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historia del libro

Literatura

¿Qué leía la clase trabajadora del siglo XIX?

by Valeria Cruz 25/01/2026
written by Valeria Cruz

 Durante el siglo XIX los textos circulaban de manera irregular y casi siempre en formatos económicos: periódicos, cuadernillos, hojas sueltas o novelas publicadas por partes. La lectura se producía cuando había tiempo y cuando el material estaba disponible, sin planificación ni acumulación. Los textos pasaban de mano en mano, se retomaban tras días o semanas sin que eso supusiera una pérdida de sentido. 

El folletín se ajustaba bien a esta forma de lectura. Permitía seguir una historia sin necesidad de comprar un libro completo ni de dedicarle largos periodos de atención continuada. El relato avanzaba poco a poco y se integraba en la rutina, de manera que los personajes y los conflictos se volvían familiares por repetición más que por intensidad. La continuidad no dependía del recuerdo exacto, sino del reconocimiento.

Los contenidos solían girar en torno a situaciones sociales concretas: trabajo, deudas, jerarquías, conflictos familiares, movilidad limitada. No se trataba de temas elegidos por su valor simbólico, sino de escenarios muy habituales y que resultaban comprensibles para quienes leían. La ficción ordenaba esos elementos en una secuencia narrativa, con un desarrollo y un desenlace que la experiencia cotidiana no siempre ofrecía.

Además de la ficción por entregas, una parte importante de la lectura obrera estuvo formada por textos breves y de uso inmediato. Los periódicos baratos ofrecían noticias locales, sucesos, avisos y comentarios que no requerían continuidad, y que podían leerse de manera aislada sin perder información relevante. Este tipo de lectura tenía un valor práctico evidente: permitía estar al tanto de cambios en el entorno, de conflictos laborales, de decisiones administrativas o de hechos extraordinarios que alteraban la vida cotidiana. La lectura informativa no sustituía a la ficción, sino que convivía con ella en los mismos soportes.

Las lecturas que circulaban entre la clase trabajadora no exigían una interpretación compleja ni una atención especial al estilo. El interés estaba en la acción, en el desarrollo de los acontecimientos, pero sobre todo en la repetición de esquemas reconocibles. Personajes sometidos a decisiones externas, problemas de dinero que no se resuelven, relaciones familiares marcadas por la presión cotidiana, personajes que apenas se mueven del lugar asignado y finales que restablecían cierto orden, aparecían con frecuencia porque respondían a una expectativa clara del lector. La historia debía avanzar y ofrecer una resolución, aunque fuera provisional, que permitiera cerrar la narración.

En muchos casos, la lectura no era una actividad silenciosa ni individual. Los textos se compartían, se leían en voz alta y se comentaban después, de modo que la experiencia no dependía exclusivamente del acto de leer, sino también de la escucha y de la conversación. Esto ampliaba el alcance de los escritos y permitía que personas con distintos niveles de alfabetización participaran en el mismo espacio cultural. La lectura funcionaba así como un elemento de cohesión más que como una práctica privada.

La novela realista fue incorporándose de manera gradual a estos hábitos, sobre todo cuando abordaba escenarios urbanos y conflictos sociales reconocibles. No se leía con la intención de extraer una tesis ni de analizar el estilo, sino como una prolongación de otras lecturas ya existentes. La frontera entre literatura “popular” y literatura “prestigiosa” no estaba claramente definida para estos lectores, que se movían entre distintos tipos de historias sin jerarquizarlos de forma explícita.

Las mujeres trabajadoras tuvieron un acceso particular a la lectura, condicionado por el tiempo disponible y por los espacios en los que podían leer. Los relatos sentimentales y las novelas centradas en relaciones familiares, en los vínculos de pareja, en la maternidad, en los conflictos entre generaciones… circularon con facilidad por la proximidad de los temas que trataban. Estos textos no ofrecían ejemplos a seguir, sino que ayudaban a entender situaciones conocidas.

