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Historias del occidente

Historias del occidente

Alimañas

by Ana Vega 08/09/2025
written by Ana Vega

Recuerdo el momento exacto en que descubrí esta palabra: alimañas. Automáticamente me resultó familiar. Pensé en mi abuelo. Pensé en el momento de su muerte. Recordé su insistencia: ¿Hay dinero para el funeral? Alimañas. Desde entonces me ha parecido algo normal preguntarse si hay dinero en algún lugar, algún sitio para el funeral propio. Por eso la incineración y que arrojen tus cenizas al suelo — o al viento, mi romanticismo es cero— me parece la decisión más equitativa: la muerte igual y si no sabemos eso a estas alturas de la vida, mal vamos. Mi abuelo temía que en su cartilla no existiese suficiente dinero para pagar la caja, el funeral y todo el ritual que él sí valoraba; en el pueblo la muerte sigue siendo algo importante, velar el cadáver, darle una muerte digna, un funeral, una misa, encender varias velas (incluso hacer misas por lo que no están o esa manía que nunca he soportado de “ofrecerte” en vida a tal y cual vírgenes o iglesias de difícil acceso donde siempre se te engancha el vestido cuando te acercas a la fuente donde se encuentra la virgen milagrosa a la que tu madre te ofrece una y otra vez sin escaso logro alguno y mucho menos milagros). La muerte allí, todavía es importante. Mi abuelo tan solo deseaba una caja. Aún vivo, deseaba una buena caja donde descansar, con su dinero. Pero él sabía que quizá las alimañas no le habrían dejado ni eso. Desde entonces (y quizá mucho antes) para mí, alimañas y la familia son términos sinónimos.

Qué cómo he llegado a esta conclusión, fácil. Reconozco este hecho atroz como algo normal cuando la gente se espanta cuando un soldado arranca el colgante y el anillo más valioso a su compañero muerto. No lo siento como algo ajeno cuando veo o leo algo sobre los ladrones de cadáveres arrancar joyas y valijas al que acaba de morir y mucho menos me resulta lejano arrancar los zapatos a alguien que todavía no está ni muerto pero va en camino. Es algo habitual en las alimañas. Las humanas. Insisto. En los animales existe cierto tipo de respeto ancestral y también de duelo. Nosotros hemos construido una hipocresía moral también a través de la muerte. Ha existido y existirá siempre. Es curioso cómo la gente se sorprende ante el comportamiento primitivo de los seres humanos. Ves algo brillante y lo coges, punto. O algo suculento y lo comes, como haría un cuervo con los ojos: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. De dónde creen ustedes que se han sacado de la manga este tipo de expresiones.

Mi abuelo finalmente murió en su cama. Su ojo ya con un glaucoma muy avanzado le había otorgado al final de su vida una mirada aún más incisiva, cuando te miraba veías a través de ese color blanquecino la mirada de un animal salvaje y su conocimiento íntimo del bosque, de todos los animales que había matado, de la guerra, de toda la humanidad, cruel, atroz, bella y única que habitaba en él, para mí esa mirada llegaba al continente africano del que tanto me había hablado (a veces en árabe). Años antes él mismo había llamado al hospital para comentarles que había sufrido un ictus que él mismo se había diagnosticado con total certeza. Él pudo morir en su cama, su cama de verdad, no algunas de las que habitamos y no consideramos nuestras, y eso me da cierta calma aunque sigo notando cierta tensión y cierta guerra que he canalizado a través de los años en mil batallas al recordar este hecho: ¿Tengo dinero suficiente para el funeral? Para mí esto lo define y definió todo. Crecí en ese instante. Y nadie va a venir ahora a decirme que el mundo es un lugar idílico sin dolor. La atrocidad es un caballo que cabalga entre nosotros cada día y nunca nos abandona. Y la atrocidad en múltiples ocasiones tiene nombre y está a la vera exacta de tu cama. Lazos de sangre, y tanto que de sangre.

