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Category:

Cine

Cine

Robert Redford. El último eco del cine clásico

by Beatriz Menéndez Alonso 17/09/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

La reciente muerte de Robert Redford, a los 89 años, marca el adiós de un gigante del cine, un hombre cuyo nombre está entrelazado con algunas de las películas más representativas de la historia del cine estadounidense. Más que un actor, Redford fue un creador, un hombre que no solo encarnó los ideales del cine clásico, sino que también entendió que el cine puede ser una forma de contar historias complejas con imágenes que resuenan con la misma profundidad que las mejores novelas. Sin embargo, mientras su legado como actor es incuestionable, su influencia como director y creador de espacios para el cine independiente, como el Festival de Sundance, ha sido aún más profunda.

Cartel de The sting, 1973

Cuando Redford fundó el Sundance Institute en 1981, no solo estaba creando un espacio para cineastas independientes, sino abriendo una puerta para aquellos cuya voz no encontraba eco en el sistema hollywoodense. Con el Festival de Sundance, Redford se propuso, en cierto modo, lo mismo que había buscado como actor en sus primeros años: libertad para contar historias que no necesariamente encajaran en los moldes tradicionales. De hecho, Sundance se convirtió, y sigue siendo, un refugio para el cine más arriesgado, innovador, que no teme desafiar las convenciones.

Su creación fue un acto profundamente personal para Redford, quien, como director y productor, ya había sentido las restricciones de los grandes estudios y la presión de un cine más comercial. Redford, cuya carrera despegó gracias a títulos como The Sting (1973), The Great Gatsby (1974), Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969) comprendía el poder de la narrativa auténtica. Por ello, su deseo era crear un espacio en el que se pudiera explorar la complejidad de las historias sin la necesidad de complacer al gran público.

El impacto de Sundance fue inmediato. El festival ayudó a poner en el mapa películas que hoy son consideradas de culto o clásicos contemporáneos, y que difícilmente habrían tenido la oportunidad de ser vistas en los cines comerciales. The Blair Witch Project (1999), que se estrenó en Sundance y rápidamente se convirtió en un fenómeno cultural, es solo uno de los muchos ejemplos de cómo este espacio rompió con las normas y permitió que ideas innovadoras florecieran.

A lo largo de los años se ha convertido en el trampolín para muchas de las películas más importantes de la última década. Obras que no solo han sido aclamadas por la crítica, sino que también han marcado un antes y un después en la forma de entender el cine.

The grat Gatsby, 1975

MarcadAlgunas de estas películas destacan por su audacia, su enfoque único y, en muchos casos, por el tratamiento de temas complejos y profundos.

Little Miss Sunshine (2006), una película dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris, se presentó en Sundance antes de convertirse en un éxito tanto de crítica como comercial. A través de la historia de una familia disfuncional que viaja a un concurso de belleza infantil, la película aborda con ternura y humor temas como el fracaso, la autoaceptación y el amor incondicional.

Otro ejemplo notable es Whiplash (2014), dirigida por Damien Chazelle, que se estrenó en Sundance antes de obtener múltiples premios, incluidos varios Oscar.

Más recientemente, películas como The Farewell (2019) de Lulu Wang, que también tuvo su estreno en Sundance, han continuado con la tradición de llevar historias profundamente personales y culturales al gran público. Esta película, que explora la relación entre una nieta y su abuela en un contexto chino-estadounidense, es una muestra clara del tipo de historias que el festival ha fomentado: universales, pero profundamente específicas en su contexto.

Estas películas son solo algunas de las muchas que han pasado por el festival, pero todas comparten un hilo común: su capacidad para romper barreras y explorar aspectos de la vida humana de una manera que solo el cine independiente puede lograr. Y todo ello, en última instancia, es posible gracias a la visión de Robert Redford, quien entendió desde el principio que el cine no solo es un medio para contar historias, sino también una herramienta para reflexionar sobre el mundo en que vivimos.

 Fue un visionario en este sentido. No solo abrió las puertas del cine independiente, sino que también desafió la idea de lo que significa ser un cineasta en un mundo en el que la industria de Hollywood, por entonces, parecía monopolizar la narrativa visual.

Redford fue un hombre de silenciosa intensidad. Con una personalidad que parecía coincidir perfectamente con la imagen de sus papeles más memorables, mantenía una mezcla de suavidad y dureza que podía desarmar a quienes lo conocían. Con esa presencia que encarnaba los ideales de la masculinidad clásica, tenía también una curiosa capacidad para mostrar vulnerabilidad y duda, una característica que lo hacía aún más cercano al público.

En su vida personal, sin embargo, fue bastante reservado. Marcado por el sufrimiento tras la muerte prematura de su hijo, Redford mantuvo una sensación constante de pérdida. Quizá eso explique la profunda melancolía que a menudo destilaban sus papeles en pantalla.

No obstante, la tragedia de su vida personal también se reflejaba en su afán por buscar en el cine una forma de redención, tanto personal como colectiva.

En su faceta como director, su mirada al cine fue siempre sutil y observadora, más cercana a la narrativa de los grandes novelistas que a los guiones de acción típicos. Es conocido que a menudo prefería historias menos grandilocuentes, más basadas en los pequeños dramas humanos, aquellos que transcurren en los márgenes de la sociedad. Redford entendió desde el principio que el cine, como la literatura, tiene el poder de captar la complejidad de la experiencia humana en sus formas más puras y menos artificiales.

Aunque su rostro fue el de un galán de Hollywood, su corazón latía por la narrativa más profunda y por esa magia de capturar el alma de los libros en imágenes.

Out of Africa, 1985

Su trabajo en Out of Africa (1985), es el ejemplo perfecto de cómo Redford interpretó la esencia de una obra literaria sin caer en el melodrama. En el rol del cazador Denys Finch Hatton, Redford no solo interpretaba a un hombre encantador y ambiguo, sino que personificaba los dilemas y pasiones de la obra Memorias de África de Karen Blixen, transformando la novela en una evocación cinematográfica de las tensiones entre lo personal y lo épico, entre el amor y la libertad. Este tipo de adaptación literaria, donde la sutileza de los personajes se entrelaza con la magnitud del paisaje africano, es el tipo de trabajo que más satisfizo a Redford, quien entendía que el cine no solo debe contar una historia, sino también expresar las emociones y la complejidad de los personajes con una delicadeza literaria.

Una de las escenas más emblemáticas, que se ha quedado grabada en la memoria de todos, es aquella en la que Denys Finch Hatton (interpretado por Robert Redford) le lava el cabello a Karen Blixen (Meryl Streep). Es una escena de una calidez rara en el cine, donde el amor se representa sin adornos, sin grandilocuencia, pero con una profundidad que solo una mirada tan serena como la de Redford podría transmitir. Es ahí, en la simple acción de lavar el cabello de la mujer que ama, donde el personaje de Denys se convierte en un reflejo de la vastedad emocional de África: impredecible, apasionada y a veces tan efímera como el agua que se desliza entre sus dedos.

