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Verónica García-Peña

Verónica García-Peña

Verónica García-Peña (Oquendo, 1979) es escritora, socióloga y periodista con una sólida carrera en el ámbito literario y periodístico. Actualmente reside en Gijón (Asturias). Ha sido seleccionada en dos ocasiones entre los finalistas del Premio Planeta y en 2023 quedó prefinalista del Premio Ateneo de novela de Sevilla.

Los fantasmas olvidados

Donde habita el olvido: El Fantasma del sanatorio

by Verónica García-Peña 10/01/2026
written by Verónica García-Peña

España todavía conserva, como cicatrices mal cerradas, los huesos de sus antiguos sanatorios. Son edificios levantados en el silencio, allí donde la medicina de finales del XIX y principios del XX dictaba que el aire puro y la helioterapia —la exposición directa al sol para fortalecer la sangre y aniquilar bacterias— eran la única cura posible para algunas enfermedades como la tuberculosis, la lepra, el raquitismo o la anemia crónica. Por eso sus fachadas estaban presididas por amplios corredores y soláriums orientados al mediodía. Estructuras concebidas para captar hasta el último rayo de sol y permitir que los enfermos recibieran baños de luz en laderas boscosas y montes batidos por el viento. Aire, aislamiento y disciplina. Ese era el lema, y con él se protege el fantasma del sanatorio.

Bajo el pretexto de la salud, en aquellos lugares fueron a parar cuerpos enfermos y otros, en realidad rotos. Se mezclaban tuberculosos, hombres ‘agotados’, niños de pecho débil, mujeres ‘nerviosas’, y pobres que no tenían más techo que el de la caridad pública. Entraban con un diagnóstico confuso y salían, en muchas ocasiones, convertidos en un expediente cerrado y guardado bajo llave.

Sanatorio antituberculoso de Agramonte.

En las faldas del Moncayo, el Sanatorio de Agramonte (Zaragoza) permanece hoy como un resto fósil de una época en la que la enfermedad era motivo de destierro. Su historia guarda una ironía que no sé si calificar de cruel, pero que, desde luego, es chocante. Este edificio nació en 1911 como el ‘Gran Hotel del Moncayo’, un destino de lujo para la burguesía que buscaba aire puro por placer; mas, tras la Guerra Civil, el lujo fue desmantelado y las habitaciones se llenaron de camas de hierro para mujeres y niños sin recursos. De hotel a sanatorio; de la luz a la sombra. Sus archivos son, a mi juicio, un inventario de soledades. Documentan defunciones que nadie reclamó y remiten a un pequeño cementerio, hoy devorado por la maleza a pocos metros del recinto, donde los cuerpos terminaron bajo lápidas sin nombre o en el olvido de la caridad pública.

Cuando la estreptomicina —el primer antibiótico eficaz contra la tuberculosis— comenzó a llegar a España de forma regular, entre los años 1946 y 1950, estos gigantes de piedra perdieron su sentido casi de la noche a mañana. El milagro de la medicina vació los pasillos, pero el cierre definitivo de algunos, como el de Agramonte, por ejemplo, que lo hizo en 1978, tardó en llegar; y cuando sus puertas se cerraron, el tiempo, en cierto modo, quedó suspendido. Permanecieron las camas alineadas y la sensación de que todavía hoy, alguien, sentado en un pasillo vacío, sigue esperando una visita que nunca llega.

Hospital Tórax de Tarrasa

Algo similar ocurre con el Hospital del Tórax de Terrassa, inaugurado oficialmente el 8 de junio de 1952. Allí, la tuberculosis y la silicosis devoraron a centenares de obreros inmigrantes. Hoy, aquel inmenso complejo ha cambiado su función. Tras su cierre definitivo a finales de los noventa, el complejo fue reconvertido e incluido dentro del Parque Audiovisual de Cataluña. Donde antes hubo silencio y enfermedad, hoy hay platós de cine y estudios de televisión, aunque la estructura original sigue recordando su pasado clínico.

Si bajamos la mirada hacia el sur, hacia el Preventorio Infantil de Aigües de Busot (1936-1967), en Alicante, encontraremos las ruinas de un purgatorio. El edificio fue originalmente, como el Sanatorio de Agramonte, un hotel de lujo, el Hotel Miramar, pero se convirtió en preventorio antituberculoso en 1936; si bien, su mayor actividad se dio tras la Guerra Civil. Allí enviaban a los niños a ‘fortalecerse’, lejos del abrazo materno. Los archivos del Patronato Nacional Antituberculoso reflejan una triste realidad, la de los niños que fallecieron allí y cuyas familias, por falta de recursos o por la distancia, nunca pudieron reclamar sus restos. Se quedaron para siempre en la tierra del sanatorio acompañados tan solo por la que llaman la Dama Blanca.  

¿Quién es la Dama Blanca? Según algunas leyendas de la zona, recogidas en diversas crónicas de misterio y la tradición oral alicantina, se trata de la esposa de uno de los antiguos dueños del hotel, cuya presencia parece haber quedado atrapada en los espejos del edificio. Los testigos hablan de una figura etérea, vestida de gala, que recorre las estancias con una mezcla de melancolía y una sonrisa inquietante, como si el tiempo del lujo y el de la tragedia convivieran en el mismo reflejo. Para otros, como recoge la Guía de la España Misteriosa, de Pedro Amorós, es en realidad el alma de una madre que, tras perder a su hijo en el preventorio, quedó atrapada en los espejos del antiguo salón de baile, esperando eternamente un reencuentro que la muerte le negó. Espejos de hoy que muestran el ayer congelado o, quizá, espejos de ayer que muestran un hoy constante. Sin pasado ni futuro. Solo un hoy eterno congelado en el cristal.

Preventorio Busot

El fantasma del sanatorio, en cierto modo, me recuerda al del páramo, pues no vaga de forma errante porque está anclado a un lugar; a su lugar en el mundo cuando estaba vivo. Se sienta al borde de una cama y espera. Se asoma a un espejo y espera. Baja unas escaleras y espera. Es el espectro de quienes fueron ingresados para curarse y acabaron fundidos con el olor sedante de las paredes y el silencio de las sábanas albas, tal como retrató Camilo José Cela en su novela Pabellón de reposo (1943), donde los pacientes contaban los días en una espera infinita. Escrita desde su propia experiencia como paciente tuberculoso, Cela describe ese limbo donde el nombre del enfermo se borra y solo queda el número de la habitación. Una espera infinita donde el final es el olvido.