Mi abuela murió en su cama. Se fue apagando decía. Se fue quedando quieta, inmóvil, pequeña, diminuta. Guardo sus canciones en mi memoria intacta: “Esta cobardía de mi amor por ella, hace que la vea igual que una estrella, tan lejos, tan lejos en la inmensidad que no espero nunca poderla alcanzar…” Me define, abuela, a veces la tarareo sin querer. Se murió tranquila sin conocer hospital ni médico alguno, en su cama, con la ventana por donde siempre entraba fresco y el árbol mecía sus hojas (justo bajo el árbol donde siempre les robaban el carro para la fiesta de San Juan), con su colcha: ¿Esta tela es buena? Era su obsesión, cogía tu ropa y comprobaba que la composición era buena o mala. El dictamen siempre era el correcto. Su conocimiento textil principalmente de ropa de cama podría haber sido objeto de tesis. Comía poco pero siempre te preguntaba cuando llevabas algo en la mano: ¿Es algo bueno, es carne? El hambre marca. Y allí se pasó hambre. Mi padre siempre dice tener buena dentadura por los limones que comió, mi madre recuerda cómo se les agrandaban los ojos al ver un huevo o un poco de leche, o cómo envidiaron a mi tía América cuando enfermó del hígado y podía comer cosas que las demás hermanas (muchas, muchos hijos siempre) no podían ni tocar. Cuando enfermó llamarón a lo más parecido a un médico del pueblo y le recetó cama durante meses, a tal punto que pasados éstos mi tía ya no quería salir, entonces lo llamaron de nuevo, llegó a casa a su lado y le dijo: ¡O sales de la cama o me meto contigo dentro! Creo que fue de lo más eficaz. Del tifus sobrevivieron todas, sin embargo América superó todo pero decidió arrojarse por un precipicio. Mi tía decía sentir las olas del mar durante mucho tiempo de noche en la cama. Mi madre soñaba que América la visitaba por la noche y le decía aún mojada, salada: ¡Ayúdame, ayúdame! Mi tío decidió acompañarla un año más tarde, pero su cuerpo nunca apareció. El faro, el precipicio, solo he vuelto una sola vez. Es prácticamente imposible asimilar que allí donde has jugado de niña con quienes más amado ellos han decidido terminar con todo. Pero esto bien merece capítulo aparte porque mi América era y es luz.

Curiosamente mi tía América, cuyo cadáver apareció mucho tiempo después, su cuerpo devorado por el mar y los peces, pudieron reconocerla por el anillo de casada. Mi abuelo decía que nunca deberían haberla casado porque estaba “de los nervios” al igual que mi abuela tenía “histerismo” (todas las mujeres de la familia marcadas por este diagnóstico supremo e intangible), sin embargo, curiosamente, no solo tuvo caja y funeral sino que conservó el anillo brillante que marcó el día más feliz de su vida, el día de su boda. He ahí la diferencia entre las alimañas humanas y los animales, el mar respetó su anillo de casada, su objeto más preciado. Yo me iré sin objeto brillante alguno por deseo propio y por aprendizaje sentimental. Y sin caja. Deseo. Ruego. En caso contrario me lo extirparan todo. Doy fe.

08/09/2025 0 comments
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Historias del occidente

LLUME

by Ana Vega 23/08/2025
written by Ana Vega

Mi abuelo siempre nos advirtió de los peligros del fuego, del agua y de las crecidas del río, de la tormenta y los rayos (cómo protegernos si nos cogía desprevenidos en el monte), pero sobre todo del fuego. Recuerdo que mi tío, mi tía y mis primos cuando había tormenta siempre se metían en el coche y esperaban a que pasara. Mi abuelo nos enseñó a contar y así podíamos saber la distancia y el tiempo del que disponíamos para librarlos de lo peor. La cocina de leña se atizaba siempre, invierno y verano, era donde se cocinaba, cada día, y donde se preparan las empanadas para la fiesta, se asaba la carne los domingos y donde mi abuelo echaba leña todas las noches mientras nos contaba historias y miraba de lado por la ventana el puente para ver el movimiento de la pesca nocturna (en teoría prohibida pero el pueblo siempre fue ciudad sin ley). La leña era importante, y evidentemente los árboles que había que talar. Recuerdo el olor del eucalipto, también ir a coger avellanas, manzanas, naranjas, después del comer no íbamos a la nevera nunca, salíamos a coger el postre fuera de casa. Recuerdo perfectamente el olor de las naranjas, agrias, fuertes, las naranjas más hermosas que he visto nunca y que probaré en toda mi vida. Años más tarde, menos mal que él no lo vio, llegó la venta de los montes,  la tala desmedida, la plantación de eucaliptos, el exterminio del monte por herencias, dinero, egoísmo humano y el paisaje cambió porque decidimos matarlo lentamente. Si un conejo podía encontrar el camino a casa cuando lo soltaban por sarna muchos pueblos más lejos, cómo lo encontraría ahora me preguntaba.

