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Amores extraños

Amores extraños

La durmiente del velo, el reparto del corazón y siglos de oscuridad compartida

by Verónica García-Peña 08/11/2025
written by Verónica García-Peña

En marzo de 2014, el silencio sepulcral del convento de los Jacobinos en Rennes, la capital de la región de Bretaña —en el noroeste de Francia—, fue roto por la luz. Unos arqueólogos abrieron un ataúd de plomo, uno de los varios hallados en el lugar, que guardaba un secreto sellado durante casi cuatrocientos años. Dentro, intacta al paso del tiempo, encontraron a una mujer que parecía dormir y a su lado, en un relicario, un corazón humano perfectamente embalsamado que no era el suyo.

Su cuerpo, envuelto en el humilde hábito franciscano, yacía en paz, el rostro cubierto por un velo monástico, como si esperara solo el despertar en la eternidad. Sus manos, sobre el pecho, sostenían firmemente un sencillo crucifijo. Aquella durmiente era Louise de Quengo, dama bretona del siglo XVII, que murió en 1656; el corazón que la acompañaba era el de su marido, Toussaint de Perrien, Señor de Bréfeillac, muerto siete años antes.

El suyo fue un matrimonio sin hijos, lo que, en una época obsesionada con la estirpe, pudo haber cambiado el afecto que sentían hacia una comunión de almas que trascendía la herencia terrenal. Un amor diferente. Al fin y al cabo, pertenecían a una nobleza cuya vida era un tapiz donde la fe y la sombra de la muerte no se temían y se abrazaban con firmeza.

Cuando Toussaint marchó de este mundo en 1649, su cuerpo fue depositado en el convento de los Carmelitas Descalzos en Carhaix —actualmente Carhaix-Plouguer—, también en la región de Bretaña. Él había fundado ese monasterio y quiso reposar allí para siempre. Louise, con el alma rota por la pérdida, decidió que su esposo sería enterrado sin el corazón, pues este le pertenecía a ella. Mandó extraer el órgano y lo confinó en un relicario de plomo cuya inscripción no dejaba lugar a dudas: «Aquí yace el corazón de Toussaint de Perrien, caballero de Bréfeillac, cuyo cuerpo yace cerca de Carhaix en el convento de los Carmelitas Descalzos, que él fundó».

Luego, Louise ingresó como terciaria franciscana y cambió las comodidades de su castillo familiar en Bréfeillac por la austeridad y la reclusión del convento. Dedicó los siguientes años a la oración y a la espera, hasta que en 1656 murió. Entonces, el corazón de Toussaint fue depositado, tal y como ella había previsto, junto a su cuerpo en el convento de Rennes, reuniéndose en la infinitud de la muerte.

Este gesto, que hoy nos estremece, era conocido en la corte barroca francesa como el partage du cœur (el reparto del corazón). Era una especie de ritual de amor espiritual mediante el cual los cuerpos podían yacer separados en el espacio, pero los corazones, reunidos, sellaban una unión indisoluble más allá de la materia. Las excavaciones de Rennes lo confirmaron, pues se encontraron al menos otros tres corazones en distintas urnas pertenecientes a otros nobles como, por ejemplo, Catherine de Tournemine.

Los científicos que desvelaron este misterio comprobaron que el cuerpo de Louise había sido embalsamado con una técnica excepcional, preparando a la mujer del velo para su viaje eterno; y el corazón de Toussaint se conservaba como un tesoro biológico a su lado. Lo que para la ciencia fue un hallazgo único, para el amor y sus relatos, para quienes profundizamos en lo extraño de su ser y sentir, es una historia que bien podía ser una balada épica —aunque sea totalmente real— de dos almas que se juraron no separarse hasta que el plomo, en el silencio de la muerte, los reuniera de nuevo. Actualmente, el cuerpo de Louise de Quengo y el corazón de su esposo reposan juntos en el cementerio de la Chapelle-des-Fougeretz, cerca de Rennes, donde fueron enterrados nuevamente en 2015.

Tal vez, pienso, cuando descubro estas historias y, a mi manera, les devuelvo la vida, la auténtica eternidad no se encuentra en las palabras grabadas en tumbas y relicarios. Tampoco en las oraciones elevadas a un cielo que no sabemos si realmente nos responderá alguna vez. Posiblemente, la verdadera eternidad esté en ese corazón guardado que, quizá, aún palpita en mudez total para nosotros, siglo tras siglo en la oscuridad, y que solo desde el otro lado del velo se puede sentir.

08/11/2025 0 comments
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Amores extraños

Un príncipe deforme, una sala de espejos y la villa de los monstruos

by Verónica García-Peña 26/10/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que el amor es capaz de levantar catedrales, pero el desamor también ha sabido construir sus propios templos. En Sicilia, al sur de Palermo, en la localidad de Bagheria, se alza uno de los más singulares. Se trata de la Villa Palagonia, conocida desde hace tres siglos como la Villa de los Monstruos. Su historia comienza en el siglo XVIII y, como casi todas las grandes pasiones, tiene algo de fábula, algo de locura y algo de verdad.

En 1715, Ferdinando Francesco I Gravina Cruyllas e Bonanni, el cuarto príncipe de Palagonia, ordenó al arquitecto Tommaso Maria Napoli construir una villa barroca para su familia, sin imaginar que, unas décadas después, su nieto transformaría aquel elegante palacio en un jardín de pesadilla lleno de monstruos, criaturas anómalas y extravagancias. Hablamos de Francesco Ferdinando II Gravina e Alliata, nacido en 1722, heredero y príncipe de Palagonia. Las crónicas lo describen como un hombre de inteligencia refinada, culto y de gustos ciertamente insólitos, pero también marcado por una fuerte deformidad física. Jorobado, de rostro asimétrico y caminar torcido, creció en una sociedad que veneraba la belleza tanto como temía la diferencia.

