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Robert Redford

Cine

Robert Redford. El último eco del cine clásico

by Beatriz Menédez Alonso 17/09/2025
written by Beatriz Menédez Alonso

La reciente muerte de Robert Redford, a los 89 años, marca el adiós de un gigante del cine, un hombre cuyo nombre está entrelazado con algunas de las películas más representativas de la historia del cine estadounidense. Más que un actor, Redford fue un creador, un hombre que no solo encarnó los ideales del cine clásico, sino que también entendió que el cine puede ser una forma de contar historias complejas con imágenes que resuenan con la misma profundidad que las mejores novelas. Sin embargo, mientras su legado como actor es incuestionable, su influencia como director y creador de espacios para el cine independiente, como el Festival de Sundance, ha sido aún más profunda.

Cartel de The sting, 1973

Cuando Redford fundó el Sundance Institute en 1981, no solo estaba creando un espacio para cineastas independientes, sino abriendo una puerta para aquellos cuya voz no encontraba eco en el sistema hollywoodense. Con el Festival de Sundance, Redford se propuso, en cierto modo, lo mismo que había buscado como actor en sus primeros años: libertad para contar historias que no necesariamente encajaran en los moldes tradicionales. De hecho, Sundance se convirtió, y sigue siendo, un refugio para el cine más arriesgado, innovador, que no teme desafiar las convenciones.

Su creación fue un acto profundamente personal para Redford, quien, como director y productor, ya había sentido las restricciones de los grandes estudios y la presión de un cine más comercial. Redford, cuya carrera despegó gracias a títulos como The Sting (1973), The Great Gatsby (1974), Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969) comprendía el poder de la narrativa auténtica. Por ello, su deseo era crear un espacio en el que se pudiera explorar la complejidad de las historias sin la necesidad de complacer al gran público.

El impacto de Sundance fue inmediato. El festival ayudó a poner en el mapa películas que hoy son consideradas de culto o clásicos contemporáneos, y que difícilmente habrían tenido la oportunidad de ser vistas en los cines comerciales. The Blair Witch Project (1999), que se estrenó en Sundance y rápidamente se convirtió en un fenómeno cultural, es solo uno de los muchos ejemplos de cómo este espacio rompió con las normas y permitió que ideas innovadoras florecieran.

A lo largo de los años se ha convertido en el trampolín para muchas de las películas más importantes de la última década. Obras que no solo han sido aclamadas por la crítica, sino que también han marcado un antes y un después en la forma de entender el cine.

The grat Gatsby, 1975

MarcadAlgunas de estas películas destacan por su audacia, su enfoque único y, en muchos casos, por el tratamiento de temas complejos y profundos.

Little Miss Sunshine (2006), una película dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris, se presentó en Sundance antes de convertirse en un éxito tanto de crítica como comercial. A través de la historia de una familia disfuncional que viaja a un concurso de belleza infantil, la película aborda con ternura y humor temas como el fracaso, la autoaceptación y el amor incondicional.

Otro ejemplo notable es Whiplash (2014), dirigida por Damien Chazelle, que se estrenó en Sundance antes de obtener múltiples premios, incluidos varios Oscar.

Más recientemente, películas como The Farewell (2019) de Lulu Wang, que también tuvo su estreno en Sundance, han continuado con la tradición de llevar historias profundamente personales y culturales al gran público. Esta película, que explora la relación entre una nieta y su abuela en un contexto chino-estadounidense, es una muestra clara del tipo de historias que el festival ha fomentado: universales, pero profundamente específicas en su contexto.

Estas películas son solo algunas de las muchas que han pasado por el festival, pero todas comparten un hilo común: su capacidad para romper barreras y explorar aspectos de la vida humana de una manera que solo el cine independiente puede lograr. Y todo ello, en última instancia, es posible gracias a la visión de Robert Redford, quien entendió desde el principio que el cine no solo es un medio para contar historias, sino también una herramienta para reflexionar sobre el mundo en que vivimos.

 Fue un visionario en este sentido. No solo abrió las puertas del cine independiente, sino que también desafió la idea de lo que significa ser un cineasta en un mundo en el que la industria de Hollywood, por entonces, parecía monopolizar la narrativa visual.

Redford fue un hombre de silenciosa intensidad. Con una personalidad que parecía coincidir perfectamente con la imagen de sus papeles más memorables, mantenía una mezcla de suavidad y dureza que podía desarmar a quienes lo conocían. Con esa presencia que encarnaba los ideales de la masculinidad clásica, tenía también una curiosa capacidad para mostrar vulnerabilidad y duda, una característica que lo hacía aún más cercano al público.