Por otro lado, su interpretación de Jay Gatsby en The Great Gatsby (1974) también destaca como un ejemplo de lo que significa “traducir” un libro a la gran pantalla sin perder la riqueza de su contenido. En esta adaptación dirigida por Jack Clayton, Redford no fue simplemente un rostro atractivo; fue un Gatsby despojado de la pompa, pero lleno de una melancolía que hizo eco de las profundas capas de la novela de F. Scott Fitzgerald. Su interpretación no era una mera representación superficial del personaje, sino una exploración de su aislamiento existencial, de la carga del sueño americano.

De alguna forma, aunque no sea la adaptación más fiel ni la más apreciada por todos, captura la esencia del personaje: un hombre profundamente humano, lleno de aspiraciones, pero también de fallos y de frustraciones. El Gatsby de Redford sigue siendo, para muchos, la interpretación más entrañable de este icono literario, porque su vulnerabilidad está tan presente como su magnetismo, creando una figura trágica cuya vida está marcada por el intento de reconstruir una ilusión.

Pero si hay un momento en el que la poesía de su cine se despliega con una intensidad sublime, ese es A River Runs Through It (1992). Redford, quien también fue el director de esta adaptación de la novela de Norman Maclean, entendió que el cine no solo era imagen y sonido, sino un espacio donde las palabras perduraban, invisibles, en el susurro de un río que nunca cesa de fluir. Aquí, la historia de dos hermanos, cuya relación con su padre y el paisaje de Montana se entrelazan a través de la pesca con mosca, se convierte en una meditación sobre la vida, la muerte y la fragilidad de los vínculos humanos.

 No solo dirige la película, él esculpe el espacio donde la poesía se convierte en imagen. Cada plano es una metáfora de la naturaleza misma del tiempo que avanza, de la familia que se quiebra, de la memoria que se escapa, como el agua de un río.

La muerte de Robert Redford nos deja una herencia que trasciende el celuloide. Su verdadera huella, la que perdurará por generaciones, es la de un hombre que entendió que el cine es mucho más que entretenimiento; es una herramienta para transformar, para cuestionar y para dar espacio a las voces que de otro modo quedarían silenciadas. A través de su trabajo en Sundance y su enfoque sobre el cine independiente, Redford cambió la industria del cine para siempre. Su compromiso con las historias genuinas y su apoyo a los cineastas emergentes son su mayor legado, un legado que sigue vivo cada vez que una nueva película independiente se estrena, que toca temas universales desde perspectivas frescas y audaces.

17/09/2025 0 comments
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Cine

El cine español de luto

by Uve Magazine 28/08/2025
written by Uve Magazine

El cine español ha perdido en apenas unos días a dos intérpretes clave de generaciones distintas. El 24 de agosto falleció Verónica Echegui, a los 42 años, y el 27 lo hizo Eusebio Poncela, a los 79.

Echegui irrumpió en 2006 con Yo soy la Juani, de Bigas Luna, y rápidamente se consolidó como una de las actrices más versátiles de su tiempo. A lo largo de casi dos décadas trabajó con directoras como Icíar Bollaín (Katmandú), Gracia Querejeta (7 mesas de billar francés) o Isabel Coixet (Nadie quiere la noche), y sumó varias nominaciones a los premios Goya. Su interés por dirigir se plasmó en el corto Tótem Loba, galardonado con el Goya en 2022. Su muerte ha provocado un fuerte impacto en el sector, que la veía ya como una figura con proyección internacional y con un futuro sólido detrás de las cámaras.

Tres días después, el cine se despedía de Eusebio Poncela. Actor fundamental de la transición cultural, su rostro quedó asociado a películas que marcaron época, como Arrebato, de Iván Zulueta, y La ley del deseo, de Pedro Almodóvar. A lo largo de su carrera combinó cine, teatro y televisión, siempre con papeles que desafiaban los límites convencionales de la interpretación. Su nombre es inseparable de una etapa en la que el cine español se abrió a nuevas formas de narrar y a una libertad creativa inédita hasta entonces.

La muerte casi simultánea de Echegui y Poncela ha sido recibida con homenajes de la Academia de Cine, compañeros de profesión y representantes políticos. Más allá de la tristeza compartida, el contraste entre ambos trayectos subraya la magnitud de la pérdida: una actriz en pleno desarrollo creativo y un actor que ayudó a transformar la historia de nuestro cine.

28/08/2025 0 comments
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AgendaCine

Lugares reales que inspiraron películas

by Uve Magazine 13/07/2025
written by Uve Magazine

Hay películas que nos marcan por sus historias o por sus personajes inolvidables. Pero, a veces, lo que permanece grabado en nuestra memoria son sus escenarios: paisajes sobrecogedores, ciudades mágicas o parajes exóticos que parecen sacados de un sueño… y que, sorprendentemente, existen de verdad.

Viajar siguiendo las huellas del cine es una de las experiencias más emocionantes que puede vivir un amante de las películas. No solo porque pisas el mismo suelo que tus personajes favoritos, sino porque, de algún modo, entras en la historia, formas parte de la película. Aquí tienes diez destinos de película donde realidad y ficción se dan la mano… y que, si tienes ocasión, deberías visitar al menos una vez en la vida.

1. Matamata, Nueva Zelanda – Hobbiton (El Señor de los Anillos y El Hobbit)

En el corazón de la Isla Norte neozelandesa, a apenas dos horas de Auckland, se encuentra Matamata, una tranquila zona de colinas verdes y pastos infinitos. Para muchos, sería simplemente un bonito rincón rural… si no fuera porque Peter Jackson decidió convertirlo en Hobbiton, el pueblo de Bilbo y Frodo Bolsón.

Hoy, Hobbiton es uno de los sets cinematográficos más visitados del mundo. Pasear por sus senderos es como entrar en la Comarca: las casitas hobbit con sus puertas redondas, diminutos jardines, bancos de madera y pequeños utensilios cotidianos parecen habitados todavía. La visita incluye rincones célebres como la casa de Bilbo, la emblemática puerta verde, el Puente de Piedra o el Green Dragon Inn, donde puedes probar cervezas especialmente elaboradas para el lugar.

Curiosamente, el set original se desmontó tras El Señor de los Anillos, pero se reconstruyó con materiales permanentes para el rodaje de El Hobbit, y desde entonces se mantiene abierto como atracción turística. El nivel de detalle es tan minucioso que incluso las verduras en los huertos son reales y se cultivan durante todo el año para mantener la ilusión de un lugar habitado.

