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Arte

AgendaArteEventos

Duane Michals, el arte de fotografiar lo invisible

by Clara Belmonte 24/07/2025
written by Clara Belmonte

Duane Michals, uno de los nombres más influyentes de la fotografía contemporánea, llegó a Madrid el pasado mes de mayo con una gran retrospectiva organizada por la Fundación Canal. Bajo el título Duane Michals. El fotógrafo de lo invisible, la muestra —incluida en la sección oficial de PHotoESPAÑA 2025— permanecerá abierta al público hasta el 24 de agosto en la Sala Mateo Inurria 2. A falta de un mes para su clausura, aún es posible adentrarse en el universo creativo de un artista que transformó para siempre el lenguaje fotográfico.

La exposición, comisariada por Enrica Viganò y realizada en estrecha colaboración con el propio artista, reúne 51 obras compuestas por 150 fotografías que abarcan seis décadas de trabajo, desde 1964 hasta sus creaciones más recientes. A sus 93 años, Michals continúa produciendo obra con la misma lucidez crítica que lo convirtió en una de las voces más singulares de la fotografía del siglo XX.

Autodidacta y al margen de las convenciones del medio, Michals fue pionero en incorporar la narrativa secuencial y el texto manuscrito a la fotografía, desplazando el foco del documento a la emoción, la metáfora y la introspección. Su trabajo, más cercano a la literatura y al cine que al fotoperiodismo, plantea interrogantes sobre la identidad, el tiempo, la muerte, el amor o la espiritualidad.

La muestra se articula en torno a seis grandes ejes temáticos —Imaginación, Visualización, Sensación, Intuición, Indignación y Revelación— que permiten explorar la evolución y profundidad de su pensamiento visual. Desde secuencias icónicas como Encuentro casual (1970) o Las cosas son raras (1973), hasta retratos de Duchamp, Warhol o Magritte y vídeos recientes donde el propio Michals reflexiona sobre su obra, el recorrido ofrece una mirada íntima, filosófica y profundamente humana.

Quienes aún no la hayan visitado están a tiempo de descubrir a un artista que desafió los límites del medio y abrió la fotografía a lo invisible.

24/07/2025 0 comments
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AgendaArteEventos

Anna Weyant entre espejos y herencias

by Emain Juliana 18/07/2025
written by Emain Juliana

El Museo Thyssen-Bornemisza acoge la primera exposición monográfica en un museo de la artista canadiense Anna Weyant (Calgary, 1995), dentro del programa dedicado a la colección de Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza. La muestra, comisariada por Guillermo Solana, reúne 26 obras entre lienzos y trabajos sobre papel pertenecientes a su producción más reciente, y se podrá visitar del 15 de julio al 12 de octubre de 2025.

Formada en la Rhode Island School of Design y con una breve estancia en la China Academy of Art en Hangzhou, Weyant se trasladó a Nueva York, donde su carrera despegó con fuerza desde su primera exposición individual en 2019. En apenas unos años, ha pasado de vender dibujos por 400 dólares en ferias locales a alcanzar más de 1,5 millones en subastas internacionales, convirtiéndose en una de las figuras más destacadas del arte figurativo contemporáneo. En 2022 se convirtió en la artista más joven representada por la prestigiosa galería Gagosian, donde ha celebrado exposiciones como Baby, It Ain’t Over Till It’s Over o Who’s Afraid of the Big Bad Wolves?, consolidando su presencia internacional.

El trabajo de Weyant se sitúa en un terreno de afinidades históricas y disonancias contemporáneas. Con una estética figurativa que remite al Barroco y a movimientos artísticos de la primera mitad del siglo XX, la artista construye una iconografía donde lo cotidiano se entrelaza con lo onírico, y donde los géneros tradicionales del arte —retrato, bodegón, escena de interior— son revisitados desde una mirada cargada de ironía, melancolía y un subtexto feminista muy actual. Esta conexión con el pasado se materializa en el diálogo que Weyant establece entre sus piezas y una cuidada selección de cinco obras de la colección permanente del museo, elegidas por ella misma, entre las que figuran autores como Mattia Preti, Magritte y Balthus.

Conocida por sus retratos de jóvenes mujeres inmersas en espacios que evocan casas de muñecas o paisajes suburbanos, Weyant aborda la adolescencia femenina como un espacio ambiguo entre la inocencia y el desencanto. Sus personajes —de apariencia serena, pero emocionalmente contenida— parecen habitar un mundo suspendido, atravesado por el deseo, la fragilidad y una cierta amenaza latente. Este mismo clima emocional se extiende a sus naturalezas muertas, donde globos a medio inflar, flores marchitas o lazos deshechos sugieren un estado de transición o colapso inminente.

Feted, 2020. Óleo sobre lienzo. Anna Weyant

La exposición subraya también el interés de la artista por lo siniestro y lo ilusorio. Obras como El concierto de Mattia Preti o el Retrato de una joven de perfil con una máscara en la mano derecha de Piazzetta refuerzan la idea de un tiempo detenido y enmascarado. En esa misma línea, la inclusión de El retrato del Dr. Haustein de Christian Schad o La llave de los campos de Magritte añade una tensión entre lo visible y lo que se oculta, entre la apariencia y lo que amenaza con irrumpir.

Conceptualmente, Weyant combina un dominio técnico muy riguroso —influido por los viejos maestros— con una sensibilidad contemporánea que no rehúye el humor negro ni la crítica velada. En palabras de la propia artista, solo produce pinturas que realmente son significativas para ella, y ha llegado a eliminar obras completas si no cumplen con su estándar emocional. Su reciente serie sobre joyas, presentada en TEFAF Nueva York, plantea una reflexión sobre el lujo y el artificio, utilizando un trompe-l’œil impecable que sugiere tanto opulencia como vacío simbólico.

Con esta exposición, el Museo Thyssen-Bornemisza no solo reconoce a una de las voces más interesantes y singulares del arte actual, sino que también plantea un diálogo entre tradición y contemporaneidad, e historia del arte y sensibilidad crítica. Lejos de ser una simple revelación del mercado, Anna Weyant se confirma aquí como una artista con visión, profundidad y una estética tan perturbadora como refinada.

