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Emain Juliana

Emain Juliana

Autora de Simbología de las flores. Arte, cine y literatura y Fuerzas ocultas. Edita, diseña y escribe algún artículo que otro.

ArtePersonajesVidas en conflicto

Sarah Bernhardt, la actriz que transformó el teatro

by Emain Juliana 20/07/2026
written by Emain Juliana

Reconstruir la vida de Sarah Bernhardt exige adentrarse en un territorio donde los hechos documentados se solapan con los rumores y las exageraciones de los periódicos y magazines de la época, incrementadas por la propia Bernhardt. Pocas figuras del siglo XIX participaron con tanta conciencia en la elaboración de su propio personaje. Sus memorias, Ma double vie, publicadas en 1907, son fundamentales para conocer su trayectoria y conocer a la propia artista,  pero no pueden leerse de manera neutral, puesto que Sarah Bernhardt organizó sus recuerdos con cierta teatralidad, omitió algunos asuntos peliagudos y convirtió otros en escenas rocambolescas. La leyenda que acabó rodeándola fue una parte inseparable de su vida profesional.

Sarah-Henriette-Rosine Bernard nació en París en octubre de 1844, aunque ni siquiera hay certeza absoluta sobre el día exacto. La fecha más aceptada es el 22 de octubre, pero ella acostumbraba a celebrar su cumpleaños el día 23, mientras que el acta reconstruida que presentó en 1914 indicaba el 25. La destrucción de numerosos registros civiles durante la Comuna de París de 1871 contribuyó a esta incertidumbre, y que acabó siendo una versión más de su biografía contradictoria.

Su madre, Judith-Julie Bernard, conocida como Youle, procedía de una familia judía de origen neerlandés y ejercía como cortesana en París. Nadie llegó a saber con seguridad quién era el padre de Sarah. La actriz aseguró que la familia paterna había financiado su educación, pero las investigaciones posteriores han planteado diferentes hipótesis sin que ninguna haya podido demostrarse. Todo esto alimentó las especulaciones sobre sus orígenes, y ella no quiso desmentirlas, quizá porque comprendió muy pronto que el misterio también podía contribuir a hacer memorable su nombre.

Durante la infancia vivió alejada de su madre, primero al cuidado de otras personas y después en varios internados. Estudió en un colegio religioso próximo a Versalles, fue bautizada como católica y durante algún tiempo llegó a considerar seriamente la posibilidad de ingresar en un convento. Aquella educación no borró su ascendencia judía, que más adelante sería utilizada contra ella por periodistas y adversarios antisemitas. Cuando recibió ataques por esta razón, respondió reivindicándose como descendiente del pueblo judío, aunque su relación con la religión y con la identidad familiar fue compleja.

Su entrada en el teatro tampoco respondió, al menos en un principio, a una vocación inequívoca. Según contó en sus memorias, fue el duque de Morny, medio hermano de Napoleón III y una figura influyente del Segundo Imperio, quien recomendó a su familia que la presentara al Conservatorio de París. Bernhardt estudió arte dramático durante dos años y, al concluir su formación, ingresó en la Comédie-Française, donde debutó en septiembre de 1862.

Aquel comienzo estuvo muy lejos de ser triunfal. Las críticas fueron discretas y su relación con la compañía terminó en forma de una ruptura abrupta después de un enfrentamiento con otra actriz. Tras abandonar la institución, atravesó un periodo de inestabilidad durante el cual actuó en teatros menores y encontró dificultades para obtener papeles importantes. En 1864 nació su único hijo, Maurice Bernhardt, a quien crio sin estar casada. La paternidad se ha atribuido generalmente al príncipe belga Henri de Ligne, aunque la relación no desembocó en matrimonio y los detalles siguen sin estar completamente esclarecidos.

En la sociedad francesa del Segundo Imperio, la maternidad fuera del matrimonio podía comprometer la reputación de una mujer, y en el caso de Bernhardt se convirtió en uno de los argumentos utilizados para presentarla como una figura escandalosa. Sin embargo, esa reprobación social debe situarse dentro de la posición ambigua que ocupaban las actrices en el siglo XIX. El teatro podía proporcionarles fama, dinero y una independencia poco frecuente, pero también las sometía a una vigilancia moral constante. Se esperaba que estuvieran expuestas ante el público y, al mismo tiempo, se las censuraba por vivir fuera de las convenciones reservadas a las mujeres consideradas respetables.

La consolidación de Bernhardt comenzó en el Théâtre de l’Odéon, donde encontró un repertorio que le permitió desarrollar las cualidades de su interpretación. En 1869 obtuvo uno de sus primeros éxitos importantes con Le Passant, de François Coppée, en la que encarnaba a Zanetto, un joven trovador. La elección anticipaba su posterior interés por los personajes masculinos y mostraba una disposición a traspasar las divisiones tradicionales del reparto teatral.

Durante la guerra franco-prusiana y el sitio de París de 1870, el Odéon fue convertido en hospital y Bernhardt participó en la atención a los heridos. Este episodio, que contrasta con la imagen frívola o extravagante que difundían algunas crónicas, permite comprender que su presencia pública no se limitó solamente al escenario. A lo largo de su vida intervino en causas cívicas y políticas, aunque sus posiciones no siempre respondieran a un programa ideológico estable.

El éxito alcanzado en el Odéon facilitó su regreso a la Comédie-Française en 1872. Allí interpretó a la reina de Ruy Blas, de Victor Hugo, y a Fedra en la tragedia de Racine, además de otros personajes del repertorio francés. Hugo elogió especialmente su voz, que acabaría siendo recordada como una «voz de oro», mientras que en 1875 fue nombrada sociétaire, una de las distinciones más importantes dentro de la institución.

Su manera de actuar pertenecía a una tradición que no puede juzgarse únicamente mediante los criterios del naturalismo posterior. Bernhardt construía sus interpretaciones a través de la voz, el ritmo, las pausas, la postura y también una gestualidad minuciosamente estudiada. No reproducía de manera natural una conversación cotidiana, sino que elevaba el texto y fijaba cada escena en la memoria de los espectadores. Los registros sonoros que se conservan son insuficientes, mientras que las filmaciones corresponden a una etapa tardía de su carrera, por lo que resulta muy difícil reconstruir con exactitud el efecto real que producía sobre el escenario. Sin embargo, los testimonios de sus contemporáneos muestran que poseía una capacidad excepcional para convertir las representaciones en acontecimientos memorables.

En 1880, durante una gira de la Comédie-Française por Londres, Bernhardt presentó su dimisión. La ruptura tuvo graves consecuencias económicas y provocó un conflicto con la institución, pero también marcó el inicio de la etapa más importante de su trayectoria. Al abandonar la compañía dejó de depender de un repertorio y de una dirección ajenos, formó su propia empresa teatral y comenzó a ejercer un control mucho mayor sobre los papeles que interpretaba, las producciones en las que participaba y la forma en que se presentaba ante el público.

Ese mismo año emprendió una gran gira por Estados Unidos, a la que seguirían numerosos viajes por Europa, América, Australia y otros territorios. Gracias a estas giras, Sarah Bernhardt se convirtió en una de las primeras estrellas teatrales cuya fama alcanzó una dimensión verdaderamente internacional. Su rostro circulaba en fotografías, grabados, periódicos, postales y carteles antes de que llegara a las ciudades, de modo que muchos espectadores ya creían conocerla antes de verla actuar. Fue pionera del merchandising, la celebridad dejó de depender exclusivamente de su presencia física sobre el escenario y comenzó a construirse mediante una red de imágenes y objetos impresos.

Entre sus papeles más conocidos se encontraban Margarita Gautier en La dama de las camelias, de Alexandre Dumas hijo; Doña Sol en Hernani y la reina de Ruy Blas, de Victor Hugo; Fedra, de Racine; Fédora y Floria Tosca en las obras de Victorien Sardou, y el joven duque de Reichstadt en L’Aiglon, de Edmond Rostand. A través de estos personajes se especializó en figuras dominadas por la pasión y el conflicto, con cierto aire romántico debido a la proximidad de la muerte, que le permitían desplegar la intensidad de su voz y de su presencia escénica.

La interpretación de personajes masculinos fue una parte constante de su carrera. Además de Zanetto, encarnó a Lorenzaccio, al protagonista de L’Aiglon y, de manera célebre, a Hamlet. En 1899 representó al príncipe danés en una adaptación francesa y poco después participó en una filmación de la escena del duelo. Aunque no fue la primera mujer que interpretó a Hamlet, su fama internacional concedió a aquel reparto una repercusión desconocida hasta entonces.