En las últimas décadas del siglo, comenzaron a circular con mayor intensidad escritos vinculados a organizaciones obreras, asociaciones y sindicatos. Panfletos, periódicos ideológicos y escritos de divulgación política se incorporaron a los hábitos de lectura existentes, sin sustituirlos. La lectura política no desplazó a la ficción ni a la prensa general, sino que se añadió a un repertorio ya amplio, aportando vocabulario y conceptos que permitían interpretar la experiencia laboral de forma más articulada.

Ilustración de un artículo sobre Boffin’s Bower, Frank Leslie’s Illustrated Newspaper, 26 de junio de 1875.

Entre los autores y autoras más leídos por la clase trabajadora del siglo XIX se encontraban quienes publicaban de forma seriada y abordaban conflictos sociales reconocibles, ya que sus textos circulaban con facilidad y se adaptaban bien a los formatos disponibles. En Inglaterra, Charles Dickens alcanzó una difusión amplia gracias a novelas publicadas por entregas que seguían el ritmo de la vida urbana y del trabajo industrial. En Francia, Eugène Sue tuvo un impacto notable entre lectores populares al situar sus historias en barrios y entornos identificables, mientras que, unas décadas después, Émile Zola fue leído por su tratamiento directo del trabajo, la miseria y las condiciones materiales de la vida obrera. En España, autores como Benito Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán circularon más allá de los círculos burgueses cuando sus novelas abordaban la ciudad, el empleo, la familia o las tensiones sociales sin idealización, integrándose en un ecosistema de lecturas donde el interés no residía en el prestigio del nombre, sino en la capacidad del texto para sostener la atención y ofrecer una narración comprensible y continuada.

Lo que caracteriza la lectura de la clase trabajadora en el siglo XIX no es un corpus cerrado de obras, sino una forma de uso del texto. Se leía por partes y, en muchos casos, en compañía. Los materiales circulaban y se perdían, pero lo leído permanecía en la forma de expresarse y de interpretar situaciones concretas. La atención no se fijaba en el autor ni en la obra completa, sino en pasajes o ideas que se recordaban y reaparecían más adelante en otros momentos.

Este modo de leer influyó directamente en la forma que adoptaron muchas narraciones del periodo.  

25/01/2026 0 comments
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Literatura

La desaparición de las bibliotecas

by Uve Magazine 01/01/2026
written by Uve Magazine

Las bibliotecas rara vez desaparecen de golpe, suele suceder a través de una acumulación de daños, decisiones erróneas, abandonos y violencias que, con el tiempo, las vacían de contenido o las hacen desaparecer. Cuando una biblioteca se pierde, no solo se esfuman los libros que contenía, ni siquiera un fondo valioso de manuscritos o ediciones singulares: se pierde una manera concreta de organizar el saber y la relación entre textos, lenguas, épocas y lectores, algo que no puede reconstruirse una vez roto.

A lo largo de la historia, las bibliotecas han sido tratadas tanto como tesoros a proteger como amenazas a neutralizar. Allí donde el saber ha sido percibido como una herramienta de poder, de pensamiento crítico o de continuidad cultural, también ha sido visto como algo peligroso. Por eso, las grandes pérdidas bibliográficas no responden únicamente a accidentes o catástrofes naturales, sino que suelen estar vinculadas a conflictos políticos, religiosos o ideológicos, así como a procesos más lentos y silenciosos de negligencia, saqueo o desmantelamiento.

El caso de la Biblioteca de Alejandría sigue siendo un símbolo precisamente porque encarna una pérdida imposible de medir. Fue un proyecto cultural sostenido durante siglos, cuyo objetivo era reunir, traducir y conservar el conocimiento del mundo conocido. Su desaparición no se produjo en un solo incendio ni puede atribuirse a un único culpable, sino al resultado de guerras, cambios de poder, abandono institucional y destrucciones parciales que, acumuladas, hicieron inviable su continuidad. Lo verdaderamente inquietante no es solo lo que se perdió, sino que nunca sabremos exactamente qué contenía, qué ideas quedaron truncadas ni qué líneas de pensamiento desaparecieron sin dejar rastro.

