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tradición

EventosPersonajes

El peso del manto blanco

by Uve Magazine 21/04/2025
written by Uve Magazine

La historia del papado es, en muchos sentidos, un espejo de la historia de Europa. Desde sus orígenes en la clandestinidad cristiana hasta su consolidación como una de las instituciones más longevas y simbólicas de Occidente, el papado ha atravesado imperios, guerras, reformas y revoluciones, resistiendo el paso del tiempo con una capacidad de adaptación sorprendente. Su legado, a menudo envuelto en solemnidad litúrgica, está hecho también de episodios profundamente humanos, con todo lo que ello implica: convicciones y dudas, luces y sombras, grandeza y decadencia. La figura del Papa ha sido mártir, teólogo, estadista, reformador, diplomático, objeto de veneración y, en algunos casos, también de polémica. No hay otra institución que haya concentrado durante tanto tiempo tanto poder simbólico y, a la vez, tantas tensiones con el mundo que pretendía guiar.

Cristo entrega a Pedro las llaves del reino de los cielos (Fresco de la Capilla Sixtina, 1480-1482), Pietro Perugino

El recorrido comienza con San Pedro, considerado el primer Papa, figura apostólica y mártir bajo la persecución de Nerón. En los siglos posteriores, los obispos de Roma fueron líderes espirituales de comunidades perseguidas, sin autoridad formal ni poder político. Aquel cristianismo primitivo era una red frágil de creyentes dispersos, un movimiento más que una estructura, y sus líderes eran, ante todo, testigos de la fe. Fue a partir del siglo IV, tras la legalización del cristianismo por parte del emperador Constantino, cuando la Iglesia se transformó en una institución reconocida y su jerarquía comenzó a cobrar peso dentro del entramado imperial. Con la caída de Roma en el año 476, el obispo de la ciudad —el Papa— pasó a ocupar un lugar central en el vacío de poder que dejó la desaparición de las estructuras civiles. La figura papal, entonces, comenzó a desempeñar un papel que no se limitaba al ámbito espiritual: asumió responsabilidades diplomáticas, jurídicas e incluso administrativas. Uno de los primeros hitos en esta evolución fue el célebre encuentro del Papa León I con Atila en el año 452, cuando el pontífice logró disuadir al líder huno de invadir Roma. Más allá del relato legendario, aquel episodio simboliza el paso del Papa de líder religioso a figura política de alcance continental.

Durante la Edad Media, esa autoridad se expandió notablemente. Los Papas no sólo encabezaban la Iglesia: también ejercían poder sobre territorios concretos —los Estados Pontificios— y sobre reyes, nobles y emperadores. Su palabra podía resolver disputas, validar coronaciones, iniciar guerras o establecer treguas. Fue en este periodo cuando la institución papal adquirió su configuración ceremonial, doctrinal y simbólica, desarrollando un aparato litúrgico, jurídico y visual que reforzaba su centralidad. Papas como Gregorio VII, en el siglo XI, encarnaron el ideal de una supremacía espiritual sobre los poderes temporales. Su enfrentamiento con el emperador Enrique IV, en la llamada Querella de las Investiduras, ilustra el grado de autoridad que el papado reclamaba: no sólo para regir la vida eclesial, sino para interferir en las decisiones de los soberanos europeos. Del mismo modo, Inocencio III, en el siglo XIII, llevó el poder papal a su punto más alto, afirmando que el Papa era menor que Dios, pero superior a cualquier otra autoridad terrenal.

