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Identidad

LiteraturaPensamientoPersonajes

La doble vida de Dorian Gray

by Emain Juliana 07/08/2025
written by Emain Juliana

Durante más de un siglo, Dorian Gray ha sido algo más que un personaje literario: se ha convertido en una figura espectral que transita entre épocas, una silueta siempre joven que nos devuelve la mirada desde un lienzo que ya no es solo el retrato de un hombre, sino el reflejo de una cultura entera obsesionada con no envejecer. Oscar Wilde lo creó como un experimento estético, como una sátira envenenada de los valores de su tiempo, pero el experimento se le escapó de las manos. Dorian no solo representa al esteta victoriano; es también el antecedente de una forma de habitar el cuerpo y la imagen que hoy reconocemos con una familiaridad inquietante. Su belleza no es solo un don, es una condena. Y su historia, una advertencia que nadie parece querer escuchar.

Lo fascinante del personaje no es que conserve su juventud, sino lo que está dispuesto a hacer para no perderla, en lugar de encarnar un deseo común —vivir más, sentirse joven, aferrarse al placer—, Dorian representa la perversión de ese deseo, se transforma en un rechazo absoluto de la decadencia y del paso del tiempo. No envejece, pero tampoco madura. Todo lo que se pudre en su interior queda oculto, no por la negación consciente, sino por un pacto casi demoníaco con la apariencia. Mientras los demás ven su piel intacta, su mirada limpia, su sonrisa perfecta, en lo profundo del retrato se va acumulando la verdad: traiciones, crímenes y la pérdida de su propia alma.

Ese pacto, sin embargo, no se establece de forma explícita. No hay invocaciones, ni espíritus, ni demonios, ni contratos con firmas de sangre. Hay algo mucho más perverso: el deseo dicho en voz alta, la posibilidad formulada como un juego. Lord Henry, con su ironía elegante y su cinismo brillante, no es un villano clásico, sino un corruptor muy sofisticado, alguien que en lugar de obligar, sugiere y seduce sibilinamente. Dorian no vende su alma: se la regala a una idea. La idea de que todo lo que es valioso en la vida reside en la experiencia estética, de que el placer justifica cualquier tipo de conducta, y que el cuerpo solo existe para ser adorado. Y una vez que acepta esa premisa, ya no hay vuelta atrás.

Porque el cuerpo que no cambia se convierte en un campo de impunidad. Dorian atraviesa los años como un espectro inverso, manteniéndose muy joven, siempre visible allá donde va, e intacto. Pero su alma, la que está atrapada en el lienzo, se convierte en el receptáculo de todo aquello que no quiere sentir. El retrato no envejece como lo haría un rostro común, sino como lo haría una conciencia deformada y oscurecida, cosa que le vuelve repulsivo. Lo que Wilde nos muestra no es una simple inversión entre cuerpo y representación, sino una fractura: el yo dividido, la escisión entre lo que mostramos y lo que somos. Dorian se convierte, así, en un emblema anticipado de lo que hoy llamaríamos disociación estética. El horror no está en el cuadro, sino en el hecho de que él puede admirarlo sin reconocerse. O peor, sabiendo que sí es él, pero tampoco le importa.

Oscar Wilde, 1882

Ese desdoblamiento es lo que convierte a la novela en una obra gótica en su sentido más profundo. No necesita castillos ruinosos o apariciones espectrales. Dorian no necesita ser perseguido, ni maldecido por nadie o encerrado. Lo que lo condena no es un espectro, sino su propia falta de remordimiento. Incluso cuando asesina a Basil Hallward —el pintor y amigo, el único que aún cree que en él hay algo rescatable—, Dorian actúa con la frialdad de quien sabe que ya no puede redimirse. No porque lo haya decidido, sino porque ha cruzado demasiadas veces la línea entre el deseo y el daño, y en ese punto, el crimen ya no es un acto transgresor, sino la consecuencia natural de una vida sostenida sobre la negación del otro. La juventud eterna se convierte, irónicamente, en una forma de muerte.

Pero hay algo más en esta historia, algo que ha hecho que el personaje sobreviva al paso del tiempo o a las modas literarias. Dorian Gray no solo es símbolo de la belleza que corrompe; es también un espejo roto del deseo masculino. Wilde no lo oculta: la relación entre Basil y Dorian está cargada de una tensión emocional y estética que desborda la amistad. La fascinación de Basil no es solo artística, es amorosa y en cierta medida devocional, y la respuesta de Dorian es la de quien sabe que es amado, pero elige no corresponder. El retrato, en ese sentido, no es solo una obra de arte: es una declaración de amor que será traicionada. Y lo que Dorian destruye al final no es solo el símbolo de su corrupción, sino la única prueba de que alguna vez fue amado de una forma sincera.

