes que son fundamentales en la novela y que son indispensables para desarrollar buena parte de la trama. Ni están ni se les espera la señora Earnshaw, los señores Linton, Hindley, Hareton, Linton —hijo de Heathcliff e Isabella—, ni la propia hija de Catherine Earnshaw, Cathy. Ya puestos, tampoco aparece el señor Lockwood, inquilino de la Granja de los Tordos, al que Ellen Dean cuenta toda la historia de los personajes.

Con todas estas ausencias, la historia se centra completamente en una relación tórrida entre Catherine y Heathcliff  y la película termina pareciendo una mala novela de dark romantasy llevada al cine. Los mismos diálogos se repiten hasta la extenuación, hay escenas demasiado impactantes, decorados chillones, los juegos de negro brillante, rojo brillante, blanco y rosa empolvado… todo colocado simplemente para mantener la atención del espectador pero sin simbolismo real y de peso (hay que decir que están en la Granja de los Tordos). A los personajes no se les dota de profundidad y no llegas a entender realmente por qué toman ciertas decisiones o sus motivaciones reales.

También hay decisiones de casting que chocan demasiado con la descripción original de los personajes, véase el propio Edgar Linton o la misma Catherine Earnshaw por ejemplo.

La obra de Emily Brontë trata sobre el orgullo, la jerarquía social, resentimiento y los conflictos sentimentales no resueltos que pasan de una generación a otra, realmente no necesita exageraciones porque la violencia que contiene ya está interiorizada en los personajes.

Dicho de otra manera: puede ser una película llamativa, incluso hipnótica en ciertos momentos, pero si se conoce bien la novela es difícil no salir con la sensación de que lo que se ha adaptado tiene poco que ver con Cumbres borrascosas y bastante más con vender una idea demasiado diferente y comercial de ella.

Dirección: Emerald Fennell

Producción: Emerald Fennell, Margot Robbie, Josey McNamara

Guión: Emerald Fennell

Basada en: Cumbres Borrascosas de Emily Brontë

Música: Anthony Willis (banda sonora) Charli XCX (canciones)

Fotografía: Linus Sandgren

Montaje: Victoria Boydell

Protagonistas: Margot Robbie, Jacob Elordi, Shazad Latif, Hong Chau, Alison Oliver

País: Reino Unido, Estados Unidos

Año: 2026

VALORACIÓN: 2 DE 5
04/03/2026 0 comments
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Literatura

La Tribuna y la promesa de la revolución

by Emain Juliana 27/02/2026
written by Emain Juliana

Cuando Emilia Pardo Bazán publica La Tribuna en 1883, decide situar la acción en los años que rodean la Revolución de 1868 porque en ese momento histórico se extendió la idea de que la política podía transformar la vida de la gente común. Antes de que el levantamiento obligara a abandonar el trono a Isabel II, el país llevaba tiempo atravesando un desgaste político que había erosionado la confianza en el sistema constitucional, cuyo funcionamiento dependía de una alternancia pactada entre facciones que manipulaban los procesos electorales y restringían la participación a quienes cumplían determinados requisitos económicos.

A medida que avanzaba la década de 1860, el descontento político se unió a una crisis económica que afectó con fuerza a las ciudades y que dejó claro que el sistema no ofrecía seguridad ni estabilidad para buena parte de la población. En ese contexto comenzó a organizarse una oposición que reunía a grupos distintos pero que coincidía en una idea básica: el régimen estaba agotado y era necesario iniciar un proceso que ampliara la representación política. El Pacto de Ostende fue el paso decisivo para coordinar esa estrategia y preparó el levantamiento de septiembre de 1868, que muchos interpretaron como la oportunidad real de cambiar el rumbo del país.

La Constitución de 1869 estableció el sufragio universal masculino y reconoció libertades que ampliaron el debate público. Por primera vez, muchos hombres que habían quedado fuera del sistema podían participar formalmente en la vida política. Las mujeres, en cambio, seguían excluidas del voto, pero la revolución extendió la idea de que el cambio era posible, aunque el poder siguiera concentrado en los mismos espacios de siempre.

Pero ¿de qué va La Tribuna?

«En una ciudad portuaria del norte de España, Amparo, joven cigarrera de carácter vehemente y gran facilidad de palabra, se convierte en líder espontánea de sus compañeras de fábrica en los años convulsos que preceden a la Primera República. Su fe apasionada en la igualdad, la justicia social y la República federal crece al mismo tiempo que su relación con Baltasar Sobrado, un burgués que la desea pero no está dispuesto a reconocerla como igual. Cuando Amparo queda embarazada y es abandonada, la distancia entre los ideales revolucionarios y la realidad social se vuelve irreparable. Emilia Pardo Bazán construye una novela lúcida y amarga sobre clase, género y poder, donde la proclamación de la República no supone la redención personal ni colectiva, sino un nuevo escenario para viejas injusticias».

