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Category:

Literatura

Literatura

Vidas mínimas en el nuevo realismo sucio

by Valeria Cruz 02/07/2025
written by Valeria Cruz

Hay algo fascinante en detenerse en lo diminuto, en elegir como materia literaria las vidas discretas, pequeñas derrotas, conversaciones que, en apariencia, parecen insignificantes. Esa fue, en buena parte, la apuesta del realismo sucio o minimalista, surgido en Estados Unidos durante las décadas de 1970 y 1980, como una respuesta a la literatura exuberante y los excesos de estilo. Escritores como Raymond Carver, Richard Ford, Tobias Wolff o Charles Bukowski prefirieron contar lo cotidiano con frases muy contenidas, escenas sobrias y un lenguaje que no buscaba lucirse. No pretendían explicar el mundo, sino exponerlo, y lo hacían a través de relatos donde apenas ocurría nada y, sin embargo, se lo jugaban todo. En sus textos, un vaso que se derrama, una llamada inesperada o la habitación de un motel podían tener el peso de un destino. Lo trascendente se escondía en la trivialidad.  Aquel estilo seco, casi invisible, no era solo cuestión de forma, sino una forma de observar: había que quitar el adorno para acercarse a una verdad que, tal vez, solo aparece cuando se habla poco.

Sin embargo, ese realismo sucio, tan vinculado a hombres, bares tristes y habitaciones en penumbra, ha cambiado de piel en los últimos años. Hoy existe una renovación de esa misma mirada contenida, aunque desde otras perspectivas. Se mantiene la economía de palabras, pero ya no es fría ni exclusivamente masculina. Escritoras como Lucia Berlin, Annie Ernaux, o autoras en español como Gabriela Wiener o Ariana Harwicz, han recuperado esa escritura concisa para hablar no solo de la precariedad económica, sino también de la emocional, del cuerpo, de la intimidad más cruda. Les interesa lo minúsculo, pero también mostrar lo que suele quedar oculto: la pobreza, la enfermedad, el deseo femenino, las dinámicas familiares que asfixian. Donde Carver dejaba silencios, ellas a veces sueltan confesiones. Donde el minimalismo clásico apenas insinuaba, estas autoras incomodan con una franqueza que roza lo incómodo.

Uno de los rasgos más notables de esta nueva corriente es su fusión con la autoficción. Muchos de estos relatos parten de experiencias reales, aunque no para convertirse en confesiones puras, sino para transformar lo vivido en material narrativo. Lucia Berlin, en Manual para mujeres de la limpieza, narra historias que suenan autobiográficas, llenas de empleos mal pagados, relaciones rotas, adicciones y momentos de belleza que asoman entre el caos. Pero lo hace con plena conciencia de estar creando literatura, combinando datos reales con pura invención. Annie Ernaux, en cambio, convierte su vida en objeto de estudio, casi como si cada recuerdo fuese un documento que revela la estructura social, el género, la memoria, el peso de la educación. Su estilo es sobrio y preciso. No se deja llevar por el sentimentalismo, sino que disecciona lo vivido con la minuciosidad de quien busca entender su propia historia.

Este realismo renovado también está cargado de una dimensión política, aunque no siempre se presente como tal. Hablar de cosas pequeñas es, en realidad, hablar de lo esencial. Contar jornadas interminables en trabajos mal pagados, cuerpos exhaustos, humillaciones cotidianas, es hablar del orden social. Esas vidas aparentemente insignificantes encierran las grandes tensiones de nuestro tiempo: desigualdad, precariedad, soledad. Estas autoras han desplazado el foco del alcoholismo masculino y las historias de fracasos sentimentales —típicas en Carver o Bukowski— hacia otros territorios menos transitados, aportando miradas femeninas, migrantes, queer, o de clase obrera, que antes casi no tenían lugar en este tipo de escritura. Incluso en sus fragmentos más íntimos, estos textos cuestionan la idea de lo normal, los estigmas y las fronteras invisibles que separan unos cuerpos de otros.

Quizá lo que da fuerza a este nuevo realismo sea su manera de narrar lo cotidiano sin adornos, aunque tampoco sin caer en el desencanto absoluto. En estas páginas hay dolor, fatiga, a veces ira, pero también ironía y cierta ternura. Las historias, aunque breves, transmiten la sensación de que la vida está hecha de gestos diminutos que pesan como años.

02/07/2025 0 comments
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Literatura

Utopías y distopías

by Emain Juliana 17/06/2025
written by Emain Juliana

Desde que Thomas More acuñara la palabra Utopía en el siglo XVI, la literatura no ha dejado de imaginar mundos posibles, y algunas veces, esos mundos eran proyecciones esperanzadas de una sociedad mejor; otras, advertencias oscuras sobre lo que podría ocurrir si nuestras obsesiones —el control, la técnica, la desigualdad— crecieran sin freno. En ambos casos, estos relatos han funcionado como espejos deformantes: no reflejan lo que somos, sino lo que podríamos llegar a ser si no se modifican ciertas estructuras. Lo utópico y lo distópico son, en el fondo, mecanismos de pensamiento que no nos hablan del futuro, sino del presente. Por eso se repiten una y otra vez, por eso vuelven y nos incomodan. En cada época de inestabilidad, resurgen con fuerza. Hoy, más que nunca, el mundo parece necesitar esas ficciones: no para evadir la realidad, sino para comprenderla con claridad.

Las utopías clásicas, como la de More o la de Campanella en La ciudad del Sol, partían de una intención filosófica. Eran ensayos encubiertos, escritos como narraciones, que proponían modelos ideales de convivencia, su arquitectura social estaba basada en la razón, la justicia, el orden. Eran textos profundamente normativos, pero ya entonces se percibía cierta ambigüedad: ¿es deseable una sociedad que lo controla todo, incluso el pensamiento? ¿Qué precio tiene la armonía si exige la renuncia al individuo? Esa tensión es la que más tarde explotarán las distopías modernas, que no nacen como negación de la utopía, sino como una consecuencia lógica de la propia utopía. Si el ideal se lleva al extremo, se convierte en tiranía.

El siglo XX hizo de la distopía una herramienta crítica de primer orden. Obras como 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury plantearon futuros marcados por la censura, hedonismo controlado, vigilancia constante o la eliminación sistemática del pensamiento. No eran simples ejercicios de imaginación: eran respuestas a los totalitarismos, al miedo hacia la energía nuclear y a la manipulación mediática. Su fuerza residía en que no hablaban de sociedades alienígenas, sino de nosotros mismos empujados al límite. Lo aterrador de esos mundos no era lo exótico, sino lo reconocible. El trabajo sin sentido, la imposición del consumo, la prohibición del lenguaje libre y el aislamiento disfrazado de confort. Cada uno de esos relatos apuntaba, con distinta intensidad, a lo mismo: el precio de vivir sin conflicto es la pérdida de la conciencia.

