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creatividad

ArteLiteraturaPersonajes

El diseño como juego y como acto de resistencia

by Clara Belmonte 31/03/2025
written by Clara Belmonte

Si hay una figura que encarna como pocas el cruce entre arte, diseño, juego y pensamiento, esa es Bruno Munari (Milán, 1907–1998). Y, sin embargo, reducir su legado a etiquetas sería una traición a su espíritu: Munari fue un creador inclasificable, un provocador sereno que cultivó la imaginación como quien riega una planta. Fue diseñador, artista, inventor de libros imposibles, pedagogo y poeta visual. También fue un niño que nunca quiso dejar de jugar. Nacido en una familia humilde del norte de Italia, desde joven mostró una inclinación por el arte, pero no tardaría en comprender que el arte no era un fin en sí mismo, sino un lenguaje, una forma de comunicación que podía extenderse al diseño gráfico, al diseño industrial, a la educación infantil, a la poesía visual y al juego. En los años treinta se vinculó con el futurismo —movimiento vanguardista que buscaba romper con la tradición—, pero pronto encontró su propio camino: uno más lúdico, más accesible, más poético, más conectado con la experiencia cotidiana.

En una época dominada por los manifiestos y la solemnidad de las vanguardias, Munari comenzó a preguntarse por qué el diseño no podía ser también un juego. ¿Por qué no hacer un libro sin palabras? ¿O un libro sin páginas? ¿O un libro que sólo pudieran entender los niños? ¿Por qué no enseñar a mirar las cosas desde otro ángulo? Estas preguntas no eran simples provocaciones: eran la base de un pensamiento creativo profundamente estructurado. Para Munari, el libro era un objeto expandible, un universo en sí mismo. Lo reimaginó desde la materialidad: libros con agujeros, libros de telas, libros sin texto, libros táctiles para bebés antes de que la industria infantil supiera lo que eso significaba. Su célebre Libro Illeggibile (Libro ilegible), publicado en 1949, no contenía palabras, sino formas, colores, cortes y transparencias que convertían el acto de leer en una experiencia visual y táctil. Más que leerlo, había que explorarlo. El libro dejaba de ser un soporte para convertirse en un juego visual, una escultura que se podía hojear, una puerta abierta al pensamiento abstracto. En su universo, un niño podía entender perfectamente una composición de manchas de color o un juego de transparencias superpuestas, sin necesidad de que alguien le explicara qué significaba. Porque Munari confiaba radicalmente en la inteligencia del receptor.

Su labor como pedagogo es inseparable de su trabajo como artista. En los años setenta, comenzó a colaborar con escuelas y museos para desarrollar talleres infantiles que hoy son considerados revolucionarios. No se trataba de imponer un conocimiento, sino de provocar la curiosidad. Creó los “Laboratori per bambini”, en los que los niños exploraban formas, estructuras, texturas y colores mediante el juego libre. Con barro, cartón, papeles, alambres o espejos, los participantes construían formas sin utilidad aparente, guiados sólo por el placer de descubrir y experimentar. Era una pedagogía sin castigos ni evaluaciones, donde el error era bienvenido como parte del proceso. En su libro Fantasia (1977), Munari desarrolla una idea crucial: la fantasía, la invención y la creatividad no son dones místicos, sino habilidades que pueden estimularse, cultivarse y aprenderse. Y en ese sentido, su trabajo conecta directamente con las ideas más avanzadas sobre educación activa, diseño centrado en la experiencia y pensamiento visual.

Su interés por el diseño como sistema de signos, por la iconografía cotidiana, por los pictogramas, los gestos, los mapas, lo vincula con la semiótica mucho antes de que ésta se convirtiera en una moda académica. Supo leer el lenguaje visual de las señales de tráfico y de los objetos cotidianos con la misma atención que un poeta observa una flor. Inventó máquinas inútiles —estructuras móviles y ligeras que se movían con el aire—, creó esculturas para ver la sombra que proyectaban más que su forma, diseñó lámparas, objetos domésticos, cubiertas de libros, logotipos. Todo con un espíritu lúdico pero metódico, casi científico. Porque detrás de cada juego había una estructura. Y detrás de cada estructura, una invitación a pensar. Su aproximación al diseño estaba lejos del formalismo. Creía en la función, pero también en la emoción, en la sorpresa, en la belleza inesperada. Y sobre todo, en la claridad. “Complicar es fácil. Simplificar es difícil”, solía decir. Esta búsqueda de lo esencial lo conecta con otras grandes figuras del diseño moderno como Dieter Rams o Buckminster Fuller, pero también con poetas visuales como Joan Brossa o con artistas del movimiento Fluxus.

