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Federico Granell estudio

ArteEntrevistasPersonajes

ENTREVISTA Federico Granell

by Beatriz Menéndez Alonso 26/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«El arte puede elevarnos a la altura de lo que es noble, sublime y verdadero, llevarnos hasta la inspiración y el entusiasmo, lo mismo que puede hundirnos en la sensualidad más grande, en las pasiones más bajas, ahogarnos en una esfera de voluptuosidad y dejarnos desamparados, aplastados por el juego de una
imaginación desencadenada
que actúa sin freno…»

Friedrich Hegel

Comencemos esta entrevista desandando los pasos de la memoria, en busca del momento en que empezaste a pintar no solo lo que veías, sino lo que intuías. A menudo el camino del artista se traza desde la copia hacia la invención, desde la observación externa hacia un imaginario más interior. ¿Cuándo sentiste que habías dejado atrás esa etapa inicial para empezar a pintar lo que, sin saberlo del todo, ya habitaba en ti?

Más o menos siempre pinté parecido. Desde el principio tuve muy claro lo que me gustaba y lo que no. Con el tiempo empecé a investigar sobre los personajes, la gente, el viaje, la música que nos habita… y quise juntar todo eso para crear algo reconocible. Esa es la parte difícil del arte: trazar tu propio estilo y que quien vea tu obra la identifique de inmediato. 
El proceso fluyó de manera muy natural, casi instintiva, pero con el respaldo de años de aprendizaje y observación. Es cierto que hice un trabajo previo de investigación sobre el color, con referencias visuales y con la base sólida de mi formación en la Escuela de Bellas Artes de Salamanca. Pero si tuviera que señalar un momento clave en la definición de mi estilo, sería mi primer viaje a Londres, ya fuera del marco académico. Allí empecé a reconciliar lo aprendido con la búsqueda de mi propia identidad como artista. Y fue en Roma, gracias a una Beca de Pintura, donde se confirmó absolutamente mi vocación: supe con total claridad que quería ser pintor y, aún más, vivir de mi pasión. Es un trabajo diario que exige mucha dedicación, pero siempre supe que no me iba a aburrir haciendo lo que hago, ni a tirar la toalla, porque tenía muchas cosas que contar.

¿Qué parte de ti —emocional, simbólica o incluso física— queda en cada obra? ¿Y qué determina que una pieza te implique más profundamente que otra?

Mucho. En algunas más que en otras, porque te implicas más, o porque estás más vulnerable en ese momento, y eso se refleja.
En otras, por ejemplo, cuando preparas una exposición, tienes que contar una historia, y como en toda historia, hay capítulos más lentos, más calmados, menos trepidantes. No todo puede estar siempre en la cúspide de la emoción. 
Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti. Recuerdo en este sentido un cuadro muy especial para mí, que forma parte de la Exposición «Para Iluminar un bosque», que estuvo en el Centro de Cultura del Antiguo Instituto de Gijón entre el año 2020 y 2021: Se trata de un friso con personajes en la noche, portando velas en las manos, en el que quise inmortalizar a varios compañeros de gremio. Esa imagen me acompañó durante años, y cuando por fin la pinté fue una experiencia emocionalmente muy explosiva para mí.

«Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti».

Obra en el estudio del artista. Imagen de José Antonio Pernia López

En tus obras aparecen figuras solitarias que parecen extraídas de un sueño o de una escena infantil congelada en el tiempo: recortables, marionetas, personajes que no hablan, pero se dejan observar. Hay en ellas una quietud llena de intención, una presencia muda que inquieta y atrae a la vez. ¿De dónde vienen estos personajes? ¿Qué diálogo secreto mantienes con esas presencias? ¿Te acompañan, te confrontan, te hablan…? ¿Cómo son realmente?

Son ante todo obedientes. Me siento como un escenógrafo que dirige un pequeño universo en miniatura: las coloco cuidadosamente, las organizo, las acomodo en el espacio como si fueran actores en una escena teatral. Juego con ellas, buscando siempre lo más potente y expresivo de cada composición, porque para mí cada pieza —y en especial las esculturas— tienen una carga profundamente narrativa. No las veo como objetos estáticos, sino como elementos vivos que pueden transformarse, evolucionar y adoptar nuevos significados según el contexto en el que las ubique. Por eso las reutilizo, las reciclo, las transformo y las vuelvo a poner en escena una y otra vez. Este proceso, por me permite pensar y repensar mis ideas desde diferentes ángulos, dándoles una riqueza y profundidad que no existirían si se quedaran fijas en una única forma.
La fotografía es una herramienta fundamental en ese recorrido. Me permite documentar cada etapa, registrar la evolución de la pieza y fijar la idea que quiero trabajar desde el principio hasta la finalización. A través de las imágenes puedo observar detalles que en la tridimensionalidad pasan desapercibidos, y también construir un relato visual que acompaña y completa el trabajo escultórico.
Son un poco Frankenstein, ensambladas a partir de partes de otras piezas o moldes que hago yo mismo. A veces me piden Lilys, otras, simplemente parecen querer salir al jardín a jugar. Al final cada una encuentra su propio camino , su propia voz, y yo solo las acompaño en este tránsito.

