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Arte

AgendaArte

Mark Leckey en el Guggenheim Bilbao

by Uve Magazine 02/01/2026
written by Uve Magazine

El programa in situ del Museo Guggenheim Bilbao propone un reto concreto: invitar a artistas a crear una obra pensada expresamente para la sala 208, no como un simple lugar de exhibición, sino como un espacio con personalidad propia, casi con carácter. En Y la ciudad se alzaba en todo su esplendor, Mark Leckey acepta el desafío y lo hace desde un lugar reconocible en su trayectoria: la intersección entre imágenes del pasado, tecnología contemporánea y una memoria colectiva atravesada por la cultura de masas.

Leckey no es un artista interesado en el silencio contemplativo ni en el minimalismo pulcro. Creció en los alrededores de Liverpool a finales de los años setenta y durante los ochenta, en un contexto marcado por el declive industrial, la fragmentación social y una presencia cada vez más intensa de la televisión, la música y la publicidad como telón de fondo cotidiano. Ese paisaje —hecho tanto de ruinas económicas como de estímulos mediáticos— atraviesa su obra desde hace décadas y explica su fascinación por la forma en que las imágenes y los sonidos construyen identidad, pertenencia y nostalgia.

En Bilbao, ese interés se materializa a partir de una referencia inesperada: Ciudad junto al mar (1424), de Sassetta, una pintura medieval en la que la ciudad deja de ser un simple escenario para convertirse en protagonista. Leckey se fija en ese espacio extraño, geométrico y casi irreal, que parece no obedecer del todo a las leyes físicas, y lo interpreta como una ciudad que pertenece a varios tiempos a la vez. No le interesa reconstruirla fielmente, sino traducir su lógica bidimensional a una forma escultórica que habita un terreno ambiguo, entre lo material y lo imaginado.

La instalación se articula en torno a una escultura central, acompañada por un bucle de luz y sonido de unos seis minutos, compuesto por el propio artista, que marca el ritmo de la experiencia. La iluminación recorre un ciclo que va del amanecer al crepúsculo y alcanza un punto de máxima intensidad con un efecto estroboscópico que coincide con el crescendo sonoro. En ese momento, la escultura parece perder estabilidad: la luz proyectada sobre sus superficies la transforma, la hace vibrar, la convierte casi en una aparición. No es un objeto que se mira desde fuera, sino algo que se experimenta dentro de un tiempo controlado.

Este énfasis en la experiencia ha llevado a que la obra se describa, incluso por el propio Leckey, como una “atracción”. La palabra puede generar suspicacias, pero aquí funciona más como una declaración de intenciones que como una provocación gratuita. La instalación no esconde su voluntad de atrapar al visitante, de envolverlo sensorialmente, de usar los mismos mecanismos —ritmo, repetición, estímulo— que hoy organizan buena parte de nuestra relación con las imágenes. En lugar de disimularlo, lo pone en primer plano.

La pregunta, entonces, no es si hay efecto, sino qué se hace con él. En este caso, el efecto no parece un fin en sí mismo, sino una herramienta para hablar de un presente en el que la memoria ya no se articula de manera lineal, sino a través de fragmentos, bucles y superposiciones. La ciudad medieval de Sassetta, reinterpretada con tecnologías contemporáneas como la impresión 3D y referencias a sistemas digitales, se convierte en una especie de máquina de tiempo que no avanza ni retrocede, sino que permanece suspendida.

También hay aquí una reflexión implícita sobre el propio museo. El Guggenheim Bilbao es un edificio tan poderoso que cualquier obra corre el riesgo de quedar absorbida por su arquitectura. Leckey no intenta competir con ella en escala ni en espectacularidad, sino que opta por dominar el tiempo, transformando la sala en una situación que se activa y se apaga, que obliga a quedarse, a esperar, a atravesar el ciclo completo. Durante esos minutos, la lógica turística del “ver y pasar” se interrumpe.

Eso no significa que la instalación esté libre de tensiones. Hay quien puede salir con la sensación de haber asistido a una experiencia intensa pero efímera, más cercana a lo sensorial que a lo reflexivo. Y esa lectura no es del todo errónea. Pero también es coherente con una obra que habla precisamente de cómo hoy pensamos, recordamos y nos vinculamos a las imágenes: de forma fragmentaria, emocional y a menudo mediada por la tecnología.

En ese sentido, Y la ciudad se alzaba en todo su esplendor funciona mejor cuando se acepta en sus propios términos. No es una exposición para “descifrar” con calma académica, ni una pieza que se agote en una idea cerrada. Es una instalación que propone una experiencia y, a partir de ella, deja abiertas preguntas sobre la nostalgia, la clase social, la memoria compartida y la inestabilidad de lo que damos por real.

Más que ofrecer respuestas, Leckey construye un espacio extraño y atractivo en el que pasado y presente se superponen sin resolverse del todo. Y quizá ahí esté su mayor acierto: en recordar que, en una época saturada de imágenes, pensar también puede ser una experiencia física, incómoda y luminosa a la vez.

