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Author

Ana Vega

Ana Vega

Ana Vega ha colaborado en revistas y publicaciones nacionales e internacionales. Ha publicado El cuaderno griego (Editorial Universos), Realidad paralela (Editorial Groenlandia), Breve testimonio de una mirada (Editorial Amargord), La edad de los lagartos (Editorial Origami), Herrumbre (Editorial Groenlandia), Llanquihue (Editorial Huerga & Fierro), Al xeito del tambor (Ed. Trabe, 2013), Auschwitz 13 (Ed. Amargord, 2013), Cantar en el desierto (Trabe, 2015), Resiliencia (Trabe, 2015), Herencia (Canalla Ediciones, 2018), Origen (Orrizonte Atlántico, 2020), Fresas con Carne (Trabe, 2021), Principio de Supervivencia (Orrizonte Atlántico 2021) y Grillos en los árboles (Uve Books, 2022). Accésit del XXVI Premio Nacional Hernán Esquío 2008, Premio de la Crítica de las Letras Asturianas 2011, Premio Internazionale Indipendente 2019 en Turín (Italia).

Historias del occidente

Alimañas

by Ana Vega 08/09/2025
written by Ana Vega

Recuerdo el momento exacto en que descubrí esta palabra: alimañas. Automáticamente me resultó familiar. Pensé en mi abuelo. Pensé en el momento de su muerte. Recordé su insistencia: ¿Hay dinero para el funeral? Alimañas. Desde entonces me ha parecido algo normal preguntarse si hay dinero en algún lugar, algún sitio para el funeral propio. Por eso la incineración y que arrojen tus cenizas al suelo — o al viento, mi romanticismo es cero— me parece la decisión más equitativa: la muerte igual y si no sabemos eso a estas alturas de la vida, mal vamos. Mi abuelo temía que en su cartilla no existiese suficiente dinero para pagar la caja, el funeral y todo el ritual que él sí valoraba; en el pueblo la muerte sigue siendo algo importante, velar el cadáver, darle una muerte digna, un funeral, una misa, encender varias velas (incluso hacer misas por lo que no están o esa manía que nunca he soportado de “ofrecerte” en vida a tal y cual vírgenes o iglesias de difícil acceso donde siempre se te engancha el vestido cuando te acercas a la fuente donde se encuentra la virgen milagrosa a la que tu madre te ofrece una y otra vez sin escaso logro alguno y mucho menos milagros). La muerte allí, todavía es importante. Mi abuelo tan solo deseaba una caja. Aún vivo, deseaba una buena caja donde descansar, con su dinero. Pero él sabía que quizá las alimañas no le habrían dejado ni eso. Desde entonces (y quizá mucho antes) para mí, alimañas y la familia son términos sinónimos.

Qué cómo he llegado a esta conclusión, fácil. Reconozco este hecho atroz como algo normal cuando la gente se espanta cuando un soldado arranca el colgante y el anillo más valioso a su compañero muerto. No lo siento como algo ajeno cuando veo o leo algo sobre los ladrones de cadáveres arrancar joyas y valijas al que acaba de morir y mucho menos me resulta lejano arrancar los zapatos a alguien que todavía no está ni muerto pero va en camino. Es algo habitual en las alimañas. Las humanas. Insisto. En los animales existe cierto tipo de respeto ancestral y también de duelo. Nosotros hemos construido una hipocresía moral también a través de la muerte. Ha existido y existirá siempre. Es curioso cómo la gente se sorprende ante el comportamiento primitivo de los seres humanos. Ves algo brillante y lo coges, punto. O algo suculento y lo comes, como haría un cuervo con los ojos: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. De dónde creen ustedes que se han sacado de la manga este tipo de expresiones.

Mi abuelo finalmente murió en su cama. Su ojo ya con un glaucoma muy avanzado le había otorgado al final de su vida una mirada aún más incisiva, cuando te miraba veías a través de ese color blanquecino la mirada de un animal salvaje y su conocimiento íntimo del bosque, de todos los animales que había matado, de la guerra, de toda la humanidad, cruel, atroz, bella y única que habitaba en él, para mí esa mirada llegaba al continente africano del que tanto me había hablado (a veces en árabe). Años antes él mismo había llamado al hospital para comentarles que había sufrido un ictus que él mismo se había diagnosticado con total certeza. Él pudo morir en su cama, su cama de verdad, no algunas de las que habitamos y no consideramos nuestras, y eso me da cierta calma aunque sigo notando cierta tensión y cierta guerra que he canalizado a través de los años en mil batallas al recordar este hecho: ¿Tengo dinero suficiente para el funeral? Para mí esto lo define y definió todo. Crecí en ese instante. Y nadie va a venir ahora a decirme que el mundo es un lugar idílico sin dolor. La atrocidad es un caballo que cabalga entre nosotros cada día y nunca nos abandona. Y la atrocidad en múltiples ocasiones tiene nombre y está a la vera exacta de tu cama. Lazos de sangre, y tanto que de sangre.

Mi abuela murió en su cama. Se fue apagando decía. Se fue quedando quieta, inmóvil, pequeña, diminuta. Guardo sus canciones en mi memoria intacta: “Esta cobardía de mi amor por ella, hace que la vea igual que una estrella, tan lejos, tan lejos en la inmensidad que no espero nunca poderla alcanzar…” Me define, abuela, a veces la tarareo sin querer. Se murió tranquila sin conocer hospital ni médico alguno, en su cama, con la ventana por donde siempre entraba fresco y el árbol mecía sus hojas (justo bajo el árbol donde siempre les robaban el carro para la fiesta de San Juan), con su colcha: ¿Esta tela es buena? Era su obsesión, cogía tu ropa y comprobaba que la composición era buena o mala. El dictamen siempre era el correcto. Su conocimiento textil principalmente de ropa de cama podría haber sido objeto de tesis. Comía poco pero siempre te preguntaba cuando llevabas algo en la mano: ¿Es algo bueno, es carne? El hambre marca. Y allí se pasó hambre. Mi padre siempre dice tener buena dentadura por los limones que comió, mi madre recuerda cómo se les agrandaban los ojos al ver un huevo o un poco de leche, o cómo envidiaron a mi tía América cuando enfermó del hígado y podía comer cosas que las demás hermanas (muchas, muchos hijos siempre) no podían ni tocar. Cuando enfermó llamarón a lo más parecido a un médico del pueblo y le recetó cama durante meses, a tal punto que pasados éstos mi tía ya no quería salir, entonces lo llamaron de nuevo, llegó a casa a su lado y le dijo: ¡O sales de la cama o me meto contigo dentro! Creo que fue de lo más eficaz. Del tifus sobrevivieron todas, sin embargo América superó todo pero decidió arrojarse por un precipicio. Mi tía decía sentir las olas del mar durante mucho tiempo de noche en la cama. Mi madre soñaba que América la visitaba por la noche y le decía aún mojada, salada: ¡Ayúdame, ayúdame! Mi tío decidió acompañarla un año más tarde, pero su cuerpo nunca apareció. El faro, el precipicio, solo he vuelto una sola vez. Es prácticamente imposible asimilar que allí donde has jugado de niña con quienes más amado ellos han decidido terminar con todo. Pero esto bien merece capítulo aparte porque mi América era y es luz.

Curiosamente mi tía América, cuyo cadáver apareció mucho tiempo después, su cuerpo devorado por el mar y los peces, pudieron reconocerla por el anillo de casada. Mi abuelo decía que nunca deberían haberla casado porque estaba “de los nervios” al igual que mi abuela tenía “histerismo” (todas las mujeres de la familia marcadas por este diagnóstico supremo e intangible), sin embargo, curiosamente, no solo tuvo caja y funeral sino que conservó el anillo brillante que marcó el día más feliz de su vida, el día de su boda. He ahí la diferencia entre las alimañas humanas y los animales, el mar respetó su anillo de casada, su objeto más preciado. Yo me iré sin objeto brillante alguno por deseo propio y por aprendizaje sentimental. Y sin caja. Deseo. Ruego. En caso contrario me lo extirparan todo. Doy fe.