Retrato de León X de Rafael, c. 1519

Sin embargo, esa misma centralidad atrajo también los males del poder. El papado medieval no fue ajeno a las luchas de influencia, el nepotismo y las rivalidades políticas. En determinados periodos, especialmente en el siglo X, el trono de San Pedro se convirtió en moneda de cambio entre familias aristocráticas, dando lugar a una sucesión de pontífices breves, muchos de ellos carentes de formación o carisma, nombrados por conveniencia más que por virtud. Este periodo, a menudo llamado el “siglo de hierro” del papado, dejó una huella profunda en la percepción pública de la institución, que comenzaba a oscilar entre el respeto sagrado y la sospecha de corrupción. La situación se agravó con el llamado Cisma de Occidente en el siglo XIV. Tras un largo periodo en que los Papas residieron en Aviñón, bajo la influencia de la corona francesa, surgieron simultáneamente varios reclamantes al papado: uno en Roma, otro en Aviñón y, finalmente, un tercero en Pisa. La división fue tal que diferentes países y diócesis se alinearon con distintos pontífices. Durante décadas, la cristiandad occidental vivió un desconcierto doctrinal e institucional que socavó de manera profunda la autoridad papal. Fue en este contexto de desgaste cuando estalló la Reforma protestante, uno de los mayores desafíos a la unidad de la Iglesia y, por tanto, al papado. Las críticas de Martín Lutero a la venta de indulgencias y a la corrupción de la curia romana encontraron eco en numerosos sectores descontentos con la deriva institucional. El Papa León X, más preocupado por las obras del Vaticano que por el descontento doctrinal, subestimó el alcance de aquellas denuncias. La ruptura con Roma supuso no sólo una fragmentación del cristianismo europeo, sino también una redefinición del papel del Papa: de líder universal pasó a ser, en muchos territorios, una figura cuestionada e incluso rechazada. La respuesta de la Iglesia fue el Concilio de Trento, que reafirmó el dogma, reformó parte de la disciplina interna y fortaleció el centralismo papal como forma de resistir el avance protestante. A partir de entonces, la figura del Papa se asoció cada vez más a la defensa de la ortodoxia, la vigilancia doctrinal y el control sobre los obispos. La fundación de la Compañía de Jesús y la acción del Santo Oficio fueron dos pilares de esta Contrarreforma, en la que Roma recuperó parte de su influencia pero al precio de una rigidez que limitaría su capacidad de adaptación futura.

Pío XI, Fotografiado por Nicola Perscheid, 1922

En los siglos siguientes, la Iglesia se mantuvo como una gran potencia espiritual, pero el mundo a su alrededor cambió de manera radical. Con la Ilustración, la Revolución francesa y el surgimiento del liberalismo, el poder político del papado se redujo drásticamente. A mediados del siglo XIX, los Estados Pontificios eran ya una anomalía en un continente que caminaba hacia la secularización y la unidad nacional. La unificación italiana, impulsada por Garibaldi y otros líderes, culminó en 1870 con la incorporación de Roma al nuevo Estado italiano. Ese mismo año, el Concilio Vaticano I proclamó el dogma de la infalibilidad papal en materia de fe y moral, una afirmación de autoridad que contrastaba con la pérdida territorial del Papa, convertido a partir de entonces en “prisionero del Vaticano”. Durante casi sesenta años, los Papas se negaron a reconocer la soberanía italiana sobre Roma. La situación cambió en 1929, cuando los Pactos de Letrán, firmados entre Pío XI y Benito Mussolini, reconocieron al Vaticano como Estado independiente. Nacía así una nueva etapa para el papado: sin ejércitos ni tierras, pero con un enorme peso simbólico y una proyección internacional cada vez mayor.

El siglo XX marcó una transformación notable en el modo en que el Papa se relacionaba con el mundo. Con el Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII en 1959, la Iglesia se abrió al diálogo con la modernidad: se reformó la liturgia, se reconoció la libertad religiosa, se impulsó una visión más pastoral y menos condenatoria del cristianismo. Pablo VI continuó esta línea, convirtiéndose en el primer Papa en viajar por el mundo de forma regular. Pero fue Juan Pablo II quien encarnó con más fuerza este nuevo papado global. Primer pontífice no italiano en siglos, su carisma, su papel en la caída del comunismo y su capacidad comunicativa lo convirtieron en una figura de alcance mundial. Sus numerosos viajes, discursos ante organismos internacionales y relación con los medios de comunicación redefinieron la imagen del Papa como líder espiritual de una humanidad interconectada. Sin embargo, su pontificado también fue objeto de críticas por su enfoque doctrinal rígido en temas como la sexualidad, el papel de la mujer en la Iglesia o la respuesta a los abusos cometidos por miembros del clero.