Datos prácticos para la visita

Exposición: Y la ciudad se alzaba en todo su esplendor
Artista: Mark Leckey
Programa: in situ
Comisaria: Lekha Hileman
Lugar:
Museo Guggenheim Bilbao
Avenida Abandoibarra, 2 · Bilbao
Fechas:
Del 14 de noviembre de 2025 al 12 de abril de 2026
Salas:
204 y 208
Horario:
De martes a domingo, de 10:00 a 19:00 h
(Lunes cerrado, salvo excepciones)
02/01/2026 0 comments
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ArteLiteraturaMúsica

Cómo se construye hoy la visibilidad cultural

by Clara Belmonte 31/12/2025
written by Clara Belmonte

(sin vivir esclavo de las redes ni convertir tu proyecto en un meme)

El mito de «si no publicas, no existes»

En algún momento alguien decidió que la cultura tenía que comportarse como una cuenta de Instagram con ansiedad, y desde entonces muchos proyectos culturales viven atrapados en una especie de carrera sin meta clara: publicar por no desaparecer, subir algo aunque no haya nada que decir, estar “activos” aunque por dentro estén agotados. El problema es que esa lógica, que quizá funciona para otros ámbitos, en cultura suele generar el efecto contrario: mucha presencia y muy poca huella.

Porque estar no es lo mismo que importar. Puedes aparecer todos los días en un feed y, aun así, no ocupar ningún lugar reconocible. Nadie sabe muy bien qué haces, por qué lo haces o por qué debería volver a leerte dentro de una semana. La visibilidad que de verdad sirve no es la que dura veinticuatro horas, sino la que hace que alguien piense en ti cuando busca algo concreto, cuando recomienda un medio, cuando quiere entender mejor un tema cultural.

Y eso, aunque suene menos espectacular, no se construye a base de insistencia, sino de sentido. De tener claro qué tipo de proyecto eres y de no intentar gustar a todo el mundo todo el tiempo.

Lo que sí hace que la cultura circule (aunque no se note al principio)

Aquí viene la parte menos glamurosa, pero más efectiva. La cultura circula mejor cuando tiene lugares donde quedarse. Una web bien cuidada, por ejemplo, sigue siendo una de las mejores herramientas para cualquier proyecto cultural, no porque esté de moda, sino porque permite algo muy básico: que el contenido no desaparezca. Un buen artículo, una entrevista interesante o una guía bien pensada pueden seguir leyéndose meses después, algo que ningún post efímero consigue.

También importa mucho el tipo de contenido que se publica. No todo tiene que ser profundo ni todo tiene que ser ligero, pero sí conviene que lo que se escriba tenga una razón para existir. Los textos que mejor funcionan suelen ser los que explican cosas sin tratar al lector como si fuera tonto, los que ponen contexto donde antes había ruido y los que asumen que la cultura no es solo opinión, sino también información, conexiones y preguntas compartidas.

Aquí entra otro elemento clave del que se habla poco: la regularidad sin locura. No hace falta publicar todos los días para ser relevante, pero sí mantener un ritmo que haga que el proyecto no parezca intermitente. En ese sentido, la newsletter —sí, esa cosa que muchos dan por muerta— sigue siendo uno de los canales más agradecidos. No compite por atención inmediata, no depende de algoritmos y permite construir una relación más tranquila con quien realmente quiere leerte. Un correo semanal bien hecho suele valer más que diez publicaciones perdidas.

Y luego están las colaboraciones, que siguen siendo una de las formas más naturales de crecer sin hacer ruido innecesario. Cruzar proyectos, compartir espacios, invitar a otras voces o participar en medios afines no solo amplía el alcance, sino que refuerza algo que en cultura es fundamental: el criterio. Cuando te recomiendan porque encajas, no porque has pagado por aparecer, la visibilidad pesa más.

Las redes: ni salvación ni condena, solo una herramienta más

Conviene decirlo sin dramatismos: las redes no son el problema. El problema es pensar que tienen que sostenerlo todo. Cuando un proyecto cultural depende exclusivamente de ellas, acaba adaptando su forma, su ritmo y, a veces, su contenido a lo que mejor funciona en pantalla, aunque eso no tenga mucho que ver con lo que quiere contar.

Usadas con un poco de cabeza, las redes cumplen bastante bien su función: señalar contenidos que ya existen, recordar artículos que siguen siendo relevantes, anunciar actividades o simplemente mantener una presencia mínima. Funcionan mejor cuando apuntan hacia algo más sólido —una web, un archivo, una newsletter— que cuando se convierten en el único lugar donde pasa todo.

La clave está en no confundir visibilidad con agotamiento. No hace falta estar en todas las plataformas, ni seguir todas las tendencias, ni convertir cada idea en contenido. Elegir dónde estar y cómo estar también es una forma de posicionarse. Y, curiosamente, suele generar más respeto que la presencia constante sin dirección clara.

Al final, construir visibilidad cultural hoy tiene menos que ver con hacer más cosas y más con hacerlas mejor. Con aceptar que el crecimiento es lento, que no todo impacto se mide en números y que la relevancia cultural rara vez coincide con lo viral. La buena noticia es que eso libera: permite trabajar con más calma, cuidar el contenido y construir proyectos que no dependan de estar siempre gritando para que alguien los vea.

Y quizá ahí esté la verdadera visibilidad: en que, cuando alguien piensa en cultura, piense también en ti.