18/07/2025 0 comments
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AgendaArteEventos

Ayako Rokkaku o el arte como paraíso fugaz

by Uve Magazine 23/05/2025
written by Uve Magazine

Del 23 de mayo al 7 de septiembre de 2025 – Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza abre sus salas a la artista japonesa Ayako Rokkaku (Chiba, 1982) con una exposición que invita al visitante a sumergirse en un universo tan etéreo como vibrante. Bajo el título Ayako Rokkaku. Para los momentos en que te sientes paraíso, la muestra —comisariada por Guillermo Solana, director artístico del museo— reúne una treintena de obras entre pinturas, esculturas e instalaciones que recorren la evolución artística de una creadora autodidacta que ha hecho de la intuición y la energía su sello personal.

Reconocida por sus grandes lienzos pintados con los dedos, Rokkaku ha creado a lo largo de los años un lenguaje visual propio, donde lo onírico, lo infantil y lo natural conviven en armonía. Desde sus primeras obras sobre cartón reciclado, en las que los motivos marinos ya comenzaban a emerger, hasta sus más recientes esculturas en bronce, la exposición revela un imaginario en constante transformación. Nada es permanente en su obra: las figuras aparecen y se disuelven como nubes que cambian de forma en el cielo, uno de los elementos naturales que más fascinan a la artista.

La muestra, enmarcada dentro del programa expositivo dedicado a la colección de Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza —que incluye dos piezas de la artista—, culmina con Paraíso (2025), un monumental díptico de 3 por 6 metros que supone un hito en la trayectoria de Rokkaku. Inspirada en El Paraíso de Tintoretto, la artista interpreta el lienzo veneciano del siglo XVI en clave contemporánea: Jesús y María coronados por flores, ángeles rodeados de peces, conejos en círculo y patitos ascendiendo hacia el cielo. Es la primera vez que Rokkaku realiza una obra basada directamente en otra, y el resultado es una fusión entre la tradición pictórica occidental y su particular visión lúdica y espontánea del mundo.

Desde sus comienzos en Japón hasta su etapa en Berlín, la artista ha explorado técnicas como la pintura acrílica aplicada con los dedos, el uso de ceras, lápices y la superposición de capas. Ha sido influida por el expresionismo abstracto y por figuras como Jackson Pollock y Cy Twombly, cuyas huellas pueden reconocerse en los fondos de sus cuadros, donde se mezcla el caos y la ternura de lo infantil.

Rokkaku también es conocida por sus performances de pintura en directo, en las que comparte con el público la inmediatez del acto creativo. Con motivo de la apertura de la exposición, el museo acogerá una performance pictórica el 23 de mayo en dos sesiones: de 10:30 a 12:30 y de 14:00 a 16:00 horas, en el hall del museo. Una oportunidad única para asistir a la gestación de un paraíso efímero, construido con las manos desnudas y los colores de la imaginación.

Ficha técnica

  • Título: Ayako Rokkaku. Para los momentos en que te sientes paraíso

  • Fechas: Del 23 de mayo al 7 de septiembre de 2025

  • Lugar: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid

  • Comisario: Guillermo Solana

  • Obras expuestas: 29

  • Publicación: Catálogo con textos de Danaï Loukas y Guillermo Solana

  • Performance: 23 de mayo, 10:30–12:30 y 14:00–16:00 h, hall del museo

Una exposición que no sólo muestra la evolución de una artista, sino que nos recuerda que el arte puede ser, en sí mismo, un paraíso que aparece cuando más lo necesitamos.

23/05/2025 0 comments
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ArtePensamiento

Volver a conectar con lo bello

by Valeria Cruz 12/05/2025
written by Valeria Cruz

La palabra "belleza" proviene del latín bellus, que significa "bello, agradable, hermoso", aunque su raíz es aún más compleja: algunos filólogos la vinculan con benulus, diminutivo de bonus —bueno—, lo que sugiere que, en su origen, lo bello no solo remitía a lo placentero, sino también a lo valioso, a aquello que participa de un orden deseable, armonioso, incluso vital. En la tradición griega, esta idea se refuerza: para Platón, lo bello (kalón) era el reflejo visible de una verdad más profunda. La belleza no era adorno, sino señal; no superficialidad, sino manifestación de lo esencial.

Durante siglos, esta concepción sustentó una parte importante de la creación artística, del pensamiento filosófico y de la experiencia como seres humanos. La belleza era comprendida como una forma de conocimiento. A través de ella, se desarrollaban la atención, el juicio, la sensibilidad ética y la memoria. Reconocer lo bello no era un acto frívolo, sino un ejercicio intelectual y moral. La contemplación estética ofrecía una vía legítima para comprender el mundo. Este marco, sin embargo, comenzó a erosionarse en el siglo XX, en parte como respuesta a los grandes traumas históricos. El pensamiento crítico desplazó la belleza para dar prioridad a lo útil, funcional y urgente. Se temía que lo bello actuara como una cortina que encubría la violencia o el conflicto. Desde entonces, hablar de belleza se volvió sospechoso, casi incómodo, como si su sola mención implicara un alejamiento de la realidad. El arte, la teoría y la cultura han tendido a privilegiar la disrupción, la ironía, lo conceptual. En este contexto, lo bello se fue marginando, reducido a una experiencia secundaria o meramente decorativa.

En el presente, esa marginación se acentúa. Vivimos en un entorno saturado de estímulos, marcado por la velocidad, la visibilidad y la productividad. Todo compite por captar la atención en el menor tiempo posible. Lo bello, que requiere pausa, disposición y sensibilidad, no encaja fácilmente en ese sistema. No genera rendimiento. No se impone. Solo se revela cuando alguien se detiene lo suficiente para percibirlo. En un tiempo que valora lo medible por encima de lo significativo, esa forma de experiencia se vuelve rara.