Por conveniencia dinástica y estratégica, como era habitual entre la nobleza siciliana,  lo casaron con Donna Anna Maria Cattolica Ruffo —hija del duque de Bagnara—, una joven de gran linaje y extraordinaria belleza. Fue, desde el inicio, un matrimonio extraño marcado por la diferencia de edad —en ese momento, él tenía 26 años y ella alrededor de 14— y la fascinación del príncipe por lo grotesco y la fealdad. De hecho, algunas crónicas de los viajeros del ‘Grand Tour’ que visitaron el Palacio, como el escocés Patrick Brydone, aseguraron que ella nunca lo amó y que su belleza servía como un contraste doloroso de la propia realidad física del príncipe. Aunque también hay quien dice que, en realidad, la excentricidad del heredero se intensificó justo tras la muerte de su esposa en 1749.

El ‘Grand Tour’ era un viaje que se hizo muy popular entre los jóvenes aristócratas del siglo XVIII. Buscaban completar su educación y formación cultural. Era considerado un rito de paso crucial, con Italia como destino principal, para conocer el arte, la cultura clásica y las costumbres del continente

El 6 de marzo de 1747 Francesco Ferdinando II asumió por testamento el título como hijo primogénito y heredero de su padre, Ignazio Gravina, y apenas dos años después, en 1749 fue cuando comenzó a encargar las grotescas esculturas que adornarían Villa Palagonia y le harían famoso. Desde ese año y durante décadas, ordenó poblar los jardines, las escalinatas y los muros de la villa con más de seiscientas esculturas grotescas. Centauros, sirenas, animales imposibles, demonios sonrientes, mujeres con cabezas de bestia, bufones congelados en gestos de burla… Una procesión de piedra que parecía salida de una auténtica pesadilla barroca.

Algunos aseguraban que eran caricaturas de los invitados a sus fiestas; otros, que representaban los rostros deformados de los amantes imaginarios de su esposa con los que dicen —aunque no está ni mucho menos comprobado— el príncipe estaba obsesionado. También hubo quien pensó que, en realidad, cada monstruo era un reflejo de sí mismo. Una especie de autorretrato multiplicado hasta el delirio. Si bien, el clímax de la locura barroca de la villa era la llamada Sala degli Specchi —Sala de los Espejos—, donde diferentes tipos de espejos distorsionaban burdamente a los invitados y mostraban a la aristocracia de la época, que tanto valoraba su imagen, una caricatura de sí mismos. «Specchiati in quei cristalli e nell’istessa magnificenza singolar contempla di fralezza mortal l’immago espressa» (mírate en esos cristales y, con la misma singular magnificencia, contempla la imagen que expresa la fragilidad mortal) está escrito a la entrada del salón de la villa.

Wolfgang von Goethe

¿Y qué era en realidad la villa? ¿Acaso un santuario a la fealdad? ¿Tal vez esculpió su dolor en piedra hasta convertir la villa familiar en una parodia de la humanidad? Quién sabe si no sería todo aquello solo fruto de la locura y no un altar a la imperfección y al desamor. Interpretaciones y leyendas populares que forman parte del enigma que rodea a la Villa de los Monstruos. Sea como fuere, cada esquina parece un reflejo de su excéntrico corazón. Caótico, atormentado y lleno de una melancolía retorcida.

En 1787, el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe cruzó el umbral de aquella villa. Estaba recorriendo Italia cuando decidió detenerse en Bagheria atraído por la fama del palacio. Lo que encontró, él que era un defensor de los ideales clásicos de orden y belleza, le resultó impactante y de mal gusto. En su Viaje a Italia (publicado entre 1813 y 1817) escribió que Villa Palagonia era «wahn in Stein gehauen» —literalmente, «la locura cincelada en piedra»— y lo describió como el «pináculo de la demencia y el mal gusto». Desde entonces, creció la leyenda de que aquel lugar había inspirado la noche de Walpurgis de Fausto. No hay prueba de que así fuera, pero la idea persistió, quizá porque la Villa Palagonia es un lugar donde el arte parece producto de las pesadillas, y la belleza y el espanto se confunden.

El tiempo y el mito hicieron el resto. Se cuenta, por ejemplo, que Salvador Dalí soñó con comprarla para pasar allí sus veranos debido a la admiración que sentía por las locuras arquitectónicas sicilianas, aunque no hay pruebas que lo confirmen. Lo que sí es cierto es que el pintor Renato Guttuso la recordaba como el escenario de sus juegos de infancia. En el siglo XX, el cine se rindió también a su magnetismo. Bellocchio la convirtió en el escenario de un matrimonio imposible en La Cina è vicina (1967), y Giuseppe Tornatore la incluyó en Baarìa (2009), su homenaje a Sicilia.

Hoy la villa sigue en pie. En 1885 fue adquirida por la familia Castronovo que todavía hoy permite visitarla, con sus monstruos desgastados por el tiempo pero desafiantes. Un lugar donde el barroco se vuelve desazón y donde el desamor encuentra su forma más tangible. Y quizá esa sea la verdadera rareza de esta historia: la ausencia de amor.

26/10/2025 0 comments
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Amores extraños

Un amor de luto, el Mausoleo de Halicarnaso y una copa de vino y cenizas

by Verónica García-Peña 11/10/2025
written by Verónica García-Peña

En el siglo IV a. C., en la ciudad de Halicarnaso, una mujer convirtió el duelo por la muerte de su esposo en una de las siete maravillas del mundo y en una leyenda que se mueve entre el amor más devoto y, quizá, una oscura obsesión. Porque no puede haber nada más perturbador que cenizas, vino y tristeza mezcladas en una misma copa. Hablamos de Artemisia II de Caria, antigua región histórica situada al sudoeste de la actual Turquía, que llevó el amor conyugal hasta lo inconcebible.

Artemisia era esposa y hermana de Mausolo, su marido, un vínculo que puede parecernos extraño hoy, pero que en ciertas dinastías orientales era una costumbre aceptada para conservar el poder en una misma estirpe. Así, en vida compartieron trono y sangre, y en la muerte Artemisia decidió que tampoco habría separación.