Estos papeles suscitaron discusiones sobre la edad y el sexo del intérprete. Bernhardt argumentaba que determinados personajes requerían una sensibilidad especial y una voz que no dependían del género de quien los interpretase. De este modo, el reparto no convencional se convirtió en una seña de identidad artística: era ella, y no la tradición ni la opinión de los críticos, quien decidía qué personajes podía representar.

Su independencia también se manifestó en la gestión de los teatros. Entre 1893 y 1899 dirigió el Théâtre de la Renaissance, donde supervisó repertorios, vestuario, escenografías y cuestiones empresariales mientras continuaba actuando. Allí estrenó Gismonda, de Victorien Sardou, La Princesse lointaine, de Edmond Rostand, y llevó a escena Lorenzaccio, de Alfred de Musset.

En 1899 asumió la dirección del Théâtre des Nations, que pasó a llamarse Théâtre Sarah-Bernhardt. Que una mujer dirigiera una institución teatral asociada además a su propio nombre suponía algo más que una operación publicitaria. Bernhardt se convirtió en responsable de todas las decisiones de una empresa cultural importante, en una época en la que la dirección de los teatros permanecía casi por completo en manos masculinas.

Esto no significa que todos sus proyectos fueran rentables. Sus producciones requerían inversiones de un alto coste, algunas obras provocaron pérdidas y las giras internacionales servían en ocasiones para recuperar el capital empleado. Su trayectoria empresarial estuvo acompañada por deudas, litigios y conflictos contractuales, asumió los mismos riesgos que cualquier empresario teatral, en lugar de limitarse a prestar su nombre a decisiones tomadas por otros.

Bernhardt comprendió además que la fama moderna exigía una imagen reconocible. Desde los primeros años de su carrera había trabajado con fotógrafos como Nadar, sus retratos no eran un simple reflejo real de la artista: la ropa, la pose y la luz reforzaban su condición de figura artística. Más adelante, las fotografías realizadas por Napoleon Sarony y otros autores acompañaron sus giras y permitieron que su imagen circulara por distintos países.

La colaboración con Alphonse Mucha, iniciada en 1894 a raíz del cartel de Gismonda, llevó esta construcción visual a una nueva escala. Las figuras alargadas típicas del Art Nouveau, los ornamentos y las composiciones verticales de Mucha proporcionaron a Bernhardt una identidad gráfica que podía reconocerse de inmediato. La actriz entendió que la publicidad era una prolongación de la representación y del trabajo escénico. El cartel, la fotografía, la entrevista y el objeto promocional extendían su presencia más allá del escenario y contribuían a mantener la expectación entre una gira y la siguiente.

Su fama no fue, por tanto, el resultado espontáneo de su talento. Bernhardt fue una gran actriz, pero también una administradora muy consciente de su rostro y de su nombre, así como de las historias que circulaban sobre ella. Incluso de algunas de las anécdotas más extravagantes, como la afirmación de que dormía en un ataúd, pero deben entenderse dentro de esa estrategia de publicidad. Existen fotografías en las que aparece recostada en uno y ella misma colaboró en la difusión de la historia.

Después de la tempestad, 1880

Bernhardt no solo se dedicó al teatro, estudió escultura, expuso obras en el Salón de París y recibió encargos. Entre las piezas conservadas se encuentra el retrato funerario en mármol de su marido, Jacques Damala, realizado hacia 1889. Durante mucho tiempo esta faceta fue tratada como la afición de una celebridad, pero la continuidad de su trabajo, su participación en exposiciones y el número de obras realizadas indican que formó parte de su trayectoria artística. También escribió piezas teatrales, relatos y memorias, aunque su nombre haya quedado ligado principalmente al escenario.

La muerte de Ofelia, 1880

En 1882 se había casado con Aristides Damala, un actor griego conocido como Jacques Damala. El matrimonio fue muy breve y conflictivo, aunque nunca llegaron a divorciarse. Damala padeció una adicción a la morfina y murió en 1889. La relación ha dado lugar a numerosos relatos sensacionalistas, algunos de los cuales resultan difíciles de comprobar. Como ocurre con otros episodios de su vida privada, conviene distinguir entre la documentación disponible y el repertorio de historias con el que la prensa alimentó su fama.

También se le atribuyeron relaciones con varios aristócratas, artistas y políticos. Algunas están documentadas, mientras que otras proceden de rumores. Su posible relación sentimental con la pintora Louise Abbéma ha sido objeto de interpretaciones posteriores, aunque las fuentes no permiten determinar con certeza su veracidad. La prensa explotó sus amantes, su matrimonio fallido, sus gastos, su vestuario y cualquier conducta que pudiera presentarse como una desviación del modelo femenino predominante de la época.

Su intervención en el caso Dreyfus mostró que estaba dispuesta a asumir también riesgos políticos. Bernhardt apoyó la revisión de la condena de Alfred Dreyfus, el capitán francés acusado falsamente de traición en medio de una campaña marcada por el antisemitismo. Su posición la enfrentó a sectores nacionalistas y a parte de la prensa, durante algún tiempo, a su propio hijo Maurice. Al defender a Dreyfus se exponía a perder popularidad y a reavivar los ataques contra su ascendencia judía, por lo que no puede considerarse un gesto sin consecuencias.

También apoyó algunas reivindicaciones relacionadas con las mujeres y encarnó, mediante su propia trayectoria, una independencia profesional poco habitual. No obstante, resultaría anacrónico presentarla como una feminista en el sentido contemporáneo. Su importancia histórica reside en haber ejercido un control excepcional sobre su trabajo, sus ingresos y su imagen, mientras desafiaba mediante los hechos muchas de las limitaciones impuestas a las mujeres de su tiempo.

Bernhardt supo además adaptarse a los cambios técnicos que transformaron el espectáculo a comienzos del siglo XX. Participó en Le Duel d’Hamlet, filmado hacia 1900, y más adelante intervino en películas como La Dame aux camélias y La Reine Élisabeth. Esta última, estrenada en 1912, circuló internacionalmente y permitió que una nueva generación de espectadores conociera su trabajo a través de la pantalla.

El cine mudo no podía conservar uno de sus recursos fundamentales, puesto que eliminaba la voz que había fascinado a sus contemporáneos. Sus movimientos, concebidos para la distancia del escenario, podían además resultar enfáticos ante una cámara. Sin embargo, su participación en aquellas producciones demuestra que no se aferró exclusivamente al teatro ni rechazó un medio que todavía se encontraba en formación. Como había hecho con la fotografía y el cartel, trató de adaptar su presencia a una tecnología capaz de llevar su imagen mucho más lejos.

En febrero de 1915, después de años de problemas en la rodilla derecha, le amputaron la pierna. La intervención fue consecuencia del deterioro acumulado de la articulación, agravado por lesiones y por las exigencias físicas de su trabajo, y no de una sola caída, como se ha repetido en algunas versiones. Tenía setenta años, pero la amputación no puso fin a su carrera. Adaptó las puestas en escena para actuar sentada o apoyada, continuó apareciendo en público y participó en actuaciones destinadas a los soldados franceses durante la Primera Guerra Mundial.

En 1914 había sido nombrada caballera de la Legión de Honor y más adelante fue ascendida al grado de oficial. En este reconocimiento influyeron tanto su carrera como su actividad durante las guerras de 1870 y 1914. La actriz asociada durante décadas con el escándalo, el exceso y la provocación terminó convertida en una figura representativa de la cultura francesa.

Sarah Bernhardt murió en París el 26 de marzo de 1923. Su funeral congregó a una multitud y confirmó que su nombre había dejado de pertenecer únicamente a la historia del teatro. Fue enterrada en el cementerio del Père-Lachaise después de una carrera que se había prolongado durante seis décadas y que se desarrolló durante el Segundo Imperio, la Tercera República, el nacimiento de la cultura de masas y la aparición del cine.

20/07/2026 0 comments
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MúsicaNoticias

Amon Amarth publica «Upphaf», la primera canción acústica de su carrera

by Emain Juliana 13/07/2026
written by Emain Juliana

Amon Amarth ha publicado «Upphaf», el primer tema acústico en más de treinta años de trayectoria. El single sale a través de Metal Blade Records en todas las plataformas digitales, con producción de Jacob Hansen y vídeo dirigido por Pavel Trebukhin. Es el anticipo de su próximo álbum de estudio.