En ciudades como A Coruña, donde la Fábrica de Tabacos reunía a muchas mujeres con salario propio, la prensa empezó a tener un papel real en la vida diaria. Los periódicos circulaban y se leían en grupo, de modo que el trabajo se convertía también en un espacio de debate político. Cuando Amparo lee en voz alta y explica las noticias a sus compañeras, extiende idea de que la política podía dar acceso a un mundo que antes parecía reservado a otros. En ese momento histórico se expande la creencia de que el cambio político podía influir también en la vida personal, especialmente en la de las trabajadoras y la novela recoge esa idea con confianza.

Después del derrocamiento de Isabel II y durante el periodo en el que gobernó Amadeo I de Saboya, junto con la experiencia republicana, quedó claro que cambiar la forma del Estado no modificaba por sí mismo las desigualdades sociales. El debate era más amplio y la prensa tenía más libertad, pero las mujeres seguían apartadas de las decisiones políticas y las diferencias entre clases seguían limitando las oportunidades reales. En ese contexto se entiende el conflicto de La Tribuna, donde la confianza plena en la revolución convive con una realidad que limita las posibilidades reales de la protagonista.

El contexto político no es un simple escenario. Es la razón por la que Amparo cree que su destino puede cambiar. Sin ese clima de apertura y de confianza en la revolución, no se entendería ni su implicación política ni la experiencia que atraviesa cuando descubre que el poder sigue estando donde siempre ha estado.

27/02/2026 0 comments
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Literatura

Historia de la censura en la literatura española

by Uve Magazine 25/02/2026
written by Uve Magazine

La historia de la censura en la literatura española no es un episodio aislado, sino una constante que atraviesa siglos y regímenes distintos, ya que el control sobre los libros ha sido una forma de regular el pensamiento, la moral y la disidencia política. Cada época ha tenido sus mecanismos y sus justificaciones, aunque el objetivo de fondo ha sido similar: limitar la circulación de ideas consideradas peligrosas.

Edad Media y primeros controles

En la Edad Media tardía, antes incluso de la consolidación de la imprenta, el control sobre manuscritos religiosos era habitual cuando existía sospecha de desviación doctrinal. Las autoridades eclesiásticas vigilaban traducciones bíblicas no autorizadas y textos espirituales que pudieran dar lugar a interpretaciones consideradas heterodoxas. El problema no era solo el contenido, sino quién lo leía y cómo lo interpretaba. La Inquisición vigilaba manuscritos e impresos, y el Índice de libros prohibidos, conocido como Index Librorum Prohibitorum, recogía obras que no debían leerse porque cuestionaban dogmas religiosos o autoridad política. Autores humanistas y textos científicos podían ser señalados si se apartaban de la ortodoxia. La publicación requería licencias previas, lo que convertía la imprenta en un espacio supervisado.

Entre los autores afectados estuvieron textos de Erasmus of Rotterdam, cuyas ideas humanistas generaron desconfianza, y obras de pensamiento reformista que se consideraban peligrosas para la ortodoxia católica. También se vigilaban traducciones de la Biblia al castellano cuando no contaban con licencia eclesiástica, porque se temía que fomentaran lecturas autónomas alejadas del control clerical.

La censura no solo prohibía, también expurgaba. Un libro podía circular con fragmentos tachados o modificados. Este fue el caso de Lazarillo de Tormes, obra anónima del siglo XVI que, por su tono satírico y su crítica implícita a determinadas prácticas religiosas, fue incluida en el índice y obligada a circular en versiones recortadas. El texto sobrevivió, aunque alterado.

Autores del Renacimiento y del primer teatro moderno también fueron objeto de vigilancia. Obras de Bartolomé Torres Naharro y de Gil Vicente fueron observadas con atención, y determinados pasajes podían ser señalados por su tratamiento de lo religioso o lo moral. La imprenta se convirtió en un espacio supervisado donde publicar requería licencias previas.

En los siglos XVII y XVIII, aunque el control continuó, comenzaron a circular ideas ilustradas que tensionaban el sistema. La censura no desapareció, pero se volvió más compleja, ya que el Estado intentaba equilibrar modernización y control ideológico. Con el avance del liberalismo en el siglo XIX, la situación osciló según los cambios de régimen. Periodos de mayor libertad de imprenta se alternaron con etapas de restricción, especialmente cuando la estabilidad política se veía amenazada.

