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Category:

Arte

AgendaArteEventos

Exposición Desenfocado en CaixaForum Madrid, fechas y actividades

by Valeria Cruz 26/02/2026
written by Valeria Cruz

En CaixaForum Madrid se desarrolla una programación paralela que amplía el sentido de la exposición «Desenfocado. Otra visión del arte», que puede visitarse del 17 de septiembre de 2025 al 12 de abril de 2026, y que toma el desenfoque como punto de partida para reflexionar sobre la mirada contemporánea y sobre la forma en que la historia del arte ha cuestionado la nitidez como sinónimo de verdad. La muestra plantea que aquello que aparece borroso no implica carencia, sino que puede convertirse en un lenguaje capaz de sugerir memoria, inestabilidad o emoción, y esa misma idea se despliega en un conjunto de actividades que buscan implicar al visitante más allá de la contemplación pasiva.

Pedro G. Romero, Sodoma y Gomorra (Nuclear, Lot, Puerta del infierno), 1989. Colección de Arte Contemporáneo Fundación ”la Caixa”

Entre las propuestas destacan las visitas comentadas, en las que la mediación permite contextualizar obras y procesos, así como abrir preguntas sobre la percepción, la técnica y la intención artística, de modo que el público no se limite a identificar formas, sino que comprenda las decisiones que conducen a esa pérdida deliberada de definición. Junto a ellas se ofrecen recorridos familiares que, mediante dinámicas adaptadas a la infancia, convierten el concepto de desenfoque en una experiencia práctica, donde observar se transforma en experimentar y donde la ambigüedad visual se convierte en herramienta de aprendizaje.

La programación incorpora también encuentros en formato tertulia que favorecen el intercambio de interpretaciones entre los asistentes, de manera que la exposición se prolonga en la conversación y cada mirada se confronta con otras. En estos espacios se pone en evidencia que la percepción no es un acto aislado, sino un proceso condicionado por la experiencia personal y por el contexto cultural desde el que observamos.

Además, se incluyen actividades que dialogan con otras disciplinas, como propuestas musicales que trasladan la idea de lo difuso al terreno auditivo, así como charlas que abordan el fenómeno del desenfoque desde una perspectiva científica, analizando cómo funciona el ojo humano y cómo el cerebro interpreta imágenes que no se presentan con contornos definidos. Al integrar arte, ciencia y participación, CaixaForum Madrid plantea una experiencia que no se agota en la sala expositiva, sino que invita a reconsiderar la confianza que depositamos en lo nítido y a aceptar que, en ocasiones, es precisamente en lo impreciso donde se abre un espacio más fértil para la interpretación.

26/02/2026 0 comments
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AgendaArte

Pedagogías de guerra en el Museo Thyssen

by Uve Magazine 18/02/2026
written by Uve Magazine

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y la Fundación TBA21 presentan del 3 de marzo al 21 de junio de 2026 la exposición Pedagogías de guerra, primera muestra individual en España del dúo ucraniano Roman Khimei y Yarema Malashchuk, comisariada por Chus Martínez. La propuesta reúne cuatro videoinstalaciones producidas en los últimos años, en el contexto de la invasión rusa a gran escala, y plantea una pregunta incómoda: qué tipo de conocimiento puede generar el arte cuando la guerra deja de ser un acontecimiento excepcional y pasa a convertirse en una condición persistente que reorganiza la vida cotidiana.

Lejos de abordar el conflicto como un episodio histórico aislado o como una sucesión de imágenes impactantes destinadas al consumo mediático, Khimei y Malashchuk trabajan sobre la idea de que la guerra opera como un sistema de aprendizaje que moldea los cuerpos, altera la percepción y redefine los hábitos más básicos. La exposición se apoya en la distinción formulada por Bertolt Brecht entre Erlebnis —la experiencia inmediata— y Erfahrung —la experiencia elaborada y transformada en conocimiento— para sugerir que el arte no reproduce la vivencia directa, sino que la convierte en una forma de comprensión. En ese desplazamiento se sitúa el núcleo del proyecto.

La primera instalación, The Wanderer (2022), producida poco después del inicio de la invasión y perteneciente a la Colección TBA21, parte de una operación visual que dialoga con la tradición romántica europea. Los artistas escenifican con sus propios cuerpos las posturas de soldados rusos muertos que se confunden con el paisaje de los Cárpatos, evocando de forma crítica la figura del caminante de Caspar David Friedrich. La referencia no es ornamental: al confrontar la estética del paisaje sublime con la realidad de los cadáveres, la obra cuestiona la herencia cultural desde la que Europa ha construido determinadas imágenes de la muerte y del territorio. Al mismo tiempo, establece un vínculo con la tradición de intervención crítica del arte ucraniano contemporáneo, especialmente con acciones satíricas desarrolladas en los años noventa

Open World. Yarema Malashchuk, Roman Khimei

En Open World (2025), presentada en la 36ª Bienal de Artes Gráficas de Liubliana, el lenguaje del videojuego se entrecruza con recursos del documental para acompañar a un joven desplazado que dirige a distancia un perro robótico de uso militar por las calles de su infancia. El dispositivo, concebido originalmente para la vigilancia y la destrucción, se transforma en herramienta de vínculo con el pasado. La pieza no busca ilustrar la devastación, sino examinar cómo la tecnología, incluso cuando nace para fines bélicos, puede ser resignificada como instrumento de memoria y pertenencia en un entorno atravesado por la pérdida.

La tercera instalación, You Shouldn’t Have to See This (2024), premiada en OFFSCREEN París, adopta una estrategia distinta. A través de seis canales de vídeo, muestra a niños ucranianos mientras duermen, algunos de ellos pertenecientes a los miles de casos documentados de traslados forzosos a territorio ruso desde 2014. El silencio domina la escena y obliga al espectador a enfrentarse a una imagen que oscila entre la ternura y la intrusión. Al situarse en esa frontera entre cuidado e intromisión, la obra plantea una cuestión incómoda sobre la mirada contemporánea: qué significa ser testigo cuando la guerra llega mediada por pantallas y cuando el sufrimiento ajeno corre el riesgo de convertirse en un flujo más de información.