De niña, según mi madre, me pasaba el día quieta. “No da guerra ninguna” decía — supongo que la guerra la daría después— pero sin embargo mi hermano era un “el mismo demonio”.  Mi madre decía que me daba un molino de café y yo le daba vueltas y vueltas sin decir ni mu (algo que más tarde me han recordado muchas veces en el hospital: “no te mueves y no te quejas, nos preocupas”). Se ve que el escándalo es símbolo de vida y el sigilo cosa de muerte grave. Toda la familia recuerda sus travesuras (y sus caídas: en una ocasión su bicicleta lo arrojó de cabeza al riachuelo y allí quedó clavado según mi madre hasta que tirando y tirando de él lograron sacarlo, a modo fórceps, fue un extraño renacimiento en la cuneta), en otra ocasión como a mi abuela le daba por sacudir una y otra vez el mantel de la cocina se le ocurrió clavar con puntas cada esquina, a mi abuela la pobre casi le da algo, y llegó al máximo de su ingenio cuando decidió junto a mi prima colocar en la cama de mi abuelo una culebra de plástico. Qué hizo mi abuelo, pues echar todo tipo de juramentos por la boca (allí era muy habitual acordarse de todos los santos para bien y para mal) y coger la escopeta de caza y ponerse a disparar a las sábanas sin atender a razones. Ese era nuestro mundo.

Pero la travesura más grave fue la que tuvo que ver con el fuego. En el pajar se guardaba la hierba seca, mi sitio favorito porque las gatas solían esconderse allí para parir a sus crías y yo me pasaba horas con ellas mimándolas y alimentándolas con mi madre de fondo gritándome por traer más gatos al pueblo (mi abuela metía a los gatos pequeños en una bolsa o un saco y los tiraba al río, a veces con golpes otras sin ellos, pero era muy normal matarlos a palos, darles de comer alfileres o tirarles tiros); pues bien, mientras yo miraba que ninguna víbora me mordiese los pies mientras me tendía en la hierba seca (¿existe un olor más dulce?) a mi hermano se le ocurrió una no muy brillante idea aunque temeraria a nivel máximo.

Era verano, época de hierba seca, así que mi abuelo y toda mi familia se encontraban al otro lado del pueblo. Entonces mi abuelo cogió su sombrero y comenzó a mirar hacia nuestra casa, vio cómo el humo crecía y crecía, comenzó a gritar y a decir que mi hermano había prendido fuego al pajar que se iba a quemar el pueblo entero. Y sí, efectivamente, mi hermano tuvo a bien prender fuego en el pajar con lo cual montó un buen espectáculo. Por suerte llegaron a tiempo y la cosa no fue a más, pero mi abuelo lo contaba como la mayor tragedia de su vida (después de África y Alhucemas se ve que llegó mi hermano de improvisto). El fuego, cuidado con el fuego nos decía. Y aún hoy los que sigue en pie de aquella estirpe y de aquel legado nos insisten: apaga el enchufe, no dejes nada encendido, cuidado con las velas… Porque saben que el fuego devora todo, se come la tierra, acaba con la leña, los animales, tu casa y eso implica la devastación de una familia entera.

Tengo dos imágenes en mi memoria. Una, cuando comenzó el fuego lejos pero veíamos el humo, siempre estábamos atentas al cambio de viento, al monte, si giraba, entonces vimos un corzo pasar justo delante de nosotros y arrojarse al río, jamás lo olvidaré, el animal más hermoso que he visto en mi vida. Y la segunda imagen, cuando el fuego muchos años más tarde llegó a las casas, cómo intentábamos comunicarnos con el resto de las casas, cómo avanzaba como en las crecidas al segundo, cómo las llamas atravesaban las copas de los árboles y la imagen que nunca olvidaré, cuando llegué meses más tarde, y caminé por un bosque de ceniza, ese día se me rompió el corazón de árbol. Cuántos pedazos de corazón podemos llevar rotos y seguir viviendo…Ni un solo animal, ni el canto de un pájaro, nada y los árboles centenarios no milenarios aguantando el embiste de las llamas. Me pareció la imagen más triste del mundo y nosotros los seres más bajos del universo.

En mi tierra nos enseñaron a quitar las malas hierbas, a tener mucha precaución con las quemas, mirar siempre los índices de incendio, ver pastar las vacas, caballos y cabras, comprobar los marcos del monte, estar muy al tanto los días de calor, enseguida levantar la cabeza y pensar si realmente olía a humo o era el miedo. Así aprendimos lo que es el fuego. Pena que esa educación se haya perdido y nuestra conexión con nuestra hermana tierra.