Esta dimensión ambigua, moralmente inquietante ha sido lo que ha permitido que la figura de Dorian se infiltre en la cultura contemporánea. Desde las múltiples adaptaciones en el teatro y en el cine, hasta su recuperación en los discursos sobre el culto al cuerpo, la cirugía estética, el narcisismo digital o la construcción de identidades fluidas, Dorian ha pasado de personaje a emblema. En una época en la que la imagen se ha vuelto una forma de poder, él representa tanto el ideal como su tragedia. No necesita filtros, ni retoques: su rostro perfecto es su cárcel y condena. 

La figura del influencer —esa presencia permanente, radiante, intocable— no es tan distinta de la que Wilde dibujó con precisión milimétrica. La diferencia es que hoy el retrato no está en un desván oculto, sino en la galería de Instagram. Y lo que se degrada, lentamente, no es un lienzo, sino el vínculo con la realidad. Dorian, en ese sentido, no ha muerto. Ha mutado. Vive en cada intento de borrar la arruga, de editar un rostro, de construir una versión idealizada de uno mismo que no admite ninguna grieta. La cultura de la perfección, encuentra en él a su primer mártir: hermoso, carismático, egocéntrico, insensible, vacío.

Y sin embargo, lo que vuelve inolvidable al personaje no es su belleza, tampoco su carisma o su frialdad, ni siquiera su capacidad de destrucción. Es el momento final, cuando ya no puede sostener más la mentira, y decide enfrentarse al retrato, cosa que no hace por arrepentimiento, sino por desesperación. Porque entiende, demasiado tarde, que vivir sin alma no es vivir. Cuando clava el puñal en el lienzo, lo hace con la furia de quien quiere aniquilar al testigo. Pero el arte, como la verdad, no puede ser asesinado sin consecuencias. Al romper el pacto, el cuerpo de Dorian se transforma: envejece de golpe, se llena de profundas arrugas, aparecen manchas en su piel y muere. El rostro que todos admiraban desaparece. Y en el suelo queda solo un cuerpo ajado, irreconocible, mientras el retrato recupera su forma original. No es un castigo sobrenatural, sino una restauración simbólica: la verdad, por fin, ha salido a la luz.

Oscar Wilde pagó caro por haber escrito esta novela. Fue acusado de inmoral y de indecente. Pero lo que su libro revelaba no era una defensa del vicio, sino una exposición del precio de la negación. En un mundo obsesionado con la moral aparente, Dorian Gray fue el espejo roto de una sociedad que se refugiaba en la indiferencia. Y puede que ahí resida la razón de su vigencia incómoda. Porque no hay nada más aterrador que reconocer que, en el fondo, todos tenemos un retrato escondido en algún lugar.

07/08/2025 0 comments
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Literatura

El boom de los libros juveniles

by Emain Juliana 02/04/2025
written by Emain Juliana

Por qué enganchan tanto (y por qué nos dejan con dudas)

En los últimos años, los libros juveniles y Young Adult (YA) han estado por todas partes. Librerías, redes sociales, recomendaciones boca a boca. Da igual la edad: mucha gente se ha dejado atrapar por estas historias rápidas, intensas, muchas veces emocionales. Algunos los adoran; otros, en cambio, miran con cierto recelo ese éxito tan masivo. Y no es raro: el tema tiene miga. Son libros que se leen solos, sí, pero también que nos dejan pensando si ese viaje exprés por sus páginas vale realmente la pena.

Una buena parte de quienes los leen ya dejaron el instituto hace tiempo. Puede que se acerquen a ellos por nostalgia, por desconexión o simplemente porque son fáciles de leer. Entran bien, a veces, demasiado bien. Están diseñados para que no los sueltes: capítulos cortos, tramas con ritmo, emociones en primer plano. Y eso, en principio, no suena mal. Lo preocupante llega cuando descubres que muchas historias parecen cortadas por la misma tijera. Mismo esquema, mismos giros, mismas frases incluso. ¿Estoy leyendo una historia nueva o una variación de lo de siempre?