En su vida personal, sin embargo, fue bastante reservado. Marcado por el sufrimiento tras la muerte prematura de su hijo, Redford mantuvo una sensación constante de pérdida. Quizá eso explique la profunda melancolía que a menudo destilaban sus papeles en pantalla.

No obstante, la tragedia de su vida personal también se reflejaba en su afán por buscar en el cine una forma de redención, tanto personal como colectiva.

En su faceta como director, su mirada al cine fue siempre sutil y observadora, más cercana a la narrativa de los grandes novelistas que a los guiones de acción típicos. Es conocido que a menudo prefería historias menos grandilocuentes, más basadas en los pequeños dramas humanos, aquellos que transcurren en los márgenes de la sociedad. Redford entendió desde el principio que el cine, como la literatura, tiene el poder de captar la complejidad de la experiencia humana en sus formas más puras y menos artificiales.

Aunque su rostro fue el de un galán de Hollywood, su corazón latía por la narrativa más profunda y por esa magia de capturar el alma de los libros en imágenes.

Out of Africa, 1985

Su trabajo en Out of Africa (1985), es el ejemplo perfecto de cómo Redford interpretó la esencia de una obra literaria sin caer en el melodrama. En el rol del cazador Denys Finch Hatton, Redford no solo interpretaba a un hombre encantador y ambiguo, sino que personificaba los dilemas y pasiones de la obra Memorias de África de Karen Blixen, transformando la novela en una evocación cinematográfica de las tensiones entre lo personal y lo épico, entre el amor y la libertad. Este tipo de adaptación literaria, donde la sutileza de los personajes se entrelaza con la magnitud del paisaje africano, es el tipo de trabajo que más satisfizo a Redford, quien entendía que el cine no solo debe contar una historia, sino también expresar las emociones y la complejidad de los personajes con una delicadeza literaria.

Una de las escenas más emblemáticas, que se ha quedado grabada en la memoria de todos, es aquella en la que Denys Finch Hatton (interpretado por Robert Redford) le lava el cabello a Karen Blixen (Meryl Streep). Es una escena de una calidez rara en el cine, donde el amor se representa sin adornos, sin grandilocuencia, pero con una profundidad que solo una mirada tan serena como la de Redford podría transmitir. Es ahí, en la simple acción de lavar el cabello de la mujer que ama, donde el personaje de Denys se convierte en un reflejo de la vastedad emocional de África: impredecible, apasionada y a veces tan efímera como el agua que se desliza entre sus dedos.

Por otro lado, su interpretación de Jay Gatsby en The Great Gatsby (1974) también destaca como un ejemplo de lo que significa “traducir” un libro a la gran pantalla sin perder la riqueza de su contenido. En esta adaptación dirigida por Jack Clayton, Redford no fue simplemente un rostro atractivo; fue un Gatsby despojado de la pompa, pero lleno de una melancolía que hizo eco de las profundas capas de la novela de F. Scott Fitzgerald. Su interpretación no era una mera representación superficial del personaje, sino una exploración de su aislamiento existencial, de la carga del sueño americano.

De alguna forma, aunque no sea la adaptación más fiel ni la más apreciada por todos, captura la esencia del personaje: un hombre profundamente humano, lleno de aspiraciones, pero también de fallos y de frustraciones. El Gatsby de Redford sigue siendo, para muchos, la interpretación más entrañable de este icono literario, porque su vulnerabilidad está tan presente como su magnetismo, creando una figura trágica cuya vida está marcada por el intento de reconstruir una ilusión.

Pero si hay un momento en el que la poesía de su cine se despliega con una intensidad sublime, ese es A River Runs Through It (1992). Redford, quien también fue el director de esta adaptación de la novela de Norman Maclean, entendió que el cine no solo era imagen y sonido, sino un espacio donde las palabras perduraban, invisibles, en el susurro de un río que nunca cesa de fluir. Aquí, la historia de dos hermanos, cuya relación con su padre y el paisaje de Montana se entrelazan a través de la pesca con mosca, se convierte en una meditación sobre la vida, la muerte y la fragilidad de los vínculos humanos.

 No solo dirige la película, él esculpe el espacio donde la poesía se convierte en imagen. Cada plano es una metáfora de la naturaleza misma del tiempo que avanza, de la familia que se quiebra, de la memoria que se escapa, como el agua de un río.

La muerte de Robert Redford nos deja una herencia que trasciende el celuloide. Su verdadera huella, la que perdurará por generaciones, es la de un hombre que entendió que el cine es mucho más que entretenimiento; es una herramienta para transformar, para cuestionar y para dar espacio a las voces que de otro modo quedarían silenciadas. A través de su trabajo en Sundance y su enfoque sobre el cine independiente, Redford cambió la industria del cine para siempre. Su compromiso con las historias genuinas y su apoyo a los cineastas emergentes son su mayor legado, un legado que sigue vivo cada vez que una nueva película independiente se estrena, que toca temas universales desde perspectivas frescas y audaces.