Su sucesor, Benedicto XVI, teólogo de gran profundidad, adoptó un tono más reservado. Su renuncia en 2013 fue un hecho histórico: no se recordaba una dimisión papal desde hacía siglos. Este gesto abrió la puerta a un nuevo tipo de pontificado. Francisco, primer Papa latinoamericano, jesuita, ha imprimido un estilo pastoral, cercano y preocupado por los márgenes sociales. Ha centrado su discurso en la justicia, la ecología, la pobreza y el diálogo interreligioso. Su pontificado ha generado entusiasmo y también tensiones, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Representa, en muchos sentidos, la complejidad del siglo XXI: un mundo fragmentado, necesitado de referencias morales pero cada vez más escéptico ante las autoridades tradicionales.

La muerte del Papa Francisco, ocurrida hoy en el Vaticano, marca el fin de una etapa particularmente significativa de ese largo diálogo.  Su figura será recordada no sólo por sus gestos de cercanía, sus discursos en defensa de la dignidad humana o su compromiso con la justicia social y la ecología, sino también por haber mantenido viva la tensión entre tradición y renovación que ha definido al papado desde sus orígenes. Con su fallecimiento, se cierra un capítulo esencial en la historia de una institución que, desde hace dos mil años, se reinventa sin cesar en el corazón del tiempo.

21/04/2025 0 comments
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PersonajesSin categoría

El curioso origen del Conejo de Pascua

by Clara Belmonte 09/04/2025
written by Clara Belmonte

Del mito primaveral al chocolate: la historia del Conejo de Pascua.

Con la llegada de la primavera y sus primeros brotes, reaparece también un personaje inesperado rodeado de cestas, huevos pintados y chocolates vuelve el Conejito de Pascua. Lo encontramos en forma de chocolate, en ilustraciones infantiles, en juegos de búsqueda de huevos e incluso como motivo decorativo en escaparates y mesas. Sin embargo, por más familiar que resulte su imagen, pocos conocen el origen de este curioso personaje que, con canasta en mano y una energía incansable, esconde huevos y dulces en una celebración que, detrás de su apariencia inocente, guarda siglos de historia

Aunque hoy lo asociamos sobre todo con lo infantil, lo comercial o incluso lo decorativo, el Conejo de Pascua tiene raíces antiguas y sorprendentes. Su historia es, como muchas costumbres populares, una mezcla de creencias precristianas, adaptaciones religiosas, migraciones culturales y mucha inventiva.

Para entender su origen, conviene viajar a las antiguas celebraciones paganas de la primavera, mucho antes de que existiera la festividad cristiana de la Pascua. En las culturas del norte de Europa, la llegada de esta estación era motivo de fiesta. Tras el invierno, los días comenzaban a alargarse, la tierra se volvía fértil de nuevo y aparecían los primeros brotes verdes. No es extraño que la fertilidad fuese uno de los temas centrales de estos festejos. Una de las divinidades asociadas a la primavera era la diosa Ostara (o Eostre), figura de la mitología germánica. Su nombre está relacionado etimológicamente con la palabra inglesa Easter, que designa la Pascua. Ostara estaba vinculada con el renacimiento de la naturaleza, la luz y la fertilidad, y entre sus símbolos animales se encontraba la liebre, un animal muy activo en época de reproducción y, por tanto, símbolo de fecundidad. Según la leyenda, Ostara convirtió un ave herida en liebre para salvarla del frío. Como agradecimiento, la liebre comenzó a poner huevos decorados como ofrenda a la diosa. Aunque no se trata de una historia documentada en fuentes antiguas, su difusión moderna ha contribuido a reforzar la conexión entre el conejo y los huevos, que ya estaba presente de forma dispersa en diversas tradiciones europeas.

