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Category:

Literatura

Literatura

La Tribuna y la promesa de la revolución

by Emain Juliana 27/02/2026
written by Emain Juliana

Cuando Emilia Pardo Bazán publica La Tribuna en 1883, decide situar la acción en los años que rodean la Revolución de 1868 porque en ese momento histórico se extendió la idea de que la política podía transformar la vida de la gente común. Antes de que el levantamiento obligara a abandonar el trono a Isabel II, el país llevaba tiempo atravesando un desgaste político que había erosionado la confianza en el sistema constitucional, cuyo funcionamiento dependía de una alternancia pactada entre facciones que manipulaban los procesos electorales y restringían la participación a quienes cumplían determinados requisitos económicos.

A medida que avanzaba la década de 1860, el descontento político se unió a una crisis económica que afectó con fuerza a las ciudades y que dejó claro que el sistema no ofrecía seguridad ni estabilidad para buena parte de la población. En ese contexto comenzó a organizarse una oposición que reunía a grupos distintos pero que coincidía en una idea básica: el régimen estaba agotado y era necesario iniciar un proceso que ampliara la representación política. El Pacto de Ostende fue el paso decisivo para coordinar esa estrategia y preparó el levantamiento de septiembre de 1868, que muchos interpretaron como la oportunidad real de cambiar el rumbo del país.

La Constitución de 1869 estableció el sufragio universal masculino y reconoció libertades que ampliaron el debate público. Por primera vez, muchos hombres que habían quedado fuera del sistema podían participar formalmente en la vida política. Las mujeres, en cambio, seguían excluidas del voto, pero la revolución extendió la idea de que el cambio era posible, aunque el poder siguiera concentrado en los mismos espacios de siempre.

Pero ¿de qué va La Tribuna?

«En una ciudad portuaria del norte de España, Amparo, joven cigarrera de carácter vehemente y gran facilidad de palabra, se convierte en líder espontánea de sus compañeras de fábrica en los años convulsos que preceden a la Primera República. Su fe apasionada en la igualdad, la justicia social y la República federal crece al mismo tiempo que su relación con Baltasar Sobrado, un burgués que la desea pero no está dispuesto a reconocerla como igual. Cuando Amparo queda embarazada y es abandonada, la distancia entre los ideales revolucionarios y la realidad social se vuelve irreparable. Emilia Pardo Bazán construye una novela lúcida y amarga sobre clase, género y poder, donde la proclamación de la República no supone la redención personal ni colectiva, sino un nuevo escenario para viejas injusticias».

En ciudades como A Coruña, donde la Fábrica de Tabacos reunía a muchas mujeres con salario propio, la prensa empezó a tener un papel real en la vida diaria. Los periódicos circulaban y se leían en grupo, de modo que el trabajo se convertía también en un espacio de debate político. Cuando Amparo lee en voz alta y explica las noticias a sus compañeras, extiende idea de que la política podía dar acceso a un mundo que antes parecía reservado a otros. En ese momento histórico se expande la creencia de que el cambio político podía influir también en la vida personal, especialmente en la de las trabajadoras y la novela recoge esa idea con confianza.

Después del derrocamiento de Isabel II y durante el periodo en el que gobernó Amadeo I de Saboya, junto con la experiencia republicana, quedó claro que cambiar la forma del Estado no modificaba por sí mismo las desigualdades sociales. El debate era más amplio y la prensa tenía más libertad, pero las mujeres seguían apartadas de las decisiones políticas y las diferencias entre clases seguían limitando las oportunidades reales. En ese contexto se entiende el conflicto de La Tribuna, donde la confianza plena en la revolución convive con una realidad que limita las posibilidades reales de la protagonista.

El contexto político no es un simple escenario. Es la razón por la que Amparo cree que su destino puede cambiar. Sin ese clima de apertura y de confianza en la revolución, no se entendería ni su implicación política ni la experiencia que atraviesa cuando descubre que el poder sigue estando donde siempre ha estado.

27/02/2026 0 comments
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Literatura

Historia de la censura en la literatura española

by Uve Magazine 25/02/2026
written by Uve Magazine

La historia de la censura en la literatura española no es un episodio aislado, sino una constante que atraviesa siglos y regímenes distintos, ya que el control sobre los libros ha sido una forma de regular el pensamiento, la moral y la disidencia política. Cada época ha tenido sus mecanismos y sus justificaciones, aunque el objetivo de fondo ha sido similar: limitar la circulación de ideas consideradas peligrosas.

Edad Media y primeros controles

En la Edad Media tardía, antes incluso de la consolidación de la imprenta, el control sobre manuscritos religiosos era habitual cuando existía sospecha de desviación doctrinal. Las autoridades eclesiásticas vigilaban traducciones bíblicas no autorizadas y textos espirituales que pudieran dar lugar a interpretaciones consideradas heterodoxas. El problema no era solo el contenido, sino quién lo leía y cómo lo interpretaba. La Inquisición vigilaba manuscritos e impresos, y el Índice de libros prohibidos, conocido como Index Librorum Prohibitorum, recogía obras que no debían leerse porque cuestionaban dogmas religiosos o autoridad política. Autores humanistas y textos científicos podían ser señalados si se apartaban de la ortodoxia. La publicación requería licencias previas, lo que convertía la imprenta en un espacio supervisado.

Entre los autores afectados estuvieron textos de Erasmus of Rotterdam, cuyas ideas humanistas generaron desconfianza, y obras de pensamiento reformista que se consideraban peligrosas para la ortodoxia católica. También se vigilaban traducciones de la Biblia al castellano cuando no contaban con licencia eclesiástica, porque se temía que fomentaran lecturas autónomas alejadas del control clerical.

La censura no solo prohibía, también expurgaba. Un libro podía circular con fragmentos tachados o modificados. Este fue el caso de Lazarillo de Tormes, obra anónima del siglo XVI que, por su tono satírico y su crítica implícita a determinadas prácticas religiosas, fue incluida en el índice y obligada a circular en versiones recortadas. El texto sobrevivió, aunque alterado.

