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tecnología

Literatura

Utopías y distopías

by Emain Juliana 17/06/2025
written by Emain Juliana

Desde que Thomas More acuñara la palabra Utopía en el siglo XVI, la literatura no ha dejado de imaginar mundos posibles, y algunas veces, esos mundos eran proyecciones esperanzadas de una sociedad mejor; otras, advertencias oscuras sobre lo que podría ocurrir si nuestras obsesiones —el control, la técnica, la desigualdad— crecieran sin freno. En ambos casos, estos relatos han funcionado como espejos deformantes: no reflejan lo que somos, sino lo que podríamos llegar a ser si no se modifican ciertas estructuras. Lo utópico y lo distópico son, en el fondo, mecanismos de pensamiento que no nos hablan del futuro, sino del presente. Por eso se repiten una y otra vez, por eso vuelven y nos incomodan. En cada época de inestabilidad, resurgen con fuerza. Hoy, más que nunca, el mundo parece necesitar esas ficciones: no para evadir la realidad, sino para comprenderla con claridad.

Las utopías clásicas, como la de More o la de Campanella en La ciudad del Sol, partían de una intención filosófica. Eran ensayos encubiertos, escritos como narraciones, que proponían modelos ideales de convivencia, su arquitectura social estaba basada en la razón, la justicia, el orden. Eran textos profundamente normativos, pero ya entonces se percibía cierta ambigüedad: ¿es deseable una sociedad que lo controla todo, incluso el pensamiento? ¿Qué precio tiene la armonía si exige la renuncia al individuo? Esa tensión es la que más tarde explotarán las distopías modernas, que no nacen como negación de la utopía, sino como una consecuencia lógica de la propia utopía. Si el ideal se lleva al extremo, se convierte en tiranía.

El siglo XX hizo de la distopía una herramienta crítica de primer orden. Obras como 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury plantearon futuros marcados por la censura, hedonismo controlado, vigilancia constante o la eliminación sistemática del pensamiento. No eran simples ejercicios de imaginación: eran respuestas a los totalitarismos, al miedo hacia la energía nuclear y a la manipulación mediática. Su fuerza residía en que no hablaban de sociedades alienígenas, sino de nosotros mismos empujados al límite. Lo aterrador de esos mundos no era lo exótico, sino lo reconocible. El trabajo sin sentido, la imposición del consumo, la prohibición del lenguaje libre y el aislamiento disfrazado de confort. Cada uno de esos relatos apuntaba, con distinta intensidad, a lo mismo: el precio de vivir sin conflicto es la pérdida de la conciencia.

En los últimos años, la distopía ha cambiado de piel, ahora ya a no se limita a regímenes políticos opresores o tecnologías descontroladas, aunque ambos temas sigan presentes, en la actualidad el miedo viene también del agotamiento emocional, del colapso ambiental,  y sobre todo del deterioro de los vínculos entre las personas. Autoras como Margaret Atwood, en El cuento de la criada y Oryx y Crake, cruzan la crítica feminista con la ciencia especulativa. El futuro que presentan no es lejano: está a la vuelta de la esquina, construido con materiales del presente. Samanta Schweblin, con su novela Distancia de rescate, desdibuja los bordes entre lo real y lo onírico para narrar un veneno que se extiende por los cuerpos y los campos, pero que también envenena las relaciones entre madres e hijos. En ambos casos, la distopía no es un decorado futurista, sino un modo de mirar el mundo con una lente deforme, que revela lo que preferiríamos no ver. De forma paralela, también han aparecido obras que huyen de los códigos tradicionales del género, para plantear narrativas donde el desastre ya ha ocurrido, donde no hay una amenaza inminente, sino un derrumbe asumido. Ray Loriga, en Rendición, imagina un mundo sin memoria, donde todo lo incómodo es borrado por un sistema demasiado blando y eficaz. Lo inquietante aquí no es la violencia explícita, sino la suavidad con la que todo se apaga. El ciudadano perfecto ya no es el que obedece, sino el que no recuerda. Estas historias no buscan épica ni rebelión: muestran el desgaste lento y la erosión de la conciencia. 

En el fondo, tanto las utopías como las distopías son ejercicios de imaginación ética que nos obligan a preguntarnos qué valores consideramos esenciales, qué estamos dispuestos a sacrificar y qué riesgos acarrea el progreso cuando se separa del cuidado. Lo que antes era una advertencia sobre regímenes totalitarios hoy puede ser una reflexión sobre nuestra relación con la tecnología o la naturaleza. Porque la amenaza ya no viene solo del poder: puede venir también del exceso de comodidad, de la hiperconectividad, del aislamiento voluntario o de como elegimos pasar nuestro tiempo en el mundo. Es decir, de nuestras elecciones diarias.

Pero ¿Qué mundo estamos construyendo? ¿Qué parte de nosotros mismos estamos dejando atrás para sostener este orden? ¿Cuánto futuro estamos dispuestos a perder por mantener un presente funcional? Tal vez la literatura especulativa no sirva para evitar el desastre, pero al menos nos obliga a imaginarlo con claridad. Y a veces, eso basta para empezar a cambiar.

17/06/2025 0 comments
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LiteraturaReseñas

Reseña: Un mundo feliz, de Aldous Huxley

by Uve Magazine 12/03/2025
written by Uve Magazine

Cuando Aldous Huxley publicó Un mundo feliz en 1932, su visión de una sociedad dominada por el placer, el consumismo y la biotecnología parecía una exageración. Sin embargo, casi un siglo después, la realidad ha demostrado que muchas de sus ideas eran, más que fantasía, una premonición inquietantemente precisa.