No hay que escarbar mucho para encontrar patrones. Ella es distinta (aunque no lo sepa), él es enigmático, hay un secreto, una amenaza, una relación imposible que lo cambia todo. El final puede ser feliz o dramático, pero el camino ya lo conocemos. Y lo reconocemos con tanta claridad que a veces nos sentimos un poco estafados. Hay libros dentro del YA que se arriesgan, claro que sí. Algunos se cuelan en tu memoria por una frase, una escena, una manera distinta de mirar el mundo o porque sucede alguna trama inesperada, pero hay otros que parecen escritos con el piloto automático. Libros pensados para funcionar, no para decir nada nuevo.

Y en medio de todo esto, TikTok. O mejor dicho, BookTok, esa especie de altavoz viral que ha conseguido que miles de personas vuelvan a leer… o al menos a comprar libros. Allí, si un libro te hace llorar, es buena señal. Se premia la intensidad, el drama, las emociones fuertes. Eso puede ser catártico, incluso bonito, pero también refuerza una forma de leer que se parece mucho a ver series en bucle: necesitas que te conmuevan, pero no te apetece complicarte demasiado. ¿Y qué pasa con los libros que no quieren hacerte llorar, sino pensar? ¿Qué lugar les queda? En paralelo, hemos visto cómo el YA se convertía en un espacio de representación. Aparecen más protagonistas queer, racializados, con problemas de salud mental, que viven en contextos sociales reales y duros. Esto ha sido un paso adelante necesario. Pero a veces da la sensación de que esa diversidad se queda en la superficie, como si formara parte de una lista de requisitos para agradar. Y eso, lejos de ayudar, banaliza. Representar no es solo poner a un personaje con determinada identidad, es hacerlo creíble, complejo, humano. Si no, se convierte en decorado. Quizá lo que más ruido hace en todo este fenómeno es la sospecha de que muchos libros YA han sido pensados como productos, no como historias que alguien necesitaba contar, sino como algo que encaje en el molde. Portadas “bonitas”, títulos que suenan igual, promesas emocionales recicladas. Y aunque leer por placer está bien, incluso necesario, también lo está preguntarse de vez en cuando qué tipo de placer estamos buscando. ¿Queremos emocionarnos o simplemente evadirnos un rato? ¿Queremos sentir algo o que nos digan exactamente qué sentir?

No todo es blanco o negro. El YA ha traído cosas buenas. Ha hecho que mucha gente se acerque a la lectura por primera vez, ha abierto puertas a autoras que antes no tenían hueco, ha generado comunidad y entusiasmo. Todo eso merece celebrarse, pero también es importante señalar sus puntos flacos: la repetición, la falta de riesgo, la superficialidad de algunas propuestas.

Quizá lo que toca ahora es mirar con ojos un poco menos entusiastas y más críticos. Darse cuenta de que no todo lo que emociona merece ser canonizado y que no pasa nada por exigirle a la literatura algo más que facilidad y rapidez.

Porque leer también es una forma de detenerse, observar con más atención y decidir con qué historias queremos quedarnos.

02/04/2025 0 comments
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EventosLiteratura

Orvallo, el murmullo de la lluvia

by Uve Magazine 28/03/2025
written by Uve Magazine

La primera presentación de Orvallo tendrá lugar el viernes 28 de marzo a las 19:00 horas en la Librería Cervantes de Oviedo, con la participación de la autora y de la periodista y socióloga Verónica García-Peña. Será la primera de varias presentaciones que también llevarán el libro a Copenhague (25 de abril) y a la Feria del Libro en Español en Malmö (14 de junio).

Hay lluvias que no hacen ruido. No golpean con fuerza ni despiertan sobresaltos. Simplemente caen, como si acariciaran el suelo, empapando todo lo que encuentran a su paso. A esa llovizna sutil, persistente y casi invisible se la llama orvallo en Asturias. Y con esa misma delicadeza es como Marta Pastur Rubio construye su segundo libro, una colección de relatos breves que, sin levantar la voz, cala hondo.

Publicado por Uve Books y con una edición cuidada —rústica con solapas, 12 x 17 cm, 80 páginas— Orvallo es mucho más que una suma de historias. Es un viaje entre la memoria y la realidad, entre la mirada de la infancia y los ecos de la adultez. Es también un homenaje a los recuerdos, al poder de lo vivido y a las pequeñas cosas que, aunque fugaces, nos transforman.

