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Author

Beatriz Menéndez Alonso

Beatriz Menéndez Alonso

PensamientoPersonajes

El patinete de Lady Norman: rodando entre la libertad y modernidad

by Beatriz Menéndez Alonso 08/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

El movimiento sufragista británico ha sido ampliamente estudiado, con especial atención a figuras emblemáticas como Emmeline Pankhurst y Millicent Fawcett. Sin embargo, existen mujeres cuya participación, aunque menos visible, fue igualmente decisiva en la transformación política y social que condujo al reconocimiento del derecho al voto femenino en el Reino Unido. Entre ellas se encuentra Lady Florence Priscilla Norman (1883–1964), aristócrata, activista y defensora de los derechos de las mujeres, cuyo trabajo dentro del ala moderada del sufragismo merece ser reconocido y contextualizado.

Analizar la trayectoria de Lady Norman implica adentrarse en un universo donde la clase social, la política y la modernidad se entrelazan. Su posición aristocrática le brindó acceso a espacios de poder; su estilo de vida poco convencional le permitió desafiar normas sociales; y sus estrategias de acción, discretas pero firmes, consolidaron avances que el activismo más estridente a veces no alcanzaba. Lady Norman encarnaba un feminismo que no se alza en barricadas, sino que se desliza con precisión y elegancia por los corredores del poder, demostrando que incluso los gestos silenciosos pueden tener un peso decisivo.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el movimiento sufragista en Gran Bretaña estaba dividido en dos grandes vertientes: el ala moderada, encabezada por la National Union of Women’s Suffrage Societies (NUWSS) de Millicent Fawcett, que promovía métodos constitucionales y pacíficos; y el ala radical, representada por la Women’s Social and Political Union (WSPU) de Emmeline y Christabel Pankhurst, que recurría a la acción directa y, a veces, a la violencia. Lady Norman se alineó con la NUWSS y organizaciones similares, defendiendo un progreso gradual mediante el diálogo político, la escritura, la organización social y el compromiso institucional. Esta línea de acción, aunque menos mediática, fue clave para la consolidación de los derechos femeninos tras la Primera Guerra Mundial.

Florence Priscilla (de soltera McLaren), Lady Norman. Impresión en bromuro de Bassano Ltd. , 1917.

Lady Norman: una figura moderada en el movimiento sufragista británico. Compromiso social y modernidad simbólica

Florence Priscilla McLaren nació en 1883, hija del político liberal Charles McLaren, barón de Aberconway, y de Laura Elizabeth Pochin, también activista por los derechos de las mujeres. En 1907 se casó con Sir Henry Norman, periodista, político liberal y defensor del progreso social. Desde joven, Florence se movió en círculos culturales y políticos, desarrollando una mirada crítica sobre el lugar de la mujer en la sociedad británica.

Durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como administradora en hospitales militares, experiencia que consolidó su liderazgo y compromiso con el servicio público. Fue condecorada por su labor y, tras la guerra, continuó su activismo en organizaciones feministas, de salud pública y de memoria histórica. Presidió el Women’s Work Subcommittee en el Imperial War Museum, promoviendo el reconocimiento del papel de las mujeres durante el conflicto.

Más allá de sus logros institucionales, Lady Norman proyectaba una imagen de mujer moderna y autónoma, poco común en su clase y época.

Pero fue el patinete motorizado el que inmortalizó su espíritu. En 1916, fue fotografiada desplazándose sola por las calles de Londres sobre aquel vehículo, regalo de su esposo. Con vestido largo, sombrero elegante y mirada resuelta, la aristócrata desafiaba las normas sin violencia, reivindicando una libertad que no pedía permiso: movilidad, independencia y autonomía femenina encapsuladas en un gesto cotidiano.

Se desliza por las calles como si la ciudad le perteneciera, aunque pertenecer no sea la palabra justa; más bien, la ciudad se abre ante ella, no porque le deba algo, sino porque ella decide ocupar su espacio, porque su cuerpo se mueve con la seguridad de quien sabe que cada giro de rueda es un acto de afirmación, que cada calle recorrida es un desafío silencioso a un orden que no fue pensado para mujeres como ella.

La figura de Lady Norman representa un activismo menos visible pero estratégico. Su enfoque incluía participación en comités, organización de eventos sociales con fines políticos, presencia en debates parlamentarios y escritura de cartas abiertas. Lejos de rechazar las estructuras de poder, influyó desde dentro, usando su estatus como plataforma para amplificar la causa sufragista.

Su contribución fue clave para la aprobación del Representation of the People Act en 1918, que otorgó el derecho al voto a mujeres mayores de 30 años con ciertos requisitos de propiedad. Posteriormente, en 1928, se alcanzó el sufragio pleno.

El análisis de su figura muestra cómo la clase social condicionó tanto las oportunidades de acción política de las mujeres como la manera en que sus aportes fueron recordados. Su privilegio, lejos de ser un obstáculo, definió su forma de actuar: nunca enfrentó prisión ni persecución, a diferencia de las sufragistas radicales, lo que ha llevado a que su figura quede relegada en la historiografía del feminismo militante. Reconocer su labor implica comprender que la historia del sufragismo no se construyó solo en las barricadas, sino también en salones, comités y calles recorridas con decisión y estilo. Lady Norman sirvió de puente entre la política masculina establecida y las demandas emergentes de las mujeres, mostrando que el feminismo podía ser discreto, elegante y profundamente transformador.

Su imagen sobre el patinete encarna un feminismo que combina modernidad y respeto por las formas sociales, desafiando expectativas sin romperlas del todo. Y mientras giraba su patinete por Fleet Street, mientras observaba la ciudad que se movía con indiferencia, pensaba en las otras mujeres: las que aún no podían desplazarse, las que esperaban permiso para existir, las que no tenían ruedas ni libertad para rodar. «Mi privilegio no es solo mío», se repetía, «es un puente, un instrumento, un testimonio, una responsabilidad».

Recordarla no es solo rescatar un nombre del archivo, sino contemplar la manera en que las mujeres, aún vestidas de normas, eligen desobedecer con elegancia. Lady Norman avanzó con paso firme, montada en su patinete, desafiando sin palabras el mandato de la quietud. Su activismo tejió puentes entre privilegio y justicia, entre deber y libertad. En ese gesto de rodar por Londres, ligera, autónoma, moderna, dejó una imagen que todavía hoy, más de un siglo después, nos interpela: ¿cuántas formas tiene la valentía cuando se viste de mujer?

08/03/2026 0 comments
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Entrevistas

“I Took the Road Less Traveled: The less-traveled road of the rock musician from Cangas, Diego Avello ‘Bull'”

by Beatriz Menéndez Alonso 04/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Between the green mountains of Asturias and the dusty roads of Texas, Diego Avello ‘Bull’ has built a life to the rhythm of rock. From the first chords that echoed in his native Asturias to stages in the USA, his path has been a journey of growth, transformation, and creative fire. Three studio albums, a live record, and several singles make up his discography so far, the result of years of sonic exploration and a spirit that knows no borders. To this are added several national and international tours that have led him to connect with diverse audiences, demonstrating that passion and authenticity know no language or geography.

His documentary “I Took the Road Less Traveled” traces that journey: a trip of identity, faith, and sonic stubbornness. We spoke with him about memory, uprooting, internal storms, and the beauty of choosing a path that few dare to travel.

The documentary begins in Asturias, crosses Mexico, and ends in the United States. Three territories, three rhythms, three stages of the same quest.

Question: Diego, your career has been a constant journey, full of transformations and challenges. Now, with the completion in the United States of “I Took the Road Less Traveled,” your story will be shown to the world in a very intimate way. What did it mean for you to see your life and your music reflected on the big screen? What do each of those places represent for you?

Answer: Seeing part of my life and my musical career reflected in a documentary is undoubtedly an emotional journey, a mix of nostalgia, pride, and awe. You realize all the scars you’ve accumulated and also all the victories. It made me realize all that I had to leave behind: my family, my friends, and the security of my small town in Cangas del Narcea. But it also reminded me why I did it, why I took the road less traveled. Music, rock and roll, has always been my driving force and what has led me to live on all these adventures.

Asturias is the fuel, the rage of my origins. It’s where I come from and what keeps my feet on the ground. Going back there to shoot was returning to who I really am and, at the same time, facing the ghost of my youth.

Mexico was a bridge, a crucial stage of my journey that taught me to adapt, to blend in, and not to lose my identity in the process. Mexico is a very intense country with many extremes. There were some complicated and dangerous moments… but, in short, I was very lucky and I found a very generous Mexico that helped me a lot to be able to move to the USA.

The United States is the culmination of my dream, the place where I have fought and where I have managed to be accepted and, most importantly, make my way in the land where Rock and Roll was born. It represents the fruit of years of very hard work. It is the place where I have found ears for my voice and a way of life that I longed for since I was a child.

The camera of “I Took the Road Less Traveled” breathes with the same pulse as his latest single, “Divine Storm.” Both are, in a way, a self-portrait: a celebration of the chaos that drives creation.

Question: “Divine Storm” seems to be in direct dialogue with the spirit of the documentary: strength, perseverance, struggle. Is there a connection between the two projects?

Answer: Yes, totally. “Divine Storm” captures that internal struggle, that strength needed not to give up and to keep overcoming obstacles. It is the sonic manifestation of perseverance, and the documentary is the visual manifestation of those moments of doubt and difficulty, but where, despite everything, you keep pushing, crossing the storms, and fighting for what you believe in.

In Austin, director J. Budro Partida and other professionals from the film and music industry found a different energy in his story: that of a non-Anglo musician who conquers the cradle of rock with authenticity and his own accent.

Question: Your story caught the attention of audiovisual professionals in Austin, PennyRock Productions and L.A. Lloyd Rock 30, who encouraged you to tell it. What did it mean to you that others recognized your trajectory and decided to accompany you in this story?

Answer: The idea for the documentary was born from a friend who worked in the music industry, Raymond McGlamery. Unfortunately, Raymond passed away in 2022 from cancer. L.A. Lloyd (a professional at several Rock radio stations) and I had met through Raymond, and at his funeral, Lloyd proposed carrying the documentary idea forward.