El título viene del nórdico antiguo: upphaf significa «comienzo», «origen». La banda sueca retira aquí la distorsión y la percusión que definen su death metal melódico y deja a la vista el esqueleto de la composición: melodías repetidas, coros, una estructura que se parece más al relato oral que a la canción de arena. La propia discográfica describe el tema como una pieza reimaginada para el hogar de una casa comunal, y la imagen resulta exacta. Lo que funciona ante 85.000 personas en Wacken se prueba ahora en formato de fuego y voz.

La operación tiene interés más allá del cambio de textura. El repertorio de Amon Amarth lleva décadas trabajando material narrativo de raíz escandinava —Odín, las travesías, la muerte en combate— con la gramática del metal extremo. «Upphaf» invierte los términos y devuelve ese material a algo cercano a su forma de transmisión original: una historia cantada, sin amplificación, para un grupo reducido de oyentes. El resultado señala hasta qué punto la fuerza del catálogo del grupo depende del volumen y hasta qué punto depende del relato.

Treinta años de expansión

Formados en Tumba (Suecia) en 1992, Amon Amarth han pasado de la escena death sueca a los grandes recintos internacionales. Han compartido escenario con Slayer, Guns N’ Roses, Foo Fighters y Pantera, y agotaron entradas en The Forum de Los Ángeles y en el Red Rocks Amphitheatre de Denver. Han encabezado Bloodstock en dos ocasiones, acumulan cuatro presencias en Download entre 2008 y 2019 y ocho en Summer Breeze entre 2003 y 2024, seis de ellas como cabezas de cartel. Su actuación en Wacken en 2024, ante 85.000 personas, fue calificada por la revista Louder como una demostración de fuerza sostenida a lo largo de diecinueve canciones.

Las cifras acompañan. Jomsviking y Berserker alcanzaron el número uno en las listas alemanas de álbumes; The Great Heathen Army (2022) lideró la lista Billboard de Hard Rock en Estados Unidos y la de álbumes en Canadá, y obtuvo una nominación al Grammy sueco en la categoría de mejor disco de hard rock o metal.

The Row

El fenómeno más comentado de su directo no lo firma la banda, lo firma el público. El consenso sitúa el origen del llamado Viking row en el concierto de Bloodstock de 2009: los asistentes se sientan en el suelo y reman al unísono en un barco imaginario. En 2022 el grupo lo convirtió en canción con «Put Your Back into the Oar»; Johan Hegg explicó entonces que el tema estaba dedicado a los seguidores que lo habían inventado. La práctica se ha extendido a conciertos de otros artistas y a acontecimientos ajenos a la música, incluidos los públicos del Mundial de 2026.

Formación

  • Johan Hegg — voz
  • Olavi Mikkonen — guitarra
  • Johan Söderberg — guitarra
  • Ted Lundström — bajo
  • Jocke Wallgren — batería

Gira europea 2026

El grupo llega a la península en noviembre con tres fechas:

  • 13 de noviembre — Barcelona, Sant Jordi Club
  • 14 de noviembre — Madrid, Vistalegre
  • 15 de noviembre — Lisboa, Sala Tejo

Antes recorrerán Reino Unido (Manchester, Londres y Wolverhampton, del 9 al 11 de octubre) y el resto de Europa: París, Esch-sur-Alzette, Stuttgart, Frankfurt, Amberes, Den Bosch, Hamburgo, Gotemburgo, Estocolmo, Helsinki, Tallin, Gliwice, Leipzig, Oberhausen, Budapest, Viena, Bamberg, Praga, Berlín, Múnich, Milán y Zúrich. En Norteamérica girarán con Dethklok y Castle Rat.

 

https://www.youtube.com/watch?v=O0EPPzy6s_k

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En cortoEntrevistasLiteraturaNoticias

Guardianas de las tierras del norte: la mitología femenina vasca y asturiana

by Emain Juliana 01/07/2026
written by Emain Juliana

Hay una manera recuperar la mitología que no pasa por los libros de texto ni por las enciclopedias ilustradas. Pasa por los pueblos, por la montaña, por la tradición oral que sobrevivió a duras penas al franquismo y que todavía hoy se conserva gracias a quienes decidieron que valía la pena documentarla. Guardianas de las tierras del norte nació del caminar, de la escucha y de la convicción de que hay una mitología vasca y asturiana que merece ocupar el lugar que siempre debió tener. Detrás están Verónica García-Peña y Javier Solís, que se conocieron en la radio y desde ahí construyeron una afinidad que acabó en libro. Él es historiador y lleva años rastreando la etnografía asturiana en rutas de montaña y archivos. Ella es escritora, socióloga y periodista, con una obra que va del misterio histórico al realismo mágico vasco.

¿Cómo acabasteis escribiendo juntos?

Verónica: En agosto de 2022 estuve presentando un espacio en la radio para cubrir una sustitución. Ahí coincidí con Javi, al que semanalmente entrevistaba. Al terminar la etapa veraniega, nos invitaron a poner en marcha una sección dedicada a la literatura y la gastronomía. Fue entonces cuando le propuse a Javier: «Oye, ¿por qué no hacemos esto juntos?».

Javier: Verónica es muy divertida y explica genial, le da ritmo.

Verónica: Yo me hice periodista por la radio. Lo primero que aprendí fue a hacer informativos a una velocidad supersónica, no dejar espacio en blanco, reírte de ti mismo cuando te equivocas y salir al paso. Eso luego te ayuda a hacer presentaciones, entrevistas… La radio es una gran escuela.

Javier, tu trabajo como historiador está muy centrado en la mitología y la etnografía asturiana. ¿Cómo llegaste hasta ahí?

Javier: Va todo un poco de la mano. La etnografía, la mitología, la tradición oral… al final está todo en el mismo saco. A mí me gusta mucho caminar la montaña, y cuando preparas una ruta y llegas a un pueblo determinado empiezas a encontrar relatos. Como me gustaban autores como Alberto Álvarez Peña, fui tirando del hilo y ahí me quedé enganchado.

Guardianas de las tierras del norte parte de una premisa que recorre todo el libro: que la mitología asturiana y la vasca comparten una misma raíz matriarcal, una visión del mundo en la que lo femenino crea la naturaleza y la gobierna. Antes de que la Iglesia y los siglos las convirtieran en superstición o amenaza, estas figuras —diosas, curanderas, guardianas de la naturaleza— ocupaban un lugar central en la manera de entender lo inexplicable.

El libro tiene una estructura muy particular: bloques divulgativos y relatos de ficción. ¿Cómo organizasteis ese proceso de trabajo?

Javier: Yo preparaba la parte divulgativa para que Verónica hiciera el texto de ficción. Ella esperó a tener todos los bloques antes de escribir los cuentos.

Verónica: No quería empezar sin saber exactamente de qué iba a ir cada bloque, para no repetirme. Y cuanta más documentación tienes, más sencillo es, porque la vas dividiendo.

Javier: Lo que yo hacía era preparar el texto divulgativo, que ya llevaba cosas en euskera. Verónica hacía una corrección de estilo para que todo tuviera una misma voz, y añadía además todo lo que tenía que ver con el euskera desde su conocimiento. Por eso el texto tiene esa sensación de unidad.

Al principio el libro no iba a ser solo de criaturas femeninas. ¿Cómo llegasteis a ese enfoque?

Javier: Al principio no estaba tan concretado. Una vez que ya teníamos empezado el proceso, Verónica me hizo una sugerencia sobre centrarlo en las criaturas femeninas y le di una vuelta.

Verónica: Si no lo acotabas acababa siendo una enciclopedia. Inabarcable. ¿Qué lo diferencia de cualquier otro libro de mitos? En cambio, estar centrado solo en las criaturas femeninas de la mitología vasca y asturiana lo hace especial.

El resultado es un ensayo híbrido que pone en diálogo dos tradiciones hermanas desde una perspectiva que reivindica el papel central de lo femenino en su origen. Frente a la imagen heredada —la sirena que seduce para perder a los hombres, la vieja hechicera acusada de herejía— el libro rastrea lo que estas criaturas significaban antes de que alguien decidiera que eran peligrosas.

La parte lingüística es uno de los aspectos más llamativos del libro. ¿Cómo decidisteis qué términos conservar en euskera o en asturiano y cuáles adaptar?

Hay una nota al principio del libro que explica los criterios para los nombres de los personajes. Fue uno de los puntos de más debate.