Autores del Renacimiento y del primer teatro moderno también fueron objeto de vigilancia. Obras de Bartolomé Torres Naharro y de Gil Vicente fueron observadas con atención, y determinados pasajes podían ser señalados por su tratamiento de lo religioso o lo moral. La imprenta se convirtió en un espacio supervisado donde publicar requería licencias previas.

En los siglos XVII y XVIII, aunque el control continuó, comenzaron a circular ideas ilustradas que tensionaban el sistema. La censura no desapareció, pero se volvió más compleja, ya que el Estado intentaba equilibrar modernización y control ideológico. Con el avance del liberalismo en el siglo XIX, la situación osciló según los cambios de régimen. Periodos de mayor libertad de imprenta se alternaron con etapas de restricción, especialmente cuando la estabilidad política se veía amenazada.

Siglo XX: censura franquista y control sistemático

El siglo XX marcó uno de los momentos más duros en materia de censura literaria. Tras la Guerra Civil, el régimen franquista instauró un sistema de censura previa que afectó a novelas, ensayos, teatro y poesía. Ningún libro podía publicarse sin pasar por un proceso de revisión en el que se evaluaban aspectos políticos, morales y religiosos. Autores como Camilo José Cela, Ana María Matute o Carmen Laforet vieron cómo sus textos eran corregidos, recortados o retrasados en su publicación. En algunos casos, los escritores optaron por la autocensura, modificando pasajes para evitar la prohibición.

Además de la censura directa, existió el exilio, que dejó fuera del circuito editorial español a figuras como Max Aub o Francisco Ayala, cuyas obras tardaron en circular con normalidad dentro del país. La literatura que abordaba temas como la memoria de la guerra, la represión o la crítica al régimen encontraba obstáculos constantes, lo que condicionó el desarrollo de varias generaciones de escritores.

Un caso especialmente significativo es el de Carmen de Burgos, cuya obra fue retirada y silenciada tras la instauración del franquismo. No se trató de la prohibición de un título aislado, sino de la marginación sistemática de su producción completa, que defendía reformas educativas y derechos civiles. Durante décadas su nombre quedó prácticamente fuera del canon oficial.

El régimen también limitó la circulación de autores extranjeros considerados ideológicamente peligrosos. Obras de George Orwell o Jean-Paul Sartre encontraron obstáculos para publicarse sin cortes, lo que muestra que la censura pretendía controlar tanto la producción interna como la influencia exterior.

Democracia y nuevas tensiones

Con la Constitución de 1978 desapareció la censura previa institucionalizada. Sin embargo, el debate sobre los límites de la expresión continúa en otros términos. Controversias en torno a lecturas escolares o a libros considerados ofensivos muestran que la tensión entre libertad y regulación no ha desaparecido, aunque ya no exista un aparato estatal que revise manuscritos antes de su publicación.

25/02/2026 0 comments
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LiteraturaPensamientoPersonajes

Jane Austen y el arte de escribir cartas

by Uve Magazine 09/02/2026
written by Uve Magazine

Durante siglos, escribir una carta no fue solo una forma de comunicarse, sino una manera de pensar en voz alta, de ordenar emociones y de construir relaciones a través del tiempo. La obra y la vida de Jane Austen permiten entender hasta qué punto la correspondencia fue un espacio creativo y social que hoy resulta difícil de imaginar, en un contexto europeo donde el correo tradicional ha comenzado a desaparecer de forma progresiva.

Museo de la Casa de Jane Austen en Chawton

Jane Austen escribió cientos de cartas a lo largo de su vida, muchas de ellas dirigidas a su hermana Cassandra, con quien mantuvo una relación intelectual y emocional constante. Estas cartas no eran simples intercambios informativos. En ellas Austen reflexionaba sobre la vida social, describía a las personas de su entorno con una ironía que después aparecería en sus novelas y registraba detalles domésticos que, lejos de ser triviales, funcionaban como observatorio del comportamiento social. La correspondencia era, en cierto modo, un espacio de ensayo literario y también un territorio de libertad donde podía expresar opiniones con mayor espontaneidad que en sus textos publicados.

En el mundo en el que vivió Austen, la carta tenía un valor temporal que hoy resulta casi extraño. Escribir implicaba aceptar la espera. La distancia entre el momento de redactar y el momento de recibir obligaba a formular pensamientos más elaborados, a describir situaciones con mayor detalle y a confiar en la memoria y en la palabra escrita como herramientas para sostener vínculos personales. Muchas de las escenas sociales que aparecen en sus novelas reflejan esa importancia de la correspondencia, ya que los malentendidos, las confesiones o los cambios de relación suelen llegar a través de cartas que alteran el rumbo de la historia.

La cultura epistolar formaba parte esencial de la vida social en la Inglaterra de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. La carta permitía mantener contacto entre familiares, negociar matrimonios, transmitir noticias económicas y preservar amistades a larga distancia. En ese contexto, escribir bien no era solo una habilidad literaria, sino una competencia social. Austen dominaba esa forma de escritura con una naturalidad que revela hasta qué punto la carta era un género cotidiano.

Carta de Jane Austen, Godmersham, a Cassandra Austen, del 20 al 22 de junio de 1808: manuscrito autógrafo firmado.

Sin embargo, dos siglos después, Europa vive un momento de transformación radical en este ámbito. En los últimos años, el descenso del correo postal ha sido constante y está ampliamente documentado. La Comisión Europea, al evaluar la evolución del sector postal, señala que el volumen de cartas en los países miembros ha disminuido una media aproximada del 4,9 % anual desde 2008, una caída que se considera estructural y que afecta directamente a la viabilidad del servicio universal de correo. A esta tendencia se suma el análisis del International Post Corporation, que estima que el volumen del correo tradicional en Europa se ha reducido cerca de un 30 % en los últimos seis años, con previsiones de que continúe descendiendo mientras los operadores postales concentran sus esfuerzos en la paquetería y los servicios logísticos vinculados al comercio electrónico.