Mausolo era un sátrapa de Caria —nombre que se les daba a los gobernadores de las provincias de los antiguos imperios medo y persa, incluyendo la dinastía aqueménida y varios de sus herederos— que se había convertido en un hombre de poder y se había consolidado como uno de los grandes nombres de su tiempo. Cuando falleció en el año 353 a. C., la ausencia del sátrapa se hizo insoportable para su esposa, que no quiso que el silencio del duelo ocupara el lecho, el palacio y su corazón. Por eso y para perpetuar su memoria, ordenó levantar un grandioso monumento funerario concebido como tumba y como demostración de su amor y poder compartidos. De esta suerte nació el Mausoleo de Halicarnaso, un monumento extraordinario cargado de símbolos y belleza. El Mausoleo medía unos 122 metros de circunferencia y 43 de altura, estaba rodeado por 36 columnas, y la pirámide que lo coronaba tenía por remate un carro tirado por cuatro caballos.

Obra de los arquitectos Sátiro y Piteo y decorado por escultores célebres como Escopas, la construcción era tan magnífica que es recordada como una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo y dio origen a la palabra que aún hoy usamos para designar tumbas monumentales: «mausoleo». Cada piedra, escultura o relieve que se colocó en aquel enterramiento era un recuerdo de y para Mausolo, y allí fue inhumado, dentro de un sarcófago, como era habitual para la élite de la época.

A pesar de la belleza del sepulcro, Artemisia no lograba calmar el duelo. La piedra no bastaba y su tristeza era tan abrumadora, tan hiriente y pesada, que, según algunas fuentes antiguas —entre ellas las de Plinio el Viejo y Valerio Máximo—, decidió que solo había una manera de intentar acallarlas. Se dice que recogió las cenizas de su amado Mausolo, las mezcló con vino y se las bebió. Cenizas, vino y tristeza mezclados en una misma copa para aquietar su dolor y llevar siempre consigo, en su interior, una parte de él. Juntos en la vida, en la piedra y en la muerte. Quiso hacerlo carne de su carne y sangre de su sangre, como si de este modo pudiera evitar que él la dejara sola para siempre.

Este suceso, oscuro y desesperado, convirtió a Artemisia en una figura que comenzó entonces a formar parte del imaginario colectivo, pues la veracidad histórica de este episodio es más leyenda que un hecho comprobado. Fue, tal vez, un acto ritual o simbólico y no un entierro real por cremación, pero la imagen de la reina que bebió a su esposo ha sobrevivido a la realidad durante siglos gracias a distintos relatos, cantares y crónicas. Además, al mirar lo que queda del Mausoleo —ruinas que hoy se alzan en Bodrum, Turquía— no cuesta imaginar a Artemisia con un cáliz en la mano, uniendo piedra y carne, lágrimas y ceniza, amor y muerte.

Durante dos años más gobernó la soberana, completamente entregada a su duelo, hasta que murió en el año 351 a. C. Dicen que fue consumida por la pena pero, para los cronistas posteriores, sobre todo por la enfermedad. Y como antes explicaba, a pesar del adorno con el que los años han querido acicalar esta historia, máxime en su parte final, este amor nos deja una pregunta que, en realidad, recorre por completo la crónica. ¿Hasta dónde puede llegar el amor que no afronta la muerte?

Un amor extraño, sin duda. El de una reina que no aceptó que la vida y la muerte fueran fronteras y prefirió beberlas en un mismo vaso.

11/10/2025 0 comments
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Amores extraños

Una reina implacable, banquetes de sangre y el duelo convertido en venganza

by Verónica García-Peña 15/09/2025
written by Verónica García-Peña

La venganza tiene un aroma propio y en la historia de Olga de Kiev es el de la sangre y las cenizas. Nació de la muerte de su esposo y se convirtió en una de las venganzas más terribles que han quedado registradas en las crónicas medievales. Viuda demasiado joven, madre de un heredero aún niño, su duelo dio lugar a banquetes de sangre y fuego

Olga estaba casada con Ígor de Kiev, hijo de Rúrik, fundador de la dinastía Rúrika. Era un matrimonio arreglado, algo muy común en aquellos años, pero que se convirtió en una alianza poderosa, según consta en las crónicas eslavas. Hacia el año 945, durante una expedición de tributo, Ígor fue capturado por los drevlianos —un pueblo de eslavos orientales que habitaba las densas zonas boscosas de lo que hoy es el norte de Ucrania— y ejecutado de manera sumamente cruel. Lo ataron a dos árboles curvados que, al soltarse, desgarraron su cuerpo. Olga quedó viuda con un hijo aún menor, Sviatoslav, y un reino convulso, por lo que asumió el gobierno como regente y, desde el poder, urdió una feroz venganza.

El enemigo pensó que la joven viuda era presa fácil, por lo que le propusieron casarse con su príncipe Mal. Como si el amor pudiera sustituirse al igual que se intercambian algunas cartas en un juego de naipes. Estaban seguros de que así dominarían Kiev. Olga los escuchó, como Medea en su ardiente deseo de represalia, y aceptó recibirlos, pero en secreto planeó su primer castigo. Cuando los emisarios drevlianos llegaron a sus tierras, los enterró vivos dentro de sus embarcaciones. Era el primer movimiento de un juego de poder que no dejaría supervivientes; el preludio de la furia que estaba por desatarse.

St Olga. Nesterov, 1892

El segundo acto llegó en forma de un banquete funerario que simulaba reconciliación. Según la Crónica Primaria — compilación de mitos, leyendas y documentos que narran la historia de la región eslava desde aproximadamente el año 850 hasta 1110—, Olga invitó a otro grupo de drevlianos a una celebración en honor a Ígor. Durante el festín, los invitados brindaron, bebieron y se entregaron a la música, confiados en la aparente hospitalidad de la regente, y cuando estuvieron ebrios, esta ordenó cerrar las puertas y mandó que fueran masacrados. La leyenda dice que unos 5000 hombres cayeron aquella noche y aunque algunos aseguran que tantos no pudieron ser, fue, desde luego, un banquete de sangre abrigado de venganza y traición. Una escena que nos recuerda a la crueldad de ciertos relatos de honor y deshonor en la literatura épica y también, a ciertos banquetes shakesperianos donde pocos eran los que se salvaban.