Verónica: Decidimos emplear el nombre más conocido, el que la gente reconoce. Por ejemplo, xana se puede traducir como la encantada, pero eso no lo conoce nadie. Y luego estaba el problema de la pronunciación: hay palabras en euskera que rompen el texto si no las sabes pronunciar bien, y es muy fácil que no las sepas. Eguzki, por ejemplo: la z se pronuncia como s, es eguski, pero la gente lo lee como lo ve escrito. Con sorgina pasa algo parecido: en un texto en castellano ralentiza la lectura. Había muchas cosas así, y decidíamos caso por caso.

Javier: Las fuentes que yo manejo aparecen con los términos en euskera y en asturiano tal cual. No es una decisión arbitraria, es que la fuente lo dice así.

 

Las lamias, por ejemplo, tienen características muy distintas a lo que solemos imaginar. Las lamias de la mitología vasca tienen pies de pato. Un detalle que sorprende y que varía según la zona.

Verónica: Para mí siempre han sido así, con pies de pato. En la tradición vasca es uno de sus rasgos más conocidos.

Javier: A mí me pareció muy curioso cuando lo descubrí, precisamente por eso, porque es algo muy específico de allí. Yo las imaginaba con garras, como las lamias clásicas, lo que en el libro se recoge muy bien en las ilustraciones.

Cada capítulo del libro se cierra con un cuento original escrito por Verónica García-Peña, que recoge el aire de las leyendas antiguas y lo prolonga en historias nuevas. Son relatos ambientados en 1936-37, una época en la que no solo murieron personas: también costumbres, tradiciones y formas de entender el mundo.

¿Cuánto tiempo llevó hacer el libro?

Javier: Bastante. Yo también trabajo en una fábrica, no me dedico solo a esto. Empezamos en el otoño del 22 y lo terminamos en las navidades del 24. Dos años tranquilamente.

Verónica: Y luego se quedó en barbecho durante una buena temporada. Después lo volví a imprimir entero y lo releí todo. Y ahí cambié muchas cosas. Los cuentos que están en el libro no son los del principio. Los escribes de una manera, los dejas reposar, los vuelves a coger y dices: esto no suena bien. Hasta que los ves terminados. De hecho, al que más vueltas di fue al de la sirena. No tenía claro si ponerle nombre al pueblo o no. Quería que la sirena tuviera unas características muy concretas, diferentes a lo que estamos acostumbrados, pero no sabía cómo hacer que encajara todo hasta que de repente lo vi. Muchas veces, con la ficción, estás dándole vueltas a una idea y te falta algo. A ese cuento le faltaba algo, y cuando lo encontré, estuvo completo.

Los cuentos están ambientados en 1936-37. ¿Por qué esa época?

Verónica: Cuando se instauró el nacionalcatolicismo no solo se guardaron en el cajón ideologías políticas: también muchas tradiciones y costumbres de los pueblos. Entre ellas, todo lo que tiene que ver con la mitología.

Verónica: Lo curioso es que en el País Vasco hay costumbres que se mantuvieron más tiempo, o que aunque se guardaron en el cajón, en las casas, en los pueblos pequeños, se seguían celebrando o se seguían creyendo. Tiene mucho que ver con el aislamiento geográfico. En las zonas más cerradas se mantienen más las costumbres.

¿Habéis pensado ya en continuar el proyecto?

Javier: Si no nos copian la idea…

Verónica: Muchísimas, porque el universo mitológico de ambas tierras es inmenso. Lo fundamental de este proyecto es que ya hemos asentado una primera base escrita y bien documentada. Salir a rescatar estos relatos de la tradición oral nos ha permitido dejar un testimonio sólido sobre el que poder seguir construyendo en el futuro.

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LiteraturaPensamiento

Las ferias del libro: ¿morir de éxito?

by Emain Juliana 11/06/2026
written by Emain Juliana

Los datos de 2025 cuentan dos historias distintas según desde dónde se miren.

La Red Estatal de Ferias del Libro, que agrupa 39 eventos en toda España, cerró el año con una facturación de 15,3 millones de euros, frente a los 19,47 millones de 2024. La asistencia bajó de 3,38 millones de visitantes a cerca de tres millones. La Feria del Libro de Madrid, en cambio, cerró su edición de 2025 con más de 10 millones de euros en ventas, más de 595.000 ejemplares vendidos y un millón de visitantes únicos, sus mejores cifras históricas. Los números globales caen, pero el evento más grande sube. El modelo se está polarizando: los eventos consolidados concentran público y ventas mientras las ferias medianas y pequeñas pierden terreno.

En 2026 la tendencia se confirma, pero con un matiz que el propio sector ya no esquiva. La Feria del Libro de Valencia, la segunda en importancia de España, llegó a su 61ª edición con un récord de expositores, tanto que la explanada libre del recinto prácticamente desapareció, sustituida por un entramado continuo de casetas. Desde el Gremi de Llibrers advirtieron de la necesidad de aplicar «medidas racionales» para evitar lo que nombraron sin rodeos: un posible caso de «morir de éxito». El argumento no era solo logístico: más no siempre significa mejor, y el crecimiento sin límite acaba deteriorando la experiencia por la que la gente va.

La Feria del Libro de Madrid cerró su edición de 2025 con cifras récord a pesar de los dos cierres del Retiro por alerta meteorológica. Más de 10 millones de euros en ventas, más de 595.000 ejemplares y un millón de visitantes únicos. El dato es relevante no solo por lo que dice de la feria, sino por lo que dice del lector: la demanda aguantó el impacto de dos tardes canceladas y el resultado final fue el mejor de su historia. Si eso no es solidez, se le parece bastante.

Y sin embargo, 2026 ha vuelto a poner a prueba el modelo. La visita del papa León XIV a Madrid entre el 6 y el 9 de junio coincidió con el segundo fin de semana de la feria, el de mayor asistencia y ventas. La plaza de Cibeles, a pocos metros del Retiro, se blindó para una misa multitudinaria el domingo 7 con previsión de hasta un millón y medio de asistentes. Los accesos al parque se vieron afectados, los cortes de tráfico dificultaron la llegada de público y los camiones de reposición de las casetas encontraron rutas bloqueadas. A partir del 11, el Mundial de Fútbol. 

Lo que revelan estos episodios no es que la Feria del Libro de Madrid sea frágil, los datos de 2025 demuestran lo contrario. Lo que revelan es que su modelo de éxito es difícilmente exportable al resto del circuito. Madrid aguanta porque tiene la masa crítica para absorber los golpes: el público que no fue el domingo volvió el lunes, el que no pudo llegar por Cibeles entró por Menéndez Pelayo. Una feria mediana sin esa reserva de público no tiene ese colchón. Cada incidencia externa es una pérdida que no se recupera.

Lo que le cuesta a una editorial pequeña

Para entender dónde está el fallo real hay que mirar lo que ocurre desde el otro lado del stand. Una editorial independiente que participa en una feria de tamaño medio asume costes fijos antes de vender un solo ejemplar: la caseta, el transporte del fondo, el personal durante los días del evento, el alojamiento si la feria es en otra ciudad. En ferias con buena afluencia pero público disperso — el visitante que pasea, asiste a tres actos y se va con las manos vacías — esos costes raramente se recuperan con las ventas directas.

Los grandes sellos se lo pueden permitir porque la presencia en ferias es para ellos visibilidad de marca: el expositor grande no está solo vendiendo libros ese fin de semana, está construyendo su posicionamiento. Una editorial pequeña no tiene ese margen. Cada feria es una apuesta muy concreta, y cuando la rentabilidad no acompaña, la decisión racional es prescindir de las ferias medianas y concentrar recursos en las grandes, las pequeñas o en los propios canales de venta.

El resultado es que las ferias medianas pierden precisamente a las editoriales que les dan diversidad y carácter. Se quedan con los grandes sellos, que pueden estar en cualquier sitio, y con librerías locales, que tienen que estar. Las ferias que se reivindican como garantes de la bibliodiversidad son las primeras en perderla.

Los sellos independientes que mejor están transitando este momento son los que han dejado de depender del circuito de ferias como principal canal de venta y han volcado sus esfuerzos en la venta directa desde la propia web, los microfestivales especializados, las suscripciones y los clubes de lectura propios. Muchos sellos han dejado de esperar que el modelo cambie.

Lo que si está cambiando fuera de las ferias

Mientras el debate sobre el modelo de ferias se desarrolla, el mercado lleva años moviéndose por otro lado. En 2025, el fenómeno BookTok impulsó la venta de 6,3 millones de libros en España, generando 116,6 millones de euros para el sector. Una cifra que supera con creces la facturación conjunta de todas las ferias del país.