2. Skellig Michael, Irlanda – Star Wars

Frente a las costas del condado de Kerry, en Irlanda, emerge Skellig Michael, una isla escarpada y dramática que parece flotar en mitad del Atlántico. Esta roca, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se convirtió en el exilio de Luke Skywalker en Star Wars: El Despertar de la Fuerza y Los Últimos Jedi.

La isla es famosa por su monasterio del siglo VI, un conjunto de celdas de piedra y escalones vertiginosos que serpentean la ladera. Llegar a la cima es toda una aventura: más de 600 escalones de roca tallados a mano, expuestos al viento y a las olas. Las vistas recompensan cada esfuerzo, con el océano extendiéndose infinito en todas direcciones.

Las visitas a Skellig Michael son muy limitadas. Solo operan en verano, dependen del buen clima y están sujetas a cupo para proteger tanto a los visitantes como a la fauna local, especialmente las colonias de frailecillos. Aun así, muchos fans de Star Wars se embarcan en la travesía para vivir su momento jedi en uno de los lugares más místicos de Irlanda.

3. Petra, Jordania – Indiana Jones y La última cruzada

En el sur de Jordania, oculta tras un estrecho desfiladero llamado el Siq, se alza de pronto una gigantesca fachada de piedra rosa: Al Khazneh, o “El Tesoro”. Este edificio es uno de los símbolos de Petra, la antigua ciudad nabatea que asombra al mundo desde hace siglos.

En Indiana Jones y la Última Cruzada, Al Khazneh se convirtió en la entrada al templo que custodia el Santo Grial. Aunque en la película parece que el interior esconde interminables pasillos y trampas mortales, la realidad es diferente: la cámara interior de El Tesoro es pequeña y poco profunda. El resto de escenas se rodaron en estudios.

Sin embargo, recorrer Petra sigue siendo como adentrarse en una película de aventuras. Las fachadas esculpidas, los enormes cañones de roca y las tumbas talladas crean un escenario sobrecogedor. Petra no es solo un monumento, sino toda una ciudad troglodita, con templos, teatros y calles excavadas en la roca. No sorprende que la UNESCO la haya catalogado como Patrimonio de la Humanidad y que figure entre las Siete Maravillas del Mundo Moderno.

4. Salzburg, Austria – Sonrisas y lágrimas

Pocos lugares tienen una asociación tan fuerte con un musical como Salzburg con The Sound of Music (Sonrisas y Lágrimas). Aunque en su momento la película fue recibida con cierto escepticismo en Austria, con el paso de los años se ha convertido en un símbolo turístico y cultural.

En la ciudad y sus alrededores se encuentran decenas de localizaciones del rodaje. Los jardines de Mirabell, donde Julie Andrews canta “Do-Re-Mi”, el Monasterio Nonnberg, donde vivía María, o el Palacio Leopoldskron, que en el film es la mansión de los von Trapp. También puedes recorrer praderas abiertas con vistas a los Alpes, exactamente donde María gira con los brazos abiertos en la célebre escena inicial.

Salzburg ofrece visitas guiadas que incluyen anécdotas, canciones y hasta oportunidades para recrear momentos de la película. Para los fans, es como entrar en un musical en vivo.

5. Alnwick Castle, Reino Unido – Harry Potter

En Northumberland, al norte de Inglaterra, se levanta Alnwick Castle, una fortaleza medieval que ha resistido batallas, asedios… y una invasión de fans de Harry Potter. Fue aquí donde se filmaron las escenas de vuelo en escoba de las dos primeras películas, y donde Harry aprendió sus primeras maniobras aéreas con Madame Hooch.

Hoy, Alnwick ofrece recorridos tematizados, actividades de “clases de vuelo”, y exposiciones sobre el rodaje. Pero incluso sin la conexión mágica, el castillo merece la visita por su propia historia: ha sido residencia de los duques de Northumberland durante más de 700 años, y ha aparecido en otras producciones como Robin Hood: Prince of Thieves y Downton Abbey.

Una aventura de cine… en la vida real

Viajar siguiendo las huellas del cine es mucho más que turismo: es entrar en mundos que, de alguna manera, ya nos pertenecen. Cada lugar de esta lista encierra no solo belleza o historia, sino la emoción de haber sido escenario de relatos que nos han hecho soñar.

13/07/2025 0 comments
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Cine

Mel Brooks resucita a Frankenstein (otra vez): la serie que revive la comedia más monstruosa

by Valeria Cruz 27/06/2025
written by Valeria Cruz

Hace más de medio siglo, Mel Brooks y Gene Wilder firmaron uno de los mayores hitos de la comedia cinematográfica: El jovencito Frankenstein. Rodada en glorioso blanco y negro y con el humor marca de la casa, aquella parodia reverente de los clásicos de terror de los años treinta se convirtió en una joya que redefinió el género. Hoy, a sus 98 años, Mel Brooks demuestra que su chispa sigue viva: acaba de anunciar que está trabajando en Very Young Frankenstein, una nueva serie para FX basada en su célebre película.

La noticia ha disparado la curiosidad cinéfila. El proyecto está en manos de Brooks y de parte del equipo creativo de la exitosa serie Lo que hacemos en las sombras, entre ellos Taika Waititi y Stefani Robinson. La idea: explorar la juventud del doctor Frankenstein (o “Fronkensteen”, según la mítica pronunciación de Wilder) y, seguramente, llenar la pantalla de humor absurdo, laboratorios chisporroteantes y jorobas cambiantes de lado.

Un clásico que reinventó la parodia

Estrenada en 1974, El jovencito Frankenstein no fue solo una parodia. Fue un ejercicio de amor absoluto por el cine de terror clásico. Brooks no se conformó con hacer chistes: utilizó incluso parte de los decorados originales de Frankenstein (1931), rodó en blanco y negro y cuidó la puesta en escena hasta el mínimo detalle. El resultado es un filme que no solo hace reír, sino que respira cine por cada fotograma.

Gags como el número musical Puttin’ on the Ritz, la mirada torcida de Igor (Marty Feldman) o la terrorífica Frau Blücher (Cloris Leachman) se han incrustado en el ADN cultural. La película recaudó más de 86 millones de dólares y ha sido elegida en múltiples listas como una de las mejores comedias de todos los tiempos. Su equilibrio entre el homenaje y la sátira creó escuela: desde entonces, pocas parodias han logrado brillar tanto sin caer en la simple burla.

¿Qué podemos esperar de la serie?

Aunque apenas se conocen detalles, Very Young Frankenstein promete mantener ese espíritu irreverente, actualizado al humor contemporáneo. Con Waititi en el equipo, podemos intuir un tono entre lo absurdo y lo entrañable, muy en la línea de Lo que hacemos en las sombras. Y, con Brooks supervisando, podemos estar tranquilos: el legado cómico del monstruo está en buenas manos.

Mel Brooks sigue siendo, medio siglo después, el gran doctor de la comedia. Y mientras él siga girando las palancas de su laboratorio, siempre estaremos preparados para gritar, una vez más, aquello de:

“¡Está… vivo!”