Pero rara no significa irrelevante. Todo lo contrario. Recuperar la belleza como una experiencia válida es, hoy, más necesario que nunca. No se trata de idealizar una estética concreta ni de volver a cánones pasados. Se trata de defender una manera de relacionarse con el mundo que no esté gobernada por la utilidad inmediata. Lo bello no responde a un fin práctico. No sirve para otra cosa que para provocar una forma distinta de presencia, nos sitúa en un estado de atención expandida, nos saca del automatismo y hace que vivamos el instante con más conciencia. Y eso, en un entorno de fragmentación y exceso, es profundamente transformador. Porque lo que está en juego no es simplemente una categoría estética, sino una forma de percepción. Cuando dejamos de valorar lo bello, también perdemos una parte de nuestra capacidad de sentir de manera plena y pasamos por encima de las cosas. La belleza, en cambio, nos obliga a prestar una verdadera atención.

Lo más difícil, quizá, no es reconocer la belleza, sino disponer del tiempo necesario para acogerla, porque lo bello no irrumpe como un mensaje, no se impone como una consigna. Aparece con discreción: en un gesto mínimo, en una forma inesperada, en un momento que no estaba previsto.  Su potencia radica precisamente en eso: en su capacidad de afectarnos sin violencia, de tocarnos sin invadirnos, de quedarse sin ruido.

Por eso, reivindicar la belleza hoy no es una forma de evasión, sino un acto de resistencia. Una manera de afirmar que no todo tiene que traducirse en rendimiento o utilidad. Que hay experiencias valiosas por sí mismas. Que la sensibilidad también es pensamiento. Y que permitirnos ser atravesados por lo bello —sin defensas, sin escepticismo— es una forma legítima de comprender y de habitar el mundo.

No necesitamos que la belleza nos devuelva una armonía imposible ni que endulce lo que duele. Lo que necesitamos es recordarla como parte de la vida. Como una presencia activa, capaz de afinar nuestra percepción y de recordarnos que lo importante no siempre es lo que brilla más fuerte, sino lo que permanece cuando todo se ha apagado.

12/05/2025 0 comments
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ArteEventosSin categoría

YOU: El cuerpo como arquitectura radical

by Uve Magazine 30/04/2025
written by Uve Magazine

Una confrontación entre cuerpo, espacio y vídeo transforma el Guggenheim Bilbao en una experiencia física y radical del arte contemporáneo.

La exposición YOU, que se presenta en el Museo Guggenheim Bilbao del 3 de abril al 7 de septiembre de 2025, propone un diálogo vibrante entre dos artistas fundamentales en el desarrollo del arte corporal y el vídeo como herramienta crítica: Vito Acconci (1940–2017) y Sergio Prego (n. 1969). Aunque separados por una generación y por contextos culturales distintos, la obra de ambos se entrelaza en torno a una serie de obsesiones comunes: el cuerpo como punto de partida, el espacio como extensión (o límite) del yo, y la videoperformance como medio para tensar esas fronteras.

El título de la muestra, YOU, no es casual: apela directamente al espectador. En lugar de contemplar obras, se le invita a ocuparlas, a pensarse dentro de ellas. En el trabajo de Acconci, esta apelación al “tú” —al otro, al que mira, al que escucha, al que reacciona— se convierte en una constante que desestabiliza la pasividad del espectador tradicional. En el de Prego, esta relación se materializa en estructuras que retan al visitante a habitar físicamente lo que parece inestable, hinchable, frágil.

El cuerpo como discurso

Vito Acconci, poeta antes que performer, entendió pronto que la página no bastaba. A finales de los años sesenta y principios de los setenta, trasladó su búsqueda lingüística al espacio físico y convirtió su propio cuerpo en el texto. En vídeos como Centers (1971), Theme Song (1973) o Pryings (1971), Acconci pone en escena situaciones de incomodidad, invasión o seducción en las que el artista habla, toca, respira, susurra, y hasta acosa al espectador. Son trabajos de una potencia incómoda, donde el vídeo no actúa como mero registro, sino como espacio de confrontación. La cámara, casi siempre fija, convierte el encuadre en un umbral: no documenta un acto, sino que lo contiene.

La muestra reúne algunas de las piezas más influyentes de este periodo, obras que redefinieron la performance desde un lugar íntimo y conceptual. En Theme Song, por ejemplo, Acconci se tumba frente a la cámara y canta una y otra vez fragmentos de canciones pop mientras susurra frases a la audiencia, intentando seducirla. Es una escena doméstica y desquiciante al mismo tiempo, que desmonta la frontera entre lo privado y lo público, entre lo espontáneo y lo coreografiado.

Estas obras tempranas del artista estadounidense anticipan preocupaciones que, décadas después, serán revisitadas desde una óptica muy distinta por Sergio Prego. En su caso, la fisicidad no es tanto el objeto del gesto artístico como su herramienta.

Vito Acconci. Tres estudios de adaptación (Three Adaptation Studies, 1970) Película Super-8 transferida a vídeo, b/n, sin sonido, 8 min. Cortesía de Maria Acconci & Electronic Arts Intermix, Nueva York. © Vito Acconci, VEGAP, Bilbao 2025

Arquitecturas de aire y movimiento

Formado en la escena experimental vasca y con una trayectoria internacional consolidada, Sergio Prego ha desarrollado una práctica escultórica y performativa que parte de la acción para reformular el espacio. Si en Acconci el cuerpo es insistente, invasivo, una especie de obsesión, en Prego es dinámico, abstracto, casi coreográfico. Sus vídeos de finales de los noventa y principios de los 2000, como Ikurriña Quarter o Tetsuo Bound to Fail, remiten al cine experimental y al lenguaje del videoclip, pero su verdadera aportación se sitúa en la escultura expandida. Con estructuras neumáticas, Prego propone espacios efímeros y habitables, burbujas de aire que alteran la arquitectura institucional desde dentro. Su serie Rubber Walls o las instalaciones hinchables que ha desarrollado en los últimos años son ejemplos de una escultura que respira, literalmente.

En la exposición del Guggenheim Bilbao, estas piezas dialogan con las de Acconci no sólo en términos conceptuales, sino también formales. El uso del vídeo como dispositivo espacial, el interés por la performatividad del cuerpo y el cuestionamiento de los límites físicos del museo como contenedor de arte son puntos de contacto clave entre ambos artistas. La tensión entre lo íntimo y lo monumental, entre lo efímero y lo persistente, recorre toda la muestra.