El caso de Dinamarca se ha convertido en uno de los ejemplos más representativos de este cambio. El operador postal PostNord anunció que el país dejó de repartir cartas de forma regular a finales de 2025, tras registrar una caída superior al 90 % en el volumen de correspondencia desde el año 2000. Este descenso está directamente relacionado con la digitalización de la comunicación institucional y administrativa, que ha sustituido progresivamente el intercambio de cartas físicas por plataformas electrónicas obligatorias para gran parte de la población. La tendencia no es exclusiva de ese país. Informes regulatorios europeos muestran que el descenso del correo se repite en prácticamente todos los estados miembros, con reducciones sostenidas durante la última década, como ocurre en Alemania, donde el volumen de cartas direccionadas cayó alrededor de un 30 % entre 2014 y 2022.

Este cambio no solo afecta a una infraestructura logística, sino también a una forma concreta de relacionarse con el lenguaje y con el tiempo. La comunicación digital favorece la inmediatez, pero también reduce el espacio para la elaboración narrativa que caracterizaba la correspondencia tradicional. Las cartas exigían describir contextos y reconstruir conversaciones y acontecimientos que habían ocurrido días o semanas antes. Ese ejercicio implicaba una observación detenida de la realidad y una conciencia muy clara del interlocutor.

Leer hoy las cartas de Jane Austen, al igual que la de muchas otras autoras, permite comprender de la comunicación tradicional. En ellas se alternan comentarios domésticos, retratos sociales, referencias literarias y observaciones personales que, juntas, construyen una imagen realista de su mundo. La autora no separaba la escritura creativa de la escritura privada. Ambas formaban parte del mismo proceso de atención hacia las personas y hacia los pequeños gestos cotidianos.

La desaparición progresiva del correo postal plantea una pregunta cultural más amplia: qué ocurre cuando desaparecen los formatos que obligaban a escribir con lentitud y con una intención más reflexiva. La correspondencia no solo transmitía información, también conservaba memoria. Las cartas podían releerse, archivarse y circular entre generaciones, convirtiéndose en documentos históricos y literarios que hoy permiten reconstruir la vida de autores como Austen con una precisión difícil de encontrar en otras fuentes.

La figura de Jane Austen, observada desde su correspondencia, recuerda que la escritura no siempre nació con vocación pública. Muchas veces surgía de la necesidad de mantener una conversación privada que, con el paso del tiempo, terminaba adquiriendo valor cultural. En una época dominada por la comunicación instantánea, volver a esas cartas no implica nostalgia tecnológica, sino la posibilidad de repensar la relación entre escritura, memoria y tiempo compartido.

09/02/2026 0 comments
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Literatura

Seis libros para abandonar el refugio invernal

by Emain Juliana 08/02/2026
written by Emain Juliana

Febrero suele ser el primer punto de arranque dentro del calendario editorial, porque, una vez que el ritmo del inicio de año comienza a asentarse y las novedades empiezan a encontrar su espacio en librerías y mesas de recomendación, aparece ese momento en el que los catálogos vuelven a ponerse en marcha y los lectores recuperan la curiosidad por descubrir nuevas lecturas. Es un mes en el que el sector empieza a mostrar las primeras apuestas del año, aquellas que marcan el tono de lo que vendrá en los meses siguientes y que permiten volver a establecer ese diálogo constante entre editoriales, librerías y público.

Las seis propuestas que reunimos aquí forman parte de ese primer impulso, de esa forma de comenzar el año apostando por historias y enfoques distintos que invitan a retomar el hábito lector tras las semanas más pausadas del invierno.

FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA


Los vigías, de Taina Tervonen,
Errata Naturae.

Es un libro breve y muy preciso que se sitúa en el cruce entre el periodismo y la narración literaria, y que pone el foco en quienes vigilan el mar para salvar vidas ignoradas por los discursos oficiales.
ISBN 979-13-87597-09-2, 168 páginas,
encuadernación rústica, precio 19,50 €.

RELATOS

Después de eternidad, de Maxim Ósipov,
Libros del Asteroide.

Reúne relatos que parten de situaciones cotidianas para construir un retrato moral de la Rusia contemporánea, donde la compasión y la ironía conviven con una mirada sobria sobre la historia reciente.
ISBN 978-84-10178-83-0, 296 páginas,
encuadernación rústica, precio 22,95 €.

RELATOS DE FICCIÓN

La soledad del corredor de fondo, de Alan Sillitoe,
Impedimenta.

Sigue siendo una lectura muy vigente porque aborda, sin dramatismos innecesarios, la dignidad individual, la rabia social y la elección personal frente a un sistema que ya ha decidido por sus protagonistas.
ISBN 979-13-87641-49-8, 248 páginas,
encuadernación rústica, 15,95 €.

NOVELA SOCIAL

La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán,
Uve Books.

Una de las novelas más imprescindibles y menos complacientes del siglo XIX español, donde la lucha obrera, la conciencia política y el cuerpo femenino se cruzan en el contexto de las fábricas de tabaco de A Coruña.
ISBN 979-13-990946-3-3, 288 páginas,
encuadernación rústica, 23,90 €.

RELATO LARGO

Una historia desagradable, de Fiódor Dostoievski,
Nórdica Libros.

Es un relato breve y tremendamente afilado sobre el paternalismo, la hipocresía moral y los límites de la bondad entendida como gesto social, que demuestra hasta qué punto Dostoievki sigue siendo incómodo y actual.
ISBN 979-13-87922-52-8, 96 páginas,
encuadernación rústica, 17,50 €.

CRÓNICA LITERARIA

La aguja dorada, de Montserrat Roig,
Consonni.

Es un texto inclasificable que combina reportaje, diario y reflexión personal para pensar la memoria, el silencio y la resistencia humana a partir de un viaje a Leningrado, escrito con una cercanía que evita cualquier gesto grandilocuente. ISBN 978-84-19490-73-5, 272 páginas,
encuadernación rústica, 22,90 €.

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LiteraturaNoticiasPensamiento

La crisis silenciosa de librerías y editoriales en España

by Emain Juliana 27/01/2026
written by Emain Juliana

El anuncio del cierre de Tipos Infames, previsto para febrero de 2026 tras quince años de actividad continuada en el barrio madrileño de Malasaña, ha actuado como un detonante que ha ido mucho más allá de la conmoción provocada por la desaparición de una librería emblemática, abriendo un debate de fondo que el sector del libro llevaba tiempo posponiendo y que ahora irrumpe con fuerza en el espacio público. No se trata únicamente de la pérdida de un enclave cultural concreto, ni siquiera de un proyecto especialmente querido por lectores, autores, editoriales y la mayoritaria cadena del libro, sino de la constatación de que un modelo de librería, consolidado, reconocido, con programación constante y con una comunidad fiel, puede dejar de ser viable sin que medie una caída abrupta del interés por la lectura ni una pérdida evidente de relevancia cultural.

