Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • 0
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • 0
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Copyright 2022 - All Right Reserved
Tag:

crítica social

LiteraturaPensamientoPersonajes

La doble vida de Dorian Gray

by Emain Juliana 07/08/2025
written by Emain Juliana

Durante más de un siglo, Dorian Gray ha sido algo más que un personaje literario: se ha convertido en una figura espectral que transita entre épocas, una silueta siempre joven que nos devuelve la mirada desde un lienzo que ya no es solo el retrato de un hombre, sino el reflejo de una cultura entera obsesionada con no envejecer. Oscar Wilde lo creó como un experimento estético, como una sátira envenenada de los valores de su tiempo, pero el experimento se le escapó de las manos. Dorian no solo representa al esteta victoriano; es también el antecedente de una forma de habitar el cuerpo y la imagen que hoy reconocemos con una familiaridad inquietante. Su belleza no es solo un don, es una condena. Y su historia, una advertencia que nadie parece querer escuchar.

Lo fascinante del personaje no es que conserve su juventud, sino lo que está dispuesto a hacer para no perderla, en lugar de encarnar un deseo común —vivir más, sentirse joven, aferrarse al placer—, Dorian representa la perversión de ese deseo, se transforma en un rechazo absoluto de la decadencia y del paso del tiempo. No envejece, pero tampoco madura. Todo lo que se pudre en su interior queda oculto, no por la negación consciente, sino por un pacto casi demoníaco con la apariencia. Mientras los demás ven su piel intacta, su mirada limpia, su sonrisa perfecta, en lo profundo del retrato se va acumulando la verdad: traiciones, crímenes y la pérdida de su propia alma.

Ese pacto, sin embargo, no se establece de forma explícita. No hay invocaciones, ni espíritus, ni demonios, ni contratos con firmas de sangre. Hay algo mucho más perverso: el deseo dicho en voz alta, la posibilidad formulada como un juego. Lord Henry, con su ironía elegante y su cinismo brillante, no es un villano clásico, sino un corruptor muy sofisticado, alguien que en lugar de obligar, sugiere y seduce sibilinamente. Dorian no vende su alma: se la regala a una idea. La idea de que todo lo que es valioso en la vida reside en la experiencia estética, de que el placer justifica cualquier tipo de conducta, y que el cuerpo solo existe para ser adorado. Y una vez que acepta esa premisa, ya no hay vuelta atrás.

Porque el cuerpo que no cambia se convierte en un campo de impunidad. Dorian atraviesa los años como un espectro inverso, manteniéndose muy joven, siempre visible allá donde va, e intacto. Pero su alma, la que está atrapada en el lienzo, se convierte en el receptáculo de todo aquello que no quiere sentir. El retrato no envejece como lo haría un rostro común, sino como lo haría una conciencia deformada y oscurecida, cosa que le vuelve repulsivo. Lo que Wilde nos muestra no es una simple inversión entre cuerpo y representación, sino una fractura: el yo dividido, la escisión entre lo que mostramos y lo que somos. Dorian se convierte, así, en un emblema anticipado de lo que hoy llamaríamos disociación estética. El horror no está en el cuadro, sino en el hecho de que él puede admirarlo sin reconocerse. O peor, sabiendo que sí es él, pero tampoco le importa.

Oscar Wilde, 1882

Ese desdoblamiento es lo que convierte a la novela en una obra gótica en su sentido más profundo. No necesita castillos ruinosos o apariciones espectrales. Dorian no necesita ser perseguido, ni maldecido por nadie o encerrado. Lo que lo condena no es un espectro, sino su propia falta de remordimiento. Incluso cuando asesina a Basil Hallward —el pintor y amigo, el único que aún cree que en él hay algo rescatable—, Dorian actúa con la frialdad de quien sabe que ya no puede redimirse. No porque lo haya decidido, sino porque ha cruzado demasiadas veces la línea entre el deseo y el daño, y en ese punto, el crimen ya no es un acto transgresor, sino la consecuencia natural de una vida sostenida sobre la negación del otro. La juventud eterna se convierte, irónicamente, en una forma de muerte.