27/06/2025 0 comments
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CineLiteratura

La advertencia incómoda de Margaret Atwood

by Emain Juliana 08/05/2025
written by Emain Juliana

Recuerdo la primera vez que me adentré en El cuento de la criada de Margaret Atwood: una sensación de malestar crecía página tras página, como si la propia historia se apoderara del espacio a mi alrededor y no hubiera escapatoria. No es un libro para leer a la ligera, ni para despachar con frases como “distopía feminista” o “crítica al patriarcado”. Es mucho más incómodo que eso, más pegajoso. Hay algo en la forma en que Atwood te sumerge en la República de Gilead —ese régimen donde la teocracia, la represión y la infertilidad han trazado un destino atroz para las mujeres— que resulta casi físico. No hay respiros. La narradora, Defred, cuenta su historia desde un lugar de sumisión absoluta, donde hasta su nombre ha dejado de ser suyo y se ha convertido en una etiqueta de propiedad, “De Fred”, perteneciente a su comandante. Lo que más desarma no es la violencia visible, sino la sutil: esa lógica siniestra en la que todo está perfectamente engranado para que la opresión se perciba como una especie de orden natural. Atwood no necesita mostrar sangre o torturas explícitas todo el tiempo; le basta con colocar al lector en la piel de una mujer a la que han despojado de su humanidad y, lo que es más doloroso, de su capacidad para imaginar un futuro diferente.

La eficacia de la novela está en ese mundo construido a partir de piezas reales. Lo que Atwood inventa no es tanto la situación concreta como la combinación de elementos que, por separado, han existido o existen aún. La infertilidad masiva provocada por el desastre ambiental, el uso político de la religión para justificar el control social, la segregación extrema de funciones entre las mujeres, el despojo total de derechos… Ninguno de estos horrores es nuevo, y esa es precisamente la advertencia que sobrevuela cada página. Leemos la historia de Defred sabiendo que las semillas de Gilead están plantadas en nuestro propio suelo, aunque a veces nos resulte más cómodo pensar que se trata de ciencia ficción o de un futuro remoto y ajeno.

Lo que más me impresionó durante la lectura fue cómo la novela retrata la descomposición de lo cotidiano. El terror no llega de golpe, sino que se infiltra poco a poco, como una enfermedad que uno no detecta hasta que es demasiado tarde. En los recuerdos fragmentarios de Defred, vemos cómo la vida antes del régimen se iba deteriorando de manera casi imperceptible: primero prohíben a las mujeres manejar dinero, luego les quitan sus trabajos, después empiezan las redadas. El proceso no es repentino, sino gradual, lo que provoca en la lectora un desasosiego permanente. Y es imposible no hacerse la pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo tardaríamos nosotras en darnos cuenta de que algo parecido está ocurriendo? ¿Con qué rapidez nos acostumbramos a lo intolerable cuando sucede en pequeñas dosis?

Atwood también introduce un matiz bastante preocupante: la complicidad de algunas mujeres dentro del sistema. Las Tías, encargadas de adoctrinar a las criadas, representan ese poder delegado que reproduce y refuerza la opresión desde dentro. No son víctimas pasivas, sino ejecutoras entusiastas de las normas de Gilead. Y ahí la autora da un golpe maestro al recordarnos que la opresión, a veces, se perpetúa a través de quienes están en la misma situación, porque llegan a aceptarla como si fuera su única salida.

Lo notable es que El cuento de la criada no tira de heroicidades ni de finales exagerados. Defred no es una líder revolucionaria, ni busca convertirse en símbolo de nada. Su resistencia es mínima, casi invisible: recordar su nombre verdadero, susurrar en la oscuridad, escribir una frase a escondidas. Y, sin embargo, en esa minúscula rebelión se encuentra la fuerza más devastadora del libro. Porque lo que Atwood pone sobre la mesa es que, en situaciones extremas, la memoria y la dignidad son actos de insubordinación. La posibilidad de narrar la propia historia, aun cuando la voz esté rota, es un hilo que conecta al ser humano con su libertad más profunda.

Otro aspecto que es muy importante en este libro es el modo en que se analiza el lenguaje. La prohibición de leer y escribir para las mujeres no es solo una medida práctica para controlar la información: es un arma más eficaz que cualquier muro o cualquier guardia. Privarlas del lenguaje significa privarlas de la capacidad de pensar con claridad, de articular una visión crítica, de concebir otras realidades posibles. El poder no solo se ejerce sobre los cuerpos, sino también sobre las palabras. En Gilead, incluso las bendiciones y las despedidas están codificadas por el Estado, y hasta los carteles públicos son sustituidos por imágenes para evitar que las criadas —las más vigiladas— accedan al conocimiento escrito. La deshumanización se consolida así de manera casi perfecta.

No se puede negar el impacto que ha tenido la novela, sobre todo desde que se estrenó la serie en 2017.  Las imágenes de las mujeres vestidas con túnicas rojas y cofias blancas se han convertido en símbolo de protesta en las calles, en un recordatorio visual de hasta qué punto la ficción de Atwood ha pasado de ser solo una novela a formar parte del debate público sobre derechos y libertades. Esta apropiación del símbolo no es trivial: demuestra que El cuento de la criada ha sabido poner palabras —y ahora también imágenes— a temores y amenazas que parecían difusas.

¿Es entonces un libro pesimista? Creo que esa pregunta es demasiado simple. Atwood no ofrece consuelo fácil, pero tampoco cae en el nihilismo. Lo que hace es plantear un espejo incómodo en el que mirarse, y a partir de ahí la reacción queda en manos del lector. La advertencia está hecha, las claves están ahí. En ese sentido, el libro es más que literatura: es una forma de vigilancia, una alarma que se oye mientras creemos estar a salvo.

Cada vez que termino de leerlo —ya van varias— siento lo mismo: un nudo en la garganta y una urgencia silenciosa por proteger todo aquello que damos por garantizado. Porque El cuento de la criada no nos habla del futuro; nos habla, sobre todo, del presente que todavía es moldeable, si no nos dormimos mientras la historia se pliega sobre sí misma.

08/05/2025 0 comments
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ArteCinePersonajes

«Blancanieves y los siete enanitos»

by Uve Magazine 06/04/2025
written by Uve Magazine

El primer sueño animado del cine

En diciembre de 1937, una película animada protagonizada por una joven de piel blanca como la nieve, un espejo parlante y siete pequeños mineros cambió para siempre la historia del cine. Blancanieves y los siete enanitos, el primer largometraje animado producido por Walt Disney, no solo rompió todas las expectativas técnicas y narrativas del momento, sino que dio lugar a un nuevo lenguaje cinematográfico que transformó la animación en un arte mayor. Basada en el cuento popular recogido por los hermanos Grimm, la película no tardó en conquistar al público y en convertirse en un hito cultural que, a día de hoy, sigue generando lecturas simbólicas, sociales y críticas desde múltiples disciplinas.