Siglo XX: censura franquista y control sistemático

El siglo XX marcó uno de los momentos más duros en materia de censura literaria. Tras la Guerra Civil, el régimen franquista instauró un sistema de censura previa que afectó a novelas, ensayos, teatro y poesía. Ningún libro podía publicarse sin pasar por un proceso de revisión en el que se evaluaban aspectos políticos, morales y religiosos. Autores como Camilo José Cela, Ana María Matute o Carmen Laforet vieron cómo sus textos eran corregidos, recortados o retrasados en su publicación. En algunos casos, los escritores optaron por la autocensura, modificando pasajes para evitar la prohibición.

Además de la censura directa, existió el exilio, que dejó fuera del circuito editorial español a figuras como Max Aub o Francisco Ayala, cuyas obras tardaron en circular con normalidad dentro del país. La literatura que abordaba temas como la memoria de la guerra, la represión o la crítica al régimen encontraba obstáculos constantes, lo que condicionó el desarrollo de varias generaciones de escritores.

Un caso especialmente significativo es el de Carmen de Burgos, cuya obra fue retirada y silenciada tras la instauración del franquismo. No se trató de la prohibición de un título aislado, sino de la marginación sistemática de su producción completa, que defendía reformas educativas y derechos civiles. Durante décadas su nombre quedó prácticamente fuera del canon oficial.

El régimen también limitó la circulación de autores extranjeros considerados ideológicamente peligrosos. Obras de George Orwell o Jean-Paul Sartre encontraron obstáculos para publicarse sin cortes, lo que muestra que la censura pretendía controlar tanto la producción interna como la influencia exterior.

Democracia y nuevas tensiones

Con la Constitución de 1978 desapareció la censura previa institucionalizada. Sin embargo, el debate sobre los límites de la expresión continúa en otros términos. Controversias en torno a lecturas escolares o a libros considerados ofensivos muestran que la tensión entre libertad y regulación no ha desaparecido, aunque ya no exista un aparato estatal que revise manuscritos antes de su publicación.

25/02/2026 0 comments
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LiteraturaPensamientoPersonajes

Jane Austen y el arte de escribir cartas

by Uve Magazine 09/02/2026
written by Uve Magazine

Durante siglos, escribir una carta no fue solo una forma de comunicarse, sino una manera de pensar en voz alta, de ordenar emociones y de construir relaciones a través del tiempo. La obra y la vida de Jane Austen permiten entender hasta qué punto la correspondencia fue un espacio creativo y social que hoy resulta difícil de imaginar, en un contexto europeo donde el correo tradicional ha comenzado a desaparecer de forma progresiva.

Museo de la Casa de Jane Austen en Chawton

Jane Austen escribió cientos de cartas a lo largo de su vida, muchas de ellas dirigidas a su hermana Cassandra, con quien mantuvo una relación intelectual y emocional constante. Estas cartas no eran simples intercambios informativos. En ellas Austen reflexionaba sobre la vida social, describía a las personas de su entorno con una ironía que después aparecería en sus novelas y registraba detalles domésticos que, lejos de ser triviales, funcionaban como observatorio del comportamiento social. La correspondencia era, en cierto modo, un espacio de ensayo literario y también un territorio de libertad donde podía expresar opiniones con mayor espontaneidad que en sus textos publicados.

En el mundo en el que vivió Austen, la carta tenía un valor temporal que hoy resulta casi extraño. Escribir implicaba aceptar la espera. La distancia entre el momento de redactar y el momento de recibir obligaba a formular pensamientos más elaborados, a describir situaciones con mayor detalle y a confiar en la memoria y en la palabra escrita como herramientas para sostener vínculos personales. Muchas de las escenas sociales que aparecen en sus novelas reflejan esa importancia de la correspondencia, ya que los malentendidos, las confesiones o los cambios de relación suelen llegar a través de cartas que alteran el rumbo de la historia.

La cultura epistolar formaba parte esencial de la vida social en la Inglaterra de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. La carta permitía mantener contacto entre familiares, negociar matrimonios, transmitir noticias económicas y preservar amistades a larga distancia. En ese contexto, escribir bien no era solo una habilidad literaria, sino una competencia social. Austen dominaba esa forma de escritura con una naturalidad que revela hasta qué punto la carta era un género cotidiano.

Carta de Jane Austen, Godmersham, a Cassandra Austen, del 20 al 22 de junio de 1808: manuscrito autógrafo firmado.