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Historias del occidente

LLUME

by Ana Vega 23/08/2025
written by Ana Vega

Mi abuelo siempre nos advirtió de los peligros del fuego, del agua y de las crecidas del río, de la tormenta y los rayos (cómo protegernos si nos cogía desprevenidos en el monte), pero sobre todo del fuego. Recuerdo que mi tío, mi tía y mis primos cuando había tormenta siempre se metían en el coche y esperaban a que pasara. Mi abuelo nos enseñó a contar y así podíamos saber la distancia y el tiempo del que disponíamos para librarlos de lo peor. La cocina de leña se atizaba siempre, invierno y verano, era donde se cocinaba, cada día, y donde se preparan las empanadas para la fiesta, se asaba la carne los domingos y donde mi abuelo echaba leña todas las noches mientras nos contaba historias y miraba de lado por la ventana el puente para ver el movimiento de la pesca nocturna (en teoría prohibida pero el pueblo siempre fue ciudad sin ley). La leña era importante, y evidentemente los árboles que había que talar. Recuerdo el olor del eucalipto, también ir a coger avellanas, manzanas, naranjas, después del comer no íbamos a la nevera nunca, salíamos a coger el postre fuera de casa. Recuerdo perfectamente el olor de las naranjas, agrias, fuertes, las naranjas más hermosas que he visto nunca y que probaré en toda mi vida. Años más tarde, menos mal que él no lo vio, llegó la venta de los montes,  la tala desmedida, la plantación de eucaliptos, el exterminio del monte por herencias, dinero, egoísmo humano y el paisaje cambió porque decidimos matarlo lentamente. Si un conejo podía encontrar el camino a casa cuando lo soltaban por sarna muchos pueblos más lejos, cómo lo encontraría ahora me preguntaba.

De niña, según mi madre, me pasaba el día quieta. “No da guerra ninguna” decía — supongo que la guerra la daría después— pero sin embargo mi hermano era un “el mismo demonio”.  Mi madre decía que me daba un molino de café y yo le daba vueltas y vueltas sin decir ni mu (algo que más tarde me han recordado muchas veces en el hospital: “no te mueves y no te quejas, nos preocupas”). Se ve que el escándalo es símbolo de vida y el sigilo cosa de muerte grave. Toda la familia recuerda sus travesuras (y sus caídas: en una ocasión su bicicleta lo arrojó de cabeza al riachuelo y allí quedó clavado según mi madre hasta que tirando y tirando de él lograron sacarlo, a modo fórceps, fue un extraño renacimiento en la cuneta), en otra ocasión como a mi abuela le daba por sacudir una y otra vez el mantel de la cocina se le ocurrió clavar con puntas cada esquina, a mi abuela la pobre casi le da algo, y llegó al máximo de su ingenio cuando decidió junto a mi prima colocar en la cama de mi abuelo una culebra de plástico. Qué hizo mi abuelo, pues echar todo tipo de juramentos por la boca (allí era muy habitual acordarse de todos los santos para bien y para mal) y coger la escopeta de caza y ponerse a disparar a las sábanas sin atender a razones. Ese era nuestro mundo.

Pero la travesura más grave fue la que tuvo que ver con el fuego. En el pajar se guardaba la hierba seca, mi sitio favorito porque las gatas solían esconderse allí para parir a sus crías y yo me pasaba horas con ellas mimándolas y alimentándolas con mi madre de fondo gritándome por traer más gatos al pueblo (mi abuela metía a los gatos pequeños en una bolsa o un saco y los tiraba al río, a veces con golpes otras sin ellos, pero era muy normal matarlos a palos, darles de comer alfileres o tirarles tiros); pues bien, mientras yo miraba que ninguna víbora me mordiese los pies mientras me tendía en la hierba seca (¿existe un olor más dulce?) a mi hermano se le ocurrió una no muy brillante idea aunque temeraria a nivel máximo.

Era verano, época de hierba seca, así que mi abuelo y toda mi familia se encontraban al otro lado del pueblo. Entonces mi abuelo cogió su sombrero y comenzó a mirar hacia nuestra casa, vio cómo el humo crecía y crecía, comenzó a gritar y a decir que mi hermano había prendido fuego al pajar que se iba a quemar el pueblo entero. Y sí, efectivamente, mi hermano tuvo a bien prender fuego en el pajar con lo cual montó un buen espectáculo. Por suerte llegaron a tiempo y la cosa no fue a más, pero mi abuelo lo contaba como la mayor tragedia de su vida (después de África y Alhucemas se ve que llegó mi hermano de improvisto). El fuego, cuidado con el fuego nos decía. Y aún hoy los que sigue en pie de aquella estirpe y de aquel legado nos insisten: apaga el enchufe, no dejes nada encendido, cuidado con las velas… Porque saben que el fuego devora todo, se come la tierra, acaba con la leña, los animales, tu casa y eso implica la devastación de una familia entera.

Tengo dos imágenes en mi memoria. Una, cuando comenzó el fuego lejos pero veíamos el humo, siempre estábamos atentas al cambio de viento, al monte, si giraba, entonces vimos un corzo pasar justo delante de nosotros y arrojarse al río, jamás lo olvidaré, el animal más hermoso que he visto en mi vida. Y la segunda imagen, cuando el fuego muchos años más tarde llegó a las casas, cómo intentábamos comunicarnos con el resto de las casas, cómo avanzaba como en las crecidas al segundo, cómo las llamas atravesaban las copas de los árboles y la imagen que nunca olvidaré, cuando llegué meses más tarde, y caminé por un bosque de ceniza, ese día se me rompió el corazón de árbol. Cuántos pedazos de corazón podemos llevar rotos y seguir viviendo…Ni un solo animal, ni el canto de un pájaro, nada y los árboles centenarios no milenarios aguantando el embiste de las llamas. Me pareció la imagen más triste del mundo y nosotros los seres más bajos del universo.

En mi tierra nos enseñaron a quitar las malas hierbas, a tener mucha precaución con las quemas, mirar siempre los índices de incendio, ver pastar las vacas, caballos y cabras, comprobar los marcos del monte, estar muy al tanto los días de calor, enseguida levantar la cabeza y pensar si realmente olía a humo o era el miedo. Así aprendimos lo que es el fuego. Pena que esa educación se haya perdido y nuestra conexión con nuestra hermana tierra.

Cuando mi abuelo nos visitaba siempre me decía, estos edificios no me gustan nada, no se respira nada (no bien, nada) y si hay un incendio acuérdate, las llamas suben hacia arriba así que tienes que atar así las cortinas arrojarlas por la ventana y bajar con mucho cuidado para que no se rompa, es mejor que te des un buen coscorrón a que te quemes viva. No lo olvides. Y jamás lo olvidaré.

23/08/2025 0 comments
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Historias del occidente

El puente del río

by Ana Vega 08/08/2025
written by Ana Vega

La figura de mi abuelo siempre me resultó fascinante, creo que he vivido más tiempo junto a él y sus historias que he vivido fuera de ese mundo; es un tiempo distinto, cuyo aprendizaje comprendí más tarde, mucho más tarde. Mi abuelo nos obligó a aprender de memoria nuestro primer poema y yo aprendí a contar historias escuchando las que me contaba:

LOS ÁRBOLES SON TESOROS

(por Honoria Pérez Marín)

 

Son los árboles tesoros

que en la tierra puso Dios,

grandes bienes para el hombre

que para él aseguró.

Tiene el aire por el árbol

saludable condición,

ecos dulces de las aves,

de las flores grato olor.

Dan los árboles la fruta,

dan madera, dan carbón,

la lluvia fecunda atraen,

las hojas tapan el sol.

Debe el niño bien criado

a los árboles amor,

defender los brotes nuevos

y evitar la destrucción

y así crecerán a un tiempo:

árbol, niño y los dos

serán útiles al mundo

y tendrán su bendición.

 Lo recuerdo como cántico, sigue en mi memoria intacto aunque apenas recuerde ya todos los versos. Curiosamente toda mi familia salta como un perro ante un silbato en cuanto escucha la palabra árbol y todos cual coro sagrado susurra: “tesoros que en la tierra puso Dios…” Mi abuelo marcó ahí la diferencia de su legado: los árboles como el elemento clave de nuestras vidas. Y así lo fue uno en especial, vínculo y parte fundamental de toda nuestra familia: “a naranxeira (naranjo)” que estaba situada justo frente su casa. Recuerdo el sabor exacto de sus naranjas, agrias pero deliciosas, recuerdo trepar por él, recuerdo los pájaros sobre sus ramas, recuerdo cada foto con el naranja de fondo y justo al lado un bidón que yo desde pequeña definí como “el bidón de petróleo” porque siempre me pareció un elemento horrible (intenté derribarlo varias veces pero un día me dijeron que bajo él se encontraba un nido de culebras y eso para mí era sagrado). De niña me rodeaba de todo tipo de insectos, anfibios, perros, gatos y si podía algún reptil, también (cuando estaba a punto de coger una culebra siempre había alguien que me paraba: “Ni se te ocurra”). Mi abuelo me enseñó la primera lección reptil: “Cuidado con las víboras, se quedan con tu cara y te perseguirán”. Convivíamos con ellas de modo natural con el nido frente a la casa. Por un lado estaban las víboras y por otro las culebras del río, pero lo que yo siempre deseé encontrar fue la culebra del camino de “Las tres Calles” que decían medía más de un metro —yo calificaba las serpientes marrones grandes como serpientes marrones grandes y punto— pero nunca logré verla.