La producción del filme fue, en sí misma, un acto de fe. En una época en la que la animación era considerada un entretenimiento breve y menor, Walt Disney se atrevió a soñar en grande. Su idea de realizar una película animada de más de una hora de duración fue recibida con escepticismo por su entorno, hasta el punto de que el proyecto fue apodado internamente como “la locura de Disney”. Sin embargo, la convicción de Disney era inquebrantable. Inició la producción en 1934 y, durante tres años, dirigió los esfuerzos de un equipo de más de 750 artistas, animadores y técnicos que trabajaron con una dedicación casi artesanal. El presupuesto inicial de 250.000 dólares pronto se vio desbordado y superó el millón y medio, una cifra descomunal para la época, en plena Gran Depresión. Disney llegó incluso a hipotecar su casa para poder concluir la película.

Ese esfuerzo titánico se tradujo en una obra de una calidad visual y emocional sin precedentes. Técnicamente innovadora, Blancanieves fue la primera película en utilizar la cámara multiplano, un dispositivo que otorgaba profundidad a las escenas mediante capas superpuestas. Los fondos eran auténticas pinturas al óleo, cuidadosamente elaboradas para dar una atmósfera envolvente, mientras que los personajes presentaban un diseño estilizado que buscaba un equilibrio entre realismo y caricatura. Inspirados por la ilustración europea del siglo XIX, los artistas de Disney buscaron dotar de densidad narrativa a cada escena. No era solo una historia: era una experiencia.

Una noche para la historia

El estreno, el 21 de diciembre de 1937 en el Carthay Circle Theatre de Los Ángeles, fue un acontecimiento sin precedentes. Asistieron celebridades como Marlene Dietrich y Charlie Chaplin, y la ovación del público fue unánime. Blancanieves no solo fue un éxito artístico, sino también económico: recaudó más de ocho millones de dólares, convirtiéndose en la película más taquillera hasta ese momento. En 1939, Disney fue galardonado con un Oscar honorífico acompañado de siete pequeñas estatuillas, una por cada enanito, en un gesto que selló su lugar en la historia del cine.

Más allá de su éxito inmediato,  el filme pasó de ser un éxito cinematográfico a un referente cultural y cambió la percepción social de los cuentos de hadas. Blancanieves consolidó la animación como una forma legítima de arte cinematográfico, demostrando que era posible construir relatos complejos y emocionalmente resonantes a través del dibujo. A la vez, reflejó los valores morales y estéticos de su época. La protagonista encarna el ideal de feminidad de los años treinta: dócil, trabajadora, pura y maternal. Es cuidada por figuras masculinas (los enanitos, el cazador, el príncipe), pero carece de agencia real: no toma decisiones, no se enfrenta directamente a su antagonista, y su salvación depende de un beso ajeno. Frente a ella, la madrastra representa un poder femenino peligroso: es vanidosa, inteligente, ambiciosa, y por ello debe ser destruida. Esta dicotomía entre la mujer buena y la mujer mala es uno de los aspectos más revisados por la crítica contemporánea.

Significado histórico y social

Numerosas interpretaciones se han propuesto desde entonces para descifrar los símbolos que habitan la historia. Desde una perspectiva psicoanalítica, Blancanieves puede leerse como un relato de iniciación: la joven, al huir de casa y adentrarse en el bosque, atraviesa un proceso simbólico de muerte y renacimiento. La manzana, fruto del conocimiento prohibido, puede entenderse como un despertar sexual o emocional; el sueño dentro del ataúd de cristal representa una etapa de latencia, de espera, hasta que el beso del príncipe —acto que, por cierto, ha sido cuestionado en lecturas feministas contemporáneas— la devuelve a la vida. Bruno Bettelheim, en Psicoanálisis de los cuentos de hadas, interpreta los personajes como fragmentos de la psique: los enanitos serían aspectos protectores del yo, mientras que la reina reflejaría los conflictos internos no resueltos, como la envidia o la represión materna.

Desde la óptica feminista, la película ha sido objeto de fuertes críticas por la construcción de la protagonista como figura pasiva y por la glorificación de la belleza como valor supremo. La relación con el príncipe es prácticamente inexistente: no se conocen, no hablan, y sin embargo él es quien tiene el poder de “despertarla”. Esta pasividad ha sido contrastada con la acción decidida de la madrastra, cuyo castigo es, en última instancia, una lección moral: la ambición y el deseo femenino fuera del hogar deben ser reprimidos.

En clave sociológica, Blancanieves también ha sido interpretada como un vehículo de los valores conservadores del New Deal: la exaltación del trabajo, la comunidad doméstica, la obediencia y la humildad. La cabaña de los enanitos es un refugio del orden frente al caos del exterior, una pequeña sociedad masculina autosuficiente donde Blancanieves ocupa el papel de cuidadora. El mensaje implícito: el mundo funciona mejor cuando cada uno cumple su función.

Sin embargo, lo más fascinante de esta película es que, a pesar de su clara inscripción histórica, sigue siendo un texto abierto a la interpretación. El relato de Blancanieves se ha reinventado en múltiples ocasiones, en versiones oscuras, revisionistas, satíricas y subversivas. Desde Blancanieves y la leyenda del cazador hasta Shrek, pasando por parodias, homenajes y experimentos artísticos, su figura ha sido reescrita, cuestionada y adaptada a los nuevos tiempos. Incluso la propia Disney ha abordado revisiones de su legado con una mirada más crítica y contemporánea y casi un siglo después, Blancanieves y los siete enanitos sigue siendo un punto de referencia en la historia del cine. Su influencia no se limita a la animación: es un modelo de narrativa visual, una lección de técnica y un espejo en el que se han proyectado, generación tras generación, los valores, miedos y deseos de la cultura occidental. Al igual que el espejo mágico de la reina, esta película nos devuelve una imagen de lo que fuimos y de lo que seguimos siendo.

06/04/2025 0 comments
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ArteCineEventosMúsica

Blur, To the End

by Uve Magazine 25/03/2025
written by Uve Magazine

Viernes 28 de marzo de 2025 – CaixaForum Madrid
Proyección: 20:00 h | Warm up DJ: desde las 19:30 h | VOSE | 102 minutos
Sesión presentada por Esteban Girón

En el marco del ciclo In-Edit On Tour, CaixaForum Madrid acoge la proyección de Blur, To the End, un documental dirigido por Toby L. que se adentra en el regreso de una de las bandas clave del britpop: Blur. Con sensibilidad y cercanía, la película no solo repasa los grandes éxitos del grupo, sino que retrata con honestidad el reencuentro emocional y creativo de Damon Albarn, Graham Coxon, Alex James y Dave Rowntree tras ocho años de silencio discográfico.


