El cine español ha perdido en apenas unos días a dos intérpretes clave de generaciones distintas. El 24 de agosto falleció Verónica Echegui, a los 42 años, y el 27 lo hizo Eusebio Poncela, a los 79.

Echegui irrumpió en 2006 con Yo soy la Juani, de Bigas Luna, y rápidamente se consolidó como una de las actrices más versátiles de su tiempo. A lo largo de casi dos décadas trabajó con directoras como Icíar Bollaín (Katmandú), Gracia Querejeta (7 mesas de billar francés) o Isabel Coixet (Nadie quiere la noche), y sumó varias nominaciones a los premios Goya. Su interés por dirigir se plasmó en el corto Tótem Loba, galardonado con el Goya en 2022. Su muerte ha provocado un fuerte impacto en el sector, que la veía ya como una figura con proyección internacional y con un futuro sólido detrás de las cámaras.
Tres días después, el cine se despedía de Eusebio Poncela. Actor fundamental de la transición cultural, su rostro quedó asociado a películas que marcaron época, como Arrebato, de Iván Zulueta, y La ley del deseo, de Pedro Almodóvar. A lo largo de su carrera combinó cine, teatro y televisión, siempre con papeles que desafiaban los límites convencionales de la interpretación. Su nombre es inseparable de una etapa en la que el cine español se abrió a nuevas formas de narrar y a una libertad creativa inédita hasta entonces.
La muerte casi simultánea de Echegui y Poncela ha sido recibida con homenajes de la Academia de Cine, compañeros de profesión y representantes políticos. Más allá de la tristeza compartida, el contraste entre ambos trayectos subraya la magnitud de la pérdida: una actriz en pleno desarrollo creativo y un actor que ayudó a transformar la historia de nuestro cine.