Hospital Isla Pedrosa

Durante la postguerra, estos lugares —junto a psiquiátricos como el de Santa Isabel en Leganés o La Barranca en Navacerrada, cuyos muros fueron finalmente derribados en 2024— se convirtieron también en el último refugio para los olvidados. A ellos iban a parar mujeres diagnosticadas de histeria, hombres rotos por el frente o ancianos sin recursos. Muchos murieron allí dentro sin que quedara más rastro de ellos que una fecha, y se cuenta que en algunos de estos lugares, aunque hoy el bosque haya recuperado su sitio o los edificios hayan cambiado de nombre, las luces se encienden en alas completamente vacías para alumbrar las vidas de los fantasmas que las habitan. Espectros que se niegan a marcharse porque son, en el fondo, como una historia sin final.

10/01/2026 0 comments
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EventosLos fantasmas olvidados

Donde el agua guarda nombres: El Fantasma del Pantano

by Verónica García-Peña 14/12/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que el agua es una tumba paciente que espera; y mientras espera, guarda. En los pantanos de nuestra geografía, tan comunes y tranquilos a primera vista, encontramos pueblos hundidos, vidas cambiadas y nombres que jamás hallaron lugar donde reposar. Entre muros sumergidos y campanas muertas que ya no repican, surge un espectro distinto que no vaga entre la niebla. Un espectro que se agita en un nimbo líquido cuyos ojos, hechos por entero de rocío, no saben más que llorar. Se trata del fantasma del pantano.

Entre 1933 y 1970, España vivió una de las mayores oleadas de infraestructuras hidráulicas de Europa. El llamado ‘Plan Nacional de Obras Hidráulicas’ —primero de la II República y retomado con fuerza durante el franquismo— anegó pueblos enteros como Riaño, La Muedra, Mediano, Mansilla de la Sierra, Portomarín, Benagéber, y decenas más. Documentos del Instituto Geográfico Nacional y los listados oficiales de la Confederación Hidrográfica del Duero y del Ebro recogen más de 60 localidades desplazadas o sumergidas. Hubo iglesias que fueron trasladadas piedra a piedra, pero algunos de sus cementerios, en cambio, nadie los pudo mover. Muertos y casas, escuelas y comercios, que desaparecieron bajo una profundidad medida en metros y también en silencios.

Cuando el pantano de Mediano, en Huesca, baja lo suficiente —como ocurrió en los veranos de 1993, 2007 o 2022— de las tierras empapadas emerge la torre románica de la que fue su iglesia. Solitaria, desnuda, rasga el cielo con sus piedras marcadas por el desgaste incesante del agua. Los vecinos dicen que, cuando asoma, es como si el pasado se desordenara y lo que tenía que estar enterrado se despierta, como lo hacen los recuerdos. Los buenos y los malos. Todos ellos. Lo mismo sucede en Riaño Viejo, donde el cierre de la presa se produjo a finales de 1987. Las familias tuvieron solo cinco días para abandonar sus casas. Sus ruinas reaparecieron en 2017. Calles enteras volvieron como si el tiempo hubiese respirado hacia atrás y devuelto evocaciones de un ayer que es hoy imposible.

Imagen de Verónica García-Peña

Y es en estas ocasiones en las que el embalse pierde su máscara de agua y deja ver lo que en realidad esconde, cuando el fantasma del pantano aparece. No tiene nombre, porque su nombre es el de todos los que allí moran bajo una tierra eternalmente húmeda, aunque el murmullo popular, a veces, le ponga rostro. En Ávila, por ejemplo, los lugareños del pantano de El Burguillo hablan del espíritu de un capataz que pereció durante la obra. Dicen que su figura solitaria se yergue junto a lo que antes fueron los muros de una casa, ancorados sus pies en el camino hundido.

Algunos testigos como pescadores, operarios o senderistas han descrito, en diferentes entrevistas que se pueden leer en cabeceras locales como El Heraldo de Aragón o La Nueva Crónica, la misma sensación en otros lugares. La de un reflejo extraño que no armoniza con ninguna cara concreta, una sombra que no debería estar ahí y un aire frío y pastoso que no proviene del viento sino del fondo. Dicen también que, cuando aparece, el agua de los alrededores se queda completamente quieta. Como si escuchara. No es un fantasma que se acerque. Se queda inmóvil, a la espera, siempre a la espera, y señala.

Esta idea me recuerda, quizá, a La tierra de Alvargonzález, de Machado. A aquellos hermanos parricidas que arrojaron su crimen a la Laguna Negra de Soria creyendo que el agua lo sepultaría para siempre. Mas, si la literatura puede destilar la culpa en verso, los pantanos del mundo real abrazan la memoria con un fango tan espeso que jamás permite que el pasado se asiente.

Imagen de Verónica García- Peña

En Portomarín, parte del cementerio quedó bajo el agua y su historia es un rumor firme que viaja con la corriente. Cuando las aguas del Miño se retiran, dejando ver las entrañas de la tierra acuosa, se desvela el contorno difuso de lo que fue un último lugar de reposo. No es piedra lo que emerge. Es la certeza de que bajo esa capa líquida, a merced de las nimias corrientes de un agua estancada, recordación convertida en légamo, hay algo que no termina de descansar. Los vecinos, por respeto, evitan bogar sobre esa zona, sabedores de que el embalse es un hipogeo que, a veces, devuelve los nombres que un día tragó.

El fantasma del pantano nace de ese no descanso. Es el resultado de los que no pudieron salir, de los que nunca se trasladaron y permanecen allí, olvidados, y se manifiesta cuando la sequía deja ver las cicatrices del fondo. Es entonces cuando alguien asegura verlo en el límite del agua, como si aún intentara orientarse en un pueblo presentemente ahogado. A veces mira hacia un lugar concreto, como si buscara la puerta de su casa. Otras, permanece de espaldas, contemplando un horizonte que solo él conoce. Su figura es una frontera entre lo que hubo y lo que queda; entre lo que se enterró y lo que insiste en salir a flote.

Dicen que todo pantano es doble porque está lo que se ve y lo que no. Tal vez por eso este fantasma, cuando el agua vuelve a subir, se hunde con ella, paciente, como si supiera que tarde o temprano regresará, pues nada se entierra del todo en el humedal. Ni los pueblos. Ni los nombres. Ni los que, desde el fondo, siguen esperando ser recordados.

Imagen de Verónica García-Peña
14/12/2025 0 comments
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Los fantasmas olvidados

Donde los pueblos mueren: El Solitario del Páramo

by Verónica García-Peña 28/11/2025
written by Verónica García-Peña

Como bien saben los lectores de esta revista, el amor más extraño no reside en el delirio, acaso en la fatalidad, y con los fantasmas ocurre lo mismo. Dicen que existen porque alguien los recuerda, pero también porque alguien, un día, los olvidó. Quizá ni siquiera reparó en que ya no estaban. En los páramos de nuestra geografía, vastos como el silencio antiguo, habita una estirpe de espectros cuyo poder no responde al ruido de cadenas ni a la sombra que sus sábanas proyectan, si las llevan. Su poder nace, en verdad, del olvido.