31/12/2025 0 comments
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Arte

El simbolismo en el arte y lo invisible

by Uve Magazine 29/12/2025
written by Uve Magazine

El simbolismo no surgió como una forma de describir el mundo visible ni para tranquilizar al espectador con escenas amables y reconocibles, sino como una respuesta deliberada a una época que confiaba de forma casi absoluta en la razón, la ciencia y el progreso técnico, y que había relegado a un segundo plano todo aquello que no podía medirse, explicarse o demostrarse. Frente a esa fe en lo tangible, los artistas simbolistas comenzaron a trabajar con imágenes cargadas de ambigüedad, referencias míticas, estados emocionales y obsesiones íntimas, convencidos de que el arte no debía limitarse a reproducir la realidad externa, sino a explorar aquello que ocurre en zonas más profundas y menos visibles de la experiencia humana. Quizá por eso, más de un siglo después, el simbolismo no solo no resulta ajeno, sino que continúa interpelándonos con una fuerza que otros movimientos, más ligados a su contexto histórico, han ido perdiendo con el tiempo.

El simbolismo, desarrollado principalmente entre finales del siglo XIX y los primeros años del XX, no fue un estilo cerrado ni una escuela homogénea, sino una actitud compartida ante la creación artística, que se manifestó tanto en la pintura como en la literatura y la música, y que partía de una premisa clara: la realidad visible no agota el sentido de las cosas. Para los simbolistas, lo importante no era el objeto representado, sino la carga de ideas, sensaciones y asociaciones que ese objeto podía activar en quien lo contemplaba, de modo que la obra se convertía en un espacio abierto a la interpretación, más cercano a la experiencia del sueño que a la descripción racional. En lugar de escenas cotidianas o narrativas claras, aparecieron figuras enigmáticas, paisajes irreales, cuerpos suspendidos en estados ambiguos, imágenes que no se ofrecían como respuestas, sino como preguntas.

La aparición (1874-1876), de Gustave Moreau, Museo Gustave Moreau, París

El símbolo como rechazo de la razón dominante

El contexto histórico resulta fundamental para entender esta deriva hacia lo simbólico, ya que surge en un momento en el que Europa se encontraba profundamente marcada por el avance industrial, la confianza en el progreso científico y una concepción del mundo cada vez más mecanizada, en la que todo parecía tener una explicación lógica o una utilidad práctica. Muchos artistas percibieron ese clima como una forma de empobrecimiento espiritual, en la medida en que dejaba fuera aspectos esenciales de la vida interior, como el deseo, el miedo, la culpa, la fascinación por la muerte o la necesidad de trascendencia. Frente a la claridad racional, el simbolismo eligió la sugerencia; frente a la explicación, el misterio; frente a la objetividad, la subjetividad radical.

De ahí que los temas que atraviesan este estilo resulten tan persistentes y reconocibles, incluso para un espectador contemporáneo. La muerte aparece no como un acontecimiento heroico o solemne, sino como una presencia constante, casi cotidiana, que se manifiesta en figuras espectrales, islas solitarias, cuerpos inmóviles que parecen debatirse entre el sueño y la desaparición. El mundo onírico ocupa también un lugar central, no como evasión, sino como espacio en el que se suspenden las reglas de la lógica y afloran imágenes que condensan deseos y temores difíciles de articular de otro modo. El erotismo, a menudo atravesado por una tensión inquietante entre atracción y amenaza, se convierte en un territorio simbólico donde se mezclan placer, culpa y poder, mientras que la espiritualidad se presenta desligada de la religión institucional, más cercana a una búsqueda individual y ambigua de sentido.

Artistas como Odilon Redon, con sus figuras flotantes y sus criaturas imposibles, o Arnold Böcklin, cuya Isla de los muertos condensa como pocas imágenes la sensación de tránsito y soledad, entendieron el arte como una forma de visualización de lo invisible, un medio para dar forma a aquello que no puede decirse con palabras. Gustave Moreau recurrió a la mitología y a los relatos bíblicos no para ilustrarlos, sino para convertirlos en escenarios mentales densos y cargados de significado, mientras que figuras como Fernand Khnopff exploraron la introspección, el aislamiento y la distancia emocional a través de composiciones silenciosas y perturbadoras. Incluso Gustav Klimt, frecuentemente asociado a otros movimientos, participó de esta sensibilidad simbolista al convertir el cuerpo, el oro y la ornamentación en vehículos de reflexión sobre la vida, la muerte y el deseo.

Floresta sagrada (1882), de Arnold Böcklin, Kunstmuseum, Basilea

Por qué el simbolismo sigue siendo actual

Que el simbolismo continúe funcionando hoy no es una cuestión de nostalgia, sino de afinidad con un presente que, pese a su aparente transparencia informativa, sigue atravesado por incertidumbres profundas y contradicciones no resueltas. En un entorno saturado de imágenes inmediatas y mensajes explícitos, el simbolismo propone una experiencia opuesta, que exige tiempo, atención y una disposición a aceptar lo ambiguo, lo incompleto y lo inquietante. Su influencia se percibe con claridad en el cine contemporáneo, especialmente en aquellas obras que renuncian a explicaciones cerradas, así como en la música, la fotografía o el arte actual, donde el uso de símbolos sigue siendo una herramienta fundamental para abordar cuestiones relacionadas con la identidad, el trauma, la memoria o el deseo.

Acercarse a una obra simbolista no implica descifrar un código oculto ni encontrar un significado único, sino aceptar que el sentido se construye en la relación entre la imagen y quien la observa, y que esa relación puede cambiar con el tiempo, también supone dejarse afectar por ella, permitir que genere preguntas más que respuestas, y reconocer que hay experiencias que no pueden reducirse a una interpretación cerrada. En ese gesto, que va a contracorriente de la necesidad constante de claridad y rapidez, reside buena parte de su vigencia.

