Muere Catherine O ‘Hara a los 71 años, de Solo en casa y Bitelchús al grito que la volvió inolvidable el “¡Kevin!” que definió toda una época.
El grito no duró más de un segundo, pero aún sigue viajando. Atravesó aeropuertos europeos, inviernos interminables, televisores encendidos a deshora y generaciones enteras que aprendieron, sin saberlo, que el pánico también puede ser cómico. “¡Kevin!” gritó Catherine O’Hara, y en ese instante quedó suspendida para siempre en la memoria colectiva, como una nota aguda que nunca termina de apagarse.
Decir que Catherine O’Hara murió a los setenta y un años es una afirmación que necesita matices. Porque hay artistas cuya desaparición física —real o imaginada— no logra desalojarlos del todo del mundo. Permanecen en los gestos que heredamos de ellos, en la cadencia de una voz exagerada, en la manera de ocupar una habitación como si fuera un escenario invisible. O’Hara fue una de esas presencias: una actriz que nunca pidió ser el centro, pero que inevitablemente lo era.
Nació en Canadá en 1954, lejos de los centros solemnes del cine, en un país donde el humor funcionaba más como arma que como adorno. En Second City y más tarde en SCTV, aprendió que la comedia no consiste en caer bien, sino en mirar con precisión. Allí moldeó su talento más reconocible: una inteligencia escénica capaz de empujar a sus personajes hasta el borde del ridículo sin dejarlos caer jamás.
Cuando Hollywood la adoptó, lo hizo con cautela. No encajaba en el molde de la estrella clásica: su rostro era móvil, incómodo, demasiado expresivo para el hieratismo del glamour. Por eso se especializó en algo más duradero: el arte de la actriz secundaria que sostiene el mundo emocional de una película. En Bitelchús, su Delia Deetz parecía una instalación artística con pulso vital. Vestida con siluetas angulosas y colores que desafiaban el buen gusto convencional, Delia no habitaba la casa embrujada: la intervenía. O’Hara interpretó al personaje como alguien para quien el arte no era una vocación sino un idioma, una forma de imponer sentido en un entorno que se desmoronaba. Delia reaccionaba ante lo sobrenatural con la misma distancia estética con la que contemplaba una escultura contemporánea: nada la sorprendía del todo, porque todo podía ser incorporado al discurso. Esa contención —en una película entregada al exceso— convirtió su actuación en un punto de equilibrio inesperado. Delia no era un alivio cómico; era una declaración sobre el narcisismo ilustrado y la necesidad humana de traducir el caos en estilo.

En Solo en casa, hizo algo radicalmente distinto. Kate McCallister no se protegía tras la ironía ni el artificio. Era una mujer definida por la urgencia, por la culpa que avanza más rápido que el cuerpo. La ansiedad materna, que en manos menos hábiles habría sido caricatura, se transformó en una epopeya doméstica narrada a través de gestos mínimos: la forma en que revisa una lista, cómo su voz se quiebra antes de elevarse, el instante exacto en que el pánico deja de ser abstracto y adquiere un nombre propio. Kate McCallister atraviesa continentes, pero el viaje verdadero ocurre en su rostro, donde O’Hara despliega una precisión emocional que sostiene toda la fantasía del filme. Sin esa ansiedad —organizada, reconocible, humana— la película habría sido un ejercicio de slapstick; con ella, se convirtió en un ritual navideño.
Ese grito —Kevin— no era solo un recurso narrativo. Era la condensación de una época: madres desbordadas, familias dispersas, la ilusión frágil del orden moderno. O’Hara entendió, quizás mejor que nadie, que la comedia funciona cuando se toma el dolor en serio.
Pasaron los años, y mientras muchas actrices desaparecían de la conversación pública, ella regresó transformada. Moira Rose, la matriarca imposible de Schitt’s Creek, fue mucho más que un vehículo tardío para su reconocimiento. Fue, en muchos sentidos, una síntesis de toda su carrera. Moira era una mujer construida a partir del artificio: exestrella de una telenovela olvidada, vestida con pelucas que parecían responder a estados de ánimo más que a decisiones prácticas, hablaba un idioma propio, cuidadosamente afectado, como si cada frase hubiera sido ensayada durante años frente a un espejo invisible. Y, sin embargo, nada en ella resultaba completamente falso.

Interpretó a Moira como alguien que había sobrevivido convirtiéndose en personaje. La exageración no era un rasgo cómico aislado, sino una estrategia de defensa frente a la pérdida del estatus, del dinero y, en última instancia, de la relevancia. Moira no se permitía el descuido porque el descuido equivalía a desaparecer. En manos de otra actriz, el personaje habría sido una caricatura sostenida por el vestuario; en las de O’Hara, se convirtió en un estudio minucioso sobre el miedo a envejecer en público.
A lo largo de Schitt’s Creek, Moira evolucionó sin llegar nunca a transformarse por completo. Aprendió a amar con mayor claridad, pero no a hablar de forma sencilla; a permanecer, pero no a integrarse del todo. Esa negativa a someterse al arco clásico de redención fue una de las decisiones más audaces del personaje. Moira no pedía disculpas por su rareza ni se adaptaba para resultar accesible. Exigía, en cambio, que el mundo realizara un pequeño ajuste para poder convivir con ella.
Con Moira Rose, ofreció una de las interpretaciones más singulares de la comedia televisiva reciente: una mujer mayor, excesiva, plenamente consciente de sí misma y, pese a todo, capaz de una ternura inesperada. El éxito del personaje no se explicó únicamente por los premios que lo acompañaron, sino por algo más difícil de medir: la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, la televisión permitía a una mujer de esa edad ser extraña sin castigo.
Catherine O’Hara deja atrás una filmografía extensa y una huella cultural difícil de delimitar con precisión. Quizá porque su contribución principal fue esa: demostrar que incluso el gesto más exagerado puede contener algo íntimo, y que, a veces, basta con decir un nombre en voz alta para permanecer en la memoria colectiva durante décadas.