Mi abuelo tenía un trabajo que mis ojos de niña veían como algo mágico: era el guardián del río. Cada día, a la misma hora, salíamos de casa a saltos, atravesábamos varias praderas y riachuelos con cuidado de no caernos entre las piedras ni mojarnos en los riachuelos hasta llegar al lugar más hermoso del mundo: la caseta del río. Había un puente lleno de moho que atravesaba el río, los árboles parecían arrojarse sobre el río y la caseta y acogernos al llegar entre sus ramas. Yo me detenía siempre cuando subía y al bajar, me sentaba en la escalera y escuchaba el río y los árboles, por el ruido del río sabíamos cómo iba la corriente, si había peligro de crecida o no, luego íbamos a la caseta y veíamos el gráfico —aunque yo estaba siempre más interesada en la araña negra más grande que he visto en mi vida y su tela de araña que duró yo creo que unos cien años—, apuntábamos lo que señalaba el gráfico y mirábamos con mi abuelo lo que marcaba el cauce con una especie de métrica que yo no reconocía pero sí sabía bien cuando había crecido. Luego volvíamos felices. Yo no comprendía bien por qué si era el guardián del río se cargaba a sus truchas y salmones. Sigo sin entenderlo.

En el pueblo había un miedo ancestral a las crecidas, mi madre nos contó cómo la más grande se llevó medio pueblo y la familia entera se escondió en la cocina. Se veían troncos, caballos, vacas, pasar, decía mi madre y el ruido era estruendoso. Cuando el agua lo había desbordado todo comenzó a bajar el agua por los montes por lo que el pueblo quedó atrapado. Por eso aprendí siempre a mirar a los lados, arriba y abajo y a estar muy atenta en todas partes. Vi en alguna ocasión crecer el río y cómo éste aumentaba en minutos, y el ruido, ese ruido ensordecedor del agua arrasando todo, llegando a la puerta de la casa… Mi abuelo siempre nos enseñó las lecciones más básicas de supervivencia. Cuando nos visitaba en la ciudad siempre nos decía: “¿Y si hay fuego por dónde bajáis? Acuérdate, trenza con las cortinas una cuerda y baja por la ventana”. También como chupar ciertas amapolas, cuál era el pan de las culebras, comer fresas salvajes y ciertas otras cosas inexplicables como que bañarse mucho era malo al igual que el tomate. Misterios. Mi abuelo aprendió a nadar cuando le cayó el sombrero mientras observaba un salmón en el “Pozo del Penedo”. No sabía nadar pero se arrojó al agua para cogerlo y comenzó a mover los pies como un perro hasta que lo cogió y salió a la superficie. Y así aprendió a nadar de paso. En mi familia solo él sabía nadar. También era el único que tocaba el acordeón porque toda la familia por parte de mi abuelo eran músicos (venimos de una familia de músicos ambulantes) y mi abuelo decía que no podía aguantar escuchar música sin que “se le levantasen las piernas del suelo”. Y juro por dios que se le levantaban siempre.

A mi abuela le gustaba más cantar. Se sentaba en las escaleras a pelar patatas y ver los tomates al sol y mientras tanto cantaba. Me llamaba siempre Belén. Recuerdo que nos arropaba de noche aunque fuese verano hasta el cuello, muy fuerte, mientras que mi abuelo atizaba el fuego de la cocina de leña, aunque fuese verano también. Antes de dormir nos sentábamos con él junto al fuego y nos contaba sus historias: la guerra, su experiencia en África, cómo se tiró de un camión en marcha para huir, los lugares en el monte donde se había escondido la gente…

De noche, a veces, escuchábamos cómo alguien le lanzaba piedras a la ventana. Corríamos a asomarnos a la ventana y veíamos cómo se hacían señales desde el río con una linterna: alguien había puesto una línea o avisaba de que había material para el guardián del río, para mi tío o para otros. Luego mi abuelo cogía la emisora. La ilegalidad era algo normal y evidente. Supongo que ahí comprendí por qué en este mundo se calificaba de listos precisamente a quien no se debía calificar de listo sino más bien de delincuente. La cosa se ve que no ha cambiado, más bien ha ido a peor.

La relación con el río era tan tremenda que era visitado por gente de todas partes. Yo no comprendía bien cómo podía aparecer en mi pueblo de la nada un coche negro de gente rica que venían a ver mi abuelo. Mucho más tarde me enteré de que mi abuelo pescaba para personas conocidas de la ciudad que no pescaban pero que luego lucían los triunfos del río de mi abuelo. No me gustaba esa gente. Y sigue sin gustarme.

Prefería a sus extraños amigos. El que venía pero apenas oía nada con un rudimentario aparato en la oreja con una especie de sonidos e interferencias que yo siempre atribuí a cuestiones alienígenas, el que bajaba de noche desde otro pueblo y nos contaba si había visto lobos o zorros al bajar y jugaba a las cartas o al parchís hasta las tantas, tantos amigos de los  que aprender tantas cosas… Al final, lo importante de las cosas, sin más. Realmente no solo era el guardián del río sino también de los árboles y de un mundo que ahora veo ha desaparecido por completo.

Recuerdo que un día salió a la puerta, miró al cielo y me dijo: “Se fundió la atmósfera”. Creo que estaba definiendo el futuro de la humanidad.

08/08/2025 0 comments
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Historias del occidente

SARNA. Una historia de Ana Vega

by Ana Vega 26/07/2025
written by Ana Vega

Mi tío vivía cerca del río. La casa tenía unas escaleras desde donde podías ver las jaulas de los perros de caza, los coches abandonados y destartalados, las furgonetas que ya no utilizaba para vender el pescado. Y el viejo jeep verde. Recuerdo el olor a pescado muerto. Truchas y salmones en la bañera, en la cocina. Todos los días. Cada día.

Mi abuelo fue un cazador y pescador muy conocido en la comarca. Siempre tengo en mente su foto con el gran lobo muerto: había sido el único capaz de matar al lobo que devoraba al ganado en el pueblo. Pero mi abuelo tenía la sabiduría del campo. Mi tío tan solo había heredado el legado de maldad y violencia de toda la estirpe familiar. Era «listo», como decían.

Volvamos a su casa. Desde las escaleras podías ver la casa de enfrente. Allí vivía una anciana, familia de mi tía, su mujer. Llevaba un pañuelo blanco siempre sobre su pelo enmarañado. Decían que no hablaba pero juro que yo la escuché quejarse y gemir y alzar la voz cuando él le arrojaba la comida desde la escalera al suelo. Sí, cuando llegaba la hora de comer ella se acercaba junto a los perros y los gatos y él le tiraba la comida en el suelo, le daba la vuelta al cuenco y caía en la tierra, entre los perros, la basura. Y juro que ella alzaba la voz. A todos les parecía normal e incluso se reían. Nunca he compartido sentido del humor alguno con ningún miembro de mi familia.

Los gatos tenían sarna y tiña. También los perros. Aprendí muy rápido esas dos palabras: tiña y sarna. Mi madre cuando reposaba en cama de otra de mis eternas dolencias de niña me trajo un pájaro recién nacido. A ella eso también le pareció normal. Yo creí que simplemente deseaba ver la sarna en mis manos. Pero cogí la tiña, no la sarna. Una especie de medallones entre violeta, rojo y negro llenaron mi cuerpo. Tuve suerte, no me tocó la cabeza —allá donde te toca no te crece el pelo más, decían— pero sí las piernas y los brazos. De la sarna me libré aunque siempre anduve cerca de la tuberculosis, una enfermedad que me lleva rozando toda la vida. Supongo que es la enfermedad más adecuada por carácter y escritura. «Viene por las cartas» decía mi tío medio sacerdote, medio cartero. El médico del pueblo simplemente te preguntaba por la vacas.

Cuando estaba más delgada, mi tío —el pescadero— solía gritarme: «Mete piedras en los bolsos que te va a llevar el aire a San Juan». En San Juan se encontraba el cementerio y nuestros familiares muertos. Aún hoy a veces siento cierta sensación de culpa al recordar mi respuesta: «Probablemente vayas tú antes». Mi tío se llamaba Ángel. Era el favorito de mi abuela. Las mujeres de mi familia siempre han tenido un hijo favorito y han detestado profundamente a sus hijas. Mi abuela perseguía a mi madre con unas tijeras para matarla. También era normal. Decían que una bruja la había hechizado (una mujer rubia que había vivido en una casa cercana) nadie pensó que los golpes recibidos por mi abuelo y las infidelidades (infidelidad, digo, en aquellos tiempos…) tenía sentido. Mi madre también es así, odia a la hija, adora al hijo. No nos soportan. Más aún si hemos decidido rebelarnos contra el legado familiar. Es un modo de ser. Nos dan vida pero desean vernos muertas.