BookTok no es solo marketing. Es un canal de descubrimiento que funciona de forma opuesta al modelo feria: en lugar de llevar al lector a un espacio físico durante un tiempo limitado, llega al lector donde está, en cualquier momento, con una recomendación que puede traducirse en compra inmediata. El lector que encuentra un libro en TikTok no necesita esperar a la próxima feria para comprarlo. Las editoriales, incluidas las pequeñas, tienen ahí un canal de visibilidad que no requiere stand ni transporte ni personal extra.

Las ediciones de lujo y las tiradas limitadas apuntan en la misma dirección. El lector que quiere un libro como objeto y con acabados cuidados, en edición especial, como algo que poseer más allá de la lectura, lo busca directamente en el sello que lo produce. Y ese sello, si es pequeño e independiente, tiene cada vez más herramientas para llegar a él sin pasar por los circuitos tradicionales.

Hacia dónde va el modelo

Las ferias del libro no vna a desaparecer. Tienen demasiado respaldo institucional y demasiado peso simbólico. Pero el modelo en el que todas las ferias crecen en todas las dimensiones indefinidamente ya está mostrando sus límites. Lo que el Gremi de Llibrers de Valencia llama «morir de éxito» es en realidad un problema de escala.

Las tendencias apuntan a una reconfiguración que ya está en marcha. Los grandes eventos seguirán concentrando el protagonismo del sector, aunque cada vez más expuestos a la fragilidad de depender de factores externos — el tiempo, el calendario institucional, el fútbol. Los microfestivales especializados seguirán ganando terreno como espacios donde el libro tiene más peso que el programa de actividades. Y las ferias medianas tendrán que elegir entre diferenciarse con una propuesta clara, un público específico, un tipo de editorial, un territorio temático, o seguir siendo eventos generalistas en un espacio cada vez más concurrido.

La pregunta más urgente es quién asume el coste de esa transición. Las instituciones que financian las ferias medianas seguirán haciéndolo mientras el evento mantenga su función simbólica. Las editoriales pequeñas, en cambio, ya están decidiendo por su cuenta. Y su decisión, tomada feria a feria y stand a stand, es lo que acabará redibujando el mapa.

BIBLIOGRAFÍA

Red Estatal de Ferias del Libro — Balance 2024: ferialibromadrid.com/balance-red-estatal-ferias-del-libro-primer-ano/ — Balance 2025: ferialibromadrid.com (vía Infobae y Feria del Libro de Murcia)

Feria del Libro de Madrid — Balance final 2025: ferialibromadrid.com/flmadrid25-balance-final/ — Visita del Papa 2026: mundiario.com y estrelladigital.es

Feria del Libro de Valencia 2026 — hellovalencia.es/feria-libro-valencia-2026-record-61-edicion — valenciaextra.com/feria-libro-valencia-2026-fechas-programacion

BookTok — Datos de ventas España 2025: marketingdirecto.com (vía Media Control y NielsenIQ BookData)

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LiteraturaPensamiento

Las cartas secretas de Beethoven, Kafka y Dickinson

by Emain Juliana 31/05/2026
written by Emain Juliana

Lo que sus autores no se atrevieron a poner en un sobre dice a menudo más que cualquier cosa que llegaran a publicar.

Hay una categoría extraña de la literatura que técnicamente, no existe. Son las cartas que se escriben con la intención de enviarlas, trabajadas a veces durante semanas, firmadas o dejadas a propósito sin firma, y al final, por miedo, por prudencia o por simple cobardía, guardadas en un recóndito cajón. Algunas aparecen mucho después, cuando la mano que las escribió ya no está entre los vivos. Y resulta que esos textos huérfanos suelen decir mucho más sobre sus autores que cualquier otra cosa que llegaran a publicar en vida.

La amada que quizá nunca leyó nada

Cuando Anton Schindler revisó el escritorio de Beethoven al poco de su muerte, en 1827, lo que buscaba eran valores bancarios. Lo que encontró fue una carta de diez páginas, escrita entre el 6 y el 7 de julio, dirigida a alguien a quien el compositor llamaba «mi ángel, mi todo, mi yo» y, más adelante, «mi amada inmortal». No estaba firmada, tampoco figuraba el año ni la ciudad, pero, sobre todo, no estaba en posesión de la destinataria. Estaba en el escritorio del propio Beethoven.

Los musicólogos han pasado dos siglos discutiendo quién era ella. Las candidatas más serias son Antonie Brentano y Josephine Brunsvik, pero la lista de posibles ha llegado a tener diez nombres. Lo curioso es que, a juzgar por el tono del texto, no se trataba de un amor platónico. Beethoven escribe con una intimidad que solo se tiene con quien ya te conoce el carácter. «Solo puedo vivir contigo por completo o no vivir en absoluto». Y, sin embargo, la carta se quedó en el cajón. Quizá fue una copia y la original llegó a su destino, como sostienen algunos. O quizá Beethoven, después de redactarla a lo largo de dos días, decidió que poner por correo aquello era una forma de cerrar una puerta que prefería dejar entornada el resto de su vida.

Carta de Beethoven

Las tres cartas al Maestro

Algo parecido ocurrió con Emily Dickinson, aunque en su caso ni siquiera sabemos si la persona destinataria existió realmente. Entre los papeles que dejó la poeta al morir, en 1886, aparecieron tres borradores de cartas dirigidas a un hombre al que ella llama únicamente «Maestro». Están fechadas más o menos entre 1858 y 1862, los años en los que Dickinson empezaba a tomarse en serio su escritura, y en ellas se dirige a este personaje con una mezcla de devoción religiosa y deseo apenas contenido que resulta, todavía hoy, desconcertante.

Las identidades posibles son varias: el reverendo Charles Wadsworth, el editor Samuel Bowles, el coronel Higginson, su cuñada Susan Gilbert disfrazada en masculino, e incluso —según una hipótesis más reciente— un personaje literario inventado por la propia Dickinson para ensayar un género epistolar. No hay constancia de que las cartas fueran enviadas. Lo que se conserva son borradores, con tachaduras, frases dadas la vuelta, palabras sustituidas. Pequeños laboratorios de intimidad que terminaron archivados con el resto de su obra, esa obra que tampoco publicó.

Emily Dikinson, 1846

Ciento tres páginas para un padre que no las leería

El caso de Franz Kafka es uno de los más conocidos y, leído con cierta perspectiva, también de los más cómicos en un sentido bastante amargo. En noviembre de 1919, con treinta y seis años recién cumplidos, Kafka se sentó a escribir una carta a su padre, Hermann, para echarle por fin en cara las décadas de autoritarismo emocional bajo las que había crecido. Tardó dos semanas en redactarla. Reescribió varias veces. Mandó pasarla a máquina. Sumó al final ciento tres páginas manuscritas.

Y entonces, en lugar de entregársela él mismo, se la dio a su madre para que ella se la pasara a Hermann. La madre, que conocía a los dos, leyó la carta, comprendió perfectamente lo que iba a provocar y decidió hacer lo que muchas madres habrían hecho en su lugar: devolvérsela a Franz, con buenas palabras, sin entregar nada. Kafka la guardó. Tampoco se la dio personalmente. Acabó dejándosela a una amiga «por si quería saber de su pasado». La carta se publicó en 1952, casi treinta años después de su muerte, y hoy se lee como una de las claves de toda su obra. Hermann murió en 1931 sin haberla leído nunca.

La carta más útil que jamás se mandó

Para terminar, vamos a hablar de un caso diferente, porque no es una carta de amor ni de ajuste de cuentas familiar, sino política. El 14 de julio de 1863, pocos días después de la batalla de Gettysburg, Abraham Lincoln se sentó a escribir al general George Meade. Lee acababa de escapársele a Meade a pesar de tenerlo prácticamente acorralado, y Lincoln estaba furioso. Le dijo en la carta que estaba «inmensurablemente afligido», que la fuga de Lee prolongaría la guerra de manera indefinida, y que difícilmente podría esperarse ya que Meade hiciera nada eficaz desde el sur del Potomac.

Después de escribirla, Lincoln hizo algo que a lo largo de su vida hizo muchas veces: la metió en un sobre, escribió encima «To Gen. Meade, never sent, never signed», y la guardó. Llamaba a este tipo de cartas «hot letters», cartas calientes, y las usaba como válvula de escape para no decir en frío lo que se le ocurría en caliente. La de Meade apareció entre sus papeles tras su asesinato. Si la hubiera enviado, lo más probable es que el general hubiera dimitido en el acto, y la guerra de Secesión habría tomado un curso bastante distinto. Lincoln, que era de los pocos que sabía contar hasta diez antes de hablar, prefirió guardarla en un cajón.