La paradoja resulta difícil de ignorar si se atiende a los datos más recientes sobre hábitos de lectura y compra de libros en España, que dibujan un escenario aparentemente favorable. La población lectora crece, la lectura por ocio se mantiene como práctica habitual en una parte significativa de la ciudadanía, la compra de libros no de texto continúa al alza y las librerías físicas siguen siendo, pese a todos los cambios tecnológicos, el principal canal de adquisición. A ello se suma una producción editorial elevada y una facturación que ha superado los niveles previos a la crisis de 2008, lo que podría llevar a pensar que el sector atraviesa un momento de estabilidad. Sin embargo, esta fotografía macroeconómica, que resulta tranquilizadora en los informes y en los titulares, convive con una realidad mucho más tensa cuando se observa el funcionamiento cotidiano de la cadena del libro, especialmente en el ámbito de las editoriales y librerías independientes.

La contradicción es, en ese sentido, estructural. Se lee más, se publican más títulos y, sin embargo, los espacios que sostienen la circulación cultural del libro cierran o sobreviven en un equilibrio cada vez más precario. El caso de Tipos Infames no responde a una falta de público ni a una desconexión con su entorno, sino a una acumulación de factores que afectan de manera especialmente intensa a los proyectos culturales de proximidad, comenzando por la presión inmobiliaria. El encarecimiento sostenido de los alquileres en los centros urbanos, unido a procesos de gentrificación y turistificación que transforman radicalmente el tejido social de los barrios, ha convertido a muchas librerías en actividades difícilmente compatibles con la lógica del mercado inmobiliario actual. Para un proyecto cuya viabilidad depende de la recurrencia del lector habitual, del tiempo lento y de la construcción de comunidad, la sustitución del vecindario por un flujo constante de consumo rápido supone una erosión progresiva que no siempre se percibe de inmediato, pero que termina por hacer inviable la continuidad.

A esta transformación del entorno urbano se suma una cuestión menos visible, pero decisiva para entender la fragilidad del sector: la estructura económica real del libro. El reparto del precio de venta, cuando se analiza con detalle, explica por qué el margen de maniobra es tan reducido para quienes editan y venden. Aproximadamente un 55 % del precio de un libro se destina a cubrir el circuito de distribución y librería, a lo que hay que añadir un 4 % de IVA que sale directamente del precio final. El porcentaje restante, en torno al 41 %, debe sostener todo lo demás: el autor, que suele percibir un 10 %, y, cuando los hay, ilustradores, correctores, diseñadores y lectores editoriales, además del trabajo del editor, los costes de impresión y encuadernación, la promoción, la prensa, el marketing, los envíos, la asistencia a ferias y la gestión administrativa que permite que ese libro llegue a existir y a circular.

HÁBITOS DE LECTURA Y COMPRA DE LIBROS EN ESPAÑA 2025

Este reparto convierte al libro en un producto cultural sometido a un equilibrio extremadamente delicado, en el que cada título supone una inversión significativa que solo se amortiza a medio o largo plazo, si es que llega a hacerlo, y en el que cualquier desviación, una subida de los costes de impresión, una devolución elevada, una campaña de ventas que no funciona como se esperaba, puede desajustar por completo el balance anual de una editorial pequeña. A diferencia de otros sectores, el libro no permite recortes sin consecuencias profundas, porque eliminar la corrección, el diseño o el trabajo editorial no genera eficiencia, sino empobrecimiento del texto, del objeto y, en última instancia, de la experiencia de lectura. Todo está ajustado al límite, y ese límite se toca con demasiada frecuencia.

En este contexto ya de por sí estrecho, existen además costes fijos que no dependen del número de libros vendidos ni del éxito de un título concreto, pero que pesan de manera constante en la contabilidad de las editoriales. Entre ellos, las cuotas gremiales. Los editores agremiados deben asumir pagos periódicos que se suma a una estructura de gastos fija e ineludible. La pertenencia a los gremios proporciona representación institucional, acceso a determinados servicios y participación en marcos de negociación colectiva, pero supone también una carga añadida para proyectos que ya operan con márgenes mínimos y sin capacidad real de acumulación, de modo que la profesionalización, lejos de garantizar estabilidad, se convierte a menudo en una fuente adicional de presión.

El resultado de esta suma de factores es un modelo basado en la resistencia permanente. Se publica, se vende, se cobra y, en muchos casos, ese ingreso se destina de inmediato a cubrir compromisos previos, sin que llegue a consolidarse una base económica que permita crecer, invertir o simplemente amortiguar los golpes. Mientras tanto, los hábitos de consumo cultural continúan transformándose, y aunque las librerías siguen siendo el principal canal de compra, el peso creciente de la venta online y de las grandes cadenas introduce una competencia desigual que beneficia a los grupos editoriales con redes de distribución propias y capacidad de visibilidad, y deja en situación de vulnerabilidad a quienes trabajan desde la escala pequeña y el catálogo cuidado.

En este escenario, las políticas públicas parecen avanzar con dificultad, oscilando entre el reconocimiento simbólico del valor cultural de las librerías y la incapacidad para abordar los factores estructurales que condicionan su supervivencia, como el acceso a locales en condiciones asumibles o la protección efectiva del comercio cultural frente a dinámicas puramente especulativas. El cierre de Tipos Infames, leído desde esta perspectiva, deja de ser una excepción para convertirse en un síntoma que obliga a replantear de manera honesta qué lugar ocupa el libro en las ciudades y qué tipo de ecosistema cultural se está dispuesto a sostener.