La exposición culmina con We Didn’t Start This War (2026), un nuevo encargo de TBA21 para el museo. El título recoge una frase repetida por la sociedad civil ucraniana tras la invasión, y la instalación propone un tríptico audiovisual centrado en escenas de una vida cotidiana que intenta sostenerse pese al contexto bélico. No hay imágenes explícitas de violencia; lo que aparece es la atención sostenida a gestos ordinarios que, en un entorno de amenaza constante, adquieren una dimensión política. La pieza abre una conversación sobre cómo representar un país en guerra sin reducirlo a la lógica del espectáculo.

Más allá de las obras concretas, Pedagogías de guerra se inscribe en una línea de trabajo continuada del Museo Thyssen y TBA21 en apoyo a artistas que operan en situaciones de conflicto. Desde iniciativas destinadas a proteger el patrimonio ucraniano hasta exposiciones previas dedicadas a su vanguardia histórica, la institución ha articulado una posición que entiende la cultura no como un espacio neutral, sino como un ámbito de responsabilidad ética. En ese marco, la muestra de Khimei y Malashchuk no pretende ofrecer respuestas cerradas, sino habilitar un espacio donde la experiencia estética permita pensar de otra manera aquello que, en el circuito informativo habitual, suele consumirse con rapidez y olvido.

The Wanderer. Yarema Malashchuk, Roman Khimei

En un momento en que la violencia corre el riesgo de normalizarse, la exposición propone ralentizar la mirada y asumir que el arte, cuando no se limita a ilustrar el conflicto, puede convertirse en una forma de aprendizaje colectivo.

18/02/2026 0 comments
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ArteNoticias

Irma Álvarez-Laviada en el Thyssen

by Uve Magazine 29/01/2026
written by Uve Magazine

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza inaugura el próximo 23 de febrero Dentro y fuera del marco, una exposición dedicada a la obra de Irma Álvarez-Laviada que podrá visitarse hasta el 3 de mayo de 2026 en las salas Post Pop. La muestra, comisariada por Rocío de la Villa, se integra en el programa Kora y reúne 47 obras realizadas por la artista en la última década, en un recorrido que pone el foco en los límites materiales y conceptuales de la pintura contemporánea.

Lejos de plantearse como una retrospectiva, la exposición propone una lectura centrada en los procesos y en los elementos que tradicionalmente han quedado en un segundo plano dentro del relato artístico. Marcos, bastidores, pedestales o soportes dejan de ser piezas invisibles para convertirse en parte activa del discurso. A partir de materiales industriales concebidos para proteger, aislar o embalar —espumas, lijas, cartones o poliuretanos—, Álvarez-Laviada sitúa la pintura en un terreno intermedio que cuestiona la división entre lo considerado esencial y aquello que ha sido relegado a lo funcional o accesorio.

El recorrido se articula a través de varios diálogos con obras de la colección permanente del museo, una de las claves de la exposición. Estas relaciones no buscan establecer jerarquías ni filiaciones directas, sino señalar continuidades y tensiones entre la tradición pictórica y las prácticas actuales. La relación entre pintura y arquitectura, la ausencia de la figura o el papel del soporte como elemento estructural aparecen como cuestiones compartidas que atraviesan épocas distintas y que aquí se reformulan desde una mirada contemporánea.

Uno de los ejes centrales de la muestra es la aproximación a la abstracción geométrica desde una perspectiva crítica. Atributos como lo vertical y lo horizontal, lo duro y lo blando, lo lleno y lo vacío, asociados históricamente a oposiciones de género, son revisados mediante procesos de repetición y variación que desplazan el sentido de estas categorías. En series como Idea as Model, las obras remiten a maquetas y estructuras incompletas, situando la pintura en un estado de provisionalidad que evita la idea de obra cerrada o definitiva.

La noción de vacío y de espacio negativo atraviesa buena parte de la exposición. En trabajos donde se muestra el reverso de cajas abiertas y embalajes, aquello que normalmente permanece oculto adquiere protagonismo y pone de relieve su papel dentro del sistema del arte. En otras piezas, el pedestal aparece desprovisto de función, convertido en imagen de una ausencia que cuestiona la lógica monumental y celebratoria asociada a la exhibición artística.

Irma Álvarez-Laviada S.T. (Lo necesario y lo posible IX), 2020

La experiencia del espectador ocupa también un lugar relevante en el planteamiento expositivo. La muestra propone una relación con las obras que no se limita a la mirada, sino que apela a una percepción más amplia a través de superficies que sugieren aspereza, blandura, densidad o silencio. Lijas y espumas de insonorización conviven en un mismo espacio, activando una lectura sensorial que rompe con la jerarquía tradicional de los sentidos y subraya la dimensión física de la pintura.

La exposición se cierra con un proyecto específico desarrollado para la última sala, inspirado en el collage y en la lógica del ensamblaje. Una gran pintura y varios volúmenes reproducidos a escala condensan las principales líneas de trabajo de Álvarez-Laviada: la fragmentación, la repetición y la construcción de una poética que se apoya en lo menor y en lo aparentemente secundario para replantear los modelos heredados.

29/01/2026 0 comments
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ArteNoticiasPersonajes

Valentino “El último emperador”

by Beatriz Menéndez Alonso 20/01/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

No mueren los diseñadores como mueren los hombres comunes. Mueren dejando telas suspendidas en el aire, recuerdos cosidos a la memoria colectiva, colores que ya no pertenecen al espectro sino a la cultura. Valentino Garavani ha muerto y, sin embargo, el rojo —su rojo— continúa caminando solo por el mundo, como una mujer que no necesita presentación.

Hablar de Valentino es hablar de una sensibilidad. No de una moda —esa palabra demasiado rápida— sino de una forma de mirar el cuerpo humano como una arquitectura delicada, digna de respeto. En una época que aprendió a confundir novedad con estruendo, él eligió el susurro. Y ese susurro, paradójicamente, se convirtió en una de las voces más reconocibles del siglo XX.

Nació en Voghera, una ciudad pequeña, casi invisible, como suelen ser los lugares que incuban grandes obsesiones. Nada hacía presagiar que aquel joven terminaría vistiendo a emperatrices modernas, a viudas presidenciales, a actrices que parecían existir únicamente para ser recordadas.