En los últimos años, la distopía ha cambiado de piel, ahora ya a no se limita a regímenes políticos opresores o tecnologías descontroladas, aunque ambos temas sigan presentes, en la actualidad el miedo viene también del agotamiento emocional, del colapso ambiental,  y sobre todo del deterioro de los vínculos entre las personas. Autoras como Margaret Atwood, en El cuento de la criada y Oryx y Crake, cruzan la crítica feminista con la ciencia especulativa. El futuro que presentan no es lejano: está a la vuelta de la esquina, construido con materiales del presente. Samanta Schweblin, con su novela Distancia de rescate, desdibuja los bordes entre lo real y lo onírico para narrar un veneno que se extiende por los cuerpos y los campos, pero que también envenena las relaciones entre madres e hijos. En ambos casos, la distopía no es un decorado futurista, sino un modo de mirar el mundo con una lente deforme, que revela lo que preferiríamos no ver. De forma paralela, también han aparecido obras que huyen de los códigos tradicionales del género, para plantear narrativas donde el desastre ya ha ocurrido, donde no hay una amenaza inminente, sino un derrumbe asumido. Ray Loriga, en Rendición, imagina un mundo sin memoria, donde todo lo incómodo es borrado por un sistema demasiado blando y eficaz. Lo inquietante aquí no es la violencia explícita, sino la suavidad con la que todo se apaga. El ciudadano perfecto ya no es el que obedece, sino el que no recuerda. Estas historias no buscan épica ni rebelión: muestran el desgaste lento y la erosión de la conciencia. 

En el fondo, tanto las utopías como las distopías son ejercicios de imaginación ética que nos obligan a preguntarnos qué valores consideramos esenciales, qué estamos dispuestos a sacrificar y qué riesgos acarrea el progreso cuando se separa del cuidado. Lo que antes era una advertencia sobre regímenes totalitarios hoy puede ser una reflexión sobre nuestra relación con la tecnología o la naturaleza. Porque la amenaza ya no viene solo del poder: puede venir también del exceso de comodidad, de la hiperconectividad, del aislamiento voluntario o de como elegimos pasar nuestro tiempo en el mundo. Es decir, de nuestras elecciones diarias.

Pero ¿Qué mundo estamos construyendo? ¿Qué parte de nosotros mismos estamos dejando atrás para sostener este orden? ¿Cuánto futuro estamos dispuestos a perder por mantener un presente funcional? Tal vez la literatura especulativa no sirva para evitar el desastre, pero al menos nos obliga a imaginarlo con claridad. Y a veces, eso basta para empezar a cambiar.

17/06/2025 0 comments
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Literatura

La persistencia de lo gótico. Del castillo al trauma

by Emain Juliana 03/06/2025
written by Emain Juliana

Durante más de dos siglos, la literatura gótica ha servido como un oscuro espejo en el que la humanidad ha proyectado sus miedos más profundos. Lo que en sus inicios fueron ruinosos castillos, pálidas y lánguidas damas perseguidas y pasadizos secretos, se ha transformado en laberintos mentales, cuerpos heridos y casas modernas llenas de silencios. El gótico no solo ha sobrevivido por su estética —tan reconocible como fácilmente parodiable—, sino por su capacidad de encarnar lo que no sabemos nombrar. Nació como un género literario en el siglo XVIII con El castillo de Otranto de Horace Walpole, y lo hizo bajo el signo del exceso: exceso de emoción, de oscuridad, de pasado. Desde el inicio, fue un espacio narrativo para lo marginal, lo reprimido y lo disonante. Ann Radcliffe, combinaba superstición y razón, y Matthew Lewis, narraba con una audacia escandalosa, un ejemplo de ello es El monje. Estos autores confirmaron que el gótico era algo más que una moda literaria: era una forma de canalizar las tensiones morales y sociales de su tiempo. Las protagonistas lánguidas y encerradas, los escenarios en los que se desarrollaban los textos parecían devorar a los personajes, las figuras del doble, del espectro, del monstruo: todo estaba dispuesto para hablar, de forma velada o explícita, de lo que no se podía decir de otro modo. El miedo como lenguaje y el deseo como amenaza fueron sus claves desde el comienzo.

A medida que avanzaba el siglo XIX , el género se fue refinando y diversificando. Con Mary Shelley, el monstruo dejó de ser una criatura fantástica para convertirse en resultado de la ambición humana, y en su Frankenstein el horror no está en el cadáver animado, sino en la responsabilidad moral del creador. Con Edgar Allan Poe, el miedo se volvió psicológico, clínico incluso, habitando en el deterioro de la mente, en la percepción alterada, en la pulsión de muerte que asoma bajo la belleza. Y con Bram Stoker, el género alcanzó su dimensión más simbólica: el vampiro como metáfora del contagio, del deseo, del colonialismo y de la degeneración. Cada uno de estos autores transformó el castillo gótico en otra cosa: laboratorio, cripta, ciudad, mansión, celda mental. Las historias dejaron de hablar de un mal externo para mostrar que el verdadero monstruo podía vivir bajo la piel, en la conciencia o en la herencia. Ya no bastaba con huir: lo verdaderamente inquietante era no poder escapar de uno mismo.

En el siglo XX, los textos experimentaron una mutación mucho más íntima. La casa embrujada, por ejemplo, dejó de ser una reliquia del pasado para convertirse en símbolo del trauma moderno. La maldición de Hill House de Shirley Jackson es el mejor ejemplo, en la novela, su protagonista no huye de un espectro, sino de su propia historia personal, y encuentra en la arquitectura de la mansión un amplificador emocional. La casa no está poseída por un espíritu, sino por una tensión acumulada. El espacio, como en muchas obras góticas posteriores, se convierte en una extensión del cuerpo, también del dolor psíquico y de un conflicto no resuelto. Esta tendencia no ha hecho mas que consolidarse en las últimas décadas, especialmente de la mano de autoras que han hecho del gótico un género profundamente femenino y político. Mariana Enríquez, por ejemplo, nos traslada a las calles de Buenos Aires, donde lo monstruoso no es un vampiro, sino la pobreza, la represión, la violencia policial o los fantasmas de la dictadura. Carmen María Machado, por su parte, convierte la estructura misma del relato en una trampa mental: en En la casa de los sueños, narra una relación abusiva utilizando la lógica del cuento gótico —cuartos cerrados, ruidos inexplicables, una amenaza invisible—, pero lo que se destruye no es una casa, sino la identidad emocional de la narradora.