Sergio Prego. Bisectriz, 2008 Vídeo, color, sin sonido, 3 min 14 sec. Cortesía del artista © Sergio Prego, Bilbao, 2025

YOU: Un espacio en disputa

Más que una exposición cronológica, YOU se articula como un campo de fuerzas donde las obras de ambos artistas se potencian mutuamente. El recorrido no está organizado por épocas o estilos, sino por temas que se cruzan, se repiten y se reformulan. La elección de vídeos e instalaciones no busca la exhaustividad, sino la intensidad: cada pieza es un fragmento de un discurso mayor sobre el cuerpo, el lenguaje y la arquitectura.

El espacio del museo, con su imponente estructura diseñada por Frank Gehry, se convierte aquí en un tercer actor. Las obras de Acconci y Prego no sólo se adaptan a él, sino que lo cuestionan. En el caso de Acconci, sus vídeos minan la neutralidad del cubo blanco con una subjetividad desbordada. En el de Prego, sus estructuras neumáticas invaden pasillos, atrios y galerías con una organicidad que desafía la rigidez del edificio.

Este tipo de montaje resalta también una dimensión política que a menudo pasa desapercibida en exposiciones centradas en el cuerpo. Acconci, en su momento, fue acusado de transgredir límites morales; Prego, por su parte, subvierte los límites institucionales. En ambos casos, el arte se plantea como una forma de fricción: contra el lenguaje, contra el espacio, contra la pasividad del espectador. Uno de los aciertos de la exposición es evitar la idealización retrospectiva. Acconci no es presentado como un “padre fundador”, sino como un artista cuya obra sigue incomodando, interpelando, generando reacciones ambivalentes. Sus vídeos no han perdido fuerza, y en el contexto actual —saturado de pantallas, cuerpos mediatizados y performances cotidianas en redes sociales— adquieren nuevas lecturas.

Prego, por su parte, se muestra como un heredero que ha sabido reinventar el diálogo con el espacio y el cuerpo desde una sensibilidad contemporánea. Sus obras no imitan a Acconci, pero tampoco lo niegan: lo atraviesan, lo replantean, lo traducen. En este sentido, YOU es también una exposición sobre la transmisión de lenguajes, sobre la continuidad (y ruptura) de una tradición performativa.

Conclusión: lo que queda del gesto

YOU es una exposición exigente, pero profundamente estimulante. No busca complacer al visitante, sino colocarlo en una posición incómoda, activa, física. Al recorrerla, uno no sólo contempla arte: lo siente, lo respira, lo encarna. Es una propuesta coherente con la trayectoria del Museo Guggenheim Bilbao, que ha sabido apostar por proyectos arriesgados sin perder su vocación pública.

30/04/2025 0 comments
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ArteLiteratura

Cuando la enfermedad dictaba la belleza

by Emain Juliana 26/04/2025
written by Emain Juliana

En la era victoriana, la tuberculosis moldeó un ideal de belleza frágil y espectral que dejó su impronta en la moda, el arte y la literatura.

En la Inglaterra victoriana, la belleza y la enfermedad compartieron un particular vínculo. De todas las enfermedades del siglo XIX, ninguna fue tan popular como la tuberculosis, también conocida como la tisis. Hoy la recordamos como una enfermedad devastadora y mortal, pero durante el siglo XIX estuvo rodeada por una fascinación mórbida que, de alguna manera retorcida, la hacía estéticamente atractiva. Lejos de representar únicamente decadencia o muerte, la tuberculosis encarnó durante décadas el símbolo de la sensibilidad, refinamiento y una suerte de espiritualidad melancólica que marcó con fuerza la moda, el arte y la literatura del periodo. Era la enfermedad de los poetas, el mal de los amantes trágicos y el murmullo de la muerte traducido en un hermoso suspiro. Esta estética mórbida —intensamente idealizada— puede contarnos mucho sobre la cultura de una época en la que lo etéreo, lo marchito y lo vulnerable fueron elevados a un estatus de culto, la moda de lo sublime.

La tuberculosis no solo mataba a millares de personas cada año en las ciudades industriales y en los campos europeos; también modelaba los rostros que las clases altas consideraban bellos. Extremos de delgadez, piel como porcelana blanca, mejillas ruborizadas con fiebre, labios rojizos, ojos brillantes y hundidos, una mirada que se disolvía en algún punto invisible en el horizonte entre la vida y la muerte. Era una belleza proveniente del espíritu incluso más que del cuerpo. Muchas mujeres, en un intento por acercarse a este canon, se mataban de hambre, se maquillaban pálidamente y se apretaban los corsés lo más ajustados posibles, con la esperanza de lograr un pequeño cuerpo, débil y frágil que se asemejara a alguien afligido por la enfermedad, sin padecerla realmente. La moda siguió el ejemplo con vestidos diáfanos, tejidos transparentes, pronunciados escotes abiertos que dejaban bien a vista las prominentes clavículas y largos faldones que fomentaban una postura encorvada que favorecía la imagen de una fragilidad constante, como si el cuerpo estuviera al borde de disolverse en un suspiro.

El mórbido ideal no surgió de la nada. La era victoriana estaba fuertemente influenciada por el Romanticismo, el movimiento artístico y filosófico que celebraba la emoción sobre la razón y veía en el sufrimiento una ruta hacia lo trascendente. Luego, la enfermedad se convirtió en un lenguaje simbólico: la persona que se enfermaba de tuberculosis no era meramente desafortunada víctima del azar biológico, sino alguien cuya sensibilidad lo volvía incapaz de soportar el peso brutal del mundo tal como era. En el fondo, era una historia de pureza: las almas más finas, más exquisitas, eran igualmente las más frágiles, y por eso morían jóvenes, como flores marchitándose en primavera. La muerte no se interpretaba solo como una tragedia, sino como una especie de redención estética. La debilidad del físico se identificó con la exaltación de lo espiritual.