París le ofreció el rigor. Roma, el alma. Entre ambas ciudades se formó una sensibilidad que no aceptaría la improvisación como virtud ni el descuido como estilo. Aprendió que la costura no es un gesto rápido, sino una conversación larga entre las manos y la tela. Que un dobladillo mal resuelto puede alterar no solo un vestido, sino la postura de quien lo lleva, la manera en que entra en una habitación, la forma en que se recuerda a sí misma.

Cuando abrió su casa de moda, no parecía estar fundando un imperio, sino un refugio. Un lugar donde el ruido del mundo quedaba fuera y solo importaba la línea, la caída, la exactitud.

El rojo como destino

Desfile de Alta Costura de Valentino, en el año 2008

El color puede ser una emoción detenida.

En el caso de Valentino, el rojo fue una emoción persistente. No un capricho cromático, sino una afirmación existencial. Ese rojo —profundo, decidido, imposible de confundir— no necesitaba explicación. No era el rojo de la urgencia ni el de la violencia. Era un rojo consciente de sí mismo.

Un rojo que no pedía permiso. Con el tiempo, el mundo dejó de decir “rojo” y comenzó a decir “Valentino”, como si el lenguaje hubiera aceptado que ya no eran cosas separadas.

Ese color acompañó cuerpos distintos, épocas distintas, mujeres distintas, sin perder nunca su identidad. Tal vez porque no pretendía transformarlas, sino acompañarlas. El rojo no era un disfraz: era una afirmación.

Vistió cuerpos, sí, pero sobre todo vistió momentos.

Jacqueline Kennedy, envuelta en sus líneas puras, llevaba más que elegancia: llevaba duelo, transición, vigilancia constante. Valentino entendió que su ropa no debía competir con esa carga, sino sostenerla. En sus vestidos, Jackie no parecía adornada, sino acompañada.

Audrey Hepburn, por su parte, era casi incorpórea. En ella, Valentino afinó la ligereza, el equilibrio perfecto entre presencia y retirada. No la vistió para hacerla mujer fatal ni musa inalcanzable, sino para permitirle seguir siendo ese punto exacto entre infancia y madurez, entre fragilidad y determinación.

Elizabeth Taylor era exceso, color, dramatismo. A ella no intentó contenerla: la celebró. Supo que hay cuerpos que no piden discreción, sino estructura; no silencio, sino marco. En sus vestidos, Taylor no se moderaba: se afirmaba.

Sophia Loren representaba otra cosa: la plenitud. El peso de la tradición mediterránea, la sensualidad sin culpa, la carne como territorio legítimo. Valentino no la estilizó para adelgazarla simbólicamente; la honró. Comprendió que la verdadera elegancia no reduce, sino que reconoce.

Más tarde llegarían princesas, aristócratas, actrices de nuevas generaciones, mujeres jóvenes que buscaban no tanto diferenciarse como inscribirse en una continuidad. Porque vestir Valentino era, para muchas, entrar en una genealogía. No solo de moda, sino de actitud: una forma de ocupar el mundo con serenidad.

La alta costura como resistencia

Mientras el mundo aceleraba, Valentino permanecía. Mientras la moda se fragmentaba en tendencias efímeras —una por estación, una por semana, una por pantalla— él insistía en la idea de legado. No por nostalgia, sino por convicción. Sabía que no todo debe moverse para estar vivo.

Fue llamado “el último emperador” de la alta costura, no por su poder, sino por su negativa a abdicar del oficio. En una industria que celebraba el gesto rápido, el impacto inmediato, él defendía la lentitud como forma de pensamiento. Defendía el derecho a repetir una prueba, a corregir un error, a no mostrar aquello que aún no estaba listo.

En sus talleres, la aguja seguía siendo importante. El tiempo seguía teniendo valor. Las manos —no las ideas abstractas, no los discursos— eran el centro de todo. El error no era parte del espectáculo ni del relato creativo: era algo que debía corregirse, pacientemente, hasta desaparecer.

Esa ética del trabajo, casi silenciosa, convirtió su casa en un espacio aparte, un lugar donde el calendario del mundo exterior parecía perder autoridad. Allí, la moda no era contenido: era oficio.

Hoy, pensar en Valentino es pensar en una idea de belleza que no pide disculpas por ser bella. En una elegancia que no teme parecer clásica en un mundo obsesionado con parecer nuevo. En una masculinidad creativa que comprendió —sin teorizarlo, sin explicarlo— el misterio de lo femenino sin intentar poseerlo, corregirlo ni reinterpretarlo.

 No diseñó para provocar debates, sino para crear continuidad. Y, sin embargo, esa continuidad fue profundamente subversiva. En una cultura del descarte, él apostó por la duración. En una estética del ruido, por el silencio. En una época de ironía, por la seriedad del gesto bien hecho.

Su legado no está solo en museos, exposiciones o archivos de moda. Está en la memoria emocional de quienes han visto uno de sus vestidos y han sentido —aunque no supieran explicarlo— que allí había algo más que tela: había tiempo condensado, había cuidado extremo, había una forma de amor no declarada.

Su retirada no fue un final abrupto, sino un gesto elegante. No se aferró al escenario ni prolongó la despedida. Supo irse cuando su obra ya hablaba sola, cuando el rojo seguía caminando sin necesidad de su presencia física.

Ahora que Valentino ha muerto, no queda el vacío. Queda la continuidad. Queda el rojo, atravesando décadas como una línea segura. Queda la idea de que crear no es gritar más fuerte, sino escuchar mejor. Queda la certeza de que la elegancia no es una moda, sino una forma de estar en el mundo.

Y quizá, dentro de muchos años, cuando ya nadie recuerde fechas ni nombres con precisión, alguien verá un vestido rojo —perfectamente construido, silenciosamente poderoso— y sentirá algo difícil de explicar: una calma, una gravedad, una presencia. Entonces, sin saberlo, estará mirando todavía a Valentino.

Porque algunas obras no terminan cuando su autor se va. Simplemente aprenden a caminar solas.

20/01/2026 0 comments
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AgendaArteNoticias

El Thyssen revisita Express de Robert Rauschenberg

by Uve Magazine 13/01/2026
written by Uve Magazine

En el marco del centenario del nacimiento de Robert Rauschenberg, el Museo Thyssen-Bornemisza presenta una instalación especial en torno a Express (1963), una de las obras más representativas de un artista que cambió de forma radical la manera de entender el arte en el siglo XX. La propuesta cuenta con el apoyo de la Robert Rauschenberg Foundation y se inscribe en un amplio programa internacional de revisión crítica de su legado.