La narrativa gótica ha sido, a lo largo del tiempo, uno de los territorios más fértiles para las autoras. Desde las hermanas Brontë hasta Angela Carter, pasando por Daphne du Maurier o Shirley Jackson, se ha convertido en un espacio donde abordar lo que otros registros no permitían: la locura, la sexualidad, la maternidad, la opresión doméstica, los cuerpos que sangran, que se transforman, que se rebelan. Es, y continúa siendo, una forma de escritura sobre el encierro: físico, psíquico, social. Hoy esa tradición sigue con fuerza, pero ha mudado de piel. Ya no hacen falta castillos ni velas ni cementerios: basta una casa con demasiados pasillos, un cuerpo marcado por el dolor o una memoria que se resiste al olvido. La arquitectura del miedo ha cambiado, pero su función sigue intacta.

En una época como la nuestra, donde abundan las narrativas de autoayuda, superación, optimismo fabricado, estas historias sombrías se atreven a decir lo que nadie quiere oír: que hay cosas que no se curan, dolores que no desaparecen, espectros que no se exorcizan. No consuelan: incomodan. No ofrecen luz al final del túnel, sino la certeza de que, en ocasiones, puede no haber túnel, ni final, ni luz. Y sin embargo, ese mismo gesto es el que las vuelve necesarias. Porque en tiempos de ansiedad colectiva, de crisis ecológica, de precariedad emocional, estas ficciones oscuras se convierten en un lenguaje de supervivencia. Nos recuerdan que el miedo no es debilidad, sino una forma de conocimiento. Que mirar la oscuridad no nos destruye, sino que nos devuelve la capacidad de sentir. Y que lo verdaderamente monstruoso no es lo ajeno, sino aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos.

03/06/2025 0 comments
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AgendaEventosLiteratura

Arranca la Feria del Libro de Madrid

by Uve Magazine 31/05/2025
written by Uve Magazine

Madrid abre su feria del libro con un arranque potente: grandes autoras, autores y tributos literarios.

Nueva York, el español como lengua de identidad, homenajes a Ana María Matute y Mario Vargas Llosa, y una mirada al sur de la literatura: así comienza la 84.ª edición de la Feria del Libro de Madrid, con un fin de semana inaugural que promete ser un mosaico vibrante de ideas, memorias y lenguajes.

Sábado 31 de mayo: del español como resistencia a la memoria viva

La jornada inaugural se despliega con una charla de alto voltaje intelectual: Estados Unidos Hispanos. Una defensa del español, con María Negroni, Eduardo Lago y Carmen Boullosa. El español, más que una lengua extranjera en Estados Unidos, es una presencia resistente y moldeada por millones. Esta conversación propone una celebración del idioma como entidad viva que se transforma y a la vez se afirma como emblema de identidad.

A la misma hora, dos grandes homenajes emocionan a los amantes de la literatura: Ana María Matute, en el centenario de su nacimiento, y Mario Vargas Llosa, figura emblemática del Boom latinoamericano, serán recordados por escritores como Dolores Redondo, Manuel Vilas, Claudia Piñeiro y Javier Cercas, entre otros. Dos actos para recordar el poder de la palabra y el peso de una trayectoria.

Por la tarde, la escritora Marta Sanz se encuentra con Vivian Gornick, una de las grandes voces del ensayo autobiográfico, en un diálogo íntimo sobre feminismo, literatura y vida. Mientras tanto, el ensayista y poeta Eliot Weinberger conversa con Bárbara Mingo sobre lo poético en el pensamiento.

La jornada culmina con dos reflexiones complementarias: una sobre la identidad literaria latinoamericana en Europa —con Karina Sainz Borgo, Andrés Neuman y Natalia García Freire—, y otra sobre las narrativas indígenas y mestizas, de la mano de Socorro Venegas y Juan Carlos Méndez Guédez. Dos mesas para mirar desde el exilio, desde las raíces y desde las fisuras de la historia.

Domingo 1 de junio: voces del sur, del amor y de la ciencia ficción

El domingo trae nuevos registros. Yeguas de Troya, el giro literario de Caballo de Troya hacia escrituras del sur dirigidas por Gabriela Wiener, presenta a sus autoras en una mesa rabiosa y necesaria, con Tamara Grosso, Yolanda Arroyo Pizarro, Luciana De Mello y Pino Luna.

En una línea similar, El pulso de la verdad reúne a Lina Meruane, Claudia Salazar y Juan Álvarez para hablar sobre escritura y violencia, justicia y reparación.

Uno de los momentos más esperados será la celebración de la reedición de Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, donde Paula Ducay e Inés García revisitarán el deseo desde el pensamiento. Y más tarde, Gabriela Mistral será homenajeada con lecturas e intervenciones desde Chile, en el marco de los 80 años de su Nobel.

La jornada también acoge mesas de exploración: El tatuaje como forma de literatura, con Luna Miguel y Pablo Cerezo; Julio Camba, el cronista lúcido de Nueva York; y la literatura fantástica y de ciencia ficción iberoamericana, con autoras como Maielis González y Laura Chivite, que reinventan el presente desde lo insólito.

Encuentros y firmas

Como cada año, el público podrá conocer y conseguir firmas de autoras y autores destacados. Entre los nombres presentes este fin de semana están Vivian Gornick, Dolores Redondo, Julia Navarro, Marta Sanz, Sergio del Molino, Beatriz Serrano, Milena Busquets, Alana S. Portero y muchos más.

Un inicio con pulso y mirada múltiple

La Feria del Libro de Madrid comienza su 84.ª edición con una programación que combina celebración, memoria crítica, escritura desde los márgenes y exploraciones literarias que cruzan el Atlántico. Una apertura potente, diversa y profundamente literaria que marca el tono de una edición con mucho que decir.

31/05/2025 0 comments
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CineLiteratura

La advertencia incómoda de Margaret Atwood

by Emain Juliana 08/05/2025
written by Emain Juliana

Recuerdo la primera vez que me adentré en El cuento de la criada de Margaret Atwood: una sensación de malestar crecía página tras página, como si la propia historia se apoderara del espacio a mi alrededor y no hubiera escapatoria. No es un libro para leer a la ligera, ni para despachar con frases como “distopía feminista” o “crítica al patriarcado”. Es mucho más incómodo que eso, más pegajoso. Hay algo en la forma en que Atwood te sumerge en la República de Gilead —ese régimen donde la teocracia, la represión y la infertilidad han trazado un destino atroz para las mujeres— que resulta casi físico. No hay respiros. La narradora, Defred, cuenta su historia desde un lugar de sumisión absoluta, donde hasta su nombre ha dejado de ser suyo y se ha convertido en una etiqueta de propiedad, “De Fred”, perteneciente a su comandante. Lo que más desarma no es la violencia visible, sino la sutil: esa lógica siniestra en la que todo está perfectamente engranado para que la opresión se perciba como una especie de orden natural. Atwood no necesita mostrar sangre o torturas explícitas todo el tiempo; le basta con colocar al lector en la piel de una mujer a la que han despojado de su humanidad y, lo que es más doloroso, de su capacidad para imaginar un futuro diferente.

