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Emain Juliana

Emain Juliana

Autora de Simbología de las flores. Arte, cine y literatura y Fuerzas ocultas. Edita, diseña y escribe algún artículo que otro.

LiteraturaPensamiento

Las cartas secretas de Beethoven, Kafka y Dickinson

by Emain Juliana 31/05/2026
written by Emain Juliana

Lo que sus autores no se atrevieron a poner en un sobre dice a menudo más que cualquier cosa que llegaran a publicar.

Hay una categoría extraña de la literatura que técnicamente, no existe. Son las cartas que se escriben con la intención de enviarlas, trabajadas a veces durante semanas, firmadas o dejadas a propósito sin firma, y al final, por miedo, por prudencia o por simple cobardía, guardadas en un recóndito cajón. Algunas aparecen mucho después, cuando la mano que las escribió ya no está entre los vivos. Y resulta que esos textos huérfanos suelen decir mucho más sobre sus autores que cualquier otra cosa que llegaran a publicar en vida.

La amada que quizá nunca leyó nada

Cuando Anton Schindler revisó el escritorio de Beethoven al poco de su muerte, en 1827, lo que buscaba eran valores bancarios. Lo que encontró fue una carta de diez páginas, escrita entre el 6 y el 7 de julio, dirigida a alguien a quien el compositor llamaba «mi ángel, mi todo, mi yo» y, más adelante, «mi amada inmortal». No estaba firmada, tampoco figuraba el año ni la ciudad, pero, sobre todo, no estaba en posesión de la destinataria. Estaba en el escritorio del propio Beethoven.

Los musicólogos han pasado dos siglos discutiendo quién era ella. Las candidatas más serias son Antonie Brentano y Josephine Brunsvik, pero la lista de posibles ha llegado a tener diez nombres. Lo curioso es que, a juzgar por el tono del texto, no se trataba de un amor platónico. Beethoven escribe con una intimidad que solo se tiene con quien ya te conoce el carácter. «Solo puedo vivir contigo por completo o no vivir en absoluto». Y, sin embargo, la carta se quedó en el cajón. Quizá fue una copia y la original llegó a su destino, como sostienen algunos. O quizá Beethoven, después de redactarla a lo largo de dos días, decidió que poner por correo aquello era una forma de cerrar una puerta que prefería dejar entornada el resto de su vida.

Carta de Beethoven

Las tres cartas al Maestro

Algo parecido ocurrió con Emily Dickinson, aunque en su caso ni siquiera sabemos si la persona destinataria existió realmente. Entre los papeles que dejó la poeta al morir, en 1886, aparecieron tres borradores de cartas dirigidas a un hombre al que ella llama únicamente «Maestro». Están fechadas más o menos entre 1858 y 1862, los años en los que Dickinson empezaba a tomarse en serio su escritura, y en ellas se dirige a este personaje con una mezcla de devoción religiosa y deseo apenas contenido que resulta, todavía hoy, desconcertante.

Las identidades posibles son varias: el reverendo Charles Wadsworth, el editor Samuel Bowles, el coronel Higginson, su cuñada Susan Gilbert disfrazada en masculino, e incluso —según una hipótesis más reciente— un personaje literario inventado por la propia Dickinson para ensayar un género epistolar. No hay constancia de que las cartas fueran enviadas. Lo que se conserva son borradores, con tachaduras, frases dadas la vuelta, palabras sustituidas. Pequeños laboratorios de intimidad que terminaron archivados con el resto de su obra, esa obra que tampoco publicó.

Emily Dikinson, 1846

Ciento tres páginas para un padre que no las leería

El caso de Franz Kafka es uno de los más conocidos y, leído con cierta perspectiva, también de los más cómicos en un sentido bastante amargo. En noviembre de 1919, con treinta y seis años recién cumplidos, Kafka se sentó a escribir una carta a su padre, Hermann, para echarle por fin en cara las décadas de autoritarismo emocional bajo las que había crecido. Tardó dos semanas en redactarla. Reescribió varias veces. Mandó pasarla a máquina. Sumó al final ciento tres páginas manuscritas.

Y entonces, en lugar de entregársela él mismo, se la dio a su madre para que ella se la pasara a Hermann. La madre, que conocía a los dos, leyó la carta, comprendió perfectamente lo que iba a provocar y decidió hacer lo que muchas madres habrían hecho en su lugar: devolvérsela a Franz, con buenas palabras, sin entregar nada. Kafka la guardó. Tampoco se la dio personalmente. Acabó dejándosela a una amiga «por si quería saber de su pasado». La carta se publicó en 1952, casi treinta años después de su muerte, y hoy se lee como una de las claves de toda su obra. Hermann murió en 1931 sin haberla leído nunca.

La carta más útil que jamás se mandó

Para terminar, vamos a hablar de un caso diferente, porque no es una carta de amor ni de ajuste de cuentas familiar, sino política. El 14 de julio de 1863, pocos días después de la batalla de Gettysburg, Abraham Lincoln se sentó a escribir al general George Meade. Lee acababa de escapársele a Meade a pesar de tenerlo prácticamente acorralado, y Lincoln estaba furioso. Le dijo en la carta que estaba «inmensurablemente afligido», que la fuga de Lee prolongaría la guerra de manera indefinida, y que difícilmente podría esperarse ya que Meade hiciera nada eficaz desde el sur del Potomac.

Después de escribirla, Lincoln hizo algo que a lo largo de su vida hizo muchas veces: la metió en un sobre, escribió encima «To Gen. Meade, never sent, never signed», y la guardó. Llamaba a este tipo de cartas «hot letters», cartas calientes, y las usaba como válvula de escape para no decir en frío lo que se le ocurría en caliente. La de Meade apareció entre sus papeles tras su asesinato. Si la hubiera enviado, lo más probable es que el general hubiera dimitido en el acto, y la guerra de Secesión habría tomado un curso bastante distinto. Lincoln, que era de los pocos que sabía contar hasta diez antes de hablar, prefirió guardarla en un cajón.

Abraham Lincoln por Alexander Gardner, 1863

Hay quien argumenta que estas cartas no enviadas son, en realidad, el género epistolar en estado puro. Una carta que se envía siempre tiene en cuenta al destinatario, lo que va a pensar, lo que conviene decir y lo que no. Una carta que se guarda, en cambio, se escribe con la libertad de quien sabe que nadie va a leerla. Lo paradójico es que muchas de ellas terminan, con el tiempo, siendo leídas por más gente que cualquier mensaje que sus autores enviaran de verdad. Como si las palabras, igual que cierto tipo de plantas, necesitaran un cajón cerrado para germinar tranquilas.

Bibliografía
  • Kafka, Franz. Carta al padre. Hay varias ediciones en español; clásica la de Nórdica con traducción de Joan Parra Contreras.
  • Solomon, Maynard. Beethoven. Schirmer Books, 1998 (capítulo dedicado a la Amada Inmortal).
  • Dickinson, Emily. The Master Letters of Emily Dickinson. Edición de R. W. Franklin. Amherst College Press, 1986.
  • Dickinson, Emily. Cartas. Selección y traducción de Nicole d’Amonville Alegría. Lumen, 2022.
  • Goodwin, Doris Kearns. Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln. Simon & Schuster, 2005.
  • Konnikova, Maria. «The Lost Art of the Unsent Angry Letter». «The New York Times», 22 de marzo de 2014.
31/05/2026 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Salonnières: la Ilustración tenía nombre de mujer

by Emain Juliana 17/05/2026
written by Emain Juliana

Cómo unas señoras del siglo XVIII, entre tazas de chocolate y rivalidades feroces, levantaron sin proponérselo el wifi intelectual de la Ilustración.