Por eso de pequeña siempre estaba con los animales, los gatos, las lagartijas, los perros, los caballos (ay, los caballos…), las vacas, los conejos, los árboles y las flores, entendían mi lenguaje, no había violencia allí. Caminaban siempre a mi lado, me acompañaban a hacer ondas al río donde veía saltar los salmones que luego mi familia abría en canal. Era digna de odio evidentemente. Y me gustaba bailar. No comprendo porque nadie no me clavó un anzuelo y me metió en la bañera junto al resto de peces. De todos modos lo siguen intentando.

Sin embargo imaginaba, he ahí mi gran poder, crecí feliz escuchando las historias de mi abuelo sobre «la encantada» que se peina con su peine de oro y soñando con llegar a ver la culebra del puente de la Curbeira y que cual dragón me llevase lejos.

Pese a todo. Hay tantas historias y aprendizaje en todo lo que viví en esa infancia atrozmente bella que me dispongo a contarlo por vez primera. Quizá no pueda, quizá sí.

26/07/2025 0 comments
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EntrevistasLiteraturaPensamiento

ENTREVISTA. Marta Pastur. El valor de la diferencia

by Ana Vega 03/07/2024
written by Ana Vega

La editorial Uve Books nos ofrece no solo una maravillosa historia de superación gracias a la cooperación, el apoyo mutuo y la solidaridad sino también un ejemplo de cómo la diferencia puede ser transformada en referente de cambio para cualquier comunidad o sociedad y también un canto a la esperanza en unos tiempos en que la velocidad no nos permite detenernos en algo tan importante como aquello que nos ofrece la diferencia: el valor de unir y crecer de un modo conjunto. Su autora, Marta Pastur, así nos lo demuestra, a través de esta bella historia. Nacida en un Día del Libro en Oviedo, Asturias, adquiere su formación en la facultad de Pedagogía y Educación en la Universidad de Oviedo y completa su formación con un máster en Neuropsicología en el ámbito de la educación en la Universidad de Alcalá de Henares. Algo que demuestra no solo en su escritura y la creación de sus personajes sino también en la construcción de esta historia que esconde un profundo conocimiento del ámbito educativo y la neuropsicología, rescatando aquí el valor de la narración oral y su poder transformador como agente de cambio, de enseñanza ancestral. El poder de contar historias y con ellas cambiar el mundo. He aquí la esperanza en forma de valiente rinoceronte.

La escritura se convierte para Marta Pastur muy pronto en una absoluta pasión gracias a su abuelo, que alimenta su curiosidad e inquietud literaria y se convierte en faro que cobija y empuja este amor por la escritura de su nieta. Obtiene varios galardones en concursos de literatura juvenil de ámbito local y nacional.

Marta Pastur sigue avanzando en su pasión por la enseñanza y la escritura hasta dirigir Pollitos, una academia de español en Copenhague, donde logra desempeñar su pasión: la educación, la infancia y también la escritura y la lectura (contar historias se convierte en herramienta profesional y personal). Como no podía ser de otra forma, Marta Pastur, utiliza la literatura como medio de estimulación creativa, fomento del pensamiento crítico y encuentro con la lengua materna.

La mayor parte de los relatos que escribe están inspirados por niños y niñas, sin ir más lejos, la musa del libro que nos ocupa — Victoria sin cuerno— está inspirado en su hermana pequeña, una persona valiente que enfrenta las dificultades sin esconderse.

Sin lugar a dudas, Marta Pastur, ha logrado que tanto el público infantil como adulto reflexione de forma profunda y activa sobre la importancia de la diversidad y la inclusión a través de su relato: Victoria sin cuerno.

En esta historia descubrimos a nuestra protagonista, Victoria, un alma valiente que gracias a la confianza, la valentía y el apoyo fundamental de otros animales, que en ningún caso juzgan su apariencia ni mucho menos diferencia (al tratarse de un rinoceronte que no posee ningún cuerno como el resto de su especie), logra superar todo obstáculo y barrera hasta conseguir sus objetivos. El relato anima al público infantil a reflexionar sobre la diversidad, desarrollar su capacidad crítica y comprobar, a través de esta historia, que todos y todas podemos aportar con nuestros valores y diferencias herramientas valiosas a la comunidad a la que pertenecemos para poder crecer en conjunto y llegar a conseguir nuestros logros a través de la transformación de la diferencia no en algo que nos separa sino en todo lo contrario: aquello que nos enriquece y por tanto nos une. Formar por tanto, una sociedad más inclusiva y respetuosa.

El respeto es aquí la clave fundamental, el valor y la cooperación, los estereotipos se quiebran y desaparecen para crear una comunidad en la que la igualdad se teje de un modo natural y sencillo. La empatía, el situarnos en el lugar del otro, la amistad y el apoyo mutuo nos muestran, a través de esta historia, no solo una lección de aprendizaje vital para los más pequeños sino también para los adultos, quienes quizá encontremos en este relato y este libro un manual de vida más que necesario y fundamental para colocar ya en nuestra estantería como libro de cabecera imprescindible. Loable labor la que Marta Pastur ha realizado al escribir esta historia, labor nuestra ahora, llevar a cabo las acciones necesarias para construir una sociedad más justa, más igualitaria y valorar realmente el absoluto poder transformador que esconde toda diferencia.

Para poder acercarnos más a esta utopía más alcance de nuestras manos de lo que realmente creemos, hemos charlado con la autora para conocer mejor su trabajo y cómo surge la creación de esta historia.

         1— Comencemos por tu trayectoria profesional estrechamente vinculada al ámbito educativo y pedagógico, aunque tus estudios se amplían hacia un conocimiento más profundo como es la neuropsicología: ¿Qué crees que aporta esta última disciplina al ámbito educativo y qué recursos y herramientas puede ofrecer en la enseñanza y formación tanto a profesionales como alumnado, cuál es tu experiencia personal en este ámbito?

Tener conocimientos en neuropsicología me ha ayudado enormemente a entender y relacionarme con los niños y las niñas. Aprendí algo fundamental: el funcionamiento del cerebro infantil. Estos conocimientos son útiles para comprender, empatizar y validar sus emociones. Aplicando estos conocimientos en el campo de la educación, he comprendido que existen diferentes maneras de aprender, diversas necesidades y ventanas de aprendizaje.

Esto me ha permitido ser más flexible, imaginativa y creativa al buscar formas en que los niños aprendan disfrutando, jugando y relacionando los conocimientos con experiencias positivas. Cuando el aprendizaje es placentero, se consolida de manera más efectiva.

2— Diriges una de la escuelas más importantes de español en Copenhague, “Pollitos”, la imaginación, lectura y escritura son armas fundamentales en la enseñanza tal y como comentábamos anteriormente y muy especialmente la educación en valores, algo que rescatas y describes con gran maestría en tu libro, en donde tratas la puesta en valor de la diferencia como algo que lejos de restar, suma, junto al apoyo mutuo o la empatía: ¿Es quizá esta apuesta por el crecimiento conjunto en igualdad y suma una de las claves tanto de tu trabajo profesional en tu escuela como en tu escritura y este último trabajo?

Creo que formamos parte de una sociedad conectada en la que el apoyo mutuo, la igualdad y el respeto son fundamentales. Esto es clave en mi trabajo profesional. Uno de los objetivos principales de Pollitos es crear comunidad, tanto entre los niños como entre las familias. Ser parte de una red donde se puede encontrar apoyo, consejos y ayuda, compartiendo la misma lengua en un país extranjero, es esencial. Fomentamos esto en las clases, creando un espacio seguro para que los niños y niñas se expresen sin miedo, opinen, jueguen y sean ellos mismos sin temor a ser juzgados.

Esto también se refleja en mi forma de escribir, ya que no concibo un mundo individualista. Prefiero crear situaciones e historias donde los personajes estén conectados con su comunidad. Al abrir este tipo de conversaciones con los niños y niñas y darles la oportunidad de identificarse con estos personajes, fomentamos que, en el futuro, puedan reproducir estos valores.

7— Tu libro nos ofrece una maravillosa mirada hacia el poder de la diferencia, la valentía que encierra, transformando lo que quizá la sociedad o la norma rechaza como algo que realmente nos enriquece. La diversidad, por tanto, se ofrece aquí como un valor importante, fundamental, para lograr unos objetivos comunes, invitando a realizar tanto para el público infantil como adulto una lectura más crítica: “¿Es necesario rescatar el pensamiento crítico quizá un tanto olvidado y fomentar su desarrollo en los más jóvenes para poder ofrecer una mirada inclusiva más solidaria y real sobre aquello que nos rodea pero que quizá la norma rechaza por desconocido o inusual?