D.G.Rossetti, Lady Lilith

No es casual que tantos artistas del período fueran retratados o recordados en asociación con la enfermedad. El poeta John Keats murió joven de tuberculosis, a los veinticinco años, y se convirtió en la imagen misma del artista típico: joven, hermoso, torturado y tan exquisitamente sensible que fue apresurado a su tumba. En la literatura, la tuberculosis comenzó a servir como un signo de intensidad romántica. Alexandre Dumas hijo la inmortalizó en La Dama de las Camelias, Thomas Mann la hizo una metáfora para un tiempo dejado estar en La montaña mágica y muchos otros escritores la usaron como un recurso literario para representar la diferencia entre lo bajo y lo alto, lo vulgar y lo poético, el cuerpo y el ideal. Pero quizás en ninguna parte encontraremos esta fetichización de la belleza consumida en una expresión más extrema que en la pintura. Los prerrafaelitas, como Dante Gabriel Rossetti o John Everett Millais, presentaron su arte con una visión casi mística de la feminidad: pelo largo y suelto; miradas lejanas; piel translúcida; cuerpos inclinados en morbidez graciosa, evocando mártires y heroínas en la literatura a quienes su propia sensibilidad traicionó. Estas figuras, con frecuencia modeladas sobre actrices reales o modelos, eran claramente producto de la imagen compartida de belleza victoriana: una belleza que nunca exigía, sino que empezaba a desvanecerse; que nunca hablaba, sino que suspiraba. Y en ese susurro, tan lleno de contención y deseo reprimido, había un elemento erótico innegable.

En una sociedad tan puritana y represiva como la victoriana, donde la sexualidad femenina debía ocultarse bajo capas de pudor y silencio, la consunción ofrecía un modo aceptable de sensualidad. El cuerpo enfermo, que sobrevivía a duras penas entre suspiros, piel ardiente y labios entreabiertos, prestaba una visión velada pero muy sensual. La imagen de la mujer postrada en una cama, delicadamente apoyada sobre almohadones de encaje, tosiendo sangre con gracia contenida, activaba una respuesta emocional y erótica que la moral victoriana no podía permitir de forma abierta, pero sí a través del filtro del padecimiento. El sufrimiento embellecía el deseo, lo elevaba, le daba respetabilidad a una cultura que no sabía cómo soportar su propio reflejo sin sentirse culpable

J. E. Millais, Ophelia 1852

Mientras tanto, la medicina hacía progresos. En 1882, el Dr. Robert Koch descubrió el bacilo considerado responsable de la tuberculosis, y muchas de las nociones románticas sobre su origen fueron desacreditadas. La enfermedad, antes considerada una cuestión de temperamento melancólico o una predisposición hereditaria, sería reconocida como una preocupación infecciosa, y por tanto evitable. Siguieron cruzadas de higiene, carteles informativos y hospitales designados. Gradualmente, la tisis perdió su estatus como un destino trágico y poético, y se convirtió en una verdadera amenaza para la salud pública. La perspectiva cambió: ya no era una enfermedad de artistas sino un flagelo de las clases trabajadoras. La enfermedad perdió su aura estética y empezó a ser combatida con métodos racionales, clínicos, higienistas, y ahora podía combatirse con razón.

Mientras este cambio de actitud se endurecía en las primeras décadas del siglo XX, al finalizar el siglo muchas de las antiguas actitudes aún persistían bajo la superficie. La imagen de la mujer delicada y casi transparente todavía sobrevivía en algunos campos de la moda, el cine y la pintura. Pero había signos crecientes de cambio. Con la modernidad vino un nuevo canon de la mujer activa: una que era más saludable, con cuerpos activos, dinámicos y saludables, en definitiva; lo mórbido fue gradualmente reemplazado por la salud.

Hoy, esto podría ser impactante. ¿Cómo podría una enfermedad dolorosa, debilitante y contagiosa ser un símbolo de belleza, de todas las cosas, y mucho menos de virtud? Pero la explicación es su relación con la época. Lo que impulsó el ideal victoriano fue una tensión dinámica entre el deseo de reprimir y el deseo de ser expresado.  La tuberculosis, con su ambigua estética de lo marchito y lo sublime, ofrecía un espacio para que ese deseo contenido tomara forma sin escándalo. Era una belleza que no gritaba, que no reclamaba, pero que hablaba con la elocuencia de los cuerpos que se apagan lentamente. Una belleza, en suma, que no estaba hecha para durar.

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ArteCinePersonajes

«Blancanieves y los siete enanitos»

by Uve Magazine 06/04/2025
written by Uve Magazine

El primer sueño animado del cine

En diciembre de 1937, una película animada protagonizada por una joven de piel blanca como la nieve, un espejo parlante y siete pequeños mineros cambió para siempre la historia del cine. Blancanieves y los siete enanitos, el primer largometraje animado producido por Walt Disney, no solo rompió todas las expectativas técnicas y narrativas del momento, sino que dio lugar a un nuevo lenguaje cinematográfico que transformó la animación en un arte mayor. Basada en el cuento popular recogido por los hermanos Grimm, la película no tardó en conquistar al público y en convertirse en un hito cultural que, a día de hoy, sigue generando lecturas simbólicas, sociales y críticas desde múltiples disciplinas.

La producción del filme fue, en sí misma, un acto de fe. En una época en la que la animación era considerada un entretenimiento breve y menor, Walt Disney se atrevió a soñar en grande. Su idea de realizar una película animada de más de una hora de duración fue recibida con escepticismo por su entorno, hasta el punto de que el proyecto fue apodado internamente como “la locura de Disney”. Sin embargo, la convicción de Disney era inquebrantable. Inició la producción en 1934 y, durante tres años, dirigió los esfuerzos de un equipo de más de 750 artistas, animadores y técnicos que trabajaron con una dedicación casi artesanal. El presupuesto inicial de 250.000 dólares pronto se vio desbordado y superó el millón y medio, una cifra descomunal para la época, en plena Gran Depresión. Disney llegó incluso a hipotecar su casa para poder concluir la película.

Ese esfuerzo titánico se tradujo en una obra de una calidad visual y emocional sin precedentes. Técnicamente innovadora, Blancanieves fue la primera película en utilizar la cámara multiplano, un dispositivo que otorgaba profundidad a las escenas mediante capas superpuestas. Los fondos eran auténticas pinturas al óleo, cuidadosamente elaboradas para dar una atmósfera envolvente, mientras que los personajes presentaban un diseño estilizado que buscaba un equilibrio entre realismo y caricatura. Inspirados por la ilustración europea del siglo XIX, los artistas de Disney buscaron dotar de densidad narrativa a cada escena. No era solo una historia: era una experiencia.