Rauschenberg: Express. En movimiento

Formado en el experimental Black Mountain College, Rauschenberg creció artísticamente en un entorno donde la pintura convivía con la música, la danza y la acción. Esa educación transversal marcó toda su trayectoria y explica su rechazo a las jerarquías tradicionales entre disciplinas. Frente al expresionismo abstracto dominante en los años cincuenta, su obra introdujo materiales cotidianos, imágenes procedentes de los medios de masas y una relación directa con la realidad inmediata.

Comisariada por Marta Ruiz del Árbol, conservadora senior de Pintura Moderna, la instalación propone una nueva lectura de Express, atendiendo tanto a su compleja iconografía como a su impulso experimental. La obra se sitúa en continuidad con los célebres Combines de Rauschenberg, piezas híbridas que borraron las fronteras entre pintura y escultura y que resultaron decisivas para el desarrollo del arte pop, el neo-dada y buena parte del arte contemporáneo posterior.

La muestra subraya también el papel central de Express en la consagración internacional del artista, tras recibir en 1964 el Gran Premio de Pintura de la Bienal de Venecia, un reconocimiento que confirmó la potencia de una obra incómoda, abierta y profundamente innovadora.

Más allá de la revisión histórica, esta instalación invita a reflexionar sobre la vigencia del pensamiento de Rauschenberg y su firme convicción de que el arte no es un objeto aislado, sino una herramienta de transformación individual y social. Una ocasión clara y directa para redescubrir a uno de los grandes agitadores del arte del siglo XX y medir el alcance real de su legado artístico y ético.

Del 3 de febrero al 24 de mayo de 2026

13/01/2026 0 comments
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AgendaArteNoticias

Las grandes exposiciones que marcarán 2026

by Emain Juliana 05/01/2026
written by Emain Juliana

El calendario artístico internacional de 2026 apunta a una recuperación clara del formato expositivo de gran escala. Museos y centros culturales de referencia han anunciado programas ambiciosos que combinan retrospectivas de artistas consagrados, revisiones del canon y proyectos arquitectónicos vinculados a la actualización del patrimonio cultural.

Instituciones como el British Museum, la Tate, el Centre Pompidou o el MoMA han adelantado exposiciones que ponen el foco tanto en figuras centrales del arte contemporáneo como en lecturas renovadas de artistas históricos. El objetivo es atraer a un público amplio sin renunciar a un discurso crítico que dialogue con las preocupaciones actuales.

Entre las propuestas más destacadas se encuentran las retrospectivas dedicadas a Tracey Emin. En 2026, la Tate Modern de Londres albergará Tracey Emin: A Second Life, la exposición más ambiciosa de la artista hasta la fecha, con más de 90 obras que recorren cuatro décadas de producción. La muestra estará abierta del 26 de febrero al 31 de agosto de 2026 y presenta pintura, escultura, instalación, neón y video, integrando algunas de las piezas más emblemáticas de Emin como parte de una lectura amplia de su trayectoria.

Tracey Emin My Bed 1998 © Tracey Emin. Photo credit: Courtesy The Saatchi Gallery, London / Photograph by Prudence Cuming Associates Ltd

Otra de las figuras que concentrará atención en 2026 es Frida Kahlo, presente en distintos proyectos expositivos. Uno de los más importantes es Frida: The Making of an Icon, en la Tate Modern Exhibition, del 25 de junio de 2026 al 3 de enero de 2027, que busca alejarse de la lectura iconográfica más popular para abordar su obra desde enfoques históricos, políticos y sociales. Estas exposiciones pretenden situar a Kahlo dentro de un marco más amplio, atendiendo tanto a su producción artística como a las condiciones culturales en las que fue creada.

Junto a estas grandes figuras, el calendario de 2026 incluye la recuperación de artistas cuya obra ha sido tradicionalmente considerada marginal o secundaria. Es el caso de Beryl Cook, cuya pintura figurativa y de carácter popular está siendo objeto de una reevaluación crítica en distintos museos europeos. Entre estas propuestas destaca Beryl Cook: Pride and Joy, en The Box (Plymouth), del 24 de enero al 31 de mayo de 2026. Este tipo de iniciativas refleja una tendencia creciente a revisar el canon artístico desde criterios más amplios y diversos.

En el ámbito del arte moderno, 2026 contará también con una cita destacada en torno a Mark Rothko. La Fondazione Palazzo Strozzi, en Florencia, presentará Rothko in Florence, del 14 de marzo al 23 de agosto de 2026, una retrospectiva de gran escala que reunirá más de setenta obras procedentes de colecciones internacionales. La muestra propone un diálogo entre la pintura de Rothko y el contexto artístico florentino, extendiéndose a otros espacios de la ciudad y abordando su relación con la tradición pictórica europea.

Frida Kahlo (México, 1907–1954), Sin título [Autorretrato con collar de espinas y colibrí], 1940. Óleo sobre lienzo montado sobre cartón. Colección Nickolas Muray de Arte Mexicano, 66.6. Harry Ransom Center.

En el ámbito del Barroco español, Francisco de Zurbarán protagonizará una de las citas más relevantes del año con una exposición monográfica en la National Gallery de Londres, que se celebrará del 2 de mayo al 23 de agosto de 2026. La muestra reunirá un amplio conjunto de obras procedentes de colecciones internacionales y propondrá una lectura contextual de su producción, situando a Zurbarán dentro del desarrollo del Barroco europeo y atendiendo tanto a su dimensión espiritual como a su rigor formal.

El año 2026 también será relevante en el ámbito de la arquitectura cultural. Numerosos proyectos de ampliación, rehabilitación y nueva construcción de museos están previstos para los próximos meses, con un énfasis especial en la integración del edificio en su entorno urbano y en la sostenibilidad de los espacios. En este contexto, se anuncian iniciativas vinculadas a la reinterpretación del legado arquitectónico de Antoni Gaudí, especialmente en Barcelona, con motivo del centenario de su muerte, que se conmemorará a lo largo de 2026 mediante exposiciones, intervenciones contemporáneas y programas públicos en distintos espacios patrimoniales, así como actuaciones en edificios históricos vinculados a su obra, así como intervenciones contemporáneas en edificios históricos.