¿De qué va Un mundo feliz?

En este clásico de la literatura distópica, Huxley nos traslada a un futuro donde los seres humanos son creados en laboratorios y condicionados desde su nacimiento para desempeñar roles específicos en una sociedad perfectamente organizada. Aquí no hay guerras ni pobreza, pero tampoco arte, literatura ni pensamiento crítico. La estabilidad se mantiene gracias a la manipulación biológica, la distracción constante y el soma, una droga que elimina cualquier forma de sufrimiento.

El protagonista, Bernard Marx, empieza a cuestionar este sistema “perfecto” cuando conoce a John, un “salvaje” que ha crecido fuera de esta sociedad y que, al entrar en ella, pone en evidencia sus contradicciones. A través de su historia, Huxley plantea preguntas que siguen resonando hoy: ¿estamos dispuestos a sacrificar la libertad por la comodidad? ¿El placer constante nos hace realmente felices? ¿Qué significa ser humano en un mundo diseñado para evitar el dolor?

Un mundo feliz, Aldous Huxley. Primera edición

Huxley y el futuro que se parece demasiado al presente

Aunque Huxley escribió su novela hace casi un siglo, el paralelismo con nuestra sociedad es sorprendente. No vivimos en un mundo donde los bebés nacen en frascos ni tomamos soma para mantenernos felices, pero… ¿y si ya estamos más cerca de ese mundo de lo que creemos?

  • Entretenimiento y distracción constante
    En la sociedad de Un mundo feliz, la gente está demasiado ocupada con placeres superficiales como el sexo, los espectáculos y el consumo para cuestionarse nada. Hoy, las redes sociales, el streaming y el entretenimiento digital cumplen una función similar: nos mantienen distraídos, bombardeados por contenido, sin tiempo para detenernos a pensar.
  • La felicidad obligatoria y la positividad tóxica
    En la novela, cualquier emoción negativa es vista como un error que debe corregirse. En nuestro tiempo, la cultura del “pensamiento positivo” nos dice que debemos ser felices a toda costa, ignorando que el dolor y la tristeza son parte natural de la vida.
  • Manipulación genética y biotecnología
    En Un mundo feliz, las personas son diseñadas biológicamente para cumplir un rol. Hoy, con tecnologías como CRISPR, la fertilización in vitro y la edición genética, la idea de seleccionar ciertas características en los bebés ya no es ciencia ficción.
  • El consumismo como motor de la sociedad
    Huxley imaginó un mundo donde la gente es condicionada desde la infancia para consumir sin parar. En nuestra realidad, la moda rápida, la obsolescencia programada y la publicidad omnipresente hacen que comprar y desechar productos se haya convertido en una costumbre cotidiana.
  • La supresión del pensamiento crítico
    Aunque tenemos acceso a más información que nunca, la desinformación, las noticias falsas y la saturación de contenido han hecho que, en lugar de pensar más, muchas personas prefieran aceptar lo primero que ven. Como en Un mundo feliz, la mejor forma de controlar a una sociedad no es la censura, sino distraerla hasta que deje de hacer preguntas.

¿Por qué leer Un mundo feliz hoy?

Más que una novela, Un mundo feliz es una advertencia. Huxley no nos dice que el placer o la tecnología sean malos, sino que cuando la felicidad artificial se convierte en la única meta, corremos el riesgo de perder lo que nos hace humanos: la capacidad de cuestionar, de sentir y de buscar un significado más profundo en la vida.

Quizá no vivamos en un futuro donde tomamos soma para olvidar nuestras preocupaciones, pero, ¿qué diferencia hay entre eso y pasar horas en TikTok para evadir la realidad? Al final, la pregunta sigue siendo la misma: ¿estamos construyendo un mundo feliz… o simplemente un mundo distraído?

Aldous Huxley

Aldous Huxley (1894-1963) fue un escritor, ensayista y filósofo británico, reconocido por su aguda visión crítica de la sociedad y su exploración de temas como la tecnología, la política, la espiritualidad y la naturaleza humana.

Nació en Godalming, Inglaterra, en una familia de intelectuales: su abuelo era el célebre biólogo Thomas Henry Huxley y su hermano, Julian Huxley, un destacado científico. Huxley estudió en Eton y luego en la Universidad de Oxford, donde se graduó en Literatura Inglesa. Una enfermedad ocular en su juventud afectó gravemente su visión, lo que influyó en su perspectiva del mundo y en su inclinación hacia la filosofía y la literatura.

En 1932 publicó Un mundo feliz, su novela más famosa, en la que imaginó una sociedad distópica controlada por el placer y la manipulación científica. Más adelante, en obras como Las puertas de la percepción (1954), exploró los efectos de sustancias psicodélicas en la conciencia, influyendo en la contracultura de los años 60.

A lo largo de su vida, Huxley vivió en distintos países, estableciéndose en los Estados Unidos en la década de 1930. Allí trabajó en Hollywood como guionista y profundizó en el estudio del misticismo y la filosofía oriental.

Murió en 1963 en Los Ángeles, el mismo día que John F. Kennedy fue asesinado, lo que hizo que su fallecimiento pasara casi desapercibido.

12/03/2025 0 comments
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