En última instancia, puede entenderse como una forma de resistencia silenciosa frente a un mundo que exige explicaciones inmediatas y resultados medibles, y que deja poco espacio para lo incierto, lo contradictorio o lo profundo. Al reivindicar la sugerencia, la pausa y el misterio, el simbolismo no solo habla de su tiempo, sino también del nuestro, recordándonos que no todo lo valioso es transparente ni fácil de nombrar, y que quizá ahí, en esa zona oscura y ambigua, sigue estando una de las funciones esenciales del arte.

El carro de Apolo (1905-1914), de Odilon Redon, Museo de Orsay, París
29/12/2025 0 comments
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AgendaArteEventosNoticias

Hammershøi en el Thyssen: la poética del silencio

by Emain Juliana 23/12/2025
written by Emain Juliana

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presenta, del 17 de febrero al 31 de mayo de 2026, Hammershøi. El ojo que escucha, la primera gran retrospectiva en España dedicada a Vilhelm Hammershøi (1864–1916). Comisariada por Clara Marcellán, la exposición reúne cerca de noventa óleos y dibujos del artista —junto a obras de algunos de sus contemporáneos— y ofrece una lectura amplia y matizada de una producción breve pero singular: algo más de cuatrocientas piezas realizadas a lo largo de apenas cincuenta y un años de vida.

Hammershøi ocupa un lugar central en la pintura danesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, aunque su nombre quedó eclipsado durante décadas tras la consolidación de las vanguardias. Desde los años ochenta del pasado siglo, varias exposiciones internacionales han reactivado el interés por su obra, pero en España su presencia había sido hasta ahora fragmentaria. Esta retrospectiva corrige esa ausencia y permite comprender la coherencia y radicalidad de un pintor que hizo del silencio, la contención y la depuración formal un lenguaje propio.

El recorrido se abre con una obertura que sitúa los primeros años del artista. Tras su formación académica y su paso por las Frie Studieskoler, Hammershøi define muy pronto los motivos y la paleta que lo acompañarán siempre: interiores austeros, figuras ensimismadas, paisajes deshabitados y una gama restringida de blancos, grises, marrones y negros. Obras como Retrato de Ida Ilsted (1890) o Tarde en el salón. La madre y la mujer del artista (1891) muestran ya esa inclinación por escenas suspendidas, próximas al simbolismo y al esteticismo de Whistler, a quien conoció a través de grabados y de la Exposición Universal de París de 1889.

Retrato de Ida

Los retratos y figuras constituyen aproximadamente una cuarta parte de su producción y permiten reconstruir su entorno inmediato: artistas, músicos y amigos. La música, la espera o el recuerdo de un concierto se convierten en motivos recurrentes, como en El violonchelista. Retrato de Henry Bramsen. Hammershøi elimina cualquier elemento narrativo superfluo y recurre a fondos neutros que refuerzan la sensación de tiempo detenido. En Tres mujeres jóvenes (1895), Ida y sus cuñadas aparecen reunidas en una escena doméstica que parece ajena a toda anécdota.

La figura de Ida Ilsted atraviesa buena parte de la exposición. Esposa del pintor desde 1891, aparece tanto como presencia idealizada como desde una cercanía más frágil. Los retratos dobles de la pareja le sirven a Hammershøi para explorar la relación entre figuras, desde composiciones frontales de inspiración clásica hasta soluciones más complejas, como Dos figuras, donde el propio artista se representa de espaldas, separado de Ida por una mesa.

Sala de estar, madre y mujer

El núcleo más conocido de su obra, los interiores, se despliega en dos vertientes: habitaciones con figuras y espacios completamente vacíos. Las estancias de sus viviendas —especialmente el apartamento de Strandgade 30, donde vivió entre 1898 y 1909— funcionan como laboratorio pictórico. Mujeres de espaldas, puertas entreabiertas, paredes desnudas y una luz medida con precisión construyen escenas de una intensidad contenida. En los interiores vacíos, Hammershøi insiste en una misma vista, alterando mínimos detalles. En Rayos de sol o luz del sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol (1900), la escena se reduce a una puerta cerrada, una ventana y una luz que convierte lo cotidiano en algo casi abstracto.

Los paisajes y vistas urbanas prolongan esa misma lógica. Copenhague aparece desierta y elevada, alejada de cualquier agitación real. Plazas, edificios y calles adquieren una quietud casi irreal. También los paisajes rurales daneses, planos y sobrios, comparten esa ausencia humana, apenas interrumpida por caminos o construcciones. Sus vistas de Londres, escasas pero significativas, conectan con el simbolismo europeo, especialmente con figuras como Fernand Khnopff.

En los años finales, Hammershøi recupera el estudio del cuerpo humano en grandes desnudos y vuelve al autorretrato tras casi quince años de silencio. En 1911 se pinta pincel en mano, afirmando su condición de pintor. Poco después, instalado en Strandgade 25, continuará explorando ese lenguaje depurado hasta su muerte en 1916.

Tras su paso por Madrid, la exposición viajará a la Kunsthaus Zürich. Una oportunidad decisiva para entender a un artista que hizo de la contención una forma de intensidad y de la calma una postura radical frente a su tiempo.