La eficacia de la novela está en ese mundo construido a partir de piezas reales. Lo que Atwood inventa no es tanto la situación concreta como la combinación de elementos que, por separado, han existido o existen aún. La infertilidad masiva provocada por el desastre ambiental, el uso político de la religión para justificar el control social, la segregación extrema de funciones entre las mujeres, el despojo total de derechos… Ninguno de estos horrores es nuevo, y esa es precisamente la advertencia que sobrevuela cada página. Leemos la historia de Defred sabiendo que las semillas de Gilead están plantadas en nuestro propio suelo, aunque a veces nos resulte más cómodo pensar que se trata de ciencia ficción o de un futuro remoto y ajeno.

Lo que más me impresionó durante la lectura fue cómo la novela retrata la descomposición de lo cotidiano. El terror no llega de golpe, sino que se infiltra poco a poco, como una enfermedad que uno no detecta hasta que es demasiado tarde. En los recuerdos fragmentarios de Defred, vemos cómo la vida antes del régimen se iba deteriorando de manera casi imperceptible: primero prohíben a las mujeres manejar dinero, luego les quitan sus trabajos, después empiezan las redadas. El proceso no es repentino, sino gradual, lo que provoca en la lectora un desasosiego permanente. Y es imposible no hacerse la pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo tardaríamos nosotras en darnos cuenta de que algo parecido está ocurriendo? ¿Con qué rapidez nos acostumbramos a lo intolerable cuando sucede en pequeñas dosis?

Atwood también introduce un matiz bastante preocupante: la complicidad de algunas mujeres dentro del sistema. Las Tías, encargadas de adoctrinar a las criadas, representan ese poder delegado que reproduce y refuerza la opresión desde dentro. No son víctimas pasivas, sino ejecutoras entusiastas de las normas de Gilead. Y ahí la autora da un golpe maestro al recordarnos que la opresión, a veces, se perpetúa a través de quienes están en la misma situación, porque llegan a aceptarla como si fuera su única salida.

Lo notable es que El cuento de la criada no tira de heroicidades ni de finales exagerados. Defred no es una líder revolucionaria, ni busca convertirse en símbolo de nada. Su resistencia es mínima, casi invisible: recordar su nombre verdadero, susurrar en la oscuridad, escribir una frase a escondidas. Y, sin embargo, en esa minúscula rebelión se encuentra la fuerza más devastadora del libro. Porque lo que Atwood pone sobre la mesa es que, en situaciones extremas, la memoria y la dignidad son actos de insubordinación. La posibilidad de narrar la propia historia, aun cuando la voz esté rota, es un hilo que conecta al ser humano con su libertad más profunda.

Otro aspecto que es muy importante en este libro es el modo en que se analiza el lenguaje. La prohibición de leer y escribir para las mujeres no es solo una medida práctica para controlar la información: es un arma más eficaz que cualquier muro o cualquier guardia. Privarlas del lenguaje significa privarlas de la capacidad de pensar con claridad, de articular una visión crítica, de concebir otras realidades posibles. El poder no solo se ejerce sobre los cuerpos, sino también sobre las palabras. En Gilead, incluso las bendiciones y las despedidas están codificadas por el Estado, y hasta los carteles públicos son sustituidos por imágenes para evitar que las criadas —las más vigiladas— accedan al conocimiento escrito. La deshumanización se consolida así de manera casi perfecta.

No se puede negar el impacto que ha tenido la novela, sobre todo desde que se estrenó la serie en 2017.  Las imágenes de las mujeres vestidas con túnicas rojas y cofias blancas se han convertido en símbolo de protesta en las calles, en un recordatorio visual de hasta qué punto la ficción de Atwood ha pasado de ser solo una novela a formar parte del debate público sobre derechos y libertades. Esta apropiación del símbolo no es trivial: demuestra que El cuento de la criada ha sabido poner palabras —y ahora también imágenes— a temores y amenazas que parecían difusas.

¿Es entonces un libro pesimista? Creo que esa pregunta es demasiado simple. Atwood no ofrece consuelo fácil, pero tampoco cae en el nihilismo. Lo que hace es plantear un espejo incómodo en el que mirarse, y a partir de ahí la reacción queda en manos del lector. La advertencia está hecha, las claves están ahí. En ese sentido, el libro es más que literatura: es una forma de vigilancia, una alarma que se oye mientras creemos estar a salvo.

Cada vez que termino de leerlo —ya van varias— siento lo mismo: un nudo en la garganta y una urgencia silenciosa por proteger todo aquello que damos por garantizado. Porque El cuento de la criada no nos habla del futuro; nos habla, sobre todo, del presente que todavía es moldeable, si no nos dormimos mientras la historia se pliega sobre sí misma.

08/05/2025 0 comments
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Literatura

Los libros más prohibidos de la historia

by Clara Belmonte 02/05/2025
written by Clara Belmonte

A lo largo de los siglos, la lectura ha sido una poderosa herramienta de libertad. No es casualidad que donde se ha intentado controlar a la población, los libros hayan sido uno de los primeros objetivos de la censura. El fuego, la tijera y la tinta negra han servido para silenciar ideas consideradas peligrosas, inmorales o simplemente incómodas para el poder. Hoy repasamos algunos de los libros que más incomodaron a gobiernos, religiones y sociedades, y que, por ello, fueron prohibidos, ocultos o perseguidos.

La cabaña del tío Tom
Rebelión en la granja
El decamerón
Las mil y una noches
El diario de Anna Frank
Ulysses
Los versos satánicos
1984
El origen de las especies

1. La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe

Publicado en 1852, este libro es considerado uno de los más influyentes en la lucha contra la esclavitud en Estados Unidos. Su historia, protagonizada por un esclavo negro cristiano, conmovió a millones de lectores. Sin embargo, en los estados del sur fue rápidamente prohibido por su crítica al sistema esclavista. Irónicamente, su lectura fue tan influyente que se dice que cuando Abraham Lincoln conoció a Stowe, le dijo: «Así que usted es la pequeña mujer que escribió el libro que causó esta gran guerra».

2. El origen de las especies, de Charles Darwin

La obra que sentó las bases de la biología evolutiva no solo revolucionó la ciencia, sino que también provocó la furia de muchas instituciones religiosas. Su publicación en 1859 fue vista como una amenaza directa a la visión bíblica de la creación. Fue prohibido o restringido en múltiples países, bibliotecas y universidades religiosas, y sigue siendo rechazado en algunos contextos educativos hasta el día de hoy.

3. 1984, de George Orwell

Irónicamente, una novela que denuncia la censura y el control totalitario ha sido censurada y prohibida en varias ocasiones. 1984 fue vetada en la URSS por su crítica al estalinismo, y también en algunos países occidentales por su contenido “subversivo”. En Estados Unidos fue objeto de controversia en escuelas y bibliotecas públicas durante décadas. En Birmania, por ejemplo, estuvo prohibida hasta 2012.