Madame Geoffrin Jean-Marc Nattier

En el París de mediados del XVIII, mientras Voltaire vivía en el exilio y Diderot se las arreglaba para esquivar a la censura, media Europa intelectual habría dado lo que fuera por conseguir una invitación. Pero no a Versalles, que para entonces era ya más una obligación protocolaria que un lugar donde pasaran cosas interesantes. La cita que de verdad importaba estaba en un primer piso de la rue Saint-Honoré, donde los lunes se hablaba de arte, los miércoles de filosofía, y todos los días, en voz baja, de quién no había sido invitado esa semana y por qué.

La anfitriona, Marie-Thérèse Geoffrin, era burguesa, viuda y bastante rica gracias a la manufactura de espejos de Saint-Gobain. Tenía además una habilidad para la que el siglo todavía no tenía nombre, aunque ella la practicaba como pocas: sabía orquestar una buena reunión cultural. Elegía a sus invitados con un cuidado casi de sumiller, decidiendo qué filósofo no podía sentarse al lado de qué duque, qué pintor convenía acercar a qué mecenas. Controlaba los tiempos de exposición, reconducía los debates cuando los intervinientes se acaloraban demasiado y, sobre todo, decidía quién estaba dentro y quién no. Su salón financió parte de la «Encyclopédie» y le pasaba además una pensión secreta a d’Alembert, que casualmente era hijo natural de Mme de Tencin, otra «salonnière» con la que la propia Geoffrin se había formado años atrás. Todo quedaba en familia, aunque ninguna de ellas lo fuera oficialmente.

Mademoiselle de Lespinasse. Carmontelle

La regla del juego

Lo que se hacía en aquellos salones no era exactamente lo que hoy entenderíamos por una fiesta. Era algo bastante más singular, con sus reglas implícitas, su día fijo de la semana, su lista cerrada de habituales y la obligación, para cualquier recién llegado, de presentarse con una carta de alguien que ya conociera a la anfitriona. No se permitían discursos ni monólogos: la conversación debía fluir entre los invitados. Si alguien se ponía pesado con un asunto demasiado técnico, la anfitriona intervenía con cualquier excusa para cambiar de tema. Si dos invitados parecían a punto de batirse en duelo metafórico, los separaba lanzando una pregunta a un tercero. Estaban moderando debates varios siglos antes de que existiera esa palabra.

Y todo esto sin firmar nada. Ahí está el truco, y también la trampa. No publicaban con su nombre de mujer como Mme de Lambert, que publicó sus libros prácticamente sin firmarlos. Ella decía que «para escribir bien, primero hay que pensar bien», y pensar públicamente siendo mujer seguía siendo, en el siglo de las Luces, una actividad peligrosa. No firmaban manifiestos y tampoco ocupaban sillones en la Academia. Aun así, la propia Mme de Lambert llegó a elegir desde su antesala a la mitad de los académicos franceses de su época, una antesala que la gente del momento llamaba sin ironía «l’antichambre de l’Académie».

Geoffrin, Deffand, Lespinasse: triángulo de las Bermudas ilustrado

Si Geoffrin era la institución, la marquesa Du Deffand era la rival temible. Recibía después de las seis en un piso pegado al convento de Saint-Joseph, y mezclaba aristócratas ingleses con enciclopedistas franceses con una soltura que daba envidia. Pero a los cincuenta y pico empezó a quedarse ciega y a causa de su mala salud temió que su salón perdiese interés, hasta que en un viaje a su pueblo natal se encontró con una sobrina ilegítima de la familia, Julie de Lespinasse, joven, brillantísima, sin dinero y sin demasiado futuro por delante.

Lo que vino después es de culebrón. Du Deffand se llevó a Julie a París como dama de compañía, sin contar con que la chica poseía un gran encanto y al poco tiempo había empezado a recibir a los invitados antes de la hora oficial del salón, en su propio cuarto, para charlar con ellos en privado. Cuando Du Deffand se enteró —porque alguien se fue de la lengua, como suele pasar— la furia fue épica y la expulsó de la casa. Lo que la marquesa no esperaba era que casi todos los habituales se pasaran al bando de Julie. D’Alembert, que la adoraba, fue de los primeros. Y Geoffrin, en lugar de cerrar filas con su vieja amiga Du Deffand, vendió tres cuadros de Van Loo de su colección y le regaló el dinero a Julie para que abriera su propio salón.

Lespinasse se instaló en el número 6 de la rue Saint-Dominique y empezó a recibir todos los días, de cinco a nueve, sin cena porque no le daba el bolsillo, solo refrigerios. Y allí, sin un céntimo y sin título nobiliario, levantó uno de los salones más influyentes del siglo. Marmontel la describiría como la mente más viva, el alma más ardiente y la imaginación más inflamable que había existido «desde Safo». El marqués de Ségur lo resumió todavía mejor en una frase que ha sobrevivido a los tres salones: «A Madame Geoffrin se la temía, a Madame du Deffand se la admiraba, a Julie de Lespinasse se la amaba».

Lo que inventaron sin proponérselo

Hay algo que los manuales de filosofía no suelen contar, y es que sin estas mujeres la Ilustración tal y como la conocemos sencillamente no existiría. Ellas crearon un espacio en el que podían encontrarse las ideas de las mujeres y los hombres más representativos de la cultura del momento, chocar entre ellas, refinarse y propagarse. Inventaron, sin saberlo y desde luego sin patentarlo, algo que hoy llamaríamos red social: un sistema de conexiones selectivas con reglas implícitas, jerarquías informales y un capital reputacional que funcionaba como moneda.

Inventaron también un modelo de mecenazgo cultural que no dependía de la corte. Geoffrin mantenía a pintores, también financiaba enciclopedias y hasta pagaba pensiones. Du Deffand mantuvo durante años con Horace Walpole una correspondencia de la que se conservan más de mil cartas, una de las cumbres del género epistolar europeo. Lespinasse murió a los cuarenta y cuatro años, agotada, dejando unas cartas de amor desgarradoras que se publicaron póstumamente y que algunos consideran el germen de la novela romántica.

Y a pesar de todo eso, cuando uno abre cualquier manual al uso sobre el Siglo de las Luces las encuentra, si es que las encuentra, en una nota al pie, reducidas a la categoría de «anfitrionas», como si abrir la puerta de casa fuera lo único que hicieran. Como si producir esos encuentros, publicar proyectos editoriales que cambiaron Europa y educar a varias generaciones de pensadores fuera, en fin, cosa menor.

La próxima vez que alguien hable del nacimiento de la «esfera pública moderna», ese concepto de Habermas que tanto se cita, quizá convenga acordarse de que esa esfera olía a perfume, se tomaba el té a las seis y la gobernaba, con guante de seda y mano de hierro, una señora a la que probablemente nunca dejaron firmar nada con su nombre.