Pero hay algo más en esta historia, algo que ha hecho que el personaje sobreviva al paso del tiempo o a las modas literarias. Dorian Gray no solo es símbolo de la belleza que corrompe; es también un espejo roto del deseo masculino. Wilde no lo oculta: la relación entre Basil y Dorian está cargada de una tensión emocional y estética que desborda la amistad. La fascinación de Basil no es solo artística, es amorosa y en cierta medida devocional, y la respuesta de Dorian es la de quien sabe que es amado, pero elige no corresponder. El retrato, en ese sentido, no es solo una obra de arte: es una declaración de amor que será traicionada. Y lo que Dorian destruye al final no es solo el símbolo de su corrupción, sino la única prueba de que alguna vez fue amado de una forma sincera.

Esta dimensión ambigua, moralmente inquietante ha sido lo que ha permitido que la figura de Dorian se infiltre en la cultura contemporánea. Desde las múltiples adaptaciones en el teatro y en el cine, hasta su recuperación en los discursos sobre el culto al cuerpo, la cirugía estética, el narcisismo digital o la construcción de identidades fluidas, Dorian ha pasado de personaje a emblema. En una época en la que la imagen se ha vuelto una forma de poder, él representa tanto el ideal como su tragedia. No necesita filtros, ni retoques: su rostro perfecto es su cárcel y condena. 

La figura del influencer —esa presencia permanente, radiante, intocable— no es tan distinta de la que Wilde dibujó con precisión milimétrica. La diferencia es que hoy el retrato no está en un desván oculto, sino en la galería de Instagram. Y lo que se degrada, lentamente, no es un lienzo, sino el vínculo con la realidad. Dorian, en ese sentido, no ha muerto. Ha mutado. Vive en cada intento de borrar la arruga, de editar un rostro, de construir una versión idealizada de uno mismo que no admite ninguna grieta. La cultura de la perfección, encuentra en él a su primer mártir: hermoso, carismático, egocéntrico, insensible, vacío.

Y sin embargo, lo que vuelve inolvidable al personaje no es su belleza, tampoco su carisma o su frialdad, ni siquiera su capacidad de destrucción. Es el momento final, cuando ya no puede sostener más la mentira, y decide enfrentarse al retrato, cosa que no hace por arrepentimiento, sino por desesperación. Porque entiende, demasiado tarde, que vivir sin alma no es vivir. Cuando clava el puñal en el lienzo, lo hace con la furia de quien quiere aniquilar al testigo. Pero el arte, como la verdad, no puede ser asesinado sin consecuencias. Al romper el pacto, el cuerpo de Dorian se transforma: envejece de golpe, se llena de profundas arrugas, aparecen manchas en su piel y muere. El rostro que todos admiraban desaparece. Y en el suelo queda solo un cuerpo ajado, irreconocible, mientras el retrato recupera su forma original. No es un castigo sobrenatural, sino una restauración simbólica: la verdad, por fin, ha salido a la luz.

Oscar Wilde pagó caro por haber escrito esta novela. Fue acusado de inmoral y de indecente. Pero lo que su libro revelaba no era una defensa del vicio, sino una exposición del precio de la negación. En un mundo obsesionado con la moral aparente, Dorian Gray fue el espejo roto de una sociedad que se refugiaba en la indiferencia. Y puede que ahí resida la razón de su vigencia incómoda. Porque no hay nada más aterrador que reconocer que, en el fondo, todos tenemos un retrato escondido en algún lugar.