4. Los versos satánicos, de Salman Rushdie

Pocas obras modernas han sido tan polémicas como esta novela publicada en 1988. Su interpretación irreverente del islam y del profeta Mahoma provocó una ola de protestas a nivel mundial. Irán emitió una fatwa pidiendo la muerte del autor, quien vivió oculto durante años bajo protección británica. El libro fue y sigue siendo prohibido en países como Irán, Pakistán, Egipto y la India.

5. Ulises, de James Joyce

Considerada una de las obras maestras de la literatura moderna, Ulises fue prohibida durante años en Estados Unidos y Reino Unido por “obscenidad”. Su estilo experimental, sus alusiones sexuales y su retrato sin filtros de la mente humana hicieron que fuera perseguido por las autoridades. La novela fue finalmente legalizada en EE. UU. en 1933, tras una histórica batalla judicial que la defendió como obra artística.

6. Lolita, de Vladimir Nabokov

La historia del profesor Humbert Humbert y su obsesión por la joven Dolores Haze escandalizó a medio mundo. Publicada en 1955, fue prohibida en Francia, Reino Unido, Argentina, Nueva Zelanda y Sudáfrica por su tratamiento de la sexualidad y la pedofilia. A pesar (o quizás gracias) a ello, se convirtió en un superventas y en una obra literaria fundamental del siglo XX.

7. El diario de Ana Frank

Aunque pueda parecer increíble, el testimonio de una niña judía escondida durante la ocupación nazi ha sido objeto de censura. En países como Líbano o Irán ha sido vetado por considerarse “propaganda sionista”. También ha sido retirado temporalmente en bibliotecas estadounidenses por tratar temas sexuales o por negacionismo.

8. Las mil y una noches

Esta célebre recopilación de cuentos árabes fue prohibida en Egipto en 1985 por su contenido sexual y supuesta inmoralidad. A lo largo del siglo XX, diversas versiones de esta obra han sido censuradas en muchos países islámicos por razones similares. Paradójicamente, muchas de las ediciones modernas han sido suavizadas, perdiendo parte del contenido original.

9. El Decamerón, de Giovanni Boccaccio

Escrito en el siglo XIV, este conjunto de cuentos que mezcla sátira, erotismo y crítica social fue objeto de censura eclesiástica durante siglos. En pleno Renacimiento, fue perseguido por la Iglesia Católica por su visión burlesca del clero y su lenguaje “licencioso”. No fue hasta el siglo XIX que se popularizó ampliamente en Europa.

10. Rebelión en la granja, de George Orwell

Al igual que 1984, esta fábula alegórica sobre la corrupción del poder fue prohibida en la URSS y en otros países del bloque comunista por su crítica al estalinismo. También fue rechazada en algunos círculos conservadores del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, por temor a dañar las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, entonces aliada.

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LiteraturaPensamiento

¿Quién teme (leer) a Virginia Woolf?

by Nerea Aguado Alonso 29/04/2025
written by Nerea Aguado Alonso

Puede que Virginia Woolf sea una de las autoras más citadas, recomendadas e influyentes en la literatura del siglo XX. Su técnica del flujo de conciencia, la narrativa no lineal o fracturada y su búsqueda constante de una nueva voz literaria están plenamente asentadas en la narrativa del siglo actual. A nadie extraña ya una novela escrita totalmente como un monólogo interior de varios personajes ni la hibridación de géneros. Sus novelas y textos narrativos se caracterizan por su densidad, complejidad y capacidad de evocación de mundos interiores. Son un desafío y como tal me gusta llevar sus libros a la programación de los clubes de lectura. Si la vamos a citar y admirar, qué menos que leerla atentamente. Sin embargo, cuando las participantes se enfrentan a un texto de la escritora británica suelen empezar preguntando cómo hacerlo, pues les impone la fama de la autora. Empezar a leer a Woolf por su narrativa es introducirse en su amplio, multicolor y experimental estilo. Hay que atreverse, que hay que entrar en esa corriente y dejarse revolcar por sus olas una y otra vez, viajando de un sentimiento a otro. Leer su narrativa como quien lee poesía, sintiéndola primero, dejando que el ritmo, la estructura, las certeras palabras y las emociones nos bañen y volver después, con la humedad aún en la piel a mirar ese agua que ya conocemos y se aquieta para que veamos el lecho pedregoso, verde y lleno de vida. Ella misma escribió en su diario: “La manera en que creo hermosas cavernas detrás de mis personajes. Creo que esto da por resultado exactamente lo que deseaba. Humanidad, humor, profundidad. El proyecto es que las cavernas estén en comunicación entre sí, y que todas queden bajo la luz del día en el mismo instante.”[1]

Para quien no esté en disposición de una zambullida de este calibre, lo mejor será comenzar por sus ensayos breves y las transcripciones de sus charlas: “Sobre la enfermedad”, “¿Soy una esnob?”, “La torre inclinada” o la famosísima “Una habitación propia” se abren como puertas accesibles hacia su universo. La autora elige un tono casi conversacional y una estructura más directa, lo que facilita una lectura inmediata sin renunciar a la profundidad de sus reflexiones. Sobre “Una habitación propia” una perfeccionista y autocrítica Virginia escribió: “ Creo que este libro tiene cierta especie de inquieta vida; se ve a un ser en trance de arquear la espalda y galpar, aun cuando, como de costumbre, buena parte del libro es aguada, delgada y está expresada en voz excesivamente alta.”[2] Dos características de la divulgación de su pensamiento la han hecho perdurable en el tiempo: los temas arriesgados, críticos e inteligentemente estructurados y un estilo directo, más ligero pero no superficial, que corre rápido como su mente pero se posa lo suficiente para ser digerido.

Leer a Virginia Woolf es una experiencia excitante, desconcertante en ocasiones y que libera lugares de nuestra mente y nuestra imaginación de manera inesperada. Empecemos por el río que cabriolea de su narrativa o por la plácida y clara orilla de sus ensayos, una vez lo hagamos nuestra manera de leer cualquier texto habrá cambiado.

[1]Virginia Woolf, Diario de una escritora, trad. Laura Pujol (Barcelona: Lumen, 1981),91.

[2] Ibid.,199

29/04/2025 0 comments
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ArteLiteratura

Cuando la enfermedad dictaba la belleza

by Emain Juliana 26/04/2025
written by Emain Juliana

En la era victoriana, la tuberculosis moldeó un ideal de belleza frágil y espectral que dejó su impronta en la moda, el arte y la literatura.