During this process, the film production company “PennyRock Productions” joined the project and carried out a large part of the production and all the filming and editing of the film. I feel eternally grateful and honored that both parties wanted to tell my story! It has been almost three years of intense work and many, many sleepless hours. It signifies a recognition not only of my music but of all the sacrifice and struggle behind it. It is a reminder that if your energy is honest and brave with what you do, people will perceive it. Rock in the USA is almost a religion and undoubtedly the most powerful and demanding music market in the world, but at the same time, this country greatly respects artists, especially those who have that kind of journey in their logbook.

Singing rock in English as an Asturian means building bridges between cultures. Bull does it with honesty, without disguising his identity.

Question: The music you love was born in a very specific and culturally different context than your own. What challenges and opportunities did you find in building your musical voice in English and in a genre as iconic as rock and roll?

Answer: Well, it was not an easy road at all, haha. Rock and roll is a genre with very deep Anglo roots, and being an Asturian singing in English, with my accent and my way of singing, is not what is expected, it’s not what is in the books; in the end, I’m a foreigner singing in a foreign land. The first challenge was precisely that: the language and my accent. At first, there was insecurity, but I soon realized that my accent was not a defect but a characteristic that made me unique. Instead of trying to hide it, I decided to embrace it. Rock is, in essence, music of the street, of truth, and my accent is part of my truth.

I also had to face the need not to be labeled. Some expected me to play Latin music, but I never beat to that rhythm… I focused on telling my story, on conveying my message in the most sincere way I could, and at the rhythm I have always beaten to, and that rhythm is called Rock and Roll.

Migration not only changes where one lives but also how one feels and creates. In his music, Bull translates displacement into strength and nostalgia into movement.

Question: In what way has the experience of immigrating and living in another country influenced your way of making music and the message you want to convey with Bull y los Búfalos?

Answer: Failing far from home is a very hard blow. Each failure makes you doubt everything… When I left Cangas del Narcea, I not only left a place but also a part of who I am. It is a constant feeling of guilt for the family and friends you leave behind and, at the same time, a torrent of adventures and new tastes that keep you constantly excited. All those emotions became a form of strength and movement. It was, and continues to be, the main source of inspiration to keep going and to keep writing lyrics and music.

Being chosen as the best rock band in Texas by MXD Magazine and participating in the soundtrack of Mayans M.C. have been milestones that consolidate their presence on the scene.

Question: Bull y los Búfalos was chosen as the best rock band in Texas by the prestigious MXD Magazine. What did this recognition mean for you and the band within such a competitive country with so much musical tradition?

Answer: I’ve never believed that music is a competition or that there are better bands than others; however, receiving awards, besides feeding the ego, haha, always helps to promote your work. Beyond the trophy, the meaning for me was the validation of the struggle, the hard work, and the talent. It was a reminder that our musical stubbornness, what we call “Stubborn Rock,” was bearing fruit. At the same time, it was cultural acceptance in such an iconic genre and in such a competitive country. This award showed that our mix of American rock with a Spanish touch was not only welcome but also appreciated and recognized.

Speaking of recognition, three of your songs were part of the soundtrack for the series “Mayans M.C.,” an important milestone for any band.

Question: How did this opportunity come about, and what impact has it had on your career?

Answer: It was one of those “small-big victories!” But it was no easy task… The soundtrack for the TV series “Mayans M.C.,” like its predecessor “Sons of Anarchy,” was managed by Quentin Tarantino’s music supervisor, and I had to go through many filters to be able to contact her and send her my music. Finally, after almost a year of negotiations, they decided to use three of our songs for the second season. The impact on our career and the visibility that appearing in “Mayans M.C.” gave us was a very important point in our growth as a Rock band and for myself as a songwriter, besides the pride for an independent band that your music appears in a television series with global reach and distribution.

The journey continues. Between new songs, tour ideas, and sonic experiments, Bull looks ahead with the calm of someone who has learned to wait.

Question: After the intense journey of the documentary, what new artistic projects are you currently working on? Are there any tour plans, new albums, or musical experiments that you’re excited about?

Answer: The film has closed one chapter and, at the same time, has opened new paths that we are eager to explore.

I recently moved from Austin, Texas, to Nashville, Tennessee. Nashville has become the epicenter of the music industry in the United States, which is a key point for my plans to find a new management team and record label. Additionally, I am constantly inspired by Nashville’s musical environment and sound. Rock and roll is a genre that has always evolved, and so have we. I’m working on writing new songs, adding new flavors and influences for what could be a new album. Of course, we are always looking for new concerts and tours. Nashville is the perfect place for this new chapter!

Question: Regarding the premiere of the documentary that we all hope to see from this side of the world, do you have the date or location of its broadcast in Asturias confirmed yet? How do you imagine that special moment?

Answer: The documentary is artistically finished, but we are still working on legal matters, contracts, and permits to be able to present it publicly. However, we plan to have three private screenings in different cities: Nashville, Austin, and, of course, Cangas Del Narcea, Asturias. At the same time, this month, we have started sending the documentary to the film festival circuit, both national and international. And as for how I imagine the premiere in Asturias? Well, with a lot of cider and a lot of partying! Hahaha, after all, that’s what being Asturian is about, celebrating that we are alive, strong, and not willing to give up…

Diego Avello “Bull” chose a path that few dare to take, a road with no guarantees, no promises of applause or certainties. It is a route sprinkled with deep silences but also with small miracles: a perfect chord, a knowing look from the audience, the unwavering loyalty of a band that resists.

In his voice, that stubbornness of dreamers persists, an obstinacy that, bordering on madness, becomes the only path to authenticity. His rock, he affirms, does not seek to please but simply to exist. And in that search, in that almost spiritual clinging to sound, a true lesson in resistance is revealed.

“I Took the Road Less Traveled” is, in essence, the declaration of someone who decided to chart his own course, even if the climb was hard and the map was blank. It is the confession of a musician who chose uncertain beauty over safe comfort. And so, like a whisper that blends with the echo of a guitar fading away, the idea remains: keep playing, even when the path is the one less traveled. Or perhaps, precisely for that reason.

04/03/2026 0 comments
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Cine

Napalm al alba

by Beatriz Menéndez Alonso 18/02/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Ha muerto Robert Duvall. La noticia, seca en su formulación, no alcanza a nombrar lo que verdaderamente se extingue y lo que, al mismo tiempo, permanece. Porque hay vidas que no se miden por la duración sino por la vibración que dejan suspendida en el aire. Y Duvall fue eso: una vibración baja, constante, como el pulso del mar cuando nadie lo mira y, sin embargo, modela la costa.

Más de siete décadas ante la cámara, más de cien películas, y sin embargo su presencia nunca se volvió rutinaria. Cada aparición era una variación distinta de la condición humana. Desde aquel joven tímido y casi espectral que fue Boo Radley en Matar a un ruiseñor —una figura que parecía hecha de sombra y compasión— hasta el abogado leal y contenido de El padrino, Duvall modeló personajes que habitaban los márgenes del poder o su centro más helado, pero siempre con una vibración íntima que los salvaba del estereotipo.

Pensar en él es pensar en la gravedad. En la gravedad moral que sostuvo a Tom Hagen en El padrino  y en El padrino II. No era el patriarca, no era el heredero impetuoso; era la inteligencia que calculaba, el oído que escuchaba antes de hablar, la mente que traducía la violencia en procedimiento. Y, sin embargo —qué extraño— en ese abogado adoptado, en ese hijo sin sangre, había una melancolía callada, una conciencia de extranjería que Duvall dejaba asomar apenas en el temblor mínimo de la mirada.

Tom Hagen se sentaba a la mesa del poder como quien ocupa una silla prestada. Pertenecía y no pertenecía. Era la razón dentro del torbellino, el intérprete de códigos antiguos que exigían lealtad absoluta y, a cambio, ofrecían una forma de pertenencia casi sagrada. Duvall comprendió que el verdadero drama del consiliere no estaba en lo que hacía, sino en lo que callaba. Cada silencio era una renuncia; cada consejo, una carga añadida. Su voz no necesitaba elevarse: bastaba su serenidad para que la escena encontrara eje. Allí, en esa contención, el actor reveló una de las lecciones más sutiles del cine moderno: que el poder auténtico no grita, persuade.

Y luego —como si el mismo intérprete quisiera demostrar la amplitud de su registro— llegó la expansión solar y delirante del teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now. Si Hagen era la sombra que piensa, Kilgore era la luz que arde sin preguntarse por las consecuencias. Aparece en medio del fragor de la guerra como un hombre convencido de la lógica de su mundo, un mundo donde los helicópteros trazan arabescos en el cielo y la devastación adquiere la forma de un espectáculo.

“I love the smell of napalm in the morning”. La frase flota todavía en el aire cultural como un perfume indeleble, dulce y atroz. Duvall la pronunció sin guiño, sin distancia irónica. Y ahí residió su fuerza: no caricaturizó al militar, no lo redujo a monstruo. Lo dotó de una fe casi inocente, de una coherencia interna que vuelve más inquietante su entusiasmo. Kilgore contempla la guerra con una especie de fervor estético; la ordena, la dirige, la convierte en coreografía. Bajo su sombrero y su sonrisa franca late la convicción de quien no duda. Y es precisamente esa ausencia de duda la que hiela.

Qué delicado equilibrio sostuvo Duvall en ese personaje: lo suficientemente carismático para seducir, lo suficientemente perturbador para inquietar. No lo juzga; lo encarna. Y al encarnarlo con tal naturalidad, obliga al espectador a mirar de frente la lógica de la guerra, esa maquinaria que transforma la destrucción en rutina, la muerte en paisaje.

Entre el consejero que mide las palabras y el coronel que celebra la destrucción se despliega el arco de una carrera extraordinaria. Más de cien películas, siete nominaciones al Oscar, una estatuilla por Gracias y favores.