07/08/2025 0 comments
4 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Literatura

Luces, máscaras y simbolismo en El gran Gatsby

by Emain Juliana 11/04/2025
written by Emain Juliana

Una sociedad hipócrita, maquillada de civilización

El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, no es solo una novela sobre el amor idealizado o la búsqueda de riqueza: es un retrato implacable de la alta sociedad estadounidense de los años veinte, una radiografía de un mundo deslumbrante por fuera y vacío por dentro. A través de una narración cuidadosamente construida, Fitzgerald expone las máscaras emocionales de sus personajes, los códigos secretos del lujo, y una simbología del color que revela las fracturas de un sistema social basado en la apariencia, el poder y la hipocresía.

El protagonista de esta novela, Jay Gatsby, no es simplemente un excéntrico millonario que da fiestas fastuosas en su enorme mansión de West Egg. Es un hombre profundamente herido que ha caído en una fantasía demencial y compulsiva.

Su vida entera ha sido una construcción ficticia dirigida a recuperar a su querida Daisy, la mujer que encarna para él la promesa de un futuro perfecto y la posibilidad de ser amado. Pero ese amor es fruto de una idea concebida en su cabeza, un símbolo que ha idealizado hasta convertirlo en obsesión. Los rasgos de Gatsby recuerdan claramente a un trastorno límite de la personalidad: identidad difusa (su verdadero nombre es James Gatz), vínculos intensos y desestabilizadores, miedo al abandono, idealización extrema de una figura amorosa y tendencia a la autodestrucción. Gatsby no ama a Daisy: ama lo que ella representa, lo que cree que puede recuperar a través de ella. Su necesidad de control emocional lo lleva a recrear escenarios enteros, manipular el tiempo y desafiar el presente. Y en el momento en que su fantasía se rompe, se cae.

Daisy Buchanan, por su parte, aparece siempre rodeada de blanco, vestida con elegancia y encanto. Su voz —esa voz que “suena a dinero”— actúa como un hechizo en quienes la escuchan. Pero bajo ese barniz de ligereza hay una mujer rota, sometida, encerrada en un matrimonio muy violento. Daisy es una mujer maltratada que ha aprendido a sobrevivir sin enfrentarse directamente a su agresor. La relación con Tom está marcada por la humillación y la amenaza, y Daisy se refugia en la pasividad, en la belleza, en el juego de las apariencias. Su famosa frase acerca de su hija —“espero que sea una hermosa tontita”— esconde una amarga lucidez: entiende que la inteligencia no garantiza nada en un mundo en el que la mujer solo tiene valor si es ornamental. Su frivolidad no es superficialidad: es defensa. Incluso cuando mata accidentalmente a Myrtle y Gatsby se ofrece a cargar con la culpa, Daisy se limita a callar. Sabe que el silencio la protege, incluso si implica sacrificar a quien la ha amado incondicionalmente. En cambio, Tom Buchanan, es la encarnación más cruda de la violencia patriarcal. Racista, posesivo, cruel y arrogante, es el tipo de hombre que ejerce su poder con total impunidad. No solo maltrata emocionalmente a Daisy, sino que abusa física y psicológicamente de su amante, Myrtle, a quien llega a golpear brutalmente. Tom representa al old money, a los herederos de la riqueza tradicional que consideran que el mundo les pertenece por derecho natural. No necesita justificar su poder, ni sus actos: simplemente los ejerce. Fitzgerald no suaviza este retrato. Tom no es un villano exagerado, es un hombre cotidiano en una sociedad que lo legitima. Su discurso pseudocientífico sobre la “raza nórdica” y su constante desprecio hacia los demás revelan una mentalidad profundamente clasista y supremacista. Cuando se ve amenazado, reacciona con violencia y manipulación. Y cuando todo termina, él y Daisy simplemente se marchan, intactos, indemnes, sin mirar atrás.