Sin embargo, dos siglos después, Europa vive un momento de transformación radical en este ámbito. En los últimos años, el descenso del correo postal ha sido constante y está ampliamente documentado. La Comisión Europea, al evaluar la evolución del sector postal, señala que el volumen de cartas en los países miembros ha disminuido una media aproximada del 4,9 % anual desde 2008, una caída que se considera estructural y que afecta directamente a la viabilidad del servicio universal de correo. A esta tendencia se suma el análisis del International Post Corporation, que estima que el volumen del correo tradicional en Europa se ha reducido cerca de un 30 % en los últimos seis años, con previsiones de que continúe descendiendo mientras los operadores postales concentran sus esfuerzos en la paquetería y los servicios logísticos vinculados al comercio electrónico.

El caso de Dinamarca se ha convertido en uno de los ejemplos más representativos de este cambio. El operador postal PostNord anunció que el país dejó de repartir cartas de forma regular a finales de 2025, tras registrar una caída superior al 90 % en el volumen de correspondencia desde el año 2000. Este descenso está directamente relacionado con la digitalización de la comunicación institucional y administrativa, que ha sustituido progresivamente el intercambio de cartas físicas por plataformas electrónicas obligatorias para gran parte de la población. La tendencia no es exclusiva de ese país. Informes regulatorios europeos muestran que el descenso del correo se repite en prácticamente todos los estados miembros, con reducciones sostenidas durante la última década, como ocurre en Alemania, donde el volumen de cartas direccionadas cayó alrededor de un 30 % entre 2014 y 2022.

Este cambio no solo afecta a una infraestructura logística, sino también a una forma concreta de relacionarse con el lenguaje y con el tiempo. La comunicación digital favorece la inmediatez, pero también reduce el espacio para la elaboración narrativa que caracterizaba la correspondencia tradicional. Las cartas exigían describir contextos y reconstruir conversaciones y acontecimientos que habían ocurrido días o semanas antes. Ese ejercicio implicaba una observación detenida de la realidad y una conciencia muy clara del interlocutor.

Leer hoy las cartas de Jane Austen, al igual que la de muchas otras autoras, permite comprender de la comunicación tradicional. En ellas se alternan comentarios domésticos, retratos sociales, referencias literarias y observaciones personales que, juntas, construyen una imagen realista de su mundo. La autora no separaba la escritura creativa de la escritura privada. Ambas formaban parte del mismo proceso de atención hacia las personas y hacia los pequeños gestos cotidianos.

La desaparición progresiva del correo postal plantea una pregunta cultural más amplia: qué ocurre cuando desaparecen los formatos que obligaban a escribir con lentitud y con una intención más reflexiva. La correspondencia no solo transmitía información, también conservaba memoria. Las cartas podían releerse, archivarse y circular entre generaciones, convirtiéndose en documentos históricos y literarios que hoy permiten reconstruir la vida de autores como Austen con una precisión difícil de encontrar en otras fuentes.

La figura de Jane Austen, observada desde su correspondencia, recuerda que la escritura no siempre nació con vocación pública. Muchas veces surgía de la necesidad de mantener una conversación privada que, con el paso del tiempo, terminaba adquiriendo valor cultural. En una época dominada por la comunicación instantánea, volver a esas cartas no implica nostalgia tecnológica, sino la posibilidad de repensar la relación entre escritura, memoria y tiempo compartido.

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Literatura

Seis libros para abandonar el refugio invernal

by Emain Juliana 08/02/2026
written by Emain Juliana

Febrero suele ser el primer punto de arranque dentro del calendario editorial, porque, una vez que el ritmo del inicio de año comienza a asentarse y las novedades empiezan a encontrar su espacio en librerías y mesas de recomendación, aparece ese momento en el que los catálogos vuelven a ponerse en marcha y los lectores recuperan la curiosidad por descubrir nuevas lecturas. Es un mes en el que el sector empieza a mostrar las primeras apuestas del año, aquellas que marcan el tono de lo que vendrá en los meses siguientes y que permiten volver a establecer ese diálogo constante entre editoriales, librerías y público.

Las seis propuestas que reunimos aquí forman parte de ese primer impulso, de esa forma de comenzar el año apostando por historias y enfoques distintos que invitan a retomar el hábito lector tras las semanas más pausadas del invierno. 

FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA


Los vigías, de Taina Tervonen,
Errata Naturae.

Es un libro breve y muy preciso que se sitúa en el cruce entre el periodismo y la narración literaria, y que pone el foco en quienes vigilan el mar para salvar vidas ignoradas por los discursos oficiales.
ISBN 979-13-87597-09-2, 168 páginas,
encuadernación rústica, precio 19,50 €.

RELATOS

Después de eternidad, de Maxim Ósipov,
Libros del Asteroide.

Reúne relatos que parten de situaciones cotidianas para construir un retrato moral de la Rusia contemporánea, donde la compasión y la ironía conviven con una mirada sobria sobre la historia reciente.
ISBN 978-84-10178-83-0, 296 páginas,
encuadernación rústica, precio 22,95 €.