Violonchelista

Vida y obra de Vilhelm Hammershøi

Vilhelm Hammershøi (Copenhague, 15 de mayo de 1864 – 13 de febrero de 1916) fue uno de los pintores daneses más singulares de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Procedente de una familia acomodada, recibió formación artística desde joven y estudió en la Real Academia Danesa de Bellas Artes, completando su aprendizaje en las Frie Studieskoler, donde empezó a alejarse del academicismo dominante y a definir un lenguaje propio.

Desde muy temprano encontró los motivos que marcarían toda su trayectoria: interiores domésticos austeros, figuras ensimismadas, retratos sobrios y paisajes deshabitados, resueltos con una paleta muy restringida de grises, blancos, negros y marrones. Su pintura, aparentemente serena, evita la anécdota y la narración explícita, y se apoya en la luz, el espacio y la repetición de motivos para generar una tensión silenciosa. Estas características lo han vinculado tanto al simbolismo como a la tradición de los maestros holandeses del siglo XVII, así como a la obra de James McNeill Whistler, a quien conoció a través de grabados y exposiciones internacionales.

En 1891 se casó con Ida Ilsted, que se convirtió en una presencia constante en su obra, ya fuera como retrato íntimo o como figura anónima integrada en sus interiores. Ese mismo año participó en la fundación de la Frie Udstilling, un salón independiente creado como alternativa a los circuitos oficiales daneses, donde su pintura había generado rechazo y admiración a partes iguales.

Hammershøi desarrolló la mayor parte de su producción en Copenhague, especialmente en los apartamentos de la calle Strandgade, que utilizó como vivienda y estudio y que se convirtieron en el escenario casi exclusivo de sus interiores más conocidos. Aunque viajó por Europa y expuso en ciudades como París, Berlín o Londres, apenas pintó paisajes fuera de Dinamarca, con la excepción de algunas vistas londinenses de atmósfera brumosa.

Tras su muerte, su obra cayó progresivamente en el olvido, eclipsada por la irrupción de las vanguardias. No fue hasta finales del siglo XX cuando comenzó a ser redescubierta y revalorizada internacionalmente. Hoy Hammershøi es reconocido como un artista radical en su contención, capaz de transformar lo cotidiano y lo aparentemente inmóvil en una experiencia profundamente inquietante.

23/12/2025 0 comments
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ArteNoticias

Muere Martin Parr, genio de la fotografía

by Uve Magazine 07/12/2025
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Fallece Martin Parr a los 73 años, dejando tras de sí un archivo visual inconfundible que retrató con ironía, color saturado y una crudeza directa la sociedad de consumo, el turismo de masas y la vida cotidiana sin filtros.

Lejos de la épica y del dramatismo clásico del fotoperiodismo, Parr convirtió lo banal en protagonista: playas abarrotadas, comidas grasientas, souvenirs absurdos, cuerpos apretados al sol. Su estilo, inmediatamente reconocible, fue tan criticado como celebrado por mostrar un espejo incómodo de la clase media occidental. Nada en sus imágenes pretendía embellecer; todo estaba pensado para subrayar el exceso, la torpeza y la contradicción social.

Miembro histórico de la agencia Magnum Photos, dirigió también durante años su fundación en Bristol, desde donde impulsó a nuevas generaciones de fotógrafos. Su influencia se extiende desde la fotografía documental hasta la moda, la publicidad y el arte contemporáneo.

Parr nunca buscó caer bien. Su obra incomoda porque señala. Y precisamente por eso su legado resulta hoy más vigente que nunca, en una época dominada por la imagen edulcorada, el filtro constante y la corrección estética. Supo mostrar lo que nadie quería mirar de frente.

Su muerte cierra una etapa fundamental de la fotografía europea contemporánea, pero su archivo queda como testimonio incómodo, divertido y feroz de una sociedad que se reconoció —a regañadientes— en sus propias contradicciones.

07/12/2025 0 comments
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ArteNoticias

El Thyssen revela claves ocultas de un Degas

by Uve Magazine 30/11/2025
written by Uve Magazine

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza exhibirá, del 17 de noviembre de 2025 al 1 de marzo de 2026, un montaje especial dedicado al estudio técnico de En la sombrerería (1882), uno de los primeros pasteles de Edgar Degas centrados en la vida cotidiana. La obra, marcada por una fragilidad excepcional, ha sido analizada en profundidad por el Área de Restauración del museo gracias al mecenazgo de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson, lo que ha permitido comparar el pastel con otras piezas del artista y confirmar tanto la calidad del soporte como la complejidad de su proceso creativo.

Las investigaciones revelan una composición muy meditada desde los primeros trazos, con apenas ligeras correcciones visibles bajo la superficie. La radiografía confirma su buen estado de conservación y la presencia de un cartón mecanizado como soporte, mientras que el examen del papel y de las capas de color muestra el característico método del pintor: una superposición minuciosa de pasteles fijados capa a capa con un producto que evitaba brillos y alteraciones cromáticas. Todo apunta a que ese fijativo era el elaborado por su amigo Luigi Chialiva, cuya fórmula —basada en caseína, bórax y alcohol— aparece registrada en una patente estadounidense de 1899.

La muestra ofrece una mirada privilegiada al oficio de Degas, a sus decisiones técnicas y a la delicadeza de una obra que, pese a su aparente sencillez, encierra un proceso de trabajo riguroso y lleno de matices. Una ocasión singular para redescubrir al maestro del pastel y comprender cómo construía la textura, la luz y el movimiento en una escena tan íntima como la de una sombrerería parisina.