Estos proyectos no se limitan a ampliar la oferta expositiva, sino que plantean nuevas formas de relación entre el público y las instituciones culturales. La arquitectura pasa a desempeñar un papel activo en la experiencia del visitante, reforzando el valor simbólico y narrativo del espacio.

Otro de los rasgos destacados del calendario expositivo de 2026 es su carácter internacional. Junto a los grandes centros europeos y norteamericanos, ciudades de Asia y Oriente Medio consolidan su presencia como polos culturales de primer orden, con exposiciones capaces de atraer atención mediática y público internacional. Este desplazamiento geográfico amplía el mapa cultural y diversifica los discursos presentes en las grandes instituciones.

Desde el punto de vista mediático, las grandes exposiciones continúan siendo uno de los contenidos culturales con mayor capacidad de atracción. Suelen generar un volumen elevado de búsquedas, visitas y compartidos, especialmente cuando se presentan en formatos de guía, agenda o análisis contextual. Además, se trata de contenidos con una vigencia prolongada, que mantienen el interés del público durante meses.

La programación artística de 2026 confirma una tendencia ya visible en años anteriores: la necesidad de equilibrar el atractivo visual y la experiencia expositiva con un discurso sólido y contextualizado. Las exposiciones que logren combinar ambos aspectos serán las que definan el panorama cultural del año.

A medida que se vayan concretando fechas y sedes, el calendario se completará con nuevas propuestas. La atención se centrará no solo en la magnitud de los proyectos, sino en su capacidad para aportar lecturas relevantes sobre el arte, la historia y el presente cultural.

05/01/2026 0 comments
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AgendaArte

Mark Leckey en el Guggenheim Bilbao

by Uve Magazine 02/01/2026
written by Uve Magazine

El programa in situ del Museo Guggenheim Bilbao propone un reto concreto: invitar a artistas a crear una obra pensada expresamente para la sala 208, no como un simple lugar de exhibición, sino como un espacio con personalidad propia, casi con carácter. En Y la ciudad se alzaba en todo su esplendor, Mark Leckey acepta el desafío y lo hace desde un lugar reconocible en su trayectoria: la intersección entre imágenes del pasado, tecnología contemporánea y una memoria colectiva atravesada por la cultura de masas.

Leckey no es un artista interesado en el silencio contemplativo ni en el minimalismo pulcro. Creció en los alrededores de Liverpool a finales de los años setenta y durante los ochenta, en un contexto marcado por el declive industrial, la fragmentación social y una presencia cada vez más intensa de la televisión, la música y la publicidad como telón de fondo cotidiano. Ese paisaje —hecho tanto de ruinas económicas como de estímulos mediáticos— atraviesa su obra desde hace décadas y explica su fascinación por la forma en que las imágenes y los sonidos construyen identidad, pertenencia y nostalgia.

En Bilbao, ese interés se materializa a partir de una referencia inesperada: Ciudad junto al mar (1424), de Sassetta, una pintura medieval en la que la ciudad deja de ser un simple escenario para convertirse en protagonista. Leckey se fija en ese espacio extraño, geométrico y casi irreal, que parece no obedecer del todo a las leyes físicas, y lo interpreta como una ciudad que pertenece a varios tiempos a la vez. No le interesa reconstruirla fielmente, sino traducir su lógica bidimensional a una forma escultórica que habita un terreno ambiguo, entre lo material y lo imaginado.

La instalación se articula en torno a una escultura central, acompañada por un bucle de luz y sonido de unos seis minutos, compuesto por el propio artista, que marca el ritmo de la experiencia. La iluminación recorre un ciclo que va del amanecer al crepúsculo y alcanza un punto de máxima intensidad con un efecto estroboscópico que coincide con el crescendo sonoro. En ese momento, la escultura parece perder estabilidad: la luz proyectada sobre sus superficies la transforma, la hace vibrar, la convierte casi en una aparición. No es un objeto que se mira desde fuera, sino algo que se experimenta dentro de un tiempo controlado.

Este énfasis en la experiencia ha llevado a que la obra se describa, incluso por el propio Leckey, como una “atracción”. La palabra puede generar suspicacias, pero aquí funciona más como una declaración de intenciones que como una provocación gratuita. La instalación no esconde su voluntad de atrapar al visitante, de envolverlo sensorialmente, de usar los mismos mecanismos —ritmo, repetición, estímulo— que hoy organizan buena parte de nuestra relación con las imágenes. En lugar de disimularlo, lo pone en primer plano.

La pregunta, entonces, no es si hay efecto, sino qué se hace con él. En este caso, el efecto no parece un fin en sí mismo, sino una herramienta para hablar de un presente en el que la memoria ya no se articula de manera lineal, sino a través de fragmentos, bucles y superposiciones. La ciudad medieval de Sassetta, reinterpretada con tecnologías contemporáneas como la impresión 3D y referencias a sistemas digitales, se convierte en una especie de máquina de tiempo que no avanza ni retrocede, sino que permanece suspendida.

También hay aquí una reflexión implícita sobre el propio museo. El Guggenheim Bilbao es un edificio tan poderoso que cualquier obra corre el riesgo de quedar absorbida por su arquitectura. Leckey no intenta competir con ella en escala ni en espectacularidad, sino que opta por dominar el tiempo, transformando la sala en una situación que se activa y se apaga, que obliga a quedarse, a esperar, a atravesar el ciclo completo. Durante esos minutos, la lógica turística del “ver y pasar” se interrumpe.

Eso no significa que la instalación esté libre de tensiones. Hay quien puede salir con la sensación de haber asistido a una experiencia intensa pero efímera, más cercana a lo sensorial que a lo reflexivo. Y esa lectura no es del todo errónea. Pero también es coherente con una obra que habla precisamente de cómo hoy pensamos, recordamos y nos vinculamos a las imágenes: de forma fragmentaria, emocional y a menudo mediada por la tecnología.

En ese sentido, Y la ciudad se alzaba en todo su esplendor funciona mejor cuando se acepta en sus propios términos. No es una exposición para “descifrar” con calma académica, ni una pieza que se agote en una idea cerrada. Es una instalación que propone una experiencia y, a partir de ella, deja abiertas preguntas sobre la nostalgia, la clase social, la memoria compartida y la inestabilidad de lo que damos por real.