No sería, sin embargo este convite la última escena del castigo de Olga. Un tercer grupo de ilustres drevlianos viajó a Kiev para unirse a las negociaciones. La reina los recibió y, bajo la promesa de un ritual de purificación, los encerró en una casa de baños,  prendió fuego al lugar y los quemó vivos.

Más tarde, no satisfecha aún su venganza, exigió un tributo peculiar. Cercó la ciudad de Iskorósten, capital de los drevlianos, y después de un año de asedio, exigió un último gravamen. Les pidió tres palomas y tres gorriones por cada casa. Los habitantes, creyendo que aquello era un precio irrisorio a cambio de que la reina los dejara en paz, entregaron las aves sin protesta. Olga ordenó entonces atar a los animales trozos de tela con azufre ardiente en las patas y, al anochecer, los soltó. Los pájaros regresaron a sus nidos en los tejados de la ciudad. Así, su luto se tornó fuego y la ciudad ardió. La imagen de esas aves incendiarias se repetiría en cantares y leyendas eslavas durante siglos, convirtiendo el acto de la viuda en un símbolo de pena y venganza.

La princesa enlutada se convirtió en una regente temida y, siglos más tarde, aunque pueda parecer increíble, en Santa de la Iglesia ortodoxa. Olga, alrededor del año 957, viajó a Constantinopla y se hizo cristiana —una decisión de fe y política— siendo bautizada como Yelena por el mismísimo emperador Constantino VII, mas su nuevo credo no importó a la Iglesia Ortodoxa Rusa, que la canonizó formalmente en 1547. Es una contradicción fascinante. Aquella que llevó su duelo hasta la destrucción fue y es venerada como modelo de piedad, aunque su vida esté más cerca de Lady Macbeth que de una mártir.

Su historia es la de una reina viuda que vivió con el fuego del odio en su interior. Fuego con el que devastó a aquellos que la habían dañado y robado el amor. ¿Era amor de verdad lo que Olga sentía por Ígor? Quién sabe pero, desde luego, la pérdida de ese querer, auténtico o no, se convirtió en llamas. Es por tanto esta la historia de una viuda que prefirió llenar el mundo de cenizas antes que aceptar el olvido.

El bautismo de Olga, por Sergei Kirillov
15/09/2025 0 comments
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Amores extraños

Un rey de cuento de hadas, castillos de fantasía y un amor imposible

by Verónica García-Peña 31/08/2025
written by Verónica García-Peña

En las tierras bávaras parece todavía flotar la leyenda de Luis II, aquel monarca que buscó en los cisnes la compañía que no hallaba en los hombres y que prefirió el rumor de la música a las intrigas de palacio. Levantó castillos destinados más al ensueño que al gobierno y la historia lo recuerda con múltiples nombres. Lo llamaron el rey loco o el rey cisne, pero quizá sea el rey de los cuentos de hadas el que mejor capture su esencia, porque su vida entera se convirtió en una ficción en la que los sueños sustituyeron la realidad.

Ludwig II

Hijo de Maximiliano II y de María de Prusia, subió al trono en 1864, con apenas dieciocho años, y desde entonces su existencia fue un pulso constante entre el deber de gobernar y el deseo de habitar un mundo de belleza, arte y fantasía. La corte esperaba de él un matrimonio ventajoso, pero Ludwig Otto Frederik Wilhelm —como en realidad se llamaba— parecía huir de cualquier compromiso. Solo se prometió una vez, en 1867, con Sofía de Baviera, hermana de la emperatriz Isabel de Austria, la célebre Sissi. El enlace nunca llegó a oficiarse porque el propio Luis rompió el compromiso antes incluso de fijar la fecha de boda. A partir de entonces, los rumores sobre su homosexualidad se extendieron, aunque nunca se reconocieron de manera abierta en un tiempo demasiado rígido para aceptar cariños distintos a lo establecido.

El gran amor de su vida fue la música y, quizá, la propia idea del amor, y entregó su corazón por completo a las creaciones de Richard Wagner después de haber quedado, en 1861, fascinado por su ópera Lohengrin. Lo conoció en 1864 y desde entonces se convirtió en su protector. Lo colmó de regalos y honores, financió sus proyectos más ambiciosos —cuando Wagner estaba al borde de la ruina— y quiso hacerlo partícipe de su vida diaria, por lo que lo instaló en Múnich. Para Wagner, amante entonces de Cosima Liszt —esposa de su amigo el director de orquesta de la ópera de Múnich, Hans von Bülow—, aquella devoción del rey fue un refugio y una fuente de recursos.

Por amor y deseo o por admiración y devoción, Wagner recibió el sustento financiero que necesitaba para sus óperas y para construir un teatro en Bayreuth. Los historiadores dicen que el compositor no se aprovechó del afecto del rey más allá de lo profesional, pero en su correspondencia mantuvo una calculada ambigüedad. Halagaba al monarca, le mostraba gratitud y cercanía, aunque sin cruzar nunca la frontera del deseo confesado. Una relación intensa y platónica, aseguran, aunque resulta difícil no preguntarse qué pensaríamos de aquellas cartas si no supiéramos de quién procedían ni a quién iban dirigidas.

Cuando Wagner fue desterrado por intrigas políticas y presiones de la corte en 1865, Luis se quedó solo, atrapado en un país agitado por las guerras y las deudas, y un amor que se desvanecía como lo hacen los fantasmas cuando ya no se cree en ellos. Entonces buscó refugio en los símbolos de su ópera predilecta y llenó palacios de heraldos alados mientras se escribía con fervor con el compositor. Se veía reflejado en Lohengrin, el caballero que llega en una barca tirada por un cisne, y convirtió aquel mito en un espejo de sí mismo. Volcó su pasión en levantar castillos que parecían escenarios de las leyendas medievales que tanto le fascinaban. Linderhof, Herrenchiemsee (inspirado en Versalles) y, sobre todo, Neuschwanstein (que significa ‘nuevo cisne de piedra’).