Esa estatuilla —la única que sostuvo entre las manos, tras varias nominaciones— no fue un gesto de consagración súbita, sino la cristalización tardía de una coherencia. Cuando la Academia lo reconoció por Gracias y favores, premiaba algo más que una interpretación: premiaba una forma de entender el oficio.

En aquella película, dirigida por Bruce Beresford, Duvall encarnó a Mac Sledge, un cantante de country derrotado por el alcohol, por la soberbia y por su propio ego. No era el tipo de personaje que busca simpatía; era un hombre erosionado, áspero, encerrado en la sequedad de los paisajes texanos y en una culpa que no necesitaba proclamarse. Duvall lo interpretó como quien recoge los restos de una vida y los observa en silencio, sin dramatismo excesivo, sin redención espectacular.

Pero los premios, en el caso de Duvall, parecen anotaciones marginales. Lo esencial sucedía en otra parte: en la respiración del personaje, en la densidad invisible que aportaba incluso a las escenas más breves.

Hay en su trabajo una ética del detalle. Un respeto por la complejidad humana que rehúye el juicio fácil. Sus hombres podían ser duros, severos, incluso brutales; pero nunca eran planos. Duvall parecía buscar en cada uno de ellos una grieta por donde asomara la fragilidad. Y cuando la encontraba, la sostenía sin subrayarla, como quien protege una llama del viento.

Su muerte no es un apagón, sino un cambio de luz. Las películas permanecen. Las escenas continúan desplegándose en la oscuridad de las salas y en la intimidad de las pantallas domésticas. Y en cada una de ellas, su figura —serena o exaltada, reflexiva o arrebatada— vuelve a ocupar su lugar con la naturalidad de quien nunca necesitó imponerse.

Quizá esa sea la herencia más perdurable de Robert Duvall: la certeza de que la grandeza puede ser callada. De que el poder auténtico reside en la comprensión y no en el estruendo. De que, aun en medio del napalm y de las conspiraciones familiares, el rostro humano sigue siendo el territorio más vasto y más enigmático.

18/02/2026 0 comments
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MúsicaNoticias

El regreso del hijo pródigo del rock al Teatro Conde Toreno

by Beatriz Menéndez Alonso 17/02/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

En la penumbra elegante del patio de butacas, bajo la respiración contenida de un público que no era solo público sino familia, amigos, vecinos —pueblo entero—, se proyectó por primera vez en Europa el documental I Took the Road Less Traveled. Y no podía ser en otro lugar que, en Cangas del Narcea, tierra natal de Diego Avello, conocido artísticamente como Bull, ese obstinado rockero que un día decidió cruzar el océano persiguiendo una quimera eléctrica llamada sueño americano.

La cita fue este domingo 15 de febrero en el histórico Teatro Conde Toreno, corazón cultural del suroccidente asturiano.

La tarde del estreno en el Teatro Conde Toreno fue una ovación prolongada. No era solo la celebración del éxito artístico, sino el reconocimiento a la perseverancia. El público comprendía que aquella historia hablaba también de ellos: de emigración, de identidad, de la necesidad de elegir, a veces, el camino menos transitado.

Bull llenó la pantalla con su presencia magnética. Carismático y humilde. Firme y vulnerable. Un asturiano que ha sabido navegar entre dos culturas sin traicionarse.

El documental, dirigido con sensibilidad y pulso narrativo por Budro Partida, arranca en la Cangas de los años de instituto, cuando Diego ya lucía con orgullo camisetas de la bandera estadounidense y escuchaba con devoción a Elvis Presley, Johnny Cash y Jerry Lee Lewis. Aquella pasión no era estética: era vocacional. Era la certeza íntima de que su lugar en el mundo estaba ligado al rock and roll y a la cultura americana. Lo que el documental demuestra es que entre el sueño y la realidad media un territorio áspero.

Budro construye un relato más humano que musical, más íntimo que biográfico. No estamos ante el clásico documental de ascenso y caída, sino ante la anatomía de una perseverancia. La cámara observa sin juzgar, acompaña sin invadir. Uno de los grandes aciertos del documental es no romantizar la experiencia migratoria. I Took the Road Less Traveled pone el foco en la realidad actual de los emigrantes en Estados Unidos: la dificultad de obtener visados de permanencia, la burocracia implacable, la incertidumbre constante.

Estados Unidos no regala nada. Puedes tocar el cielo —llenar salas, recibir premios, ser reconocido por la crítica— y, al mismo tiempo, vivir pendiente de un permiso administrativo que determine tu continuidad en el país. Puedes cumplir el sueño tantas veces ansiado desde otras órbitas… o perderlo todo en el intento.

La lucha es feroz. El mercado es competitivo hasta el extremo. Y la legislación migratoria convierte cada paso en una carrera de obstáculos. Esa tensión atraviesa el documental y dota al relato de una dimensión contemporánea y política que lo eleva más allá de la simple biografía artística.

En cada testimonio se percibe la misma idea: la obstinación de Diego es el eje que lo sostiene todo. Colaboradores, amigos, profesionales del sector y familiares coinciden en señalar su resistencia, su ética de trabajo, su negativa a rendirse cuando el sistema parecía cerrar puertas.

Entre dos ríos, entre dos mundos. La voz que une las dos orillas

Hay una imagen poderosa que atraviesa el filme. Bull habla de su infancia “entre dos ríos”: el Río Luiña y el Río Narcea, que confluyen bajo la mirada protectora de la Ermita del Carmen. Dos corrientes que se unen para hacerse más fuertes, más bellas.

Esa metáfora fluvial resume su identidad: Así es Bull: español y americano. Cangues de pura cepa y músico forjado en la dureza del circuito estadounidense. Su lado español —arraigo, comunidad, memoria— y su lado americano —ambición, individualismo creativo, hambre de escenario— conviven sin imposturas. No hay disfraz. No hay caricatura. Hay integración.

Un Ulises moderno que ha cruzado océanos de tiempo sin extraviar su sueño.

El documental cuenta con la producción y la voz en off de L.A. Lloyd, figura reconocida del panorama radiofónico rockero en Estados Unidos. Su narración actúa como hilo conductor, como puente entre E.E.U.U. y Asturias, entre la épica americana y la raíz rural del suroccidente asturiano.

Estos días, Lloyd ha compartido con el equipo jornadas de celebración por Cangas, reencontrándose con el paisaje y con la hospitalidad de un concejo que ya los acogió en 2024, cuando llegaron para rodar las primeras escenas en la villa. Se percibe en él —y en todo el equipo— una admiración profunda por la persona que hay detrás del personaje.

La película ha cosechado un notable éxito en el circuito de festivales estadounidenses, incluyendo el reconocimiento como Mejor Documental Internacional en el Austin International Film Festival. Un logro que confirma la dimensión universal de una historia profundamente local.

Sin embargo, el equipo eligió Cangas del Narcea para su primer pase europeo. Un gesto cargado de simbolismo: antes de conquistar nuevos territorios, había que rendir cuentas con la tierra madre.

Desde Uve Magazine, tuvimos además el privilegio de acompañar la antesala de este estreno en la Librería Treito, en un encuentro cercano que sirvió de prólogo íntimo a la gran noche. Entre amigos y conversación, ya se intuía que lo que estaba por venir sería más que una proyección.

Invitación abierta: que el viaje continúe

El público llenó el teatro. Familias, amigos, vecinos, curiosos. La acogida fue cálida, sostenida, emocionada. No era solo la celebración del éxito de un músico en Estados Unidos; era el reconocimiento de una actitud ante la vida.

El documental nos recuerda que tomar el camino menos transitado implica perder certezas, comodidades, seguridades. Implica pagar un precio. Pero también demuestra que ese precio puede merecer la pena si lo que se gana es la fidelidad a uno mismo.

Bull no es solo un artista que ha tocado el techo del éxito en un mercado extranjero. Es el ejemplo de que la obstinación, cuando se combina con trabajo y talento, puede atravesar fronteras físicas y burocráticas.

I Took the Road Less Traveled prepara ahora su salto al circuito de festivales europeos y españoles. Ojalá podamos disfrutarlo pronto en nuestras pantallas, en nuevos teatros, en nuevas ciudades.

Mientras tanto, la invitación es clara: seguir el recorrido del documental a través de sus redes, acompañar su camino, compartir esta historia que habla de emigración, de identidad, de perseverancia y de sueños que no se negocian.

Magnífico trabajo el de Budro Partida, de L.A. Lloyd y de todo el equipo de producción. Magnífica la entrega de Bull. Y ejemplar la respuesta de un pueblo que supo acoger, celebrar y reconocer a quien nunca dejó de ser suyo.

Porque en tiempos donde la comodidad parece imponerse como norma, historias como la de Diego Avello —Bull— nos recuerdan que aún existen quienes prefieren la intemperie del intento a la tibieza de la renuncia.

17/02/2026 0 comments
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CineNoticias

El grito que convirtió una escena doméstica en un gesto cultural

by Beatriz Menéndez Alonso 03/02/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Muere Catherine O ‘Hara a los 71 años, de Solo en casa y Bitelchús al grito que la volvió inolvidable el “¡Kevin!” que definió toda una época.

El grito no duró más de un segundo, pero aún sigue viajando. Atravesó aeropuertos europeos, inviernos interminables, televisores encendidos a deshora y generaciones enteras que aprendieron, sin saberlo, que el pánico también puede ser cómico. “¡Kevin!” gritó Catherine O’Hara, y en ese instante quedó suspendida para siempre en la memoria colectiva, como una nota aguda que nunca termina de apagarse.

Decir que Catherine O’Hara murió a los setenta y un años es una afirmación que necesita matices. Porque hay artistas cuya desaparición física —real o imaginada— no logra desalojarlos del todo del mundo. Permanecen en los gestos que heredamos de ellos, en la cadencia de una voz exagerada, en la manera de ocupar una habitación como si fuera un escenario invisible. O’Hara fue una de esas presencias: una actriz que nunca pidió ser el centro, pero que inevitablemente lo era.

