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Author

Yolanda Álvarez

Yolanda Álvarez

Yolanda Álvarez es la librera de La cantante calva, un paraíso de libros "ya leídos".

Literatura

Beatrix Potter y el viaje de la vida

by Yolanda Álvarez 25/05/2023
written by Yolanda Álvarez

Mira la calle día tras día desde la tercera planta de su casa del distinguido barrio londinense de South Kensington. El estudio con su tutor personal y las escasas ocasiones en que la sacan de casa (una de ellas para asistir a la iglesia) le dejan demasiado tiempo libre para engordar el tedio. En cambio, sus padres tienen una ajetreada vida social. Son clase alta y despreocupada, viven de rentas, y su padre, aunque cursó Derecho, no ejerce. Pasa el tiempo en clubes privados solo para caballeros. Su madre lleva la agenda de las visitas que hace y las que recibe.
La soledad de Beatrix la habita solo la presencia del personal de servicio y las visitas esporádicas de su abuela. Y así seis años hasta que nace su hermano Bertram, que pronto la dejará de nuevo sola para ingresar en un internado donde realizará sus estudios.
Pero, cuando llega el verano, llega la vida de verdad y esa vida está en Escocia. Allí veranea la familia desde hace mucho tiempo y allí los dos hermanos corren libres por el campo disfrutando de la naturaleza. Cada bicho, cada hoja, cada planta son una revelación, como urbanitas que son. Vigilan a los animales más pequeños, los dibujan en su bloc, incluso, si encuentran alguno muerto, lo diseccionan para estudiarlo.
Además, hacen colecciones de insectos y llegan a colar en casa sapos, escarabajos y otras especies. En su dormitorio Beatrix empieza a esbozar en sus cuadernos de dibujo los movimientos de los animales y su morfología. Algunas visitas a exposiciones de arte a las que va con su padre la motivan para perfeccionar su técnica, y bajo la lente del microscopio de su hermano examina las plantas y plasma sobre cuartillas aquello que ve. Nace la Beatrix naturalista.

Beatrix Potter

Después poco se sabe de ella en el periodo que transcurre entre su adolescencia y sus treinta y tantos años de edad, excepto que siguió un diario en el que había dibujos y acuarelas y que fue encontrado en los años 50. En ellos hay cientos de dibujos de plantas, flores y frutas. Dibujos que acostumbraba a cotejar con los expuestos en el Museo Natural de Ciencias (South Kensington, ya por entonces, era la zona de los museos más importantes, entre ellos además del Natural History Museum se encuentra el Albert and Victorian).
En 1896, su tío, sir Henry Roscoe, químico de gran reputación, le propuso llevarla a Kew para reunirse con el director de los Royal Botanic Gardens* y con otros afamados naturalistas. Por entonces, sus trabajos ya habían sido rechazados por varias sociedades científicas.
Parce ser que se pasaron los dibujos unos a otros y fueron mirados muy por encima, que no les convencieron las acuarelas ni tampoco les importaba demasiado el trabajo de los amateurs y mucho menos de las amateurs (las mujeres lo tuvieron francamente difícil para entrar en el mundo de las ciencias «gracias» a la oposición de sus no-colegas varones).
Finalmente, fueron rechazados por carta dirigida a su tío, el cual se enfureció y guardó para siempre cierta animadversión para con esos eruditos de Kew.
Se cree que después de esto logró que alguno de sus trabajos fueran leídos en la Sociedad Linneana de Londres por científicos, dado que a las mujeres no se les permitía leer sus propios pliegos y ni tan siquiera asistir a estas ponencias.
Con su vocación intacta, poco esperaba ella lo que el futuro le tenía reservado. Si hoy conocemos a Beatrix Potter es por sus magníficos cuentos infantiles, escritos e ilustrados por la autora. Mujer introvertida y de pocas palabras, siempre confesó sentirse más cómoda con las imágenes que con las palabras, y así lo deja al descubierto en cierto modo en las cartas que envía a Noel, el hijo enfermo de una antigua gobernanta.