En Linderhof mandó construir la Gruta de Venus, una cueva artificial inspirada en la opera Tannhäuser, de Wagner, donde la tecnología más avanzada de su tiempo le permitió recrear lagos subterráneos, cascadas y juegos de luces eléctricas de colores nunca hasta entonces vistos. Allí se produjo por primera vez un intenso azul oscuro, el índigo, que después patentaría la BASF. Todos los erigió como monumentos a su mundo interior. Palacios más cercanos al ensueño que a la vida práctica, habitados por los fantasmas del deseo, la música y el amor.

La distancia con su pueblo creció y muchos en la corte lo consideraban un monarca malogrado, obsesionado con fantasías que costaban fortunas al erario y que no ayudaban al país a prosperar. En 1886, tras varios informes médicos que lo declaraban incapaz de reinar, fue depuesto y confinado en el castillo de Berg. Tan solo dos días después, al atardecer, apareció muerto en el lago de Starnberg junto al cadáver de su médico, el doctor Gudden. Nunca se esclareció qué ocurrió. La muerte generó sospechas de todo tipo. Algunos hablaron de suicidio, otros de asesinato político o accidente. ¿Qué pasó en realidad? Aún hoy es un misterio. El desenlace mágico y triste de una ópera  que provenía de la luz, pero murió en la oscuridad.

Su legado, sin embargo, no se desvaneció. Los castillos que levantó atraen hoy a millones de visitantes. Walt Disney se inspiró en Neuschwanstein para diseñar el castillo de La Bella Durmiente. ¿Cómo no asociar entonces el rostro melancólico de aquel monarca que soñaba con cisnes con la silueta chispeante de las hadas? Y el cine se ha encargado de fijar su imagen en películas como Ludwig, de Visconti (1973), o en El rey loco, de Helmut Käutner (1955). El mito de Luis II oscila entre la locura y la fantasía, entre la condena de un amor imposible y la ensoñación de un reino hecho de piedra, cisnes y música.

Amó con pasión y remordimientos, con ardor y culpa. Sus amores fueron imposibles y tal vez por eso, cuando se contempla la silueta de Neuschwanstein erguida sobre los Alpes bávaros, se puede volver a creer en el amor verdadero, como el de los cuentos, como el de la fantasía. Quizá por eso Neuschwanstein parece todavía hoy la morada de un rey que pasea de noche, iluminado por velas, mientras los ecos de Wagner resuenan en los salones.

31/08/2025 0 comments
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Amores extraños

Una bolsa roja, una cabeza embalsamada y un amor que venció a la muerte

by Verónica García-Peña 17/08/2025
written by Verónica García-Peña

En un rincón de Inglaterra, una bolsa de terciopelo rojo guardó durante casi tres décadas un secreto: la cabeza embalsamada de Sir Walter Raleigh. Elizabeth ‘Bess’ Throckmorton, su esposa, la conservó desde el día de la ejecución de este en 1618 hasta que ella murió, como símbolo de un amor que no se podía matar.

Sir Walter Raleigh fue explorador, corsario, capitán de expediciones navales contra la España imperial y poeta, además de un hábil espía y tan leal a su país que incluso participó en la matanza de Smerwick (1580), lo que no deja de ser, en cierto modo, paradójico, pues, según el folclore de la zona, muchos de los cautivos fueron decapitados en un terreno conocido como Gort a’ Ghearráin (Campo de corte). También dicen que pudo ser, en realidad, el verdadero autor de algunas de las obras de Shakespeare, aunque esto último es más bien una hipótesis muy minoritaria y rechazada por la mayoría de especialistas.

Raleigh era, aparte de lo dicho, uno de los cortesanos favoritos de la reina virgen, como llamaban a Isabel I, que lo colmaba de privilegios y encargos. Fue nombrado caballero en 1585. Sin embargo, este vínculo se resquebrajó cuando, en un acto de pasión e indudable temeridad, contrajo matrimonio en secreto con Elizabeth ‘Bess’ Throckmorton, dama de compañía de la reina.

Sir Walter Raleigh

Esta unión, celebrada hacia 1591, en cualquier otra circunstancia habría sido solo un asunto privado, pero en la corte isabelina las voluntades personales estaban sometidas al capricho de la monarca. Ella tenía el control absoluto sobre la vida de sus cortesanos y exigía explícitamente que ninguna dama contrajera matrimonio sin su permiso. Raleigh y Bess lo hicieron, lo que marcó para siempre sus destinos.

Cuando la noticia llegó a oídos de la soberana, el matrimonio fue arrestado y conducido a la Torre de Londres. ¿Estaba la reina enamorada de Raleigh? ¿Era aquel matrimonio una desobediencia o una traición amorosa? Quién sabe, pero en la torre pasaron meses, humillados y privados de toda influencia, mientras la corte murmuraba y sus enemigos crecían. Y aunque la pareja recuperó la libertad gracias a la mediación de algunos aliados, Raleigh nunca volvió a tener el favor de su majestad ni la certeza de haber sido perdonado.

Tras la muerte de Isabel I y la subida al trono de Jacobo I, Raleigh intentó restituir su crédito, pero los vientos habían cambiado. Jacobo I, que nunca había confiado en él, lo acusó en 1603 de participar en un complot para derrocarlo y lo sentenció a muerte. Por fortuna, la ejecución se aplazó y Raleigh pasó trece años prisionero en la Torre de Londres, hasta 1617, año en el que se le permitió organizar un viaje a Guayana en busca de oro bajo la promesa de no enfrentarse a los españoles. No obstante, la empresa fracasó y el hombre regresó a Inglaterra sin el preciado metal y con una enemistad renovada con España. En consecuencia, la sentencia de muerte se reactivó.

El 29 de octubre de 1618, Raleigh fue conducido al cadalso en el Old Palace Yard de Westminster. Vestía con dignidad, dicen, y ante la multitud examinó el hacha que lo mataría y se permitió incluso bromear sobre su destino. Justo después, el verdugo cumplió su cometido.

Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de St. Margaret, junto a la abadía de Westminster, y su cabeza, cuidadosamente embalsamada, fue entregada a su amada Bess. La leyenda —respaldada por algunos inventarios familiares— asegura que, durante el resto de su vida, la viuda conservó aquel triste recuerdo envuelto en una bolsa roja, llevándolo siempre consigo, manteniéndolo cerca, como si de esta suerte pudiera burlar a la muerte.

¿Acaso le susurraba versos que solo ella podía escuchar? Quizá le recitó El amor del océano por Cynthia o le desveló el final de Historia del mundo, una obra que Raleigh escribía y que quedó incompleta tras su muerte. Sea como fuere, con la cabeza de su adorado esposo viajó de residencia en residencia, desde Londres hasta West Horsley Place, la casa de campo donde pasaría sus últimos años.

Bess murió en 1647 y fue enterrada junto a su familia en St. Mary the Virgin, Beddington, Surrey, donde reposan los Throckmorton. La cabeza de Raleigh, según se cree, fue entonces llevada junto al resto de su cuerpo para que descansara en paz. Y aún hoy, en West Horsley Place, se conserva una antigua bolsa roja que podría coincidir con aquella que guardó la cabeza. Un objeto silente tejido de amor, secretos y venganza. También, quizá, de locura.

La historia de Raleigh y Bess, como sucede con tantos amores extraños, ha inspirado leyendas, pero también obras como la tragedia Sir Walter Raleigh (1719), de George Sewell, o la novela Lady in Waiting (1956, sin edición en español), de Rosemary Sutcliff. En el cine, Clive Owen interpretó al famoso explorador en Elizabeth: la edad de oro (2007), una película de Shekhar Kapur en la que la reina fue encarnada por Cate Blanchett. Antes, en el filme The Virgin Queen (1955) —El favorito de la reina en España—, Elizabeth Throckmorton fue interpretada por Joan Collins y la reina Isabel por Bette Davis.

Podríamos decir, pues, que esta es la historia de un amor que nació en secreto, desafió a una reina, la sobrevivió, aunque no pudo con la traición política y que, sin embargo —el mito así lo narra—, de algún modo, venció a la propia muerte.

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Amores extraños

Una reina muerta, una coronación póstuma y una mano helada

by Verónica García-Peña 03/08/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que nadie en la corte pudo escapar a aquella escena; que cuando Inés de Castro fue desenterrada, vestida con ropas reales y sentada en el trono, la corte entera tuvo que desfilar ante ella para rendirle homenaje; que el rey Pedro I obligó a todos a besar la mano helada de la reina muerta sin vacilar ni apartar la mirada, a pesar del horror de aquel acto. Estamos en Portugal, en 1360, y esta es una historia real de amor, muerte y poder.

Pedro, heredero al trono, estaba casado con Constanza de Castilla desde 1336, e Inés, dama de compañía de su esposa, era su amante. La relación comenzó hacia 1340-41 y con la muerte de Constanza, en 1345, se intensificó. Inés dio al príncipe al menos tres hijos y, así, su presencia en la corte —más aún por sus vínculos con la nobleza castellana— se volvió peligrosa.

Por eso, en enero de 1355, el rey Alfonso IV el Bravo, padre de Pedro, ordenó a tres de sus consejeros —Pedro Coelho, Álvaro Gonçalves y Diogo Lopes Pacheco— que la mataran. Inés fue decapitada en la Quinta das Lágrimas, en presencia de sus hijos, acusada de ambición y de alterar los equilibrios de la corona. Tenía unos treinta años.

Pedro enloqueció de dolor y desató una guerra civil contra su padre que se prolongó hasta la muerte este en 1357. Entonces, llegó la venganza. Pedro hizo capturar a dos de los asesinos —el tercero huyó a Castilla y escapó— y los ejecutó públicamente, arrancándoles el corazón con sus propias manos como declaración simbólica de que su revancha no era militar ni diplomática. Era personal y, además, no terminaba ahí.

The Coronation of Inês de Castro in 1361 (c. 1849) by Pierre-Charles Comte

Después, Pedro quiso devolverle a Inés lo que el poder le había negado y, según la leyenda, ordenó exhumar su cuerpo, vestirla de reina, sentarla en el trono y, en una ceremonia celebrada en la catedral de Coímbra, obligó a todos los nobles a besar su mano cadavérica en señal de fidelidad. Algunos historiadores dudan del episodio, ya que no se recoge en crónicas medievales, y no aparece hasta mucho tiempo después en cancioneros y obras teatrales. También explican que, de ocurrir, es probable que fuera una efigie de cera o una representación lo que subió al trono, y no el cuerpo real de Inés en estado de descomposición avanzada.

Sea como fuere, tras la coronación, Pedro organizó un cortejo fúnebre para trasladar a Inés al monasterio de Alcobaça, y mandó construir dos tumbas de mármol blanco, con sus efigies enfrentadas, con la intención de que, al llegar el Juicio Final, sus cuerpos despertaran uno frente al otro. Pedro I murió en 1367 en Estremoz y fue enterrado junto a Inés. Allí permanecen hoy juntos los dos, con una inscripción que dice: «Até o fim do mundo —Hasta el fin del mundo».

La historia de Pedro e Inés ha sido contada y recontada durante siglos. Convertida en mito nacional portugués, fue recogida por Fernão Lopes en el siglo XV y consagrada poéticamente en Os Lusíadas, de Camões. También inspiró a Almeida Garrett, Antoine Houdar de La Motte, Victor Hugo y a novelistas, músicos y cineastas contemporáneos.

Pedro e Inés —como tantas figuras trágicas reales— ya no pertenecen del todo a la Historia. Habitan ese espacio incierto que es la imaginación colectiva. Su leyenda es un cuento gótico, una escena en la que lo macabro se tiñe de romanticismo y la belleza convive con el espanto. Un amor que desafía el poder, la ley e incluso la muerte. Es, en definitiva, la historia de una reina muerta, una coronación póstuma y una mano helada.