La simbología del color en la novela es uno de los lenguajes más poderosos y sutiles que emplea Fitzgerald para articular sus críticas. Los colores no solo decoran, sino que codifican el estatus, las emociones y las intenciones ocultas. El dorado y el plateado, por ejemplo, están íntimamente ligados al old money, a esa aristocracia económica que heredó su lugar en el mundo. Las mansiones de East Egg brillan en estos tonos, Daisy parece bañada en luz blanca y oro. Son colores nobles, sobrios, que evocan una riqueza serena, legítima, aunque en realidad solo sirvan para disimular el vacío y la indiferencia. En cambio, el amarillo chillón, los colores vivos de los trajes y los coches de Gatsby, representan el new money, la riqueza reciente, ostentosa, sin el respaldo de un apellido ni una educación “adecuada”. Gatsby intenta copiar el lenguaje del poder, pero su brillo resulta siempre un poco excesivo, demasiado evidente. Sus fiestas, sus ropas, incluso su coche amarillo, muestran esa tensión entre el deseo de pertenecer y la imposibilidad real de ser aceptado por la élite.

Otro símbolo cromático central es el verde. La luz verde del muelle de Daisy, que Gatsby observa noche tras noche, resume la novela entera: es el faro de la esperanza, del deseo, pero también el reflejo de una obsesión destructiva. Es la promesa de algo que nunca llega, como el propio sueño americano, que Fitzgerald presenta aquí como una trampa, un espejismo. También el gris tiene un papel fundamental: es el color del Valle de las Cenizas, el espacio donde habitan los olvidados. Allí viven los Wilson, allí se consumen los que trabajan sin glamour, sin nombre. Es un paisaje muerto, sin futuro, coronado por los ojos gigantes del doctor Eckleburg, que todo lo ven pero no juzgan. Son los ojos de una moral vacía, de una espiritualidad hueca, como la sociedad que Fitzgerald retrata.

F. Scott Fitzgerald y Zelda Fitzgerald

La novela entera es una crítica feroz a la hipocresía de la alta sociedad. Los que nacen con dinero no tienen por qué demostrar nada. Son impunes. Cuando Tom y Daisy destruyen vidas a su paso, simplemente se refugian en su dinero, en su apellido, en su falta de responsabilidad. Gatsby, que lo ha dado todo por pertenecer a ese mundo, es el único que muere. Myrtle, que aspiraba a escapar de su pobreza, también fallece. Wilson, víctima del engaño y del dolor, se quiebra. Solo los culpables sobreviven. Como escribe Nick al final, “eran gente descuidada… destruían cosas y personas, y luego se refugiaban en su dinero, o en su vasta indiferencia, o en lo que fuera que los mantenía unidos”. El gran Gatsby no es, por tanto, la historia romántica de un amor imposible, sino la historia de una sociedad enferma, construida sobre la desigualdad, la violencia y la mentira. Un cuento de hadas donde el castillo se derrumba, y los príncipes son en realidad verdugos.

11/04/2025 0 comments
3 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
LiteraturaReseñas

Las luces y sombras de la utopía de More

by Clara Belmonte 26/12/2024
written by Clara Belmonte

En 1516, Thomas More escribió Utopía, una obra que con ingenio y sutileza, supone una crítica mordaz a la sociedad europea del Renacimiento. Enmarcada en un contexto de trascendentales cambios sociales, económicos y religiosos, la obra reflexiona sobre las miserias de la Europa de su tiempo: la corrupción política, las crecientes desigualdades, el despojo de tierras comunales y la pobreza generada por el afán desmedido de lucro. Es a través del personaje ficticio de Rafael Hythloday, un viajero y filósofo, que More expone las luces y sombras de su tiempo, contrastando las injusticias europeas con la perfección de una isla imaginaria llamada Utopía.

La obra se estructura en dos partes. En la primera, Hythloday critica sin tapujos las desigualdades sociales en Europa, especialmente en Inglaterra, donde la codicia de los terratenientes lleva al cercamiento de tierras comunales, expulsando a los campesinos y condenándolos al hambre o a la criminalidad. Esta crítica a la economía incipiente del capitalismo y a la avaricia de las clases dominantes es uno de los grandes pilares de la obra. Europa aparece como un continente donde reina la opulencia de unos pocos frente a la miseria de la mayoría.