Bibliografía

  • Craveri, Benedetta. La cultura de la conversación. Siruela, 2007.
  • Goodman, Dena. The Republic of Letters: A Cultural History of the French Enlightenment. Cornell University Press, 1994.
  • Lilti, Antoine. Le monde des salons. Sociabilité et mondanité à Paris au XVIIIe siècle. Fayard, 2005.
  • Fumaroli, Marc. Quand l’Europe parlait français. Éditions de Fallois, 2001.
  • Huertas Abril, Cristina Aránzazu. «Madame du Deffand, “salonnière” e impulsora de la sociedad intelectual y mundana del siglo XVIII».
  • Lespinasse, Julie de. Cartas (edición póstuma, varias ediciones disponibles).
  • Du Deffand, Marie. Correspondance complète avec Horace Walpole
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ArtePersonajes

Peder Mørk Mønsted, el paisajista paciente

by Emain Juliana 12/05/2026
written by Emain Juliana

Hay pintores que parecen haber elegido la paciencia como método. Peder Mørk Mønsted (Dinamarca, 1859 – Fredensborg, 1941) fue uno de ellos. Paisajista danés de finales del XIX y comienzos del XX, su nombre no se menciona con la frecuencia que merecería fuera de los círculos especializados, pese a ser uno de los grandes pintores del paisaje nórdico. Suele encuadrárselo en el realismo y el naturalismo, aunque esas etiquetas dicen poco de un pintor que se propuso llevar la naturaleza al lienzo con una fidelidad minuciosa, casi obsesiva.

Peder Mønsted. Sunset over a forest lake

Su formación explica buena parte de la solidez técnica posterior. Estudió en Aarhus y después en la Academia de Copenhague entre 1875 y 1879, con maestros como Julius Exner y Niels Simonsen. Pasó también por el entorno de Peder Severin Krøyer y, durante el invierno de 1882-1883, trabajó en París con William-Adolphe Bouguereau. De esa mezcla de tradición danesa, disciplina académica y contacto con otros centros europeos procede la exactitud con la que coloca una rama, un reflejo o una sombra sobre la nieve sin que el resultado se enfríe.

Viajó mucho —Italia, Francia, Suiza, Noruega, Grecia, Argelia o Egipto figuran entre sus destinos—, pero sus cuadros más reconocibles siguen anclados en Escandinavia. Caminos rurales, bosques densos, riachuelos, lagos, campos abiertos y escenas nevadas componen su repertorio. El agua nunca cumple una función decorativa: organiza la composición, duplica los árboles, introduce profundidad y permite que la luz recorra la escena, con una claridad que recuerda a ciertos maestros holandeses.

Algunas veces se ha hablado de una cualidad casi fotográfica en su trabajo, pero conviene matizarlo. Mønsted no imita a una cámara fotográfica: construye la escena desde una lógica pictórica, calculando caminos, troncos, orillas y líneas de sombra para que el ojo avance muy despacio hacia el fondo. El detalle existe, pero siempre está subordinado a una estructura.

Peder Mørk Mønsted. Wood in snow

El tratamiento de la nieve es probablemente uno de los aspectos más primorosos de su pintura. El blanco rara vez aparece de manera uniforme: hay blancos fríos, zonas azuladas, sombras grises, reflejos amarillentos donde toca el sol, capas más densas junto a los caminos y superficies más limpias en los claros. Sus paisajes invernales tienen una quietud marcada, pero no resultan rígidos; conservan el aire de una mañana reciente, con huellas, árboles desnudos y una luz baja que da la sensación de tiempo suspendido. La nieve le sirve además para simplificar la escena, cubre parte del terreno, reduce el ruido visual y permite que troncos, casas, cercas o senderos adquieran más peso.

Sus bosques no son espacios amenazantes. Hay densidad, sombra y profundidad, pero también una voluntad de claridad. Le interesa cómo la luz penetra en la masa vegetal, cómo atraviesa las ramas y hojas, cómo toca el suelo o se rompe sobre el agua. Sus árboles tienen peso, edad, dirección, textura. Cuando aparecen figuras humanas, quedan integradas en el entorno: no dominan la naturaleza, cohabitan de forma discreta. De ahí esa sensación de mundo amplio, anterior y posterior a la presencia humana, que recorre toda su obra.

Peder Mørk Mønsted. Skovparti med åløb 1923

En vida tuvo reconocimiento y sus cuadros fueron apreciados por coleccionistas europeos, ingleses y estadounidenses. Muchos permanecen hoy en colecciones privadas, aunque también hay ejemplos en instituciones como el Dahesh Museum de Nueva York. Su pintura ha recuperado interés dentro del redescubrimiento reciente de la pintura escandinava.

Mønsted pintó bosques, costas, ríos y campos como quien sabe que la naturaleza habla por sí sola. Evita el efectismo, y quizá ahí esté buena parte de su fuerza: en esa forma de convertir un sendero, una corriente de agua o una mañana de invierno en una escena que sigue viva mucho después de haber sido pintada.

Peder Mønsted. Vinterlandskap

BIBLIOGRAFÍA

Dahesh Museum of Art. «Spotlight on January–February 2017: Peder Mønsted».

Christie’s. Ficha de lote de Peder Mørk Mønsted, Bordighera, Liguria.

Sotheby’s. Ficha de lote de Peder Mørk Mønsted, Winter.

Sotheby’s. Ficha de lote de Peder Mørk Mønsted, Charlottenlund Forest.

Galerie Paffrath. «Peder Mønsted».

MacConnal-Mason Gallery. «Peder Mørk Mønsted».

DailyArt Magazine. «Life and Work of Peder Mørk Mønsted».

MutualArt. Fichas de obras y resultados de subasta de Peder Mørk Mønsted.

Artnet. Perfil de artista y registros de mercado de Peder Mørk Mønsted.

12/05/2026 0 comments
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AgendaMúsica

La Renga vuelve con gira europea

by Emain Juliana 07/05/2026
written by Emain Juliana

En mayo de 2026, La Renga volverá a Europa con una gira que tendrá paradas en Barcelona, Berlín, Copenhague y Tenerife. La banda argentina, formada por Gustavo “Chizzo” Nápoli, Gabriel “Tete” Iglesias y Jorge “Tanque” Iglesias, llega con más de tres décadas de recorrido, diez discos de estudio y una manera de entender el rock que se ha mantenido muy ligada al escenario, al volumen y a una relación directa con su público.

Hablar de La Renga es hablar de una banda que se ha hecho a sí misma canción a canción, concierto a concierto, sin renunciar nunca a ese sonido de rock de carretera que la define. Su música encaja en una tradición muy reconocible del rock argentino: riffs largos, bases contundentes y letras donde caben el viaje, el deseo, el inconformismo y una épica de barrio que jamás se despega del todo de lo cotidiano. En directo, esa identidad se nota todavía más, porque La Renga no se ha construido solo desde los discos. Lo ha hecho desde una forma de tocar que convierte cada noche en algo que se vive entre todos.

La gira europea arrancará el 17 de mayo en el Poble Espanyol de Barcelona. Seguirán Berlín, el 21 de mayo en Huxley’s Neue Welt; Copenhague, el 24 en Poolen; y Tenerife, el 27 en Xanadu. El cierre llegará el 31 de mayo con una segunda fecha en el Poble Espanyol, una ciudad donde la banda ya ha encontrado una respuesta fuerte en visitas anteriores.