Cuando mi abuelo nos visitaba siempre me decía, estos edificios no me gustan nada, no se respira nada (no bien, nada) y si hay un incendio acuérdate, las llamas suben hacia arriba así que tienes que atar así las cortinas arrojarlas por la ventana y bajar con mucho cuidado para que no se rompa, es mejor que te des un buen coscorrón a que te quemes viva. No lo olvides. Y jamás lo olvidaré.

23/08/2025 0 comments
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Historias del occidente

El puente del río

by Ana Vega 08/08/2025
written by Ana Vega

La figura de mi abuelo siempre me resultó fascinante, creo que he vivido más tiempo junto a él y sus historias que he vivido fuera de ese mundo; es un tiempo distinto, cuyo aprendizaje comprendí más tarde, mucho más tarde. Mi abuelo nos obligó a aprender de memoria nuestro primer poema y yo aprendí a contar historias escuchando las que me contaba:

LOS ÁRBOLES SON TESOROS

(por Honoria Pérez Marín)

 

Son los árboles tesoros

que en la tierra puso Dios,

grandes bienes para el hombre

que para él aseguró.

Tiene el aire por el árbol

saludable condición,

ecos dulces de las aves,

de las flores grato olor.

Dan los árboles la fruta,

dan madera, dan carbón,

la lluvia fecunda atraen,

las hojas tapan el sol.

Debe el niño bien criado

a los árboles amor,

defender los brotes nuevos

y evitar la destrucción

y así crecerán a un tiempo:

árbol, niño y los dos

serán útiles al mundo

y tendrán su bendición.

 Lo recuerdo como cántico, sigue en mi memoria intacto aunque apenas recuerde ya todos los versos. Curiosamente toda mi familia salta como un perro ante un silbato en cuanto escucha la palabra árbol y todos cual coro sagrado susurra: “tesoros que en la tierra puso Dios…” Mi abuelo marcó ahí la diferencia de su legado: los árboles como el elemento clave de nuestras vidas. Y así lo fue uno en especial, vínculo y parte fundamental de toda nuestra familia: “a naranxeira (naranjo)” que estaba situada justo frente su casa. Recuerdo el sabor exacto de sus naranjas, agrias pero deliciosas, recuerdo trepar por él, recuerdo los pájaros sobre sus ramas, recuerdo cada foto con el naranja de fondo y justo al lado un bidón que yo desde pequeña definí como “el bidón de petróleo” porque siempre me pareció un elemento horrible (intenté derribarlo varias veces pero un día me dijeron que bajo él se encontraba un nido de culebras y eso para mí era sagrado). De niña me rodeaba de todo tipo de insectos, anfibios, perros, gatos y si podía algún reptil, también (cuando estaba a punto de coger una culebra siempre había alguien que me paraba: “Ni se te ocurra”). Mi abuelo me enseñó la primera lección reptil: “Cuidado con las víboras, se quedan con tu cara y te perseguirán”. Convivíamos con ellas de modo natural con el nido frente a la casa. Por un lado estaban las víboras y por otro las culebras del río, pero lo que yo siempre deseé encontrar fue la culebra del camino de “Las tres Calles” que decían medía más de un metro —yo calificaba las serpientes marrones grandes como serpientes marrones grandes y punto— pero nunca logré verla.

Mi abuelo tenía un trabajo que mis ojos de niña veían como algo mágico: era el guardián del río. Cada día, a la misma hora, salíamos de casa a saltos, atravesábamos varias praderas y riachuelos con cuidado de no caernos entre las piedras ni mojarnos en los riachuelos hasta llegar al lugar más hermoso del mundo: la caseta del río. Había un puente lleno de moho que atravesaba el río, los árboles parecían arrojarse sobre el río y la caseta y acogernos al llegar entre sus ramas. Yo me detenía siempre cuando subía y al bajar, me sentaba en la escalera y escuchaba el río y los árboles, por el ruido del río sabíamos cómo iba la corriente, si había peligro de crecida o no, luego íbamos a la caseta y veíamos el gráfico —aunque yo estaba siempre más interesada en la araña negra más grande que he visto en mi vida y su tela de araña que duró yo creo que unos cien años—, apuntábamos lo que señalaba el gráfico y mirábamos con mi abuelo lo que marcaba el cauce con una especie de métrica que yo no reconocía pero sí sabía bien cuando había crecido. Luego volvíamos felices. Yo no comprendía bien por qué si era el guardián del río se cargaba a sus truchas y salmones. Sigo sin entenderlo.