Para Munari, la cultura no era un templo, sino una caja de herramientas. Y en esa caja cabían un alga seca recogida en la playa, una sombra proyectada en la pared, un papel de embalar, una caja de cerillas. Su arte no aspiraba a lo sublime, sino a lo sencillo: a reencantar lo que nos rodea. Por eso su legado es hoy más vigente que nunca. En una época saturada de imágenes, Munari sigue invitándonos a mirar con atención. A ver el potencial creativo de una hoja caída, a entender que el diseño puede ser una forma de ternura, que el arte no tiene por qué ser grandilocuente. Su idea de que todos somos capaces de crear —si se nos da el entorno, el tiempo y el permiso para hacerlo— resuena con fuerza en nuestros días. Munari no sólo diseñó objetos: diseñó maneras de mirar. Y en eso fue profundamente político, aunque no lo pareciera. En tiempos de producción en masa y consumo acrítico, su defensa de lo artesanal, del juego, de la atención al detalle, del error como hallazgo, son una forma de resistencia.

Su huella se percibe en múltiples disciplinas. En el diseño gráfico contemporáneo, donde su uso de la tipografía, el color y la estructura siguen siendo referentes. En la ilustración infantil, donde su influencia es visible en autores como Hervé Tullet o Katsumi Komagata. En la pedagogía alternativa, donde sus talleres han inspirado programas educativos en todo el mundo. Y también en los makers, los artistas del reciclaje, los diseñadores sociales, los ludicistas. Quizá por eso resulta tan difícil clasificarlo. Fue vanguardista y clásico. Didáctico y subversivo. Visual y conceptual. Poético y riguroso. Como si hubiera intuido que el mundo que venía necesitaría menos dogmas y más herramientas para pensar. En un momento en que el diseño tiende a lo espectacular, Munari sigue recordándonos que lo pequeño importa. Que el diseño también es una forma de cuidado. Que no hay innovación sin curiosidad, ni creatividad sin juego.

En uno de sus textos más citados, Disegnare un albero, Munari enseña cómo dibujar un árbol. Pero no se trata de una receta, sino de una forma de observar la estructura interna de las cosas. ¿Cómo crecen las ramas? ¿Cómo se bifurcan? ¿Qué lógica sigue su forma? Y entonces lo entendemos: no se trata de copiar un árbol, sino de comprenderlo. De aprender a mirar. Porque eso fue, quizá, lo que hizo Munari toda su vida: enseñarnos a mirar. No con los ojos del experto, sino con la curiosidad del principiante. A veces con humor, a veces con poesía, pero siempre con el respeto profundo de quien sabe que lo cotidiano también puede ser extraordinario. Munari no buscaba respuestas, sino preguntas mejores. Y ese, al final, es el mayor legado que puede dejar un artista, un diseñador, un pedagogo o un ser humano: el deseo de seguir explorando.

 

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ArteLiteraturaPensamientoSin categoría

¿De quién son las ideas?

by Emain Juliana 20/12/2023
written by Emain Juliana

Recientemente, una buena amiga compartió conmigo un caso flagrante de robo de ideas, una experiencia que, lamentablemente, no es ajena para muchos de nosotros. En ocasiones, hemos visto cómo personas de confianza se apropian de nuestras ideas o proyectos de una manera tan detallada que reconocemos nuestra visión y creatividad reflejadas en ellos. Esta situación no solo despierta sentimientos de indignación y tristeza, sino que también plantea cuestiones profundas sobre la propiedad intelectual y la ética en el mundo actual.

Este es un tema complejo que trasciende las esferas personales. Muchas veces, al plantear la pregunta ¿De quién son las ideas? nos encontramos con una respuesta sorprendente y, en ocasiones, preocupante: Las ideas no son de nadie. Esta afirmación, aparentemente simple, esconde una serie de matices y debates éticos que vale la pena explorar.

En un mundo cada vez más interconectado y orientado hacia la innovación, las ideas son el motor del progreso. Desde avances tecnológicos hasta creaciones artísticas y proyectos empresariales, las ideas impulsan el cambio y la evolución. Sin embargo, la falta de reconocimiento y protección de la propiedad intelectual puede tener efectos negativos tanto a nivel individual como en la sociedad en su conjunto.