La conexión con el público europeo no se ha improvisado. En 2023, el grupo pasó por el Cosquín Rock de Fuengirola, llenó el Sant Jordi Club de Barcelona y tocó también en el Electric Brixton de Londres. Aquellas fechas dejaron claro que su música tiene público fiel fuera de Argentina: en buena parte oyentes latinoamericanos que se han traído sus canciones consigo, pero también gente que ha llegado más tarde, atraída por una banda que conserva una energía difícil de encontrar dentro del rock en español.

El tamaño del fenómeno se ve mejor con cifras delante. En 2024, La Renga ofreció cuatro conciertos en el Estadio Racing Club de Avellaneda y reunió a unas 200.000 personas. En redes supera los 648.000 seguidores en Instagram y los 837.000 suscriptores en YouTube. Pero lo suyo no se mide solo en números. La Renga tiene una comunidad que se mueve, que viaja detrás de la banda, que espera cada anuncio y que mantiene con sus canciones algo parecido a una relación de pertenencia.

En los últimos años, además, el grupo ha seguido moviéndose más allá del escenario. Durante la presentación de Alejado de la Red estrenó la película Totalmente Poseídos, que llegó a cines de Argentina, Chile, Perú y Uruguay. Su trabajo más reciente, grabado en Europa, abre una nueva etapa dentro de su recorrido internacional y ya forma parte del repertorio en directo.

Con Chizzo a la voz y la guitarra principal, Tete Iglesias al bajo y Tanque Iglesias en la batería, La Renga conserva una formación reconocible y una identidad sonora que ha cruzado generaciones. Su vuelta a Europa en 2026 será otra ocasión para ver a una de las bandas más convocantes del rock argentino en el terreno donde mejor se entiende lo que son: el directo.

07/05/2026 0 comments
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AgendaEventosLiteratura

Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el monstruo que sigue suelto

by Emain Juliana 04/05/2026
written by Emain Juliana

El doctor Jekyll y Mr. Hyde nacieron en una novela breve publicada en 1886 por Robert Louis Stevenson, pero con el tiempo dejaron de ser únicamente dos figuras del gótico victoriano para convertirse en metáfora universal de la contradicción humana y de lo que se oculta tras una apariencia respetable.

La historia es conocida incluso por quienes no han leído la obra. Un respetadísimo doctor londinense, Henry Jekyll, obsesionado con separar lo noble y lo monstruoso del ser humano, crea una sustancia capaz de transformar su cuerpo y liberar una segunda identidad: Edward Hyde, una figura inquietante, violenta y moralmente desinhibida. Lo que al principio parece un experimento científico acaba convirtiéndose en una condena, porque Hyde, lejos de ser manejable, empieza a tomar posesión de la vida de Jekyll. La novela funciona así como relato de misterio y como narración de terror, pero también como advertencia sobre el peligro de creer que uno puede aislar el mal sin pagar un precio por ello.

Stevenson escribió Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde en plena época victoriana, un momento en el que la sociedad, al menos en su imagen pública, concedía enorme importancia a la respetabilidad, al control de los impulsos y a la separación entre la apariencia y la intimidad. Ese contexto ayuda a entender por qué la obra impactó tanto. Jekyll no es un monstruo exterior, el típico exponente del cuento gótico que llega desde un castillo remoto, ni una criatura formada con restos humanos, como ocurría con el mito moderno de Frankenstein. Es un hombre integrado en la sociedad, con prestigio, amigos, casa respetable y una reputación que proteger. La amenaza está en su interior, dentro de un hombre que lleva una vida tranquila, educado, correcto y aparentemente dominado por la razón. La British Library ha señalado precisamente esa diferencia al interpretar a Hyde como una criatura que surge del lado oscuro de la personalidad, más que como un ser fabricado desde fuera.

El lector avanza a través de documentos, testimonios, sospechas, silencios y cartas, como si estuviera reconstruyendo un caso. Durante buena parte del relato, el centro se desplaza hacia los personajes secundarios, que tratan de comprender la extraña relación que Jekyll mantiene con Hyde. Esa estructura, cercana al relato detectivesco, evita el sobresalto y va acumulando pequeños datos y hechos que mantienen al lector en vilo.

El efecto cultural de la obra fue inmediato. En pocos años, Jekyll y Hyde pasaron de la literatura al teatro, al cine y a las series, hasta el punto de que sus nombres se siguen usando para hablar de comportamientos contradictorios entre la imagen pública y la conducta privada.

Esa permanencia explica que la historia vuelva una y otra vez a los escenarios, donde la transformación adquiere una fuerza particular. Podemos ver El Dr. Jekyll y Mr. Hyde en el Teatro Farándula de Madrid, situado en la calle de Galileo, 98. La propuesta se presenta como una adaptación teatral que conserva la tensión de la obra de Stevenson y traslada al espectador a un Londres victoriano construido desde la intriga, el silencio y la lucha interior del personaje.

El Dr. Jekyll y Mr. Hyde en Teatro Farándula

Hay algo muy actual en esta obra, aunque su origen pertenezca al siglo XIX. Vivimos rodeados de identidades cuidadosamente administradas: la imagen profesional, la pública, la afectiva, la que se proyecta en redes, la que se conserva en… Jekyll nos inquieta precisamente porque su tragedia parte de una tentación comprensible: separar lo que avergüenza, esconderlo en otra figura y seguir viviendo como si nada hubiera sucedido. El horror empieza cuando esa separación fracasa y el personaje descubre que lo reprimido no desaparece: solo aprende a caminar por su cuenta.

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AgendaArteEventos

Banksy: la imagen como forma de protesta

by Emain Juliana 27/04/2026
written by Emain Juliana

Pocos artistas contemporáneos han logrado una presencia tan mediática como Banksy sin renunciar al anonimato. Sus imágenes circulan por museos, subastas, libros, camisetas y redes sociales, pero muchas de ellas nacieron en la calle, sobre paredes que nadie imaginaba que serían contempladas como una obra de arte. Banksy no inventó el arte urbano ni el estarcido, pero entiende muy bien cómo funciona una imagen en la calle. Sus obras no dependen de una gran complejidad técnica, sino de una combinación bastante precisa entre sencillez, ironía y contexto. 

El estarcido ha sido clave en su forma de trabajar. La plantilla le permite actuar deprisa, repetir una imagen y mantener una línea clara en la calle, donde no hay tiempo ni las condiciones de un taller. Esa rapidez define su estilo.  

Sus temas son igualmente reconocibles. Banksy ha trabajado sobre la guerra, la vigilancia, el abuso de poder, el consumo, la desigualdad, la infancia o la migración, casi siempre a través de escenas de apariencia sencilla y de un humor que rara vez es inocente. A veces la obra parece amable en el primer vistazo, pero ese efecto dura muy poco. Enseguida se percibe algo que no encaja del todo: un soldado que está donde no debe, una cámara que vigila demasiado, una niña situada en una escena que crea confusión, una rata que parece entender la ciudad mejor que sus propios habitantes.

Durante décadas, su identidad fue una incógnita y formó parte de la curiosidad que rodeaba su obra, pero en marzo de 2026, una investigación de Reuters desveló a Robin Gunningham, como posible identidad de Banksy; según ese trabajo, Gunningham habría adoptado después el nombre de David Jones, aunque el artista no ha confirmado públicamente esa noticia. 