Una autora entre dos mundos

Marta Pastur nació en Asturias, pero desde 2018 reside en Copenhague. Pedagoga de formación y máster en Neuropsicología Educativa por la Universidad de Alcalá de Henares, ha hecho de su pasión por la enseñanza un modo de vida. Tras trabajar como docente en Dinamarca, fundó su propia academia de español para niños, llamada Pollitos, donde conjuga su amor por el idioma con su vocación pedagógica.

Esa doble vida entre el norte de España y el norte de Europa ha impregnado su literatura. Si con Victoria sin cuerno, su primer libro, exploró el ámbito de la narrativa infantil ilustrada, ahora, con Orvallo, da un paso firme hacia la literatura para adultos, sin perder de vista la mirada inocente y perpleja de la niñez, aunque no es solo un libro de recuerdos ni una simple evocación nostálgica. Es también una cartografía emocional que conecta el pasado con el presente, la voz de la niña con la conciencia de la mujer, el yo autobiográfico con las vidas de muchos otros niños y niñas que Pastur ha conocido a lo largo de su vida profesional.

Desde su primer relato, despliega una sensibilidad aguda hacia lo cotidiano. Juegos infantiles, viajes en coche, charlas en el aula, el silencio de un hospital o la curiosidad ante lo desconocido se convierten en materia narrativa. A través de escenas breves, la autora teje una red de significados que giran en torno a la identidad, la fragilidad y la resistencia de la infancia.

Cada relato funciona como una pequeña estampa, una imagen que se fija en la memoria con la intensidad de un olor, una palabra o un gesto. En Efecto Proust, por ejemplo, se explora el poder de los recuerdos olfativos. En otros, como Pas de chat o Apego, se abordan el miedo a la ausencia, la pérdida y la transformación interior que implica crecer, pero lo que verdaderamente distingue a Orvallo es su capacidad para mostrar la infancia como un territorio complejo, donde conviven la ternura y el desconcierto, el juego y el trauma, la inocencia y la lucidez. Marta Pastur no idealiza el mundo infantil, sino que lo presenta como un espacio de construcción, resistencia y asombro.

La infancia como metáfora

“Con este libro de relatos he querido tender un puente entre la niñez y la vida adulta”, afirma la autora. Y ese puente se construye no solo a partir de sus vivencias personales, sino también de las historias reales de muchos niños y niñas con los que ha trabajado en Dinamarca. Algunos relatos están inspirados en situaciones conmovedoras, como la de Anisa, una niña que deseaba tener la piel blanca porque en su país el tono oscuro era sinónimo de marginación. O la de Mark y Thomas, que descubren muy pronto la vulnerabilidad de ser inmigrantes en un país ajeno.

A través de estas historias, la autora consigue ampliar el foco y trascender lo autobiográfico. Aunque Orvallo parte de lo íntimo, de lo local, se proyecta hacia lo universal. Sus temas —el apego, el miedo, la pérdida, el aprendizaje, la ternura, la nostalgia— son compartidos por lectores de cualquier edad o procedencia.

Pedagogía y literatura: un vínculo natural

El oficio de Marta Pastur como pedagoga atraviesa toda la obra. No en el sentido de una literatura didáctica, sino en el uso de la observación como herramienta narrativa. “Este proyecto nace de mi obsesión por observar”, confiesa. Y esa mirada atenta, empática, generosa, recorre cada una de las páginas del libro.

En cuentos como Hipotonía, Codo a codo o Laboratorio, la autora explora el vínculo con los niños desde la experiencia docente. Las preguntas inesperadas de los pequeños, su forma única de interpretar el mundo, su necesidad de conexión y de refugio, se convierten en claves para reflexionar también sobre la adultez y sus carencias. Estos  relatos sugieren que muchas veces somos los adultos quienes más tenemos que aprender. Y que hay una sabiduría silenciosa en los niños que solo se revela si nos detenemos, si escuchamos, si nos dejamos mojar por ese orvallo invisible que es la infancia.

Nostalgia sin almíbar

Otro de los hilos conductores del libro es la nostalgia. No como simple melancolía, sino como una forma de recuperar y resignificar lo vivido. La autora ha confesado que el libro fue también una suerte de catarsis, una forma de volver al origen desde la distancia. Desde Copenhague, este libro le ha permitido reencontrarse con su Asturias natal, con los paisajes, las personas y las emociones que la vieron crecer.