Tierra reseca, sin árboles, abierta al cielo como una herida. Un purgatorio laico que avanza en llanura sin un solo refugio. Son los páramos un territorio en el que el olvido se condensa hasta adquirir forma. Un lugar barrido por un viento que recita. ¿Qué declama? Nombres que ya no figuran en ninguna parte.

En las comarcas de Campos de Salamanca y Tierra del Pan, según registran los anuarios estadísticos del siglo XIX, los censos parroquiales y los archivos diocesanos de Zamora, existen cerca de una treintena de aldeas que desaparecieron entre 1850 y 1920. Pueblos arrasados por la emigración, la miseria o la simple imposibilidad de seguir viviendo allí. Chaguaceda, Argusino, Salce, Salto de Castro, etc. Lugares que conservan solo los muros, las iglesias vacías y los caminos por los que ya nadie transita. Acaso algún despistado y acaso, dicen, algún alma perdida. También dicen que, en ocasiones, se escucha el toque de muerto, a deshoras, en la lejanía. Un repique que nadie tañe, pero que todos oyen. Y allí, en esos caminos y en esos hablares, nace y vive El Solitario del Páramo.

No sabemos su nombre real, pero algunos cuadernos parroquiales de finales del XIX, en los que aparece una nota marginal del tipo «desaparecido durante la siega. Nunca hallado», lo llaman Lucas Gil. No es un nombre extraordinario, cierto, si bien es una presencia que condensa muchas otras. Representa a todos los que desaparecieron del mundo sin hacer apenas ruido. Jornaleros sin lápida, pastores sin rebaño, mujeres que nunca regresaron de la fuente y hombres que salieron a por leña y se volvieron niebla.

La tradición oral de Villalpando, Manganeses de la Lampreana y Castrogonzalo, recogida en los años 20 del siglo pasado por cualesquiera maestros rurales —algunos de esos librillos todavía se conservan en la Biblioteca Pública del Estado en Zamora o en archivos provinciales—, menciona a «un hombre alto, de abrigo oscuro, que anda de espaldas cuando cae la noche». De espaldas, como si el propio páramo le negara el descanso.

Quienes lo han visto, pastores, caminantes o carreteros que cruzaban la estepa antes de que hubiera carreteras asfaltadas, coinciden en tres cosas: frío repentino, sensación de compañía, como si el aire respirara con uno, y la visión de una silueta. Alta, flaca, desdibujada, siempre mirando hacia otro tiempo.

Las crónicas locales de El Adelanto de Salamanca y La Opinión de Zamora (especialmente las publicadas entre 1893 y 1908 sobre desaparecidos rurales) hablan de vidas borradas antes de tiempo, de cuerpos que no aparecían hasta meses después o no aparecían nunca y de disputas sobre tierras que abruptamente terminaban porque nadie había ya con quien pelearlas. Acababan convertidos en silencios suspendidos entre un siglo y el siguiente. Ese vacío, esa falta de cierre, alimentó durante décadas la idea de un espectro que camina para reclamar un trozo del páramo y de la historia; para reclamar un lugar. La extensa documentación recopilada en el trabajo de investigación de Jairo Prieto sobre despoblación y patrimonio rural en la provincia, o estudios etnográficos de la Diputación de Salamanca reflejan este fenómeno social y cultural.

El Solitario del Páramo se manifiesta donde antes hubo un hogar y ya no queda más que piedra; donde hubo un nombre y ya no lo recoge ningún papel; donde una vida quedó suspendida entre la niebla y el olvido. Su presencia permanece fría y persistente, como la escarcha que cae sobre la meseta incluso en primavera.

Hoy, cuando el páramo sigue despoblándose, cuando pueblos enteros se quedan sin niños, sin médico, sin luz, sin voces, su figura vuelve a percibirse. Camina despacio, siempre al anochecer, con la misma luz gris que ha acompañado a los que jamás tuvieron tumba ni responso No avanza hacia los vivos ni hacia los muertos, sino hacia ese lugar intermedio donde habitan quienes esperan ser recordados.

28/11/2025 0 comments
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Amores extraños

La durmiente del velo, el reparto del corazón y siglos de oscuridad compartida

by Verónica García-Peña 08/11/2025
written by Verónica García-Peña

En marzo de 2014, el silencio sepulcral del convento de los Jacobinos en Rennes, la capital de la región de Bretaña —en el noroeste de Francia—, fue roto por la luz. Unos arqueólogos abrieron un ataúd de plomo, uno de los varios hallados en el lugar, que guardaba un secreto sellado durante casi cuatrocientos años. Dentro, intacta al paso del tiempo, encontraron a una mujer que parecía dormir y a su lado, en un relicario, un corazón humano perfectamente embalsamado que no era el suyo.

Su cuerpo, envuelto en el humilde hábito franciscano, yacía en paz, el rostro cubierto por un velo monástico, como si esperara solo el despertar en la eternidad. Sus manos, sobre el pecho, sostenían firmemente un sencillo crucifijo. Aquella durmiente era Louise de Quengo, dama bretona del siglo XVII, que murió en 1656; el corazón que la acompañaba era el de su marido, Toussaint de Perrien, Señor de Bréfeillac, muerto siete años antes.

El suyo fue un matrimonio sin hijos, lo que, en una época obsesionada con la estirpe, pudo haber cambiado el afecto que sentían hacia una comunión de almas que trascendía la herencia terrenal. Un amor diferente. Al fin y al cabo, pertenecían a una nobleza cuya vida era un tapiz donde la fe y la sombra de la muerte no se temían y se abrazaban con firmeza.

Cuando Toussaint marchó de este mundo en 1649, su cuerpo fue depositado en el convento de los Carmelitas Descalzos en Carhaix —actualmente Carhaix-Plouguer—, también en la región de Bretaña. Él había fundado ese monasterio y quiso reposar allí para siempre. Louise, con el alma rota por la pérdida, decidió que su esposo sería enterrado sin el corazón, pues este le pertenecía a ella. Mandó extraer el órgano y lo confinó en un relicario de plomo cuya inscripción no dejaba lugar a dudas: «Aquí yace el corazón de Toussaint de Perrien, caballero de Bréfeillac, cuyo cuerpo yace cerca de Carhaix en el convento de los Carmelitas Descalzos, que él fundó».

Luego, Louise ingresó como terciaria franciscana y cambió las comodidades de su castillo familiar en Bréfeillac por la austeridad y la reclusión del convento. Dedicó los siguientes años a la oración y a la espera, hasta que en 1656 murió. Entonces, el corazón de Toussaint fue depositado, tal y como ella había previsto, junto a su cuerpo en el convento de Rennes, reuniéndose en la infinitud de la muerte.