Banksy ha criticado muchas veces la conversión del arte en mercancía, pero sus piezas se venden por cifras estratosféricas y algunas de sus intervenciones urbanas se protegen o se convierten en objeto de especulación. El caso más famoso ocurrió en 2018, cuando una versión de Girl with Balloon se autodestruyó parcialmente justo después de ser adjudicada en Sotheby’s. La acción parecía una crítica al sistema de subastas, aunque terminó aumentando todavía más la fama de la obra.

Banksy critica el sistema del arte y, al mismo tiempo, forma parte de él. Sus imágenes permiten discutir quién decide el valor de una pieza, por qué unas pintadas se borran y otras se conservan, qué diferencia hay entre una pared ocupada por publicidad y una pared ocupada por una imagen crítica, o qué ocurre cuando una obra creada para la calle acaba siendo tratada como un objeto de colección. 

El Museo Banksy de Madrid parte precisamente de esa idea: reunir una parte amplia de su trabajo para que el visitante pueda ver obras que, en conjunto, crean una visión mucho mas precisa de toda su envergadura como artista.

Situado en el Paseo de la Esperanza 1, en Arganzuela, el museo reúne más de 170 piezas, incluidas reproducciones a tamaño real de algunos de sus murales más conocidos. La visita permite acercarse a imágenes como La chica del globo rojo o Banksy’s Rage, el lanzador de flores, pero también a otras piezas con diferentes temáticas como la guerra, el consumo, la vigilancia, la infancia, la migración o el uso político de la imagen. No es necesario conocer previamente la historia del arte urbano para entrar en la exposición, porque el propio recorrido va mostrando cómo trabaja Banksy.

Además de la exposición, el Museo Banksy de Madrid ofrece visitas guiadas en varios idiomas y un taller de serigrafía al estilo Banksy durante los fines de semana. La propuesta resulta interesante porque acerca al público a una de las técnicas que mejor explican la difusión de su obra: una imagen reproducible, clara y pensada para circular. En ese sentido, el museo no solo funciona como una recopilación de piezas conocidas, sino como una forma de entender por qué Banksy pasó de las paredes de la ciudad a ocupar un lugar central en la cultura visual de las últimas décadas.

Museo Banksy Madrid

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Música

I Took the Road Less Traveled gana dos premios en EE. UU

by Emain Juliana 20/04/2026
written by Emain Juliana

El documental I Took the Road Less Traveled, centrado en la trayectoria del músico cangués Diego Avello, Bull, sigue ampliando su recorrido después de su estreno europeo en el Teatro Conde Toreno de Cangas del Narcea, celebrado el pasado 15 de febrero. La película, dirigida por Budro Partida, reconstruye el itinerario vital y musical del artista desde Asturias hasta Estados Unidos, con paso por México, y pone el foco no solo en su carrera, sino también en el esfuerzo, la emigración y las dificultades de abrirse camino fuera de su lugar de origen.

Ahora, el filme suma además dos nuevos premios que confirman la fuerza de su recorrido. Según ha compartido el propio equipo en redes, I Took the Road Less Traveled acaba de ganar el Best Documentary Feature en AustinIFF y el People’s Choice Award en el Fiesta SATX Film & Music Festival.

La proyección en Cangas tuvo un valor especial por tratarse de la primera presentación europea del documental en la tierra natal de Bull, un gesto cargado de sentido para una historia que parte de la memoria personal y termina convirtiéndose en un relato sobre identidad, perseverancia y fidelidad a una vocación. Uve Magazine ya había destacado además la dimensión internacional del proyecto y su recepción en Estados Unidos, donde el filme había comenzado a reunir atención dentro del ámbito festivalero.

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Arte

¿Cómo empezar una pequeña colección de arte?

by Emain Juliana 16/04/2026
written by Emain Juliana

Hay una idea que conviene desmontar desde el principio, porque suele espantar a quien siente curiosidad por el arte pero todavía no se atreve a comprar: una colección no comienza cuando uno adquiere varias piezas caras, comienza cuando uno empieza a distinguir entre una imagen que le gusta, una reproducción bien hecha y una obra que, además de interesarle visualmente, tiene una lógica e interés material detrás. En ese tramo inicial, que suele transcurrir sobre soporte de papel, uno puede moverse entre reproducciones, fotografía, grabados, litografías, pequeñas acuarelas y obra menor de artistas emergentes. Lo importante es entender que una reproducción decorativa y una edición limitada no son lo mismo. Una estampa original nace de un proceso de transferencia y de una edición, mientras que tiendas de museo como la del Thyssen venden, pósteres, láminas y reproducciones Fine Art pensadas para decoración, pero no deben confundirse con obra gráfica original.

Si nos gusta la ilustración o la serigrafía merece la pena echar un vistazo en tiendas como La Postalera, que trabajan con láminas de artistas, hay otros espacios especializados de un perfil parecido que permiten acercarse a piezas asequibles de ediciones cuidadas: El Moderno Gallery reúne impresiones giclée y ediciones limitadas, Los Artistas del Barrio cuenta con una sección amplia de láminas de distintos creadores. Este tipo de proyectos puede ser una muy buena puerta de entrada para quien quiere empezar a comprar obra con cierta identidad y con información más clara sobre artista, formato y soporte.

Una reproducción adquirida en una tienda puede servir para empezar, aprender qué nos gusta, que tipo de arte nos dice algo, los formatos que preferimos o los que mejor pueden quedar en nuestras paredes y también para decidir si lo que de verdad nos interesa es la pintura, la fotografía, el grabado o otro tipo de arte. El problema aparece cuando se quiere saltar demasiado deprisa de la afinidad estética al supuesto hallazgo coleccionable. Hay ediciones fotográficas muy asequibles y muy bien planteadas, por ejemplo; como las Magnum Editions, que se ofrecen como impresiones pigmentarias de archivo en ediciones limitadas de 100 ejemplares, y ahí ya entramos en otro terreno, porque no estamos ante una simple lámina, estamos ante una pieza con una tirada definida y una formulación comercial mucho más precisa. Empezar por ahí puede tener bastante sentido si a uno le atrae la fotografía, pero solo cuando sabe qué está comprando y no confunde una edición seria con cualquier imagen impresa en buen papel.

Para quien quiera dar el paso desde la reproducción hacia una pequeña colección propiamente dicha, las pequeñas galerías siguen siendo uno de los mejores lugares de aprendizaje, porque permiten ver la pieza in situ, se puede obtener información sobre la obra, preguntar dudas, comparar con otras piezas, hablar de la edición, la tirada y salir con algo más que un recibo. No hace falta entrar en una gran galería internacional ni pensar en cifras estratosféricas. En España, una feria como ESTAMPA se presenta precisamente como un espacio dedicado al coleccionismo y a la curaduría, y su programa COLECCIONA insiste en informar y normalizar la figura del coleccionista, cosa que resulta muy útil porque coleccionar no es una extravagancia de la élite, hay precios y arte para todos los bolsillos, además, desde el punto de vista práctico, la compra en galería permite pedir lo que cualquier comprador prudente debería pedir: ficha técnica, estado de conservación, certificado si existe, y documentación complementaria. Artsy recomienda precisamente solicitar condition reports, certificados de autenticidad y otros documentos de apoyo, además de preguntar por el cuidado futuro de la obra.