Más que ofrecer respuestas, Leckey construye un espacio extraño y atractivo en el que pasado y presente se superponen sin resolverse del todo. Y quizá ahí esté su mayor acierto: en recordar que, en una época saturada de imágenes, pensar también puede ser una experiencia física, incómoda y luminosa a la vez.

Datos prácticos para la visita

Exposición: Y la ciudad se alzaba en todo su esplendor
Artista: Mark Leckey
Programa: in situ
Comisaria: Lekha Hileman
Lugar:
Museo Guggenheim Bilbao
Avenida Abandoibarra, 2 · Bilbao
Fechas:
Del 14 de noviembre de 2025 al 12 de abril de 2026
Salas:
204 y 208
Horario:
De martes a domingo, de 10:00 a 19:00 h
(Lunes cerrado, salvo excepciones)
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ArteLiteraturaMúsica

Cómo se construye hoy la visibilidad cultural

by Clara Belmonte 31/12/2025
written by Clara Belmonte

(sin vivir esclavo de las redes ni convertir tu proyecto en un meme)

El mito de «si no publicas, no existes»

En algún momento alguien decidió que la cultura tenía que comportarse como una cuenta de Instagram con ansiedad, y desde entonces muchos proyectos culturales viven atrapados en una especie de carrera sin meta clara: publicar por no desaparecer, subir algo aunque no haya nada que decir, estar “activos” aunque por dentro estén agotados. El problema es que esa lógica, que quizá funciona para otros ámbitos, en cultura suele generar el efecto contrario: mucha presencia y muy poca huella.

Porque estar no es lo mismo que importar. Puedes aparecer todos los días en un feed y, aun así, no ocupar ningún lugar reconocible. Nadie sabe muy bien qué haces, por qué lo haces o por qué debería volver a leerte dentro de una semana. La visibilidad que de verdad sirve no es la que dura veinticuatro horas, sino la que hace que alguien piense en ti cuando busca algo concreto, cuando recomienda un medio, cuando quiere entender mejor un tema cultural.

Y eso, aunque suene menos espectacular, no se construye a base de insistencia, sino de sentido. De tener claro qué tipo de proyecto eres y de no intentar gustar a todo el mundo todo el tiempo.

Lo que sí hace que la cultura circule (aunque no se note al principio)

Aquí viene la parte menos glamurosa, pero más efectiva. La cultura circula mejor cuando tiene lugares donde quedarse. Una web bien cuidada, por ejemplo, sigue siendo una de las mejores herramientas para cualquier proyecto cultural, no porque esté de moda, sino porque permite algo muy básico: que el contenido no desaparezca. Un buen artículo, una entrevista interesante o una guía bien pensada pueden seguir leyéndose meses después, algo que ningún post efímero consigue.

También importa mucho el tipo de contenido que se publica. No todo tiene que ser profundo ni todo tiene que ser ligero, pero sí conviene que lo que se escriba tenga una razón para existir. Los textos que mejor funcionan suelen ser los que explican cosas sin tratar al lector como si fuera tonto, los que ponen contexto donde antes había ruido y los que asumen que la cultura no es solo opinión, sino también información, conexiones y preguntas compartidas.

Aquí entra otro elemento clave del que se habla poco: la regularidad sin locura. No hace falta publicar todos los días para ser relevante, pero sí mantener un ritmo que haga que el proyecto no parezca intermitente. En ese sentido, la newsletter —sí, esa cosa que muchos dan por muerta— sigue siendo uno de los canales más agradecidos. No compite por atención inmediata, no depende de algoritmos y permite construir una relación más tranquila con quien realmente quiere leerte. Un correo semanal bien hecho suele valer más que diez publicaciones perdidas.

Y luego están las colaboraciones, que siguen siendo una de las formas más naturales de crecer sin hacer ruido innecesario. Cruzar proyectos, compartir espacios, invitar a otras voces o participar en medios afines no solo amplía el alcance, sino que refuerza algo que en cultura es fundamental: el criterio. Cuando te recomiendan porque encajas, no porque has pagado por aparecer, la visibilidad pesa más.

Las redes: ni salvación ni condena, solo una herramienta más

Conviene decirlo sin dramatismos: las redes no son el problema. El problema es pensar que tienen que sostenerlo todo. Cuando un proyecto cultural depende exclusivamente de ellas, acaba adaptando su forma, su ritmo y, a veces, su contenido a lo que mejor funciona en pantalla, aunque eso no tenga mucho que ver con lo que quiere contar.

Usadas con un poco de cabeza, las redes cumplen bastante bien su función: señalar contenidos que ya existen, recordar artículos que siguen siendo relevantes, anunciar actividades o simplemente mantener una presencia mínima. Funcionan mejor cuando apuntan hacia algo más sólido —una web, un archivo, una newsletter— que cuando se convierten en el único lugar donde pasa todo.

La clave está en no confundir visibilidad con agotamiento. No hace falta estar en todas las plataformas, ni seguir todas las tendencias, ni convertir cada idea en contenido. Elegir dónde estar y cómo estar también es una forma de posicionarse. Y, curiosamente, suele generar más respeto que la presencia constante sin dirección clara.

Al final, construir visibilidad cultural hoy tiene menos que ver con hacer más cosas y más con hacerlas mejor. Con aceptar que el crecimiento es lento, que no todo impacto se mide en números y que la relevancia cultural rara vez coincide con lo viral. La buena noticia es que eso libera: permite trabajar con más calma, cuidar el contenido y construir proyectos que no dependan de estar siempre gritando para que alguien los vea.

Y quizá ahí esté la verdadera visibilidad: en que, cuando alguien piensa en cultura, piense también en ti.

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Arte

El simbolismo en el arte y lo invisible

by Uve Magazine 29/12/2025
written by Uve Magazine

El simbolismo no surgió como una forma de describir el mundo visible ni para tranquilizar al espectador con escenas amables y reconocibles, sino como una respuesta deliberada a una época que confiaba de forma casi absoluta en la razón, la ciencia y el progreso técnico, y que había relegado a un segundo plano todo aquello que no podía medirse, explicarse o demostrarse. Frente a esa fe en lo tangible, los artistas simbolistas comenzaron a trabajar con imágenes cargadas de ambigüedad, referencias míticas, estados emocionales y obsesiones íntimas, convencidos de que el arte no debía limitarse a reproducir la realidad externa, sino a explorar aquello que ocurre en zonas más profundas y menos visibles de la experiencia humana. Quizá por eso, más de un siglo después, el simbolismo no solo no resulta ajeno, sino que continúa interpelándonos con una fuerza que otros movimientos, más ligados a su contexto histórico, han ido perdiendo con el tiempo.