Nació en Canadá en 1954, lejos de los centros solemnes del cine, en un país donde el humor funcionaba más como arma que como adorno. En Second City y más tarde en SCTV, aprendió que la comedia no consiste en caer bien, sino en mirar con precisión. Allí moldeó su talento más reconocible: una inteligencia escénica capaz de empujar a sus personajes hasta el borde del ridículo sin dejarlos caer jamás.

Cuando Hollywood la adoptó, lo hizo con cautela. No encajaba en el molde de la estrella clásica: su rostro era móvil, incómodo, demasiado expresivo para el hieratismo del glamour. Por eso se especializó en algo más duradero: el arte de la actriz secundaria que sostiene el mundo emocional de una película. En Bitelchús, su Delia Deetz parecía una instalación artística con pulso vital. Vestida con siluetas angulosas y colores que desafiaban el buen gusto convencional, Delia no habitaba la casa embrujada: la intervenía. O’Hara interpretó al personaje como alguien para quien el arte no era una vocación sino un idioma, una forma de imponer sentido en un entorno que se desmoronaba. Delia reaccionaba ante lo sobrenatural con la misma distancia estética con la que contemplaba una escultura contemporánea: nada la sorprendía del todo, porque todo podía ser incorporado al discurso. Esa contención —en una película entregada al exceso— convirtió su actuación en un punto de equilibrio inesperado. Delia no era un alivio cómico; era una declaración sobre el narcisismo ilustrado y la necesidad humana de traducir el caos en estilo.

En Solo en casa, hizo algo radicalmente distinto. Kate McCallister no se protegía tras la ironía ni el artificio. Era una mujer definida por la urgencia, por la culpa que avanza más rápido que el cuerpo. La ansiedad materna, que en manos menos hábiles habría sido caricatura, se transformó en una epopeya doméstica narrada a través de gestos mínimos: la forma en que revisa una lista, cómo su voz se quiebra antes de elevarse, el instante exacto en que el pánico deja de ser abstracto y adquiere un nombre propio. Kate McCallister atraviesa continentes, pero el viaje verdadero ocurre en su rostro, donde O’Hara despliega una precisión emocional que sostiene toda la fantasía del filme. Sin esa ansiedad —organizada, reconocible, humana— la película habría sido un ejercicio de slapstick; con ella, se convirtió en un ritual navideño.

Ese grito —Kevin— no era solo un recurso narrativo. Era la condensación de una época: madres desbordadas, familias dispersas, la ilusión frágil del orden moderno. O’Hara entendió, quizás mejor que nadie, que la comedia funciona cuando se toma el dolor en serio.

Pasaron los años, y mientras muchas actrices desaparecían de la conversación pública, ella regresó transformada. Moira Rose, la matriarca imposible de Schitt’s Creek, fue mucho más que un vehículo tardío para su reconocimiento. Fue, en muchos sentidos, una síntesis de toda su carrera. Moira era una mujer construida a partir del artificio: exestrella de una telenovela olvidada, vestida con pelucas que parecían responder a estados de ánimo más que a decisiones prácticas, hablaba un idioma propio, cuidadosamente afectado, como si cada frase hubiera sido ensayada durante años frente a un espejo invisible. Y, sin embargo, nada en ella resultaba completamente falso.

Interpretó a Moira como alguien que había sobrevivido convirtiéndose en personaje. La exageración no era un rasgo cómico aislado, sino una estrategia de defensa frente a la pérdida del estatus, del dinero y, en última instancia, de la relevancia. Moira no se permitía el descuido porque el descuido equivalía a desaparecer. En manos de otra actriz, el personaje habría sido una caricatura sostenida por el vestuario; en las de O’Hara, se convirtió en un estudio minucioso sobre el miedo a envejecer en público.

A lo largo de Schitt’s Creek, Moira evolucionó sin llegar nunca a transformarse por completo. Aprendió a amar con mayor claridad, pero no a hablar de forma sencilla; a permanecer, pero no a integrarse del todo. Esa negativa a someterse al arco clásico de redención fue una de las decisiones más audaces del personaje. Moira no pedía disculpas por su rareza ni se adaptaba para resultar accesible. Exigía, en cambio, que el mundo realizara un pequeño ajuste para poder convivir con ella.

Con Moira Rose, ofreció una de las interpretaciones más singulares de la comedia televisiva reciente: una mujer mayor, excesiva, plenamente consciente de sí misma y, pese a todo, capaz de una ternura inesperada. El éxito del personaje no se explicó únicamente por los premios que lo acompañaron, sino por algo más difícil de medir: la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, la televisión permitía a una mujer de esa edad ser extraña sin castigo.

Catherine O’Hara deja atrás una filmografía extensa y una huella cultural difícil de delimitar con precisión. Quizá porque su contribución principal fue esa: demostrar que incluso el gesto más exagerado puede contener algo íntimo, y que, a veces, basta con decir un nombre en voz alta para permanecer en la memoria colectiva durante décadas.

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ArteNoticiasPersonajes

Valentino “El último emperador”

by Beatriz Menéndez Alonso 20/01/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

No mueren los diseñadores como mueren los hombres comunes. Mueren dejando telas suspendidas en el aire, recuerdos cosidos a la memoria colectiva, colores que ya no pertenecen al espectro sino a la cultura. Valentino Garavani ha muerto y, sin embargo, el rojo —su rojo— continúa caminando solo por el mundo, como una mujer que no necesita presentación.

Hablar de Valentino es hablar de una sensibilidad. No de una moda —esa palabra demasiado rápida— sino de una forma de mirar el cuerpo humano como una arquitectura delicada, digna de respeto. En una época que aprendió a confundir novedad con estruendo, él eligió el susurro. Y ese susurro, paradójicamente, se convirtió en una de las voces más reconocibles del siglo XX.

Nació en Voghera, una ciudad pequeña, casi invisible, como suelen ser los lugares que incuban grandes obsesiones. Nada hacía presagiar que aquel joven terminaría vistiendo a emperatrices modernas, a viudas presidenciales, a actrices que parecían existir únicamente para ser recordadas.

París le ofreció el rigor. Roma, el alma. Entre ambas ciudades se formó una sensibilidad que no aceptaría la improvisación como virtud ni el descuido como estilo. Aprendió que la costura no es un gesto rápido, sino una conversación larga entre las manos y la tela. Que un dobladillo mal resuelto puede alterar no solo un vestido, sino la postura de quien lo lleva, la manera en que entra en una habitación, la forma en que se recuerda a sí misma.

Cuando abrió su casa de moda, no parecía estar fundando un imperio, sino un refugio. Un lugar donde el ruido del mundo quedaba fuera y solo importaba la línea, la caída, la exactitud.

El rojo como destino

Desfile de Alta Costura de Valentino, en el año 2008

El color puede ser una emoción detenida.

En el caso de Valentino, el rojo fue una emoción persistente. No un capricho cromático, sino una afirmación existencial. Ese rojo —profundo, decidido, imposible de confundir— no necesitaba explicación. No era el rojo de la urgencia ni el de la violencia. Era un rojo consciente de sí mismo.

Un rojo que no pedía permiso. Con el tiempo, el mundo dejó de decir “rojo” y comenzó a decir “Valentino”, como si el lenguaje hubiera aceptado que ya no eran cosas separadas.

Ese color acompañó cuerpos distintos, épocas distintas, mujeres distintas, sin perder nunca su identidad. Tal vez porque no pretendía transformarlas, sino acompañarlas. El rojo no era un disfraz: era una afirmación.

Vistió cuerpos, sí, pero sobre todo vistió momentos.

Jacqueline Kennedy, envuelta en sus líneas puras, llevaba más que elegancia: llevaba duelo, transición, vigilancia constante. Valentino entendió que su ropa no debía competir con esa carga, sino sostenerla. En sus vestidos, Jackie no parecía adornada, sino acompañada.

Audrey Hepburn, por su parte, era casi incorpórea. En ella, Valentino afinó la ligereza, el equilibrio perfecto entre presencia y retirada. No la vistió para hacerla mujer fatal ni musa inalcanzable, sino para permitirle seguir siendo ese punto exacto entre infancia y madurez, entre fragilidad y determinación.

Elizabeth Taylor era exceso, color, dramatismo. A ella no intentó contenerla: la celebró. Supo que hay cuerpos que no piden discreción, sino estructura; no silencio, sino marco. En sus vestidos, Taylor no se moderaba: se afirmaba.

Sophia Loren representaba otra cosa: la plenitud. El peso de la tradición mediterránea, la sensualidad sin culpa, la carne como territorio legítimo. Valentino no la estilizó para adelgazarla simbólicamente; la honró. Comprendió que la verdadera elegancia no reduce, sino que reconoce.

Más tarde llegarían princesas, aristócratas, actrices de nuevas generaciones, mujeres jóvenes que buscaban no tanto diferenciarse como inscribirse en una continuidad. Porque vestir Valentino era, para muchas, entrar en una genealogía. No solo de moda, sino de actitud: una forma de ocupar el mundo con serenidad.

La alta costura como resistencia

Mientras el mundo aceleraba, Valentino permanecía. Mientras la moda se fragmentaba en tendencias efímeras —una por estación, una por semana, una por pantalla— él insistía en la idea de legado. No por nostalgia, sino por convicción. Sabía que no todo debe moverse para estar vivo.

Fue llamado “el último emperador” de la alta costura, no por su poder, sino por su negativa a abdicar del oficio. En una industria que celebraba el gesto rápido, el impacto inmediato, él defendía la lentitud como forma de pensamiento. Defendía el derecho a repetir una prueba, a corregir un error, a no mostrar aquello que aún no estaba listo.

En sus talleres, la aguja seguía siendo importante. El tiempo seguía teniendo valor. Las manos —no las ideas abstractas, no los discursos— eran el centro de todo. El error no era parte del espectáculo ni del relato creativo: era algo que debía corregirse, pacientemente, hasta desaparecer.

Esa ética del trabajo, casi silenciosa, convirtió su casa en un espacio aparte, un lugar donde el calendario del mundo exterior parecía perder autoridad. Allí, la moda no era contenido: era oficio.