En el pueblo había un miedo ancestral a las crecidas, mi madre nos contó cómo la más grande se llevó medio pueblo y la familia entera se escondió en la cocina. Se veían troncos, caballos, vacas, pasar, decía mi madre y el ruido era estruendoso. Cuando el agua lo había desbordado todo comenzó a bajar el agua por los montes por lo que el pueblo quedó atrapado. Por eso aprendí siempre a mirar a los lados, arriba y abajo y a estar muy atenta en todas partes. Vi en alguna ocasión crecer el río y cómo éste aumentaba en minutos, y el ruido, ese ruido ensordecedor del agua arrasando todo, llegando a la puerta de la casa… Mi abuelo siempre nos enseñó las lecciones más básicas de supervivencia. Cuando nos visitaba en la ciudad siempre nos decía: “¿Y si hay fuego por dónde bajáis? Acuérdate, trenza con las cortinas una cuerda y baja por la ventana”. También como chupar ciertas amapolas, cuál era el pan de las culebras, comer fresas salvajes y ciertas otras cosas inexplicables como que bañarse mucho era malo al igual que el tomate. Misterios. Mi abuelo aprendió a nadar cuando le cayó el sombrero mientras observaba un salmón en el “Pozo del Penedo”. No sabía nadar pero se arrojó al agua para cogerlo y comenzó a mover los pies como un perro hasta que lo cogió y salió a la superficie. Y así aprendió a nadar de paso. En mi familia solo él sabía nadar. También era el único que tocaba el acordeón porque toda la familia por parte de mi abuelo eran músicos (venimos de una familia de músicos ambulantes) y mi abuelo decía que no podía aguantar escuchar música sin que “se le levantasen las piernas del suelo”. Y juro por dios que se le levantaban siempre.

A mi abuela le gustaba más cantar. Se sentaba en las escaleras a pelar patatas y ver los tomates al sol y mientras tanto cantaba. Me llamaba siempre Belén. Recuerdo que nos arropaba de noche aunque fuese verano hasta el cuello, muy fuerte, mientras que mi abuelo atizaba el fuego de la cocina de leña, aunque fuese verano también. Antes de dormir nos sentábamos con él junto al fuego y nos contaba sus historias: la guerra, su experiencia en África, cómo se tiró de un camión en marcha para huir, los lugares en el monte donde se había escondido la gente…

De noche, a veces, escuchábamos cómo alguien le lanzaba piedras a la ventana. Corríamos a asomarnos a la ventana y veíamos cómo se hacían señales desde el río con una linterna: alguien había puesto una línea o avisaba de que había material para el guardián del río, para mi tío o para otros. Luego mi abuelo cogía la emisora. La ilegalidad era algo normal y evidente. Supongo que ahí comprendí por qué en este mundo se calificaba de listos precisamente a quien no se debía calificar de listo sino más bien de delincuente. La cosa se ve que no ha cambiado, más bien ha ido a peor.

La relación con el río era tan tremenda que era visitado por gente de todas partes. Yo no comprendía bien cómo podía aparecer en mi pueblo de la nada un coche negro de gente rica que venían a ver mi abuelo. Mucho más tarde me enteré de que mi abuelo pescaba para personas conocidas de la ciudad que no pescaban pero que luego lucían los triunfos del río de mi abuelo. No me gustaba esa gente. Y sigue sin gustarme.

Prefería a sus extraños amigos. El que venía pero apenas oía nada con un rudimentario aparato en la oreja con una especie de sonidos e interferencias que yo siempre atribuí a cuestiones alienígenas, el que bajaba de noche desde otro pueblo y nos contaba si había visto lobos o zorros al bajar y jugaba a las cartas o al parchís hasta las tantas, tantos amigos de los  que aprender tantas cosas… Al final, lo importante de las cosas, sin más. Realmente no solo era el guardián del río sino también de los árboles y de un mundo que ahora veo ha desaparecido por completo.

Recuerdo que un día salió a la puerta, miró al cielo y me dijo: “Se fundió la atmósfera”. Creo que estaba definiendo el futuro de la humanidad.