El simbolismo, desarrollado principalmente entre finales del siglo XIX y los primeros años del XX, no fue un estilo cerrado ni una escuela homogénea, sino una actitud compartida ante la creación artística, que se manifestó tanto en la pintura como en la literatura y la música, y que partía de una premisa clara: la realidad visible no agota el sentido de las cosas. Para los simbolistas, lo importante no era el objeto representado, sino la carga de ideas, sensaciones y asociaciones que ese objeto podía activar en quien lo contemplaba, de modo que la obra se convertía en un espacio abierto a la interpretación, más cercano a la experiencia del sueño que a la descripción racional. En lugar de escenas cotidianas o narrativas claras, aparecieron figuras enigmáticas, paisajes irreales, cuerpos suspendidos en estados ambiguos, imágenes que no se ofrecían como respuestas, sino como preguntas.

La aparición (1874-1876), de Gustave Moreau, Museo Gustave Moreau, París

El símbolo como rechazo de la razón dominante

El contexto histórico resulta fundamental para entender esta deriva hacia lo simbólico, ya que surge en un momento en el que Europa se encontraba profundamente marcada por el avance industrial, la confianza en el progreso científico y una concepción del mundo cada vez más mecanizada, en la que todo parecía tener una explicación lógica o una utilidad práctica. Muchos artistas percibieron ese clima como una forma de empobrecimiento espiritual, en la medida en que dejaba fuera aspectos esenciales de la vida interior, como el deseo, el miedo, la culpa, la fascinación por la muerte o la necesidad de trascendencia. Frente a la claridad racional, el simbolismo eligió la sugerencia; frente a la explicación, el misterio; frente a la objetividad, la subjetividad radical.

De ahí que los temas que atraviesan este estilo resulten tan persistentes y reconocibles, incluso para un espectador contemporáneo. La muerte aparece no como un acontecimiento heroico o solemne, sino como una presencia constante, casi cotidiana, que se manifiesta en figuras espectrales, islas solitarias, cuerpos inmóviles que parecen debatirse entre el sueño y la desaparición. El mundo onírico ocupa también un lugar central, no como evasión, sino como espacio en el que se suspenden las reglas de la lógica y afloran imágenes que condensan deseos y temores difíciles de articular de otro modo. El erotismo, a menudo atravesado por una tensión inquietante entre atracción y amenaza, se convierte en un territorio simbólico donde se mezclan placer, culpa y poder, mientras que la espiritualidad se presenta desligada de la religión institucional, más cercana a una búsqueda individual y ambigua de sentido.

Artistas como Odilon Redon, con sus figuras flotantes y sus criaturas imposibles, o Arnold Böcklin, cuya Isla de los muertos condensa como pocas imágenes la sensación de tránsito y soledad, entendieron el arte como una forma de visualización de lo invisible, un medio para dar forma a aquello que no puede decirse con palabras. Gustave Moreau recurrió a la mitología y a los relatos bíblicos no para ilustrarlos, sino para convertirlos en escenarios mentales densos y cargados de significado, mientras que figuras como Fernand Khnopff exploraron la introspección, el aislamiento y la distancia emocional a través de composiciones silenciosas y perturbadoras. Incluso Gustav Klimt, frecuentemente asociado a otros movimientos, participó de esta sensibilidad simbolista al convertir el cuerpo, el oro y la ornamentación en vehículos de reflexión sobre la vida, la muerte y el deseo.

Floresta sagrada (1882), de Arnold Böcklin, Kunstmuseum, Basilea

Por qué el simbolismo sigue siendo actual

Que el simbolismo continúe funcionando hoy no es una cuestión de nostalgia, sino de afinidad con un presente que, pese a su aparente transparencia informativa, sigue atravesado por incertidumbres profundas y contradicciones no resueltas. En un entorno saturado de imágenes inmediatas y mensajes explícitos, el simbolismo propone una experiencia opuesta, que exige tiempo, atención y una disposición a aceptar lo ambiguo, lo incompleto y lo inquietante. Su influencia se percibe con claridad en el cine contemporáneo, especialmente en aquellas obras que renuncian a explicaciones cerradas, así como en la música, la fotografía o el arte actual, donde el uso de símbolos sigue siendo una herramienta fundamental para abordar cuestiones relacionadas con la identidad, el trauma, la memoria o el deseo.

Acercarse a una obra simbolista no implica descifrar un código oculto ni encontrar un significado único, sino aceptar que el sentido se construye en la relación entre la imagen y quien la observa, y que esa relación puede cambiar con el tiempo, también supone dejarse afectar por ella, permitir que genere preguntas más que respuestas, y reconocer que hay experiencias que no pueden reducirse a una interpretación cerrada. En ese gesto, que va a contracorriente de la necesidad constante de claridad y rapidez, reside buena parte de su vigencia.

En última instancia, puede entenderse como una forma de resistencia silenciosa frente a un mundo que exige explicaciones inmediatas y resultados medibles, y que deja poco espacio para lo incierto, lo contradictorio o lo profundo. Al reivindicar la sugerencia, la pausa y el misterio, el simbolismo no solo habla de su tiempo, sino también del nuestro, recordándonos que no todo lo valioso es transparente ni fácil de nombrar, y que quizá ahí, en esa zona oscura y ambigua, sigue estando una de las funciones esenciales del arte.

El carro de Apolo (1905-1914), de Odilon Redon, Museo de Orsay, París
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Hammershøi en el Thyssen: la poética del silencio

by Emain Juliana 23/12/2025
written by Emain Juliana

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presenta, del 17 de febrero al 31 de mayo de 2026, Hammershøi. El ojo que escucha, la primera gran retrospectiva en España dedicada a Vilhelm Hammershøi (1864–1916). Comisariada por Clara Marcellán, la exposición reúne cerca de noventa óleos y dibujos del artista —junto a obras de algunos de sus contemporáneos— y ofrece una lectura amplia y matizada de una producción breve pero singular: algo más de cuatrocientas piezas realizadas a lo largo de apenas cincuenta y un años de vida.

