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Mary Shelley

Literatura

La persistencia de lo gótico. Del castillo al trauma

by Emain Juliana 03/06/2025
written by Emain Juliana

Durante más de dos siglos, la literatura gótica ha servido como un oscuro espejo en el que la humanidad ha proyectado sus miedos más profundos. Lo que en sus inicios fueron ruinosos castillos, pálidas y lánguidas damas perseguidas y pasadizos secretos, se ha transformado en laberintos mentales, cuerpos heridos y casas modernas llenas de silencios. El gótico no solo ha sobrevivido por su estética —tan reconocible como fácilmente parodiable—, sino por su capacidad de encarnar lo que no sabemos nombrar. Nació como un género literario en el siglo XVIII con El castillo de Otranto de Horace Walpole, y lo hizo bajo el signo del exceso: exceso de emoción, de oscuridad, de pasado. Desde el inicio, fue un espacio narrativo para lo marginal, lo reprimido y lo disonante. Ann Radcliffe, combinaba superstición y razón, y Matthew Lewis, narraba con una audacia escandalosa, un ejemplo de ello es El monje. Estos autores confirmaron que el gótico era algo más que una moda literaria: era una forma de canalizar las tensiones morales y sociales de su tiempo. Las protagonistas lánguidas y encerradas, los escenarios en los que se desarrollaban los textos parecían devorar a los personajes, las figuras del doble, del espectro, del monstruo: todo estaba dispuesto para hablar, de forma velada o explícita, de lo que no se podía decir de otro modo. El miedo como lenguaje y el deseo como amenaza fueron sus claves desde el comienzo.

A medida que avanzaba el siglo XIX , el género se fue refinando y diversificando. Con Mary Shelley, el monstruo dejó de ser una criatura fantástica para convertirse en resultado de la ambición humana, y en su Frankenstein el horror no está en el cadáver animado, sino en la responsabilidad moral del creador. Con Edgar Allan Poe, el miedo se volvió psicológico, clínico incluso, habitando en el deterioro de la mente, en la percepción alterada, en la pulsión de muerte que asoma bajo la belleza. Y con Bram Stoker, el género alcanzó su dimensión más simbólica: el vampiro como metáfora del contagio, del deseo, del colonialismo y de la degeneración. Cada uno de estos autores transformó el castillo gótico en otra cosa: laboratorio, cripta, ciudad, mansión, celda mental. Las historias dejaron de hablar de un mal externo para mostrar que el verdadero monstruo podía vivir bajo la piel, en la conciencia o en la herencia. Ya no bastaba con huir: lo verdaderamente inquietante era no poder escapar de uno mismo.

En el siglo XX, los textos experimentaron una mutación mucho más íntima. La casa embrujada, por ejemplo, dejó de ser una reliquia del pasado para convertirse en símbolo del trauma moderno. La maldición de Hill House de Shirley Jackson es el mejor ejemplo, en la novela, su protagonista no huye de un espectro, sino de su propia historia personal, y encuentra en la arquitectura de la mansión un amplificador emocional. La casa no está poseída por un espíritu, sino por una tensión acumulada. El espacio, como en muchas obras góticas posteriores, se convierte en una extensión del cuerpo, también del dolor psíquico y de un conflicto no resuelto. Esta tendencia no ha hecho mas que consolidarse en las últimas décadas, especialmente de la mano de autoras que han hecho del gótico un género profundamente femenino y político. Mariana Enríquez, por ejemplo, nos traslada a las calles de Buenos Aires, donde lo monstruoso no es un vampiro, sino la pobreza, la represión, la violencia policial o los fantasmas de la dictadura. Carmen María Machado, por su parte, convierte la estructura misma del relato en una trampa mental: en En la casa de los sueños, narra una relación abusiva utilizando la lógica del cuento gótico —cuartos cerrados, ruidos inexplicables, una amenaza invisible—, pero lo que se destruye no es una casa, sino la identidad emocional de la narradora.

La narrativa gótica ha sido, a lo largo del tiempo, uno de los territorios más fértiles para las autoras. Desde las hermanas Brontë hasta Angela Carter, pasando por Daphne du Maurier o Shirley Jackson, se ha convertido en un espacio donde abordar lo que otros registros no permitían: la locura, la sexualidad, la maternidad, la opresión doméstica, los cuerpos que sangran, que se transforman, que se rebelan. Es, y continúa siendo, una forma de escritura sobre el encierro: físico, psíquico, social. Hoy esa tradición sigue con fuerza, pero ha mudado de piel. Ya no hacen falta castillos ni velas ni cementerios: basta una casa con demasiados pasillos, un cuerpo marcado por el dolor o una memoria que se resiste al olvido. La arquitectura del miedo ha cambiado, pero su función sigue intacta.

En una época como la nuestra, donde abundan las narrativas de autoayuda, superación, optimismo fabricado, estas historias sombrías se atreven a decir lo que nadie quiere oír: que hay cosas que no se curan, dolores que no desaparecen, espectros que no se exorcizan. No consuelan: incomodan. No ofrecen luz al final del túnel, sino la certeza de que, en ocasiones, puede no haber túnel, ni final, ni luz. Y sin embargo, ese mismo gesto es el que las vuelve necesarias. Porque en tiempos de ansiedad colectiva, de crisis ecológica, de precariedad emocional, estas ficciones oscuras se convierten en un lenguaje de supervivencia. Nos recuerdan que el miedo no es debilidad, sino una forma de conocimiento. Que mirar la oscuridad no nos destruye, sino que nos devuelve la capacidad de sentir. Y que lo verdaderamente monstruoso no es lo ajeno, sino aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos.