Este gesto, que hoy nos estremece, era conocido en la corte barroca francesa como el partage du cœur (el reparto del corazón). Era una especie de ritual de amor espiritual mediante el cual los cuerpos podían yacer separados en el espacio, pero los corazones, reunidos, sellaban una unión indisoluble más allá de la materia. Las excavaciones de Rennes lo confirmaron, pues se encontraron al menos otros tres corazones en distintas urnas pertenecientes a otros nobles como, por ejemplo, Catherine de Tournemine.

Los científicos que desvelaron este misterio comprobaron que el cuerpo de Louise había sido embalsamado con una técnica excepcional, preparando a la mujer del velo para su viaje eterno; y el corazón de Toussaint se conservaba como un tesoro biológico a su lado. Lo que para la ciencia fue un hallazgo único, para el amor y sus relatos, para quienes profundizamos en lo extraño de su ser y sentir, es una historia que bien podía ser una balada épica —aunque sea totalmente real— de dos almas que se juraron no separarse hasta que el plomo, en el silencio de la muerte, los reuniera de nuevo. Actualmente, el cuerpo de Louise de Quengo y el corazón de su esposo reposan juntos en el cementerio de la Chapelle-des-Fougeretz, cerca de Rennes, donde fueron enterrados nuevamente en 2015.

Tal vez, pienso, cuando descubro estas historias y, a mi manera, les devuelvo la vida, la auténtica eternidad no se encuentra en las palabras grabadas en tumbas y relicarios. Tampoco en las oraciones elevadas a un cielo que no sabemos si realmente nos responderá alguna vez. Posiblemente, la verdadera eternidad esté en ese corazón guardado que, quizá, aún palpita en mudez total para nosotros, siglo tras siglo en la oscuridad, y que solo desde el otro lado del velo se puede sentir.

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Amores extraños

Un príncipe deforme, una sala de espejos y la villa de los monstruos

by Verónica García-Peña 26/10/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que el amor es capaz de levantar catedrales, pero el desamor también ha sabido construir sus propios templos. En Sicilia, al sur de Palermo, en la localidad de Bagheria, se alza uno de los más singulares. Se trata de la Villa Palagonia, conocida desde hace tres siglos como la Villa de los Monstruos. Su historia comienza en el siglo XVIII y, como casi todas las grandes pasiones, tiene algo de fábula, algo de locura y algo de verdad.

En 1715, Ferdinando Francesco I Gravina Cruyllas e Bonanni, el cuarto príncipe de Palagonia, ordenó al arquitecto Tommaso Maria Napoli construir una villa barroca para su familia, sin imaginar que, unas décadas después, su nieto transformaría aquel elegante palacio en un jardín de pesadilla lleno de monstruos, criaturas anómalas y extravagancias. Hablamos de Francesco Ferdinando II Gravina e Alliata, nacido en 1722, heredero y príncipe de Palagonia. Las crónicas lo describen como un hombre de inteligencia refinada, culto y de gustos ciertamente insólitos, pero también marcado por una fuerte deformidad física. Jorobado, de rostro asimétrico y caminar torcido, creció en una sociedad que veneraba la belleza tanto como temía la diferencia.

Por conveniencia dinástica y estratégica, como era habitual entre la nobleza siciliana,  lo casaron con Donna Anna Maria Cattolica Ruffo —hija del duque de Bagnara—, una joven de gran linaje y extraordinaria belleza. Fue, desde el inicio, un matrimonio extraño marcado por la diferencia de edad —en ese momento, él tenía 26 años y ella alrededor de 14— y la fascinación del príncipe por lo grotesco y la fealdad. De hecho, algunas crónicas de los viajeros del ‘Grand Tour’ que visitaron el Palacio, como el escocés Patrick Brydone, aseguraron que ella nunca lo amó y que su belleza servía como un contraste doloroso de la propia realidad física del príncipe. Aunque también hay quien dice que, en realidad, la excentricidad del heredero se intensificó justo tras la muerte de su esposa en 1749.

El ‘Grand Tour’ era un viaje que se hizo muy popular entre los jóvenes aristócratas del siglo XVIII. Buscaban completar su educación y formación cultural. Era considerado un rito de paso crucial, con Italia como destino principal, para conocer el arte, la cultura clásica y las costumbres del continente

El 6 de marzo de 1747 Francesco Ferdinando II asumió por testamento el título como hijo primogénito y heredero de su padre, Ignazio Gravina, y apenas dos años después, en 1749 fue cuando comenzó a encargar las grotescas esculturas que adornarían Villa Palagonia y le harían famoso. Desde ese año y durante décadas, ordenó poblar los jardines, las escalinatas y los muros de la villa con más de seiscientas esculturas grotescas. Centauros, sirenas, animales imposibles, demonios sonrientes, mujeres con cabezas de bestia, bufones congelados en gestos de burla… Una procesión de piedra que parecía salida de una auténtica pesadilla barroca.

Algunos aseguraban que eran caricaturas de los invitados a sus fiestas; otros, que representaban los rostros deformados de los amantes imaginarios de su esposa con los que dicen —aunque no está ni mucho menos comprobado— el príncipe estaba obsesionado. También hubo quien pensó que, en realidad, cada monstruo era un reflejo de sí mismo. Una especie de autorretrato multiplicado hasta el delirio. Si bien, el clímax de la locura barroca de la villa era la llamada Sala degli Specchi —Sala de los Espejos—, donde diferentes tipos de espejos distorsionaban burdamente a los invitados y mostraban a la aristocracia de la época, que tanto valoraba su imagen, una caricatura de sí mismos. «Specchiati in quei cristalli e nell’istessa magnificenza singolar contempla di fralezza mortal l’immago espressa» (mírate en esos cristales y, con la misma singular magnificencia, contempla la imagen que expresa la fragilidad mortal) está escrito a la entrada del salón de la villa.

Wolfgang von Goethe

¿Y qué era en realidad la villa? ¿Acaso un santuario a la fealdad? ¿Tal vez esculpió su dolor en piedra hasta convertir la villa familiar en una parodia de la humanidad? Quién sabe si no sería todo aquello solo fruto de la locura y no un altar a la imperfección y al desamor. Interpretaciones y leyendas populares que forman parte del enigma que rodea a la Villa de los Monstruos. Sea como fuere, cada esquina parece un reflejo de su excéntrico corazón. Caótico, atormentado y lleno de una melancolía retorcida.