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Amores extrañosPersonajes

Una reina, un cortejo fúnebre y doce cruces de amor

by Verónica García-Peña 20/07/2025
written by Verónica García-Peña

En el invierno de 1290, un cortejo fúnebre emprendió un lento caminar hacia Londres. Portaban el cuerpo de Leonor de Castilla, reina consorte de Inglaterra y esposa de Eduardo I. Acababa de morir en Harby, Nottinghamshire, a los cuarenta y nueve años, y su cuerpo era llevado a la abadía de Westminster, lugar escogido por su marido para el reposo eterno de esa mujer que le había acompañado durante treinta y seis años. Así, abrigado de lluvia y niebla, el rey la escoltó más de trescientos kilómetros y, en cada punto donde el cortejo se detuvo a pasar la noche, ordenó levantar una cruz de piedra en honor a su amada, The Eleanor Crosses. Doce cruces que dibujaron una peregrinación de dolor y ausencia, como si aquel hombre, rey y viudo, quisiera marcar con piedra, para la historia, el mapa de su pérdida.

Leonor y Eduardo se casaron en 1254 en la abadía de Santa María la Real de Las Huelgas (Burgos) siendo unos niños. Él tenía quince años y ella, según algunas crónicas de la época, trece. El matrimonio respondía, como tantos otros de aquellos tiempos, a una estrategia política. Leonor era hija de Fernando III de Castilla y Juana de Danmartín, y al matrimoniar con Eduardo, entonces todavía príncipe, sellaba la paz entre Castilla e Inglaterra por la disputa de la gobernación de Gascuña, entre otros asuntos.

La alianza les convenía a ambas familias; si bien, al parecer, lo que empezó como un pacto dinástico, fue transformándose en algo más, pues Leonor no se conformó con el papel de reina consorte, madre de reyes y garante del linaje castellano en la corte anglosajona. Ella decidió viajar con su marido a las cruzadas, en campañas militares, y se mantuvo siempre cerca de los centros de poder. Compartieron cama, decisiones y pérdidas, ya que tuvieron al menos dieciséis hijos, aunque solo seis alcanzaron la edad adulta.

En noviembre de 1290, durante uno de sus desplazamientos oficiales, Leonor enfermó de forma repentina y murió. La causa exacta no se conoce —se ha hablado de fiebre o de complicaciones tras su último parto—, pero su muerte supuso un duro golpe para el soberano inglés, lo que dio lugar a las doce cruces de Leonor. Doce cruces originalmente de madera, luego de piedra, ricamente adornadas, que marcaban puntos de duelo, un alto en el camino, un lugar donde Leonor descansó por unas horas mientras su esposo permanecía a su lado; mientras su esposo la rezaba y, quizá a sabiendas o quizá no, convertía su amor en leyenda. Eran monumentos de oración, pero también, pienso, de amor. Últimos reposos nocturnos compartidos.

Cruz de Leonor en Northampton

Una vía de luto, pero también de memoria, que recorre Geddington, Grantham, Stamford, Hardingstone, Northampton, Stony Stratford, Woburn, Dunstable, St. Albans, Waltham, Cheapside y Charing —donde hoy se alza Charing Cross—.

De estos monumentos góticos, levantados entre 1291 y 1295, al presente solo se conservan tres, los de Geddington, Hardingstone (cerca de Northampton) y Waltham Cross. Las demás cruces han sido demolidas, saqueadas o sustituidas por réplicas. Sin embargo, la senda permanece como si fuera el mapa de un rey enamorado o, al menos, profundamente unido a su reina. Altares al aire libre que susurraban una historia de amor, tal vez auténtica —¿por qué no?— al pragmático viento medieval.

Como era costumbre entre la realeza, tras su muerte, el cuerpo de Leonor fue dividido. Su corazón, símbolo del alma y el amor, reposó en Blackfriars; sus entrañas fueron depositadas en la catedral de Lincoln y el cuerpo fue sepultado en la abadía de Westminster. Tres lugares distintos para una sola reina. Hoy, solo la tumba en Westminster, en la capilla de San Eduardo el Confesor, permanece. Es obra de Richard Crundale, y cuenta con una efigie de bronce dorado fundida por el orfebre William Torel en 1291. La losa de la tumba y las almohadas bajo su cabeza están cubiertas con los emblemas de Castilla y León. La inscripción en francés normando alrededor del cofre de la tumba dice: «Aquí yace Leonor, quien fuera reina de Inglaterra, esposa del rey Eduardo, hijo del rey Enrique, e hija del rey de España y condesa de Ponthieu, de cuya alma Dios, en su compasión, tenga misericordia. Amén».

El rey también ordenó que se mantuvieran dos cirios encendidos junto a su tumba, tanto de día como de noche. Orden que se cumplió durante más de dos siglos, hasta que la Reforma protestante los apagó. Las leyendas dicen que el corazón del propio Eduardo fue enterrado con ella, pero la historia —esa que suele ser más sobria y plúmbea— indica que tras morir en 1307, a los sesenta y ocho años, fue sepultado, entero, en la Capilla de San Eduardo de Westminster junto a su esposa.

Este tipo de amores, extraños, dramáticos, tienen algo de perturbador, he de reconocer, pero son igualmente hipnóticos. Amores que parecen nadar entre el fervor y la necesidad de transcendencia, y cuyas historias, más o menos acicaladas por el pincel del tiempo —experto en embellecer tanto las más sombrías como las más bellas narraciones de amor—, sobreviven. Incluso alimentan la pluma de la ficción para dar lugar a novelas como la escrita en 1979 por Decca Warrington sobre esta misma historia, titulada The Eleanor Crosses.

Y no sé si Eduardo amó a Leonor como los poetas dicen que se ama, pero la acompañó en la muerte y la convirtió en inmortal en una época en la que muchas reinas desaparecían del relato oficial en cuanto cumplían su función dinástica. No le escribió versos —que sepamos—, pero talló en piedra su ausencia, como si no quisiera permitir que el tiempo la borrara. Un amor que recuerda a otros que la literatura ha sabido recoger a su personal manera como el que Poe sentía por su Annabel Lee. Un amor que le llevaba a dormir junto al sepulcro de su amada, junto al rumor del mar, convencido de que ni los ángeles pueden separar a quienes han amado de verdad.