El filme arranca con el proceso de grabación de The Ballad of Darren (2023), su primer álbum en casi una década, y culmina con los dos macroconciertos celebrados en Wembley. Pero más allá del espectáculo, lo que narra To the End es la historia de una amistad compleja, las heridas del tiempo y la capacidad de la música para dar sentido incluso a lo que ya parecía cerrado. Alegría, vulnerabilidad, orgullo, melancolía, cansancio, lesiones, lágrimas y humor negro: todos estos matices atraviesan este último capítulo vital de unos músicos que siguen conectando con varias generaciones.

Intervienen en el documental, además de los miembros de la banda, figuras esenciales como el productor James Ford, el mánager Mike Smith y el actor Phil Daniels, voz inolvidable en Parklife. Una obra para fans, sí, pero también para quienes quieran asomarse al interior de una banda que supo convertir lo cotidiano en himno y lo colectivo en identidad.

La sesión será presentada por el músico y comunicador Esteban Girón y contará con un warm up previo desde las 19:30 h, a cargo de Don Viti (Víctor Patiño), DJ de referencia en la escena madrileña, que ofrecerá una sesión especialmente comisariada para la ocasión, inspirada en el universo Blur.

Ciclo de música – In-Edit On Tour

Del 14 de marzo al 4 de abril de 2025 – CaixaForum Madrid

Esta proyección forma parte de In-Edit On Tour, el ciclo que acerca a distintas ciudades españolas una cuidada selección de los mejores documentales musicales que han pasado por el prestigioso In-Edit, Festival Internacional de Documental Musical de Barcelona. Tras veinte años apostando de forma exclusiva por el documental musical, In-Edit se ha consolidado como un referente internacional, con ediciones en diferentes países y un firme compromiso con la música como herramienta narrativa, social y emocional.

De la electrónica al rock clásico, pasando por el reggae, el punk, el flamenco, el jazz o las propuestas más experimentales, el ciclo demuestra que la música sigue siendo una de las formas más poderosas para contar quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

25/03/2025 0 comments
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Cine

Un viaje a través del cine musical y la ilusión

by Sara Petricor 13/03/2025
written by Sara Petricor

El cine ha encontrado en el teatro, el cabaret y la magia una fuente inagotable de inspiración. Películas como Moulin Rouge! (2001), Cabaret (1972), Chicago (2002), Gigi (1958), Topsy-Turvy (1999), The Prestige (2006) y The Illusionist (2006) comparten un fascinante hilo conductor que entrelaza la historia, el arte y el estilo cinematográfico en torno al mundo del espectáculo. En ellas, la música, la danza y la magia no son solo elementos de ambientación, sino que se convierten en metáforas del deseo, la ambición y la ilusión que definen a sus protagonistas.

Varias de estas historias están ambientadas en los últimos años del siglo XIX y principios del XX, una época de efervescencia artística y bohemia. Moulin Rouge! nos transporta al París del cabaret y el can-can, mientras que Gigi retrata el refinamiento y las costumbres de la alta sociedad francesa. Topsy-Turvy nos sumerge en el mundo de la opereta victoriana, mostrando el proceso creativo de Gilbert y Sullivan. Por otro lado, The Prestige y The Illusionist exploran el auge del ilusionismo como forma de entretenimiento, mostrando la fascinación del público por la magia como un espectáculo de sofisticación e ingenio.

En contraste, Cabaret y Chicago se sitúan en los turbulentos años 20 y 30, una era de decadencia y glamour en la que los clubes nocturnos y el jazz reinaban en la vida nocturna de Berlín y Chicago. Estos espacios de entretenimiento eran refugios de libertad y transgresión en tiempos de crisis, elementos que el cine ha plasmado con gran maestría.

El teatro y la magia han sido siempre artes del engaño, de la ilusión, de lo que se muestra y lo que se oculta. Esta dualidad es clave en todas estas películas. Moulin Rouge! y Cabaret muestran el escenario como un mundo paralelo donde los personajes pueden ser quienes desean, lejos de las reglas sociales. Chicago, con su estructura de falso musical, convierte los números musicales en una extensión de la psique de sus personajes, mezclando realidad y espectáculo de forma magistral.

En The Prestige y The Illusionist, la magia no es solo un truco para entretener al público, sino un juego de poder y manipulación. Ambas películas muestran cómo la prestidigitación se convierte en un medio para controlar y engañar tanto en el escenario como en la vida real. En este sentido, la magia se presenta como una metáfora del cine mismo, un arte que juega con la percepción del espectador. Topsy-Turvy, por su parte, muestra el teatro como un espacio de conflicto y creatividad, donde la construcción del espectáculo es tan importante como su ejecución.

El estilo visual es un elemento clave para su impacto. Moulin Rouge! y Chicago adoptan una estética teatral y exagerada, con un montaje dinámico y una paleta de colores vibrante que refuerza el carácter onírico y trágico de sus historias. Cabaret juega con la iluminación expresionista y una ambientación que captura la decadencia de la Alemania de entreguerras. Gigi se apoya en una estética pastel, elegante y luminosa que resalta la sofisticación de la Belle Époque. En The Prestige y The Illusionist, la fotografía de tonos ocres y azulados evoca la nostalgia del pasado y la mística de la magia, mientras que Topsy-Turvy apuesta por una recreación detallada de la época victoriana.

Más allá de su estética y ambientación, todas estas películas presentan personajes que viven entre la realidad y el artificio. Satine en Moulin Rouge! y Sally Bowles en Cabaret son artistas que sueñan con una vida distinta pero están atrapadas por su entorno. Roxie Hart en Chicago usa el espectáculo como un medio para alcanzar la fama, mientras que en The Prestige y The Illusionist, los ilusionistas llevan su obsesión por la magia hasta el punto de convertir sus vidas en un acto de prestidigitación. En Topsy-Turvy, los artistas luchan contra sus propias limitaciones y tensiones creativas, mostrando el esfuerzo que hay detrás de la ilusión teatral.

Chicago, 2002
The prestige, 2006
The ilusionist, 2006
Gigi, 1958
Cabaret, 1972
Topsy Turvy, 1999

En todas estas historias, el escenario se convierte en un espejo de la vida, donde los personajes crean sus propias ficciones para sobrevivir. Ya sea a través del cabaret, la música o la magia, estas películas nos muestran cómo el arte es, en esencia, una forma de transformar la realidad.

El cine ha explorado de manera recurrente la delgada línea entre la ilusión y la verdad, entre el espectáculo y la vida. A través de una cuidada estética y una narrativa centrada en la pasión y la ambición, estas historias nos sumergen en un universo donde el arte se convierte en el motor de la existencia y donde, como en el cine mismo, la realidad es tan solo otra forma de ilusión.