La transformación del símbolo en una costumbre reconocible se produjo en Alemania durante el siglo XVII. Allí se hablaba del Osterhase o liebre de Pascua, una criatura que, según el folclore, ponía huevos de colores y los escondía en los jardines para que los niños los encontraran. Pero no todos podían recibir ese regalo: solo los pequeños que se habían portado bien durante el año eran dignos de la visita del Osterhase. De este modo, el conejo pasaba también a desempeñar un papel moralizador, no muy distinto del que tendría más tarde Santa Claus.

Aunque pueda parecer extraño que un conejo reparta huevos —cuando ni siquiera los pone—, la relación entre ambos elementos tiene sentido si se piensa en lo que representan. El huevo ha sido desde tiempos antiguos un símbolo poderoso de la vida en potencia, de la renovación constante. Para muchas culturas, romper el cascarón equivalía a romper con el ciclo anterior y dar paso a algo nuevo. El cristianismo retomó esta imagen como símbolo de la resurrección de Cristo: del sepulcro cerrado al milagro de la vida restaurada. Durante la Edad Media, era habitual guardar huevos durante la Cuaresma —periodo en que su consumo estaba prohibido— y luego cocerlos, decorarlos y ofrecerlos como parte de la celebración pascual.

Esta coincidencia de significados permitió que la tradición se integrara sin demasiado conflicto. La Pascua cristiana y las festividades paganas primaverales compartían una misma intuición: la necesidad de celebrar el regreso de la vida. El conejo, como animal fértil, veloz y simbólico, y el huevo, como contenedor de promesas, se unieron en una costumbre que fue ganando complejidad con el tiempo. Ya en la época victoriana, los huevos de chocolate comenzaron a fabricarse industrialmente en Europa, y la imagen del Conejito de Pascua empezó a difundirse también como producto decorativo y comercial.

Con la llegada del siglo XX y la expansión de la cultura visual, el Conejo de Pascua se consolidó como una figura internacional. Las marcas de chocolate lo convirtieron en uno de sus personajes estrella, apareciendo en anuncios, empaques y campañas cada vez más elaboradas. En algunos países, como Estados Unidos, Canadá o Australia, se organizan grandes eventos para buscar huevos escondidos en jardines o parques, mientras que en otros la costumbre se ha limitado a lo doméstico o lo escolar. En lugares de tradición ortodoxa, la Pascua mantiene un carácter más solemne, aunque los huevos decorados siguen estando muy presentes.

El Conejito de Pascua, tal como lo conocemos hoy, es entonces una criatura mestiza, nacida del cruce entre mitos antiguos, adaptaciones religiosas, prácticas migratorias y creatividad comercial. Su figura puede parecer ingenua, pero funciona como un recordatorio alegre de que las culturas son procesos vivos, que evolucionan, se transforman y encuentran nuevas formas de expresarse. No es solo un símbolo infantil ni un reclamo comercial. Es también, a su manera, una herencia compartida. Un pequeño animalito que, en plena explosión primaveral, sigue trayendo consigo —aunque sea escondido entre papeles de colores— un mensaje antiguo: la vida se renueva, la tierra despierta, y siempre hay algo por descubrir.

09/04/2025 0 comments
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EventosLiteratura

Madrid y Nueva York en la Feria del Libro 2025

by Uve Magazine 19/01/2025
written by Uve Magazine

La Feria del Libro de Madrid 2025 ha elegido a la ilustradora argentina Coni Curi para diseñar el cartel oficial de su 84.ª edición, un encargo que une las culturas de Madrid y Nueva York, tema central de este año. Inspirada por el diseño gráfico estadounidense de las décadas de 1920 a 1940, la artista aportará su estilo único, al que denomina NeoNostalgia, para reflejar la conexión entre estas dos icónicas ciudades.

La directora de la Feria, Eva Orúe, explicó que la elección de Curi se debió a su capacidad para evocar la gráfica vintage y reinterpretarla desde una perspectiva contemporánea: “Su estilo nos parecía perfecto para esta colaboración. Estamos seguros de que hará justicia a los imaginarios de Nueva York que todos llevamos dentro, sin desconectarse del presente”. Ambas ciudades comparten una rica diversidad cultural y social, plasmada en sus paisajes, su historia migratoria y su vibrante vida literaria. Espacios como Central Park y El Retiro, este último sede de la Feria, representan los puentes que inspirarán el diseño del cartel.