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Amores extraños

Una mujer, un corazón y una caja de marfil

by Verónica García-Peña 06/07/2025
written by Verónica García-Peña

Hay historias que parecen leyendas nacidas al calor de la imaginación desbordante de algún literato al que las narraciones de amores extraños y extravagantes no le dejan descansar el ingenio. Mas no es este el caso porque esta historia —desconcertante y literaria, hay que admitir— sucedió de verdad. Es la historia de una mujer que decidió conservar el corazón embalsamado de su marido en una caja de marfil y llevarlo consigo durante años. De hecho, hasta su muerte. Ocurrió en Escocia, en el siglo XIII, en una época en la que el matrimonio era casi siempre una cuestión de alianzas y territorios, y su protagonista se llamaba Devorgilla de Galloway.

Hija de Alan de Galloway, príncipe señor de aquellas tierras, y Margaret de Huntingdon, fue una noble instruida, generosa y con poder. Casada con John de Balliol, un noble anglonormando vinculado a la corte de Enrique III, su matrimonio forjó una alianza estratégica entre Escocia e Inglaterra. Devorgilla fue una figura muy influyente en su tiempo. Madre de un futuro rey de Escocia —Juan de Balliol, también conocido como Juan I de Escocia—, fundó colegios, financió monasterios, gestionó territorios y actuó como mecenas; si bien, por lo que es recordada no es por su generosidad. Lo es por su manera de amar y, más concretamente, por su forma de hacer visible ese amor. Algo que convirtió su vida en leyenda.

Cuando su esposo, John de Balliol, murió en 1268 o 1269 (la fecha no está clara), Devorgilla mandó extraer su corazón, lo hizo embalsamar y lo guardó en una arqueta de marfil decorada con plata que llevó consigo durante las dos décadas que le sobrevivió. No se sabe si dormía con el corazón o solo lo dejaba cerca cada noche, pero sí se repite —en crónicas y leyendas— que no se separaba nunca de aquella caja que parecía, dicen algunos, un ataúd en miniatura en cuyo interior latía algo que ya no debía latir.

Cinco años después de la muerte de su marido, fundó una abadía cisterciense en su memoria. Está en el sur de Escocia, en el condado histórico de Kirkcudbrightshire en Dumfries y Galloway, y aún hoy puede visitarse, aunque el lugar se encuentra en ruinas. El pueblo que se levanta junto a los restos del monasterio se conoce como New Abbey. Cuando ella murió en 1290, fue allí enterrada junto a ese corazón que había guardado y llevado consigo a todas partes como el suyo propio y, desde entonces, la abadía se conoce como Sweetheart Abbey o Dulce Cor (del latín «dulce corazón»).

Puede todo esto parecer una leyenda, pero, como digo, no lo es. Está documentado, ocurrió de verdad y, si bien con el paso del tiempo y las estaciones los detalles se han embellecido o adornado, el hecho central permanece intacto. Un corazón en una caja, una mujer que lo guarda y una iglesia que lo alberga. Un amor extraño que llevó a Devorgilla a acompañarse de un latir que, tal vez, solo escuchara ella. El palpitar de un sentimiento reservado solo para una viva y un muerto; para un muerto y una viva que no quería dejar marchar ni al amor ni al hombre.

Esta historia no ha generado, que yo sepa o haya encontrado, una novela o cuento directo —aunque todo es empezar, porque la semilla, desde luego, es fértil y podría dar un buen fruto—, pero sí podemos ver su sombra en algunas de las ficciones más obsesivas de la tradición occidental. Encontrar el fantasma de Devorgilla en mujeres de la literatura que se aferran a una ausencia hasta convertirla en materia.

¿Acaso no hay señal de ese amor perturbador en Catherine y Heathcliff, en Cumbres borrascosas, incapaces de separarse ni siquiera después de la muerte? Lo vemos en la señora Rochester, en Jane Eyre; incluso en Lucy de La novia de Lammermoor, nacida de la pluma de Walter Scott que, por cierto, escribió parte de su obra en esas mismas tierras. Todas ellas cargan, de alguna forma, con un corazón que ya no late pero que tampoco se va. La diferencia es que Devorgilla lo hizo de verdad. ¿Mas no palpita el mismo impulso de fijar el amor a toda costa, de conservar lo que ya no vive, en las figuras del romanticismo gótico?

Hay también quienes comparan su historia con la de Romeo y Julieta, como si Escocia tuviera su propia tragedia romántica. Yo no creo que lo suyo fuera exactamente eso. Lo de Devorgilla no respondía a un impulso juvenil ni a un drama de familias enfrentadas. Quizá se tratara más bien de un duelo sin renuncia, de no querer aceptar que el amor tuviera que desaparecer con la muerte. Un gesto extremo, incluso turbador, porque habita en una zona intermedia entre la devoción, la obsesión y la ternura más feroz; porque no es habitual —ni siquiera entonces— que alguien convierta el corazón del otro en reliquia. Y esa rareza hace que, lo que podía haber sido una nota a pie de página en un libro de historia, se convierta en una imagen poderosa. Tenemos una mujer caminando con un corazón ajeno entre sus manos. Un corazón real, conservado, enterrado junto a ella siglos antes de que algunos de los más famosos poetas románticos hicieran del exceso su bandera.

La abadía que ella mandó levantar también se ha convertido en una leyenda viva. La Abadía del Dulce Corazón, con sus muros rojizos consumido por la caída incesante de las hojas de los calendarios —han pasado 752 años desde que se construyó—, es hoy un lugar abierto al cielo. La vegetación se cuela por los arcos, pero el nombre se mantiene, y allí, bajo su tierra y su piedra, están Devorgilla y el corazón de su amado John.

La historia de Devorgilla puede hacernos imaginar, crear y escribir nuestras propias ficciones; sin embargo, ella no escribió ninguna. No dejó cartas, diarios ni confesiones al respecto. Lo que tenemos es una mujer, un corazón y una caja de marfil.

06/07/2025 0 comments
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