Abraham Lincoln por Alexander Gardner, 1863

Hay quien argumenta que estas cartas no enviadas son, en realidad, el género epistolar en estado puro. Una carta que se envía siempre tiene en cuenta al destinatario, lo que va a pensar, lo que conviene decir y lo que no. Una carta que se guarda, en cambio, se escribe con la libertad de quien sabe que nadie va a leerla. Lo paradójico es que muchas de ellas terminan, con el tiempo, siendo leídas por más gente que cualquier mensaje que sus autores enviaran de verdad. Como si las palabras, igual que cierto tipo de plantas, necesitaran un cajón cerrado para germinar tranquilas.

Bibliografía
  • Kafka, Franz. Carta al padre. Hay varias ediciones en español; clásica la de Nórdica con traducción de Joan Parra Contreras.
  • Solomon, Maynard. Beethoven. Schirmer Books, 1998 (capítulo dedicado a la Amada Inmortal).
  • Dickinson, Emily. The Master Letters of Emily Dickinson. Edición de R. W. Franklin. Amherst College Press, 1986.
  • Dickinson, Emily. Cartas. Selección y traducción de Nicole d’Amonville Alegría. Lumen, 2022.
  • Goodwin, Doris Kearns. Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln. Simon & Schuster, 2005.
  • Konnikova, Maria. «The Lost Art of the Unsent Angry Letter». «The New York Times», 22 de marzo de 2014.
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LiteraturaPensamiento

Salonnières: la Ilustración tenía nombre de mujer

by Emain Juliana 17/05/2026
written by Emain Juliana

Cómo unas señoras del siglo XVIII, entre tazas de chocolate y rivalidades feroces, levantaron sin proponérselo el wifi intelectual de la Ilustración.

Madame Geoffrin Jean-Marc Nattier

En el París de mediados del XVIII, mientras Voltaire vivía en el exilio y Diderot se las arreglaba para esquivar a la censura, media Europa intelectual habría dado lo que fuera por conseguir una invitación. Pero no a Versalles, que para entonces era ya más una obligación protocolaria que un lugar donde pasaran cosas interesantes. La cita que de verdad importaba estaba en un primer piso de la rue Saint-Honoré, donde los lunes se hablaba de arte, los miércoles de filosofía, y todos los días, en voz baja, de quién no había sido invitado esa semana y por qué.

La anfitriona, Marie-Thérèse Geoffrin, era burguesa, viuda y bastante rica gracias a la manufactura de espejos de Saint-Gobain. Tenía además una habilidad para la que el siglo todavía no tenía nombre, aunque ella la practicaba como pocas: sabía orquestar una buena reunión cultural. Elegía a sus invitados con un cuidado casi de sumiller, decidiendo qué filósofo no podía sentarse al lado de qué duque, qué pintor convenía acercar a qué mecenas. Controlaba los tiempos de exposición, reconducía los debates cuando los intervinientes se acaloraban demasiado y, sobre todo, decidía quién estaba dentro y quién no. Su salón financió parte de la «Encyclopédie» y le pasaba además una pensión secreta a d’Alembert, que casualmente era hijo natural de Mme de Tencin, otra «salonnière» con la que la propia Geoffrin se había formado años atrás. Todo quedaba en familia, aunque ninguna de ellas lo fuera oficialmente.

Mademoiselle de Lespinasse. Carmontelle

La regla del juego

Lo que se hacía en aquellos salones no era exactamente lo que hoy entenderíamos por una fiesta. Era algo bastante más singular, con sus reglas implícitas, su día fijo de la semana, su lista cerrada de habituales y la obligación, para cualquier recién llegado, de presentarse con una carta de alguien que ya conociera a la anfitriona. No se permitían discursos ni monólogos: la conversación debía fluir entre los invitados. Si alguien se ponía pesado con un asunto demasiado técnico, la anfitriona intervenía con cualquier excusa para cambiar de tema. Si dos invitados parecían a punto de batirse en duelo metafórico, los separaba lanzando una pregunta a un tercero. Estaban moderando debates varios siglos antes de que existiera esa palabra.

Y todo esto sin firmar nada. Ahí está el truco, y también la trampa. No publicaban con su nombre de mujer como Mme de Lambert, que publicó sus libros prácticamente sin firmarlos. Ella decía que «para escribir bien, primero hay que pensar bien», y pensar públicamente siendo mujer seguía siendo, en el siglo de las Luces, una actividad peligrosa. No firmaban manifiestos y tampoco ocupaban sillones en la Academia. Aun así, la propia Mme de Lambert llegó a elegir desde su antesala a la mitad de los académicos franceses de su época, una antesala que la gente del momento llamaba sin ironía «l’antichambre de l’Académie».

Geoffrin, Deffand, Lespinasse: triángulo de las Bermudas ilustrado

Si Geoffrin era la institución, la marquesa Du Deffand era la rival temible. Recibía después de las seis en un piso pegado al convento de Saint-Joseph, y mezclaba aristócratas ingleses con enciclopedistas franceses con una soltura que daba envidia. Pero a los cincuenta y pico empezó a quedarse ciega y a causa de su mala salud temió que su salón perdiese interés, hasta que en un viaje a su pueblo natal se encontró con una sobrina ilegítima de la familia, Julie de Lespinasse, joven, brillantísima, sin dinero y sin demasiado futuro por delante.

Lo que vino después es de culebrón. Du Deffand se llevó a Julie a París como dama de compañía, sin contar con que la chica poseía un gran encanto y al poco tiempo había empezado a recibir a los invitados antes de la hora oficial del salón, en su propio cuarto, para charlar con ellos en privado. Cuando Du Deffand se enteró —porque alguien se fue de la lengua, como suele pasar— la furia fue épica y la expulsó de la casa. Lo que la marquesa no esperaba era que casi todos los habituales se pasaran al bando de Julie. D’Alembert, que la adoraba, fue de los primeros. Y Geoffrin, en lugar de cerrar filas con su vieja amiga Du Deffand, vendió tres cuadros de Van Loo de su colección y le regaló el dinero a Julie para que abriera su propio salón.

Lespinasse se instaló en el número 6 de la rue Saint-Dominique y empezó a recibir todos los días, de cinco a nueve, sin cena porque no le daba el bolsillo, solo refrigerios. Y allí, sin un céntimo y sin título nobiliario, levantó uno de los salones más influyentes del siglo. Marmontel la describiría como la mente más viva, el alma más ardiente y la imaginación más inflamable que había existido «desde Safo». El marqués de Ségur lo resumió todavía mejor en una frase que ha sobrevivido a los tres salones: «A Madame Geoffrin se la temía, a Madame du Deffand se la admiraba, a Julie de Lespinasse se la amaba».

Lo que inventaron sin proponérselo

Hay algo que los manuales de filosofía no suelen contar, y es que sin estas mujeres la Ilustración tal y como la conocemos sencillamente no existiría. Ellas crearon un espacio en el que podían encontrarse las ideas de las mujeres y los hombres más representativos de la cultura del momento, chocar entre ellas, refinarse y propagarse. Inventaron, sin saberlo y desde luego sin patentarlo, algo que hoy llamaríamos red social: un sistema de conexiones selectivas con reglas implícitas, jerarquías informales y un capital reputacional que funcionaba como moneda.

Inventaron también un modelo de mecenazgo cultural que no dependía de la corte. Geoffrin mantenía a pintores, también financiaba enciclopedias y hasta pagaba pensiones. Du Deffand mantuvo durante años con Horace Walpole una correspondencia de la que se conservan más de mil cartas, una de las cumbres del género epistolar europeo. Lespinasse murió a los cuarenta y cuatro años, agotada, dejando unas cartas de amor desgarradoras que se publicaron póstumamente y que algunos consideran el germen de la novela romántica.

Y a pesar de todo eso, cuando uno abre cualquier manual al uso sobre el Siglo de las Luces las encuentra, si es que las encuentra, en una nota al pie, reducidas a la categoría de «anfitrionas», como si abrir la puerta de casa fuera lo único que hicieran. Como si producir esos encuentros, publicar proyectos editoriales que cambiaron Europa y educar a varias generaciones de pensadores fuera, en fin, cosa menor.

La próxima vez que alguien hable del nacimiento de la «esfera pública moderna», ese concepto de Habermas que tanto se cita, quizá convenga acordarse de que esa esfera olía a perfume, se tomaba el té a las seis y la gobernaba, con guante de seda y mano de hierro, una señora a la que probablemente nunca dejaron firmar nada con su nombre.