08/08/2025 0 comments
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Historias del occidente

SARNA. Una historia de Ana Vega

by Ana Vega 26/07/2025
written by Ana Vega

Mi tío vivía cerca del río. La casa tenía unas escaleras desde donde podías ver las jaulas de los perros de caza, los coches abandonados y destartalados, las furgonetas que ya no utilizaba para vender el pescado. Y el viejo jeep verde. Recuerdo el olor a pescado muerto. Truchas y salmones en la bañera, en la cocina. Todos los días. Cada día.

Mi abuelo fue un cazador y pescador muy conocido en la comarca. Siempre tengo en mente su foto con el gran lobo muerto: había sido el único capaz de matar al lobo que devoraba al ganado en el pueblo. Pero mi abuelo tenía la sabiduría del campo. Mi tío tan solo había heredado el legado de maldad y violencia de toda la estirpe familiar. Era «listo», como decían.

Volvamos a su casa. Desde las escaleras podías ver la casa de enfrente. Allí vivía una anciana, familia de mi tía, su mujer. Llevaba un pañuelo blanco siempre sobre su pelo enmarañado. Decían que no hablaba pero juro que yo la escuché quejarse y gemir y alzar la voz cuando él le arrojaba la comida desde la escalera al suelo. Sí, cuando llegaba la hora de comer ella se acercaba junto a los perros y los gatos y él le tiraba la comida en el suelo, le daba la vuelta al cuenco y caía en la tierra, entre los perros, la basura. Y juro que ella alzaba la voz. A todos les parecía normal e incluso se reían. Nunca he compartido sentido del humor alguno con ningún miembro de mi familia.

Los gatos tenían sarna y tiña. También los perros. Aprendí muy rápido esas dos palabras: tiña y sarna. Mi madre cuando reposaba en cama de otra de mis eternas dolencias de niña me trajo un pájaro recién nacido. A ella eso también le pareció normal. Yo creí que simplemente deseaba ver la sarna en mis manos. Pero cogí la tiña, no la sarna. Una especie de medallones entre violeta, rojo y negro llenaron mi cuerpo. Tuve suerte, no me tocó la cabeza —allá donde te toca no te crece el pelo más, decían— pero sí las piernas y los brazos. De la sarna me libré aunque siempre anduve cerca de la tuberculosis, una enfermedad que me lleva rozando toda la vida. Supongo que es la enfermedad más adecuada por carácter y escritura. «Viene por las cartas» decía mi tío medio sacerdote, medio cartero. El médico del pueblo simplemente te preguntaba por la vacas.

Cuando estaba más delgada, mi tío —el pescadero— solía gritarme: «Mete piedras en los bolsos que te va a llevar el aire a San Juan». En San Juan se encontraba el cementerio y nuestros familiares muertos. Aún hoy a veces siento cierta sensación de culpa al recordar mi respuesta: «Probablemente vayas tú antes». Mi tío se llamaba Ángel. Era el favorito de mi abuela. Las mujeres de mi familia siempre han tenido un hijo favorito y han detestado profundamente a sus hijas. Mi abuela perseguía a mi madre con unas tijeras para matarla. También era normal. Decían que una bruja la había hechizado (una mujer rubia que había vivido en una casa cercana) nadie pensó que los golpes recibidos por mi abuelo y las infidelidades (infidelidad, digo, en aquellos tiempos…) tenía sentido. Mi madre también es así, odia a la hija, adora al hijo. No nos soportan. Más aún si hemos decidido rebelarnos contra el legado familiar. Es un modo de ser. Nos dan vida pero desean vernos muertas.

Por eso de pequeña siempre estaba con los animales, los gatos, las lagartijas, los perros, los caballos (ay, los caballos…), las vacas, los conejos, los árboles y las flores, entendían mi lenguaje, no había violencia allí. Caminaban siempre a mi lado, me acompañaban a hacer ondas al río donde veía saltar los salmones que luego mi familia abría en canal. Era digna de odio evidentemente. Y me gustaba bailar. No comprendo porque nadie no me clavó un anzuelo y me metió en la bañera junto al resto de peces. De todos modos lo siguen intentando.

Sin embargo imaginaba, he ahí mi gran poder, crecí feliz escuchando las historias de mi abuelo sobre «la encantada» que se peina con su peine de oro y soñando con llegar a ver la culebra del puente de la Curbeira y que cual dragón me llevase lejos.

Pese a todo. Hay tantas historias y aprendizaje en todo lo que viví en esa infancia atrozmente bella que me dispongo a contarlo por vez primera. Quizá no pueda, quizá sí.

26/07/2025 0 comments
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