Uno de los aspectos más problemáticos es que a menudo ocurre entre personas de confianza. Cuando confiamos en alguien para compartir nuestras visiones y proyectos, esperamos que esa confianza se respete. El hecho de que alguien cercano pueda apropiarse de nuestras ideas plantea interrogantes sobre la integridad y la ética en las relaciones interpersonales y sobre nosotros mismos, pero también debemos preguntarnos si la falta de un reconocimiento adecuado de la autoría puede inhibir la creatividad y la innovación. Si las personas sienten que sus ideas pueden ser tomadas sin permiso o crédito, pueden volverse mas reticentes a compartir sus pensamientos e inquietudes. Esto limita el potencial de la sociedad para generar soluciones innovadoras a los desafíos que enfrentamos.

Pero ¿Cuál es el perfil del ladrón de ideas? No existe, solo comparten la característica de apropiarse indebidamente de las creaciones de otros. Esto incluye a oportunistas sin ética que buscan beneficio personal, competidores desleales que intentan ganar ventaja en el mercado, imitadores sin creatividad, personas desesperadas por avanzar en sus carreras o proyectos, individuos con falta de conciencia ética, aquellos con acceso privilegiado que abusan de su posición, y personas con baja autoestima que buscan demostrar su valía a través del trabajo ajeno. 

Vamos a retrotraernos al pasado, donde la propiedad intelectual y la atribución eran conceptos menos definidos y regulados que en la actualidad. Esto dio lugar a situaciones en las que las contribuciones individuales eran minimizadas o directamente robadas sin consecuencias significativas.

Aquí tenemos algunos de los robos mas conocidos de la historia.

Hipatia de Alejandría, una matemática y filósofa del siglo IV, es un ejemplo destacado. A pesar de sus contribuciones significativas a la astronomía y las matemáticas, sus ideas fueron eclipsadas por sus contemporáneos masculinos. Su caso no es único; a lo largo de los siglos, muchas mujeres científicas, literarias y artísticas enfrentaron desafíos similares.

Thomas Edison vs. Nikola Tesla: Esta es una de las rivalidades más famosas en la historia de la ciencia y la tecnología. Edison, conocido por su trabajo de la invención de la bombilla eléctrica, se ha visto acusado de robar ideas y conceptos de Nikola Tesla, un inventor e ingeniero eléctrico que contribuyó significativamente al desarrollo de sistemas de corriente alterna y otras tecnologías eléctricas.

Alexander Graham Bell vs. Elisha Gray: La invención del teléfono fue objeto de una disputa entre Alexander Graham Bell y Elisha Gray. Ambos presentaron patentes para el teléfono el mismo día en 1876, lo que llevó a un prolongado conflicto legal. Bell finalmente recibió la patente, pero la contribución de Gray en el desarrollo del teléfono es ampliamente reconocida.

James Macpherson: El poeta escocés fue acusado de plagiar obras del poeta épico galés Ossian, afirmando haber traducido los poemas del gaélico escocés. Sin embargo, se ha debatido la autenticidad de estas traducciones y se ha sugerido que los había inventado él mismo.

Émilie du Châtelet: Científica y matemática francesa del siglo XVIII, realizó importantes contribuciones al campo de la física, incluyendo una traducción y comentario de las obras de Isaac Newton. A pesar de sus logros, su trabajo fue eclipsado por el renombre de Newton.

Pero en la actualidad seguimos teniendo casos de apropiación, robo de ideas o plagio.

Ruth Wakefield: Creadora de las famosas galletas con chispas de chocolate. Sin embargo, durante años, la receta de estas galletas fue utilizada por la empresa Nestlé sin darle crédito, lo que llevó a un acuerdo legal en el que finalmente se reconoció su autoría.

Quentin Rowan, bajo el seudónimo de “Q.R. Markham”, publicó la novela Assassin of Secrets, que resultó ser un plagio masivo de varias novelas de espías, copiando párrafos enteros de autores como Robert Ludlum y Charles McCarry.

Steve Jobs y Apple vs. Xerox: A finales de la década de 1970, Xerox desarrolló una interfaz gráfica de usuario (GUI) que fue un precursor importante de la computación moderna. Steve Jobs y Apple se inspiraron en esta tecnología para crear la Macintosh, pero algunos argumentan que esto se hizo sin el debido reconocimiento a Xerox.

Bueno, querido lector, espero que si te has visto en esta situación recuerdes que es importante intentar aprender de la experiencia y toma medidas para proteger tus futuras ideas y proyectos. Esto puede incluir acuerdos de confidencialidad, contratos sólidos y un mayor cuidado al compartir tus conceptos, y ante todo, no permitas que te impida seguir siendo creativo y persiguiendo nuevas oportunidades. A veces, las mejores ideas surgen como respuesta a este tipo de desafíos.

20/12/2023 0 comments
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