Bibliografía

  • Craveri, Benedetta. La cultura de la conversación. Siruela, 2007.
  • Goodman, Dena. The Republic of Letters: A Cultural History of the French Enlightenment. Cornell University Press, 1994.
  • Lilti, Antoine. Le monde des salons. Sociabilité et mondanité à Paris au XVIIIe siècle. Fayard, 2005.
  • Fumaroli, Marc. Quand l’Europe parlait français. Éditions de Fallois, 2001.
  • Huertas Abril, Cristina Aránzazu. «Madame du Deffand, “salonnière” e impulsora de la sociedad intelectual y mundana del siglo XVIII».
  • Lespinasse, Julie de. Cartas (edición póstuma, varias ediciones disponibles).
  • Du Deffand, Marie. Correspondance complète avec Horace Walpole
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ArtePersonajes

Peder Mørk Mønsted, el paisajista paciente

by Emain Juliana 12/05/2026
written by Emain Juliana

Hay pintores que parecen haber elegido la paciencia como método. Peder Mørk Mønsted (Dinamarca, 1859 – Fredensborg, 1941) fue uno de ellos. Paisajista danés de finales del XIX y comienzos del XX, su nombre no se menciona con la frecuencia que merecería fuera de los círculos especializados, pese a ser uno de los grandes pintores del paisaje nórdico. Suele encuadrárselo en el realismo y el naturalismo, aunque esas etiquetas dicen poco de un pintor que se propuso llevar la naturaleza al lienzo con una fidelidad minuciosa, casi obsesiva.

Peder Mønsted. Sunset over a forest lake

Su formación explica buena parte de la solidez técnica posterior. Estudió en Aarhus y después en la Academia de Copenhague entre 1875 y 1879, con maestros como Julius Exner y Niels Simonsen. Pasó también por el entorno de Peder Severin Krøyer y, durante el invierno de 1882-1883, trabajó en París con William-Adolphe Bouguereau. De esa mezcla de tradición danesa, disciplina académica y contacto con otros centros europeos procede la exactitud con la que coloca una rama, un reflejo o una sombra sobre la nieve sin que el resultado se enfríe.

Viajó mucho —Italia, Francia, Suiza, Noruega, Grecia, Argelia o Egipto figuran entre sus destinos—, pero sus cuadros más reconocibles siguen anclados en Escandinavia. Caminos rurales, bosques densos, riachuelos, lagos, campos abiertos y escenas nevadas componen su repertorio. El agua nunca cumple una función decorativa: organiza la composición, duplica los árboles, introduce profundidad y permite que la luz recorra la escena, con una claridad que recuerda a ciertos maestros holandeses.

Algunas veces se ha hablado de una cualidad casi fotográfica en su trabajo, pero conviene matizarlo. Mønsted no imita a una cámara fotográfica: construye la escena desde una lógica pictórica, calculando caminos, troncos, orillas y líneas de sombra para que el ojo avance muy despacio hacia el fondo. El detalle existe, pero siempre está subordinado a una estructura.

Peder Mørk Mønsted. Wood in snow

El tratamiento de la nieve es probablemente uno de los aspectos más primorosos de su pintura. El blanco rara vez aparece de manera uniforme: hay blancos fríos, zonas azuladas, sombras grises, reflejos amarillentos donde toca el sol, capas más densas junto a los caminos y superficies más limpias en los claros. Sus paisajes invernales tienen una quietud marcada, pero no resultan rígidos; conservan el aire de una mañana reciente, con huellas, árboles desnudos y una luz baja que da la sensación de tiempo suspendido. La nieve le sirve además para simplificar la escena, cubre parte del terreno, reduce el ruido visual y permite que troncos, casas, cercas o senderos adquieran más peso.

Sus bosques no son espacios amenazantes. Hay densidad, sombra y profundidad, pero también una voluntad de claridad. Le interesa cómo la luz penetra en la masa vegetal, cómo atraviesa las ramas y hojas, cómo toca el suelo o se rompe sobre el agua. Sus árboles tienen peso, edad, dirección, textura. Cuando aparecen figuras humanas, quedan integradas en el entorno: no dominan la naturaleza, cohabitan de forma discreta. De ahí esa sensación de mundo amplio, anterior y posterior a la presencia humana, que recorre toda su obra.

Peder Mørk Mønsted. Skovparti med åløb 1923

En vida tuvo reconocimiento y sus cuadros fueron apreciados por coleccionistas europeos, ingleses y estadounidenses. Muchos permanecen hoy en colecciones privadas, aunque también hay ejemplos en instituciones como el Dahesh Museum de Nueva York. Su pintura ha recuperado interés dentro del redescubrimiento reciente de la pintura escandinava.

Mønsted pintó bosques, costas, ríos y campos como quien sabe que la naturaleza habla por sí sola. Evita el efectismo, y quizá ahí esté buena parte de su fuerza: en esa forma de convertir un sendero, una corriente de agua o una mañana de invierno en una escena que sigue viva mucho después de haber sido pintada.

Peder Mønsted. Vinterlandskap

BIBLIOGRAFÍA

Dahesh Museum of Art. «Spotlight on January–February 2017: Peder Mønsted».

Christie’s. Ficha de lote de Peder Mørk Mønsted, Bordighera, Liguria.

Sotheby’s. Ficha de lote de Peder Mørk Mønsted, Winter.

Sotheby’s. Ficha de lote de Peder Mørk Mønsted, Charlottenlund Forest.

Galerie Paffrath. «Peder Mønsted».

MacConnal-Mason Gallery. «Peder Mørk Mønsted».

DailyArt Magazine. «Life and Work of Peder Mørk Mønsted».

MutualArt. Fichas de obras y resultados de subasta de Peder Mørk Mønsted.

Artnet. Perfil de artista y registros de mercado de Peder Mørk Mønsted.

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AgendaMúsica

La Renga vuelve con gira europea

by Emain Juliana 07/05/2026
written by Emain Juliana

En mayo de 2026, La Renga volverá a Europa con una gira que tendrá paradas en Barcelona, Berlín, Copenhague y Tenerife. La banda argentina, formada por Gustavo “Chizzo” Nápoli, Gabriel “Tete” Iglesias y Jorge “Tanque” Iglesias, llega con más de tres décadas de recorrido, diez discos de estudio y una manera de entender el rock que se ha mantenido muy ligada al escenario, al volumen y a una relación directa con su público.

Hablar de La Renga es hablar de una banda que se ha hecho a sí misma canción a canción, concierto a concierto, sin renunciar nunca a ese sonido de rock de carretera que la define. Su música encaja en una tradición muy reconocible del rock argentino: riffs largos, bases contundentes y letras donde caben el viaje, el deseo, el inconformismo y una épica de barrio que jamás se despega del todo de lo cotidiano. En directo, esa identidad se nota todavía más, porque La Renga no se ha construido solo desde los discos. Lo ha hecho desde una forma de tocar que convierte cada noche en algo que se vive entre todos.

La gira europea arrancará el 17 de mayo en el Poble Espanyol de Barcelona. Seguirán Berlín, el 21 de mayo en Huxley’s Neue Welt; Copenhague, el 24 en Poolen; y Tenerife, el 27 en Xanadu. El cierre llegará el 31 de mayo con una segunda fecha en el Poble Espanyol, una ciudad donde la banda ya ha encontrado una respuesta fuerte en visitas anteriores.

La conexión con el público europeo no se ha improvisado. En 2023, el grupo pasó por el Cosquín Rock de Fuengirola, llenó el Sant Jordi Club de Barcelona y tocó también en el Electric Brixton de Londres. Aquellas fechas dejaron claro que su música tiene público fiel fuera de Argentina: en buena parte oyentes latinoamericanos que se han traído sus canciones consigo, pero también gente que ha llegado más tarde, atraída por una banda que conserva una energía difícil de encontrar dentro del rock en español.

El tamaño del fenómeno se ve mejor con cifras delante. En 2024, La Renga ofreció cuatro conciertos en el Estadio Racing Club de Avellaneda y reunió a unas 200.000 personas. En redes supera los 648.000 seguidores en Instagram y los 837.000 suscriptores en YouTube. Pero lo suyo no se mide solo en números. La Renga tiene una comunidad que se mueve, que viaja detrás de la banda, que espera cada anuncio y que mantiene con sus canciones algo parecido a una relación de pertenencia.