En este sentido, los relatos tienen un aire de retorno. Hay en ellos un deseo de detener el tiempo, de conservar lo perdido, de dar forma a lo inasible. Y sin embargo, no cae en la trampa del sentimentalismo. Su tono es contenido, su lirismo medido, su sensibilidad, madura. Cada texto está escrito con una prosa limpia y lírica, que sabe cuándo callar, cuándo insinuar, cuándo dejar que el lector complete el sentido. Es una escritura que no subraya, que confía en el poder de los detalles, en los gestos mínimos, en lo que queda flotando entre líneas.

Un libro que interpela

Orvallo no es un libro para devorar de una sentada. Es más bien una obra para saborear con lentitud, como quien mira llover por la ventana. Su lectura invita a detenerse, a recordar, a mirar con otros ojos lo cotidiano.

Al final, lo que Marta Pastur logra con este libro es algo muy difícil: hablarnos de cosas pequeñas que, en realidad, no lo son. Porque detrás de cada escena hay un mundo emocional que todos reconocemos. Porque todos fuimos niños alguna vez. Y todos seguimos arrastrando a ese niño interior, aunque a veces lo olvidemos.

28/03/2025 0 comments
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LiteraturaReseñas

Arthur Miller y la tragedia del éxito fallido

by Clara Belmonte 16/12/2024
written by Clara Belmonte

Escrita en 1949, en pleno auge del sueño americano tras la Segunda Guerra Mundial, Muerte de un viajante es una devastadora crítica a los ideales de éxito y prosperidad que prometían felicidad, pero a menudo ocultaban profundas desigualdades y frustraciones personales. La obra, galardonada con el Premio Pulitzer, es un emblema del teatro moderno y una reflexión sobre los costes emocionales y sociales de un sistema basado en la competencia y las apariencias.

La historia sigue a Willy Loman, un vendedor ambulante que ha dedicado su vida a perseguir el sueño americano, creyendo firmemente que la popularidad y la apariencia son la clave del éxito. Sin embargo, al llegar a la vejez, se encuentra atrapado en un laberinto de deudas, fracasos laborales y conflictos familiares. A medida que se desmoronan sus ilusiones, se enfrenta a sus recuerdos, a su relación distante con sus hijos y al vacío de una vida basada en promesas irrealizables.

El autor teje un relato conmovedor y atemporal sobre la fragilidad  y el impacto destructivo de un sistema que mide el valor personal por los logros económicos. A través de una narrativa que mezcla pasado y presente, la obra captura la tragedia de los sueños incumplidos y el deterioro de una familia rota por las expectativas sociales.

Arthur Miller crea una obra maestra que trasciende épocas y contextos. Con una estructura narrativa innovadora, personajes complejos y diálogos cargados de emoción, Muerte de un viajante es un análisis brutal y conmovedor de los ideales modernos, una crítica al sistema que promete más de lo que puede ofrecer. Su capacidad para retratar la vulnerabilidad frente a las presiones externas hace de esta obra un clásico imprescindible, capaz de interpelar al lector o espectador en cualquier época.

Si trasladamos esta reflexión a la actualidad, encontramos paralelismos inquietantes. Aunque ya no hablamos del sueño americano en términos estrictamente nacionales, la idea de “triunfar” sigue siendo un pilar fundamental de nuestra sociedad. En lugar de un trabajo estable y una casa propia, hoy el éxito se mide en seguidores, métricas de rendimiento y reconocimiento público. La globalización y las redes sociales han democratizado el acceso a la información, pero también han amplificado las expectativas, haciendo que la comparación y la presión social sean más intensas que nunca.

El mensaje de Miller es atemporal: el fracaso no radica en no alcanzar el éxito, sino en aceptar sin cuestionar los valores impuestos por una sociedad que mide todo en términos de ganancia. Willy Loman no solo es víctima de un sistema injusto, sino también de su propia incapacidad para imaginar una vida diferente. En ese sentido, la obra nos interpela directamente: ¿hasta qué punto hemos interiorizado las expectativas sociales al punto de perder de vista lo que realmente importa? ¿Somos capaces de redefinir el éxito en términos más humanos y menos materiales?

Hoy, como en 1949, el desafío es resistir la tentación de medirnos por estándares ajenos y construir una narrativa personal que priorice el bienestar, las relaciones y el sentido de propósito. Muerte de un viajante nos recuerda que el mayor triunfo es encontrar valor en lo cotidiano, y en la aceptación de nuestra propia debilidad. Willy Loman no pudo hacerlo, pero su historia nos invita a reflexionar sobre la posibilidad de encontrar un camino diferente.

16/12/2024 0 comments
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