Pensar el futuro de las editoriales y las librerías en España exige, por tanto, ir más allá de los indicadores optimistas y atender a la realidad material del trabajo cultural, que no existe en abstracto ni se sostiene únicamente con buenas cifras. El libro necesita espacios, tiempo, profesionales y una red de relaciones que no puede improvisarse ni sustituirse por algoritmos. Cada librería que cierra no es solo un negocio que desaparece, sino un lugar menos donde la lectura se convierte en experiencia compartida, y cuando esos lugares se pierden, lo que se erosiona no es solo la economía del libro, sino la vida cultural misma de las ciudades.

27/01/2026 0 comments
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Literatura

¿Qué leía la clase trabajadora del siglo XIX?

by Valeria Cruz 25/01/2026
written by Valeria Cruz

 Durante el siglo XIX los textos circulaban de manera irregular y casi siempre en formatos económicos: periódicos, cuadernillos, hojas sueltas o novelas publicadas por partes. La lectura se producía cuando había tiempo y cuando el material estaba disponible, sin planificación ni acumulación. Los textos pasaban de mano en mano, se retomaban tras días o semanas sin que eso supusiera una pérdida de sentido.

El folletín se ajustaba bien a esta forma de lectura. Permitía seguir una historia sin necesidad de comprar un libro completo ni de dedicarle largos periodos de atención continuada. El relato avanzaba poco a poco y se integraba en la rutina, de manera que los personajes y los conflictos se volvían familiares por repetición más que por intensidad. La continuidad no dependía del recuerdo exacto, sino del reconocimiento.

Los contenidos solían girar en torno a situaciones sociales concretas: trabajo, deudas, jerarquías, conflictos familiares, movilidad limitada. No se trataba de temas elegidos por su valor simbólico, sino de escenarios muy habituales y que resultaban comprensibles para quienes leían. La ficción ordenaba esos elementos en una secuencia narrativa, con un desarrollo y un desenlace que la experiencia cotidiana no siempre ofrecía.

Además de la ficción por entregas, una parte importante de la lectura obrera estuvo formada por textos breves y de uso inmediato. Los periódicos baratos ofrecían noticias locales, sucesos, avisos y comentarios que no requerían continuidad, y que podían leerse de manera aislada sin perder información relevante. Este tipo de lectura tenía un valor práctico evidente: permitía estar al tanto de cambios en el entorno, de conflictos laborales, de decisiones administrativas o de hechos extraordinarios que alteraban la vida cotidiana. La lectura informativa no sustituía a la ficción, sino que convivía con ella en los mismos soportes.

Las lecturas que circulaban entre la clase trabajadora no exigían una interpretación compleja ni una atención especial al estilo. El interés estaba en la acción, en el desarrollo de los acontecimientos, pero sobre todo en la repetición de esquemas reconocibles. Personajes sometidos a decisiones externas, problemas de dinero que no se resuelven, relaciones familiares marcadas por la presión cotidiana, personajes que apenas se mueven del lugar asignado y finales que restablecían cierto orden, aparecían con frecuencia porque respondían a una expectativa clara del lector. La historia debía avanzar y ofrecer una resolución, aunque fuera provisional, que permitiera cerrar la narración.

En muchos casos, la lectura no era una actividad silenciosa ni individual. Los textos se compartían, se leían en voz alta y se comentaban después, de modo que la experiencia no dependía exclusivamente del acto de leer, sino también de la escucha y de la conversación. Esto ampliaba el alcance de los escritos y permitía que personas con distintos niveles de alfabetización participaran en el mismo espacio cultural. La lectura funcionaba así como un elemento de cohesión más que como una práctica privada.

La novela realista fue incorporándose de manera gradual a estos hábitos, sobre todo cuando abordaba escenarios urbanos y conflictos sociales reconocibles. No se leía con la intención de extraer una tesis ni de analizar el estilo, sino como una prolongación de otras lecturas ya existentes. La frontera entre literatura “popular” y literatura “prestigiosa” no estaba claramente definida para estos lectores, que se movían entre distintos tipos de historias sin jerarquizarlos de forma explícita.

Las mujeres trabajadoras tuvieron un acceso particular a la lectura, condicionado por el tiempo disponible y por los espacios en los que podían leer. Los relatos sentimentales y las novelas centradas en relaciones familiares, en los vínculos de pareja, en la maternidad, en los conflictos entre generaciones… circularon con facilidad por la proximidad de los temas que trataban. Estos textos no ofrecían ejemplos a seguir, sino que ayudaban a entender situaciones conocidas.

En las últimas décadas del siglo, comenzaron a circular con mayor intensidad escritos vinculados a organizaciones obreras, asociaciones y sindicatos. Panfletos, periódicos ideológicos y escritos de divulgación política se incorporaron a los hábitos de lectura existentes, sin sustituirlos. La lectura política no desplazó a la ficción ni a la prensa general, sino que se añadió a un repertorio ya amplio, aportando vocabulario y conceptos que permitían interpretar la experiencia laboral de forma más articulada.

Ilustración de un artículo sobre Boffin’s Bower, Frank Leslie’s Illustrated Newspaper, 26 de junio de 1875.

Entre los autores y autoras más leídos por la clase trabajadora del siglo XIX se encontraban quienes publicaban de forma seriada y abordaban conflictos sociales reconocibles, ya que sus textos circulaban con facilidad y se adaptaban bien a los formatos disponibles. En Inglaterra, Charles Dickens alcanzó una difusión amplia gracias a novelas publicadas por entregas que seguían el ritmo de la vida urbana y del trabajo industrial. En Francia, Eugène Sue tuvo un impacto notable entre lectores populares al situar sus historias en barrios y entornos identificables, mientras que, unas décadas después, Émile Zola fue leído por su tratamiento directo del trabajo, la miseria y las condiciones materiales de la vida obrera. En España, autores como Benito Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán circularon más allá de los círculos burgueses cuando sus novelas abordaban la ciudad, el empleo, la familia o las tensiones sociales sin idealización, integrándose en un ecosistema de lecturas donde el interés no residía en el prestigio del nombre, sino en la capacidad del texto para sostener la atención y ofrecer una narración comprensible y continuada.

Lo que caracteriza la lectura de la clase trabajadora en el siglo XIX no es un corpus cerrado de obras, sino una forma de uso del texto. Se leía por partes y, en muchos casos, en compañía. Los materiales circulaban y se perdían, pero lo leído permanecía en la forma de expresarse y de interpretar situaciones concretas. La atención no se fijaba en el autor ni en la obra completa, sino en pasajes o ideas que se recordaban y reaparecían más adelante en otros momentos.