Para Coni Curi, este proyecto es un sueño hecho realidad. “Como fanática de la literatura, como artista, como migrante y como enamorada de las calles de Madrid, me pareció increíble que me eligieran. Al principio sentí miedo por el desafío, pero estoy emocionada de ver mi trabajo paseándose por toda la Feria al ritmo de la gente y los libros”. La artista imagina esta edición como un punto de encuentro entre Madrid y Nueva York, dos ciudades que, aunque distintas en paisaje y ritmo, han sido escenarios de innumerables ficciones literarias y cinematográficas.

El diseño definitivo del cartel, que promete reflejar esta relación transatlántica a través del característico uso de colores vibrantes y referencias nostálgicas de Curi, se desvelará en abril, a pocas semanas del inicio de la Feria. Mientras tanto, la ilustradora se prepara para su primera visita al evento, que añade un toque especial a su participación.

Coni Curi, nacida en Buenos Aires en 1993 y residente en Valencia, ha desarrollado un estilo único que combina pasado y presente. Su fascinación por los catálogos antiguos, los envoltorios de frutas, las cajas de fósforos y la porcelana decorativa se refleja en proyectos como el Tarot de la Fuerza o el Sacred Sisterhood Tarot. Este enfoque le ha permitido crear una comunidad de seguidores en redes sociales (@conicuri), quienes comparten su amor por lo vintage.

La expectación por el cartel que representará la conexión cultural entre Madrid y Nueva York crece día a día. Eva Orúe concluyó: “Habrá que contener la impaciencia para verlo. Hay muchas ganas”. La 84.ª Feria del Libro de Madrid promete ser un evento inolvidable en el calendario literario internacional, celebrando el arte, la literatura y los lazos que unen a dos grandes ciudades.

19/01/2025 0 comments
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EventosPersonajes

Krampus tradición y terror

by Valeria Cruz 24/12/2024
written by Valeria Cruz

Cuando llega la Navidad, la imaginación colectiva se llena de luces, villancicos y la figura bondadosa de Santa Claus repartiendo regalos y alegría. Sin embargo, en los Alpes europeos, existe un personaje mucho más oscuro que contrasta radicalmente con este espíritu festivo: Krampus, una criatura mitad cabra y mitad demonio que se encarga de castigar a los niños desobedientes. Este ser aterrador ha sobrevivido a través de siglos de tradición, emergiendo de las raíces del folclore alpino como un símbolo del equilibrio entre el bien y el mal en la temporada navideña.

Krampus. Imagen vintage de la década de 1930

El origen de Krampus se remonta a las antiguas tradiciones paganas de Europa central, mucho antes de la llegada del cristianismo. Su nombre proviene del alemán krampen, que significa garra, y su imagen evoca a los antiguos espíritus invernales que, según se creía, habitaban los bosques durante los meses más fríos. Algunos historiadores sugieren que Krampus está relacionado con figuras de la mitología nórdica, como Hel, la diosa del inframundo, o con entidades demoníacas que representaban la severidad de los duros inviernos alpinos. Cuando el cristianismo se expandió por la región, las tradiciones paganas no desaparecieron del todo, sino que se adaptaron a las nuevas creencias. Así, Krampus pasó de ser un espíritu salvaje a convertirse en el asistente oscuro de San Nicolás, encargado de mantener a raya a los traviesos mientras el santo recompensaba a los niños obedientes.