13/03/2025 0 comments
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ArteCineLiteraturaPersonajes

Frankenstein de Mary Shelley

by Valeria Cruz 08/03/2025
written by Valeria Cruz

En el verano de 1816, un grupo de escritores se refugió en la Villa Diodati, una mansión situada a orillas del lago Lemán, Suiza. Entre ellos estaban Lord Byron, Percy B. Shelley, su amante Mary Godwin (después conocida como Mary Shelley), su hermanastra Claire Clairmont y el médico John Polidori. La erupción del volcán Tambora en 1815 había provocado un enfriamiento global que llevó a que 1816 fuera conocido como “el año sin verano”. En este ambiente gótico y melancólico, Byron propuso un concurso: cada uno debía escribir una historia de terror. De esta velada nacería Frankenstein o el moderno Prometeo, una de las obras más influyentes de la literatura universal.

Mary Shelley nació el 30 de agosto de 1797 en Londres. Era hija de dos figuras intelectuales de gran peso en su época: el filósofo y escritor político William Godwin, autor de Una investigación acerca de la justicia política, y Mary Wollstonecraft, una de las pioneras del feminismo y autora de Vindicación de los derechos de la mujer. Sin embargo, su madre falleció pocos días después de dar a luz, dejando a Mary en manos de su padre, quien la educó en un ambiente de gran estimulación intelectual. A pesar de la gran influencia de Godwin en la formación de su hija, su segunda esposa no tuvo el mismo nivel de interés en el desarrollo intelectual de Mary, lo que la llevó a sentirse algo marginada en su propio hogar. Su refugio fue la lectura, los escritos de su madre y los círculos filosóficos y literarios de su padre, donde conoció a Percy Bysshe Shelley, un joven poeta radical y admirador de Godwin. La relación entre ambos se volvió apasionada, pero también escandalosa, ya que Percy estaba casado en ese momento.

En 1814, Mary y Percy huyeron juntos a Francia, viajando a través de Europa en condiciones difíciles. Durante los siguientes años, Mary vivió tanto alegrías como profundas tragedias, incluida la pérdida de varios de sus hijos en la infancia. En 1816, la pareja llegó a Suiza, donde se reunieron con Lord Byron y Claire Clairmont en Villa Diodati. George Gordon Byron, conocido como Lord Byron, era una de las figuras más controvertidas de la literatura romántica. Poeta, aventurero y libertino, Byron había escapado de Inglaterra tras una serie de escándalos personales y políticos. En Suiza, estableció su residencia en Villa Diodati, donde su vida de excesos y genio literario influyó profundamente en sus acompañantes. El médico personal de Byron, John Polidori, también jugó un papel fundamental en aquel verano. De la misma velada en la que Mary Shelley concibió Frankenstein, Polidori escribió El vampiro, una historia que daría forma a la imagen del vampiro aristocrático que más tarde influiría en Drácula de Bram Stoker.

El ambiente intelectual en Villa Diodati estaba impregnado de discusiones sobre filosofía, ciencia y literatura gótica. Se hablaba de galvanismo y de experimentos que pretendían reanimar tejidos muertos. Fue en ese entorno que Mary Shelley tuvo su pesadilla visionaria sobre un científico que creaba un ser monstruoso. La novela no solo es una historia de terror, sino también una profunda reflexión sobre los límites de la ciencia y la responsabilidad del creador frente a su creación. Victor Frankenstein encarna al científico ambicioso que, movido por el deseo de conocimiento, traspasa los límites de la naturaleza. Las ideas del siglo XVIII sobre el galvanismo, las disecciones y la posibilidad de la reanimación artificial influyeron enormemente en la novela. Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin, había especulado sobre la capacidad de la electricidad para otorgar vida a la materia inerte, lo que también resonaba en el pensamiento de Shelley.

Mary Shelley

El personaje del monstruo es una de las creaciones más complejas de la literatura. A diferencia de su representación en el cine, donde es una criatura torpe y brutal, en la novela es inteligente, sensible y elocuente. Aprender a leer y a hablar a través de libros como El paraíso perdido, Las desventuras del joven Werther y Las vidas paralelas le da una profunda conciencia de su propia tragedia. El monstruo no nace malvado, sino que es rechazado por su creador y por la humanidad. Su deseo de afecto se convierte en rabia y venganza cuando es marginado y perseguido. Este dilema moral ha hecho que Frankenstein sea interpretado como una crítica a la sociedad y a la discriminación basada en la apariencia.

Desde su publicación, Frankenstein ha inspirado numerosas adaptaciones teatrales y cinematográficas. La versión de 1931 de Universal Studios, protagonizada por Boris Karloff, consolidó la imagen del monstruo con tornillos en el cuello y andar torpe. En 1994, Frankenstein de Mary Shelley, dirigida por Kenneth Branagh, intentó ser más fiel al material original, presentando a un monstruo con una profundidad emocional más cercana al libro. El legado de Mary Shelley también se extiende a la ciencia. Hoy, el término “frankensteiniano” se usa para describir avances tecnológicos o científicos que generan dilemas éticos, como la clonación o la inteligencia artificial.

Frankenstein, 1931

Frankenstein sigue siendo una obra fundamental porque plantea cuestiones universales sobre la naturaleza humana, la responsabilidad moral y los peligros de la ambición desmedida. La historia de Mary Shelley, una joven que transformó su visión en una de las obras más influyentes de la literatura, es también un testimonio de su propio talento y determinación. Su monstruo, lejos de ser un simple ser terrorífico, es un reflejo de nuestros propios miedos, esperanzas y tragedias. Más de dos siglos después de su publicación, el dilema de la criatura de Frankenstein sigue interpelándonos y recordándonos que la verdadera monstruosidad no reside en la apariencia, sino en la indiferencia de la humanidad hacia aquellos a quienes ha condenado al abandono.

08/03/2025 0 comments
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ArteCine

Nosferatu y el origen del terror visual

by Uve Magazine 27/12/2024
written by Uve Magazine

Desde sus inicios, el cine ha sido un medio capaz de explorar los rincones más oscuros de la imaginación humana, y pocas obras encarnan este potencial como Nosferatu: Una sinfonía del horror (1922) dirigida por F. W. Murnau. .

Esta película no solo transformó el género del terror, sino que también se convirtió en un emblema del cine mudo, destacando por su audaz mezcla de innovación, polémica y un estilo visual inolvidable.

Su génesis parte del deseo del productor Albin Grau de plasmar un relato de vampiros en la gran pantalla. Grau, un ocultista apasionado por lo sobrenatural, se inspiró en anécdotas sobre vampiros que escuchó de un campesino serbio durante la Primera Guerra Mundial. Aunque la idea inicial era adaptar la novela Drácula de Bram Stoker, los problemas legales con los derechos de autor llevaron al guionista Henrik Galeen a transformar la narrativa, creando así a Graf Orlok, un vampiro que redefiniría el terror visual y emocional.