En la segunda parte, Hythloday describe Utopía, una sociedad ideal donde no existe la propiedad privada ni el dinero, y la igualdad es la norma. Todos trabajan solo seis horas al día, lo que permite tiempo para el ocio y el aprendizaje, y la educación es accesible a todos. El gobierno funciona de manera meritocrática, alejado de las arbitrariedades de las monarquías absolutistas, y las leyes son simples y justas, orientadas más a la reparación que al castigo. En este mundo ordenado y racional, la religión también ocupa un lugar especial: todas las creencias conviven pacíficamente siempre que respeten los principios éticos básicos, un planteamiento sorprendente si consideramos que More escribe en una Europa a punto de enfrentarse a las guerras de religión provocadas por la Reforma Protestante.

Sin embargo, More no presenta la isla como un modelo perfecto, sino como un espejo crítico. La palabra Utopía, derivada del griego “ou-topos” (ningún lugar), sugiere que esta sociedad ideal es, en última instancia, inalcanzable. A través de su tono irónico y la figura de Hythloday —cuyo nombre significa “charlatán”—, More parece jugar con el lector: ¿habla en serio o está siendo sarcástico? Esta ambigüedad es una de las grandes virtudes de la obra, porque invita a cuestionar la realidad y reflexionar sobre las posibilidades de un mundo más justo. A pesar de la racionalidad utopiana, el control absoluto de la vida colectiva y la supresión de la libertad individual plantean una inquietante pregunta: ¿es el orden perfecto compatible con la naturaleza humana?

Utopía es, en este sentido, una obra profundamente ligada a su contexto histórico. El auge del capitalismo temprano y la pérdida de tierras comunales, los abusos del poder político y la rigidez de una Iglesia todavía hegemónica encuentran en la pluma de More un contrapeso mordaz. Al mismo tiempo, anticipa debates modernos sobre el trabajo digno, la justicia social y la libertad religiosa. Su influencia es innegable: desde las utopías socialistas hasta las distopías del siglo XX, como 1984 de Orwell o Un mundo feliz de Huxley, More estableció un modelo literario donde la ficción sirve para examinar críticamente el presente.

En definitiva, Utopía es una sátira disfrazada de sueño. Thomas More no ofrece respuestas, sino preguntas, y en ese juego entre la ironía y la propuesta radica su genialidad. La isla de Utopía, con su armonía aparente, no es solo un “ningún lugar”, sino un desafío que atraviesa los siglos: ¿cómo podemos, desde nuestra imperfección, aspirar a un mundo más justo?

26/12/2024 0 comments
0 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Literatura

Jonathan Swift una vida marcada por la ironía y el ingenio

by Clara Belmonte 18/10/2024
written by Clara Belmonte

Jonathan Swift, hijo de un modesto abogado y una ama de casa, nació en Dublín el 30 de noviembre de 1667 en circunstancias difíciles. Su padre falleció poco antes de su nacimiento, dejando a su madre en una situación económica precaria. Fue su tío Godwin quien se hizo cargo de su educación en medio de grandes dificultades financieras, ya que su madre se trasladó a Inglaterra poco después de dejarlo bajo su cuidado. A pesar de la pobreza que marcó su infancia, Swift mostró desde temprana edad un intelecto brillante, aprendiendo a leer a los tres años y desarrollando una temprana afición por los textos de Plutarco.

Gracias a la intervención de su madre, Jonathan fue enviado al prestigioso colegio Kilkenny, conocido como el “Eton de Irlanda”, aunque llegó sin conocer los rudimentos del latín, necesarios para el ingreso. Durante sus años escolares, forjó una amistad que duraría toda su vida con el comediógrafo William Congreve. Más tarde, Swift continuó sus estudios en el Trinity College de Dublín, aunque no destacó académicamente y sufrió las miserias tanto afectivas como materiales propias de su condición de huérfano y de estudiante pobre. Su situación financiera era tan precaria que poseía un solo traje y unos zapatos rotos, lo que lo aisló de sus compañeros.