30/11/2025 0 comments
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ArteCine

El actor que convirtió el exceso en arte

by Beatriz Menéndez Alonso 28/11/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

Udo Kier ha muerto, y con él desaparece una de las presencias más singulares del cine de las últimas cinco décadas. Pero su obra —tan vasta, tan irregular, tan llena de aristas— queda vibrando como una constelación de imágenes extrañas, inolvidables. Su filmografía, que supera las doscientas películas, es un mapa donde conviven el delirio, la experimentación, la belleza torcida y la intensidad emocional. Pocos actores han habitado tantos géneros, tantas atmósferas, tantas formas de locura.

Llegó al mundo en Berlín, una ciudad herida por la guerra, y ese origen parece haber dejado en su rostro una sombra luminosa, como si hubiese aprendido desde el primer aliento que la belleza y la devastación siempre conversan. Tal vez por eso su mirada tenía esa cualidad mineral, fría y vulnerable al mismo tiempo; una mirada que parecía registrar capas de realidad que los demás pasábamos por alto.

La fidelidad del excéntrico

Siempre me ha fascinado su lealtad hacia el cine que pocos toman en serio. Kier se entregaba tanto a un melodrama de culto como a una epopeya experimental, y no porque careciera de juicio, sino porque su brújula interna apuntaba hacia lo singular. Le gustaba —lo confesó con humor helado— la atención. Pero era un narcisismo inocente, casi infantil, el deseo de existir con plenitud, de ocupar su espacio sin pedir disculpas.

En un mundo donde los actores se obsesionan con su “legado”, él prefería el juego: saber que un papel podía ser sublime o terrible, y aun así valía la pena hacerlo. Quizá por eso su filmografía vibra como un mosaico irregular: fragmentos de brillo puro junto a delirios maravillosos. Todo ello forma un retrato más honesto que cualquier carrera cuidadosamente administrada.

Sangre para Drácula (1974)

Su carrera cinematográfica comenzó en territorios turbios y fascinantes. En Mark of the Devil ya brillaba esa capacidad de habitar el horror sin hacerlo vulgar. Pero fueron Carne para Frankenstein (1973) y Sangre para Drácula (1974), producidas en la órbita de Warhol, las que revelaron al mundo ese magnetismo casi pictórico: Kier no interpretaba al monstruo, era la estética misma del exceso, una criatura que parecía surgir de un lienzo húmedo, más que de un guion. Su presencia, envuelta en una mezcla de ingenuidad y perversión, funcionaba como un espejo torcido del propio cine de la época.

A partir de allí, su rostro adquirió una condición casi mítica, un emblema del extrañamiento europeo. Rainer Werner Fassbinder lo convocó en La tercera generación, Lola y La mujer del jefe de estación. En ese tríptico —radiografías de un continente fracturado, donde el capitalismo, la violencia política y el deseo trazaban líneas invisibles— Kier se convirtió en un elemento de perturbación: un cuerpo extraño que desajustaba los encuadres, cargado de ironía silenciosa y gesto afilado. Fassbinder comprendió en él no sólo a un actor, sino a una energía, un desplazamiento continuo entre lo grotesco, lo frágil y lo sublime.

La década de los ochenta lo empujó a una forma de internacionalización peculiar. No era una estrella al uso, sino un símbolo de culto que podía aparecer en el cine de explotación italiano, en producciones independientes estadounidenses o en series de televisión europeas sin perder coherencia. Su acento nómada y su mirada de vidrio abrían puertas hacia universos que necesitaban ese toque de inestabilidad: directores como Gus Van Sant, Walerian Borowczyk o incluso Lars von Trier lo usarían como un dispositivo estético, una figura capaz de modificar la temperatura emocional de una escena con apenas un parpadeo.

Pero su carrera no se detuvo en el viejo continente. Atravesó océanos para unirse al cine independiente estadounidense: en My Own Private Idaho (1991), junto a River Phoenix y Keanu Reeves, fue una pieza clave del desamparo poético que recorre la película.

Lo extraordinario de Kier en esa película no es la brevedad de su aparición, sino la inyección de irrealidad que le da al relato. Su Hans es un personaje que parece escapado de un cabaret europeo, un gentleman desconcertante que entra en la historia con un contraste violento frente la vulnerabilidad de Mike (Phoenix). Pero lejos de romper la película, la ensancha: Kier es la prueba de que el mundo de Idaho está hecho de capas insólitas, de pliegues donde el deseo se vuelve absurdo y, a la vez, profundamente humano.

Ese papel lo convirtió en un puente entre dos sensibilidades: el barroquismo europeo y la desnudez emocional del indie noventero.

The Kingdom (1994–1997)

Udo Kier y Lars von Trier: alquimistas de lo perturbador

Si hubiera que elegir un territorio donde desplegó sus alas con mayor libertad, sería el universo de Lars von Trier.

Allí, Kier se convirtió en un talismán, un actor-fetiche, un compañero recurrente que era capaz de expresar —con un gesto mínimo— aquello que el cineasta danés buscaba: la inquietud, la fragilidad moral, la ironía cortante, el absurdo escondido en lo trágico.