03/06/2025 0 comments
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ArteCineLiteraturaPersonajes

Frankenstein de Mary Shelley

by Valeria Cruz 08/03/2025
written by Valeria Cruz

En el verano de 1816, un grupo de escritores se refugió en la Villa Diodati, una mansión situada a orillas del lago Lemán, Suiza. Entre ellos estaban Lord Byron, Percy B. Shelley, su amante Mary Godwin (después conocida como Mary Shelley), su hermanastra Claire Clairmont y el médico John Polidori. La erupción del volcán Tambora en 1815 había provocado un enfriamiento global que llevó a que 1816 fuera conocido como “el año sin verano”. En este ambiente gótico y melancólico, Byron propuso un concurso: cada uno debía escribir una historia de terror. De esta velada nacería Frankenstein o el moderno Prometeo, una de las obras más influyentes de la literatura universal.

Mary Shelley nació el 30 de agosto de 1797 en Londres. Era hija de dos figuras intelectuales de gran peso en su época: el filósofo y escritor político William Godwin, autor de Una investigación acerca de la justicia política, y Mary Wollstonecraft, una de las pioneras del feminismo y autora de Vindicación de los derechos de la mujer. Sin embargo, su madre falleció pocos días después de dar a luz, dejando a Mary en manos de su padre, quien la educó en un ambiente de gran estimulación intelectual. A pesar de la gran influencia de Godwin en la formación de su hija, su segunda esposa no tuvo el mismo nivel de interés en el desarrollo intelectual de Mary, lo que la llevó a sentirse algo marginada en su propio hogar. Su refugio fue la lectura, los escritos de su madre y los círculos filosóficos y literarios de su padre, donde conoció a Percy Bysshe Shelley, un joven poeta radical y admirador de Godwin. La relación entre ambos se volvió apasionada, pero también escandalosa, ya que Percy estaba casado en ese momento.

En 1814, Mary y Percy huyeron juntos a Francia, viajando a través de Europa en condiciones difíciles. Durante los siguientes años, Mary vivió tanto alegrías como profundas tragedias, incluida la pérdida de varios de sus hijos en la infancia. En 1816, la pareja llegó a Suiza, donde se reunieron con Lord Byron y Claire Clairmont en Villa Diodati. George Gordon Byron, conocido como Lord Byron, era una de las figuras más controvertidas de la literatura romántica. Poeta, aventurero y libertino, Byron había escapado de Inglaterra tras una serie de escándalos personales y políticos. En Suiza, estableció su residencia en Villa Diodati, donde su vida de excesos y genio literario influyó profundamente en sus acompañantes. El médico personal de Byron, John Polidori, también jugó un papel fundamental en aquel verano. De la misma velada en la que Mary Shelley concibió Frankenstein, Polidori escribió El vampiro, una historia que daría forma a la imagen del vampiro aristocrático que más tarde influiría en Drácula de Bram Stoker.

El ambiente intelectual en Villa Diodati estaba impregnado de discusiones sobre filosofía, ciencia y literatura gótica. Se hablaba de galvanismo y de experimentos que pretendían reanimar tejidos muertos. Fue en ese entorno que Mary Shelley tuvo su pesadilla visionaria sobre un científico que creaba un ser monstruoso. La novela no solo es una historia de terror, sino también una profunda reflexión sobre los límites de la ciencia y la responsabilidad del creador frente a su creación. Victor Frankenstein encarna al científico ambicioso que, movido por el deseo de conocimiento, traspasa los límites de la naturaleza. Las ideas del siglo XVIII sobre el galvanismo, las disecciones y la posibilidad de la reanimación artificial influyeron enormemente en la novela. Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin, había especulado sobre la capacidad de la electricidad para otorgar vida a la materia inerte, lo que también resonaba en el pensamiento de Shelley.

Mary Shelley

El personaje del monstruo es una de las creaciones más complejas de la literatura. A diferencia de su representación en el cine, donde es una criatura torpe y brutal, en la novela es inteligente, sensible y elocuente. Aprender a leer y a hablar a través de libros como El paraíso perdido, Las desventuras del joven Werther y Las vidas paralelas le da una profunda conciencia de su propia tragedia. El monstruo no nace malvado, sino que es rechazado por su creador y por la humanidad. Su deseo de afecto se convierte en rabia y venganza cuando es marginado y perseguido. Este dilema moral ha hecho que Frankenstein sea interpretado como una crítica a la sociedad y a la discriminación basada en la apariencia.

Desde su publicación, Frankenstein ha inspirado numerosas adaptaciones teatrales y cinematográficas. La versión de 1931 de Universal Studios, protagonizada por Boris Karloff, consolidó la imagen del monstruo con tornillos en el cuello y andar torpe. En 1994, Frankenstein de Mary Shelley, dirigida por Kenneth Branagh, intentó ser más fiel al material original, presentando a un monstruo con una profundidad emocional más cercana al libro. El legado de Mary Shelley también se extiende a la ciencia. Hoy, el término “frankensteiniano” se usa para describir avances tecnológicos o científicos que generan dilemas éticos, como la clonación o la inteligencia artificial.

Frankenstein, 1931

Frankenstein sigue siendo una obra fundamental porque plantea cuestiones universales sobre la naturaleza humana, la responsabilidad moral y los peligros de la ambición desmedida. La historia de Mary Shelley, una joven que transformó su visión en una de las obras más influyentes de la literatura, es también un testimonio de su propio talento y determinación. Su monstruo, lejos de ser un simple ser terrorífico, es un reflejo de nuestros propios miedos, esperanzas y tragedias. Más de dos siglos después de su publicación, el dilema de la criatura de Frankenstein sigue interpelándonos y recordándonos que la verdadera monstruosidad no reside en la apariencia, sino en la indiferencia de la humanidad hacia aquellos a quienes ha condenado al abandono.

08/03/2025 0 comments
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