Este modo de leer influyó directamente en la forma que adoptaron muchas narraciones del periodo.

25/01/2026 0 comments
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AgendaLiteraturaNoticias

Cartel de la Feria del Libro de Madrid 2026

by Clara Belmonte 15/01/2026
written by Clara Belmonte

Miguel Pang será el autor del cartel de la Feria del Libro de Madrid de 2026, una edición que, coincidiendo con su 85.º aniversario, ha decidido tomar el humor como hilo conductor y que se celebrará entre el 29 de mayo y el 14 de junio en el Parque de El Retiro. La imagen oficial, que se presentará a comienzos de abril, marcará el primer gesto visible de una Feria que quiere repensarse desde un tono menos solemne y más atento al placer de leer.

Para Pang, ilustrador afincado en Barcelona y con una trayectoria ampliamente reconocida dentro y fuera de España, el encargo no se plantea como un simple ejercicio gráfico, sino como una búsqueda concreta: dar con una imagen que no imponga, que no abrume, pero que conserve una densidad emocional suficiente como para generar una sonrisa sincera. La dificultad, explica, no está en hacer algo llamativo, sino en construir una imagen que respire, que acompañe al visitante mientras camina entre casetas y árboles, y que no pierda de vista a quienes sostienen la Feria desde hace décadas: los lectores.

Esa atención a quien mira y lee es clave en una edición que quiere situar el humor no como un adorno, sino como una forma de relación con los libros. El cartel, en ese sentido, aspira a funcionar como un gesto de bienvenida, casi como una celebración discreta de la literatura entendida como espacio compartido, más que como escaparate.

La directora de la Feria, Eva Orúe, ha señalado que la elección de Pang responde tanto a la solidez de su imaginario visual como a su capacidad para narrar sin palabras. Sus ilustraciones, explica, están habitadas por criaturas que parecen surgir de un lugar profundamente imaginativo, con una lógica propia, y que invitan a detenerse, a mirar con atención, a buscar siempre una figura más extraña o más inesperada. Esa forma de poblar el papel, que en ocasiones recuerda a una actualización contemporánea del bestiario de El Bosco, encaja con una Feria que quiere estar atravesada por el humor sin renunciar a la complejidad.

Orúe subraya, además, la relación natural de Pang con los libros y su sensibilidad para entender lo que esta edición necesita transmitir: afecto por la lectura, conexión con El Retiro y una atmósfera amable que huya de la grandilocuencia. De ahí su convicción de que el resultado estará a la altura del reto.

Nacido de madre camboyana y padre chino, Miguel Pang ha desarrollado un lenguaje gráfico propio en el que el color, la narración visual y la creación de personajes funcionan como ejes constantes. A su trabajo como ilustrador suma una intensa labor docente y de difusión del oficio. En 2020 fundó, junto a Iratxe López de Munáin, Fosforito, galería y escuela de ilustración en Barcelona, y ha sido invitado como profesor y ponente en instituciones, festivales y ferias de distintos países, desde Corea del Sur hasta Estados Unidos.

Su obra ha aparecido en medios internacionales y ha sido publicada por editoriales de referencia en el ámbito del álbum ilustrado. A lo largo de los años, su trayectoria ha sido reconocida con numerosos premios, entre ellos la Medalla de Oro de la Society of Illustrators de Nueva York, así como selecciones y menciones en certámenes clave del sector.

Con este anuncio, la Feria del Libro de Madrid inicia el recorrido hacia una edición que reunirá, una vez más, a autores, editoriales, librerías, distribuidoras y público general, pero que lo hará bajo un signo distinto: el del humor entendido como una manera de acercarse a los libros sin solemnidad innecesaria y con la voluntad clara de disfrutar del acto de leer.

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Literatura

Las novelas que hicieron temblar a la moral del siglo XIX

by Uve Magazine 14/01/2026
written by Uve Magazine

En 1857 una novela fue llevada ante los tribunales franceses acusada de atentar contra la moral pública, no porque describiera actos especialmente escandalosos ni porque buscara provocar desde el exceso, sino porque se permitía algo mucho más incómodo para su tiempo: conceder centralidad narrativa al malestar de una mujer casada sin convertirlo en advertencia ni en ejemplo correctivo. Madame Bovary, escrita por Gustave Flaubert, se enfrentó a la justicia porque no ofrecía al lector una lectura guiada, porque no señalaba con claridad dónde debía situarse el juicio moral, y porque al hacerlo trasladaba una responsabilidad que entonces resultaba peligrosa, la de pensar sin tutela.

La acusación no se sostenía tanto en lo que la novela contaba como en la forma en que lo hacía, mediante una prosa que observaba con precisión y una distancia calculada que evitaba cualquier gesto de absolución o condena explícita, dejando al personaje existir en su contradicción sin someterlo a un castigo narrativo que calmara conciencias. En una sociedad donde la literatura seguía cumpliendo una función pedagógica, esa negativa a ordenar el sentido era interpretada como una amenaza, ya que permitía que el lector se aproximara a la experiencia de Emma Bovary sin un marco moral que neutralizara su incomodidad.

Resulta revelador que el escándalo no procediera de la transgresión en sí misma, sino del modo en que esta era presentada, porque el deseo femenino había sido representado antes, aunque casi siempre bajo formas que lo reducían a desvío, patología o falta corregible. Flaubert no hacía ninguna de esas cosas, y al negarse a justificar o a explicar en exceso lo que ocurría en la mente de su protagonista, abría un espacio de ambigüedad que ponía en cuestión el reparto habitual de roles, tanto en la ficción como fuera de ella.

Ese mismo malestar volvería a manifestarse años después en la recepción de El retrato de Dorian Gray, cuando Oscar Wilde fue acusado de promover una sensibilidad peligrosa, no tanto por lo que la novela mostraba de forma explícita como por lo que dejaba deliberadamente sin cerrar, al sugerir que el placer, la belleza o la corrupción podían existir sin una sanción inmediata que restableciera el orden moral. En ambos casos, lo que se cuestionaba no era la moral dominante en sí misma, sino el derecho de la literatura a no reafirmarla de manera directa.