También hay muchos creadores que venden su arte sin intermediarios, si tenemos en cuenta la trayectoria artística, hacemos cierto seguimiento, nos gusta su obra, y sabemos de antemano que documentos de autenticidad debemos pedir sobre cada obra, es una muy buena opción, al fin y al cabo, nadie va a proporcionar tanta  información sobre la obra a nivel artístico y documental, que el propio creador.

Las plataformas de subasta online, entre ellas Catawiki, son muy buenas como herramienta de rastreo y acceso a piezas pequeñas, pero conviene tratarlas con cautela. La propia plataforma exige a los vendedores prueba verificable de autenticidad y procedencia, y considera válidos, entre otros documentos, los certificados del artista, los certificados emitidos por una galería reconocida, las facturas de compra, las referencias a catálogos o los propios archivos de artista y la documentación de procedencia. Sobre el papel, eso parece estupendo. El problema es que la existencia de una norma no equivale a una garantía: una investigación difundida en Países Bajos en 2025 recogió algunas quejas por falsificaciones, eso evidentemente no es la norma y  no obliga a descartar la plataforma, pero sí a ser cautelosos, leer las fichas con frialdad, pedir imágenes de detalle y prestar mucha atención a la información proporcionada.

Los rastros, los mercadillos y las ferias de antigüedades merecen un apartado aparte, porque pueden ser una escuela magnífica o una fábrica de errores monumentales. Allí sí aparecen, de vez en cuando, estampas antiguas, fotografías interesantes, acuarelas menores, dibujos académicos, pruebas de taller y piezas que no están fuera del alcance de un comprador modesto. Si nadie sabe decirnos qué técnica es, si una litografía se presenta como si fuera un grabado, si una reproducción se vende como “obra antigua” sin más datos, o si la atribución depende únicamente de una firma, lo prudente si el precio es elevado es retirarse. Antes de comprar nada debemos fijarnos en la técnica, el soporte, los   márgenes, el estado de la obra, el reverso, los sellos, anotaciones y procedencia, que  cuentan tanto como la imagen en si misma. Christie’s y la IFPDA insisten, de hecho, en que el papel, la edición y las marcas materiales forman parte de la autenticidad de una estampa y son un detalle importante para especialistas.

Hay varias señales que conviene aprender pronto, porque ayudan mucho a separar una pieza original de una compra dudosa. La numeración en fracción, por ejemplo 12/50, indica el número concreto del ejemplar y el total de la edición numerada; la IFPDA recuerda además que esa cifra no incluye las pruebas. Las siglas A.P. o E.A. remiten a pruebas de artista, mientras que B.A.T., bon à tirer, designa la prueba final aprobada por el artista como modelo para la tirada. También son útiles los blindstamps o chops, que pueden identificar al impresor o al editor, y las marcas de agua del papel, que a veces permiten reconocer la fábrica, el tipo de papel e incluso orientar la datación. En las técnicas calcográficas, la huella de la plancha, el plate mark, puede ser otra pista material valiosa. Al mismo tiempo, es importante señalar que no todas las estampas van firmadas a mano, hay obras auténticas firmadas directamente en plancha, estampilladas o incluso inicialadas. Dicho de otra manera, una marca aislada no autentifica nada por sí sola, pero varias marcas que mantengan cierta coherencia entre sí pueden decirnos bastante sobre la obra.

Con los certificados ocurre algo parecido. Mucha gente los trata como si fueran una prueba definitiva, cuando en realidad son solo una pieza más del expediente. Durante años se consideraron la prueba mas fidedigna en autentificación de una obra, hoy día han empezado a ponerse en cuestión y aunque pueden validarse como registro histórico de ventas y vínculo con el artista, ya no se leen de forma aislada. Por eso la factura importa tanto: es la prueba básica de compra y debe conservarse siempre. Si además existen cartas de experto, referencias a un catálogo, historial de exposición, etiquetas de galería o cualquier rastro de procedencia, mejor todavía. Getty, al definir la historia de propiedad de una obra, incluye precisamente el paso de un dueño a otro, las ventas públicas, los marchantes que la manejaron y las marcas o etiquetas físicas asociadas a ese recorrido. Quien empieza una colección pequeña no necesita convertirse en detective, pero sí en alguien que guarda papeles y no compra piezas sin cierta información.

Una vez que hemos adquirido nuestra obra hay otro aspecto importante que hay que tener en cuenta, y es la conservación. La Library of Congress advierte que la luz produce daños permanentes e irreversibles, y que ese daño es acumulativo, de modo que una iluminación tenue durante mucho tiempo puede afectar tanto como una exposición intensa durante menos tiempo. Por eso, en el caso de obras valiosas sobre papel, ni siquiera recomienda la exhibición permanente y sugiere, para exposiciones largas, enmarcar una buena reproducción y conservar el original en mejores condiciones. Cuando se enmarca un original, el marco pasa a formar parte de la conservación: los materiales en contacto con la obra deben ser químicamente estables, la pieza no debe tocar el cristal y el acristalamiento debería filtrar la radiación ultravioleta. Para fotografías y papeles, se recomienda un entorno relativamente seco, fresco y estable, en torno al 30–50 % de humedad relativa, lejos de áticos, sótanos, radiadores, muros exteriores y zonas de condensación.

Para finalizar, una costumbre útil es crear una catalogación personal. Una colección pequeña empieza a parecer una colección cuando uno sabe qué tiene, dónde lo compró, cuánto pagó, qué técnica es, qué medidas tiene la hoja y la imagen, si está firmada, qué número de edición lleva, qué marcas aparecen en el reverso y qué documentos la acompañan, demás del estado en que hemos adquirido la obra, eso significa abrir una ficha, aunque sea pequeña, para cada pieza, guardar la factura, fotografiar anverso y reverso, anotar defectos visibles y no separar nunca la obra de su documentación. Coleccionar bien, incluso cuando se colecciona poco, tiene que ver con aprender a conservar la historia de la pieza.

Comprar arte es una manera estupenda de llevar a casa algo que hace más bella e interesante la vida cotidiana. Una pieza bien elegida puede cambiar nuestro estado de ánimo o dar carácter a nuestras paredes. Además, hay algo especialmente satisfactorio en saber que esa elección responde a nuestro propio gusto e identidad. Empezar una pequeña colección, aunque sea poco a poco, puede dar muchas alegrías y hacer que la relación con el arte deje de ser lejana para volverse diaria y cercana.

Bibliografía

Artsy, “What You Need to Know About Buying Your First Artwork”.
Artsy, “Certificates of Authenticity, Explained”.
Catawiki, “Post-War, Contemporary Art & Prints Submission Guidelines”.
Christie’s, “Collecting Guide: Key Things to Know About Prints and Multiples”.
Getty, Categories for the Description of Works of Art.
Library of Congress, “Care, Handling and Storage of Works on Paper”.
Library of Congress, “Limiting Light Damage”.
Library of Congress, “Preservation Guidelines for Matting and Framing”.
IFPDA, Glossary of Terms and Techniques.
Magnum Photos Store, “Magnum Editions”.
La Postalera, “Láminas”.
El Moderno Gallery, “Impresión Giclée Edición Limitada”.
Los Artistas del Barrio, “Láminas”.
Catawiki, “Art Guidelines”.