En la Inglaterra victoriana, la belleza y la enfermedad compartieron un particular vínculo. De todas las enfermedades del siglo XIX, ninguna fue tan popular como la tuberculosis, también conocida como la tisis. Hoy la recordamos como una enfermedad devastadora y mortal, pero durante el siglo XIX estuvo rodeada por una fascinación mórbida que, de alguna manera retorcida, la hacía estéticamente atractiva. Lejos de representar únicamente decadencia o muerte, la tuberculosis encarnó durante décadas el símbolo de la sensibilidad, refinamiento y una suerte de espiritualidad melancólica que marcó con fuerza la moda, el arte y la literatura del periodo. Era la enfermedad de los poetas, el mal de los amantes trágicos y el murmullo de la muerte traducido en un hermoso suspiro. Esta estética mórbida —intensamente idealizada— puede contarnos mucho sobre la cultura de una época en la que lo etéreo, lo marchito y lo vulnerable fueron elevados a un estatus de culto, la moda de lo sublime.

La tuberculosis no solo mataba a millares de personas cada año en las ciudades industriales y en los campos europeos; también modelaba los rostros que las clases altas consideraban bellos. Extremos de delgadez, piel como porcelana blanca, mejillas ruborizadas con fiebre, labios rojizos, ojos brillantes y hundidos, una mirada que se disolvía en algún punto invisible en el horizonte entre la vida y la muerte. Era una belleza proveniente del espíritu incluso más que del cuerpo. Muchas mujeres, en un intento por acercarse a este canon, se mataban de hambre, se maquillaban pálidamente y se apretaban los corsés lo más ajustados posibles, con la esperanza de lograr un pequeño cuerpo, débil y frágil que se asemejara a alguien afligido por la enfermedad, sin padecerla realmente. La moda siguió el ejemplo con vestidos diáfanos, tejidos transparentes, pronunciados escotes abiertos que dejaban bien a vista las prominentes clavículas y largos faldones que fomentaban una postura encorvada que favorecía la imagen de una fragilidad constante, como si el cuerpo estuviera al borde de disolverse en un suspiro.

El mórbido ideal no surgió de la nada. La era victoriana estaba fuertemente influenciada por el Romanticismo, el movimiento artístico y filosófico que celebraba la emoción sobre la razón y veía en el sufrimiento una ruta hacia lo trascendente. Luego, la enfermedad se convirtió en un lenguaje simbólico: la persona que se enfermaba de tuberculosis no era meramente desafortunada víctima del azar biológico, sino alguien cuya sensibilidad lo volvía incapaz de soportar el peso brutal del mundo tal como era. En el fondo, era una historia de pureza: las almas más finas, más exquisitas, eran igualmente las más frágiles, y por eso morían jóvenes, como flores marchitándose en primavera. La muerte no se interpretaba solo como una tragedia, sino como una especie de redención estética. La debilidad del físico se identificó con la exaltación de lo espiritual.

D.G.Rossetti, Lady Lilith

No es casual que tantos artistas del período fueran retratados o recordados en asociación con la enfermedad. El poeta John Keats murió joven de tuberculosis, a los veinticinco años, y se convirtió en la imagen misma del artista típico: joven, hermoso, torturado y tan exquisitamente sensible que fue apresurado a su tumba. En la literatura, la tuberculosis comenzó a servir como un signo de intensidad romántica. Alexandre Dumas hijo la inmortalizó en La Dama de las Camelias, Thomas Mann la hizo una metáfora para un tiempo dejado estar en La montaña mágica y muchos otros escritores la usaron como un recurso literario para representar la diferencia entre lo bajo y lo alto, lo vulgar y lo poético, el cuerpo y el ideal. Pero quizás en ninguna parte encontraremos esta fetichización de la belleza consumida en una expresión más extrema que en la pintura. Los prerrafaelitas, como Dante Gabriel Rossetti o John Everett Millais, presentaron su arte con una visión casi mística de la feminidad: pelo largo y suelto; miradas lejanas; piel translúcida; cuerpos inclinados en morbidez graciosa, evocando mártires y heroínas en la literatura a quienes su propia sensibilidad traicionó. Estas figuras, con frecuencia modeladas sobre actrices reales o modelos, eran claramente producto de la imagen compartida de belleza victoriana: una belleza que nunca exigía, sino que empezaba a desvanecerse; que nunca hablaba, sino que suspiraba. Y en ese susurro, tan lleno de contención y deseo reprimido, había un elemento erótico innegable.

En una sociedad tan puritana y represiva como la victoriana, donde la sexualidad femenina debía ocultarse bajo capas de pudor y silencio, la consunción ofrecía un modo aceptable de sensualidad. El cuerpo enfermo, que sobrevivía a duras penas entre suspiros, piel ardiente y labios entreabiertos, prestaba una visión velada pero muy sensual. La imagen de la mujer postrada en una cama, delicadamente apoyada sobre almohadones de encaje, tosiendo sangre con gracia contenida, activaba una respuesta emocional y erótica que la moral victoriana no podía permitir de forma abierta, pero sí a través del filtro del padecimiento. El sufrimiento embellecía el deseo, lo elevaba, le daba respetabilidad a una cultura que no sabía cómo soportar su propio reflejo sin sentirse culpable

J. E. Millais, Ophelia 1852

Mientras tanto, la medicina hacía progresos. En 1882, el Dr. Robert Koch descubrió el bacilo considerado responsable de la tuberculosis, y muchas de las nociones románticas sobre su origen fueron desacreditadas. La enfermedad, antes considerada una cuestión de temperamento melancólico o una predisposición hereditaria, sería reconocida como una preocupación infecciosa, y por tanto evitable. Siguieron cruzadas de higiene, carteles informativos y hospitales designados. Gradualmente, la tisis perdió su estatus como un destino trágico y poético, y se convirtió en una verdadera amenaza para la salud pública. La perspectiva cambió: ya no era una enfermedad de artistas sino un flagelo de las clases trabajadoras. La enfermedad perdió su aura estética y empezó a ser combatida con métodos racionales, clínicos, higienistas, y ahora podía combatirse con razón.

Mientras este cambio de actitud se endurecía en las primeras décadas del siglo XX, al finalizar el siglo muchas de las antiguas actitudes aún persistían bajo la superficie. La imagen de la mujer delicada y casi transparente todavía sobrevivía en algunos campos de la moda, el cine y la pintura. Pero había signos crecientes de cambio. Con la modernidad vino un nuevo canon de la mujer activa: una que era más saludable, con cuerpos activos, dinámicos y saludables, en definitiva; lo mórbido fue gradualmente reemplazado por la salud.

Hoy, esto podría ser impactante. ¿Cómo podría una enfermedad dolorosa, debilitante y contagiosa ser un símbolo de belleza, de todas las cosas, y mucho menos de virtud? Pero la explicación es su relación con la época. Lo que impulsó el ideal victoriano fue una tensión dinámica entre el deseo de reprimir y el deseo de ser expresado.  La tuberculosis, con su ambigua estética de lo marchito y lo sublime, ofrecía un espacio para que ese deseo contenido tomara forma sin escándalo. Era una belleza que no gritaba, que no reclamaba, pero que hablaba con la elocuencia de los cuerpos que se apagan lentamente. Una belleza, en suma, que no estaba hecha para durar.