Sin duda, rescatar y fomentar el pensamiento crítico en los niños es esencial para ofrecer una mirada inclusiva, solidaria y real sobre la diversidad. En un mundo donde lo desconocido o inusual a menudo se rechaza, es crucial enseñar a los niños a valorar las diferencias y a comprender que estas nos enriquecen. Mi cuento pretende precisamente eso: mostrar que la diversidad es un valor fundamental que nos ayuda a alcanzar objetivos comunes y a crear una sociedad más justa y empática. Al leer y reflexionar sobre estas historias, tanto niños como adultos pueden desarrollar una actitud más crítica y abierta hacia lo que nos rodea. La educación y la literatura deben ir de la mano para fomentar valores, empatía y pensamiento crítico desde la infancia, asegurando así que las nuevas generaciones aprecien y celebren la diversidad.

8— Como bien se indica en la contraportada de tu libro, es necesario “valorar las diferencias y aprender que la verdadera victoria reside en la unidad y el respeto mutuo”: ¿Cómo nace o surge la protagonista de este libro, Victoria, cuya especie (los rinocerontes) se definen exactamente por algo de lo que ella carece: su cuerno? ¿Qué valores representa?

En una ocasión le conté a un amigo que iba a publicar un cuento, y al comentarle que iba sobre un rinoceronte sin cuerno, me dijo: osea, que es el típico personaje con el que los otros animales se meten, desdichado y excluido. El mensaje no puede ser más antagónico, pues los valores que representa es que se puede ser diferente, feliz e imprescindible para la sociedad.

9— La protagonista de tu historia cuenta con el apoyo de otros personajes con cuya ayuda logra alcanzar sus objetivos: ¿Crees que en la actualidad es más necesario que nunca rescatar la necesidad del apoyo mutuo, de la construcción colectiva, ante una sociedad de crispación donde quizá llama más la atención aquello que nos separa más allá de todo lo que nos une?

En la actualidad, esta necesidad es más urgente que nunca. Vivimos en una sociedad donde la crispación y las divisiones parecen destacar, pero es crucial recordar y fomentar lo que nos une. El apoyo mutuo, la solidaridad y la cooperación son valores esenciales para enfrentar desafíos comunes y construir un futuro más inclusivo y empático. La literatura, especialmente en la infancia, juega un papel vital en transmitir estos valores y enseñar a los niños la importancia de la comunidad y la colaboración.

10— Tras este maravilloso libro: ¿Existen otros proyectos futuros en los que estás trabajando o tal vez sueños por cumplir, tanto en narrativa como en otros registros, para público infantil, juvenil o adulto?

Estoy trabajando en una compilación de relatos cortos que exploran y reflexionan sobre el universo de la infancia. Estas historias sirven como ventana para apreciar la inocencia de los niños, así como su capacidad para sorprenderse y razonar sobre su mundo. Estos relatos también abordan situaciones que merecen ser denunciadas. En ellos, se plantean cuestiones relevantes que afectan a los más pequeños, desde injusticias hasta adversidades, poniendo de relieve la importancia de proteger y cuidar el bienestar de la infancia en nuestra sociedad.

 

La charla con Marta Pastur, nos ha dejado absolutamente impacientes ante sus nuevos proyectos, con sed de lecturas que nos ofrecen no solo palabras sino lecciones de vida más necesarias que nunca, puesto que con libros, historias y autoras como Marta, realmente, otro mundo sí es posible;  para educar a un niño o niña no solo es necesaria una tribu entera, sino también personas cuyo compromiso se demuestra en escritura, profesión, vocación y alma como es el caso de Marta y también de Victoria, ejemplo y referente.

Victoria sin cuerno

3— ¿Crees necesario rescatar el poder de la imaginación y el fomento del pensamiento crítico ya en la educación infantil para poder alcanzar una sociedad más saludable, comprensiva y difícil de manipular en estos tiempos en que tal vez una mirada más humanista hacia la educación o cultura han sido arrastrados por las nuevas tecnologías? ¿Volver a la lectura puede ser una herramienta de cambio?

Existe un pensamiento extendido de que los niños pequeños no se enteran de nada y que hay que esperar a que sean mayores para explicarles las cosas. Sin embargo, los primeros años de vida son los de mayor plasticidad cerebral, es decir, los más propensos para el aprendizaje y en los que se forman las estructuras neuronales que nos acompañarán a lo largo de la vida. Los adultos tenemos la responsabilidad de cuidar este desarrollo, facilitando situaciones enriquecedoras de juego, diversión y aprendizaje. Hay que pasar tiempo con los niños jugando y siendo un buen modelo a seguir. Los niños aprenden por imitación. Un buen gesto con un extraño, una palabra cariñosa o leer en lugar de estar con el móvil son ejemplos muy potentes. Está demostrado que la exposición a las pantallas, especialmente en edades tempranas, reduce la capacidad de atención y la imaginación. La lectura de cuentos en voz alta para los más pequeños ha sido y será una herramienta de cambio. Mediante la lectura se transmiten valores, se ordena el pensamiento y se fomenta el pensamiento crítico.

4— Tu pasión por la escritura comienza muy pronto, de la mano de tu abuelo y por tanto de la narración oral: ¿Cómo recuerdas ese primer descubrimiento de la escritura y lectura a través de ese encuentro y formación a través del legado familiar? ¿Y una vez que se aviva en la niña la llama de la escritura cómo surge en ti el deseo de escribir, de narrar o contar tus propias historias?

Si pienso en mi descubrimiento de la escritura, la primera imagen que me viene a la mente es la de mi abuelo, sentado en el sofá junto a la ventana, concentrado, con sus gafas a punto de deslizarse por la nariz y leyendo uno de mis relatos. Él me ayudaba a editar, alentándome a trabajar las palabras, reflexionar, recurrir al diccionario, revisar y, sobre todo, a adquirir el hábito de escribir constantemente para que no se me “oxidara el don”. Siempre respetando mi voz, mis ideas y, al final, acompañándome en el camino de encontrar mi estilo de escritura.

Ya de adulta, con estos recuerdos y formando parte de un grupo de escritura creativa en Copenhague, el deseo de escribir sobre mi hermana pequeña, Victoria, fue tan potente que me impulsó a narrar con el objetivo de publicar y contar su historia. Creo que el motor de contar mis propias historias, ahora centradas en la infancia, es el deseo de transmitir algo diferente, de que los niños no se queden indiferentes, de aportar, de crear conversaciones o aprendizajes que puedan producir un cambio.

5— Según tu propia experiencia, imagino que para ti es más fácil reconocer la importancia de la lectura y escritura en el desarrollo del lenguaje de cualquier ser humano y también en su formación educativa en todos los ámbitos como recurso fundamental del desarrollo humano; algo que probablemente en tu caso te ha acompañado desde niña tanto a nivel personal y profesional: ¿Qué papel ocupa por tanto en tu vida tanto personal como profesional la escritura y lectura?

La lectura siempre me ha acompañado. Recuerdo mi casa llena de libros, seguí la pasión de mi madre y mi hermana mayor como lectoras. En la ESO, era la niña que leía las lecturas obligatorias y luego les contaba a los demás de qué iba el libro para que aprobaran el examen. Ya de adulta, disfruté mucho leyendo durante la carrera, y hoy la lectura es una fuente de aprendizaje y desconexión en mi rutina.

En cuanto a la escritura, siempre he plasmado situaciones que me sorprenden, reflexiones sobre los niños, mi vida como inmigrante y las historias que me cuentan mis amigas. Me gusta escribir un diario, sin la pretensión de publicar, dándome la libertad de expresarme y recoger esas vivencias. Esto me ayuda a recordar y a mantener activo el hábito de escribir.

6— Tras ganar varios concursos y certámenes: ¿Cómo surge el libro que has publicado recientemente con la editorial Uve Books, “Victoria sin Cuerno”? ¿Y por qué decides adentrarte en el mundo de la literatura infantil, quizá el más hermoso pero también el más complejo puesto que los ávidos lectores y lectoras son un público muy agradecido pero sincero en sus gustos, su atención tan solo se deriva hacia aquello que realmente logra cautivarlos?

“Victoria sin Cuerno” surge gracias a mi hermana pequeña, Victoria. Nació una mañana decembrina en la que mis hermanas y yo esperábamos intranquilas por las complicaciones pronosticadas en el parto. El conocido tono del teléfono nos sobresaltó, y mi hermana Ester fue la encargada de escuchar las noticias: Están las dos bien. Victoria tiene Síndrome de Down. Automáticamente se puso a llorar. Recuerdo consolarla, pues estar familiarizada con el mundo de la discapacidad por mis estudios y haber desechado la idea de no volver a ver a mi madre o de no conocer a la última de mis hermanas me ayudó a apaciguar mis temores.