En 1688, debido a los disturbios provocados por la Revolución Gloriosa, Swift se trasladó a Leicester para estar con su madre, quien vivía en la más extrema pobreza. Fue entonces cuando, a los 19 años, consiguió un puesto como secretario del político inglés William Temple, un pariente lejano de su madre. En la residencia de Temple, Swift se encontró con una niña llamada Esther Johnson, a quien se le encomendó como preceptor. Esta joven, que más tarde sería conocida como Stella, tendría una gran influencia en la vida de Swift, aunque la naturaleza exacta de su relación siempre fue objeto de especulación.

Los viajes de Gulliver. Ilustración de Arthur Rackham

Durante los diez años que trabajó para Temple, Swift desarrolló su carrera como escritor, además de ordenarse sacerdote en 1694. Sin embargo, insatisfecho con sus limitadas oportunidades y funciones subalternas, decidió abandonar Moor Park y hacerse cargo de una pequeña parroquia en Kilroot, Irlanda del Norte. Aunque regresaría a Temple en 1696, su descontento con la falta de promoción y reconocimiento en este entorno aristocrático marcó su carácter y, en parte, motivó su mordaz crítica hacia las élites de su tiempo.

La estancia de Swift con Temple le permitió ampliar sus horizontes intelectuales y escribir su primera obra importante, La batalla entre los libros antiguos y los modernos, en la que defendía la superioridad de los autores clásicos frente a los modernos, una cuestión que también había apasionado a Temple. Tras la muerte de su mentor en 1699, Swift aceptó un puesto como capellán de Lord Berkeley, aunque sus expectativas de ocupar un cargo más prestigioso no se cumplieron.

A pesar de estos primeros reveses, Swift comenzó a ganar reconocimiento con la publicación de panfletos y obras satíricas como El cuento del tonel (1704), donde criticaba las corrientes intelectuales contemporáneas y que le valió la antipatía de la reina Ana. A medida que su carrera avanzaba, también lo hacía su relación con Stella, quien lo acompañó en su regreso a Irlanda en 1701. La correspondencia entre ambos, recogida en su Diario para Stella, revela la importancia de esta relación en la vida emocional de Swift, así como su habilidad para combinar la introspección con la crítica social.

Este contexto vital, lleno de dificultades personales y profesionales, fue clave en el desarrollo del estilo satírico que caracterizó su obra.

Los viajes de Gulliver. Ilustración de Arthur Rackham

En Los viajes de Gulliver, una de sus obras más icónicas, el autor explora los defectos de la humanidad a través de los ojos del protagonista, Lemuel Gulliver, un médico que viaja a tierras imaginarias. Cada uno de los lugares que visita Gulliver —desde Liliput, donde los habitantes son diminutos, hasta Brobdingnag, una tierra de gigantes— ofrece una perspectiva satírica de la sociedad inglesa del siglo XVIII. El relato se transforma así en una crítica de la política, las costumbres y la cultura de su tiempo, desafiando la noción de que el ser humano es inherentemente racional o justo.

Sin embargo, Swift no limitó su producción literaria a los relatos de ficción. También fue un prolífico escritor de ensayos y panfletos políticos, en los que abordó con dureza temas como la opresión de los irlandeses bajo el dominio inglés. Un ejemplo claro de su estilo satírico y mordaz es Una modesta proposición (1729), en la que sugiere, con aparente seriedad, que la solución a la pobreza en Irlanda es que las familias pobres vendan a sus hijos como alimento. Esta sátira brutal expone las atrocidades de las políticas inglesas hacia Irlanda y subraya el cinismo de las clases gobernantes. Aunque el tono del ensayo es frío y racional, su mensaje subyacente es devastador, lo que lo convierte en una de las obras más potentes de la literatura política de todos los tiempos.