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LiteraturaPersonajes

Memorias de África, un hogar inesperado

by Valeria Cruz 14/03/2025
written by Valeria Cruz

Karen Blixen, conocida también como Isak Dinesen, es una de esas figuras literarias que parecen sacadas de una novela. Su vida fue de todo menos apacible, marcada por el conflicto entre el deber y el deseo de independencia. Todo esto quedó plasmado en Memorias de África, su obra más célebre, donde narra su experiencia en Kenia con una mirada nostálgica.

Décadas después, su historia se convirtió en un mito cinematográfico con Out of Africa, la película protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford. Pero para entenderla realmente, hay que mirar más allá de la pantalla y del libro, a la Dinamarca que dejó atrás, a la mujer que fue y a la África que amó.

Nació en 1885 en Rungstedlund, una finca al norte de Copenhague, dentro de una familia aristocrática. Creció sometida a las normas rígidas de la alta sociedad danesa, pero también con la influencia de su padre, Wilhelm Dinesen, un hombre aventurero que había combatido en la guerra franco-prusiana y vivido con tribus nativas en Norteamérica. De él heredó el gusto por lo inusual y la curiosidad por lo desconocido, aunque su suicidio cuando ella tenía diez años la dejó marcada de por vida. Dinamarca en aquella época era una sociedad estructurada, como el resto de las sociedades europeas, donde el destino de una mujer como Karen solía estar ya escrito: un matrimonio conveniente y una vida dedicada a la familia y las apariencias. Sin embargo, su personalidad inquieta la llevó por otro camino.

Karen Blixen, imagen del fotógrafo Sophus Juncker Jensen

En 1914, se casó con su primo, el barón sueco Bror Blixen, y juntos partieron hacia Kenia para dirigir una plantación de café. Lo que parecía una aventura prometedora pronto se convirtió en un desafío constante. Su matrimonio fue un desastre: Bror le fue infiel y le contagió la sífilis, enfermedad que la afectó toda su vida. La plantación tuvo problemas financieros y el clima africano no era amable con los cultivos. Pero, a pesar de todo, Blixen encontró en África una forma de vida diferente, más libre y menos constreñida por las expectativas de su entorno. Vivió rodeada de paisajes imponentes, estableció vínculos con la comunidad kikuyu y tuvo una relación intensa con el cazador británico Denys Finch Hatton, quien se convirtió en su gran amor. Su muerte en un accidente aéreo en 1931 terminó de quebrarla. Poco después, sin dinero y enferma, se vio obligada a regresar a Dinamarca. Unos años mas tarde, ya instalada de nuevo en Rungstedlund, escribió Memorias de África, un libro donde revive los años que pasó en Kenia con una mezcla de añoranza y aceptación. No es una autobiografía al uso, sino una obra que combina observación y melancolía, donde el continente africano se convierte en un escenario cargado de simbolismo. A diferencia de otros relatos coloniales de la época, ella no se presenta como conquistadora ni dominadora, sino como alguien que, aunque extranjera, encontró un hogar inesperado en aquellas tierras lejanas. Su relación con la población local, su lucha por mantener la plantación y su amor por la naturaleza convierten el libro en un retrato histórico. Más allá de su propia historia personal, lo que destila es la sensación de pérdida, la añoranza por una vida que ya no podrá recuperar.

Karen Blixen en la década de 1920 con su hermano Thomas.

Décadas después, Hollywood tomó esta historia y la convirtió en Out of Africa (1985), una película que, aunque visualmente hermosa, idealiza muchos aspectos de su vida. La relación con Denys Finch Hatton se convierte en el eje central del relato, cuando en realidad Blixen siempre destacó más su vínculo con la tierra y la comunidad africana. La película suaviza los momentos más duros, pero logra transmitir la belleza de los paisajes y la tristeza de la despedida. Su éxito consolidó la imagen de Blixen como un icono romántico, aunque su vida fue mucho más compleja y dura, llena de matices de lo que el cine mostró.

De regreso en Dinamarca, vivió entre dolores constantes y muchos problemas de salud, pero nunca dejó de escribir. Bajo el seudónimo de Isak Dinesen, publicó cuentos que reflejan su fascinación por lo desconocido y lo enigmático. En su país, tardaron en reconocer su talento, ya que su estilo se consideraba demasiado cosmopolita para el gusto danés de la época. Aun así, con el tiempo, se convirtió en una de las autoras más importantes de su país. Cuando murió en 1962, dejó tras de sí una historia de vida que sigue fascinando a quienes se acercan a ella.

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