Las reacciones en la familia fueron diferentes, como la de mi abuela insinuándole a mi madre una posible aventura con un asiático, la de mi padre que años más tarde nos confesó que el pánico a la incertidumbre del futuro le ocasionó un sentimiento similar al de Ester, o la reconciliación de algún miembro de la familia que se encaminó al hospital después de años de silencio.

Y con tal estreno en el mundo Victoria no ha parado de ser una mina de lecciones. Una de las frases que grabé como norte en el proceso de escritura es: Victoria no se esconde. En un trayecto en coche con mi hermana Teresa me confesó que Victoria le inspiraba porque la inmensa mayoría de las personas tratamos de encubrir nuestros defectos, lo que se nos da mal, lo que desconocemos. Victoria es auténtica, se presenta tal y como es, no disfraza sus dificultades y con humor y personalidad se embolsa a las personas que a ella le interesa.

Otro de los aspectos que quería reflejar, alejándome plenamente del paternalismo e infantilización sobre las personas con discapacidad, es que Victoria atesora una fuerza de voluntad de hierro que le permite aprender y avanzar. Me acuerdo de sus infatigables intentos para aprender a caminar acompañada por su hipotonía. Se levantaba, daba un pasito, caía, y se volvía a levantar insistiendo infinitas veces. Ahora sigue practicando con la misma ilusión para, por ejemplo, aprender a leer y escribir.

Por eso el personaje del cuento busca formas de valerse por sí misma esforzándose, buscando nuevas rutas y concienciando de la existencia y validez de multitud de maneras de ser.

Decantarme por el género infantil me resultó natural, al estar en constante contacto con cuentos por mi trabajo. Observé que los libros en los que hay un personaje diferente suele estar acompañado de emociones tristes, o en algún momento se aleja de su comunidad. Por este motivo, quise aportar una mirada alegre, tierna y potente sobre las diferencias. Los peques de Pollitos también me ayudaron mucho en el proceso de escritura. Les conté el cuento mientras lo escribía, observando en qué partes perdían la atención o se aburrían y en cuáles estaban con los ojos muy abiertos, sin perder detalle. Esto me permitió ajustar la historia para poder transmitir el mensaje y que disfrutaran de la lectura.

03/07/2024 0 comments
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Pensamiento

La extinción del pensamiento crítico

by Ana Vega 17/11/2023
written by Ana Vega

“El mundo no es humano simplemente porque está hecho por seres humanos y no se vuelve humano puramente porque la voz humana resuene en él, sino solo cuando se ha convertido en objeto de discurso… Humanizamos aquello que está sucediente en el mundo y en nosotros mismos por el mero hecho de hablar sobre ello, y mientras lo hacemos, aprendemos a ser humanos”.
Hannah Arendt

Quizá ha llegado la hora de preguntarse si el nivel de censura es tal (el que se aplica en redes, el que nos aplicamos nosotros y nosotras mismas, el que aplica el Estado) que quizá debamos preguntarnos si realmente podemos expresarnos libremente.
Más allá del pensamiento único y del adoctrinamiento absoluto en todos los ámbitos y sentidos, puesto que es algo que vemos tanto en humanidades, ciencias, movimientos sociales, salud, cuestiones derivadas del ámbito de la salud mental, la absoluta compra del discurso de la psicología positivista, más allá de todo esto, cabe preguntarse no sólo si existe pensamiento sino más bien si es posible. No solo el pensamiento se ha detenido en algún momento de estos últimos años sino que el ser humano que piensa lo ha hecho con él; y no ha opuesto fuerza alguna, cuál es la razón, debería ser la premisa base de nuestra preocupación máxima y más urgente, aunque veo pocas cabezas echando humo en estos momentos…

Quizá realmente desconocemos el alcance de esta grave situación, quizá no nos hemos parado a pensar lo que implica como seres humanos pero también en cuestión de derechos, de dignidad, porque nos están arrancando lo más importante, toda opción de defendernos; en cada titular, noticia, hecho que trasciende, en el trasfondo, si sabemos descifrar el código, traducir esa verdad que venden cómo única, se esconde el engaño, se esconde la máscara de la falsa emoción, se esconde la cobardía de quien teje los hilos de un lugar que ni atisbamos ver pero es quien realmente controla nuestras vidas.

Leo con terror cómo en niños muy pequeños se aprecian ya rasgos que dificultan la escritura, la lectura, la mera comunicación, un hecho claro que nos convierte en objetos no humanos, pero en brillantes esclavos futuros. Pero la clave no está siempre en las nuevas generaciones sino en quienes ya hemos vivido otra y otras vidas, quienes sí conocemos la historia, y por tanto, sí estamos obligados a dirigir nuestra mirada al hoy porque también nos pertenece, y por supuesto porque en la falta de referentes intelectuales que dificulta el paso al pensamiento, el grupo, la sociedad, la comunidad ha de dar un paso al frente del pensamiento.
No podemos permitir que el mercado o el capital inunde la lectura, física, el libro, pero también el mundo, que nos marque el camino a seguir, porque el capital y el mercado siempre ganan —como la banca— y poco o nada les interesa un pueblo hecho a sí mismo, independiente, insumiso, bravo, con coraje, pero principalmente con pensamiento propio: podría comenzar a plantearse que más allá de deberes también tiene derechos. Y no solo eso, podría llegar a exigirlos y si se da el caso, podría llegar a exigirlos con total y absoluta violencia. ¿Está en su derecho? El pensamiento es tan lejano que esta cuestión incluso nos resultará molesta, ajena o incluso difícil. Prueben a abordarla, a hacerla suya, desde su vida, sus entrañas…
Seremos felices y no tendremos nada… Probablemente eso ya ha llegado pero cegados por cuestiones de pan y circo y ruido y tonterías que no alcanzan un mínimo de gravedad (porque la palabra gravedad también ha sido desvirtuada y desposeída de su significado) no somos capaces de ver la única verdad que tenemos ante nosotros: esto, no va bien.

17/11/2023 0 comments
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Pensamiento

Sobre el amor

by Ana Vega 27/09/2023
written by Ana Vega

Creo que nos han adoctrinado tanto y tan bien, que ya no sabemos reconocer siquiera ni los sentimientos propios, ni los ajenos, ni cuál es realmente nuestra posición en el mundo, quién somos, cómo somos o qué queremos realmente. José Antonio Marina desvelaba en uno de sus brillantes artículos una cuestión fundamental, planteaba que cuando alguien nos dice “te quiero”, quizá deberíamos continuar un poco más allá y añadir: “Bien, pero ¿para qué me quieres?” Parece algo sencillo y podría parecer algo absurdo, pero si analizamos bien la pregunta —o preguntas— es una clave bien interesante. Por un lado deberíamos plantearnos si realmente somos lo suficientemente adultos para llevar a cabo una afirmación así y una pregunta así, también, si estamos preparados para asumir afirmación y respuesta o si en ambas escondemos cierto engaño —o autoengaño— por un lado social sobre lo que debo o no debo, debería o no debería ser, anhelo pero no es la realidad y lo que más asusta: qué deseo realmente.  Si quiero a esta persona para qué la quiero y para qué me quiere ella a mí o simplemente nos amamos, es posible amar sin más, cabe preguntarse, sin clarificación de respuesta a dicho planteamiento…. Y si existen condiciones podría tratarse de un amor sesgado o vinculado a ciertas situaciones o contextos y que por tanto no se daría o sería posible más allá de estos. Eso sería amar, entonces, difícil averiguarlo… Si algún día llegásemos a indagar más en esta pregunta que añade Marina a una cuestión tan amplia como el querer — amar, amor— y llevásemos a cabo una disección infinita de dicha cuestión hasta realizar una verdadera autopsia —y autopista emocional— a través de ir quitando más y más capas a este querer sin demasiada precisión, qué encontraríamos entonces… Pues probablemente la verdad de las cosas. Y la verdad de nosotros y nosotras mismas. Y eso duele, y es incómodo y deberíamos plantearnos desde cero toda construcción mental de todo aquello de lo que nos han convencido durante años. Porque amar es libertad sí, pero no libertad útil para el otro u otra, es libertad en ti, libertad para amar y ser amado. Tu casa eres tú. Amar es algo que trasciende, no ata, más bien libera (aunque parezca difícil de comprender) pero tampoco desvincula, ni abandona el barco al primer cambio u oleaje porque su propia existencia es algo que va más allá hasta de la propia muerte. Imaginen, desde este lado, algo que va más allá de nuestra propia muerte: ¿cuántas cosas se sostienen tras la muerte? Y cuántas cosas incluso crecen tras esta… Pocas, muy pocas. Pero el amor, resiste. Porque ni se rompe ni se rasga, permanece intacto, es algo intangible. Puede acabarse la pareja sí, pero ¿y el amor? Piensen desde la muerte, este pensamiento radical suele ordenar todo en una milésima de segundo.