Hoy, pensar en Valentino es pensar en una idea de belleza que no pide disculpas por ser bella. En una elegancia que no teme parecer clásica en un mundo obsesionado con parecer nuevo. En una masculinidad creativa que comprendió —sin teorizarlo, sin explicarlo— el misterio de lo femenino sin intentar poseerlo, corregirlo ni reinterpretarlo.

 No diseñó para provocar debates, sino para crear continuidad. Y, sin embargo, esa continuidad fue profundamente subversiva. En una cultura del descarte, él apostó por la duración. En una estética del ruido, por el silencio. En una época de ironía, por la seriedad del gesto bien hecho.

Su legado no está solo en museos, exposiciones o archivos de moda. Está en la memoria emocional de quienes han visto uno de sus vestidos y han sentido —aunque no supieran explicarlo— que allí había algo más que tela: había tiempo condensado, había cuidado extremo, había una forma de amor no declarada.

Su retirada no fue un final abrupto, sino un gesto elegante. No se aferró al escenario ni prolongó la despedida. Supo irse cuando su obra ya hablaba sola, cuando el rojo seguía caminando sin necesidad de su presencia física.

Ahora que Valentino ha muerto, no queda el vacío. Queda la continuidad. Queda el rojo, atravesando décadas como una línea segura. Queda la idea de que crear no es gritar más fuerte, sino escuchar mejor. Queda la certeza de que la elegancia no es una moda, sino una forma de estar en el mundo.

Y quizá, dentro de muchos años, cuando ya nadie recuerde fechas ni nombres con precisión, alguien verá un vestido rojo —perfectamente construido, silenciosamente poderoso— y sentirá algo difícil de explicar: una calma, una gravedad, una presencia. Entonces, sin saberlo, estará mirando todavía a Valentino.

Porque algunas obras no terminan cuando su autor se va. Simplemente aprenden a caminar solas.

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MúsicaNoticias

Jorge Martínez Ilegal: Memoria de un hombre eléctrico

by Beatriz Menéndez Alonso 10/12/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

En Asturias se ha apagado una luz que parecía destinada a no oscurecerse nunca. Los trenes continúan pasando, las gaviotas siguen disputándose las esquinas del puerto, las fábricas ya oxidadas derraman silenciosamente su memoria, pero algo esencial ha cambiado: ya no está Jorge Martínez, el hombre que convirtió la furia en oficio, el sarcasmo en arma, el ruido en revelación.

Su muerte no es solo la retirada involuntaria de un músico: es la caída de un pilar secreto. Un temblor en la arquitectura del tiempo. Algo en el paisaje —visible únicamente para quienes sintieron en el pecho el impacto de sus canciones— ha perdido su equilibrio.

«La vida es un deporte de riesgo», decía él, con la placidez insolente de quien ya ha vivido demasiado. En otros sería pose; en él, diagnóstico. O quizá, sentencia.

Infancia: El descubrimiento del engaño

Nació el 1 de mayo de 1955 en Avilés, donde el humo de las fábricas se mezclaba con un legado burgués que parecía ajeno al porvenir. Creció bajo la vigilancia severa de un padre secretario judicial, en un hogar donde la disciplina pesaba lo mismo que los libros bien ordenados.

Desde niño buscó rendijas, grietas por las que fisurar la realidad. Una tarde, con apenas tres años, tocó una de las ranas de la fuente del Campo San Francisco, en Oviedo. Aquellas ranas que él creía vivas eran de metal.

«Ahí supe que el mundo estaba lleno de impostores».

Ese instante fue un bautismo: la sospecha como brújula, la ironía como herramienta, la desobediencia como método.

Nada en su adolescencia fue lineal. Internados para «niños problema», mudanzas continuas siguiendo a un padre que cambiaba de destino, un servicio militar obligatorio que endureció la carne y avivó la rabia silenciosa que más tarde sería ritmo y compás.

Aquellos años fueron una sucesión de pasillos largos, dormitorios compartidos, conversaciones clandestinas y silencios densos. Pero también fueron el terreno fértil donde germinó la pulsión musical. Escuchó por primera vez a Elvis, luego a The Beatles, después a Los Bravos, y algo en su interior hizo clic, como si una corriente eléctrica le atravesara de costado.

En alguna entrevista, alguna noche, alguna conversación perdida en bares y camerinos, Jorge dejó caer el nombre de grupos como The Blue Code, The Police, Talking Heads, The Romantics.

Y uno entiende, entonces, que su música contenía pequeños destellos de ese universo: la elegancia sintética, el pulso nocturno, las guitarras angulosas y cortantes, la estética urbana y fría; en definitiva, la melancolía rítmica que definía a la new wave. No porque él quisiera imitar nada —Jorge jamás siguió un camino que no fuera el suyo—, sino porque su antena estaba siempre afinada hacia los ruidos secretos del mundo.

Intentó estudiar Derecho. Era el camino lógico. Pero lo lógico nunca fue suficiente para él. Lo inevitable era otra cosa.

Con un «carné de circo y variedades» obtenido en los bajos del Teatro Filarmónica, Jorge se adentró en el mundo de las orquestas de la mano de Manolo Carrizo. Fue su chitlin circuit español: una sucesión de salas donde la música no era un capricho artístico, sino una batalla diaria contra el cansancio, contra el ruido de fondo, contra la indiferencia.

En esas noches itinerantes, entre humo y cables, aprendió a tocar para públicos que no siempre pedían música, pero siempre exigían verdad. Ese aprendizaje brutal, esa escuela sin afecto, fue la fragua donde se templó su carácter.

Allí, Jorge comprendió algo esencial: el escenario no es un altar, es un campo de batalla. Y él, un combatiente dispuesto.

A finales de los setenta llegó a un Gijón convulso, mezcla de crisis industrial y ebullición creativa. Bares donde la madrugada se convertía en filosofía basura, y locales de ensayo donde se horneaban pequeñas revoluciones de barrio.

Gijón lo adoptó con cautela, como se adopta a un forastero peligroso.

Y allí, en 1982, nacieron Ilegales.

No eran solo una banda: eran una declaración de guerra, un terremoto en traje de guitarras.

«Somos peligrosos y estamos armados».

«¡Tiempos nuevos, tiempos salvajes!».

Las letras eran cuchillos; las guitarras, sierras eléctricas. Y él, al frente, era un torbellino de insolencia, lucidez y precisión quirúrgica. Siempre dispuesto al combate.

Ilustración de Federico Granell

Jorge no componía canciones: esculpía artefactos explosivos. Su discografía es un mapa emocional y político de la España áspera, violenta y a veces ridícula que le tocó recorrer.

Discos emblemáticos:

• Ilegales (1982)
Su primera bandera negra. Un debut que no pidió permiso para existir: lo impuso.
«Europa ha muerto», «Problema sexual», «Heil Hitler» o «Istambul» golpearon como piedras lanzadas desde un callejón oscuro. El disco abrió una brecha: allí donde el rock español aún buscaba definiciones, Ilegales llegó para tirar la mesa entera.
No era punk, no era rock and roll antiguo, no era new wave —y era todo eso a la vez—.
Un manifiesto: crudo, incómodo, necesario.

• Agotados de esperar el fin (1984)
Más oscuro, más afilado. «¡Tiempos nuevos, tiempos salvajes!» dejó de ser solo una canción para convertirse en un eslogan generacional en un país que despertaba sin saber aún de qué.
La producción, más fría y más geométrica, deja entrever la influencia del espíritu new wave: guitarras cortantes, bajos tensos, una ciudad nocturna respirando detrás de cada nota.
Un disco que anticipa el colapso con feroz lucidez.

• Todos están muertos (1985)
Brutal, distópico, hiriente. Una radiografía del nihilismo urbano de los ochenta: callejones mojados, violencia sorda, personajes que sobreviven por pura inercia. Aquí Ilegales se vuelve más cinematográfico, más venenoso —y Jorge escribe como quien afila un bisturí—.
El disco no consuela: escupe verdad.

• Chicos pálidos para la máquina (1990)
Una obra de madurez violenta. «Regreso al sexo químicamente puro» es uno de los grandes himnos del rock español. La producción es más dura, más fría, más industrial. Hay algo mecánico, casi futurista, en la manera en que cada instrumento encaja en las canciones.

• Regreso al sexo químicamente puro (1991)
Continuación de la etapa más corrosiva del grupo. Irreverente y filosóficamente incorrecto.

• Si la muerte me mira de frente me pongo de lao (2015)
Tras años de mutaciones y resistencias, Jorge regresa con un título que ya es un testamento de actitud.
El disco destila experiencia, rabia renovada y una lucidez que solo se consigue después de sobrevivir a varias vidas dentro de una sola.

• Rebelión (2018)
La prueba de que Jorge seguía siendo dinamita pura.

• La lucha por la vida (2022)
Un álbum de revisión elegante y poderosa, cargado de colaboraciones. Aquí la banda no está sola: es un ejército de voces, guitarras y sensibilidades que se cruzan en un territorio común: el rock en español. Loquillo, Luz Casal, Iván Ferreiro, El Niño de Elche, Coque Malla, Bunbury, Evaristo Páramos, Josele Santiago, etc.

• Joven y arrogante (2024)
A los 70 años volvió con más fuerza que muchos veinteañeros. Una bofetada sonora a la complacencia y a la idea absurda de que el rock debe suavizarse con la edad.
Aquí Jorge se ríe de la vejez, de las expectativas, del mercado, del mundo entero.

La imagen de Jorge —la ceja desafiante, el cuero negro, la mueca irónica— podía llevar a engaño. Tras esa máscara había un lector voraz, un observador minucioso, un hombre capaz de unir reflexiones filosóficas con frases demoledoras tipo:
«Yo hago rock and roll para no matar a nadie».

Y aquella sentencia inmortal pronunciada en televisión, arma de doble filo que lo convirtió en mito instantáneo:
«Señora, si no le gusta mi careto… ¡cambie de canal!».

Su relación con la televisión fue un choque permanente entre su lengua afilada y el deseo de domesticarlo. Apareció en programas musicales, debates y espacios de entrevistas donde su presencia generaba un pequeño estado de excepción.