En 1787, el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe cruzó el umbral de aquella villa. Estaba recorriendo Italia cuando decidió detenerse en Bagheria atraído por la fama del palacio. Lo que encontró, él que era un defensor de los ideales clásicos de orden y belleza, le resultó impactante y de mal gusto. En su Viaje a Italia (publicado entre 1813 y 1817) escribió que Villa Palagonia era «wahn in Stein gehauen» —literalmente, «la locura cincelada en piedra»— y lo describió como el «pináculo de la demencia y el mal gusto». Desde entonces, creció la leyenda de que aquel lugar había inspirado la noche de Walpurgis de Fausto. No hay prueba de que así fuera, pero la idea persistió, quizá porque la Villa Palagonia es un lugar donde el arte parece producto de las pesadillas, y la belleza y el espanto se confunden.

El tiempo y el mito hicieron el resto. Se cuenta, por ejemplo, que Salvador Dalí soñó con comprarla para pasar allí sus veranos debido a la admiración que sentía por las locuras arquitectónicas sicilianas, aunque no hay pruebas que lo confirmen. Lo que sí es cierto es que el pintor Renato Guttuso la recordaba como el escenario de sus juegos de infancia. En el siglo XX, el cine se rindió también a su magnetismo. Bellocchio la convirtió en el escenario de un matrimonio imposible en La Cina è vicina (1967), y Giuseppe Tornatore la incluyó en Baarìa (2009), su homenaje a Sicilia.

Hoy la villa sigue en pie. En 1885 fue adquirida por la familia Castronovo que todavía hoy permite visitarla, con sus monstruos desgastados por el tiempo pero desafiantes. Un lugar donde el barroco se vuelve desazón y donde el desamor encuentra su forma más tangible. Y quizá esa sea la verdadera rareza de esta historia: la ausencia de amor.

26/10/2025 0 comments
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Amores extraños

Un amor de luto, el Mausoleo de Halicarnaso y una copa de vino y cenizas

by Verónica García-Peña 11/10/2025
written by Verónica García-Peña

En el siglo IV a. C., en la ciudad de Halicarnaso, una mujer convirtió el duelo por la muerte de su esposo en una de las siete maravillas del mundo y en una leyenda que se mueve entre el amor más devoto y, quizá, una oscura obsesión. Porque no puede haber nada más perturbador que cenizas, vino y tristeza mezcladas en una misma copa. Hablamos de Artemisia II de Caria, antigua región histórica situada al sudoeste de la actual Turquía, que llevó el amor conyugal hasta lo inconcebible.

Artemisia era esposa y hermana de Mausolo, su marido, un vínculo que puede parecernos extraño hoy, pero que en ciertas dinastías orientales era una costumbre aceptada para conservar el poder en una misma estirpe. Así, en vida compartieron trono y sangre, y en la muerte Artemisia decidió que tampoco habría separación.

Mausolo era un sátrapa de Caria —nombre que se les daba a los gobernadores de las provincias de los antiguos imperios medo y persa, incluyendo la dinastía aqueménida y varios de sus herederos— que se había convertido en un hombre de poder y se había consolidado como uno de los grandes nombres de su tiempo. Cuando falleció en el año 353 a. C., la ausencia del sátrapa se hizo insoportable para su esposa, que no quiso que el silencio del duelo ocupara el lecho, el palacio y su corazón. Por eso y para perpetuar su memoria, ordenó levantar un grandioso monumento funerario concebido como tumba y como demostración de su amor y poder compartidos. De esta suerte nació el Mausoleo de Halicarnaso, un monumento extraordinario cargado de símbolos y belleza. El Mausoleo medía unos 122 metros de circunferencia y 43 de altura, estaba rodeado por 36 columnas, y la pirámide que lo coronaba tenía por remate un carro tirado por cuatro caballos.

Obra de los arquitectos Sátiro y Piteo y decorado por escultores célebres como Escopas, la construcción era tan magnífica que es recordada como una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo y dio origen a la palabra que aún hoy usamos para designar tumbas monumentales: «mausoleo». Cada piedra, escultura o relieve que se colocó en aquel enterramiento era un recuerdo de y para Mausolo, y allí fue inhumado, dentro de un sarcófago, como era habitual para la élite de la época.

A pesar de la belleza del sepulcro, Artemisia no lograba calmar el duelo. La piedra no bastaba y su tristeza era tan abrumadora, tan hiriente y pesada, que, según algunas fuentes antiguas —entre ellas las de Plinio el Viejo y Valerio Máximo—, decidió que solo había una manera de intentar acallarlas. Se dice que recogió las cenizas de su amado Mausolo, las mezcló con vino y se las bebió. Cenizas, vino y tristeza mezclados en una misma copa para aquietar su dolor y llevar siempre consigo, en su interior, una parte de él. Juntos en la vida, en la piedra y en la muerte. Quiso hacerlo carne de su carne y sangre de su sangre, como si de este modo pudiera evitar que él la dejara sola para siempre.

Este suceso, oscuro y desesperado, convirtió a Artemisia en una figura que comenzó entonces a formar parte del imaginario colectivo, pues la veracidad histórica de este episodio es más leyenda que un hecho comprobado. Fue, tal vez, un acto ritual o simbólico y no un entierro real por cremación, pero la imagen de la reina que bebió a su esposo ha sobrevivido a la realidad durante siglos gracias a distintos relatos, cantares y crónicas. Además, al mirar lo que queda del Mausoleo —ruinas que hoy se alzan en Bodrum, Turquía— no cuesta imaginar a Artemisia con un cáliz en la mano, uniendo piedra y carne, lágrimas y ceniza, amor y muerte.

Durante dos años más gobernó la soberana, completamente entregada a su duelo, hasta que murió en el año 351 a. C. Dicen que fue consumida por la pena pero, para los cronistas posteriores, sobre todo por la enfermedad. Y como antes explicaba, a pesar del adorno con el que los años han querido acicalar esta historia, máxime en su parte final, este amor nos deja una pregunta que, en realidad, recorre por completo la crónica. ¿Hasta dónde puede llegar el amor que no afronta la muerte?

Un amor extraño, sin duda. El de una reina que no aceptó que la vida y la muerte fueran fronteras y prefirió beberlas en un mismo vaso.