La primera gran incursión fue Europa (1991), aquella película hipnótica y estilizada donde Kier encarna a un personaje que parece flotar entre la vigilia y el sueño, un hombre suspendido en una Alemania de posguerra filmada como si la memoria fuese un líquido oscuro que lo inundara todo. Su presencia, lateral pero decisiva, aporta una fragilidad inquietante, como si fuera un fantasma atrapado entre la culpa y la historia misma. Ahí está ya el sello Kier: la capacidad de jugar en los bordes de la realidad sin quebrarla.

Udo Kier en el Annie Leibovitz SUMO-Sized Book Launch Party organizado por Vanity Fair

Años después, en Breaking the Waves (1996), su actuación adquirió un tono casi teológico. Kier aparece como el líder de la comunidad religiosa que vigila, juzga y, sin necesidad de levantar la voz, hiere. Su fuerza está en la contención: una disciplina seca y rígida que convierte cada frase en una sentencia moral. En este universo de fe, sacrificio y dolor, Kier encarna el peso de la autoridad que aplasta, la moral convertida en piedra.

Su colaboración con el cineasta danés adquirió una dimensión más expansiva en The Kingdom (1994–1997), esa serie de culto ambientada en un hospital donde la realidad se fisura a cada paso. Allí interpreta a un médico obsesionado, una figura que se mueve entre la solemnidad ridícula y la angustia existencial, un personaje absurdo y serio a la vez. Él introduce un matiz imprescindible: esa extravagancia precisa que hace posible que el horror y el humor convivan sin anularse.

Kier funciona como un termómetro emocional que marca, simultáneamente, lo cómico y lo siniestro.

En Dogville (2003), von Trier despojó al cine de decorados para dejar expuestas las estructuras desnudas del comportamiento humano. La aparición de Kier, breve pero punzante, abre una grieta moral en ese pueblo de líneas dibujadas sobre el suelo. Su rostro y su gesto bastan para recordar que la violencia no solo se ejerce en actos terribles, sino también en presencias, en silencios, en pequeñas inflexiones. Kier se transforma aquí en un símbolo viviente de esa crueldad dispersa que flota en la atmósfera.

Pero es quizás en Melancholia (2011) donde su figura alcanza una resonancia definitiva dentro del universo von Trier. Kier interpreta a un organizador de bodas, un hombre que intenta imponer compostura y elegancia en medio de un cosmos emocional que se deshace. Su corrección casi caricaturesca contrasta con la gravedad del fin del mundo, y en ese contraste revela aquello que dominaba como pocos: la fragilidad de lo social cuando choca con lo íntimo, la quiebra de las formas pulidas ante la irrupción de lo inevitable.

No rehuyó el cine comercial. Lo vimos en Blade, en Ace Ventura, en videoclips (Erotica y Deeper and Deeper de Madonna, You Win, I Lose de Supertramp), proyectos donde otros actores habrían sentido la vergüenza del exceso. Kier no.

28/11/2025 0 comments
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ArteNoticias

El Guggenheim Bilbao convierte el arte en un acto de regeneración con Artes de la Tierra

by Valeria Cruz 13/11/2025
written by Valeria Cruz

El Museo Guggenheim Bilbao acogerá del 5 de diciembre de 2025 al 3 de mayo de 2026 la exposición Artes de la Tierra, una ambiciosa muestra comisariada por Manuel Cirauqui y patrocinada por Iberdrola. Concebida como una reflexión sobre la relación entre arte, naturaleza y sostenibilidad, la exposición propone una inmersión sensorial e intelectual en torno al suelo —entendido como matriz viva, fértil y común— y a las múltiples formas en que los artistas contemporáneos lo han representado, trabajado o reinterpretado.

Más de cuarenta creadores de distintas generaciones y culturas se reúnen en esta propuesta que trasciende las etiquetas de los movimientos tradicionales, desde el Land Art al Arte Povera o el conceptualismo activista. Entre los participantes destacan nombres como Joseph Beuys, Ana Mendieta, Richard Long, Agustín Ibarrola, Delcy Morelos, Gabriel Orozco, Asad Raza o Michelle Stuart, cuyas obras dialogan a través de materiales orgánicos —tierra, raíces, hojas, madera o textiles— y de una preocupación común por la degradación del planeta y la búsqueda de nuevas formas de coexistencia.

Artes de la Tierra no se organiza en secciones cerradas, sino que plantea un recorrido libre por afinidades materiales y poéticas. Algunas salas albergan instalaciones vivas que requieren un control especial de luz, temperatura y humedad, como la pieza Root Sequence (copse) de Asad Raza, que incluye veintiséis árboles locales que serán replantados en el País Vasco tras el cierre de la muestra. Otras obras, como las esculturas de Meg Webster o los trabajos con barro de Frederick Ebenezer Okai y Mar de Dios, exploran el potencial transformador del suelo y sus composiciones híbridas.

La exposición incorpora además una mirada local y global: piezas realizadas con materiales de Bizkaia conviven con objetos del saber ancestral vasco y con manifestaciones artísticas de comunidades indígenas, africanas o latinoamericanas. Todo ello configura una “cartografía de la Tierra” que enlaza cultura, agricultura y ritual, abriendo un espacio de cocreación y reparación frente a la extracción de recursos.

En coherencia con su contenido, el Guggenheim Bilbao ha aplicado criterios sostenibles en la producción: reducción de transportes aéreos, uso de materiales reciclados y mobiliario compostable. El programa Didaktika complementa la muestra con talleres, conferencias, cine y actividades que invitan a repensar la relación humana con el entorno, como el Árbol de los deseos de Yoko Ono o los talleres de kokedama y lana.