La leyenda de Krampus es tan fascinante como aterradora. Cada 5 de diciembre, víspera de la fiesta de San Nicolás, Krampus aparece para recorrer las calles durante la llamada Krampusnacht, o Noche de Krampus. Según el mito, mientras San Nicolás recompensa con dulces y regalos a los niños buenos, Krampus persigue a los desobedientes, blandiendo ramas de abedul y sacudiendo cadenas que resuenan como un siniestro aviso. En algunas versiones de la historia, Krampus incluso secuestra a los niños malos, metiéndolos en un saco o una cesta para llevárselos al inframundo. Esta figura aterradora no solo buscaba disciplinar a los más pequeños, sino que también servía como recordatorio de las consecuencias de los malos actos, manteniendo viva la dualidad entre recompensa y castigo en la época navideña.

La apariencia de Krampus está diseñada para infundir miedo. Su cuerpo está cubierto de un pelaje oscuro, similar al de una cabra, y su rostro presenta grandes cuernos retorcidos, colmillos afilados y una lengua larga y puntiaguda. Las cadenas que porta, a menudo adornadas con campanas ruidosas, simbolizan su esclavitud al diablo, mientras que las ramas de abedul que lleva en sus manos están relacionadas con antiguas prácticas paganas de purificación y castigo. En muchas representaciones, también se le muestra con un saco o una cesta a la espalda, reforzando la idea de que puede llevarse consigo a los niños que no han sabido comportarse.

A pesar de su aterradora reputación, Krampus no es único en su rol dentro del folclore navideño. En toda Europa, encontramos figuras similares que comparten su dualidad moral. Por ejemplo, en Alemania y Pensilvania, el personaje de Belsnickel también combina elementos de recompensa y castigo, apareciendo vestido de harapos y llevando dulces para los niños obedientes y un palo para los desobedientes. En Rusia, Ded Moroz (el Abuelo Frío) es una figura más solemne que reparte regalos durante el Año Nuevo, acompañado por su nieta Snegurochka, aunque sin el aspecto disciplinario de Krampus. Incluso en los Alpes, la tradición de Perchta, una figura femenina asociada al invierno, comparte similitudes con Krampus, castigando a quienes no han cumplido con sus tareas domésticas llenando sus estómagos de paja.

La tradición de Krampus ha sobrevivido durante siglos gracias a eventos como los desfiles de Krampuslauf, o carreras de Krampus, que tienen lugar durante la Krampusnacht. En estos desfiles, personas disfrazadas de Krampus recorren las calles asustando y divirtiendo a los espectadores. Aunque originalmente estas celebraciones estaban arraigadas en las creencias populares, hoy en día tienen un carácter más festivo y turístico, atrayendo a multitudes en lugares como Salzburgo, Austria, donde se pueden ver elaborados disfraces y escuchar las campanas que anuncian la llegada de Krampus. Este resurgimiento de interés por la figura de Krampus también ha trascendido las fronteras de Europa, encontrando eco en la cultura popular contemporánea.

Krampus. Imagen vintage de 1930

En las últimas décadas, Krampus ha ganado una inesperada popularidad fuera de su contexto original. Películas como Krampus (2015), libros ilustrados y postales vintage han contribuido a su difusión, convirtiéndolo en una figura icónica en la era moderna. En países como Estados Unidos, donde la tradición de Santa Claus domina las celebraciones navideñas, Krampus ofrece una alternativa oscura y subversiva que desafía las convenciones. Además, su estética gótica y su conexión con lo macabro lo han hecho particularmente atractivo en una época en la que las redes sociales amplifican el interés por lo inusual y lo misterioso.

Esta fascinación global por Krampus refleja un cambio en la forma en que las sociedades modernas abordan las festividades navideñas. En un mundo cada vez más dominado por el consumismo, Krampus ofrece una narrativa diferente, recordándonos que la Navidad no siempre ha sido una celebración exclusivamente luminosa. Su historia, que combina elementos de antiguas creencias paganas y valores cristianos, nos invita a reflexionar sobre las raíces profundas y multifacéticas de esta época del año. 

Krampus es mucho más que un personaje aterrador. Es un recordatorio de que incluso en las épocas más festivas, hay espacio para la introspección y la reflexión, continúa enriqueciendo la Navidad con un toque de misterio y oscuridad, ofreciendo una visión única y fascinante de una festividad que sigue evolucionando con el tiempo.

24/12/2024 0 comments
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