RELATOS DE FICCIÓN

La soledad del corredor de fondo, de Alan Sillitoe,
Impedimenta.

Sigue siendo una lectura muy vigente porque aborda, sin dramatismos innecesarios, la dignidad individual, la rabia social y la elección personal frente a un sistema que ya ha decidido por sus protagonistas.
ISBN 979-13-87641-49-8, 248 páginas,
encuadernación rústica, 15,95 €.

 

NOVELA SOCIAL

La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán,
Uve Books.

Una de las novelas más imprescindibles y menos complacientes del siglo XIX español, donde la lucha obrera, la conciencia política y el cuerpo femenino se cruzan en el contexto de las fábricas de tabaco de A Coruña.
ISBN 979-13-990946-3-3, 288 páginas,
encuadernación rústica, 23,90 €.

RELATO LARGO

Una historia desagradable, de Fiódor Dostoievski,
Nórdica Libros.

Es un relato breve y tremendamente afilado sobre el paternalismo, la hipocresía moral y los límites de la bondad entendida como gesto social, que demuestra hasta qué punto Dostoievki sigue siendo incómodo y actual.
ISBN 979-13-87922-52-8, 96 páginas,
encuadernación rústica, 17,50 €.

CRÓNICA LITERARIA

La aguja dorada, de Montserrat Roig,
Consonni.

Es un texto inclasificable que combina reportaje, diario y reflexión personal para pensar la memoria, el silencio y la resistencia humana a partir de un viaje a Leningrado, escrito con una cercanía que evita cualquier gesto grandilocuente. ISBN 978-84-19490-73-5, 272 páginas,
encuadernación rústica, 22,90 €.

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LiteraturaNoticiasPensamiento

La crisis silenciosa de librerías y editoriales en España

by Emain Juliana 27/01/2026
written by Emain Juliana

El anuncio del cierre de Tipos Infames, previsto para febrero de 2026 tras quince años de actividad continuada en el barrio madrileño de Malasaña, ha actuado como un detonante que ha ido mucho más allá de la conmoción provocada por la desaparición de una librería emblemática, abriendo un debate de fondo que el sector del libro llevaba tiempo posponiendo y que ahora irrumpe con fuerza en el espacio público. No se trata únicamente de la pérdida de un enclave cultural concreto, ni siquiera de un proyecto especialmente querido por lectores, autores, editoriales y la mayoritaria cadena del libro, sino de la constatación de que un modelo de librería, consolidado, reconocido, con programación constante y con una comunidad fiel, puede dejar de ser viable sin que medie una caída abrupta del interés por la lectura ni una pérdida evidente de relevancia cultural.

La paradoja resulta difícil de ignorar si se atiende a los datos más recientes sobre hábitos de lectura y compra de libros en España, que dibujan un escenario aparentemente favorable. La población lectora crece, la lectura por ocio se mantiene como práctica habitual en una parte significativa de la ciudadanía, la compra de libros no de texto continúa al alza y las librerías físicas siguen siendo, pese a todos los cambios tecnológicos, el principal canal de adquisición. A ello se suma una producción editorial elevada y una facturación que ha superado los niveles previos a la crisis de 2008, lo que podría llevar a pensar que el sector atraviesa un momento de estabilidad. Sin embargo, esta fotografía macroeconómica, que resulta tranquilizadora en los informes y en los titulares, convive con una realidad mucho más tensa cuando se observa el funcionamiento cotidiano de la cadena del libro, especialmente en el ámbito de las editoriales y librerías independientes.

La contradicción es, en ese sentido, estructural. Se lee más, se publican más títulos y, sin embargo, los espacios que sostienen la circulación cultural del libro cierran o sobreviven en un equilibrio cada vez más precario. El caso de Tipos Infames no responde a una falta de público ni a una desconexión con su entorno, sino a una acumulación de factores que afectan de manera especialmente intensa a los proyectos culturales de proximidad, comenzando por la presión inmobiliaria. El encarecimiento sostenido de los alquileres en los centros urbanos, unido a procesos de gentrificación y turistificación que transforman radicalmente el tejido social de los barrios, ha convertido a muchas librerías en actividades difícilmente compatibles con la lógica del mercado inmobiliario actual. Para un proyecto cuya viabilidad depende de la recurrencia del lector habitual, del tiempo lento y de la construcción de comunidad, la sustitución del vecindario por un flujo constante de consumo rápido supone una erosión progresiva que no siempre se percibe de inmediato, pero que termina por hacer inviable la continuidad.

