Donde el olvido se olvida: El fantasma del fantasma

Si pensamos que un fantasma es, en realidad, el eco de una vida que se resiste a convertirse por completo en silencio, el fantasma del fantasma es el vacío absoluto que queda cuando ya no hay nadie para contar su historia. Es, por tanto, la muerte de la memoria; y por eso hoy no vamos a visitar un lugar físico concreto. Visitaremos el umbral en el que el espectro mismo pierde su nombre y se convierte en nada. Es lo que algunos antropólogos llaman la «segunda muerte», esa que ocurre cuando se apaga el último recuerdo que sobre nosotros queda.

Esa soledad final ya la anticipó Bécquer en sus Rimas: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!». Sin embargo, no hablaba el sevillano de la soledad del sepulcro o del abandono. Lo hacía de la soledad del olvido cuando al final se pregunta: «¿todo es vil materia, podredumbre y cieno?».

El fantasma del fantasma es entonces, pienso, la inexistencia de quien ya no tiene quién le rece, quien le tema o quien, al menos, invente una leyenda sobre su sombra. Es una desaparición total que ni siquiera deja un pequeño rastro de migas en los expedientes, artículos y noticias que he consultado para escribir sobre los distintos espíritus que han poblado esta revista durante meses. Personas que se han convertido en aire y que, al final, ni siquiera el viento las recuerda, porque incluso los muertos mueren.

Pero, quizá, de este viaje por la España herida y olvidada, lo que realmente he comprendido es que los fantasmas existen porque nosotros, los vivos, decidimos que así sea. Porque nosotros, los vivos, los recordamos. Son una forma de resistencia contra lo inevitable. Sufrimos de un hambre de inmortalidad tan voraz, decía Unamuno, que elegimos imaginar, soñar, tal vez invocar una presencia, bien aterradora o bien triste y melancólica, en cualquiera de los muchos lugares por los que en esta sección hemos deambulado, antes que aceptar el vacío absoluto. Porque nosotros, los vivos, los recordamos para no sentirnos solos en nuestra propia finitud.

Bajo esa premisa, cabe preguntarse si acaso morir es dormir, como sugería Hamlet en su duda más célebre. No lo sabemos, y esa incertidumbre, ese «tal vez soñar», es razón harto poderosa para poblar la oscuridad con figuras que nos acompañen y nos den, a su manera, consuelo. Es el miedo a que nada nos espere tras el sueño lo que nos empuja a hacerlo. Preferimos la amenaza de un ánima que mueve los muebles en la habitación 712 de un hotel a la certeza de que, tras esa puerta, solo hay partículas de polvo suspendidas en un rayo de sol.

Julio Llamazares nos recordó que la memoria es un paisaje que se borra. Describió esa soledad final del que se queda solo en el mundo, custodiando los fantasmas de los demás hasta que él mismo se desvanece. Y hoy, esa desaparición es más voraz que nunca. Formamos una legión de futuros olvidados, sesenta millones cada año, que camina hacia el borrado absoluto sin dejar una sola huella que sobreviva a la segunda generación. Ni siquiera este rastro digital que tanto nos obsesiona garantiza la permanencia.

Somos nosotros los que proyectamos nuestra necesidad de trascendencia en los muros de Belchite o en las habitaciones de Cardona, mientras buscamos un rastro de humanidad entre los escombros, el agua, el erial o el recuerdo. Lo hacemos para convencernos de que, cuando alguna vez nos toque partir, alguien nos convertirá en un espectro, una visión, para no dejarnos morir del todo. Sin embargo, si hoy olvidamos lo que pasó ayer un cincuenta por ciento más rápido que hace apenas una década, y nuestra capacidad de retención ya se agota con lo vivo, ¿qué esperanza tienen aquellos que solo son una presencia en un pueblo abandonado? ¿Qué esperanza tiene una mujer de blanco que camina por el cementerio de Comillas entre las tumbas de los relegados?

Habrá quien con esto no coincida. Habrá quien piense que los fantasmas nunca podrán tener su propio fantasma porque siempre habrá alguien que los rescate del silencio; que la memoria, en realidad, no morirá del todo mientras el recuerdo permanezca grabado en la piedra o en la palabra. Y tal vez tengan razón. Ojalá la tengan. No obstante, en nuestro mundo, devorado por la inmediatez y el murmullo constante de la ligereza, cada vez parece haber menos espacio para ellos, para los muertos y sus espíritus. Y cómo  terminaba Bécquer su rima, terminaré yo: «¡No sé; pero hay algo / que explicar no puedo, / que al par nos infunde / repugnancia y duelo, / al dejar tan tristes, / tan solos los muertos!».

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