Este amor líquido del que Bauman nos habla de un modo tan excepcional en su obra ha crecido de un modo tan estremecedor que claramente creo que se nos ha escapado de las manos el concepto, el fundamento y el modo de obrar en consecuencia. Qué deseamos realmente y a quién y en qué modo. En la raíz del deseo del otro se esconde una carencia, se esconde un miedo, una dependencia, una necesidad, una construcción social o simplemente amamos, aquí la pregunta crece y se extiende de un modo infinito. Y principalmente  deberíamos preguntarnos si conocemos realmente el significado y todo lo que implica amar, sin condición, con entrega, con honestidad, de un modo sincero. Quizá solo hemos llevado a cabo el acto de amar de un modo automático —no me refiero solo al plano físico también espiritual— sin detenerse a pensar en todo lo que ocurre más allá. A veces, cuando una persona fallece llega la epifanía, de repente, comprendes el amor en su estado primigenio, absoluto; pero los seres humanos somos así, ha de ocurrir dicha atrocidad para caer en la cuenta, tarde, demasiado tarde.

Fíjense si aplicamos la pregunta de Marina a nuestro amor por nuestros compañeros de vida peludos, gatos, perros, lo que cada quien tenga a bien, la respuesta nos conduce a una nada necesaria, a una metanoia diría yo. Te quiero, podría decirle a mi gato y si él me preguntase “para qué”, tan solo podría decirle: porque te quiero. Es decir, porque quiero tu bienestar, tu dicha, verte feliz… Si se dan cuenta ahí yo solo formo parte activa como quien desea el bienestar del otro porque evidentemente su felicidad es mi dicha, pero no existe condicionamiento alguno. Es un amor puro. Por eso dicen que los animales son los únicos seres que aún guardan ciertos valores y significados vinculados a la tierra, lo salvaje, la naturaleza. También porque aman sin más. En el caso inverso mi gato podría decirme que me quiere para que le proporcione alimento, pensarán algunos y algunas, pero si revisamos las miles de historias de animales maltratados, perseguidos, que han salvado miles de vida o que han vuelto a hogares donde ni eran bien recibidos ni bien tratados, qué nos encontramos, nos encontramos unos principios básicos de lealtad y amor que en la humanidad se han convertido en algo líquido y viscoso, y por eso es tan difícil de atrapar algo con las manos, se nos escurre, se nos escapa… Pero sin embargo, ellos, siempre vuelven a casa. Reflexionemos. Amar.

27/09/2023 0 comments
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EntrevistasLiteraturaReseñas

ENTREVISTA. Nerea Aguado Alonso

by Ana Vega 21/04/2023
written by Ana Vega

GENEALOGÍA DEL PAISAJE INTERIOR

Callaba la tierra

La autora Nerea Aguado Alonso nos presenta su nueva obra Callaba la tierra, publicada por la editorial Uve Books. Nos encontramos ante un libro especialmente original, en el que la autora teje una genealogía del paisaje familiar y personal, a través de una escritura frondosa, que se adhiere a la piel de todo lector y lectora que se atreve a adentrarse en sus páginas. La autora, nos desvela algunas de las claves de esta obra en esta entrevista, el nacimiento, desarrollo y desenlace de este resurgir del pasado en versos, este modo de alzarse la memoria a través del paisaje interior y exterior, también.

Nerea Aguado Alonso (Pamplona, 1982), es Comunicadora Inclusiva, licenciada en Comunicación Audiovisual, Especialista en Igualdad entre Mujeres y Hombres, estudiante de Psicología. Ha colaborado en diversas revistas (El Mono) y fanzines (Mujeres Legendarias del Lejano Oeste junto a la ilustradora Irati FG , Piratas y Mujeres Legendarias de Ultramar junto a las ilustradoras Irati FG y Ana Albares, y Ukelela entre otros). Ha coordinado diversos proyectos de memoria, ilustración y poesía (Memoria a la fresca del programa Landarte 2019). Autora del libro de poemas: Accidente geográfico (Editorial Balas Trazadoras).

— En tu obra se establece un vínculo importante entre la genealogía familiar y el paisaje, ¿cómo surge esa relación tan íntima que seduce a quien lee este libro desde las primeras páginas y lo acerca al poema?

Mis familias están ligadas a los lugares en los que nacieron y vivieron, aquellos donde me criaron a ratos. A los hogares, pero también al paisaje. No es lo mismo pasar los veranos mirando al mar, que corriendo por el bosque, que jugando con la arcilla de las Bardenas Reales. Los paisajes y el medio ambiente marcan los usos y costumbres, la hora de la siesta, salir a la fresca, la niebla que sube del canal, el cielo plano. Somos también los horizontes donde descansamos la mirada y nuestra familia es la sombra que se proyecta sobre ellos.

— Este reencuentro con el paisaje y su historia, ¿te ha transformado una vez escrito? ¿Cómo ha sido tu experiencia una vez concluida su escritura?

Primero me transformó mientras lo escribía. Cuando se escribe de fuera adentro, elegir qué se mira es también elegir qué queremos expresar. Además, observas de otra manera, menos profunda y más abierta. Dejas de buscar el significado en el paisaje, para verlo desnudo de recuerdos.

Después, al volver a los poemas, tras ese barbecho que tanto oxigena, me he leído a mí. Empecé el libro como un álbum de recuerdos, para guardar en palabras las fotografías que ya no iba a poder sacar. Pero me he dado cuenta que no solo los atesoraba, también me despedía de una perspectiva que ha empezado a cambiar.

— En cada libro de poemas existe una narrativa propia, también ritmo y ritual, cada libro surge en un momento vital importante que quizá marca su trayectoria o inicio o desenlace, ¿acompaña este libro algún momento vital de especial trascendencia para ti?

Sí. Ver un lugar vivido de niña y joven con ojos de adulta. El proyecto Landarte, donde Irati y yo acompañamos a habitantes de Cabanillas a recoger historias orales y convertirlas en poemas y collages fue uno de esos momentos.

La venta de la casa de mi abuela materna, perder la vivienda de referencia de mi niñez y juventud, fue el otro.

Yo volvía a un lugar donde ya no tenía habitación. Fue una paradoja que disparó las ganas de recolectar olores, temperaturas, texturas.

— ¿Existen en tu obra poética algunas claves importantes que te definen a la hora de escribir o marcan tu trayectoria profesional?

El tachado, lo concreto y lo físico. Busco la sensación para hacerme entender, para que la gente perciba el matiz que yo percibo. Para eso hay que concretar e intentar no escribir más de lo necesario. Las sensaciones, si las describes mucho son demasiado personales, y si no lo haces lo suficiente, se vuelven conceptos abstractos.

— A través de tus poemas vemos cómo el lenguaje crece y se transforma en un juego dinámico y frondoso en el que la narración de lo que se cuenta modifica el lenguaje dotándolo de una musicalidad muy personal, nada estridente, suave, que de forma natural sigue la estela natural del tiempo, el camino recorrido, ¿cómo surge este libro de poemas y cómo estableces esta estructura tan eficaz?

Es la primera vez que escribo un libro habiendo decidido que va a ser un libro. Todo lo hecho anteriormente son recopilaciones de poemas a los que les he visto algo en común a posteriori. En el caso de “Callaba la tierra” no forcé la escritura de los poemas, pero sí sabía que quería acabar escribiendo un libro con ellos, que tenían que tener una temática y un color coherentes.

En cuanto a la estructura, yo la vi clara, las estaciones, los ritos y los cambios del paisaje asociados a ellas. Mis cambios de rutinas. Un laberinto circular sin salida.

— Como lectora, ¿cuáles serían tus autores o autoras de cabecera o aquellas lecturas que marcaron tu vida personal o profesional?

De niña, oír en labios de mi padre a Miguel Hernández y Antonio Machado y leer los versos del programa de fiestas de mi pueblo, ese octosílabo tan oral. Y Gloria Fuertes, la de veces que habré interpretado con mi hermana “Tres reinas magas” no las puedo ni contar. Pronto, con 17 años, conocí a las poetas del 27 (ahora conocidas como las Sin Sombrero). Concha Méndez, su sencillez tan pulida y limpia, tan cercana a Gloria Fuertes me atrapó. Ese jugar a la simpleza, a que la poesía sea alegre y no hable solo de desamores, me chocaba y atraía a la vez. ¡Hacer poemas a los aviones!