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Vidas en conflicto

Charles Baudelaire, o la belleza herida de la modernidad

by Emain Juliana 13/04/2026
written by Emain Juliana

La figura de Charles Baudelaire se suele situar bajo un rótulo que, aunque no sea falso, se queda corto: el poeta maldito, que desafió a su tiempo y pagó por ello. Todo eso forma parte de su historia, pero si uno se detiene de verdad en su vida y en su obra, lo que aparece es algo más complejo y más interesante: un escritor que comprendió con una claridad poco común que la modernidad no iba a producir solo progreso, sino también hastío, degradación moral, y una belleza inseparable ya de la ruina. Baudelaire  fue importante por escribir grandes poemas, pero también porque supo ver antes que muchos cómo se transformaba la sensibilidad moderna y encontró una forma nueva para expresarla.

Nació en París en 1821. Su padre murió cuando él era aún niño, y la posterior boda de su madre con el general Aupick fue, según suele señalarse, uno de los grandes núcleos de conflicto en su vida. No conviene explicarlo todo por ahí, pero sí entender que Baudelaire desarrolló muy pronto una relación difícil con la autoridad y con la idea del éxito social que el nuevo marido de su madre representaba tan bien. Hay en él, desde joven, una mezcla de orgullo, susceptibilidad, conciencia de sí mismo y deseo de singularidad que no encaja dentro de un orden que solo valora lo útil. Esa desazón, que en otros habría sido circunstancial, en Baudelaire se convirtió en la forma de relacionarse con lo que lo rodeaba.

Su juventud estuvo marcada por los excesos,  pero también por la férrea voluntad de construirse a sí mismo como una figura estética. El dandismo en Baudelaire no fue simplemente  vanidad o afición al lujo, aunque ambos elementos existieran, mas bien, una tentativa de afirmación en un mundo que tendía a vulgarizarlo todo. Vestirse, hablar, cultivar una actitud, hacer de la propia presencia una forma de reserva: todo eso respondía a la necesidad de no dejarse absorber por la mediocridad burguesa. El problema es que esa afirmación simbólica convivía con una dependencia económica constante. Baudelaire dilapidó buena parte de su herencia y su familia logró que se le impusiera una tutela financiera, lo que lo hirió profundamente y lo condenó durante años a vivir bajo la presión continua de la deuda.

Esa humillación material para  Baudelaire fue decisiva. Quería escribir, traducir, pensar el arte, intervenir en la cultura de su tiempo, pero debía hacerlo mientras lo acosaban los  acreedores, soportando retrasos editoriales y una sensación crónica de insuficiencia. Esa tensión no empobreció su obra y además le hizo consciente del precio de la independencia y del modo en que la vida moderna convertía incluso la sensibilidad en mercancía o en espectáculo.

Su relación con Jeanne Duval, actriz y bailarina de origen haitiano, ha sido simplificada muchas veces, ya como una historia puramente tóxica, ya como una mera fuente exótica de inspiración. Ninguna de las dos lecturas basta. Jeanne fue una presencia central en su vida y en su obra, una figura marcada por el deseo, el desgaste, la dependencia, el resentimiento y la fascinación. En muchos poemas de Las flores del mal aparece esa mezcla entre atracción corporal, idolatría, cansancio, una herida que caracteriza la experiencia amorosa baudeleriana. El amor en Baudelaire no ofrece consuelo ni redención; se presenta como una fuerza intensísima que eleva y degrada al mismo tiempo, que vuelve más viva la percepción y más dolorosa la conciencia.

Ahí conviene entrar de lleno en Las flores del mal, porque es el centro de su obra y el lugar donde su vida, su época y su imaginación se entrelazan para alcanzar la plenitud literaria. Publicado en 1857, el libro fue procesado por ofensa a la moral pública y seis de sus poemas quedaron censurados durante décadas. Ese escándalo, que todavía hoy suele repetirse como anécdota obligada, importa menos por el morbo que por lo que revela. La poesía de Baudelaire fue censurada porque rompía con la idea de que lo poético debía elevar, purificar o embellecer la experiencia. En sus versos, la belleza aparece unida a la carroña, al maquillaje, al vicio, al perfume, al cansancio, a la ciudad, al pecado, al sexo y al tedio.

La estructura misma del libro es reveladora. La sección de “Spleen et Idéal” plantea ya una oscilación central en Baudelaire: el impulso hacia la elevación, hacia la belleza, el arte o el éxtasis, frente al peso del hastío, de la materia, del tiempo y de la caída. El spleen no es solo aburrimiento, también es una forma de asfixia del alma y representa una conciencia muy opaca de encierro, de repetición y degradación. En poemas como “Spleen”, “El enemigo” o “La campana rota”, el tiempo no aparece como una sucesión neutra, pero si como fuerza corrosiva que vacía al sujeto y va arruinando su energía interior. Por eso su poesía tiene una gravedad tan particular: no canta solo al deseo o a la melancolía, sino al desgaste mismo de la conciencia moderna.

Al mismo tiempo, Baudelaire no se limita a lamentar esa condición. También descubre en ella una nueva materia estética. Una carroña, uno de sus poemas más conocidos, es ejemplar en este sentido. Allí el cadáver en descomposición escandaliza, pero realmente sirve para plantear una cuestión central: la belleza ya no puede separarse  del tiempo y de la muerte. El poeta mira de frente lo abyecto y desagradable y lo incorpora sin ennoblecerlo falsamente. Ese gesto cambia muchas cosas. La poesía deja de ser un lugar protegido y empieza a registrar la mezcla incómoda de fascinación y repulsión que define buena parte de la sensibilidad moderna.

También su atención a la ciudad fue decisiva. Baudelaire entendió París  como experiencia. En Cuadros parisinos  y en sus poemas en prosa aparece el flâneur, esa figura del paseante que observa la multitud, las calles, los rostros anónimos, los residuos de la vida urbana… Pero no se trata de simple costumbrismo. La ciudad en Baudelaire es el espacio donde la belleza se vuelve fugaz, donde todo pasa y desaparece y el sujeto experimenta a la vez excitación y extrañamiento. El célebre soneto “A una transeúnte” condensa muy bien esta cuestión: el deseo nace de un cruce instantáneo, de una aparición perdida en el flujo urbano, de una intensidad condenada a no cumplirse. Esa poética de lo pasajero, de lo instantáneo y de lo incompleto es una de sus grandes herencias.

No menos importante fue su trabajo como crítico de arte. Baudelaire escribió sobre Delacroix, sobre los Salones, sobre Constantin Guys y sobre la pintura de su tiempo con una lucidez que lo convierte en algo más que un poeta que opinaba sobre cuadros. En esos textos reflexionó sobre la modernidad como un problema estético, defendió la imaginación frente al naturalismo plano y supo captar que el artista moderno debía enfrentarse a un presente cambiante sin renunciar a la intensidad. Su famoso elogio de lo transitorio, de lo fugitivo y de lo contingente como parte de la belleza moderna no era una fórmula vacía, sino la definición de una tarea difícil: encontrar una forma de expresarse en medio de lo inestable.

También sus traducciones de Poe fueron fundamentales.  Baudelaire reconoció en Poe a un hermano en la lucidez herida y en la exploración de las zonas oscuras de la mente. Traducirlo fue, en cierto modo, una forma de leerse también a sí mismo. Esa relación ayuda a entender por qué su obra se mueve entre el análisis frío y la obsesión.