A esta transformación del entorno urbano se suma una cuestión menos visible, pero decisiva para entender la fragilidad del sector: la estructura económica real del libro. El reparto del precio de venta, cuando se analiza con detalle, explica por qué el margen de maniobra es tan reducido para quienes editan y venden. Aproximadamente un 55 % del precio de un libro se destina a cubrir el circuito de distribución y librería, a lo que hay que añadir un 4 % de IVA que sale directamente del precio final. El porcentaje restante, en torno al 41 %, debe sostener todo lo demás: el autor, que suele percibir un 10 %, y, cuando los hay, ilustradores, correctores, diseñadores y lectores editoriales, además del trabajo del editor, los costes de impresión y encuadernación, la promoción, la prensa, el marketing, los envíos, la asistencia a ferias y la gestión administrativa que permite que ese libro llegue a existir y a circular.

HÁBITOS DE LECTURA Y COMPRA DE LIBROS EN ESPAÑA 2025

Este reparto convierte al libro en un producto cultural sometido a un equilibrio extremadamente delicado, en el que cada título supone una inversión significativa que solo se amortiza a medio o largo plazo, si es que llega a hacerlo, y en el que cualquier desviación, una subida de los costes de impresión, una devolución elevada, una campaña de ventas que no funciona como se esperaba, puede desajustar por completo el balance anual de una editorial pequeña. A diferencia de otros sectores, el libro no permite recortes sin consecuencias profundas, porque eliminar la corrección, el diseño o el trabajo editorial no genera eficiencia, sino empobrecimiento del texto, del objeto y, en última instancia, de la experiencia de lectura. Todo está ajustado al límite, y ese límite se toca con demasiada frecuencia.

En este contexto ya de por sí estrecho, existen además costes fijos que no dependen del número de libros vendidos ni del éxito de un título concreto, pero que pesan de manera constante en la contabilidad de las editoriales. Entre ellos, las cuotas gremiales. Los editores agremiados deben asumir pagos periódicos que se suma a una estructura de gastos fija e ineludible. La pertenencia a los gremios proporciona representación institucional, acceso a determinados servicios y participación en marcos de negociación colectiva, pero supone también una carga añadida para proyectos que ya operan con márgenes mínimos y sin capacidad real de acumulación, de modo que la profesionalización, lejos de garantizar estabilidad, se convierte a menudo en una fuente adicional de presión.

El resultado de esta suma de factores es un modelo basado en la resistencia permanente. Se publica, se vende, se cobra y, en muchos casos, ese ingreso se destina de inmediato a cubrir compromisos previos, sin que llegue a consolidarse una base económica que permita crecer, invertir o simplemente amortiguar los golpes. Mientras tanto, los hábitos de consumo cultural continúan transformándose, y aunque las librerías siguen siendo el principal canal de compra, el peso creciente de la venta online y de las grandes cadenas introduce una competencia desigual que beneficia a los grupos editoriales con redes de distribución propias y capacidad de visibilidad, y deja en situación de vulnerabilidad a quienes trabajan desde la escala pequeña y el catálogo cuidado.

En este escenario, las políticas públicas parecen avanzar con dificultad, oscilando entre el reconocimiento simbólico del valor cultural de las librerías y la incapacidad para abordar los factores estructurales que condicionan su supervivencia, como el acceso a locales en condiciones asumibles o la protección efectiva del comercio cultural frente a dinámicas puramente especulativas. El cierre de Tipos Infames, leído desde esta perspectiva, deja de ser una excepción para convertirse en un síntoma que obliga a replantear de manera honesta qué lugar ocupa el libro en las ciudades y qué tipo de ecosistema cultural se está dispuesto a sostener.

Pensar el futuro de las editoriales y las librerías en España exige, por tanto, ir más allá de los indicadores optimistas y atender a la realidad material del trabajo cultural, que no existe en abstracto ni se sostiene únicamente con buenas cifras. El libro necesita espacios, tiempo, profesionales y una red de relaciones que no puede improvisarse ni sustituirse por algoritmos. Cada librería que cierra no es solo un negocio que desaparece, sino un lugar menos donde la lectura se convierte en experiencia compartida, y cuando esos lugares se pierden, lo que se erosiona no es solo la economía del libro, sino la vida cultural misma de las ciudades.

27/01/2026 0 comments
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Literatura

¿Qué leía la clase trabajadora del siglo XIX?

by Valeria Cruz 25/01/2026
written by Valeria Cruz

 Durante el siglo XIX los textos circulaban de manera irregular y casi siempre en formatos económicos: periódicos, cuadernillos, hojas sueltas o novelas publicadas por partes. La lectura se producía cuando había tiempo y cuando el material estaba disponible, sin planificación ni acumulación. Los textos pasaban de mano en mano, se retomaban tras días o semanas sin que eso supusiera una pérdida de sentido. 