Leídas hoy, estas obras parecen haber perdido su capacidad de escándalo, en parte porque el contexto ha cambiado y en parte porque han sido absorbidas por una categoría que las protege, la de los clásicos, donde el texto se vuelve respetable y, en cierto modo, inofensivo. La familiaridad, la repetición académica y la lectura obligatoria han contribuido a suavizar su impacto, convirtiendo lo que fue una perturbación en un objeto cultural estable, al que rara vez se accede desde la experiencia personal.

Sin embargo, esa pérdida de incomodidad no implica que los conflictos que planteaban hayan desaparecido, sino que hemos aprendido a leerlos con una distancia que reduce su alcance. La censura ya no adopta la forma de un proceso judicial, pero sigue operando de maneras más difusas, a través de la saturación de discursos, de la aceleración constante y de una economía de la atención que penaliza cualquier texto que no se deje consumir con rapidez o que exija una implicación sostenida.

Volver a Madame Bovary sin la reverencia automática que suele acompañarla permite recuperar algo de su filo original, no porque la novela contenga una provocación explícita, sino porque insiste en mostrar una experiencia real sin domesticarla, sin ofrecer consuelo ni redención clara. Quizá por eso sigue resultando más incómoda de lo que estamos dispuestos a admitir, no tanto por lo que cuenta como por la forma en que obliga a leer, sin apoyos, sin atajos y sin una moral prefabricada que nos libere de la responsabilidad de entender.

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Literatura

La desaparición de las bibliotecas

by Uve Magazine 01/01/2026
written by Uve Magazine

Las bibliotecas rara vez desaparecen de golpe, suele suceder a través de una acumulación de daños, decisiones erróneas, abandonos y violencias que, con el tiempo, las vacían de contenido o las hacen desaparecer. Cuando una biblioteca se pierde, no solo se esfuman los libros que contenía, ni siquiera un fondo valioso de manuscritos o ediciones singulares: se pierde una manera concreta de organizar el saber y la relación entre textos, lenguas, épocas y lectores, algo que no puede reconstruirse una vez roto.

A lo largo de la historia, las bibliotecas han sido tratadas tanto como tesoros a proteger como amenazas a neutralizar. Allí donde el saber ha sido percibido como una herramienta de poder, de pensamiento crítico o de continuidad cultural, también ha sido visto como algo peligroso. Por eso, las grandes pérdidas bibliográficas no responden únicamente a accidentes o catástrofes naturales, sino que suelen estar vinculadas a conflictos políticos, religiosos o ideológicos, así como a procesos más lentos y silenciosos de negligencia, saqueo o desmantelamiento.

El caso de la Biblioteca de Alejandría sigue siendo un símbolo precisamente porque encarna una pérdida imposible de medir. Fue un proyecto cultural sostenido durante siglos, cuyo objetivo era reunir, traducir y conservar el conocimiento del mundo conocido. Su desaparición no se produjo en un solo incendio ni puede atribuirse a un único culpable, sino al resultado de guerras, cambios de poder, abandono institucional y destrucciones parciales que, acumuladas, hicieron inviable su continuidad. Lo verdaderamente inquietante no es solo lo que se perdió, sino que nunca sabremos exactamente qué contenía, qué ideas quedaron truncadas ni qué líneas de pensamiento desaparecieron sin dejar rastro.

Mucho menos presente en el imaginario occidental, pero igualmente devastadora, fue la destrucción de la biblioteca de Nalanda, uno de los mayores centros de conocimiento del mundo antiguo, situado en la actual India. Durante siglos, Nalanda albergó miles de manuscritos dedicados a disciplinas como la medicina, la astronomía, las matemáticas, la lógica o la filosofía, y funcionó como un espacio de intercambio intelectual internacional. Fue incendiada en el siglo XII durante una invasión, las fuentes hablan de un fuego que ardió durante meses, alimentado por la enorme cantidad de manuscritos acumulados. No se trató de una pérdida colateral, sino de una acción deliberada, basada en la convicción de que ese saber debía desaparecer porque representaba una visión incompatible con el nuevo poder.

Algo similar ocurrió en Bagdad con la Casa de la Sabiduría, un centro intelectual que durante siglos había sido clave para la traducción, conservación y desarrollo del pensamiento científico y filosófico. Allí se tradujeron textos griegos, persas e indios, que produjeron avances fundamentales en campos como la medicina o las matemáticas. La invasión mongola de 1258 destruyó la ciudad y arrasó con ese archivo acumulado durante generaciones. La imagen, repetida hasta el exceso, de los libros arrojados al río Tigris hasta teñir sus aguas de negro por la tinta, sigue siendo un recordatorio de que el progreso intelectual no garantiza protección cuando el poder político cambia de manos.

La caída de Constantinopla en 1453 supuso otro tipo de pérdida, menos concentrada pero igualmente profunda. Durante siglos, la ciudad había acumulado manuscritos bizantinos que conectaban directamente con la tradición clásica. Tras su caída, parte de ese material se dispersó por Europa, influyendo en el Renacimiento, pero otra parte se perdió, se destruyó o quedó abandonada. En este caso, la desaparición no se produjo solo por la violencia inmediata, sino por la fragmentación: bibliotecas enteras fueron saqueadas, vendidas o desmembradas, y al perder su unidad también perdieron su sentido cultural original.

En tiempos más recientes, la destrucción de la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina, en Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes, mostró hasta qué punto las bibliotecas siguen siendo objetivos simbólicos. El edificio ardió durante días tras ser bombardeado, y las imágenes de personas intentando salvar libros entre las llamas recorrieron el mundo. No se trataba de un archivo antiguo y polvoriento, sino de una institución viva, que contenía manuscritos, periódicos y documentos que daban cuenta de la historia multicultural del país. Su destrucción no fue accidental: borrar la memoria compartida era parte del conflicto.