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La leyenda que florece en libros

by Uve Magazine 23/04/2025
written by Uve Magazine

Cuenta la leyenda que, en una tierra lejana y asolada por el miedo, un dragón terrible mantenía en vilo a toda una ciudad. Su aliento era venenoso, su rugido estremecía las piedras y su sombra bastaba para que los campos se secaran. Este monstruo no sólo destruía todo a su paso, sino que, para mantenerse calmado, exigía sacrificios humanos. Primero fueron animales, luego personas elegidas por sorteo, hasta que un día, el nombre que salió fue el de la hija del rey. La princesa, según las distintas versiones, no suplicó clemencia ni se escondió. Aceptó su destino con dignidad, se vistió con sus mejores galas y salió al encuentro del dragón. Justo cuando la criatura abría sus fauces para devorarla, apareció un caballero montado en un corcel blanco: Jorge, o Jordi, según la lengua. Con lanza en mano, enfrentó al dragón y lo atravesó en el corazón. De la sangre derramada brotó un rosal de flores rojas, y de entre las espinas emergió una rosa que el caballero ofreció a la princesa. Desde entonces, cada 23 de abril, en Cataluña y otras regiones, se conmemora esta hazaña legendaria con libros y rosas: una celebración del amor, la cultura y la palabra.

Esta historia, de claras resonancias medievales, combina elementos del mito, la hagiografía y la construcción simbólica de la caballería cristiana. San Jorge es, de hecho, un santo venerado en múltiples lugares del mundo, patrón de países como Inglaterra, Georgia o Etiopía, y protector de ciudades como Moscú o Beirut. En la versión catalana, la leyenda de Sant Jordi adopta un carácter propio que ha evolucionado con el tiempo hasta convertirse en una de las fiestas culturales más singulares del mundo. En vez de limitarse al martirio del santo —como ocurre en la tradición litúrgica—, la versión popular catalana transforma la historia en un relato de valentía, amor y redención que ha trascendido los templos para tomar las calles.

La fecha no es casual. El 23 de abril se conmemora el día de la muerte de dos de las figuras más importantes de la literatura universal: William Shakespeare y Miguel de Cervantes, fallecidos en 1616. Aunque no murieron exactamente el mismo día por las diferencias entre el calendario gregoriano y el juliano, la coincidencia simbólica impulsó a la UNESCO a declarar esta fecha como el Día Internacional del Libro. En Cataluña, esta efeméride se entrelazó con la celebración tradicional de Sant Jordi, generando una fusión cultural única: hombres y mujeres intercambian libros y rosas como símbolo de amor y conocimiento. Lo que antiguamente era una feria de flores y una veneración al patrón, se ha convertido en una jornada de exaltación de la lectura, en la que librerías, editoriales y autores salen a la calle, los balcones se engalanan con senyeras, y las ciudades se llenan de poesía, música y encuentros literarios. No es menor el valor simbólico de los dos objetos que se regalan. La rosa, de raíz medieval, puede rastrearse hasta los torneos de caballería y los gestos cortesanos del amor idealizado. Representa la belleza efímera, el deseo, el sacrificio, pero también la sangre derramada por una causa justa. En la historia de Sant Jordi, la rosa nace de la herida del dragón, como si el mal vencido pudiera transformarse en algo bello. Por su parte, el libro es una conquista más reciente, del siglo XX, cuando el escritor valenciano Vicent Clavel propuso en 1926 establecer un día en honor al libro. El éxito fue tal que en 1930 se fijó definitivamente el 23 de abril como la fecha de celebración. Desde entonces, regalar un libro el día de Sant Jordi ha pasado de ser un gesto entre enamorados a convertirse en una expresión de afecto, admiración o amistad, sin necesidad de vínculos románticos.

Lo más fascinante de esta tradición es que ha logrado combinar elementos dispares —el mito cristiano, la literatura moderna, el amor caballeresco, el activismo cultural— en una jornada que moviliza a miles de personas. Durante Sant Jordi, las calles de Barcelona se transforman: las avenidas se llenan de puestos de libros, las editoriales lanzan sus novedades más esperadas, los autores firman ejemplares y conversan con sus lectores, y cada conversación parece teñida de una alegría contagiosa. No es raro ver a personas que apenas leen el resto del año dejarse llevar por el impulso de la jornada y comprar libros para todos sus seres queridos. Y eso, en un mundo dominado por la prisa y lo digital, tiene algo de milagro.

Este carácter festivo, urbano y participativo diferencia a Sant Jordi de otras celebraciones literarias. Mientras que en muchos países el Día del Libro pasa casi desapercibido, en Cataluña adquiere la dimensión de una gran fiesta popular. Es, en cierto modo, una manera de reivindicar el poder de la cultura frente a los embates del olvido. El dragón de nuestros días ya no escupe fuego ni exige sacrificios humanos, pero adopta otras formas: el desinterés, la banalidad, la sobreinformación, la pérdida del pensamiento crítico. Y cada libro regalado, cada lector que se detiene a hablar con un autor o una autora, cada rosa ofrecida, es una pequeña victoria sobre ese dragón moderno.

Cabe destacar también que esta fiesta ha evolucionado en sus códigos de género. Si bien tradicionalmente los hombres regalaban rosas a las mujeres, y estas devolvían el gesto con libros, hoy ese intercambio es mucho más libre y simétrico. Las mujeres regalan libros y rosas; los hombres también. Se regalan entre amigos, colegas, familiares. La rosa ya no es sólo símbolo del amor romántico, sino también del reconocimiento, del cariño y de la celebración mutua. Lo mismo ocurre con el libro, que en su diversidad de géneros, estilos y temáticas, representa el universo de posibilidades que cada lector puede explorar.

Más allá de la leyenda fundacional, Sant Jordi ha conseguido convertirse en un símbolo de identidad colectiva. Es una fiesta que permite abrazar la diversidad literaria del mundo. En los puestos de las librerías pueden encontrarse autores de todos los países, desde clásicos hasta contemporáneos, desde la poesía al ensayo político, desde la novela gráfica hasta el cuento infantil. No hay jerarquías ni exclusiones. Todo cabe en el día del libro y la rosa, porque lo que se celebra no es sólo la letra impresa, sino la capacidad de las palabras para crear vínculos, transformar realidades y sostener la memoria de los pueblos. Quizás por eso, Sant Jordi es también una jornada de resistencia cultural. En tiempos de crisis —económicas, sanitarias o políticas—, la continuidad de esta tradición ha funcionado como una afirmación colectiva de que lo esencial sigue vivo. Durante la pandemia, aunque las calles se vaciaron, muchos mantuvieron la costumbre regalando libros y rosas a distancia, compartiendo poemas por mensajes o leyendo juntos desde la distancia. La leyenda del caballero que vence al dragón cobró entonces una nueva dimensión: la de quienes enfrentan la adversidad con palabras, con arte, con gestos de afecto.

