Vamos a hacer las maletas y a viajar a hoteles y paradores que, bajo las luces del lujo o el silencio de la piedra antigua, funcionan como bruñidas prisiones para viejos fantasmas. Son estos espectros más clásicos que los hasta ahora descritos en esta sección, pues arrastran cadenas, asustan y tienden a enredarse en la vida de los vivos. Así pues, hoy nos adentramos en pasillos de moquetas rojas y puertas numeradas tras las que late un miedo que, a diferencia del viajero habitual, no tiene ninguna prisa por marcharse.
Vamos a empezar nuestro viaje en el Parador de Cardona, Barcelona. Un gigante de piedra que vigila el valle con plante medieval, y cuyo corazón guarda una habitación de la que pocos quieren hablar: la 712. No es esta la costumbrista historia de hotel encantado con fantasmas susurrantes, apariciones o velas que se apagan solas, porque aquí los testimonios, basados en décadas de relatos de clientes y trabajadores, relatan un fenómeno físico y, en ocasiones, violento. Al despertar, los huéspedes de la 712 encuentran los muebles de la estancia amontonados en el centro, como si una fuerza invisible hubiera intentado levantar una barricada contra, quizá, el mundo de los vivos.
Para comprender el miedo que emana de esta habitación, es necesario mirar al pasado y concretamente a la Torre Minjona, esa atalaya de granito del siglo XI que señala al cielo desde el patio del hotel. Allí, la joven Adalés, hija del Vizconde Bermon, fue condenada en el año 1086 por su propio padre a una reclusión perpetua por amar a un príncipe musulmán, Abdalà, del cercano Castillo de Aguilar de Segarra. Según recogen National Geographic y La Vanguardia, el tiempo no ha logrado, al parecer, diluir la pena de la muchacha y no la ha transformado en melancolía; acaso en rabia. Y esa ira ha colonizado la habitación 712, convirtiéndola en una especie de campo de batalla sombrío en el que los grifos escupen agua hirviendo ante la mirada atónita de los huéspedes. Es, aseguran, el alma de Adalés. Por ello, la propia dirección de Paradores ha retirado la habitación del sistema de reservas online y así, como han confirmado algunos exdirectores del centro en La Vanguardia, la estancia permanece cerrada por defecto. «Una decisión de gestión que responde al bienestar de los huéspedes y al respeto por una presencia que el personal de limpieza se niega a enfrentar en solitario», aseguran.
La habitación 712 es, por tanto, una celda de lujo donde el tiempo se detuvo por un castigo familiar, pero ese eco de cautiverio no es exclusivo de las alturas de Cardona. Si descendemos hacia el sur, hasta las murallas de Toledo, el encierro deja de ser una cuestión de linaje para convertirse en una sentencia de fe. En el Hostal del Cardenal se ofrece buen cobijo y también, es inevitable teniendo en cuenta sus orígenes, un encuentro directo con las sombras de nuestra historia. Este antiguo palacio del siglo XVIII, mandado construir por el Cardenal Lorenzana sobre los cimientos de la muralla árabe, custodia en sus muros la memoria de una ciudad que fue epicentro del Santo Oficio. No es esto ficción, y las crónicas de Eduardo Sánchez Butragueño en el archivo de Toledo Olvidado, así como las investigaciones de campo de expertos como Luis Rodríguez Bausá, han documentado relatos de huéspedes que describen una figura de hábito oscuro deambulando por los Jardines de Bisagra, el vergel privado del hotel que linda con la emblemática puerta de entrada a la ciudad.
Este fenómeno ha pasado de ser pues una leyenda local a crónica nacional en prensa estatal. Diarios como ABC, por ejemplo, han recogido testimonios sobre un ruido metálico que recorre los pasillos y hiela la sangre de quienes allí se alojan. Es como un eco residual de grilletes. No en vano, el hotel se asienta sobre una zona de paso de reos que eran conducidos desde las prisiones eclesiásticas hacia el juicio o el patíbulo a través de la muralla, una vez condenados por, verbigracia, herejes, apóstatas o nigromantes. Como señala la plataforma Rutas de Toledo, ese rincón de suelo que hoy pisan los turistas es el mismo por el que los condenados arrastraban su desesperación, dejando un residuo sonoro que el granito parece haber recogido para la eternidad.
Por su parte, los muros del antiguo Corona de Aragón se han quedado impregnados por un elemento mucho más voraz como es el fuego y un humo que no termina de disiparse. En Zaragoza, en la habitación 510 del actual Hotel INNSiDE (antes conocido como el Hotel Corona de Aragón), el pasado hiede a ceniza. Tras el devastador incendio del 12 de julio de 1979, que se cobró la vida de al menos 78 personas, la estancia se ha convertido en un imán para lo inexplicable. Los clientes reportan opresión en el pecho y una falta de aire que les obliga a huir de la habitación de madrugada. Se dice, así lo han recogido crónicas de El Heraldo de Aragón, que si se deja un vaso de agua sobre la mesilla, al amanecer se encontrará ceniza flotando en él, como si de la escoria espectral de un fuego pasado se tratara. Un fuego que se apagó hace décadas y que, sin embargo, ahí sigue, a la espera de nuevas vidas que lo contemplen y así no lo olviden.
Mientras que en la habitación 510 el pasado se manifiesta a través de un silencio ceniciento, en Navarra el recuerdo ruge. En Estella, en el Hotel Condes de Albrit, actualmente integrado en la cadena Sercotel, los aplausos de un público inexistente rompen el silencio de la noche. El edificio se asienta sobre el solar del antiguo Teatro Cine San Agustín, un emblema cultural de la posguerra inaugurado en los años 40 ―según los archivos de memoria histórica de Navarra, alma de la ciudad durante décadas—, cuyas funciones parecen haber quedado atrapadas en las paredes. Su transformación definitiva en hotel fue en 1998 y desde entonces se recoge en prensa, como en el Diario de Navarra, que ‘la memoria de las tablas’ se niega a desaparecer. Hay quien asegura percibir olor a maquillaje y escuchar el roce de pesados telones en zonas donde hoy solo hay pasillos modernos por los que transitan los huéspedes.
Olvidar… Quizá el mensaje de estos fantasmas, eternos huéspedes, sea igual que el de todos los demás, no ser olvidados, y lo que sucede en estos y otros hoteles es un recordatorio persistente de que somos nosotros, los vivos, los que en realidad estamos de paso. Porque no hay nada más aterrador y humano, y que nos haga sentir más vívidamente nuestra fragilidad, que cerrar la puerta con llave y comprender que nunca hemos estado solos en la habitación.