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Amores extraños

Una reina implacable, banquetes de sangre y el duelo convertido en venganza

by Verónica García-Peña 15/09/2025
written by Verónica García-Peña

La venganza tiene un aroma propio y en la historia de Olga de Kiev es el de la sangre y las cenizas. Nació de la muerte de su esposo y se convirtió en una de las venganzas más terribles que han quedado registradas en las crónicas medievales. Viuda demasiado joven, madre de un heredero aún niño, su duelo dio lugar a banquetes de sangre y fuego

Olga estaba casada con Ígor de Kiev, hijo de Rúrik, fundador de la dinastía Rúrika. Era un matrimonio arreglado, algo muy común en aquellos años, pero que se convirtió en una alianza poderosa, según consta en las crónicas eslavas. Hacia el año 945, durante una expedición de tributo, Ígor fue capturado por los drevlianos —un pueblo de eslavos orientales que habitaba las densas zonas boscosas de lo que hoy es el norte de Ucrania— y ejecutado de manera sumamente cruel. Lo ataron a dos árboles curvados que, al soltarse, desgarraron su cuerpo. Olga quedó viuda con un hijo aún menor, Sviatoslav, y un reino convulso, por lo que asumió el gobierno como regente y, desde el poder, urdió una feroz venganza.

El enemigo pensó que la joven viuda era presa fácil, por lo que le propusieron casarse con su príncipe Mal. Como si el amor pudiera sustituirse al igual que se intercambian algunas cartas en un juego de naipes. Estaban seguros de que así dominarían Kiev. Olga los escuchó, como Medea en su ardiente deseo de represalia, y aceptó recibirlos, pero en secreto planeó su primer castigo. Cuando los emisarios drevlianos llegaron a sus tierras, los enterró vivos dentro de sus embarcaciones. Era el primer movimiento de un juego de poder que no dejaría supervivientes; el preludio de la furia que estaba por desatarse.

St Olga. Nesterov, 1892

El segundo acto llegó en forma de un banquete funerario que simulaba reconciliación. Según la Crónica Primaria — compilación de mitos, leyendas y documentos que narran la historia de la región eslava desde aproximadamente el año 850 hasta 1110—, Olga invitó a otro grupo de drevlianos a una celebración en honor a Ígor. Durante el festín, los invitados brindaron, bebieron y se entregaron a la música, confiados en la aparente hospitalidad de la regente, y cuando estuvieron ebrios, esta ordenó cerrar las puertas y mandó que fueran masacrados. La leyenda dice que unos 5000 hombres cayeron aquella noche y aunque algunos aseguran que tantos no pudieron ser, fue, desde luego, un banquete de sangre abrigado de venganza y traición. Una escena que nos recuerda a la crueldad de ciertos relatos de honor y deshonor en la literatura épica y también, a ciertos banquetes shakesperianos donde pocos eran los que se salvaban.

No sería, sin embargo este convite la última escena del castigo de Olga. Un tercer grupo de ilustres drevlianos viajó a Kiev para unirse a las negociaciones. La reina los recibió y, bajo la promesa de un ritual de purificación, los encerró en una casa de baños,  prendió fuego al lugar y los quemó vivos.

Más tarde, no satisfecha aún su venganza, exigió un tributo peculiar. Cercó la ciudad de Iskorósten, capital de los drevlianos, y después de un año de asedio, exigió un último gravamen. Les pidió tres palomas y tres gorriones por cada casa. Los habitantes, creyendo que aquello era un precio irrisorio a cambio de que la reina los dejara en paz, entregaron las aves sin protesta. Olga ordenó entonces atar a los animales trozos de tela con azufre ardiente en las patas y, al anochecer, los soltó. Los pájaros regresaron a sus nidos en los tejados de la ciudad. Así, su luto se tornó fuego y la ciudad ardió. La imagen de esas aves incendiarias se repetiría en cantares y leyendas eslavas durante siglos, convirtiendo el acto de la viuda en un símbolo de pena y venganza.

La princesa enlutada se convirtió en una regente temida y, siglos más tarde, aunque pueda parecer increíble, en Santa de la Iglesia ortodoxa. Olga, alrededor del año 957, viajó a Constantinopla y se hizo cristiana —una decisión de fe y política— siendo bautizada como Yelena por el mismísimo emperador Constantino VII, mas su nuevo credo no importó a la Iglesia Ortodoxa Rusa, que la canonizó formalmente en 1547. Es una contradicción fascinante. Aquella que llevó su duelo hasta la destrucción fue y es venerada como modelo de piedad, aunque su vida esté más cerca de Lady Macbeth que de una mártir.

Su historia es la de una reina viuda que vivió con el fuego del odio en su interior. Fuego con el que devastó a aquellos que la habían dañado y robado el amor. ¿Era amor de verdad lo que Olga sentía por Ígor? Quién sabe pero, desde luego, la pérdida de ese querer, auténtico o no, se convirtió en llamas. Es por tanto esta la historia de una viuda que prefirió llenar el mundo de cenizas antes que aceptar el olvido.

El bautismo de Olga, por Sergei Kirillov
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Amores extraños

Un rey de cuento de hadas, castillos de fantasía y un amor imposible

by Verónica García-Peña 31/08/2025
written by Verónica García-Peña

En las tierras bávaras parece todavía flotar la leyenda de Luis II, aquel monarca que buscó en los cisnes la compañía que no hallaba en los hombres y que prefirió el rumor de la música a las intrigas de palacio. Levantó castillos destinados más al ensueño que al gobierno y la historia lo recuerda con múltiples nombres. Lo llamaron el rey loco o el rey cisne, pero quizá sea el rey de los cuentos de hadas el que mejor capture su esencia, porque su vida entera se convirtió en una ficción en la que los sueños sustituyeron la realidad.

Ludwig II

Hijo de Maximiliano II y de María de Prusia, subió al trono en 1864, con apenas dieciocho años, y desde entonces su existencia fue un pulso constante entre el deber de gobernar y el deseo de habitar un mundo de belleza, arte y fantasía. La corte esperaba de él un matrimonio ventajoso, pero Ludwig Otto Frederik Wilhelm —como en realidad se llamaba— parecía huir de cualquier compromiso. Solo se prometió una vez, en 1867, con Sofía de Baviera, hermana de la emperatriz Isabel de Austria, la célebre Sissi. El enlace nunca llegó a oficiarse porque el propio Luis rompió el compromiso antes incluso de fijar la fecha de boda. A partir de entonces, los rumores sobre su homosexualidad se extendieron, aunque nunca se reconocieron de manera abierta en un tiempo demasiado rígido para aceptar cariños distintos a lo establecido.

El gran amor de su vida fue la música y, quizá, la propia idea del amor, y entregó su corazón por completo a las creaciones de Richard Wagner después de haber quedado, en 1861, fascinado por su ópera Lohengrin. Lo conoció en 1864 y desde entonces se convirtió en su protector. Lo colmó de regalos y honores, financió sus proyectos más ambiciosos —cuando Wagner estaba al borde de la ruina— y quiso hacerlo partícipe de su vida diaria, por lo que lo instaló en Múnich. Para Wagner, amante entonces de Cosima Liszt —esposa de su amigo el director de orquesta de la ópera de Múnich, Hans von Bülow—, aquella devoción del rey fue un refugio y una fuente de recursos.