Una noche para la historia

El estreno, el 21 de diciembre de 1937 en el Carthay Circle Theatre de Los Ángeles, fue un acontecimiento sin precedentes. Asistieron celebridades como Marlene Dietrich y Charlie Chaplin, y la ovación del público fue unánime. Blancanieves no solo fue un éxito artístico, sino también económico: recaudó más de ocho millones de dólares, convirtiéndose en la película más taquillera hasta ese momento. En 1939, Disney fue galardonado con un Oscar honorífico acompañado de siete pequeñas estatuillas, una por cada enanito, en un gesto que selló su lugar en la historia del cine.

Más allá de su éxito inmediato,  el filme pasó de ser un éxito cinematográfico a un referente cultural y cambió la percepción social de los cuentos de hadas. Blancanieves consolidó la animación como una forma legítima de arte cinematográfico, demostrando que era posible construir relatos complejos y emocionalmente resonantes a través del dibujo. A la vez, reflejó los valores morales y estéticos de su época. La protagonista encarna el ideal de feminidad de los años treinta: dócil, trabajadora, pura y maternal. Es cuidada por figuras masculinas (los enanitos, el cazador, el príncipe), pero carece de agencia real: no toma decisiones, no se enfrenta directamente a su antagonista, y su salvación depende de un beso ajeno. Frente a ella, la madrastra representa un poder femenino peligroso: es vanidosa, inteligente, ambiciosa, y por ello debe ser destruida. Esta dicotomía entre la mujer buena y la mujer mala es uno de los aspectos más revisados por la crítica contemporánea.

Significado histórico y social

Numerosas interpretaciones se han propuesto desde entonces para descifrar los símbolos que habitan la historia. Desde una perspectiva psicoanalítica, Blancanieves puede leerse como un relato de iniciación: la joven, al huir de casa y adentrarse en el bosque, atraviesa un proceso simbólico de muerte y renacimiento. La manzana, fruto del conocimiento prohibido, puede entenderse como un despertar sexual o emocional; el sueño dentro del ataúd de cristal representa una etapa de latencia, de espera, hasta que el beso del príncipe —acto que, por cierto, ha sido cuestionado en lecturas feministas contemporáneas— la devuelve a la vida. Bruno Bettelheim, en Psicoanálisis de los cuentos de hadas, interpreta los personajes como fragmentos de la psique: los enanitos serían aspectos protectores del yo, mientras que la reina reflejaría los conflictos internos no resueltos, como la envidia o la represión materna.

Desde la óptica feminista, la película ha sido objeto de fuertes críticas por la construcción de la protagonista como figura pasiva y por la glorificación de la belleza como valor supremo. La relación con el príncipe es prácticamente inexistente: no se conocen, no hablan, y sin embargo él es quien tiene el poder de “despertarla”. Esta pasividad ha sido contrastada con la acción decidida de la madrastra, cuyo castigo es, en última instancia, una lección moral: la ambición y el deseo femenino fuera del hogar deben ser reprimidos.

En clave sociológica, Blancanieves también ha sido interpretada como un vehículo de los valores conservadores del New Deal: la exaltación del trabajo, la comunidad doméstica, la obediencia y la humildad. La cabaña de los enanitos es un refugio del orden frente al caos del exterior, una pequeña sociedad masculina autosuficiente donde Blancanieves ocupa el papel de cuidadora. El mensaje implícito: el mundo funciona mejor cuando cada uno cumple su función.

Sin embargo, lo más fascinante de esta película es que, a pesar de su clara inscripción histórica, sigue siendo un texto abierto a la interpretación. El relato de Blancanieves se ha reinventado en múltiples ocasiones, en versiones oscuras, revisionistas, satíricas y subversivas. Desde Blancanieves y la leyenda del cazador hasta Shrek, pasando por parodias, homenajes y experimentos artísticos, su figura ha sido reescrita, cuestionada y adaptada a los nuevos tiempos. Incluso la propia Disney ha abordado revisiones de su legado con una mirada más crítica y contemporánea y casi un siglo después, Blancanieves y los siete enanitos sigue siendo un punto de referencia en la historia del cine. Su influencia no se limita a la animación: es un modelo de narrativa visual, una lección de técnica y un espejo en el que se han proyectado, generación tras generación, los valores, miedos y deseos de la cultura occidental. Al igual que el espejo mágico de la reina, esta película nos devuelve una imagen de lo que fuimos y de lo que seguimos siendo.

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ArteEventos

El Museo Thyssen y El puente de Waterloo

by Uve Magazine 03/04/2025
written by Uve Magazine

El Museo Thyssen presenta la restauración de El puente de Waterloo, de André Derain, un viaje al corazón del color fauvista

Del 3 de abril al 23 de junio de 2025, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza ofrece a sus visitantes una oportunidad única: contemplar la obra El puente de Waterloo (1906), de André Derain, recién restaurada y exhibida en un montaje especial en la sala 33 de la colección permanente. Esta intervención forma parte de una ambiciosa campaña de micromecenazgo impulsada con el apoyo de Mastercard, que ha permitido no solo su recuperación, sino también un detallado estudio técnico sobre la técnica pictórica del artista.

Durante quince meses, el equipo de restauración del museo se ha sumergido en un proceso minucioso para devolver a la obra su colorido vibrante y la luminosidad característica del fauvismo. Las investigaciones realizadas mediante radiografía, reflectografía infrarroja, fotografía rasante y transmitida, así como análisis de materiales, han permitido conocer en profundidad tanto el estado de conservación del cuadro como las decisiones técnicas de Derain, aunque el análisis ha revelado que el artista trabajó de forma poco convencional: empleó pinceladas de colores casi puros —rojos intensos como el bermellón y el naftol, amarillos de cinc y naranjas de cromo— que aplicó en yuxtaposición, sin mezclas, junto a áreas donde dejó visible la capa de preparación del lienzo. Esta base, con una alta concentración de blanco de plomo, sílice y carbonato cálcico, aporta una luminosidad adicional al conjunto.