Mucho menos presente en el imaginario occidental, pero igualmente devastadora, fue la destrucción de la biblioteca de Nalanda, uno de los mayores centros de conocimiento del mundo antiguo, situado en la actual India. Durante siglos, Nalanda albergó miles de manuscritos dedicados a disciplinas como la medicina, la astronomía, las matemáticas, la lógica o la filosofía, y funcionó como un espacio de intercambio intelectual internacional. Fue incendiada en el siglo XII durante una invasión, las fuentes hablan de un fuego que ardió durante meses, alimentado por la enorme cantidad de manuscritos acumulados. No se trató de una pérdida colateral, sino de una acción deliberada, basada en la convicción de que ese saber debía desaparecer porque representaba una visión incompatible con el nuevo poder.

Algo similar ocurrió en Bagdad con la Casa de la Sabiduría, un centro intelectual que durante siglos había sido clave para la traducción, conservación y desarrollo del pensamiento científico y filosófico. Allí se tradujeron textos griegos, persas e indios, que produjeron avances fundamentales en campos como la medicina o las matemáticas. La invasión mongola de 1258 destruyó la ciudad y arrasó con ese archivo acumulado durante generaciones. La imagen, repetida hasta el exceso, de los libros arrojados al río Tigris hasta teñir sus aguas de negro por la tinta, sigue siendo un recordatorio de que el progreso intelectual no garantiza protección cuando el poder político cambia de manos.

La caída de Constantinopla en 1453 supuso otro tipo de pérdida, menos concentrada pero igualmente profunda. Durante siglos, la ciudad había acumulado manuscritos bizantinos que conectaban directamente con la tradición clásica. Tras su caída, parte de ese material se dispersó por Europa, influyendo en el Renacimiento, pero otra parte se perdió, se destruyó o quedó abandonada. En este caso, la desaparición no se produjo solo por la violencia inmediata, sino por la fragmentación: bibliotecas enteras fueron saqueadas, vendidas o desmembradas, y al perder su unidad también perdieron su sentido cultural original.

En tiempos más recientes, la destrucción de la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina, en Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes, mostró hasta qué punto las bibliotecas siguen siendo objetivos simbólicos. El edificio ardió durante días tras ser bombardeado, y las imágenes de personas intentando salvar libros entre las llamas recorrieron el mundo. No se trataba de un archivo antiguo y polvoriento, sino de una institución viva, que contenía manuscritos, periódicos y documentos que daban cuenta de la historia multicultural del país. Su destrucción no fue accidental: borrar la memoria compartida era parte del conflicto.

Sin embargo, no todas las bibliotecas desaparecen entre llamas visibles. Muchas se pierden de forma silenciosa, a través de procesos de saqueo sistemático que acompañaron a la expansión colonial europea. Manuscritos africanos, americanos y asiáticos fueron extraídos de sus contextos originales y trasladados a archivos extranjeros, donde sobrevivieron como piezas aisladas, separadas de las comunidades que los habían producido. En estos casos, los libros no desaparecen físicamente, pero la biblioteca, entendida como unidad cultural, sí lo hace. Se conserva el objeto, pero se pierde el sistema de conocimiento al que pertenecía.

A esta forma de pérdida se suma otra, aún más difícil de señalar: la negligencia. Bibliotecas enteras se han deteriorado por falta de recursos, por edificios inadecuados, por humedad, insectos o incendios evitables. La idea de que el conocimiento es algo estable, siempre disponible, ha provocado que durante siglos se subestime la necesidad de cuidarlo. Los libros, como cualquier otro objeto material, necesitan mantenimiento, inversión y atención constante. Sin ello, incluso las colecciones más valiosas se desmoronan sin dejar huella y no solo se pierden textos, se pierden anotaciones marginales, traducciones únicas, versiones no canónicas, errores que permitían comprender cómo se pensaba en otra época. Se pierde la relación entre los libros, el modo en que dialogaban entre sí, el contexto que daba sentido a su convivencia en un mismo espacio. Cada biblioteca es, en el fondo, un mapa mental colectivo, y cuando ese mapa se destruye, el campo de lo pensable se reduce.

01/01/2026 0 comments
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