Por amor y deseo o por admiración y devoción, Wagner recibió el sustento financiero que necesitaba para sus óperas y para construir un teatro en Bayreuth. Los historiadores dicen que el compositor no se aprovechó del afecto del rey más allá de lo profesional, pero en su correspondencia mantuvo una calculada ambigüedad. Halagaba al monarca, le mostraba gratitud y cercanía, aunque sin cruzar nunca la frontera del deseo confesado. Una relación intensa y platónica, aseguran, aunque resulta difícil no preguntarse qué pensaríamos de aquellas cartas si no supiéramos de quién procedían ni a quién iban dirigidas.

Cuando Wagner fue desterrado por intrigas políticas y presiones de la corte en 1865, Luis se quedó solo, atrapado en un país agitado por las guerras y las deudas, y un amor que se desvanecía como lo hacen los fantasmas cuando ya no se cree en ellos. Entonces buscó refugio en los símbolos de su ópera predilecta y llenó palacios de heraldos alados mientras se escribía con fervor con el compositor. Se veía reflejado en Lohengrin, el caballero que llega en una barca tirada por un cisne, y convirtió aquel mito en un espejo de sí mismo. Volcó su pasión en levantar castillos que parecían escenarios de las leyendas medievales que tanto le fascinaban. Linderhof, Herrenchiemsee (inspirado en Versalles) y, sobre todo, Neuschwanstein (que significa ‘nuevo cisne de piedra’).

En Linderhof mandó construir la Gruta de Venus, una cueva artificial inspirada en la opera Tannhäuser, de Wagner, donde la tecnología más avanzada de su tiempo le permitió recrear lagos subterráneos, cascadas y juegos de luces eléctricas de colores nunca hasta entonces vistos. Allí se produjo por primera vez un intenso azul oscuro, el índigo, que después patentaría la BASF. Todos los erigió como monumentos a su mundo interior. Palacios más cercanos al ensueño que a la vida práctica, habitados por los fantasmas del deseo, la música y el amor.

La distancia con su pueblo creció y muchos en la corte lo consideraban un monarca malogrado, obsesionado con fantasías que costaban fortunas al erario y que no ayudaban al país a prosperar. En 1886, tras varios informes médicos que lo declaraban incapaz de reinar, fue depuesto y confinado en el castillo de Berg. Tan solo dos días después, al atardecer, apareció muerto en el lago de Starnberg junto al cadáver de su médico, el doctor Gudden. Nunca se esclareció qué ocurrió. La muerte generó sospechas de todo tipo. Algunos hablaron de suicidio, otros de asesinato político o accidente. ¿Qué pasó en realidad? Aún hoy es un misterio. El desenlace mágico y triste de una ópera  que provenía de la luz, pero murió en la oscuridad.

Su legado, sin embargo, no se desvaneció. Los castillos que levantó atraen hoy a millones de visitantes. Walt Disney se inspiró en Neuschwanstein para diseñar el castillo de La Bella Durmiente. ¿Cómo no asociar entonces el rostro melancólico de aquel monarca que soñaba con cisnes con la silueta chispeante de las hadas? Y el cine se ha encargado de fijar su imagen en películas como Ludwig, de Visconti (1973), o en El rey loco, de Helmut Käutner (1955). El mito de Luis II oscila entre la locura y la fantasía, entre la condena de un amor imposible y la ensoñación de un reino hecho de piedra, cisnes y música.

Amó con pasión y remordimientos, con ardor y culpa. Sus amores fueron imposibles y tal vez por eso, cuando se contempla la silueta de Neuschwanstein erguida sobre los Alpes bávaros, se puede volver a creer en el amor verdadero, como el de los cuentos, como el de la fantasía. Quizá por eso Neuschwanstein parece todavía hoy la morada de un rey que pasea de noche, iluminado por velas, mientras los ecos de Wagner resuenan en los salones.

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Amores extraños

Una bolsa roja, una cabeza embalsamada y un amor que venció a la muerte

by Verónica García-Peña 17/08/2025
written by Verónica García-Peña

En un rincón de Inglaterra, una bolsa de terciopelo rojo guardó durante casi tres décadas un secreto: la cabeza embalsamada de Sir Walter Raleigh. Elizabeth ‘Bess’ Throckmorton, su esposa, la conservó desde el día de la ejecución de este en 1618 hasta que ella murió, como símbolo de un amor que no se podía matar.

Sir Walter Raleigh fue explorador, corsario, capitán de expediciones navales contra la España imperial y poeta, además de un hábil espía y tan leal a su país que incluso participó en la matanza de Smerwick (1580), lo que no deja de ser, en cierto modo, paradójico, pues, según el folclore de la zona, muchos de los cautivos fueron decapitados en un terreno conocido como Gort a’ Ghearráin (Campo de corte). También dicen que pudo ser, en realidad, el verdadero autor de algunas de las obras de Shakespeare, aunque esto último es más bien una hipótesis muy minoritaria y rechazada por la mayoría de especialistas.

Raleigh era, aparte de lo dicho, uno de los cortesanos favoritos de la reina virgen, como llamaban a Isabel I, que lo colmaba de privilegios y encargos. Fue nombrado caballero en 1585. Sin embargo, este vínculo se resquebrajó cuando, en un acto de pasión e indudable temeridad, contrajo matrimonio en secreto con Elizabeth ‘Bess’ Throckmorton, dama de compañía de la reina.

Sir Walter Raleigh

Esta unión, celebrada hacia 1591, en cualquier otra circunstancia habría sido solo un asunto privado, pero en la corte isabelina las voluntades personales estaban sometidas al capricho de la monarca. Ella tenía el control absoluto sobre la vida de sus cortesanos y exigía explícitamente que ninguna dama contrajera matrimonio sin su permiso. Raleigh y Bess lo hicieron, lo que marcó para siempre sus destinos.

Cuando la noticia llegó a oídos de la soberana, el matrimonio fue arrestado y conducido a la Torre de Londres. ¿Estaba la reina enamorada de Raleigh? ¿Era aquel matrimonio una desobediencia o una traición amorosa? Quién sabe, pero en la torre pasaron meses, humillados y privados de toda influencia, mientras la corte murmuraba y sus enemigos crecían. Y aunque la pareja recuperó la libertad gracias a la mediación de algunos aliados, Raleigh nunca volvió a tener el favor de su majestad ni la certeza de haber sido perdonado.