La escritura de Swift no solo atacaba las estructuras de poder, sino que también exploraba las debilidades humanas. A menudo expresaba una visión profundamente pesimista de la naturaleza humana, sugiriendo que la razón, tan venerada durante la Ilustración, era insuficiente para corregir las inclinaciones egoístas y corruptas de las personas. Esta perspectiva se refleja también en sus escritos más personales, como en sus cartas y en su Diario para Stella, una serie de misivas escritas para su amiga Esther Johnson, en las que se revela una faceta más íntima y vulnerable del autor.

A pesar de su éxito literario, Swift vivió sus últimos años aquejado por problemas de salud, que incluyeron una pérdida progresiva de la audición y, posiblemente, una enfermedad mental. Falleció el 19 de octubre de 1745 y hoy día se le recuerda no solo como uno de los grandes maestros de la sátira, sino también como un defensor feroz de la justicia y la igualdad. Su obra invita a los lectores a cuestionar las instituciones de poder y a reflexionar sobre las debilidades humanas, mientras nos desafía a considerar si el progreso es realmente posible en un mundo tan lleno de contradicciones.

18/10/2024 0 comments
0 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp

Apúntate a nuestra newsletter

Recibe las novedades de cada semana en tu email

Artículos populares

  • 1

    Luis XIV. El esplendor y la sombra del Rey Sol

    15/05/2024
  • 2

    Bull presenta en Cangas del Narcea el documental I Took the Road Less Traveled

    02/02/2026
  • 3

    El regreso del hijo pródigo del rock al Teatro Conde Toreno

    17/02/2026
  • 4

    Hammershøi en el Thyssen: la poética del silencio

    23/12/2025
  • 5

    10 libros ligeros y variados para leer este verano

    09/07/2025
  • 6

    Donde el agua guarda nombres: El Fantasma del Pantano

    14/12/2025

Categorias

  • Agenda
  • Amores extraños
  • Arte
  • Cine
  • En corto
  • Entrevistas
  • Eventos
  • Historias del occidente
  • Literatura
  • Los fantasmas olvidados
  • Música
  • Noticias
  • Pensamiento
  • Personajes
  • Reseñas
  • Sin categoría

Selección de los editores

¿Por qué el metal sinfónico vuelve a llenar salas en 2026?
by Emain Juliana 20/02/2026
W.E.B. en directo: “Into Hell Fire We Burn”
by Clara Belmonte 19/02/2026
Napalm al alba
by Beatriz Menéndez Alonso 18/02/2026

Artículos aleatorios

El tercer polo
by Uve Magazine 27/10/2022
La odisea de los retratos robados de Bacon
by Valeria Cruz 23/05/2024
El arte de coleccionar libros
by Uve Magazine 02/01/2025

Categorías populares

  • Literatura (94)
  • Arte (92)
  • Eventos (69)
  • Música (49)
  • Agenda (47)
  • Personajes (39)
  • Noticias (37)
  • Pensamiento (26)
  • Sin categoría (22)
  • Cine (19)

Uve Magazine es un espacio para quienes disfrutan pensando la cultura sin prisas.
Hablamos de literatura, arte, música e historia desde una mirada feminista, crítica y sensible. Publicamos cada semana artículos, relatos, poesía, entrevistas, efemérides… y también proponemos encuentros, charlas y eventos culturales dentro y fuera de la pantalla.

¿Quieres proponer una colaboración, un texto o una idea para un evento?
Puedes escribirnos a través del formulario de contacto. Leemos todo.

 

Las opiniones, juicios y afirmaciones expresadas en los artículos publicados en este sitio web corresponden únicamente a sus autores y no reflejan necesariamente la postura de este medio. El portal no asume responsabilidad alguna, directa o indirecta, por los contenidos, consecuencias o posibles reclamaciones derivadas de dichos textos, que son de exclusiva responsabilidad de quienes los firman.

Facebook Instagram

@2025 – Uve Magazine. All Right Reserved.

  • Política de privacidad
  • Política de cookies
  • Contacto
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
@2026 – Uve Magazine. All Right Reserved.

Carrito

Cerrar

No hay productos en el carrito.

Cerrar