Sin embargo, no todas las bibliotecas desaparecen entre llamas visibles. Muchas se pierden de forma silenciosa, a través de procesos de saqueo sistemático que acompañaron a la expansión colonial europea. Manuscritos africanos, americanos y asiáticos fueron extraídos de sus contextos originales y trasladados a archivos extranjeros, donde sobrevivieron como piezas aisladas, separadas de las comunidades que los habían producido. En estos casos, los libros no desaparecen físicamente, pero la biblioteca, entendida como unidad cultural, sí lo hace. Se conserva el objeto, pero se pierde el sistema de conocimiento al que pertenecía.

A esta forma de pérdida se suma otra, aún más difícil de señalar: la negligencia. Bibliotecas enteras se han deteriorado por falta de recursos, por edificios inadecuados, por humedad, insectos o incendios evitables. La idea de que el conocimiento es algo estable, siempre disponible, ha provocado que durante siglos se subestime la necesidad de cuidarlo. Los libros, como cualquier otro objeto material, necesitan mantenimiento, inversión y atención constante. Sin ello, incluso las colecciones más valiosas se desmoronan sin dejar huella y no solo se pierden textos, se pierden anotaciones marginales, traducciones únicas, versiones no canónicas, errores que permitían comprender cómo se pensaba en otra época. Se pierde la relación entre los libros, el modo en que dialogaban entre sí, el contexto que daba sentido a su convivencia en un mismo espacio. Cada biblioteca es, en el fondo, un mapa mental colectivo, y cuando ese mapa se destruye, el campo de lo pensable se reduce.

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ArteLiteraturaMúsica

Cómo se construye hoy la visibilidad cultural

by Clara Belmonte 31/12/2025
written by Clara Belmonte

(sin vivir esclavo de las redes ni convertir tu proyecto en un meme)

El mito de «si no publicas, no existes»

En algún momento alguien decidió que la cultura tenía que comportarse como una cuenta de Instagram con ansiedad, y desde entonces muchos proyectos culturales viven atrapados en una especie de carrera sin meta clara: publicar por no desaparecer, subir algo aunque no haya nada que decir, estar “activos” aunque por dentro estén agotados. El problema es que esa lógica, que quizá funciona para otros ámbitos, en cultura suele generar el efecto contrario: mucha presencia y muy poca huella.

Porque estar no es lo mismo que importar. Puedes aparecer todos los días en un feed y, aun así, no ocupar ningún lugar reconocible. Nadie sabe muy bien qué haces, por qué lo haces o por qué debería volver a leerte dentro de una semana. La visibilidad que de verdad sirve no es la que dura veinticuatro horas, sino la que hace que alguien piense en ti cuando busca algo concreto, cuando recomienda un medio, cuando quiere entender mejor un tema cultural.

Y eso, aunque suene menos espectacular, no se construye a base de insistencia, sino de sentido. De tener claro qué tipo de proyecto eres y de no intentar gustar a todo el mundo todo el tiempo.

Lo que sí hace que la cultura circule (aunque no se note al principio)

Aquí viene la parte menos glamurosa, pero más efectiva. La cultura circula mejor cuando tiene lugares donde quedarse. Una web bien cuidada, por ejemplo, sigue siendo una de las mejores herramientas para cualquier proyecto cultural, no porque esté de moda, sino porque permite algo muy básico: que el contenido no desaparezca. Un buen artículo, una entrevista interesante o una guía bien pensada pueden seguir leyéndose meses después, algo que ningún post efímero consigue.

También importa mucho el tipo de contenido que se publica. No todo tiene que ser profundo ni todo tiene que ser ligero, pero sí conviene que lo que se escriba tenga una razón para existir. Los textos que mejor funcionan suelen ser los que explican cosas sin tratar al lector como si fuera tonto, los que ponen contexto donde antes había ruido y los que asumen que la cultura no es solo opinión, sino también información, conexiones y preguntas compartidas.

Aquí entra otro elemento clave del que se habla poco: la regularidad sin locura. No hace falta publicar todos los días para ser relevante, pero sí mantener un ritmo que haga que el proyecto no parezca intermitente. En ese sentido, la newsletter —sí, esa cosa que muchos dan por muerta— sigue siendo uno de los canales más agradecidos. No compite por atención inmediata, no depende de algoritmos y permite construir una relación más tranquila con quien realmente quiere leerte. Un correo semanal bien hecho suele valer más que diez publicaciones perdidas.

Y luego están las colaboraciones, que siguen siendo una de las formas más naturales de crecer sin hacer ruido innecesario. Cruzar proyectos, compartir espacios, invitar a otras voces o participar en medios afines no solo amplía el alcance, sino que refuerza algo que en cultura es fundamental: el criterio. Cuando te recomiendan porque encajas, no porque has pagado por aparecer, la visibilidad pesa más.

Las redes: ni salvación ni condena, solo una herramienta más

Conviene decirlo sin dramatismos: las redes no son el problema. El problema es pensar que tienen que sostenerlo todo. Cuando un proyecto cultural depende exclusivamente de ellas, acaba adaptando su forma, su ritmo y, a veces, su contenido a lo que mejor funciona en pantalla, aunque eso no tenga mucho que ver con lo que quiere contar.

Usadas con un poco de cabeza, las redes cumplen bastante bien su función: señalar contenidos que ya existen, recordar artículos que siguen siendo relevantes, anunciar actividades o simplemente mantener una presencia mínima. Funcionan mejor cuando apuntan hacia algo más sólido —una web, un archivo, una newsletter— que cuando se convierten en el único lugar donde pasa todo.

La clave está en no confundir visibilidad con agotamiento. No hace falta estar en todas las plataformas, ni seguir todas las tendencias, ni convertir cada idea en contenido. Elegir dónde estar y cómo estar también es una forma de posicionarse. Y, curiosamente, suele generar más respeto que la presencia constante sin dirección clara.

Al final, construir visibilidad cultural hoy tiene menos que ver con hacer más cosas y más con hacerlas mejor. Con aceptar que el crecimiento es lento, que no todo impacto se mide en números y que la relevancia cultural rara vez coincide con lo viral. La buena noticia es que eso libera: permite trabajar con más calma, cuidar el contenido y construir proyectos que no dependan de estar siempre gritando para que alguien los vea.

Y quizá ahí esté la verdadera visibilidad: en que, cuando alguien piensa en cultura, piense también en ti.

31/12/2025 0 comments
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