My Dear Noel,
I don’t know what to write to you so I shall tell you a story about four little rabbits whose names are Flopsy, Mopsy, Cotton Tail y Peter”.
(Mi querido Noel, no sé qué escribirte, así que te contaré el cuento de cuatro conejitos cuyos nombres son Flopsy, Mopsy, Cotton Tail y Peter).

El cuento que le escribió iba acompañado de tiernas ilustraciones a tinta de esta pandilla de cuatro.

Fueron tan apreciadas estas cartas (también las confeccionó en otras ocasiones para otros niños) que nunca se rompieron, sino que se atesoraron. Pensó que esta felicidad que ella repartía tenía que ser «esparcida por más hogares» y entonces decidió publicar un primer cuento ilustrado y, aunque en primera instancia tuvo que hacer frente una vez más al rechazo de varias editoriales, en 1901 Frederick Warner & Co lanza una tirada de 250 ejemplares de The Tale of Peter Rabbit (El cuento del conejo Benjamín, en España, El conejo Pedro en Méjico) que pronto se agotará e irá seguida de otras muchas ediciones.

Todos y cada uno de los títulos que escribió posteriormente, tuvieron un enorme éxito editorial que llega hasta nuestros días. Son cuentos habitados por comadrejas, ocas, cerditos, gatos etcétera que se visten como las personas reales e incluso adoptan sus profesiones y sus costumbres. Ahí tenemos al sastre y al hortelano, por poner dos ejemplos. Esta vez sí tuvo poder sobre sus creaciones e hizo uso de él. Una de las primeras exigencias fue la del formato. Tenían que ser pequeños y ligeros para que fuesen fácilmente manejables por sus párvulos lectores.
Con los beneficios obtenidos realiza un viaje a Surrey (Distrito de los Lagos) en 1903, dónde adquiere una granja, y definitivamente se traslada allí a pesar de la oposición de su madre, que creía que lo de dibujar estaba bien, pero no lo de manejar dinero y mucho menos lo de irse a vivir sola. (¿Quién querría a una mujer de ese tipo?).

Tras esa primera Granja, Top Hill Farm, le siguieron la adquisición de otras. Mrs. Potter (como la llamaban sus vecinos) fue una persona muy respetada por toda la labor y la inversión realizada para ayudar a preservar y cuidar de los recursos naturales. De alguna manera, le estaba devolviendo a la naturaleza lo que esta le había regalado a ella.
El viaje de Londres a Surrey fue el más importante de su vida, pero más por lo que supuso para ella como persona: aquella niña introvertida y solitaria se convirtió en una persona segura de sí misma, pero, por encima de todo, feliz (en las fotos de infancia suele mostrarse seria, pero en el campo posa en traje de faena sonriente junto a sus perros).
Cuando muere en 1943, deja 4000 acres de tierra, incluyendo quince granjas, al cuidado del National Trust**. Su legado ayudó a asegurar la supervivencia del paisaje y de un modo de vida.

*The Royal Botanic gardens
Royal Botanic Gardens de Kew es un organismo público no departamental en el Reino Unido patrocinado por el Departamento de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales. Es una institución de educación e investigación botánica de importancia internacional emplea a 1100 personas en la actualidad.
**National Trust
Es una ONG que se preocupa de la protección del patrimonio natural de Reino Unido, tanto de sitios históricos como de espacios verdes.
Bibliografía
Margaret Lane. The Tale of Beatrix Potter. Penguin Books, 1986.

25/05/2023 0 comments
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Pensamiento

Hacer y deshacer

by Yolanda Álvarez 13/04/2022
written by Yolanda Álvarez

Por mi profesión me encuentro muchas veces con la frase «Estoy deshaciendo una casa», refiriéndose al hecho de vaciarla para vender o alquilar la que durante varias décadas fue el hogar familiar y luego el nido vacío de dos jubilados que ya han fallecido.