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Literatura

Luces, máscaras y simbolismo en El gran Gatsby

by Emain Juliana 11/04/2025
written by Emain Juliana

Una sociedad hipócrita, maquillada de civilización

El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, no es solo una novela sobre el amor idealizado o la búsqueda de riqueza: es un retrato implacable de la alta sociedad estadounidense de los años veinte, una radiografía de un mundo deslumbrante por fuera y vacío por dentro. A través de una narración cuidadosamente construida, Fitzgerald expone las máscaras emocionales de sus personajes, los códigos secretos del lujo, y una simbología del color que revela las fracturas de un sistema social basado en la apariencia, el poder y la hipocresía.

El protagonista de esta novela, Jay Gatsby, no es simplemente un excéntrico millonario que da fiestas fastuosas en su enorme mansión de West Egg. Es un hombre profundamente herido que ha caído en una fantasía demencial y compulsiva.

Su vida entera ha sido una construcción ficticia dirigida a recuperar a su querida Daisy, la mujer que encarna para él la promesa de un futuro perfecto y la posibilidad de ser amado. Pero ese amor es fruto de una idea concebida en su cabeza, un símbolo que ha idealizado hasta convertirlo en obsesión. Los rasgos de Gatsby recuerdan claramente a un trastorno límite de la personalidad: identidad difusa (su verdadero nombre es James Gatz), vínculos intensos y desestabilizadores, miedo al abandono, idealización extrema de una figura amorosa y tendencia a la autodestrucción. Gatsby no ama a Daisy: ama lo que ella representa, lo que cree que puede recuperar a través de ella. Su necesidad de control emocional lo lleva a recrear escenarios enteros, manipular el tiempo y desafiar el presente. Y en el momento en que su fantasía se rompe, se cae.

Daisy Buchanan, por su parte, aparece siempre rodeada de blanco, vestida con elegancia y encanto. Su voz —esa voz que “suena a dinero”— actúa como un hechizo en quienes la escuchan. Pero bajo ese barniz de ligereza hay una mujer rota, sometida, encerrada en un matrimonio muy violento. Daisy es una mujer maltratada que ha aprendido a sobrevivir sin enfrentarse directamente a su agresor. La relación con Tom está marcada por la humillación y la amenaza, y Daisy se refugia en la pasividad, en la belleza, en el juego de las apariencias. Su famosa frase acerca de su hija —“espero que sea una hermosa tontita”— esconde una amarga lucidez: entiende que la inteligencia no garantiza nada en un mundo en el que la mujer solo tiene valor si es ornamental. Su frivolidad no es superficialidad: es defensa. Incluso cuando mata accidentalmente a Myrtle y Gatsby se ofrece a cargar con la culpa, Daisy se limita a callar. Sabe que el silencio la protege, incluso si implica sacrificar a quien la ha amado incondicionalmente. En cambio, Tom Buchanan, es la encarnación más cruda de la violencia patriarcal. Racista, posesivo, cruel y arrogante, es el tipo de hombre que ejerce su poder con total impunidad. No solo maltrata emocionalmente a Daisy, sino que abusa física y psicológicamente de su amante, Myrtle, a quien llega a golpear brutalmente. Tom representa al old money, a los herederos de la riqueza tradicional que consideran que el mundo les pertenece por derecho natural. No necesita justificar su poder, ni sus actos: simplemente los ejerce. Fitzgerald no suaviza este retrato. Tom no es un villano exagerado, es un hombre cotidiano en una sociedad que lo legitima. Su discurso pseudocientífico sobre la “raza nórdica” y su constante desprecio hacia los demás revelan una mentalidad profundamente clasista y supremacista. Cuando se ve amenazado, reacciona con violencia y manipulación. Y cuando todo termina, él y Daisy simplemente se marchan, intactos, indemnes, sin mirar atrás.

La simbología del color en la novela es uno de los lenguajes más poderosos y sutiles que emplea Fitzgerald para articular sus críticas. Los colores no solo decoran, sino que codifican el estatus, las emociones y las intenciones ocultas. El dorado y el plateado, por ejemplo, están íntimamente ligados al old money, a esa aristocracia económica que heredó su lugar en el mundo. Las mansiones de East Egg brillan en estos tonos, Daisy parece bañada en luz blanca y oro. Son colores nobles, sobrios, que evocan una riqueza serena, legítima, aunque en realidad solo sirvan para disimular el vacío y la indiferencia. En cambio, el amarillo chillón, los colores vivos de los trajes y los coches de Gatsby, representan el new money, la riqueza reciente, ostentosa, sin el respaldo de un apellido ni una educación “adecuada”. Gatsby intenta copiar el lenguaje del poder, pero su brillo resulta siempre un poco excesivo, demasiado evidente. Sus fiestas, sus ropas, incluso su coche amarillo, muestran esa tensión entre el deseo de pertenecer y la imposibilidad real de ser aceptado por la élite.

Otro símbolo cromático central es el verde. La luz verde del muelle de Daisy, que Gatsby observa noche tras noche, resume la novela entera: es el faro de la esperanza, del deseo, pero también el reflejo de una obsesión destructiva. Es la promesa de algo que nunca llega, como el propio sueño americano, que Fitzgerald presenta aquí como una trampa, un espejismo. También el gris tiene un papel fundamental: es el color del Valle de las Cenizas, el espacio donde habitan los olvidados. Allí viven los Wilson, allí se consumen los que trabajan sin glamour, sin nombre. Es un paisaje muerto, sin futuro, coronado por los ojos gigantes del doctor Eckleburg, que todo lo ven pero no juzgan. Son los ojos de una moral vacía, de una espiritualidad hueca, como la sociedad que Fitzgerald retrata.

F. Scott Fitzgerald y Zelda Fitzgerald

La novela entera es una crítica feroz a la hipocresía de la alta sociedad. Los que nacen con dinero no tienen por qué demostrar nada. Son impunes. Cuando Tom y Daisy destruyen vidas a su paso, simplemente se refugian en su dinero, en su apellido, en su falta de responsabilidad. Gatsby, que lo ha dado todo por pertenecer a ese mundo, es el único que muere. Myrtle, que aspiraba a escapar de su pobreza, también fallece. Wilson, víctima del engaño y del dolor, se quiebra. Solo los culpables sobreviven. Como escribe Nick al final, “eran gente descuidada… destruían cosas y personas, y luego se refugiaban en su dinero, o en su vasta indiferencia, o en lo que fuera que los mantenía unidos”. El gran Gatsby no es, por tanto, la historia romántica de un amor imposible, sino la historia de una sociedad enferma, construida sobre la desigualdad, la violencia y la mentira. Un cuento de hadas donde el castillo se derrumba, y los príncipes son en realidad verdugos.

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