Los últimos años de su vida fueron duros. Siguió endeudado, enfermo, fatigado, cada vez más golpeado por el deterioro físico. En 1866 sufrió en Bélgica un accidente cerebrovascular que lo dejó gravemente afectado, con problemas de lenguaje y parálisis. Murió en 1867, sin haber conocido una estabilidad verdadera ni un reconocimiento constante. Sin embargo, esa existencia rota no quedó convertida en puro desperdicio biográfico. De ella salió una obra que cambió la poesía porque aceptó algo que su en siglo preferían obviar: que la belleza moderna está herida, que el deseo lleva dentro cansancio, que la ciudad produce visiones y vacío, y que el arte, si quiere decir algo verdadero, no puede apartar la vista de todo lo anterior.

La vida de Baudelaire fue complicada por las deudas, el conflicto familiar, la enfermedad, las relaciones desgastantes y el choque con la moral de su tiempo, pero lo decisivo es que de todas esas dificultades no salió una obra caótica. En sus poemas no hay desorden confesional, hay una elaboración rigurosa y una escritura exacta. Por eso sigue siendo tan central: porque no embelleció la modernidad, la observó cuando empezaba a pudrirse y encontró en esa podredumbre una forma nueva de belleza.

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Pensamiento

Ojos sanpaku o leer el destino en un rostro

by Emain Juliana 30/03/2026
written by Emain Juliana

Hay conceptos que, en cuanto salen de su contexto original y empiezan a circular por revistas, programas, foros y redes, dejan de ser solo palabras y se convierten en pequeñas máquinas de sugestión. Sanpaku es una de ellas. Basta con que alguien la mencione junto a la fotografía de un actor, una cantante o un personaje  para que alrededor de su rostro empiece a construirse una interpretación entera, como si en la mirada estuviese impresa una advertencia que nadie supo leer a tiempo. Esa es, en el fondo, lo que significa el término: no describe solo un rasgo ocular, sino que activa la imaginería cultural, que necesita creer que el cuerpo delata.

La palabra sanpaku procede del japonés y suele traducirse como “tres blancos”, en referencia a aquellos ojos en los que puede apreciarse la esclerótica, la parte blanca, en tres zonas alrededor del iris. En la práctica, el término se utiliza sobre todo cuando ese blanco se ve de forma llamativa por debajo o por encima, lo que altera la expresión habitual de la mirada y hace que muchas personas la perciban como extraña, tensa, cansada o inquietante. El concepto comenzó a extenderse fuera de Japón en el siglo XX, sobre todo gracias a George Ohsawa, impulsor de la macrobiótica, que convirtió este rasgo en una señal de desorden físico o mental y lo integró en un discurso más amplio sobre alimentación, salud, equilibrio y destino.

Dentro de esa tradición, se distinguía entre dos variantes. Cuando el blanco se veía bajo el iris, se hablaba de yin sanpaku, asociado a vulnerabilidad, agotamiento o exposición al peligro; cuando el blanco aparecía por encima, se hablaba de yang sanpaku, al que se atribuían impulsividad, descontrol o una violencia interior latente. Estas asociaciones, que hoy siguen repitiéndose en muchos contenidos virales, no forman parte de un diagnóstico médico reconocido, pero si de una forma de lectura del rostro emparentada con la fisiognomía.

Durante siglos, en distintas tradiciones, se ha intentado leer el carácter en la superficie del cuerpo. La fisiognomía, que aspiraba a establecer una correspondencia entre rasgos físicos y cualidades morales o psicológicas, gozó de enorme prestigio en determinados periodos, aunque hoy esté ampliamente desacreditada. La Encyclopaedia Britannica lo resume sin rodeos: la mayor parte de esos intentos han sido desmentidos, de modo que la fisiognomía suele considerarse pseudociencia. Y, sin embargo, la necesidad de leer el alma en la cara no ha desaparecido nunca.

Kristen Stewart. Imagen de depositphotos

Ahora bien, si se aparta todo ese aparato interpretativo y se vuelve al terreno de lo real, conviene recordar que no existe una categoría médica llamada “ojos sanpaku” que permita deducir rasgos psicológicos o morales de una persona. Que se vea más blanco alrededor del iris puede deberse a variaciones anatómicas normales, a la forma de los párpados, a la estructura facial y a circunstancias clínicas concretas. En oftalmología se utiliza el concepto de scleral show para describir una visibilidad acentuada de la esclerótica, y algunas afecciones, entre ellas ciertos trastornos relacionados con la posición del ojo o de los párpados, pueden hacer que ese aspecto resulte más evidente. Entre las causas posibles del proptosis o exoftalmos, por ejemplo, se encuentran algunos problemas tiroideos, como la enfermedad de Graves.

En el cine, en la ilustración, en el cómic o en el manga, una mirada en la que el blanco del ojo se hace más visible puede utilizarse para sugerir intensidad, amenaza, agotamiento o desarreglo, de modo que el rasgo acaba funcionando como un recurso expresivo. No importa tanto si el espectador conoce la palabra sanpaku; importa que ya ha aprendido a asociar cierta forma de la mirada con determinados estados o tipos de personaje. 

En la cultura popular moderna, además, el término ha encontrado un terreno fértil en la obsesión por las celebridades. Se ha hablado de ojos sanpaku en figuras cuya vida estuvo marcada por el exceso o una muerte prematura, como si la mirada hubiese anticipado el desenlace. No es casual. La cultura de la fama siempre ha necesitado señales retrospectivas, pequeñas pistas que permitan ordenar el caos de una biografía y dar a la tragedia una apariencia de coherencia. Después de que algo terrible ocurra, aparece esa necesidad de decir que ya estaba ahí, que podía verse, que alguien lo había advertido. El mito se alimenta justamente de esa relectura posterior.

Uno de los casos más citados en la difusión del término fue el de John F. Kennedy, a quien Ohsawa señaló como ejemplo de este rasgo antes de su asesinato. El episodio contribuyó mucho a la circulación del concepto en Occidente, porque le dio el ingrediente que toda superstición necesita para fortalecerse: una coincidencia convertida en prueba. 

Timothée Chalamet. Imagen de depositphotos

Quizá por eso esta idea ha terminado relacionándose a nombres como Marilyn Monroe, James Dean, John Lennon, Elvis Presley o Amy Winehouse, y también, en tiempos más recientes, a rostros como los de Billie Eilish, Kristen Stewart, Bella Hadid, Rami Malek o Timothée Chalamet, porque cuando una figura pública reúne un aura de belleza, rareza, fragilidad, exceso o una vida que el público relee en clave trágica, siempre surge la tentación de encontrar en su cara una señal premonitoria. Al final, más que hablar de unos ojos concretos, el término acaba diciendo algo sobre nuestra costumbre de convertir ciertos rostros en mito y de creer que, si observamos bien una fotografía, vamos a encontrar en ella una clave que nunca estuvo realmente ahí.

Fuentes consultadas

George Ohsawa, You Are All Sanpaku.

Encyclopaedia Britannica, voz “Physiognomy”.

PubMed, artículos sobre scleral show y visibilidad de la esclerótica.

Cleveland Clinic, información médica sobre proptosis y alteraciones en la apariencia ocular.

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