Hoy se cumplen 41 años desde que los alcaldes de Roma y Cartago firmaron un tratado de paz simbólico que pretendía cerrar, al menos desde un punto de vista ceremonial, uno de los conflictos más decisivos del mundo antiguo: las Guerras Púnicas. El acuerdo, rubricado en 1985, no tenía consecuencias políticas ni diplomáticas reales, pero sí una importante carga cultural, porque reconocía que el enfrentamiento entre ambas potencias había marcado profundamente la historia del Mediterráneo y, en gran medida, la construcción del mundo occidental tal y como lo entendemos hoy.
El gesto puede parecer llamativo, incluso paradójico, si se observa con perspectiva histórica, ya que el tratado llegaba más de dos mil años después del final de las guerras. Sin embargo, este tipo de iniciativas forman parte de una tendencia contemporánea que busca reinterpretar los grandes conflictos del pasado desde una óptica simbólica, en la que la memoria histórica deja de ser únicamente una narración de conquistas y derrotas para convertirse en un espacio de reflexión cultural y patrimonial.
Las Guerras Púnicas, desarrolladas entre los años 264 y 146 antes de nuestra era, enfrentaron a Roma con Cartago, una ciudad fundada por colonos fenicios que, gracias a su ubicación estratégica en el norte de África, se convirtió en una de las grandes potencias comerciales del Mediterráneo. Roma, que hasta entonces había consolidado su dominio sobre la península itálica, comenzó a expandirse hacia territorios marítimos, lo que provocó un choque inevitable entre dos modelos de poder profundamente distintos. Mientras Cartago basaba su influencia en el comercio y en su capacidad naval, Roma avanzaba a través de la expansión territorial y la organización militar de sus ejércitos.

La Primera Guerra Púnica surgió a raíz del control de Sicilia, una isla que funcionaba como enclave estratégico para el comercio y las rutas marítimas. Roma, que carecía de una tradición naval comparable a la cartaginesa, desarrolló una flota con rapidez para enfrentarse a su rival. El conflicto terminó con la victoria romana, que obtuvo el control de Sicilia y sentó las bases para su expansión fuera de Italia, marcando el inicio de su transformación en una potencia mediterránea.
La Segunda Guerra Púnica, iniciada en el 218 antes de nuestra era, es la más recordada debido a la figura del general cartaginés Aníbal Barca, cuya campaña militar sigue siendo estudiada como uno de los episodios estratégicos más audaces de la Antigüedad. Aníbal sorprendió a Roma al cruzar los Alpes con un ejército que incluía elefantes de guerra, una maniobra que provocó algunas de las derrotas más graves de la historia romana, como la batalla de Cannas. Durante años, Roma vivió bajo la amenaza constante de una invasión definitiva, aunque el conflicto terminó inclinándose a su favor cuando el general Publio Cornelio Escipión llevó la guerra al territorio africano y derrotó a Cartago en la batalla de Zama.
La Tercera Guerra Púnica tuvo un carácter mucho más radical, ya que Roma no buscaba únicamente imponerse, sino eliminar cualquier posibilidad de recuperación de su rival. En el año 146 antes de nuestra era, tras un largo asedio, Cartago fue destruida completamente, sus edificios arrasados y su población esclavizada. Este episodio ha sido interpretado por numerosos historiadores como uno de los primeros casos documentados de destrucción sistemática de una ciudad enemiga, un acontecimiento que consolidó el dominio romano en el Mediterráneo occidental.
Cuando en 1985 los alcaldes de Roma y Cartago firmaron su tratado simbólico, lo hicieron con la intención de transformar la memoria de aquel enfrentamiento, que durante siglos había sido narrado principalmente desde la perspectiva de la victoria romana. El acuerdo pretendía reconocer el valor cultural de ambas civilizaciones, que, aunque enfrentadas en el pasado, contribuyeron de forma decisiva al desarrollo político, económico y cultural del Mediterráneo.
Roma dejó un legado que todavía influye en el derecho, la organización administrativa y la arquitectura de gran parte de Europa, mientras que Cartago destacó por su capacidad comercial, su red de intercambios marítimos y su habilidad para conectar territorios muy distantes mediante rutas económicas y culturales. La paz simbólica no buscaba corregir el pasado ni establecer equivalencias históricas, sino mostrar que el estudio de estas civilizaciones puede entenderse como parte de una herencia compartida que sigue influyendo en el presente.
Este tipo de acuerdos también pone sobre la mesa la forma en que las sociedades contemporáneas reinterpretan los conflictos históricos, utilizando gestos ceremoniales para fomentar el diálogo cultural. La historia, en este sentido, deja de ser únicamente una narración de enfrentamientos para convertirse en una herramienta que permite comprender cómo se construyen las identidades colectivas y cómo los relatos del pasado influyen en la manera en que las sociedades modernas se perciben a sí mismas.
El tratado firmado entre Roma y Cartago puede parecer anecdótico desde un punto de vista político, pero adquiere relevancia cuando se interpreta como una forma de reconocer que las ciudades sobreviven a los imperios, a las guerras y a los cambios históricos. Ambas continúan siendo espacios donde el pasado convive con el presente, y donde las huellas de antiguas civilizaciones siguen influyendo en la cultura contemporánea. Recordar este aniversario no significa cerrar una guerra que terminó hace más de dos mil años, sino aceptar que la historia, cuando se revisa con distancia y conciencia cultural, permite construir relatos que ayudan a comprender mejor la complejidad del mundo mediterráneo y su legado en nuestra forma de entender la política, la economía y la convivencia entre pueblos.