Participó en espacios culturales, actuaciones en Aplauso, colaboraciones esporádicas en debates musicales de RTVE, entrevistas en La 2 y apariciones memorables en programas de crítica social donde dejó frases que todavía circulan en cámaras de eco digitales.

Nunca se adaptó al medio: lo saboteaba suavemente, como un anarquista invitado a un baile de gala. Su sola presencia alteraba el guion, y los presentadores aprendieron que con él no había entrevista, sino duelo.

En 2017, el documental Mi vida entre las hormigas lo retrató sin filtros: Jorge aparecía filmado en su palacio de Bolgues, en Las Regueras, esa vasta y misteriosa propiedad que había heredado y transformado a su imagen y semejanza.

Entre muros antiguos y corredores interminables, caminaba como un espectro, un Nosferatu de Murnau, cuyos pasos resonaban en la madera gastada y los ventanales altos. La cámara lo seguía mientras se movía entre salas polvorientas llenas de recuerdos fragmentados: libros con páginas amarillentas, retratos enmarcados de antepasados, y extraños objetos que parecían custodiar secretos que solo él comprendía.

Su figura esbelta y silenciosa se recortaba contra la luz que se filtraba por los ventanales, creando un juego de sombras que lo hacía parecer más vampiro que hombre. A cada gesto, a cada mirada, se percibía la tensión de alguien que había vencido a su propio caos interno, que había sobrevivido a tormentas invisibles y ahora caminaba con la serenidad inquietante de quien conoce los abismos.

«No he envejecido: me he destilado».

Mientras otros músicos de su generación se diluían en la nostalgia, él persistía con una presencia indomable.

En septiembre de 2025, en plena gira, un frenazo brusco en una vida que solo conoció la velocidad.

La enfermedad lo obligó a detenerse, pero no a rendirse.

Se marchó el último titán.
El último guitarrista de su generación que seguía en activo.
El último que todavía parecía capaz de incendiar el escenario con un solo acorde.

Jorge Martínez nunca pretendió ser un santo. Tampoco un ejemplo. Caminó por la vida con la franqueza de quien sabe que cada paso puede cortar, pero aun así lo da. Había en él una mezcla rara de determinación y herida; un modo de avanzar como si el mundo fuera un suelo de cristal que, sin embargo, no lograba quebrarlo del todo.

Asturiano de raíz y tempestad, Jorge fue un creador hecho de electricidad y fiebre.
Un artesano de la oscuridad.

Su amplificador se ha apagado.
Pero la vibración permanece.

Y mientras en algún local de ensayo un adolescente pulse un acorde torcido, Jorge seguirá allí:
afilado, insurgente, brillante, eterno.

10/12/2025 0 comments
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ArteCine

El actor que convirtió el exceso en arte

by Beatriz Menéndez Alonso 28/11/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

Udo Kier ha muerto, y con él desaparece una de las presencias más singulares del cine de las últimas cinco décadas. Pero su obra —tan vasta, tan irregular, tan llena de aristas— queda vibrando como una constelación de imágenes extrañas, inolvidables. Su filmografía, que supera las doscientas películas, es un mapa donde conviven el delirio, la experimentación, la belleza torcida y la intensidad emocional. Pocos actores han habitado tantos géneros, tantas atmósferas, tantas formas de locura.

Llegó al mundo en Berlín, una ciudad herida por la guerra, y ese origen parece haber dejado en su rostro una sombra luminosa, como si hubiese aprendido desde el primer aliento que la belleza y la devastación siempre conversan. Tal vez por eso su mirada tenía esa cualidad mineral, fría y vulnerable al mismo tiempo; una mirada que parecía registrar capas de realidad que los demás pasábamos por alto.

La fidelidad del excéntrico

Siempre me ha fascinado su lealtad hacia el cine que pocos toman en serio. Kier se entregaba tanto a un melodrama de culto como a una epopeya experimental, y no porque careciera de juicio, sino porque su brújula interna apuntaba hacia lo singular. Le gustaba —lo confesó con humor helado— la atención. Pero era un narcisismo inocente, casi infantil, el deseo de existir con plenitud, de ocupar su espacio sin pedir disculpas.

En un mundo donde los actores se obsesionan con su “legado”, él prefería el juego: saber que un papel podía ser sublime o terrible, y aun así valía la pena hacerlo. Quizá por eso su filmografía vibra como un mosaico irregular: fragmentos de brillo puro junto a delirios maravillosos. Todo ello forma un retrato más honesto que cualquier carrera cuidadosamente administrada.

Sangre para Drácula (1974)

Su carrera cinematográfica comenzó en territorios turbios y fascinantes. En Mark of the Devil ya brillaba esa capacidad de habitar el horror sin hacerlo vulgar. Pero fueron Carne para Frankenstein (1973) y Sangre para Drácula (1974), producidas en la órbita de Warhol, las que revelaron al mundo ese magnetismo casi pictórico: Kier no interpretaba al monstruo, era la estética misma del exceso, una criatura que parecía surgir de un lienzo húmedo, más que de un guion. Su presencia, envuelta en una mezcla de ingenuidad y perversión, funcionaba como un espejo torcido del propio cine de la época.

A partir de allí, su rostro adquirió una condición casi mítica, un emblema del extrañamiento europeo. Rainer Werner Fassbinder lo convocó en La tercera generación, Lola y La mujer del jefe de estación. En ese tríptico —radiografías de un continente fracturado, donde el capitalismo, la violencia política y el deseo trazaban líneas invisibles— Kier se convirtió en un elemento de perturbación: un cuerpo extraño que desajustaba los encuadres, cargado de ironía silenciosa y gesto afilado. Fassbinder comprendió en él no sólo a un actor, sino a una energía, un desplazamiento continuo entre lo grotesco, lo frágil y lo sublime.

La década de los ochenta lo empujó a una forma de internacionalización peculiar. No era una estrella al uso, sino un símbolo de culto que podía aparecer en el cine de explotación italiano, en producciones independientes estadounidenses o en series de televisión europeas sin perder coherencia. Su acento nómada y su mirada de vidrio abrían puertas hacia universos que necesitaban ese toque de inestabilidad: directores como Gus Van Sant, Walerian Borowczyk o incluso Lars von Trier lo usarían como un dispositivo estético, una figura capaz de modificar la temperatura emocional de una escena con apenas un parpadeo.

Pero su carrera no se detuvo en el viejo continente. Atravesó océanos para unirse al cine independiente estadounidense: en My Own Private Idaho (1991), junto a River Phoenix y Keanu Reeves, fue una pieza clave del desamparo poético que recorre la película.

Lo extraordinario de Kier en esa película no es la brevedad de su aparición, sino la inyección de irrealidad que le da al relato. Su Hans es un personaje que parece escapado de un cabaret europeo, un gentleman desconcertante que entra en la historia con un contraste violento frente la vulnerabilidad de Mike (Phoenix). Pero lejos de romper la película, la ensancha: Kier es la prueba de que el mundo de Idaho está hecho de capas insólitas, de pliegues donde el deseo se vuelve absurdo y, a la vez, profundamente humano.

Ese papel lo convirtió en un puente entre dos sensibilidades: el barroquismo europeo y la desnudez emocional del indie noventero.

The Kingdom (1994–1997)

Udo Kier y Lars von Trier: alquimistas de lo perturbador

Si hubiera que elegir un territorio donde desplegó sus alas con mayor libertad, sería el universo de Lars von Trier.

Allí, Kier se convirtió en un talismán, un actor-fetiche, un compañero recurrente que era capaz de expresar —con un gesto mínimo— aquello que el cineasta danés buscaba: la inquietud, la fragilidad moral, la ironía cortante, el absurdo escondido en lo trágico.

La primera gran incursión fue Europa (1991), aquella película hipnótica y estilizada donde Kier encarna a un personaje que parece flotar entre la vigilia y el sueño, un hombre suspendido en una Alemania de posguerra filmada como si la memoria fuese un líquido oscuro que lo inundara todo. Su presencia, lateral pero decisiva, aporta una fragilidad inquietante, como si fuera un fantasma atrapado entre la culpa y la historia misma. Ahí está ya el sello Kier: la capacidad de jugar en los bordes de la realidad sin quebrarla.

Udo Kier en el Annie Leibovitz SUMO-Sized Book Launch Party organizado por Vanity Fair

Años después, en Breaking the Waves (1996), su actuación adquirió un tono casi teológico. Kier aparece como el líder de la comunidad religiosa que vigila, juzga y, sin necesidad de levantar la voz, hiere. Su fuerza está en la contención: una disciplina seca y rígida que convierte cada frase en una sentencia moral. En este universo de fe, sacrificio y dolor, Kier encarna el peso de la autoridad que aplasta, la moral convertida en piedra.

Su colaboración con el cineasta danés adquirió una dimensión más expansiva en The Kingdom (1994–1997), esa serie de culto ambientada en un hospital donde la realidad se fisura a cada paso. Allí interpreta a un médico obsesionado, una figura que se mueve entre la solemnidad ridícula y la angustia existencial, un personaje absurdo y serio a la vez. Él introduce un matiz imprescindible: esa extravagancia precisa que hace posible que el horror y el humor convivan sin anularse.

Kier funciona como un termómetro emocional que marca, simultáneamente, lo cómico y lo siniestro.

En Dogville (2003), von Trier despojó al cine de decorados para dejar expuestas las estructuras desnudas del comportamiento humano. La aparición de Kier, breve pero punzante, abre una grieta moral en ese pueblo de líneas dibujadas sobre el suelo. Su rostro y su gesto bastan para recordar que la violencia no solo se ejerce en actos terribles, sino también en presencias, en silencios, en pequeñas inflexiones. Kier se transforma aquí en un símbolo viviente de esa crueldad dispersa que flota en la atmósfera.