Uno de los hallazgos más llamativos ha sido la manera en que Derain construyó el volumen y la profundidad del paisaje sin recurrir al claroscuro tradicional. En lugar de sombras, utilizó contrastes cromáticos para definir las formas. Gracias a la fotografía con luz rasante, se ha podido observar cómo las pinceladas se vuelven más empastadas y verticales en el cielo, especialmente en la zona superior derecha, para representar la intensidad de la luz solar. En cambio, el puente y los edificios aparecen definidos con trazos más finos y lisos, generando una sensación de distancia.

El estudio radiográfico confirmó que la composición no sufrió modificaciones desde su concepción, mientras que la reflectografía infrarroja reveló el uso de un óleo ligero para dibujar con precisión las siluetas del puente y la ciudad, en contraste con las texturas densas del cielo y el agua.

El proceso de restauración también ha abordado importantes daños estructurales. El lienzo presentaba desgarros, especialmente en los bordes, que comprometían su estabilidad. Estos fueron cuidadosamente suturados y reforzados. En la esquina superior derecha, se conservó un parche antiguo que no afecta a la integridad de la pintura.

Uno de los mayores retos fue la limpieza de la superficie, debido a la suciedad acumulada, la contaminación y la presencia de un barniz envejecido de colofonia que apagaba la atmósfera cromática de la obra. La intervención exigió una limpieza diferenciada, pigmento a pigmento, ya que cada color reaccionaba de manera distinta a los disolventes. La presencia de la capa de preparación al descubierto obligó a adoptar un enfoque aún más delicado y específico, pero gracias a este proceso, El puente de Waterloo ha recuperado su luz vibrante, sus contrastes y la energía cromática que lo convierten en una de las piezas más destacadas del periodo fauvista. Esta restauración ha sido posible gracias a la generosidad de más de 200 particulares y empresas que participaron en la campaña de micromecenazgo abierta entre septiembre de 2023 y enero de 2024. Entre los principales donantes destacan la Amiga mecenas Sabela González, las empresas Spain Inside y Tauck, Mastercard, Idónika y los Amigos del museo, que aportaron el 68 % de las donaciones particulares.

Una muestra de cómo la colaboración ciudadana puede ayudar a preservar y poner en valor el patrimonio artístico común, permitiéndonos ver con nuevos ojos la intensidad de una obra que vuelve a brillar con la fuerza original de su autor.

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ArteLiteraturaPersonajes

El diseño como juego y como acto de resistencia

by Clara Belmonte 31/03/2025
written by Clara Belmonte

Si hay una figura que encarna como pocas el cruce entre arte, diseño, juego y pensamiento, esa es Bruno Munari (Milán, 1907–1998). Y, sin embargo, reducir su legado a etiquetas sería una traición a su espíritu: Munari fue un creador inclasificable, un provocador sereno que cultivó la imaginación como quien riega una planta. Fue diseñador, artista, inventor de libros imposibles, pedagogo y poeta visual. También fue un niño que nunca quiso dejar de jugar. Nacido en una familia humilde del norte de Italia, desde joven mostró una inclinación por el arte, pero no tardaría en comprender que el arte no era un fin en sí mismo, sino un lenguaje, una forma de comunicación que podía extenderse al diseño gráfico, al diseño industrial, a la educación infantil, a la poesía visual y al juego. En los años treinta se vinculó con el futurismo —movimiento vanguardista que buscaba romper con la tradición—, pero pronto encontró su propio camino: uno más lúdico, más accesible, más poético, más conectado con la experiencia cotidiana.

En una época dominada por los manifiestos y la solemnidad de las vanguardias, Munari comenzó a preguntarse por qué el diseño no podía ser también un juego. ¿Por qué no hacer un libro sin palabras? ¿O un libro sin páginas? ¿O un libro que sólo pudieran entender los niños? ¿Por qué no enseñar a mirar las cosas desde otro ángulo? Estas preguntas no eran simples provocaciones: eran la base de un pensamiento creativo profundamente estructurado. Para Munari, el libro era un objeto expandible, un universo en sí mismo. Lo reimaginó desde la materialidad: libros con agujeros, libros de telas, libros sin texto, libros táctiles para bebés antes de que la industria infantil supiera lo que eso significaba. Su célebre Libro Illeggibile (Libro ilegible), publicado en 1949, no contenía palabras, sino formas, colores, cortes y transparencias que convertían el acto de leer en una experiencia visual y táctil. Más que leerlo, había que explorarlo. El libro dejaba de ser un soporte para convertirse en un juego visual, una escultura que se podía hojear, una puerta abierta al pensamiento abstracto. En su universo, un niño podía entender perfectamente una composición de manchas de color o un juego de transparencias superpuestas, sin necesidad de que alguien le explicara qué significaba. Porque Munari confiaba radicalmente en la inteligencia del receptor.

Su labor como pedagogo es inseparable de su trabajo como artista. En los años setenta, comenzó a colaborar con escuelas y museos para desarrollar talleres infantiles que hoy son considerados revolucionarios. No se trataba de imponer un conocimiento, sino de provocar la curiosidad. Creó los “Laboratori per bambini”, en los que los niños exploraban formas, estructuras, texturas y colores mediante el juego libre. Con barro, cartón, papeles, alambres o espejos, los participantes construían formas sin utilidad aparente, guiados sólo por el placer de descubrir y experimentar. Era una pedagogía sin castigos ni evaluaciones, donde el error era bienvenido como parte del proceso. En su libro Fantasia (1977), Munari desarrolla una idea crucial: la fantasía, la invención y la creatividad no son dones místicos, sino habilidades que pueden estimularse, cultivarse y aprenderse. Y en ese sentido, su trabajo conecta directamente con las ideas más avanzadas sobre educación activa, diseño centrado en la experiencia y pensamiento visual.