En lo profesional, leer a María Martín Barranco y a Brigitte Vasallo ha sido lo mejor que me ha pasado para replantearme todo el uso del lenguaje.

Y lo que unió ambos mundos fue leer a María Sanchez. Creo que “Callaba la tierra” tiene una deuda impresionante con “Almáciga” en la motivación para usar palabras de la Ribera de Navarra en los poemas. Y “Tierra de mujeres” fue la impulsor de los proyectos donde he querido escuchar las historias no escritas de las mujeres rurales y barriales. “Cuaderno de campo” es un animal sangrante que te muerde.

— Cualquier lector o lectora se siente inmediatamente seducido por un título tan hermoso como lo es “Callaba la tierra”, ¿cómo nace esta hermosa imagen que con tanto acierto has elegido?

Ana Jaka, a quien le dedico el poemario, me estaba haciendo la primera revisión, enseñándome a corregir con visión de libro. Cada título que se me ocurría le parecía que no encajaba. Buscaba un título que describiera el libro pero no estuviera contenido en él. Entonces Uve Books abrió convocatoria de poemarios y yo no tenía título, busqué un verso que me sonara bien de entre todos los poemas y cuando lo leí suelto, supe que había acertado. Porque lo que he guardado en este libro es lo que no quería que la tierra callara.

— Tras la presentación de este libro, ¿trabajas en algún proyecto futuro?

He puesto ya en manos de Sandra Márquez, editora de Uve Books, mi siguiente poemario “¿De qué muere un buitre?”. A pesar de las muertes que lo atraviesan, su color es más claro, más azul. Tiene una luminosidad que me sorprende.

Ahora trabajo en otro pero me está costando, siento que estoy necesitando otro estilo o una evolución de este. Me salen poemas más largos, como si esta vez quisiera ocultar algo en las palabras. Me tiene enjaulada.

Es el momento pues de atreverse a iniciar esta lectura del paisaje que habita dentro y cabalgar a través de estas páginas por un escenario en el que tal vez nos encontremos a nosotros y nosotras mismas, o quién sabe, descubramos en nuestra memoria o momento actual nuestro propio escenario interior que exactamente transforma y crea lo que crece afuera. Abrir el corazón y el alma y abandonarse a esta lectura puede iniciar dicha transformación en calma. Tan sólo es cuestión de voluntad y empuje.

21/04/2023 0 comments
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LiteraturaPensamiento

El viaje interior

by Ana Vega 24/03/2023
written by Ana Vega

En su libro Viaje alrededor de mi habitación Xavier de Maistre convierte en pequeña gran odisea su reclusión en su cuarto durante una estancia que, lejos de empequeñecer su mundo, lo amplía y le da vida hasta convertirse en un largo viaje. Viaje que lleva a cabo sin moverse de la cama, pero a través de su imaginación.
Cuando hablamos de viajes, travesías y transiciones (o transformaciones incluso) siempre nos referimos a algo lejano, donde el cuerpo viaja físicamente, se traslada, cambia de lugar, abandona su zona de confort y ciudad hasta adentrarse en una nueva ciudad, país, vida, relación… Pero qué ocurre con el viaje íntimo. Dentro de este último podríamos incluir desde la travesía que se realiza a partir de un duelo hasta la transición o cambio que se produce en nosotros tras vivir ciertas situaciones (o cambio de edad o cierto despertar), o lo que se podría denominar como «el arte de la convalecencia»: esa transformación que surge desde la enfermedad a la salud de cuerpo o mente a través de una serie de sinsabores que, sin embargo, nos producen un crecimiento personal incalculable y único. Qué hay del viaje interior entonces…

Daguerrotipo de Emily Dickinson 1848

Con la imaginación vivimos, recordamos, habitamos el mundo, pensamos, viajamos hacia el futuro, el pasado, y, lo más importante, nos construimos soñando. Cuánto hemos viajado cada noche en sueños o despiertos aferrados a la almohada mientras nuestros ojos cerrados escondían playas paradisiacas, nombres que no estaban junto a nosotros, poemas o incluso alucinaciones. Cada día cabalgamos a lomos de la imaginación.
Y esta nos provoca ese viaje interior que tan solo podemos realizar a través de ella y que nos acompaña en la salud y la enfermedad, la pérdida, la felicidad, siempre a nuestro lado, presente como fiel amistad, como caja registradora de recuerdos que más tarde nos harán recordar dicho viaje y así crecer por dentro. Es el viaje no solo externo, sino interno, el más importante, pues bien puede darse el caso de haber conocido todas las ciudades del mundo, pero que dicho mundo no traspasase ni alma ni pensamiento, y al contrario, volar tan alto y tan lejos como lo hicieron Kafka, Pessoa o Emily Dickinson, quien ella misma decidió arrojar la llave a su bolsillo y viajar a través de sus versos (y nosotros junto a ella). Es necesario recordar que el viaje interior es el más importante de todos y que ahora, en este justo instante, se está produciendo el cambio, la transformación, porque el viaje se conduce también a través de la palabra, cómo no, la lectura, los libros, a través de los cuales hemos viajado por todos los lugares del mundo posibles e imposibles, y en este mismo instante yo estoy viajando junto a usted que me lee mientras a su vez viaja conmigo.

 

24/03/2023 0 comments
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PensamientoSin categoría

El aprendizaje del fracaso

by Ana Vega 22/11/2022
written by Ana Vega

En muchos países existen jornadas, conferencias y otros eventos relacionados con el fracaso, no desde un punto de vista negativo como podríamos pensar en un primer momento, sino como una oportunidad, como un aprendizaje, como un punto de inflexión. En todo  negocio existe un plan inicial en el que lo fundamental es contemplar justamente la crisis, la quiebra, el problema, el momento en el que todo se viene abajo y cómo afrontarlo: cómo llevar a cabo la comunicación, la gestión personal y empresarial o incluso la salud mental por la ruptura de todo esquema que esto implica. Pues bien, aquí ni existe plan de negocio, ni plan de vida, ni plan o mapa sentimental ante un futuro del todo inestable.

Vivimos en una sociedad marcada por un optimismo cruel, irreal e insatisfactorio en el que la apariencia es lo que cuenta, nunca el fondo, mucho menos la verdad que cada día es más difícil de identificar. Cómo va a existir entonces un plan ante una posible ruptura de cualquier tipo o fracaso. Es una cuestión grave porque la vida está sujeta a una serie de cambios imprevisibles que de un modo u otro nos tocarán a todos y todas en cualquier momento, a veces estaremos arriba, a veces abajo, a veces, en mitad de la nada, pero no estaremos preparados ni preparadas para afrontar el golpe de mar que se nos viene encima.

En primer lugar el fracaso va unido al riesgo, es decir, solo puede fracasar quien se arriesga, en cualquier empresa, cualquier relación, cualquier cuestión que implique atreverse, dar un paso más allá, por tanto la fragilidad del hecho ya anuncia la peligrosidad del acto y del futuro que está por llegar. Por tanto, si el fracaso llega, debería ser entendido como proceso de aprendizaje, casi de valentía por haber arriesgado, por haber caminado hacia delante pese a que nadie lo creyese posible, pero es justamente en el fracaso cuando la sociedad ve— no a la persona o negocio anterior y presente— al animal herido y es entonces cuando decide apartarse (exactamente quien en el momento del éxito estaba en primera fila). Es curioso cómo el ser humano tiene una cierta tendencia a perder valores, que el reino animal mantiene, el animal caza cuando tiene hambre, pero cuida, protege, es leal. El ser humano solo ve oportunidad en el otro, conveniencia.

Quien se ha atrevido a emprender un negocio, un sueño, sabe lo que eso implica en todos los sentidos y quien lo ha perdido, conoce, por desgracia, el alcance también. Sin embargo, en este país y en esta sociedad, lejos de aprovechar ese aprendizaje, esa valentía, esa cordura, esa pasión de perseguir tus sueños, se aparta el fracaso, no se tolera lo que la apariencia —siempre engañosa— considera como una especie de muñón que ya no sirve, que ya no aporta. Todo fracaso es un momento de transición, de transformación, tan importante para quien lo vive como para el conjunto. Por tanto, cada fracaso es una oportunidad de crecimiento social porque quien ha emprendido ahora tiene un mayor conocimiento y esa persona —ese fracaso visto por quien carece de toda experiencia real— probablemente sea una de las claves que pondrán cimiento a la sociedad futura que ampare a quien ahora al leer esto no comprende nada de nada. El fracaso, simplemente es la misma moneda que el éxito, tan solo es cuestión de lanzarla hacia arriba, no siempre caerá del mismo lado.

22/11/2022 0 comments
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