Pero es quizás en Melancholia (2011) donde su figura alcanza una resonancia definitiva dentro del universo von Trier. Kier interpreta a un organizador de bodas, un hombre que intenta imponer compostura y elegancia en medio de un cosmos emocional que se deshace. Su corrección casi caricaturesca contrasta con la gravedad del fin del mundo, y en ese contraste revela aquello que dominaba como pocos: la fragilidad de lo social cuando choca con lo íntimo, la quiebra de las formas pulidas ante la irrupción de lo inevitable.

No rehuyó el cine comercial. Lo vimos en Blade, en Ace Ventura, en videoclips (Erotica y Deeper and Deeper de Madonna, You Win, I Lose de Supertramp), proyectos donde otros actores habrían sentido la vergüenza del exceso. Kier no.

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CineMúsicaPersonajes

Venecia se disuelve en una luz enferma

by Beatriz Menéndez Alonso 04/11/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

El mar golpea apenas los muros húmedos, como si temiera derrumbarlos.
Sobre la arena del Lido, un adolescente camina hacia el horizonte, mientras un hombre maduro —ya vencido— lo observa morir en belleza. Así termina Muerte en Venecia (1971), la película con la que Luchino Visconti quiso atrapar lo que Thomas Mann había escrito medio siglo antes: la imposibilidad de poseer lo perfecto sin caer en la ruina.

Esta semana, a los setenta años, ha muerto Björn Andrésen, aquel muchacho que el mundo conoció como Tadzio, «el chico más bello del mundo». Y con él se apaga una de las imágenes más perturbadoras del siglo XX: la del ideal de belleza convertido en espejo de la muerte.

El eco de Thomas Mann

Cuando Thomas Mann escribió Der Tod in Venedig en 1912, ya intuía que la belleza era un veneno. Su protagonista, Gustav von Aschenbach, era un escritor disciplinado, rígido, casi ascético. Viaja a Venecia buscando descanso, y allí lo encuentra a él: un joven polaco de rostro angelical y graciosamente reservado, la nariz rectilínea, la boca adorable… Tadzio, cuya sola presencia lo empuja a una pasión silenciosa y mortal.

Nada sucede entre ambos —ni palabras ni contacto—, pero todo arde. Mann no narra un amor, sino una contemplación extrema, un deseo sublimado hasta la fiebre. En Aschenbach conviven el orden apolíneo del artista con el desbordamiento dionisíaco del deseo. Su enfermedad moral y física es la metáfora de Europa, de un siglo que presiente su decadencia.

Tadzio es más que un muchacho: es la idea platónica de la belleza, un reflejo de la forma pura que condena a quien la mira. En la novela, la epidemia de cólera que azota Venecia es el síntoma de una corrupción más profunda: la del alma que se atreve a desear lo que debería permanecer intocable.

Mann, con su ironía helada, nos enseña que el arte —ese intento de fijar lo efímero— puede ser un acto de orgullo, incluso de soberbia. Quien aspira a lo perfecto desafía la naturaleza. Y la naturaleza, tarde o temprano, responde con la muerte.

Visconti, gran artífice de atmósferas, llega al texto de Mann con una sensibilidad voluptuosa y una ambición visual tan enorme como la novela lo demanda. Su película, Death in Venice (1971), adapta el relato al cine con algunos cambios: el Aschenbach de Visconti es compositor, no escritor, aludiendo de un modo más nítido al mundo musical de la melancolía —en alusión quizá a Gustav Mahler— que ya estaba presente en la novela.

Las aguas de Venecia, los salones dorados, el Lido… todo deviene símbolo. La cámara contempla al joven Tadzio (interpretado por Andrésen) en su blancura febril, lo rodea de luz y de sudor, lo fija en cámara lenta, como un objeto de museo que se revela. Algunos críticos han señalado que, en la traducción cinematográfica, Visconti reduce la ambigüedad de Mann: el deseo del viejo hacia el joven se vuelve más explícito, la posesión más evidente.

Pero esa densidad es también su fuerza: Visconti no teme al peligro de mostrar lo prohibido, al estatismo de la belleza, al pecado de la contemplación. La música, los encuadres, la languidez de la cámara, todo conspira para que el espectador se sienta ese adulto que observa desde el otro lado del vaso. Lo que la novela mantenía en el pensamiento, la película lo convierte en imagen.

Y entonces aparece Björn Andrésen. Tenía apenas quince años. Su rostro, descubierto en un casting sueco, parecía esculpido en mármol y a punto de quebrarse. Visconti lo maquilló, lo peinó, lo vistió de blanco. Lo colocó frente a Dirk Bogarde, y el resto es historia: el mito de Tadzio nacía no en la ficción, sino en la mirada que lo convertía en objeto.

La cámara lo ama con devoción religiosa. Lo filma entre rayos de sol, reflejos de agua, notas de Mahler. Y mientras Aschenbach se derrumba en la playa, Tadzio se adentra en el mar. El artista muere, el ideal continúa. La forma vence al cuerpo.

Pero Visconti sabía que esa victoria era una trampa. En su lente, la belleza está siempre a punto de pudrirse. Lo bello, para él, es un lujo condenado a la decadencia. Muerte en Venecia es, más que una historia, un réquiem por la pureza.

Björn Andrésen y el precio de un mito

Después del estreno, el joven actor fue arrastrado a una fama que nunca pidió. Visconti lo exhibió como trofeo: lo llevó a Cannes, lo presentó en fiestas, lo mostró ante un público que lo adoraba con una mezcla de deseo y devoción. Tenía quince años y ya cargaba con un título que no se puede sostener: «el chico más bello del mundo».

Andrésen se convirtió en símbolo de algo que el mundo necesitaba —la belleza absoluta—, pero que ninguna persona real podía habitar. Con el tiempo, esa imagen lo persiguió. En entrevistas confesó sentirse «como un trozo de carne lanzado a los lobos». Nunca pudo escapar del espectro de Tadzio.

Décadas después, en el documental homónimo de 2021, se observa el rastro de aquel adolescente que se había vuelto mito: un hombre melancólico, ensombrecido por su propio reflejo. En su mirada hay una especie de fatiga sagrada, la de quien ha visto de cerca cómo la adoración se convierte en jaula.

Björn Andrésen no murió en Venecia, pero Venecia nunca lo soltó. Su vida entera fue un eco del personaje que encarnó: alguien que, sin buscarlo, representó el límite entre la contemplación y la destrucción.

En el fondo, «Muerte en Venecia» —la novela, la película— es una reflexión sobre la mirada. ¿Qué ocurre cuando observamos algo demasiado bello? ¿Qué sucede cuando esa belleza no nos pertenece, cuando solo podemos venerarla a distancia?

Aschenbach mira a Tadzio con la intensidad del artista que busca sentido. No hay contacto, pero hay posesión: la mirada transforma al otro en idea. Lo convierte en símbolo, en obra. El joven deja de ser persona y se vuelve reflejo de una obsesión.

Eso mismo le ocurrió a Andrésen. El mundo lo miró hasta borrarlo. Cada espectador de Visconti se convirtió en un nuevo Aschenbach, fascinado y culpable. Su imagen sigue flotando en la memoria colectiva como un recordatorio incómodo: cuando idealizamos la belleza, la matamos.

El cine —esa máquina de mirar— convierte en eterno lo que en la vida solo dura un instante. Pero esa eternidad es una falsificación. La cámara inmortaliza, sí, pero también petrifica.

La poética del ocaso

Virginia Woolf escribió que «la belleza del mundo tiene dos filos: uno de risa, otro de angustia, cortando el corazón en dos». «Muerte en Venecia» encarna exactamente eso: la alegría de ver y el dolor de saber que todo se perderá.

Visconti construyó su película como una sinfonía de atardeceres. Cada plano parece bañado en el oro del fin del día, esa hora en que lo bello se confunde con lo muerto. Las sombras avanzan sobre el Lido, los turistas abandonan el balneario y la peste —esa metáfora de lo inevitable— se propaga con discreción.

Aschenbach, enfermo, tiñe su cabello, pinta sus labios, intenta recuperar una juventud que no le pertenece. En una de las escenas finales, su maquillaje se derrite bajo el sol. Su rostro, máscara agrietada, es el rostro de Europa, de un arte que se deshace bajo su propio artificio.

Tadzio, en cambio, sigue caminando hacia el mar, ajeno, luminoso, eterno. Su figura, levantando un brazo hacia el horizonte, es la última visión del artista moribundo. La belleza se aleja y el hombre muere.

Ningún lugar podía ser más adecuado para esta historia. Venecia es la ciudad de la apariencia, del esplendor que se hunde lentamente en el agua. Cada canal refleja una fachada que oculta su podredumbre. Allí todo es máscara, eco, humedad.

Mann la describió como «una ciudad que flota entre el sueño y la descomposición». Visconti, que la amaba, la filmó con la mirada de quien asiste a un funeral. Sus palacios brillan, pero detrás de sus muros se esconde la peste.

Venecia es el espejo del alma de Aschenbach: una superficie resplandeciente bajo la cual se pudre la carne. También lo fue para Andrésen: un escenario que lo convirtió en imagen para siempre, atrapado entre el mármol y la sal.

Hoy, con la muerte de Björn Andrésen, la historia parece cerrarse como un círculo perfecto. Tadzio vuelve al mar y la mirada de Aschenbach —la nuestra— se queda en la orilla.

Su partida nos recuerda algo que el siglo XXI tiende a olvidar: que la belleza no se posee, se contempla. Que lo efímero vale precisamente porque muere. Que convertir a alguien en ideal es arrancarle la humanidad.

En una época obsesionada con la imagen, con la juventud perpetua, con los filtros que disimulan el paso del tiempo, «Muerte en Venecia» resuena como advertencia. Visconti y Mann lo entendieron: la belleza absoluta es una forma del abismo.

Björn Andrésen, en su inocencia, encarnó ese abismo con una pureza que hoy resulta insoportable. No fue solo actor: fue símbolo, sacrificio, espejo de un deseo colectivo.

Quizás el arte consista en aprender a mirar sin destruir. En aceptar la fugacidad como parte de lo sagrado. Aschenbach no pudo hacerlo; nosotros seguimos intentándolo.