Hammershøi ocupa un lugar central en la pintura danesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, aunque su nombre quedó eclipsado durante décadas tras la consolidación de las vanguardias. Desde los años ochenta del pasado siglo, varias exposiciones internacionales han reactivado el interés por su obra, pero en España su presencia había sido hasta ahora fragmentaria. Esta retrospectiva corrige esa ausencia y permite comprender la coherencia y radicalidad de un pintor que hizo del silencio, la contención y la depuración formal un lenguaje propio.

El recorrido se abre con una obertura que sitúa los primeros años del artista. Tras su formación académica y su paso por las Frie Studieskoler, Hammershøi define muy pronto los motivos y la paleta que lo acompañarán siempre: interiores austeros, figuras ensimismadas, paisajes deshabitados y una gama restringida de blancos, grises, marrones y negros. Obras como Retrato de Ida Ilsted (1890) o Tarde en el salón. La madre y la mujer del artista (1891) muestran ya esa inclinación por escenas suspendidas, próximas al simbolismo y al esteticismo de Whistler, a quien conoció a través de grabados y de la Exposición Universal de París de 1889.

Retrato de Ida

Los retratos y figuras constituyen aproximadamente una cuarta parte de su producción y permiten reconstruir su entorno inmediato: artistas, músicos y amigos. La música, la espera o el recuerdo de un concierto se convierten en motivos recurrentes, como en El violonchelista. Retrato de Henry Bramsen. Hammershøi elimina cualquier elemento narrativo superfluo y recurre a fondos neutros que refuerzan la sensación de tiempo detenido. En Tres mujeres jóvenes (1895), Ida y sus cuñadas aparecen reunidas en una escena doméstica que parece ajena a toda anécdota.

La figura de Ida Ilsted atraviesa buena parte de la exposición. Esposa del pintor desde 1891, aparece tanto como presencia idealizada como desde una cercanía más frágil. Los retratos dobles de la pareja le sirven a Hammershøi para explorar la relación entre figuras, desde composiciones frontales de inspiración clásica hasta soluciones más complejas, como Dos figuras, donde el propio artista se representa de espaldas, separado de Ida por una mesa.

Sala de estar, madre y mujer

El núcleo más conocido de su obra, los interiores, se despliega en dos vertientes: habitaciones con figuras y espacios completamente vacíos. Las estancias de sus viviendas —especialmente el apartamento de Strandgade 30, donde vivió entre 1898 y 1909— funcionan como laboratorio pictórico. Mujeres de espaldas, puertas entreabiertas, paredes desnudas y una luz medida con precisión construyen escenas de una intensidad contenida. En los interiores vacíos, Hammershøi insiste en una misma vista, alterando mínimos detalles. En Rayos de sol o luz del sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol (1900), la escena se reduce a una puerta cerrada, una ventana y una luz que convierte lo cotidiano en algo casi abstracto.

Los paisajes y vistas urbanas prolongan esa misma lógica. Copenhague aparece desierta y elevada, alejada de cualquier agitación real. Plazas, edificios y calles adquieren una quietud casi irreal. También los paisajes rurales daneses, planos y sobrios, comparten esa ausencia humana, apenas interrumpida por caminos o construcciones. Sus vistas de Londres, escasas pero significativas, conectan con el simbolismo europeo, especialmente con figuras como Fernand Khnopff.

En los años finales, Hammershøi recupera el estudio del cuerpo humano en grandes desnudos y vuelve al autorretrato tras casi quince años de silencio. En 1911 se pinta pincel en mano, afirmando su condición de pintor. Poco después, instalado en Strandgade 25, continuará explorando ese lenguaje depurado hasta su muerte en 1916.

Tras su paso por Madrid, la exposición viajará a la Kunsthaus Zürich. Una oportunidad decisiva para entender a un artista que hizo de la contención una forma de intensidad y de la calma una postura radical frente a su tiempo.

Violonchelista

Vida y obra de Vilhelm Hammershøi

Vilhelm Hammershøi (Copenhague, 15 de mayo de 1864 – 13 de febrero de 1916) fue uno de los pintores daneses más singulares de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Procedente de una familia acomodada, recibió formación artística desde joven y estudió en la Real Academia Danesa de Bellas Artes, completando su aprendizaje en las Frie Studieskoler, donde empezó a alejarse del academicismo dominante y a definir un lenguaje propio.

Desde muy temprano encontró los motivos que marcarían toda su trayectoria: interiores domésticos austeros, figuras ensimismadas, retratos sobrios y paisajes deshabitados, resueltos con una paleta muy restringida de grises, blancos, negros y marrones. Su pintura, aparentemente serena, evita la anécdota y la narración explícita, y se apoya en la luz, el espacio y la repetición de motivos para generar una tensión silenciosa. Estas características lo han vinculado tanto al simbolismo como a la tradición de los maestros holandeses del siglo XVII, así como a la obra de James McNeill Whistler, a quien conoció a través de grabados y exposiciones internacionales.

En 1891 se casó con Ida Ilsted, que se convirtió en una presencia constante en su obra, ya fuera como retrato íntimo o como figura anónima integrada en sus interiores. Ese mismo año participó en la fundación de la Frie Udstilling, un salón independiente creado como alternativa a los circuitos oficiales daneses, donde su pintura había generado rechazo y admiración a partes iguales.

Hammershøi desarrolló la mayor parte de su producción en Copenhague, especialmente en los apartamentos de la calle Strandgade, que utilizó como vivienda y estudio y que se convirtieron en el escenario casi exclusivo de sus interiores más conocidos. Aunque viajó por Europa y expuso en ciudades como París, Berlín o Londres, apenas pintó paisajes fuera de Dinamarca, con la excepción de algunas vistas londinenses de atmósfera brumosa.

Tras su muerte, su obra cayó progresivamente en el olvido, eclipsada por la irrupción de las vanguardias. No fue hasta finales del siglo XX cuando comenzó a ser redescubierta y revalorizada internacionalmente. Hoy Hammershøi es reconocido como un artista radical en su contención, capaz de transformar lo cotidiano y lo aparentemente inmóvil en una experiencia profundamente inquietante.

23/12/2025 0 comments
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