Tras la muerte de Isabel I y la subida al trono de Jacobo I, Raleigh intentó restituir su crédito, pero los vientos habían cambiado. Jacobo I, que nunca había confiado en él, lo acusó en 1603 de participar en un complot para derrocarlo y lo sentenció a muerte. Por fortuna, la ejecución se aplazó y Raleigh pasó trece años prisionero en la Torre de Londres, hasta 1617, año en el que se le permitió organizar un viaje a Guayana en busca de oro bajo la promesa de no enfrentarse a los españoles. No obstante, la empresa fracasó y el hombre regresó a Inglaterra sin el preciado metal y con una enemistad renovada con España. En consecuencia, la sentencia de muerte se reactivó.

El 29 de octubre de 1618, Raleigh fue conducido al cadalso en el Old Palace Yard de Westminster. Vestía con dignidad, dicen, y ante la multitud examinó el hacha que lo mataría y se permitió incluso bromear sobre su destino. Justo después, el verdugo cumplió su cometido.

Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de St. Margaret, junto a la abadía de Westminster, y su cabeza, cuidadosamente embalsamada, fue entregada a su amada Bess. La leyenda —respaldada por algunos inventarios familiares— asegura que, durante el resto de su vida, la viuda conservó aquel triste recuerdo envuelto en una bolsa roja, llevándolo siempre consigo, manteniéndolo cerca, como si de esta suerte pudiera burlar a la muerte.

¿Acaso le susurraba versos que solo ella podía escuchar? Quizá le recitó El amor del océano por Cynthia o le desveló el final de Historia del mundo, una obra que Raleigh escribía y que quedó incompleta tras su muerte. Sea como fuere, con la cabeza de su adorado esposo viajó de residencia en residencia, desde Londres hasta West Horsley Place, la casa de campo donde pasaría sus últimos años.

Bess murió en 1647 y fue enterrada junto a su familia en St. Mary the Virgin, Beddington, Surrey, donde reposan los Throckmorton. La cabeza de Raleigh, según se cree, fue entonces llevada junto al resto de su cuerpo para que descansara en paz. Y aún hoy, en West Horsley Place, se conserva una antigua bolsa roja que podría coincidir con aquella que guardó la cabeza. Un objeto silente tejido de amor, secretos y venganza. También, quizá, de locura.

La historia de Raleigh y Bess, como sucede con tantos amores extraños, ha inspirado leyendas, pero también obras como la tragedia Sir Walter Raleigh (1719), de George Sewell, o la novela Lady in Waiting (1956, sin edición en español), de Rosemary Sutcliff. En el cine, Clive Owen interpretó al famoso explorador en Elizabeth: la edad de oro (2007), una película de Shekhar Kapur en la que la reina fue encarnada por Cate Blanchett. Antes, en el filme The Virgin Queen (1955) —El favorito de la reina en España—, Elizabeth Throckmorton fue interpretada por Joan Collins y la reina Isabel por Bette Davis.

Podríamos decir, pues, que esta es la historia de un amor que nació en secreto, desafió a una reina, la sobrevivió, aunque no pudo con la traición política y que, sin embargo —el mito así lo narra—, de algún modo, venció a la propia muerte.

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Amores extraños

Una reina muerta, una coronación póstuma y una mano helada

by Verónica García-Peña 03/08/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que nadie en la corte pudo escapar a aquella escena; que cuando Inés de Castro fue desenterrada, vestida con ropas reales y sentada en el trono, la corte entera tuvo que desfilar ante ella para rendirle homenaje; que el rey Pedro I obligó a todos a besar la mano helada de la reina muerta sin vacilar ni apartar la mirada, a pesar del horror de aquel acto. Estamos en Portugal, en 1360, y esta es una historia real de amor, muerte y poder.

Pedro, heredero al trono, estaba casado con Constanza de Castilla desde 1336, e Inés, dama de compañía de su esposa, era su amante. La relación comenzó hacia 1340-41 y con la muerte de Constanza, en 1345, se intensificó. Inés dio al príncipe al menos tres hijos y, así, su presencia en la corte —más aún por sus vínculos con la nobleza castellana— se volvió peligrosa.

Por eso, en enero de 1355, el rey Alfonso IV el Bravo, padre de Pedro, ordenó a tres de sus consejeros —Pedro Coelho, Álvaro Gonçalves y Diogo Lopes Pacheco— que la mataran. Inés fue decapitada en la Quinta das Lágrimas, en presencia de sus hijos, acusada de ambición y de alterar los equilibrios de la corona. Tenía unos treinta años.

Pedro enloqueció de dolor y desató una guerra civil contra su padre que se prolongó hasta la muerte este en 1357. Entonces, llegó la venganza. Pedro hizo capturar a dos de los asesinos —el tercero huyó a Castilla y escapó— y los ejecutó públicamente, arrancándoles el corazón con sus propias manos como declaración simbólica de que su revancha no era militar ni diplomática. Era personal y, además, no terminaba ahí.

The Coronation of Inês de Castro in 1361 (c. 1849) by Pierre-Charles Comte

Después, Pedro quiso devolverle a Inés lo que el poder le había negado y, según la leyenda, ordenó exhumar su cuerpo, vestirla de reina, sentarla en el trono y, en una ceremonia celebrada en la catedral de Coímbra, obligó a todos los nobles a besar su mano cadavérica en señal de fidelidad. Algunos historiadores dudan del episodio, ya que no se recoge en crónicas medievales, y no aparece hasta mucho tiempo después en cancioneros y obras teatrales. También explican que, de ocurrir, es probable que fuera una efigie de cera o una representación lo que subió al trono, y no el cuerpo real de Inés en estado de descomposición avanzada.

Sea como fuere, tras la coronación, Pedro organizó un cortejo fúnebre para trasladar a Inés al monasterio de Alcobaça, y mandó construir dos tumbas de mármol blanco, con sus efigies enfrentadas, con la intención de que, al llegar el Juicio Final, sus cuerpos despertaran uno frente al otro. Pedro I murió en 1367 en Estremoz y fue enterrado junto a Inés. Allí permanecen hoy juntos los dos, con una inscripción que dice: «Até o fim do mundo —Hasta el fin del mundo».

La historia de Pedro e Inés ha sido contada y recontada durante siglos. Convertida en mito nacional portugués, fue recogida por Fernão Lopes en el siglo XV y consagrada poéticamente en Os Lusíadas, de Camões. También inspiró a Almeida Garrett, Antoine Houdar de La Motte, Victor Hugo y a novelistas, músicos y cineastas contemporáneos.

Pedro e Inés —como tantas figuras trágicas reales— ya no pertenecen del todo a la Historia. Habitan ese espacio incierto que es la imaginación colectiva. Su leyenda es un cuento gótico, una escena en la que lo macabro se tiñe de romanticismo y la belleza convive con el espanto. Un amor que desafía el poder, la ley e incluso la muerte. Es, en definitiva, la historia de una reina muerta, una coronación póstuma y una mano helada.

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