Con Artes de la Tierra, el Museo refuerza su compromiso con la sostenibilidad ambiental y ofrece una experiencia que combina arte, ciencia y conciencia ecológica. La exposición invita a mirar la Tierra no solo como un recurso, sino como una entidad viva con la que compartimos destino.

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ArtePersonajes

La huella de Amaia Arrazola

by Uve Magazine 07/11/2025
written by Uve Magazine

Amaia Arrazola (Vitoria-Gasteiz, 1984 – Barcelona, 2025) fue una de las ilustradoras más reconocibles y queridas de su generación. Su fallecimiento deja un vacío que trasciende el ámbito artístico: se pierde una artista que trabajaba desde la honestidad, la sensibilidad y la observación cotidiana. 

Formada en Publicidad y Relaciones Públicas, inició su carrera en el mundo de la dirección de arte, pero pronto comprendió que su camino estaba en la ilustración. En 2010 se instaló en Barcelona como freelance y comenzó a construir un lenguaje visual propio: líneas limpias, color vibrante, una mirada íntima sobre la experiencia personal y una constante apertura hacia el mundo que la rodeaba. Sus dibujos eran claros sin ser simples, emotivos sin sentimentalismo, reconocibles sin repetirse.

Su obra publicada alcanzó una notable repercusión. Wabi Sabi (2018) marcó un punto importante en su trayectoria: fruto de una residencia artística en Japón, el libro exploraba la belleza de lo imperfecto y lo efímero. A ese título le siguieron trabajos como Totoro y yo, donde la fascinación por la cultura japonesa se entrelazaba con la maternidad y la experiencia afectiva. Arrazola veía la ilustración como un espacio narrativo capaz de contener lo íntimo, lo lúdico y lo reflexivo al mismo tiempo.

Más allá de los libros, su presencia en el espacio público fue significativa. Realizó murales en Barcelona, Madrid, Milán, Rabat y otras ciudades. En ellos trasladaba su vocabulario visual al paisaje urbano, generando lugares de encuentro, memoria y color. Sus paredes no pretendían deslumbrar por el impacto, sino por la cercanía. Eran imágenes que miraban a quienes las observaban, no imágenes que exigían ser miradas.

Arrazola trabajó también para instituciones y marcas, pero su sello nunca se diluyó. La maternidad, la fragilidad, la ciudad, lo cotidiano y la curiosidad por la cultura visual japonesa fueron constantes que se repetían sin imponerse. Su mirada, incluso en los proyectos más comerciales, conservaba una calidez sincera y una atención a la experiencia emocional de lo que significa estar vivo.

La noticia de su fallecimiento ha sido recibida con tristeza y respeto. Su legado permanece en sus libros, en sus murales y, sobre todo, en la manera en que enseñó a observar: con sencillez, con delicadeza, con apertura. Su obra seguirá siendo estudiada, recordada y, sobre todo, querida.

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AgendaArteCine

El expresionismo en la gran pantalla

by Valeria Cruz 07/10/2025
written by Valeria Cruz

La Fundación Canal abre sus puertas a una propuesta inédita en España: “Expresionismo. Un arte de cine”, una exposición que explora el intenso diálogo entre las artes plásticas y el séptimo arte en las primeras décadas del siglo XX. Podrá visitarse en Madrid del 8 de octubre de 2025 al 4 de enero de 2026, en la sala Mateo Inurria 2.

Un diálogo entre lienzo y celuloide

El expresionismo, con sus contrastes radicales, atmósferas dramáticas y figuras deformadas, no se limitó a la pintura o la escultura. El cine encontró en este lenguaje un aliado para transmitir emociones extremas y representar la angustia, el deseo o la alienación con una fuerza inédita. Del mismo modo, los artistas plásticos hallaron en el cine un medio capaz de expandir sus obsesiones visuales y narrativas.

La muestra se presenta como un recorrido donde se entrelazan imágenes, obras y fragmentos cinematográficos que dieron forma a un universo estético compartido. Películas míticas del expresionismo alemán como El gabinete del doctor Caligari o Nosferatu dialogan con la obra de artistas plásticos que, desde la radicalidad expresiva, compartieron un mismo impulso: transformar la realidad en un espejo inquietante del alma humana.

Una experiencia única en España

Es la primera vez que se organiza en nuestro país una exposición que analiza con tanta amplitud la influencia mutua entre el expresionismo y el cine. El visitante encontrará no solo un recorrido histórico, sino también una experiencia inmersiva en la que la imagen cinematográfica se convierte en arte plástico, y la obra artística en relato visual.

La propuesta incluye un enfoque transversal que hace de esta muestra un plan cultural para todos los públicos. La Fundación Canal ha destacado incluso su interés como actividad familiar, acercando a los más pequeños la fuerza de un movimiento que convirtió la emoción en forma.

El expresionismo, vigente un siglo después

Más de cien años después de su nacimiento, el expresionismo sigue proyectando su sombra sobre nuestra cultura visual. La radicalidad de su estética ha dejado huella en el cine, la fotografía, la literatura y hasta en la cultura popular contemporánea. Esta exposición busca recordarnos que aquel arte nacido en tiempos convulsos continúa interpelándonos hoy, como un eco de nuestras propias contradicciones.

“Expresionismo. Un arte de cine” estará abierta hasta el 4 de enero de 2026 en la Fundación Canal (calle Mateo Inurria 2, Madrid).

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