En los últimos años, además, el grupo ha seguido moviéndose más allá del escenario. Durante la presentación de Alejado de la Red estrenó la película Totalmente Poseídos, que llegó a cines de Argentina, Chile, Perú y Uruguay. Su trabajo más reciente, grabado en Europa, abre una nueva etapa dentro de su recorrido internacional y ya forma parte del repertorio en directo.

Con Chizzo a la voz y la guitarra principal, Tete Iglesias al bajo y Tanque Iglesias en la batería, La Renga conserva una formación reconocible y una identidad sonora que ha cruzado generaciones. Su vuelta a Europa en 2026 será otra ocasión para ver a una de las bandas más convocantes del rock argentino en el terreno donde mejor se entiende lo que son: el directo.

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AgendaEventosLiteratura

Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el monstruo que sigue suelto

by Emain Juliana 04/05/2026
written by Emain Juliana

El doctor Jekyll y Mr. Hyde nacieron en una novela breve publicada en 1886 por Robert Louis Stevenson, pero con el tiempo dejaron de ser únicamente dos figuras del gótico victoriano para convertirse en metáfora universal de la contradicción humana y de lo que se oculta tras una apariencia respetable.

La historia es conocida incluso por quienes no han leído la obra. Un respetadísimo doctor londinense, Henry Jekyll, obsesionado con separar lo noble y lo monstruoso del ser humano, crea una sustancia capaz de transformar su cuerpo y liberar una segunda identidad: Edward Hyde, una figura inquietante, violenta y moralmente desinhibida. Lo que al principio parece un experimento científico acaba convirtiéndose en una condena, porque Hyde, lejos de ser manejable, empieza a tomar posesión de la vida de Jekyll. La novela funciona así como relato de misterio y como narración de terror, pero también como advertencia sobre el peligro de creer que uno puede aislar el mal sin pagar un precio por ello.

Stevenson escribió Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde en plena época victoriana, un momento en el que la sociedad, al menos en su imagen pública, concedía enorme importancia a la respetabilidad, al control de los impulsos y a la separación entre la apariencia y la intimidad. Ese contexto ayuda a entender por qué la obra impactó tanto. Jekyll no es un monstruo exterior, el típico exponente del cuento gótico que llega desde un castillo remoto, ni una criatura formada con restos humanos, como ocurría con el mito moderno de Frankenstein. Es un hombre integrado en la sociedad, con prestigio, amigos, casa respetable y una reputación que proteger. La amenaza está en su interior, dentro de un hombre que lleva una vida tranquila, educado, correcto y aparentemente dominado por la razón. La British Library ha señalado precisamente esa diferencia al interpretar a Hyde como una criatura que surge del lado oscuro de la personalidad, más que como un ser fabricado desde fuera.

El lector avanza a través de documentos, testimonios, sospechas, silencios y cartas, como si estuviera reconstruyendo un caso. Durante buena parte del relato, el centro se desplaza hacia los personajes secundarios, que tratan de comprender la extraña relación que Jekyll mantiene con Hyde. Esa estructura, cercana al relato detectivesco, evita el sobresalto y va acumulando pequeños datos y hechos que mantienen al lector en vilo.

El efecto cultural de la obra fue inmediato. En pocos años, Jekyll y Hyde pasaron de la literatura al teatro, al cine y a las series, hasta el punto de que sus nombres se siguen usando para hablar de comportamientos contradictorios entre la imagen pública y la conducta privada.

Esa permanencia explica que la historia vuelva una y otra vez a los escenarios, donde la transformación adquiere una fuerza particular. Podemos ver El Dr. Jekyll y Mr. Hyde en el Teatro Farándula de Madrid, situado en la calle de Galileo, 98. La propuesta se presenta como una adaptación teatral que conserva la tensión de la obra de Stevenson y traslada al espectador a un Londres victoriano construido desde la intriga, el silencio y la lucha interior del personaje.

El Dr. Jekyll y Mr. Hyde en Teatro Farándula

Hay algo muy actual en esta obra, aunque su origen pertenezca al siglo XIX. Vivimos rodeados de identidades cuidadosamente administradas: la imagen profesional, la pública, la afectiva, la que se proyecta en redes, la que se conserva en… Jekyll nos inquieta precisamente porque su tragedia parte de una tentación comprensible: separar lo que avergüenza, esconderlo en otra figura y seguir viviendo como si nada hubiera sucedido. El horror empieza cuando esa separación fracasa y el personaje descubre que lo reprimido no desaparece: solo aprende a caminar por su cuenta.

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AgendaArteEventos

Banksy: la imagen como forma de protesta

by Emain Juliana 27/04/2026
written by Emain Juliana

Pocos artistas contemporáneos han logrado una presencia tan mediática como Banksy sin renunciar al anonimato. Sus imágenes circulan por museos, subastas, libros, camisetas y redes sociales, pero muchas de ellas nacieron en la calle, sobre paredes que nadie imaginaba que serían contempladas como una obra de arte. Banksy no inventó el arte urbano ni el estarcido, pero entiende muy bien cómo funciona una imagen en la calle. Sus obras no dependen de una gran complejidad técnica, sino de una combinación bastante precisa entre sencillez, ironía y contexto. 

El estarcido ha sido clave en su forma de trabajar. La plantilla le permite actuar deprisa, repetir una imagen y mantener una línea clara en la calle, donde no hay tiempo ni las condiciones de un taller. Esa rapidez define su estilo.  

Sus temas son igualmente reconocibles. Banksy ha trabajado sobre la guerra, la vigilancia, el abuso de poder, el consumo, la desigualdad, la infancia o la migración, casi siempre a través de escenas de apariencia sencilla y de un humor que rara vez es inocente. A veces la obra parece amable en el primer vistazo, pero ese efecto dura muy poco. Enseguida se percibe algo que no encaja del todo: un soldado que está donde no debe, una cámara que vigila demasiado, una niña situada en una escena que crea confusión, una rata que parece entender la ciudad mejor que sus propios habitantes.

Durante décadas, su identidad fue una incógnita y formó parte de la curiosidad que rodeaba su obra, pero en marzo de 2026, una investigación de Reuters desveló a Robin Gunningham, como posible identidad de Banksy; según ese trabajo, Gunningham habría adoptado después el nombre de David Jones, aunque el artista no ha confirmado públicamente esa noticia. 

Banksy ha criticado muchas veces la conversión del arte en mercancía, pero sus piezas se venden por cifras estratosféricas y algunas de sus intervenciones urbanas se protegen o se convierten en objeto de especulación. El caso más famoso ocurrió en 2018, cuando una versión de Girl with Balloon se autodestruyó parcialmente justo después de ser adjudicada en Sotheby’s. La acción parecía una crítica al sistema de subastas, aunque terminó aumentando todavía más la fama de la obra.

Banksy critica el sistema del arte y, al mismo tiempo, forma parte de él. Sus imágenes permiten discutir quién decide el valor de una pieza, por qué unas pintadas se borran y otras se conservan, qué diferencia hay entre una pared ocupada por publicidad y una pared ocupada por una imagen crítica, o qué ocurre cuando una obra creada para la calle acaba siendo tratada como un objeto de colección. 

El Museo Banksy de Madrid parte precisamente de esa idea: reunir una parte amplia de su trabajo para que el visitante pueda ver obras que, en conjunto, crean una visión mucho mas precisa de toda su envergadura como artista.

Situado en el Paseo de la Esperanza 1, en Arganzuela, el museo reúne más de 170 piezas, incluidas reproducciones a tamaño real de algunos de sus murales más conocidos. La visita permite acercarse a imágenes como La chica del globo rojo o Banksy’s Rage, el lanzador de flores, pero también a otras piezas con diferentes temáticas como la guerra, el consumo, la vigilancia, la infancia, la migración o el uso político de la imagen. No es necesario conocer previamente la historia del arte urbano para entrar en la exposición, porque el propio recorrido va mostrando cómo trabaja Banksy.

Además de la exposición, el Museo Banksy de Madrid ofrece visitas guiadas en varios idiomas y un taller de serigrafía al estilo Banksy durante los fines de semana. La propuesta resulta interesante porque acerca al público a una de las técnicas que mejor explican la difusión de su obra: una imagen reproducible, clara y pensada para circular. En ese sentido, el museo no solo funciona como una recopilación de piezas conocidas, sino como una forma de entender por qué Banksy pasó de las paredes de la ciudad a ocupar un lugar central en la cultura visual de las últimas décadas.

Museo Banksy Madrid

27/04/2026 0 comments
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