Me entristece y no acabo de acostumbrarme a esa expresión, tal vez porque las palabras cuentan más de lo que pensamos. Cuánto contenido tienen a veces, a cuántos lugares y otros tantos tiempos mejores o peores nos llevan.

Deshacer una casa implica quitarse de en medio todo lo que los herederos no han querido quedarse. Hay pues un primer esquilmo, un arrase, y luego ya preguntamos en las librerías de libros ya leídos o de viejo (término que no me agrada, nunca lo ha hecho) si nos comprarían aquellas colecciones de premios Nobel, aquel Quijote nunca leído pero de buena encuadernación, la Biblia o aquella Larousse que con tanto tesón se fue pagando mes a mes.

Pero si hay un lugar donde una se encuentra los objetos desechados de una casa son los rastros. Es en ellos donde te encuentras con vidas enteras sobre el asfalto: muebles, electrodomésticos, vinilos, libros, lámparas…

A veces me da por hacer el ejercicio mental de formar una casa con todo lo que me voy encontrando y, así, empiezo por la entrada: unos quinqués de pared, un taquillón con sus figuritas de Lladró, encima un espejo con forma de sol, un «Dios bendiga cada uno de los rincones de esta casa» y un paragüero de latón.

Para la cocina he visto una mesa y unas sillas de formica verde, una licuadora (la más moderna, de los ochenta), una olla a presión, una plancha eléctrica y una lavadora semiautomática. Remato con una docena de platos Duralex color ámbar, unos vasos de la Nocilla y un pequeño escurreplatos renegrido.

Voy al salón para poner la mesa baja de madera y mármol, los ceniceros de adorno que la cubren, un tresillo y dos sillones; en la vitrina, todos los recuerdos de bodas, la colección de búhos y la de dedales; la cristalería y la vajilla que solo se usaba en ocasiones y que sobrevive a generaciones y generaciones. Esa sopera preciosa que nos ha desbancado en esta carrera que es la vida —ella siempre llega la primera—; los niños vestidos de comunión enmarcados tamaño póster publicitario; la lámpara de ocho brazos, suplicio de quien tenía que limpiarla subida a una banqueta; el tocadiscos y los singles de Manolo Escobar, de Karina, de Boney M., de Pecos, de villancicos…

En el baño, un pequeño mueble con espejo, una caja de ColaCao que hacía las veces de botiquín y grifería incluso.

En el cuarto de las hijas los libros de Enid Blyton, los Cuentos de Andersen de María Pascual, Heidi, Mujercitas, Hombrecitos, todos ellos en Clásicos Bruguera; las nancys, las cunas, los carricoches de las muñecas, un pequeño secreter y un flexo.

Solo quedan unas cosas para acabar de hacer la casa: la Singer, el crucifijo, el cabecero de una cama matrimonial con trabajo de ebanista, igual que las dos mesitas, y la butaca de escay roja con hueco para guardar el camisón y la bata

Ya está hecha. En algún lugar está de nuevo. Solo queda una vieja caja de madera carcomida en la que reparo justo antes de ir a mirar aquel puesto de libros de más allá. Ahí están las fotos de quienes habitaron la casa, de quien limpió la lámpara, de quien se enorgullecía de las notas de sus pequeñas; fotos de estudio en blanco y negro de su boda, de las niñas cada año por Ramos, fotos de la mili del cuñado, fotos con las amigas en la romería del pueblo —tan guapas todas, con sus vestidos de popelina y sus alpargatas—, fotos del abuelo pescando en el río, varando la hierba, posando al lado del flamante 850.

Aquí ya no podemos hacer nada, ni siquiera entender cómo son las personas a las que no les importa que estas fotos acaben amontonadas a la venta en un mercado, o puede que ni tan siquiera sean conocedoras de que han ido a parar ahí.

Dejo de cavilar para no dejar que la nostalgia me lleve por sinuosos caminos y sigo entre los puestos, y se me viene a la cabeza aquello de «Una, dos y tres, lo que usted no quiera pa mi rastro es».

13/04/2022 0 comments
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