En este universo de pequeños rituales visuales, la música no actúa como un simple fondo. Es una presencia constante, un latido invisible que acompaña el gesto artístico. El silencio, lejos de ser neutral, parece casi incómodo; la música, en cambio, se convierte en una forma de sostén.
¿Qué lugar ocupa la música en tu proceso de creación? ¿ Funciona como una atmósfera emocional o como un estímulo narrativo? 

Trabajar sin música me deprime, me pesa. A veces ni la escuchó, pero sé que está ahí, me genera tranquilidad, tiene ese tono neutro necesario para concentrarme. 
En mi exposición Las canciones que vienen al caso, presentada en la Casa de las Artes y las Ciencias de Bueño, partí de los cuadernos de canciones que dibujo. Se ampliaron y expusieron unas 55 imágenes aproximadamente, que son las acuarelas originales. En un primer instante, la imagen se formó con nitidez en mi mente, como si ya existiera desde antes, aguardando ser descubierta. Sin embargo, el espacio —ese entorno cambiante, cargado de significados y vacíos— interviene inevitablemente. La obra, aunque concebida con claridad, se transforma al situarse en un contexto, al enfrentarse con la luz, las proporciones, las texturas y hasta con la mirada del espectador. Fue precisamente este diálogo con el espacio lo que prolongó el proceso mucho más de lo que inicialmente había previsto. Cada rincón, cada dimensión, cada incidencia de la luz obligaba a reconsiderar detalles, a reajustar escalas y a replantear la disposición de las piezas. Lo que parecía una idea clara y sencilla en la mente, se reveló complejo y cambiante al momento de traducirse en el lugar físico. Así, la obra no solo se construyó, sino que se fue gestando en un continuo ajuste, donde el espacio no fue un mero soporte, sino un verdadero coautor que exigió paciencia, atención y respeto. Las imágenes son canciones, y las esculturas dialogan con ese universo musical: auriculares, vinilos, tocadiscos… etc Todo contribuye a ese mundo. El montaje, las piezas y los vídeos del proceso creativo aportan una serenidad y manualidad que siempre persigo alcanzar. Me gustó especialmente que se hiciera un catálogo ligado a la obra, algo que por desgracia se está perdiendo y que considero fundamental.

¿Qué música escuchas mientras trabajas? ¿Qué artistas y bandas te inspiran? 
Cigarettes After Sex me parecen perfectos para pintar, su sonido es muy envolvente, tranquilo casi hipnótico, ideal para dejar que la creatividad fluya. Incluso mis alumnos los escuchan. Además, me encanta la bossa nova. Artistas como Astrud Gilberto y Rita Lee tienen un toque especial, esa mezcla de suavidad y ritmo que siempre me inspira. Me fascina cómo han abordado incluso versiones de los Beatles, dándoles un aire nuevo y fresco, con una elegancia y calidez muy características de ese género.
Recientemente he descubierto a Fat Dog, que me parecen pura energía. Son una banda que aporta mucha fuerza y dinamismo, algo que a veces necesito para salir de la rutina y darle un impulso más vibrante a mi proceso creativo.
También soy fan de Floating Points, que tienen un estilo muy adictivo y sofisticado, con capas sonoras que invitan a sumergirse en su música y explorar nuevas sensaciones.

¿Y tus incunables? 
Hay ciertas bandas y artistas a los que siempre vuelvo, porque forman parte de mi ADN musical y emocional. Family, Los Planetas, Stone Roses, Klaus & Kinski, La Bien Querida, Pulp, New Order… Todos ellos me remiten inevitablemente a Radio 3, que era mi compañía fiel cuando estudiaba en Salamanca.

Federico Granell en su estudio. Imagen de José Antonio Pernia López

El estudio es refugio, pero también un espacio de búsqueda. Lo habitas como se habita una casa: con memoria, con costumbre, con alegría. Aun así, te defines como un artista itinerante, capaz de trabajar donde te lleve la necesidad o el impulso. ¿Es el estudio, para ti, un lugar físico o un estado mental? ¿Qué supone abrirlo a otros a través de las clases de pintura?