La producción fue asumida por Prana Film, una compañía que, destinada a explorar temáticas esotéricas, apenas sobreviviría a los problemas legales que vendrían después. La elección de F. W. Murnau como director fue clave para dar vida a esta visión sombría.

Murnau, es uno de los nombres más emblemáticos del cine expresionista alemán. Nacido el 28 de diciembre de 1888 en Bielefeld, Alemania, se convirtió en una figura clave en la evolución del cine durante las primeras décadas del siglo XX. Su capacidad para conjugar innovación técnica, narrativa y visual lo estableció como uno de los directores más influyentes de la historia del séptimo arte.

Antes de adentrarse en el mundo del cine, Murnau estudió literatura alemana, historia del arte y teatro en la Universidad de Heidelberg, lo que marcó profundamente su estilo cinematográfico. Durante este período, descubrió las obras de escritores como Goethe y Schopenhauer, cuyas ideas filosóficas y literarias encontrarían eco en sus películas. Tras servir en la Primera Guerra Mundial como piloto, regresó a Alemania y comenzó a trabajar en teatro bajo la tutela de Max Reinhardt, un destacado director teatral. Este contacto con el teatro expresionista, conocido por su enfoque visual en la iluminación y la escenografía, sentó las bases de su posterior trabajo en el cine.

Murnau debutó como director en 1919 con la película Der Knabe in Blau. Sin embargo, fue su trabajo en Der letzte Mann (1924) el que lo consolidó como un innovador. En esta obra, utilizó la llamada “cámara desencadenada”, que permitía movimientos fluidos y expresivos, una revolución para la época. Además, Der letzte Mann destacó por su narrativa visual, evitando el uso de intertítulos y confiando exclusivamente en las imágenes para contar su historia. Sin embargo, su obra más icónica ha sido Nosferatu: Una sinfonía del horror .

Conocido por su dominio del lenguaje visual y su inclinación por el expresionismo, Murnau creó una estética envolvente que marcaría un estándar en el cine. El rodaje, realizado en paisajes naturales de Alemania y Eslovaquia, capturó la atmósfera escalofriante que requería la historia. El Castillo de Orava, con sus corredores sombríos y torres góticas, se convirtió en un personaje más de la película, reforzando el entorno ominoso.

Nosferatu, 1922

El papel del Conde Orlok, el vampiro de apariencia cadavérica y movimientos antinaturales, fue interpretado por Max Schreck, un actor cuya presencia en pantalla resultó muy inquietante. Nacido el 6 de septiembre de 1879 en Berlín, Alemania, Schreck se formó en artes dramáticas y desarrolló gran parte de su carrera en el teatro antes de incursionar en el cine. Aunque actuó en varias películas, su interpretación en Nosferatu eclipsó el resto de su carrera. Su habilidad para encarnar al Conde Orlok, con una transformación física impresionante, lo consolidó como una figura imprescindible del cine de terror.

Gustav von Wangenheim, nacido el 18 de febrero de 1895 en Wiesbaden, Alemania, interpretó a Thomas Hutter, el joven agente inmobiliario que viaja al castillo del Conde Orlok y desata los eventos principales de la historia. Von Wangenheim provenía de una familia de actores y tenía experiencia tanto en teatro como en cine. Además de su carrera actoral, fue director y escritor, destacándose por su compromiso con las ideas progresistas de la época. Aunque su papel en Nosferatu es recordado principalmente por su ingenuidad y valentía, su vida posterior estuvo marcada por su afiliación al partido comunista y su exilio durante el nazismo. Por su parte, Greta Schröder, nacida el 27 de junio de 1891 en Düsseldorf, Alemania, dio vida a Ellen Hutter, la esposa de Thomas, cuya pureza e inocencia se convierten en un elemento central de la trama. Ellen es el objetivo del Conde Orlok y también la clave de su destrucción. Schröder era una actriz destacada del cine mudo y participó en varias producciones alemanas durante la década de 1920. Sin embargo, su legado cinematográfico está irremediablemente ligado a Nosferatu, donde su actuación transmite una mezcla de vulnerabilidad y fortaleza que cautiva a los espectadores.

Alexander Granach interpretó a Knock, el jefe de Hutter, un personaje excéntrico y perturbador que actúa como sirviente humano del Conde Orlok. Granach, nacido el 18 de abril de 1890 en el Imperio Austrohúngaro (actual Ucrania), tuvo una infancia humilde antes de dedicarse al teatro. Su carácter expresivo y su talento natural lo llevaron al éxito en el escenario y el cine. Después de Nosferatu, continuó su carrera en Alemania hasta que el ascenso del nazismo lo obligó a emigrar a los Estados Unidos, donde trabajó en producciones de Hollywood. Su interpretación de Knock, con su locura y gestos exagerados, sigue siendo uno de los elementos más memorables de la película.

Georg H. Schnell interpretó a Herr Harding, amigo cercano de los Hutter, mientras que Ruth Landshoff dio vida a Annie, su esposa. Aunque sus roles son secundarios, ambos actores aportaron una dimensión realista y emocional a la historia. Schnell fue un actor con una carrera prolífica en el cine mudo, mientras que Landshoff también se destacó como escritora y periodista, especialmente tras emigrar a los Estados Unidos debido a su origen judío.

Uno de los aspectos más impactantes de Nosferatu fue la interpretación de Max Schreck como el Conde Orlok, cuya transformación física, con orejas puntiagudas, ojos hundidos y una cadavérica apariencia, creó una de las figuras más icónicas del cine de terror. Su inquietante presencia en pantalla generó mitos sobre su identidad, incluyendo la idea de que era un vampiro real, una ficción explorada en Shadow of the Vampire (2000). Aunque estas leyendas son solo parte del folclore cinematográfico, su actuación sigue siendo objeto de fascinación. El lenguaje visual de Murnau, marcado por el uso innovador de la luz y la sombra, elevó la película a un nivel artístico excepcional, con técnicas como la aceleración, la inversión de negativos y el stop-motion que aportaron un aura sobrenatural al film. Escenas memorables, como la del Conde Orlok emergiendo rígidamente de su ataúd o proyectando su sombra alargada en una escalera, simbolizan el dominio visual de Murnau y su capacidad para capturar la esencia del terror. Sin embargo, la película no estuvo exenta de controversias, ya que Florence Stoker, viuda de Bram Stoker, demandó a Prana Film por violación de derechos de autor, logrando que se ordenara la destrucción de todas las copias de la película. Afortunadamente, algunas versiones sobrevivieron gracias a distribuciones internacionales y copias clandestinas, lo que aseguró que Nosferatu alcanzara el estatus de clásico. Con el tiempo, la obra ha sido restaurada y revalorizada, consolidándose como una fuente de inspiración para cineastas, artistas y escritores.

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