Su interés por el diseño como sistema de signos, por la iconografía cotidiana, por los pictogramas, los gestos, los mapas, lo vincula con la semiótica mucho antes de que ésta se convirtiera en una moda académica. Supo leer el lenguaje visual de las señales de tráfico y de los objetos cotidianos con la misma atención que un poeta observa una flor. Inventó máquinas inútiles —estructuras móviles y ligeras que se movían con el aire—, creó esculturas para ver la sombra que proyectaban más que su forma, diseñó lámparas, objetos domésticos, cubiertas de libros, logotipos. Todo con un espíritu lúdico pero metódico, casi científico. Porque detrás de cada juego había una estructura. Y detrás de cada estructura, una invitación a pensar. Su aproximación al diseño estaba lejos del formalismo. Creía en la función, pero también en la emoción, en la sorpresa, en la belleza inesperada. Y sobre todo, en la claridad. “Complicar es fácil. Simplificar es difícil”, solía decir. Esta búsqueda de lo esencial lo conecta con otras grandes figuras del diseño moderno como Dieter Rams o Buckminster Fuller, pero también con poetas visuales como Joan Brossa o con artistas del movimiento Fluxus.

Para Munari, la cultura no era un templo, sino una caja de herramientas. Y en esa caja cabían un alga seca recogida en la playa, una sombra proyectada en la pared, un papel de embalar, una caja de cerillas. Su arte no aspiraba a lo sublime, sino a lo sencillo: a reencantar lo que nos rodea. Por eso su legado es hoy más vigente que nunca. En una época saturada de imágenes, Munari sigue invitándonos a mirar con atención. A ver el potencial creativo de una hoja caída, a entender que el diseño puede ser una forma de ternura, que el arte no tiene por qué ser grandilocuente. Su idea de que todos somos capaces de crear —si se nos da el entorno, el tiempo y el permiso para hacerlo— resuena con fuerza en nuestros días. Munari no sólo diseñó objetos: diseñó maneras de mirar. Y en eso fue profundamente político, aunque no lo pareciera. En tiempos de producción en masa y consumo acrítico, su defensa de lo artesanal, del juego, de la atención al detalle, del error como hallazgo, son una forma de resistencia.

Su huella se percibe en múltiples disciplinas. En el diseño gráfico contemporáneo, donde su uso de la tipografía, el color y la estructura siguen siendo referentes. En la ilustración infantil, donde su influencia es visible en autores como Hervé Tullet o Katsumi Komagata. En la pedagogía alternativa, donde sus talleres han inspirado programas educativos en todo el mundo. Y también en los makers, los artistas del reciclaje, los diseñadores sociales, los ludicistas. Quizá por eso resulta tan difícil clasificarlo. Fue vanguardista y clásico. Didáctico y subversivo. Visual y conceptual. Poético y riguroso. Como si hubiera intuido que el mundo que venía necesitaría menos dogmas y más herramientas para pensar. En un momento en que el diseño tiende a lo espectacular, Munari sigue recordándonos que lo pequeño importa. Que el diseño también es una forma de cuidado. Que no hay innovación sin curiosidad, ni creatividad sin juego.

En uno de sus textos más citados, Disegnare un albero, Munari enseña cómo dibujar un árbol. Pero no se trata de una receta, sino de una forma de observar la estructura interna de las cosas. ¿Cómo crecen las ramas? ¿Cómo se bifurcan? ¿Qué lógica sigue su forma? Y entonces lo entendemos: no se trata de copiar un árbol, sino de comprenderlo. De aprender a mirar. Porque eso fue, quizá, lo que hizo Munari toda su vida: enseñarnos a mirar. No con los ojos del experto, sino con la curiosidad del principiante. A veces con humor, a veces con poesía, pero siempre con el respeto profundo de quien sabe que lo cotidiano también puede ser extraordinario. Munari no buscaba respuestas, sino preguntas mejores. Y ese, al final, es el mayor legado que puede dejar un artista, un diseñador, un pedagogo o un ser humano: el deseo de seguir explorando.

 

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ArteLiteratura

«Los mundos de Alicia». Un viaje a través del espejo del tiempo

by Uve Magazine 30/03/2025
written by Uve Magazine

Del 3 de abril al 3 de agosto, CaixaForum Madrid acoge Los mundos de Alicia. Soñar el país de las maravillas, una exposición que invita a recorrer el largo camino que ha seguido el personaje de Lewis Carroll desde su creación hasta hoy. Se trata de la mayor muestra dedicada a Alicia en el país de las maravillas, y lo hace desde un enfoque amplio, creativo y muy visual.

La exposición, organizada en colaboración con el V&A Museum de Londres y producida por la Fundación ”la Caixa”, propone un viaje por las muchas vidas de Alicia: su origen en la Inglaterra victoriana, sus distintas adaptaciones al cine y al teatro, su presencia en la moda, la ciencia o las artes plásticas, y cómo ha llegado a convertirse en una figura moderna, reinterpretada desde una mirada actual.

A lo largo de cinco secciones —La invención de Alicia, A través de la pantalla, Alicia, puerta a otros mundos, Alicia en escena y Convertirse en Alicia— se ofrece un recorrido temático que permite descubrir el contexto en el que se escribió el libro, las ideas que lo atraviesan y las muchas formas en las que se ha seguido leyendo y transformando desde 1865. La muestra sigue el hilo narrativo de los doce capítulos del libro original, pero no es una simple retrospectiva: es también una invitación a mirar el mundo desde otro ángulo.

1. La invención de Alicia nos sitúa en el contexto literario, social y político de la Inglaterra victoriana, para entender la génesis de una obra que desafió las convenciones de su tiempo.
2. A través de la pantalla recoge las múltiples versiones cinematográficas y televisivas que han reinterpretado la historia de Carroll, desde las primeras adaptaciones mudas hasta las propuestas más experimentales.
3. Alicia, puerta a otros mundos se adentra en cómo temas como el sueño, el tiempo o el espacio han nutrido movimientos artísticos y discursos filosóficos contemporáneos.
4. Alicia en escena explora la apropiación del personaje en el ámbito teatral y escénico, donde se convierte en una llave para imaginar lo imposible.
5. Convertirse en Alicia ofrece una mirada actual: la niña curiosa se transforma en una figura empoderada y polifacética, símbolo de libertad, exploración y resistencia.

Con una puesta en escena inmersiva, que combina materiales históricos, piezas audiovisuales y propuestas contemporáneas, Los mundos de Alicia muestra cómo esta historia sigue viva, conectando con temas tan actuales como la identidad, la imaginación o el paso del tiempo.

30/03/2025 0 comments
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