Ambas cosas. Es mi segunda casa, pero también un estado mental. Puedo trabajar en cualquier sitio si la idea es clara, si estoy conectado con lo que quiero hacer. Aun así, el estudio tiene un valor muy especial para mí: me permite hacer obras más grandes, desarrollar esculturas, experimentar con materiales y formatos que en otros lugares no podría abordar.
Vengo feliz al estudio. Es una prolongación de mi casa y casi una réplica, no sólo en lo físico, sino en lo emocional. Está lleno de objetos, de libros, de cosas que me acompañan. Soy muy acumulador —me gusta rodearme de cosas—, pero no es una acumulación al azar: cada objeto que guardo me dice algo, me transmite una pequeña chispa, una referencia, un recuerdo. Son disparadores visuales y afectivos.
Y es también un lugar para compartir. Doy clases de pintura aquí desde hace años, y eso me conecta con otras miradas, otras formas de entender el arte. Es un intercambio muy enriquecedor. Me gusta acompañar procesos, ayudar a que otros descubran su voz plástica, sin imponer la mía. Me interesa más sugerir que corregir, más guiar que marcar un camino único. Y a la vez, aprender. Porque enseñar también es una manera de seguir afinando la propia mirada.

¿Existen temas, motivos o formatos que prefieres evitar? ¿Hay algo que sientas que no pintarías nunca, no por prejuicio, sino porque simplemente no conecta contigo como creador?

No diría que hay algo que nunca pintaría, pero sí hay ciertos temas que, por lo general, evito. Los retratos, por ejemplo. Creo que, salvo que seas Velázquez, envejecen mal. Tengo algunos, claro, porque a veces surgen casi inevitablemente, pero los considero más bien excepciones. Tampoco me atraen mucho los bodegones o las naturalezas muertas; no conecto con ese tipo de representación, no me despierta nada especial. Y en cuanto a los encargos, especialmente cuando se trata de retratos, suelo evitarlos porque me condicionan demasiado. Me siento limitado, como si tuviera que responder a expectativas ajenas más que seguir mi propio impulso. En resumen, aunque no cierro la puerta por completo, hay ciertos caminos que prefiero no tomar.

El tema del fracaso aparece, como siempre en todos los procesos creativos, no como una derrota, sino como parte del trayecto. Me interesa ese otro lado de la práctica artística: los límites, los bloqueos, la mirada del otro. ¿Cómo convives con los momentos de duda o de frustración? ¿Te afecta la opinión ajena? ¿Qué lugar ocupa para ti el error dentro del proceso?

La mirada del otro me importa, sí. La sigo de cerca, tanto en redes sociales como en exposiciones. Escucho con atención lo que dice el público, lo que comentan otros artistas, amigos, gente que ve la obra con ojos distintos a los míos. Muchas veces, de esas conversaciones surgen ideas nuevas, o maneras de mirar lo que uno estaba haciendo y no terminaba de entender del todo. No se trata de complacer, pero sí de estar abierto, porque la pintura, aunque sea un acto íntimo, también se completa cuando alguien la observa. Esa mirada externa a veces te confirma intuiciones, y otras veces te obliga a replantearte cosas. Me transforma, claro que sí. 
En cuanto al fracaso, creo que está siempre presente, en distintas formas. Hay muchos cuadros que se quedan a medias, que no avanzan, que se estancan. Es frustrante, porque inviertes tiempo, energía, entusiasmo… y sientes que no llegan a donde querías llevarlos.
Pero con el tiempo aprendí a ver ese tipo de fracaso como algo relativo. Aunque el cuadro no funcione, algo deja: una idea, un gesto, una enseñanza técnica, o simplemente la conciencia de un límite. A veces hay que fracasar para entender por qué un camino no era el adecuado 
Me da pena cuando un cuadro no prospera, claro, pero también pienso que todo tiene su razón. No todo lo que uno pinta tiene que ver la luz. Hay piezas que simplemente son parte del proceso. Y para mí, el verdadero éxito es ese: poder seguir pintando después de 25 años y, además, vivir de ello. Poder sostener una práctica artística en el tiempo, con todo lo que eso implica —dudas, cambios, fracasos, momentos de claridad—, ya es un triunfo. Porque no se trata solo de hacer obra, sino de sostener una forma de vida.

Imágenes de José Antonio Pernia López

26/03/2026 0 comments
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