El folletín se ajustaba bien a esta forma de lectura. Permitía seguir una historia sin necesidad de comprar un libro completo ni de dedicarle largos periodos de atención continuada. El relato avanzaba poco a poco y se integraba en la rutina, de manera que los personajes y los conflictos se volvían familiares por repetición más que por intensidad. La continuidad no dependía del recuerdo exacto, sino del reconocimiento.

Los contenidos solían girar en torno a situaciones sociales concretas: trabajo, deudas, jerarquías, conflictos familiares, movilidad limitada. No se trataba de temas elegidos por su valor simbólico, sino de escenarios muy habituales y que resultaban comprensibles para quienes leían. La ficción ordenaba esos elementos en una secuencia narrativa, con un desarrollo y un desenlace que la experiencia cotidiana no siempre ofrecía.

Además de la ficción por entregas, una parte importante de la lectura obrera estuvo formada por textos breves y de uso inmediato. Los periódicos baratos ofrecían noticias locales, sucesos, avisos y comentarios que no requerían continuidad, y que podían leerse de manera aislada sin perder información relevante. Este tipo de lectura tenía un valor práctico evidente: permitía estar al tanto de cambios en el entorno, de conflictos laborales, de decisiones administrativas o de hechos extraordinarios que alteraban la vida cotidiana. La lectura informativa no sustituía a la ficción, sino que convivía con ella en los mismos soportes.

Las lecturas que circulaban entre la clase trabajadora no exigían una interpretación compleja ni una atención especial al estilo. El interés estaba en la acción, en el desarrollo de los acontecimientos, pero sobre todo en la repetición de esquemas reconocibles. Personajes sometidos a decisiones externas, problemas de dinero que no se resuelven, relaciones familiares marcadas por la presión cotidiana, personajes que apenas se mueven del lugar asignado y finales que restablecían cierto orden, aparecían con frecuencia porque respondían a una expectativa clara del lector. La historia debía avanzar y ofrecer una resolución, aunque fuera provisional, que permitiera cerrar la narración.

En muchos casos, la lectura no era una actividad silenciosa ni individual. Los textos se compartían, se leían en voz alta y se comentaban después, de modo que la experiencia no dependía exclusivamente del acto de leer, sino también de la escucha y de la conversación. Esto ampliaba el alcance de los escritos y permitía que personas con distintos niveles de alfabetización participaran en el mismo espacio cultural. La lectura funcionaba así como un elemento de cohesión más que como una práctica privada.

La novela realista fue incorporándose de manera gradual a estos hábitos, sobre todo cuando abordaba escenarios urbanos y conflictos sociales reconocibles. No se leía con la intención de extraer una tesis ni de analizar el estilo, sino como una prolongación de otras lecturas ya existentes. La frontera entre literatura “popular” y literatura “prestigiosa” no estaba claramente definida para estos lectores, que se movían entre distintos tipos de historias sin jerarquizarlos de forma explícita.

Las mujeres trabajadoras tuvieron un acceso particular a la lectura, condicionado por el tiempo disponible y por los espacios en los que podían leer. Los relatos sentimentales y las novelas centradas en relaciones familiares, en los vínculos de pareja, en la maternidad, en los conflictos entre generaciones… circularon con facilidad por la proximidad de los temas que trataban. Estos textos no ofrecían ejemplos a seguir, sino que ayudaban a entender situaciones conocidas.

En las últimas décadas del siglo, comenzaron a circular con mayor intensidad escritos vinculados a organizaciones obreras, asociaciones y sindicatos. Panfletos, periódicos ideológicos y escritos de divulgación política se incorporaron a los hábitos de lectura existentes, sin sustituirlos. La lectura política no desplazó a la ficción ni a la prensa general, sino que se añadió a un repertorio ya amplio, aportando vocabulario y conceptos que permitían interpretar la experiencia laboral de forma más articulada.

Ilustración de un artículo sobre Boffin’s Bower, Frank Leslie’s Illustrated Newspaper, 26 de junio de 1875.

Entre los autores y autoras más leídos por la clase trabajadora del siglo XIX se encontraban quienes publicaban de forma seriada y abordaban conflictos sociales reconocibles, ya que sus textos circulaban con facilidad y se adaptaban bien a los formatos disponibles. En Inglaterra, Charles Dickens alcanzó una difusión amplia gracias a novelas publicadas por entregas que seguían el ritmo de la vida urbana y del trabajo industrial. En Francia, Eugène Sue tuvo un impacto notable entre lectores populares al situar sus historias en barrios y entornos identificables, mientras que, unas décadas después, Émile Zola fue leído por su tratamiento directo del trabajo, la miseria y las condiciones materiales de la vida obrera. En España, autores como Benito Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán circularon más allá de los círculos burgueses cuando sus novelas abordaban la ciudad, el empleo, la familia o las tensiones sociales sin idealización, integrándose en un ecosistema de lecturas donde el interés no residía en el prestigio del nombre, sino en la capacidad del texto para sostener la atención y ofrecer una narración comprensible y continuada.