En su silla de playa, el artista muere mientras Tadzio levanta el brazo hacia el horizonte. Esa imagen —que durante décadas se confundió con el rostro mismo de la belleza— es también una despedida. Una forma de decir: lo bello no es lo eterno, sino lo que está a punto de desaparecer.

Björn Andrésen se ha ido, pero su figura seguirá flotando entre las aguas del Lido, en ese instante suspendido donde el deseo y la muerte se tocan.

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PensamientoPersonajes

La ciencia de la ternura: homenaje a Jane Goodall

by Beatriz Menéndez Alonso 23/10/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

En la historia de la ciencia moderna, pocas figuras han irradiado tanta humanidad como Jane Goodall, quien ha fallecido recientemente a los 91 años. Su nombre no solo está ligado al estudio de los chimpancés, sino también a una forma de mirar el mundo que devolvió a la ciencia su pulso más elemental: el del respeto. Cuando llegó a las selvas de Gombe, en Tanzania, con apenas una libreta y unos prismáticos, el planeta era otro. Las mujeres no encabezaban expediciones científicas. Y, sin embargo, fue precisamente esa mirada femenina, libre de arrogancia y de jerarquías, la que transformó para siempre nuestra comprensión del reino animal.

Goodall no tenía una formación académica tradicional cuando comenzó su investigación. Era una joven británica que había soñado, desde la infancia, con África. Criada en Bournemouth, en una familia de clase media, creció con la curiosidad de quien observa con detenimiento lo minúsculo: las lombrices, los insectos, las aves que visitaban su jardín. Fue su madre, Vanne, quien alentó esa fascinación temprana, en un tiempo en que a las niñas se les pedía más recato que preguntas. «Si quieres algo con suficiente intensidad, trabaja duro y nunca te rindas», le dijo. Aquella frase se convertiría en su brújula moral.

Su vida cambió radicalmente cuando conoció al paleontólogo Louis Leakey, quien reconoció de inmediato en ella una inteligencia intuitiva, una mezcla de sensibilidad y perseverancia poco común. Leakey la eligió para iniciar una investigación sin precedentes en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania, donde observaría el comportamiento de los chimpancés en libertad. Tenía apenas 26 años y ninguna formación académica en etología, lo que provocó escepticismo entre sus colegas. Sin embargo, su metodología —basada en la paciencia, la observación directa y la empatía— transformó la disciplina para siempre.

Leakey no tardó en expandir su visión, enviando a otras dos mujeres a distintos rincones del planeta: Dian Fossey, a Ruanda, para estudiar gorilas, y Biruté Galdikas, a Borneo, para convivir con orangutanes. El trío sería conocido como los ángeles de Leakey. Tres mujeres distintas, unidas por una misma misión: comprender la inteligencia, la emoción y la estructura social de los grandes simios.

Entre ellas nació una amistad compleja, tejida por la admiración mutua y las diferencias de carácter. Goodall, más diplomática y tranquila, hallaba desde el diálogo y la educación como una vía de cambio; Fossey, apasionada y combativa, eligió el enfrentamiento directo contra los cazadores furtivos; y Galdikas, silenciosa y metódica, se internó en los pantanos de Borneo con la paciencia de quien se disuelve en la selva. Jane mantuvo con ambas una correspondencia constante. Se admiraban, se aconsejaban, se sostenían desde la distancia.

Su relación con Biruté Galdikas, en particular, fue duradera y profundamente respetuosa. Ambas compartían una comprensión íntima del vínculo entre la observación científica y el compromiso ético. Jane la consideraba «una hermana espiritual de la selva», y Galdikas, en más de una entrevista, ha dicho que Goodall fue su guía, la persona que le mostró cómo la compasión podía ser también una herramienta científica. Las unía el mismo credo: que para conocer de verdad a los animales había que compartir su mundo, su ritmo, su silencio. Cuando se reencontraban en congresos o foros ambientales, hablaban menos de teoría que de memoria: de cómo los chimpancés o los orangutanes las habían transformado, volviéndolas más humanas.

Ilustración de Federico Granell

En Gombe, Goodall fue recibida con escepticismo por la comunidad científica. Era mujer, joven, sin doctorado, y se atrevía a afirmar que los chimpancés no eran solo sujetos de estudio, sino individuos con emociones, relaciones y una cultura propia. En 1960, cuando observó por primera vez a un chimpancé llamado David Greybeard fabricar y utilizar herramientas, la frontera entre lo humano y lo animal se desplomó. El hallazgo fue un terremoto intelectual: hasta entonces se creía que la capacidad de crear herramientas definía la humanidad. Jane demostró que no. Pero más allá del impacto científico, su método era revolucionario porque introducía un componente moral. No numeraba a los chimpancés: los nombraba. Les hablaba, los escuchaba, los comprendía.

En esos años, Goodall mantuvo correspondencia constante con Dian Fossey, la zoóloga que estudiaba los gorilas de montaña en Ruanda. Aunque trabajaban a miles de kilómetros de distancia y sus animales eran distintos, compartían algo esencial: la convicción de que la observación debía partir del respeto. Se admiraban mutuamente, aunque sus temperamentos fueran opuestos. Fossey era vehemente, combativa, a veces colérica; Goodall, en cambio, irradiaba una calma inquebrantable. Donde Fossey veía una lucha abierta contra los cazadores furtivos, Jane proponía educación, diplomacia y empatía. Sin embargo, entre ambas hubo una correspondencia intensa, casi fraternal. Cuando Fossey fue asesinada en 1985, Jane lo sintió como una herida personal. «Dian fue más valiente de lo que muchos podrían soportar ser», declaró entonces. Su muerte reforzó en Jane la certeza de que proteger la naturaleza no era una tarea romántica, sino un riesgo real.

Años más tarde, el cine inmortalizaría esa otra parte de la historia en Gorilas en la niebla, la película protagonizada por Sigourney Weaver, que rindió homenaje a Fossey y, de alguna manera, a toda una generación de mujeres que desafiaron el orden establecido. Jane asistió al estreno con discreción, sin ocupar el centro del foco, pero su presencia simbolizaba algo más grande: el triunfo de la compasión sobre el prejuicio.

Mientras tanto, su propia vida continuaba ligada a los bosques y a la defensa de los animales. En 1977 fundó el Instituto Jane Goodall, desde el cual impulsó proyectos de conservación y educación en más de cien países. De allí surgió Roots & Shoots («Raíces y brotes»), su programa más querido, destinado a que los jóvenes aprendieran a cuidar su entorno con pequeñas acciones cotidianas. La idea era sencilla y revolucionaria: el cambio empieza desde abajo, desde las raíces. «Cada persona importa, cada acción cuenta», repetía en sus charlas, convertida ya en una figura global.

Pese a su creciente fama, Goodall conservó una humildad que desconcertaba a los periodistas. En cada entrevista insistía en hablar de los chimpancés antes que de sí misma. Su tono nunca fue dogmático. Podía hablar de ética, de biología o de espiritualidad sin perder la serenidad ni el sentido del humor. Su forma de comunicarse —clara, suave, pero cargada de convicción— la convirtió en una oradora magnética. Incluso en sus últimos años, cuando la fragilidad física comenzaba a notarse, su voz seguía siendo firme, llena de un tipo de autoridad que no nace del poder, sino de la coherencia.

Su vida personal fue tan discreta como apasionante. En 1964 se casó con el fotógrafo holandés Hugo van Lawick, quien trabajaba para National Geographic documentando su trabajo en Gombe. De su unión nació su único hijo, Hugo Eric Louis, conocido cariñosamente como Grub. La pareja se separó en 1974, pero mantuvo una relación amistosa hasta la muerte de él, en 2002. Jane volvió a casarse brevemente con Derek Bryceson, político tanzano y director de parques nacionales, quien falleció poco después, víctima de cáncer. A pesar de las pérdidas, Jane nunca abandonó su vocación. Su vida, marcada por la soledad y la entrega, fue una cadena de renuncias personales en nombre de un compromiso mayor.

A lo largo de su carrera, Goodall recibió innumerables reconocimientos: el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales (hoy Princesa de Asturias), el título de Dama del Imperio Británico y la Medalla Presidencial de la Libertad, entre muchos otros. Sin embargo, ella nunca permitió que las distinciones opacaran la causa. Cuando recibió el premio en Oviedo, en 2021, dedicó su discurso «a los chimpancés que me enseñaron la humildad y el valor de escuchar». La ovación fue larga, pero Jane sonrió apenas, como si toda la gloria del mundo fuera menor que el sonido del bosque al amanecer.

En sus últimos años, su rostro se volvió familiar en documentales, conferencias y entrevistas. Su figura —delgada, de cabello blanco recogido, mirada luminosa— se convirtió en símbolo de una sabiduría serena, de una espiritualidad laica que unía ciencia y compasión. Le gustaba recordar que el ser humano no está por encima del resto de los seres vivos, sino dentro de un tejido común. «No somos los amos del planeta —decía—, somos sus guardianes temporales». Esa frase, sencilla y profunda, resume una ética que hoy resulta más urgente que nunca.

Jane Goodall no fue una científica en el sentido convencional. Fue, más bien, una mediadora entre mundos: el de la selva y el de la civilización, el del instinto y el de la razón, el de lo humano y lo animal. En un siglo marcado por la explotación del planeta, su ejemplo encarna una forma distinta de conocimiento: la que nace de la observación, del respeto y del silencio.

Hoy, cuando los bosques se reducen y las especies desaparecen a un ritmo vertiginoso, su legado se agiganta. No solo nos enseñó a comprender a los chimpancés, sino a comprendernos a nosotros mismos. Su historia es, en el fondo, una parábola sobre la posibilidad de reconciliación: entre la ciencia y la emoción, entre la humanidad y la naturaleza, entre la curiosidad y la ternura.

En una de sus últimas entrevistas, le preguntaron qué consejo daría a quienes quisieran seguir su camino. Respondió sin vacilar:
«Empiecen por mirar a su alrededor. El cambio comienza cuando uno decide cuidar lo que tiene cerca».

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