Lo que caracteriza la lectura de la clase trabajadora en el siglo XIX no es un corpus cerrado de obras, sino una forma de uso del texto. Se leía por partes y, en muchos casos, en compañía. Los materiales circulaban y se perdían, pero lo leído permanecía en la forma de expresarse y de interpretar situaciones concretas. La atención no se fijaba en el autor ni en la obra completa, sino en pasajes o ideas que se recordaban y reaparecían más adelante en otros momentos.

Este modo de leer influyó directamente en la forma que adoptaron muchas narraciones del periodo.  

25/01/2026 0 comments
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AgendaLiteraturaNoticias

Cartel de la Feria del Libro de Madrid 2026

by Clara Belmonte 15/01/2026
written by Clara Belmonte

Miguel Pang será el autor del cartel de la Feria del Libro de Madrid de 2026, una edición que, coincidiendo con su 85.º aniversario, ha decidido tomar el humor como hilo conductor y que se celebrará entre el 29 de mayo y el 14 de junio en el Parque de El Retiro. La imagen oficial, que se presentará a comienzos de abril, marcará el primer gesto visible de una Feria que quiere repensarse desde un tono menos solemne y más atento al placer de leer.

Para Pang, ilustrador afincado en Barcelona y con una trayectoria ampliamente reconocida dentro y fuera de España, el encargo no se plantea como un simple ejercicio gráfico, sino como una búsqueda concreta: dar con una imagen que no imponga, que no abrume, pero que conserve una densidad emocional suficiente como para generar una sonrisa sincera. La dificultad, explica, no está en hacer algo llamativo, sino en construir una imagen que respire, que acompañe al visitante mientras camina entre casetas y árboles, y que no pierda de vista a quienes sostienen la Feria desde hace décadas: los lectores.

Esa atención a quien mira y lee es clave en una edición que quiere situar el humor no como un adorno, sino como una forma de relación con los libros. El cartel, en ese sentido, aspira a funcionar como un gesto de bienvenida, casi como una celebración discreta de la literatura entendida como espacio compartido, más que como escaparate.

La directora de la Feria, Eva Orúe, ha señalado que la elección de Pang responde tanto a la solidez de su imaginario visual como a su capacidad para narrar sin palabras. Sus ilustraciones, explica, están habitadas por criaturas que parecen surgir de un lugar profundamente imaginativo, con una lógica propia, y que invitan a detenerse, a mirar con atención, a buscar siempre una figura más extraña o más inesperada. Esa forma de poblar el papel, que en ocasiones recuerda a una actualización contemporánea del bestiario de El Bosco, encaja con una Feria que quiere estar atravesada por el humor sin renunciar a la complejidad.

Orúe subraya, además, la relación natural de Pang con los libros y su sensibilidad para entender lo que esta edición necesita transmitir: afecto por la lectura, conexión con El Retiro y una atmósfera amable que huya de la grandilocuencia. De ahí su convicción de que el resultado estará a la altura del reto.

Nacido de madre camboyana y padre chino, Miguel Pang ha desarrollado un lenguaje gráfico propio en el que el color, la narración visual y la creación de personajes funcionan como ejes constantes. A su trabajo como ilustrador suma una intensa labor docente y de difusión del oficio. En 2020 fundó, junto a Iratxe López de Munáin, Fosforito, galería y escuela de ilustración en Barcelona, y ha sido invitado como profesor y ponente en instituciones, festivales y ferias de distintos países, desde Corea del Sur hasta Estados Unidos.

Su obra ha aparecido en medios internacionales y ha sido publicada por editoriales de referencia en el ámbito del álbum ilustrado. A lo largo de los años, su trayectoria ha sido reconocida con numerosos premios, entre ellos la Medalla de Oro de la Society of Illustrators de Nueva York, así como selecciones y menciones en certámenes clave del sector.

Con este anuncio, la Feria del Libro de Madrid inicia el recorrido hacia una edición que reunirá, una vez más, a autores, editoriales, librerías, distribuidoras y público general, pero que lo hará bajo un signo distinto: el del humor entendido como una manera de acercarse a los libros sin solemnidad innecesaria y con la voluntad clara de disfrutar del acto de leer.

15/01/2026 0 comments
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